Tag Archives: Persecución

Enemigos públicos

18 Oct

enemigos-publicos

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Año: 2009.

Director: Michael Mann.

Reparto: Johnny Depp, Christian Bale, Marion Cotillard, Billy Cudrup, Stephen Dorff, Stephen Lang, James Russo, Stephen Graham, David Wenham, Carey Mulligan, Giovanni Ribisi, Jason Clarke, Emilie de Ravin, Domenick Lombardozzi, Channing Tatum.

Tráiler

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           Parece concitarse alrededor del primer cambio de década del milenio una cierta resurrección de uno de los subgéneros capitales del cine criminal: las películas de gánsteres de los años veinte, la Ley Seca y la Gran Depresión. Muestras de ello hay en la gran pantalla –Gángster Squad (Brigada de élite), Sin ley (Lawless)– y en la pequeña -las series Bonnie and Clyde y, principalmente, Boardwalk Empire, la más relevante de esta categoría reciente-. También destaca en el cine Enemigos públicos como uno de sus ejemplos más destacados debido a la importancia de su equipo técnico y actoral y a las dimensiones de la producción. Además, la cinta que retoma una de las figuras más carismáticas de este submundo hampón, John Dillinger, un asaltador de bancos que encuentra una relación irónica pero muy significativa con el séptimo arte: detentador de una celebridad propia de estrella de Hollywood, su muerte acontecería a las puertas de una sala de cine.

           De hecho, Mann reconoce y explota esta idolatría popular por el forajido, tan arraigada en el país norteamericano, a través de alusiones acerca de la fascinación por el dinero y las emociones de una aventura al margen de toda barrera ética o legal, del cuidado del líder criminal por mantener una adecuada imagen pública, de la relación que el propio Dillinger traba con las imágenes de una pantalla de cine donde se proyecta una cinta de gánsteres e incluso con su visita en vida a esa especie de museo improvisado que es el ala del FBI donde se exponen sus fechorías, donde la colección de pruebas se acerca a una exposición mitómana.

           Asimismo, palpitan en Enemigos públicos otras constantes recurrentes del cineasta chicagüense, como puede intuirse precisamente a partir de lo que plantea esta idea sobre la construcción de un completo imaginario en torno al delincuente: Dillinger es un elemento extemporáneo en mitad de unos tiempos cambiantes, destinado pues a extinguirse en una bola de fuego y furia a medida que el fatalismo de sus actos, rasgo idiosincrásico del género, le devora vivo. La noción crepuscular se extiende asimismo a su rival/reflejo argumental: el agente Melvin Purvis, que lucha contra el enemigo número uno del pueblo empleando métodos y hombres de tiempos pasados, de la vieja frontera westerniana, mientras la ley a su alrededor muta hacia procedimientos más científicos, asépticos y amorales de la mano del emergente J. Edgar Hoover y su Oficina Federal de Investigación.

           A partir de esta identificación y enfrentamiento entre contrarios se asienta el duelo antagónico que, de la misma manera, capitaliza buena parte de las obras de Mann, con casos tan conocidos como Heat. El conflicto no alcanza su poderosa intensidad, de igual manera que el filme tampoco posee la pasión melancólica y sentimental de otras cintas sobre el personaje, como la descomunal Dillinger de John Milius, que apuesta por un mayor descarnamiento en su expresión de la violencia y del consiguiente retrato moral de una época y de unos individuos.

Enemigos públicos dedica un amplio esfuerzo a la ambientación histórica hasta deslizarse casi a una aséptica y anticarismática estética publicitaria -¿otra reconstrucción mitificada?-, arroja escenas de acción rodadas con la tensión característica del director y acoge convenciones un tanto más comercialistas, algunas bastante fallidas y acordes por otro lado a las condiciones de su reparto estelar, que fagocita cualquier posible trama o personaje en los márgenes del relato. Entre ellas sobresale en especial el insípido romance que se le ofrece a Johnny Depp y Marion Cotillard.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

Límite: 48 horas

28 Ene

La madre de las buddy movies y uno de los mayores éxitos de su director, que además dispararía al estrellato a Eddie Murphy (tiempos…). Límite: 48 horas para la primera parte del especial Walter Hill de Cinearchivo.

