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Truman Capote

14 Dic

“En general la imaginación en las películas sobre escritores vuela muy bajo: siempre acaban mostrándonoslos en el momento más tópico de la creación, sentados delante de la máquina de escribir, dando vueltas alrededor de sus lamentables fantasmas.”

Enrique Vila-Matas

 

 

Truman Capote

 

Truman Capote

Año: 2005.

Director: Bennett Miller.

Reparto: Philip Seymour Hoffman, Clifton Collins Jr., Catherine Keener, Bruce Greenwood, Chris Cooper, Mark Pellegrino, Bob Balaban.

Tráiler

 

 

            Era evidente que A sangre fría, la obra más reconocida y celebrada de Truman Capote, daba para una película, como así sucedió al año siguiente de su publicación con la excelente adaptación que de ella hizo Richard Brooks. También resulta evidente que ese largo proceso de investigación y elaboración, extendido a través de siete exigentes años, daba para otro largometraje. En concreto, para dos, Truman Capote e Historia de un crimen, que prácticamente llegarían a coincidir en las pantallas.

             La primera de ellas, Truman Capote, nace directamente en el asesinato de la familia Clutter, desencadenante de todo: la intermisión de la América más negra en la América idílica de los cincuenta. Sin embargo, en lo posterior la trama delictiva quedará como un elemento residual –en la propia novela queda relegado frente a la pulsación de las reacciones, el estado y la naturaleza íntima de la sociedad estadounidense del momento-, cediendo el protagonismo a la descripción metódica y parsimoniosa del proceso de creación desarrollado por el controvertido escritor, que apela en una de las primeras escenas a la necesidad de ser franco con uno mismo a la hora de conocer por qué se escribe lo que se escribe.

             Es esa disparidad entre las motivaciones que se agitan y remueven el interior del literato, su ambición de éxito y la moralidad de su procedimiento, la empatía sincera o el egoísmo cínico, el balance de honestidad o deshonestidad entre ambos, tanto para consigo mismo como para con los objetos de su estudio –la pareja de asesinos y, en especial, ese Perry Smith que parece la otra cara de la moneda del propio Capote, su posible reverso infausto, tensión sexual incluida-, son los ejes sobre los que se articula el argumento del filme. El coste del qué se hace, medido por el cómo se hace.

             Bennett construye así una película estilizada en su sobrio minimalismo, concentrada en desentrañar las claves íntimas del escritor, en cuya piel Philip Seymour Hoffman –que por este papel sería galardonado con el Oscar, entre otros premios, norma habitual y absurda durante la fiebre del biopic en el Hollywood del nuevo milenio- consigue sobrepasar la mera imitación insuflando complejidad y vida a su composición. Contrasta en cambio con la poca presencia e impacto que confiere Clifton Collins Jr. a un personaje como Smith, capital en el relato, y a cuyas características físicas y psicológicas tan ajustado había resultado Robert Blake en la versión cinematográfica.

             No obstante, aunque no se hace pesada y sirve como un interesante complemento a la lectura –para el profano al libro perderá argumentos-, la tragedia interior que plantea de Truman Capote es mucho menos sugestiva y apasionante que su relato de origen, la innovadora narración de los hechos en torno al perturbador Mal que yace enquistado en las entrañas podridas del país que se atreve a arrogarse la luz que guía al mundo.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

A sangre fría

11 Dic

“A sangre fría es mi obra maestra. Es una obra maestra y no me importa lo que nadie diga de ella.”

Truman Capote

 

 

A sangre fría

 

A sangre fríaAño: 1967.

Director: Richard Brooks.

Reparto: Robert Blake, Scott Wilson, John Forsythe, Jeff Corey, Charles McGraw, Paul Stewart.

Filme

 

 

          En 1966, Truman Capote había asestado con A sangre fría una puñalada trapera en el corazón de la América idílica. Tan solo un año después, Richard Brooks empujaba aún más la daga en el pecho herido del país trasladando el texto de Capote al cine, el mayor medio de difusión cultural.

           Brooks se había destacado ya como adaptador literario con obras de la enjundia de Los hermanos Karamazov y Lord Jim, del mismo modo que se había adentrado también en el análisis crítico de la sociedad estadounidense, demostrando ser un realizador con los pies afirmados sobre la lectura comprometida del presente y la defensa de los valores democráticos, con El cuarto poder, estudio acerca de la libertad de prensa; Hombres de infantería, una denuncia del militarismo; Semilla de maldad, centrada en el sistema educativo, o El fuego y la palabra, sobre la alienación religiosa.

A sangre fría aparece entonces como una película coherente con la trayectoria y el sentir de su director, un instrumento quirúrgico que le sirve para analizar el fenómeno de la preocupante criminalidad como uno de las malformaciones más execrables pero comunes del sistema, para adentrarse en las raíces del mal como aberración de origen inequívocamente humano, para someter a juicio la moralidad y pertinencia de la pena capital, el meticuloso homicidio legal descerrajado a sangre fría.

