Tag Archives: Pederastia

Una luz en el hampa

31 May

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Año: 1964.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Constance Towers, Anthony Eisley, Michael Dante, Virginia Grey, Patsy Kelly, Marie Devereux, Karen Conrad, Jean-Michel Michenaud, Bill Sampson, Linda Francis.

Tráiler

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         Una luz en el hampa comienza arreándole bolsazos a uno. Por medio del plano subjetivo que aplica Samuel Fuller, la encolerizada mujer que interpreta Constance Towers la emprende a golpes con el espectador. En realidad, el destinatario de esta furibunda agresión es un espectador concreto: el masculino.

Porque Una luz en el hampa es una película rabiosamente feminista, en la que la protagonista se alza en rebeldía contra el destino que se le impone por los prejuicios de una sociedad patriarcal -derivados de su profesión en primer plano y de género en el fondo- y en pos de la dignidad -propia y colectiva-. Redención y reparación.

         Una luz en el hampa no es, pues, una cinta de intriga, sino un drama femenino a pesar de la titulación española, que probablemente buscase explotar la popularidad de Fuller como autor de correosas películas de género -otra víctima del tópico prejuicioso-, dilapidando así el metafórico The Naked Kiss original -“el beso desnudo”, con un tétrico significado luego aclarado en el guion, firmado igualmente por el cineasta norteamericano-.

Con todo, al igual que en su inmediatamente anterior Corredor sin retorno -a la que por cierto se guiña a través de una cartelera-, Fuller despliega un entramado de sombras, contrapicados y otros recursos visuales propios noir para ir sembrando una visión profundamente crítica de la sociedad estadounidense, con un trasfondo inquietante que nunca se pierde a lo largo de las secuencias. La fotografía de Stanley Cortez es fundamental en este aspecto. En contraste, la mirada y el rostro de Towers acostumbran a estar enmarcados en fotogramas sublimados, en los que la luminosidad parece difuminar un fondo fabuloso, como luego quedará expresado de manera más evidente en las imágenes de textura onírica e idealizada que trasladan a la pantalla el mundo imaginario de los personajes.

Ambas corrientes contrapuestas -aunque coincidentes con los toques delirantes hasta rozar lo irreal que posee todo- colisionarán en el punto de giro decisivo de la trama, terrible en la aparente sencillez con la que lo ejecuta el director. Primeros planos de rostros. Expresiones. Cortes de montaje.

         Enclavada en un pueblo cualquiera de los Estados Unidos, síntesis de la nación, Una luz en el hampa dibuja un retrato social dominado por hombres que imponen su voluntad desde una superioridad que es de todo menos moralmente justificada. La hipocresía es uno de los rasgos fundamentales que Fuller atribuye a estos varones de orgullosos privilegios, personificados en una autoridad policial que ejerce, al mismo tiempo, de solapado cazatalentos de prostíbulo.

Bajo ellos, las mujeres son objetos de usar y tirar, sin derecho siquiera a la inocencia. Muñecas trágicas. La potencia expresiva con la que Fuller -ayudado imprescindiblemente por Towers- construye la psicología de la protagonista, recoge su punto de vista y desnuda sus anhelos eleva la magnitud del filme sobre el puñado de efectismos y golpes forzosos que en ocasiones empujan el relato y el discurso, amén de descuidos técnicos que revelan la precariedad de la producción.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Gracias a Dios

22 Abr

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Año: 2019.

Director: François Ozon.

Reparto: Melvil Poupaud, Denis Menochet, Swann Arlaud, Éric Caravaca, François Marthouret, Bernard Verley, Aurélia Petit, Julie Duclos, Josiane Balasko, Hélène Vincent, François Chattot, Stéphane Brel, Amélie Daure, Martine Erhel, Frédéric Pierrot.