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Hannibal

30 Oct

“¿Han dejado ya de llorar los corderos, Clarice?”

Hannibal Lecter (El silencio de los corderos)

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Hannibal

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Hannibal

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Año: 2001.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Julianne Moore, Anthony Hopkins, Gary Oldman, Ray Liotta, Giancarlo Giannini, Zeljko Ivanek, Ivano Marescotti, Francesca Neri, Frankie Fayson.

Tráiler

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            Al productor Dino de Laurentiis no le había gustado Hunter -la primera inmersión cinematográfica en el universo del doctor Hannibal Lecter-, principalmente porque se había saldado con un claro fracaso de taquilla. Dueño de los derechos del personaje junto a su esposa Martha, cedería altruistamente su posesión a la productora Orion Pictures y su proyecto El silencio de los corderos, que pretendía adaptar la segunda novela del psiquiatra caníbal, publicada en 1988, dos años después del estreno de la cinta de Michael Mann. Empero, una vez comprobado el clamoroso éxito de público y crítica de El silencio de los corderos, los De Laurentiis se encontraron entre manos con un filón que explotar, a la espera de que Thomas Harris, el padre literario del personaje, escribiera una nueva entrega de la saga, la tercera -y a la postre, la última de la tetralogía, desde el punto de vista cronológico de la narración-. Llegaría en 1999, con el título de Hannibal. Entonces, Dino de Laurentiis adquiriría sus derechos por una cantidad récord de 10 millones de dólares.

No se ahorrarían esfuerzos para la secuela, con un presupuesto de lujo y elevadas pretensiones artísticas. No obstante, el director Jonathan Demme, pieza determinante en El silencio de los corderos, rechazaría repetir tras considerar el texto extremadamente violento. El guionista Ted Tally seguiría sus pasos. Les sustituirían dos nombres de altura: Ridley Scott, que en ese momento estaba rodando Gladiator, y David Mamet, que pergeñó una versión preliminar del libreto. Al final, sería Steven Zaillian, prestigioso guionista de La lista de Schindler, quien reescribiera el guion en buena medida. Sin embargo, toda la estructura se tambalearía después de que Jodie Foster descartara volver a ponerse en la piel de la agente Clarice Starling, desconcertada por los cambios que experimenta el personaje en el transcurso de una obra a otra, lo que consideraba una traición a su naturaleza. Las dudas de Anthony Hopkins para encarnar a Lecter sembrarían el terror. Sin él no habría película. Finalmente, el actor británico confirmaría su presencia y, más aún, recomendaría personalmente a la sustituta de Foster: Julianne Moore, con quien había trabajado en el biopic Sobrevivir a Picasso.

            Nívea como una estatua renacentista, Moore interpreta aquí a una Starling presentada desde la introducción con su renovado carácter, curtido en diez largos años donde ha descubierto que los corderos inocentes nunca dejan de chillar, por más que, de vez en cuando, pueda salvar a uno de ellos. Starling duerme antes de emprender una sangrienta redada antidroga. Es un guerrero que reposa, quizás a la espera del resurgir de su némesis, el antagonista absoluto que da sentido a su vida, como el ying y el yang o el día y la noche.

El tono de Hannibal es operístico y desaforado, oscuro y grandilocuente. El duelo entre Starling y Lecter surge en la distancia para acercarse trecho a trecho a medida que avanzan los acontecimientos, intermediados por otras criaturas deformadas por la mente y la mano del doctor, como el codicioso inspector Pazzi (Giancarlo Giannini) o el magnate pedófilo Mason Verger (Gary Oldman).