         Perry Smith (Robert Blake que, casualidades de la vida, sería posteriormente procesado por el asesinato de su segunda esposa), auténtico protagonista del relato –podríamos decir que junto con el país-, es fruto de un contexto determinado, el bastardo no deseado de la tierra de las oportunidades, un reverso oscuro, trágico, mutilado y deforme. Su compañero de correrías Dick Hickock (Scott Wilson), autoproclamado ‘the all american boy’, el perfecto chico americano, no es sino otra versión de esta monstruosidad inherente al sistema, un problema que se prefiere ignorar en aras de una falsa y plastificada perfección, auténtica madre de todas estas perversiones.

          Brooks mantiene admirablemente vivo el espíritu y la atmósfera de la obra de Capote gracias a una adaptación respetuosa y precisa, conservando su fluidez y contundencia mediante un acertado tratamiento de concisión que permite no renunciar a la minuciosidad en la descripción de las motivaciones homicidas de sus protagonistas y del procedimiento policíaco y judicial paralelo –hábilmente incardinados a partir de planos que encadenan elementos en común-, potenciando a su vez los aspectos más relevantes para la sensibilidad del director, como es la abrasiva explicitud del contraste entre la América de postal y su infausta crónica negra y su asimilación como un todo uniforme, en la que esgrime duras sentencias contra un sistema imperfecto y culpable.

         Además de contar con unas encomiables interpretaciones, sobre todo en el caso de la pareja protagonista, A sangre fría cuenta con una puesta escena que no es sino un útil más en la descripción del drama y los personajes, como la partitura de Quincy Jones, que ayuda a marcar el vibrante ritmo de la cinta, o la soberbia fotografía de Conrad Hall, un precioso blanco y negro de contraste duro, expresión de la dualidad interior de los seres que retrata el celuloide al más puro estilo del noir, género absoluto de seres ambiguos en una sociedad opresiva.

Son herramientas éstas que permiten lucirse al cineasta, capaz de regalar escenas como la postrera confesión de Smith, en la que el reflejo de las gotas de lluvia recorren su mejilla a modo de lágrimas de arrepentimiento o parecen brotar de su frente como exudaciones de auténtica ira y rencor.

Sobresaliente adaptación.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 9.

Y Dios está con nosotros

23 May

“Hay ocasiones que siento vergüenza de pertenecer a la raza humana.”

Coronel Dax (Senderos de gloria)

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Y Dios está con nosotros

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Año: 1970.

Director: Giulio Montaldo.

Reparto: Franco Nero, Richard Johnson, Larry Aubrey, Helmuth Schneider, Michael Goodliffe, Bud Spencer.

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            Dentro de un infierno real como es la guerra, la sinrazón absoluta, la más ridícula expresión humana, el homicidio del prójimo se justifica de mala manera por la defensa de unos ideales vagos, deformados hasta encajar en las ilógicas premisas que sustentan la lucha armada. Aún más difícil es, en cambio, hallar consuelo para una atrocidad todavía más aterradora: el ajusticiamiento premeditado del compañero de trincheras, de frente de batalla o de uniforme; del propio hermano. En infaustas ocasiones, el principio de autoridad y los códigos militares, supuestamente respetabilísimos y honorables, obligan.

He ahí casos como el descrito por Stanley Kubrick en la sobrecogedora obra maestra Senderos de gloria -las ejecuciones sumarias y ejemplarizantes por supuestos actos de cobardía en el ejército francés de la Primera Guerra Mundial-, o el recuerdo hecho cine de aquellos soldados soviéticos de Stalingrado empujados a un avance sin derecho a la duda, al miedo o a la retirada.

            Antes de dar el salto a la realización, el primero intérprete Giuliano Montaldo había colaborado como asistente de dirección junto a rostros del cine del compromiso sociopolítico italiano como Gillo Pontecorvo (Kapò, La batalla de Argel) y Elio Petri (El asesino).

Influido por estos, Montaldo comienza una carrera tras las cámaras marcada por el uso del cine como plataforma de difusión de mensajes de izquierdas y para la concienciación del público. Así, en sus inicios destacarán obras como Tiro al pichón, una cinta sobre la Resistencia italiana que evidencia su gusto por el discurso y la reflexión sobre acontecimientos históricos aplicables al presente, o Una bella grinta, denuncia sobre la especulación económica en Italia presentada en el Festival de Berlín.

Y Dios está con nosotros –referencia al lema de la Wehrmacht, ‘Gott Mit Uns’- será el primer capítulo de su trilogía sobre el poder y la opresión que éste ejerce sobre el individuo a través de la Historia, ya sea en su aspecto militar, como la presente, judicial (Sacco y Vanzetti) o religioso (Giordano Bruno).