Tráiler

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          Uno de los objetivos del colectivo de víctimas del padre Bernard Preynat, pedófilo confeso, es hacerse escuchar y mantener la atención por parte de una sociedad a la que, en primer lugar, sus testimonios estremecen, pero enseguida también incomodan. Con el juicio todavía sin celebrar, el estreno de Gracias a Dios, y más aún, su reconocimiento con el Gran Premio del Jurado en el festival de Berlín, es sin duda un espaldarazo tremendamente sonoro para esta asociación que lucha por la justicia no solo contra crímenes por el momento sin castigo, sino igualmente contra una red de abusos sistemática, semejante a la que denunciaba otro premiado filme reciente, Spotlight, que encuentra amparo en los estratos de poder en los que se mueve la Iglesia católica.

          Gracias a Dios es cine combativo que elabora la crónica del proceso iniciado contra Preynat, incluida la constitución de esta asociación en la que los afectados pueden hallar un cobijo y un altavoz para dar a conocer su caso y hacer fuerza contra el depredador sexual y el sistema que lo protege. Es una película que aborda el asunto desde una posición concienciada y crítica que se expresa de manera directa. Esto puede incluso costarle finura o sutileza en algunos aspectos, como por ejemplo el tratamiento de personajes secundarios o antagónicos -bien es cierto que uno de los detalles más estridentemente rotundos, la declaración pública del entonces cardenal Philippe Barbarin de que “gracias a Dios que son hechos que ya han prescrito”, lo sirve la historia real-; pero no por ello cae en el amarillismo.

La narración se desarrolla sin dejarse llevar por truculencias epatantes, más apegada al trance íntimo y a la labor social que realizan sus protagonistas. No busca impactar para conmover; el tema ya es suficientemente lacerante por sí mismo. Apenas sugiere la explosión de unas agresiones perturbadoras y deja hablar a los personajes. En esta línea, François Ozon se decanta por tanto por un estilo sobrio y elegante que, ajustado a su misión notarial, no acapara más atención de la debida.

          La cinta focaliza su potencia en la construcción de distintos puntos de vista -tres de ellos preeminentes- para, a través de los cuales, tratar de componer una mirada matizada y en cierto modo caleidoscópica que otorgue un contexto amplio y aporte diferentes perspectivas psicológicas a unos acontecimientos tan escabrosos que, treinta años después, permanecen lejos de cicatrizar. Es decir, que en lugar de concentrar los efectos de los abusos en un solo personaje principal, Gracias a Dios registra, aunque tenga que ser de manera sucinta, las diversas. profundas y traumáticas secuelas que una atrocidad de este tipo produce sobre sus damnificados -el desamparo, la soledad, la culpa, las neurosis, las desviaciones conductuales, las incapacitaciones sociales, la dificultad para revelar los hechos, la liberación mediante la palabra y el resarcimiento…-. En paralelo, y probablemente de forma más superficial, expone las reacciones de su círculo íntimo, dividido a grandes trazos entre cómplices y víctimas colaterales.

          Gracias a Dios es cine que, consciente de su fuerza, da fe de unos incidentes execrables para explicar, emocionar, presionar y movilizar al ciudadano y a la sociedad al otro lado de los fotogramas. De hecho, la defensa de Preynat -aquí interpretado por Bernard Berley, curiosamente el Jesús de La vía láctea– intentó retrasar el estreno para evitar su potencial influencia.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Los demonios

31 Ene

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Año: 2015.

Director: Philippe Lesage.

Reparto: Édouard Tremblay-Grenier, Vassili Schneider, Sarah Mottet, Laurent Lucas, Pascale Bussières, Victoria Diamond, Yannick Gobeil-Dugas, Alfred Poirier, Bénédicte Décaty, Pier-Luk Funk.

Tráiler

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         El primer amor es una de las fantasías recurrentes de la ficción, por lo general construido desde una psicología adulta embebida de nostalgia que, además, acostumbra a ambientarla en verano, la estación del año que parece destinada a concentrar los ritos iniciáticos de la humanidad. Ahí está Verano del 42 como ejemplo diáfano en el cine, o la reciente Call Me by Your Name como muestra de la pervivencia de su éxito.