            El cazador y la presa se difuminan así en una aparatosa y no demasiado coherente revisión del cuento de la Bella y la Bestia regado de sangre y vísceras, y que se separa gradualmente del material original de Harris, todavía más retorcido –y un tanto trasnochado-; mucho de él luego repescado en la serie homónima con notable fortuna. Pero en su intento de construir un artefacto elevado y solemne, a la altura del sofisticado Lecter –de su Florencia de los Médici cercenada por imágenes de cámara de seguridad y fotogramas de vísceras sanguinolentas-, Scott entrega un filme con graves problemas de ritmo, que a pesar de la elaborada factura visual no consigue igualar el poder de fascinación que, paradójicamente, si obtenía un artesano a priori menos dotado como Demme.

Al monstruo le sobra peso, minutaje, engolamiento, así como carece de un contrincante que ejerza de contrapeso como la compleja Starling de El silencio de los corderos, capaz de fascinar a aquel que ve a los hombres como alimento ocasional. Aquí Starling ha sufrido una metamorfosis, pero parece que solo queda una carcasa con la que Moore, que no es ni mucho menos una mala intérprete, no consigue llegar al listón dejado por su predecesora. Desmesurado, el monstruo no seduce tanto como antaño; le falta esa agudeza proverbial para describir la danza macabra de Starling y Lecter, engarzados al borde del abismo, luchando por sobrevivir a él o caer en sus profundidades.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

El camino de la venganza

15 May

“John Wayne era una gran estrella, pero siempre interpretaba a John Wayne. No hacía nada que él no considerase como viril. En cambio, Burt Lancaster es justo lo contrario, la prueba viviente de que un actor puede ser sensible y masculino al mismo tiempo.”

Kirk Douglas

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El camino de la venganza

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Camino de la venganza

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Año: 1968.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Burt Lancaster, Ossie Davis, Shelley Winters, Telly Savalas, Armando Silvestre.

Filme 

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           Por un puñado de pieles de castor. El western estadounidense, impregnado de salsa de tomate italiana, trataba de reciclarse a duras penas después de que John Ford certificara su muerte con El hombre que mató a Liberty Valance. Ligado a una nueva camada de cineastas comprometidos con los valores civiles y democráticos, una de las vías más transitadas dentro de esta remodelación agónica sería la revisión crítica de la épica indisociable al género y que retrata la tumultuosa construcción del país americano, en especial, en lo referido a la relación del colono blanco con los nativos indios.

           Sydney Pollack, perteneciente a esta generación renovadora de la industria estadounidense, debutaba en el cine del Oeste con El camino de la venganza, un western que, desde sus formas clásicas, hereda tangencialmente esta corriente crítica –el sanguinario grupo de cazadores de cabelleras-, para sumarlo a un sentido del humor sucio y gamberro en el que se intuye cierta ascendencia italiana.

Porque como El bueno, el feo y el malo, el argumento de El camino de la venganza se vertebra a partir de tres extravagantes facciones que se disputan sin cuartel un botín absurdo -las pieles de castor citadas al comienzo- mediante simpáticas triquiñuelas y picarescas. Una terna a la greña compuesta por el agreste y testarudo trampero Joe Bass, quien tras sufrir el expolio de sus ganancias del duro invierno desencadena semejante entuerto (Burt Lancaster, con quien Pollack también estrenaba al año siguiente La fortaleza); Joseph Lee, el esclavo a la fuga, mojigato y redicho, que pretende alcanzar el México libre (Ossie Davis), y la horda de desarrapados que se cruza en su camino, liderada por el despiadado Jim Howie (Telly Savalas), con afición a pasearse en calzones, y su amada Kate (la gran Shelley Winters), prostituta con ínfulas de dama.

           Con su tono marcado desde los títulos de crédito –cuya resonancia clásica se rompe mediante tropezones y la silueta del culo desnudo de Lancaster-, el guion juega con ese tradicional recurso cómico de los contrastes que se van dando entre la pintoresca personalidad de cada uno personajes, entremezclados en esta disparatada espiral de acontecimientos –la cultura del esclavo frente a la cabezonería del trampero; el romanticismo del cazarrecompensas para con su ingenua compañera de fatigas; la honestidad del salvaje Bass y el salvajismo de Howie, consentido e impulsado por la respetable civilización-.