            Con la excusa de un deleznable capítulo histórico acontecido en los primeros días de paz tras la Segunda Guerra Mundial –el juicio de dos desertores alemanes por su propio ejército, cautivo, desarmado y bajo custodia de tropas canadienses-, Montaldo plantea un sentido discurso antimilitar y antinazi en el que denuncia el cariz ilógico, totalitario, de un estamento social que ve la vida como objeto bajo su regulación, el mundo como predestinada finca particular –“¡la paz nos pertenece!, ¡el mundo nos pertenece!”-.

            Filmada con estilo feroz, con fotografía sucia, deslucida, luz mortecina, crepuscular, y un sonido perpetuamente enturbiado por el zumbido de los aviones para mayor claustrofobia y desasosiego –además de algunos defectos técnicos evidentes por la pobreza de la producción y puntuales fallos de dirección-, Y Dios está con nosotros presenta un guion sombrío –y con ciertas incoherencias idiomáticas- sobre campos de prisioneros en el que el protagonismo no recae en los intentos de evasión, sino en el duelo mental entre carceleros y presos, con un rebelde , una de las escasas muestras de lucidez y gusto por la vida a uno y otro lado de la alambrada (Franco Nero, estrella popular, algo pasado de rosca), atrapado entre dos fuegos mientras solo aspira a llegar a casa y olvidar el horror; sin embargocondenado por una casta militar –sindicato con solidaridad universal donde los haya- con una autoconcepción rayana en lo divino, capaces de arrogarse y aplicar a su antojo el derecho supremo sobre la vida y la muerte.

Contundente, dentro de sus evidentes limitaciones.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: -.

Nota del blog: 6,5.

Salvador (Puig Antich)

13 Ene

“Libertad, libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado.”

Aldous Huxley (Un mundo feliz)

 

 

Salvador (Puig Antich)

 

Año: 2006.

Director: Manuel Huerga.

Reparto: Daniel Brühl, Tristán Ulloa, Leonardo Sbaraglia, Leonor Watling, Joel Joan, Joaquín Climent, Andrea Ros.

Tráiler

 

 

            Una misma historia puede ofrecer, al mismo tiempo, dos vertientes: la que realmente interesa al director, en la que se siente cómodo, generalmente respaldada por un ambiente y una documentación previa más precisa, y otra accesoria, más difusa, evitable o no dependiendo de su juicio (o el del productor). También en función de su genio y su creatividad, el cineasta puede sacarla igual de jugo o, cuanto menos hacerla fluida, perfecta ligazón con el tema central. A Salvador lo condena.

            Partiendo desde unas firmes intenciones de reivindicación política y moral, Manuel Huerga recupera la figura del icónico anarquista Salvador Puig Antich, último preso ajusticiado por el régimen franquista tras su condena por la controvertida muerte de un policía de la Brigada Político-Social, la policía política. El símbolo visible contra el totalitarismo opresivo, inhumano e irracional que entonaba el canto del cisne.

            Como decíamos, la película se divide en dos mitades claras: la ilustración, mediante la confesión a su abogado, de la trayectoria político-activista de Puig Antich hasta su captura, y la posterior agonía de su procesamiento, encarcelamiento y ejecución.

Huerga tira la primera a la basura. Sin saber del todo qué hacer con esta cara más ignota del libertario catalán, reconstruye contexto e individuo mediante el tópico y el brochazo. Fallidas pretensiones de crónica histórica. Puig Antich queda desdibujado y antipático, inmerso en una banalidad popera parangonable a la del peor terrorismo de pasarela de R.A.F. Facción del Ejército Rojo. Memorables temas musicales de la época metidos con calzador, efectismos visuales que no encajan y distancian, niñatos con barba y melena que pagan el pavo reventando sucursales bancarias, historietillas de amor mal introducidas y nada creíbles, malos de opereta encarnados por el facha prototípico, varonil, testosterónico y malhablado,…

Plana, mal dirigida, de nulo interés o complejidad. Lamentable.

            Si sobrevive, sobre todo asido a la tabla de salvación de un reparto magnífico, el espectador puede observar cómo durante el encierro de Antich surgen pequeños relieves que dan forma a la personalidad del joven, que lo hacen querible y reivindicable. Se le comprende. Surgen subtramas con posibilidades como la amistad con el carcelero, también icono de un sistema represivo, donde no hay derecho a la divergencia, a la personalidad propia, sin embargo también desaprovechada por un desarrollo simplista y apresurado: dos escenas bastan para crear una amistad incondicional entre antagonistas, para convertir al profano (para convertir a toda el país).

Pero algo es algo. Huerga se entona. La forma se acopla al fondo, lo complementa y lo aporta atractivo. Acumula sabiamente la emotividad en ese clímax final dramático y alargadísimo: la angustia del que se sabe muerto y al que la muerte no le llega. Funciona el alegato a favor de poseer la total libertad para ser diferente, de vivir de acuerdo con uno mismo, de poder creer en el futuro sin temer al presente.

            No hay mejor metáfora que el verdugo, ese diligente funcionario, para representar la mediocridad y brutalidad de un régimen inadmisible desde cualquier punto de vista moral o de justicia.

Lástima esa deplorable primera mitad.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6.

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