Los demonios se adentra en este tópico, pero su visión no es en absoluto idealizada. El primer amor del pequeño Felix es un asunto inconcreto, tremendamente confuso y que se afronta desde una exploración sin referentes aceptables. A tientas, repleta de incógnitas, de dudas e incluso de miedo. Por tanto, ni siquiera sus sentimientos poseen ese romanticismo cristalino que tradicionalmente se le atribuye al tema.

         La honestidad de Philippe Lesage está fuera de todo cuestionamiento. Su filme se asienta sobre la verosimilitud para que el espectador se reencuentre con emociones quizás perdidas en el olvido o que, probablemente, hayan mutado a causa de estos clichés literarios y cinematográficos que influyen en el subconsciente colectivo, así como por la noción de que cualquier tiempo pasado fue mejor, otra falacia más.

El director y guionista canadiense, debutante en el largometraje de ficción, asienta la cámara a la altura de los ojos de Felix y, desde esta perspectiva, observa con él el mundo que le rodea, prácticamente en plano subjetivo. En especial, orienta su mirada hacia las relaciones adultas, a través de las cuales perfila esta aproximación que no es tanto al amor, en un sentido naif e infantilizado, como realmente al despertar sexual.

         Lesage introduce la cuestión desde la aparición en pantalla de un cuerpo desnudo, casi gratuito y por ello igual de sorprendente para el niño y para el público. A partir de ahí, se dibuja la tensión sexual del protagonista y su respuesta a los impulsos que nacen en su interior. El misterio y la inquietud del descubrimiento laten en los fotogramas, a través de esta investigación torpona y en ocasiones humillante o dueña de remordimientos también desnortados, de nuevo producto de una falta de educación -o una mala educación- procedente del entorno -los padres que anticipan el potencial fracaso afectivo de todo enamoramiento, los adolescentes todavía tan despistados como él mismo-.

         Dentro de esta confrontación entre niñez y sexualidad, el cineasta considera oportuno ensayar una desviación hacia los delitos de pederastia, una alusión a los monstruos que habitan la realidad, que son siempre más terribles que los de las películas de terror. Pero Lesage no gestiona adecuadamente ese cambio del punto de vista, hasta entonces y posteriormente tan ligado a los ojos de Felix. Por esta causa, la subtrama encaja en el metraje entre chirridos, como una añadidura un tanto artificiosa y desde luego menos lograda, o menos interesante, que las vivencias y los sentimientos del personaje principal. De su maduración, en definitiva.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

En realidad, nunca estuviste aquí

9 Nov

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Año: 2017.

Directora: Lynne Ramsay.

Reparto: Joaquin Phoenix, Ekaterina Samsonov, Judith Robers, Alessandro Nivola, Alex Manette, John Doman.

Tráiler

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          Es importante no tomarse demasiado en serio a uno mismo. En lo que respecta al cine, esto significa rehuir las tentaciones de una grandilocuencia inflada a través, por ejemplo, de la apertura a la ironía o el reconocimiento del espíritu de la serie B. Y, con buen tino, En realidad, nunca estuviste aquí se abraza sin tapujos al espíritu de la serie B que domina su naturaleza. Por ello, a pesar de abordar premisas coincidentes como el trauma del veterano de guerra y los sucios callejones de la depravación sexual, su narración no se adentra en el retrato sociológico/psicológico de una comunidad enferma que podría firmar un autor como Paul SchraderTaxi Driver, Hardcore: Un mundo oculto-. Ni tampoco da rienda suelta al sentimentalismo en su aproximación al clásico de la redención del antihéroe dudoso por medio de la salvación del menor inocente –León, el profesionalEl fuego de la venganza, El hombre sin pasado…-.

          En realidad, nunca estuviste aquí mantiene la sórdida trama que afronta el protagonista dentro de los parámetros de un esquematismo tendente a la abstracción, en línea con un dibujo de la ciudad como un caos de movimientos inquietantes, sonidos estridentes y música inarmónica. Son elementos que conforman un escenario inestable, acorde a la volatilidad latente del personaje, mercenario solventador de secuestros a mazazo limpio, hombre con demasiado tiempo al borde del abismo y que pende de él con el tormento de poseer aún rescoldos de humanidad -las escenas cotidianas, introducidas también con equilibrio-.