De este modo, El camino de la venganza se convierte en un divertimento ligero y entrañable, sin demasiado vuelo pero con un reparto con química, a lo que cabe sumar algún golpe de efecto especialmente lucido –la elipsis del ojo a la funerala- que, en cambio, se entrecruza con otros muchos más convencionales para, afortunadamente, defender en conjunto una vitalista llamada a la aventura sin fin.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6,5.

El maquinista de La General

5 Abr

“Buster Keaton ha sido el mejor actor y director de la historia del cine.”

Richard Lester

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El maquinista de La General

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El maquinista de La General

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Año: 1926.

Directores: Buster Keaton, Clyde Bruckman.

Reparto: Buster Keaton, Marion Mack, Glen Cavender, Jim Farley, Frederick Vroom, Charles Henry Smith, Frank Barnes.

Filme 

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           El cine de Buster Keaton es una oda al combate del hombre contra los elementos, pero también de la lucha contra uno mismo: contra la mediocre realidad que frustra sin descanso nuestros anhelos cotidianos. Si en El moderno Sherlock Holmes Keaton necesitaba de la intermediación del sueño para transformarse en la versión mejorada de su persona, en El maquinista de La General deberá ser ya su propia voluntad inquebrantable la que venza en duelo a muerte a su yo ‘auténtico’.

           Ambientada en la Guerra de Secesión -de la que toma una anécdota histórica para construir esta obra de generoso presupuesto-, Keaton convierte el desgarrado conflicto cainita en una cuestión de amor. Su personaje, Johnnie Gray, un torpe conductor de locomotoras de Georgia, necesita demostrarle al ejército confederado y a la naturaleza misma que se equivocan y que de verdad puede ser un viril soldado. Pero su meta no es militar o patriótica, sino que lo que pretende es probar su valía a su desconfiada media naranja. El maquinista de La General, en definitiva, habla de la necesidad humana de ser un héroe, al menos en la intimidad; un ideal universal y común a cada uno de nosotros.

Por supuesto, estando el titán del estoicismo en pantalla, la guerra privada que libra Johnny Gray se produce tanto en el campo psicológico como en el material. A bordo de La General, Keaton, gran aficionado a los trenes, se somete a una despiadada carrera de obstáculos que tratan en vano de menoscabar su resistencia física y mental. Gracias al frenético dinamismo de la puesta de escena, la espectacularidad de los medios –entre ellos el considerado gag más caro de la historia- y la fluidez narrativa del relato, los atentados del slapstick se suceden sin cesar y sin compasión en contra del aliento épico y sentimental del protagonista. Despreciado en territorio amigo, perseguido tras las líneas enemigas, siempre con la vista puesta en su amada, Gray, para diversión del público pero también para su conmoción, sufre los embates del infortunio que conspira contra él, manifiesto en la sucesión de trabas y golpes agresivos contra su integridad, en los desafortunados equívocos de la trama y, no lo olvidemos, también en su torpeza innata.

           Sin embargo, demuestra el filme, esta serie de catastróficas desdichas no es nada en comparación con su espíritu romántico. Indiferente a ejércitos y guerras, calamidades y adversidades, el combustible que alimenta la determinación de Keaton es el amor eterno. Por tanto, El maquinista de La General captura la abrumadora belleza de quien resiste impasible, contra viento y marea, hasta el último aliento, en pos de sus ideales más elevados.

 

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 7,5.

The Courier

20 Mar

“Hollywood es Hollywood. No hay nada que se pueda decir de ella que no sea verdad, bueno o malo. Y si te involucras en Hollywood, no tienes derecho a quejarte: fuiste tú solo quien se metió en esto.”

Orson Welles

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The Courier

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The Courier

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Año: 2011.

Director: Hany Abu-Assad.

Reparto: Jeffrey Dean Morgan, Josie Ho, Til Schweiger, Miguel Ferrer, Lily Taylor, Mark Margolis, Mickey Rourke.

Tráiler

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           Narraba Homero que el héroe Odiseo, fecundo en ardides, deseaba escuchar el canto de las sirenas y, además, salir indemne del maleficio unido a sus voces, capaz de enloquecer a los marinos más avezados hasta hacerlos arrastrar sus naves en los rompientes de su isla y devorar así los infortunados cadáveres. Sin embargo, pocas son las sogas lo suficientemente fuertes para retener la voluntad enajenada de muchos realizadores foráneos y hacerlos resistir la llamada tentadora de los brillos de Hollywood, el gigante antropófago que, a cambio de medios y promoción, succionará sin piedad su valioso espíritu artístico.

           Avalado por el reconocimiento internacional de Paradise Now, nominada incluso al Óscar a mejor película de habla no inglesa, el cineasta Hany Abu-Assad desembarcaba en Hollywood con The Courier, si bien a costa de la libertad de su obra, dependiente de un libreto ajeno -en este caso a cargo de los debutantes Brannon Coombs y Pete Dris en la que, esperemos, sea su última incursión en el cine- y por supuesto alejada de sus habituales retratos de la realidad de su Palestina natal.

           En vista de cómo venían dadas las cosas, la única posibilidad que le quedaba a Abu-Assad en la recámara para llevar a buen puerto el proyecto era la de trasladar el encargo a su propio terreno de juego, como al menos lograrían en esta misma época, aunque con desiguales resultados, el danés Nicolas Winding Refn con Drive o los surcoreanos Kim Jee-woon y Park Chan-wook con El último desafío y Stoker, respectivamente. Por desgracia, la incidencia de Abu-Assad no pasará de elaborar una factura visual que trata en vano de dotar dramatismo e intensidad al filme por medio de texturas sombrías que se amoldan a la personalidad apocalíptica y sobrenatural de la Nueva Orleáns post Katrina.

No obstante, esta convencional cinta de acción nacía agonizante a causa de la debilidad de su esqueleto. La trama, de escasa coherencia interna y graves lagunas de verosimilitud en el desarrollo de muchas de las escenas, confunde la complejidad con el enmarañamiento y el suspense con la trampa. Es complicado saber qué ocurre, por qué ocurre y qué pinta cada personaje en medio del desaguisado, a pesar de su tendencia a secuestrar lugares comunes de éste y otros géneros en el relato de las aventuras de un ascético correo de criminales que ha de abandonar su neutralidad amoral para tomar partido a riesgo de su propia vida. Pero ni con sus violentos volantazos de guion, The Courier, casi una versión seria y pretendidamente adulta del Transporter de Jason Statham y la factoría de Luc Besson, se zafa de resultar previsible.

 

Nota IMDB: 4,5.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 4.

Heat

12 Feb

“Al, nos hemos estado robando papeles el uno al otro durante todos estos años. La gente ha intentado compararnos para que nos enfrentásemos y nos destrozásemos entre los dos. Pero, francamente, nunca he comprendido esa comparación. Obviamente, yo soy mucho más alto, más el prototipo de líder. Honestamente, es posible que seas el mejor actor de nuestra generación, con la posible excepción de mí mismo.”

Robert de Niro

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Heat

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Heat

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Año: 1995.

Director: Michael Mann.

Reparto: Al Pacino, Robert de Niro, Val Kilmer, Jon Voight, Tom Sizemore, Diane Venora, Amy Brenneman, Ashley Judd, Kevin GageMykelti Williamson, Wes Studi, Ted Levine, Danny TrejoDennis Haysbert, William Fichtner, Natalie Portman, Hank AzariaTom Noonan.

Tráiler

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            Llamado en los ochenta a ser uno de los renovadores del maltrecho cine negro gracias a películas como Ladrón y más centrado en la producción televisiva durante finales de la década  –La historia del crimen, Corrupción en Miami-, Michael Mann retomaría en los noventa el pulso a su carrera en la dirección por medio de películas ambiciosas en su concepción y sus dimensiones.