El relato, pues, no se entrega al regodeo de la exploitation y al mismo tiempo, al renunciar a cualquier pretensión analítica o de denuncia creíble, evita que su evolución se desmonte a causa de una elaboración en exceso pormenorizada o intrincada. Es una historia correosa pero templada, de sencillez sin contemplaciones pero cuidada con atención.

          La directora y guionista escocesa Lynne Ramsay arroja el filme, contenido en 95 minutos, con una concisión de otros tiempos, con un notable uso de la elipsis y el fuera de campo en la plasmación de una violencia que no por ello es menos contundente. Su fisicidad que reside en lo que se escucha, en lo que se sobreentiende. En la presencia de un contundente martillo erigido en icono del pulp posmoderno –Oldboy, Drive-; en el hastío convertido en minimalismo gestual de Joaquin Phoenix, cuyo físico es puro escombro abandonado; basto, cansado y rotundo. Con idénticas armas -la precisión y la potencia-, la cineasta consigue incorporar recursos psicologistas a golpe de flashback, esquivando al límite una cierta inclinación al abuso que es más palpable hacia el desenlace. Menos éxito tienen los contrates con composiciones de ambiciones líricas y detalles de ejercicio de estilo. 

          Premios al mejor libreto y mejor interpretación masculina en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6.6.

Nota del blog: 7,5.

Spotlight

23 Dic

spotlight

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Año: 2015.

Director: Tom McCarthy.

Reparto: Michael Keaton, Mark Ruffalo, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Brian d’Arcy James, Stanley Tucci, Jamey Sheridan, Billy Crudup, Neal Huff, Len Cariou.

Tráiler

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          No me gusta el corporativismo incondicional, por lo que no seré yo quien defienda al periodismo coetáneo. Sin embargo, encuentro oportuno -aunque temo que finalmente irrelevante- que el seductor escenario de los Óscar pusiese bajo sus poderosos focospremio a la mejor película y al mejor guión original a una obra como Spotlight, que en entronca con las grandes odas cinematográficas al periodismo idealista como columna fundamental de la sociedad, garante de su salud democrática.

          Spotlight reconstruye el (re)descubrimiento, investigación y publicación de un reportaje decisivo para arrojar a la luz pública el diabólico sistema con el que la Iglesia católica escondía y protegía a la manada de depredadores sexuales de menores que ejercía el sacerdocio en el estado de Massachussets, muestra localizada de una perversión global.

A buen seguro habiendo tomado nota del deshonesto redactor que interpretase en la quinta temporada de The Wire, Tom McCarthy, director y guionista del filme -en este último apartado junto con Josh Singer-, recobra su incipiente prestigio en la realización, damnificado tras haberse puesto a las órdenes de Adam Sandler en Con la magia en los zapatos, y desarrolla el argumento con un estilo clásico, concentrado en exponer de forma amena y responsable el proceso periodístico que conduce al conocimiento por parte de la sociedad de una tumoración oculta a sus ojos, a fin de que pueda ser extirpada o, por decirlo con suavidad, corregida.

          El argumento se aleja sin embargo de la complacencia y prueba su madurez al redistribuir la responsabilidad de la problemática entre el conjunto de la comunidad, no focalizando el caso como una anomalía exclusiva de un ente putrefacto, la Iglesia, fácilmente condenable debido a su descrédito contemporáneo. Sin estridencias pero con eficiencia, Spotlight dibuja el contexto del que surge esta enfermedad, alimentada e inmunizada por un colectivo de moral selectiva, clasista en la aplicación de los derechos, la compasión e incluso la atención más elementales. Es decir, lo que en derecho penal quedaría bajo la denominación de cómplice necesario del delito.