Heat constituiría así una de sus cintas más populares -al igual que lo es El último mohicano, dos años anterior- en buena medida por el entonces promocionado encuentro entre dos de los intérpretes más reverenciados e icónicos del momento: Al Pacino y Robert de Niro, que habían coincidido ya en una misma obra, El Padrino. Parte II, pero nunca en un mismo plano.

            Mann recicla su telefilme Corrupción en Los Ángeles -inspirado en investigaciones entre sus contactos policiales de su Chicago natal-, para armar un megathriller de casi tres horas de metraje que sirve como un compendio de los estilemas tradicionales del noir fusionado con la espectacular pirotecnia del cine de acción de la época. En el argumento de Heat conviven el vacío existencial y los dilemas de la tragedia griega con las enérgicas tramas policíacas y criminales, todas ellas envueltas en fotogramas fríos, nocturnos, que capturan la desoladora y alienante impersonalidad de la megalópolis californiana, cuya intensa presencia contempla influyente los hechos desde el fondo del escenario.

“Soy lo que estoy persiguiendo”, referirá el policía dando cuenta de uno de estos tópicos idiosincráticos del género. El destino implacable que convierte al individuo en marioneta despojada del control de un futuro escrito de antemano, la redención inalcanzable, el fracaso emocional, la urbe como jungla y prisión de asfalto, la salvífica inocencia femenina,… Tópicos y normas a los que se suman también herencias de otros territorios como el western -el del forastero desarraigado y solitario entregado a un eterno errar que reflejan la mansión sin amueblar y la renuncia a todo aquello que no se pueda abandonar de inmediato-.

            El filme narra el duelo al borde del abismo entre el teniente Hanna (Pacino) y el ladrón McCauley (De Niro), trazado a través de un espejo. El retrato antimaniqueo se extiende en los paralelismos entre ambas facciones del relato, que se reflejan en los procedimientos de acción, la forma en la que se relacionan con sus semejantes, la evolución interna del relato y de los personajes y hasta en la extracción biográfica de Hanna y McCauley –el historial común en los marines-.

De hecho, la conexión entre ambos roza por momentos lo instintivo y primario -“todavía está aquí, puedo sentirlo”-. Incluso en su antagonismo –arrollador y agresivo el primero, mesurado y digno el segundo; a la espera de su tercer divorcio y a los pies de la primera relación estable que quiebre su ascético código criminal, respectivamente-, los dos hombres cruzan sus líneas vitales en un limbo de soledad, insatisfacción y desencanto donde tan solo les queda aferrarse a su ética personal y profesional -a la angustia como forma de vida- para sobrevivir en el infierno.

            Hay que reconocer que la hondura dramática y psicológica a la que aspira el guion es casi más ampulosa que profunda y que, en ocasiones, se sirve del calzador en su creación de dilatadas ramificaciones para la composición de este monumental fresco angelino –el microrelato del conductor de reinserción imposible, el episodio de la hijastra encarnada por una jovencísima Natalie Portman-, si bien destaca por otro lado su atención para dotar de relieve y personalidad a cada uno de los personales, perfilados además con una extraordinaria concisión. Pero lo cierto es que, en conjunto, conforma un suculento veteado que se infiltra entre los avatares de la arrolladora trama policíaca confiriéndole a la función un sabor poderoso y embriagador, perfectamente estimulado por la atmósfera pesimista y elegíaca que embarga a los protagonistas.

            Músculo y delicadeza. La adrenalina se alterna con la introspección proponiendo una fórmula capaz de sostener el descomunal peso narrativo de la película. Así, Heat absorbe al espectador en un furibundo juego de persecución y huida, respeto y rivalidad. Lo zarandea con giros tomados a pólvora y hiel hasta arrojarlo definitivamente contra ese duelo mágico dirimido en el aeropuerto, en tierra baldía, entre luces rutilantes y la amenaza del alba.

 

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

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