En cambio, otros subtextos presentes en la historia, como la crisis de fe que comporta este hallazgo que no se desea ver, están retratados con menor profundidad y potencia, protagonizado además en este particular por un Mark Ruffalo que aborda su personaje, caracterizado por un toque de excentricidad, de una manera un tanto más tópica y destemplada que el resto de un elenco solvente.

          De igual manera, entre tanta corrección expositiva se echa en falta cierta atmósfera que proporcione densidad a la narración. Que la haga vibrar, que infunda mayor carisma a un filme no obstante entretenido, comprometido y equilibrado.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Red Hook Summer

7 May

“Solo el tiempo trae consuelo.”

Roman Polanski

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Red Hook Summer

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Red Hook Summer

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Año: 2012.

Director: Spike Lee.

Reparto: Jules Brown, Clarke Peters, Toni Lysaith, Heather Simms, Thomas Jefferson Byrd, Kimberly Hebert Gregory, Nate Parker, Colman Domingo.

Tráiler

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            Parece apagarse la estela de Spike Lee, heredero de Charles Burnett en su cine de combativo compromiso hacia la comunidad negra de los Estados Unidos y convertido con el tiempo casi en una marca propia -según definición del propio Burnett-, capaz de generar atención incluso aunque sea para recibir ataques indiscriminados.

Con su cima de popularidad y prestigio alcanzada curiosamente a través de películas alejadas de su tradicional mirada hacia las tensiones étnicas del país –la magistral La última noche, la entretenida Plan oculto-, y en los últimos tiempos más citado por polémicas fuera del set de rodaje que por sus obras artísticas –sus encontronazos públicos con Clint Eastwood por la ausencia de soldados de color en Banderas de nuestros padres o con Quentin Tarantino por frivolizar con el tema de la esclavitud en Django desencadenado; su rechazo a acudir a la ceremonia de los Óscar tras acusar de racismo a la Academia norteamericana-, poco impacto han tenido sus películas personales más recientes, Red Hook Summer y The Sweet Blood of Jesus, al igual que escasa fortuna crítica cosechó su remake a sueldo de la icónica Oldboy.

            Es posible que Red Hook Summer emerja como un deseo de retornar los orígenes, de reencontrarse con uno mismo, puesto que supone el sexto capítulo de la serie de crónicas de Brooklyn del cineasta y, además, reaparecen en forma de cameos personajes de cintas previas, caso del pizzero Mookie, procedente de una de sus obras más reverenciadas, Haz lo que debas, e interpretado por él mismo.

En la película tiene lugar una triple confluencia argumental. La base del guion la conforma el paradigmático verano de maduración adolescente y reencuentro con las raíces –lo que en otros relatos comporta un viaje al campo y su estilo de vida auténtico, aquí se resuelve paradójicamente con un chaval de Atlanta que va a pasar las vacaciones a casa de su abuelo predicador en el mencionado barrio neoyorkino-. Y, paulatinamente, a ella se suma el sustrato crítico acerca de la situación minoría afroamericana, característico de Lee, y una nueva muesca en la querencia del cineasta por los temas controvertidos, que esta vez son los abusos pedófilos perpetrados por sacerdotes cristianos. Ninguna de las tres alcanza la deseable relevancia.

            Lastra a Red Hook Summer una mezcla de sensación historia sobada y de superficialidad en el abordaje de sus aspectos más espinosos, amén de decisiones estéticas cuestionables entre las que se encuentran esas declamaciones actorales no sé si pretendidamente artificiosas, como de representación escolar, o la confección de un hilo musical constante que aparece defectuosamente acoplado a la narración.

La toma de conciencia del joven burgués ‘Flik’ no posee gran interés, con un protagonista sin excesivo carisma –en realidad, ninguno de los personajes funciona con naturalidad o credibilidad- y un entorno dramático, el que proporciona su abuelo obispo (el gran Clarke Peters), que, especialmente si uno es espectador escéptico, resulta bastante fatigante entre tanto sermón exaltado y tanta invocación a Jesús –o “Yisas”, en esa pronunciación tan irritante que muestran los devotos iluminados por la luz de Dios en la nación del materialismo, el pragmatismo y la adoración de la decencia como virtud esencial-.

Por más que termine cuestionándose esta figura religiosa, incluso con la inserción con calzador de un calvario de denuncia y redención que no se sabe bien a santo de qué viene, agota este escenario tan localista y, sobre todo, insulso.

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Nota IMDB: 5.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 4.

El club

10 Nov

“Un cura es capaz de cualquier cosa.”

Wolfgang Amadeus Mozart

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El club

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El club

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Año: 2015.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Antonia Zegers, Marcelo Alonso, Roberto Farías.

Tráiler

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            La principal batalla de la Iglesia católica contemporánea no es la de conquistar la fe de los escépticos, tarea a estas alturas prácticamente imposible, sino la de conservar la fidelidad de sus adeptos y mantener la credibilidad frente a los embates de las tentaciones materiales, que hacen mella en una casta otrora considerada autoridad infalible por la gracia de Dios y ahora minimizados a su condición de simples mortales, con su terrenalidad desnuda y a la vista en toda su amplia gama de defectos.

            Pablo Larraín selecciona los vicios de la Iglesia católica y, personificados en cuatro sacerdotes y una seglar, los traslada a una casa de retiro sita en la remota La Boca de Chile, vertedero de apestados indeseables que, por la acción del soterrado y vitriólico humor negro del guion, ni siquiera alcanza la pretendida categoría de Purgatorio en la Tierra. Los miembros de este selecto y escondido club son el abuso de menores y la homosexualidad impúdica, el robo de recién nacidos, la conspiración y respaldo de las fuerzas fascistas, y el paternalismo cínico y la hipocresía violenta. Incluso también los pecados sin nombre enterrados en el olvido de un pasado oscurantista.

El análisis de los males del clero que ofrece El club, por tanto, emplea como herramienta una alegoría –recurso de ficción tan caro a las enseñanzas religiosas- que termina deformada en caricatura sórdida, como sórdida será a juego la ambientación escogida por el cineasta chileno para enturbiar el bucólico reducto donde reposan los curas desterrados y que se plasma en imágenes cenicientas y desvaídas, organizadas en planos antiestéticos, con manifiesto abuso del contraluz –en este caso no sé si forma parte del objetivo citado- y donde los primeros planos descubren la fealdad sin paliativos de la fotografía digital.

            El instrumental quirúrgico escogido a conciencia por Larraín –firmante del libreto junto a Guillermo Calderón y Daniel Villaloboses tremendamente llamativo por su desagradable oxidación –la descripción deslenguada de los pecados perpetrados, los villanos convencidos de la moralidad de sus actos, la larvada brutalidad de los mismos que sin embargo solo aflora en el desagradable aspecto general del escenario-, aunque no especialmente afilado. Útil para desvestir al cadáver; romo para penetrar en sus putrefactas carnes.

La caricaturización es apropiada para resaltar con acritud y mala baba el objeto de crítica –ejercicio descarnado que puede verse hasta como recomendable en ocasiones como la presente-, pero no tanto así para ahondar en sus raíces y desentrañar sus causas, ocultadas por la hipertrofia del personaje o la problemática. En este caso, la finura de un retrato más humano y reconocible como tal permitiría identificar con mayor precisión –o al menos tratar de hacerlo- las fuentes de esta corrupción. O cuanto menos culpabilizar con todas las de la ley a personas y no a monstruos, que son criaturas aberrantes y culpables por su propia naturaleza, no por convicción consciente.

            No obstante, en el haber del filme, su velado aunque rotundo pesimismo, disfrazado de sátira cáustica, dinamita por los aires cualquier atisbo de relación entre estos hombres malos con Dios –con un Dios, con cualquier rastro de divinidad o misticismo- y, de este modo, los abandona a su suerte, con sus vergüenzas desnudas ante el espectador, con lo que consigue arrojar a la luz una verosímil visión de la nauseabunda condición humana, patética y siniestra con indiferencia de conceptos falaces o como poco hipócritas como los valores religiosos o, si se prefiere, yendo más allá, éticos.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

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