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Mi hija, mi hermana

25 Jun

“Uno de los dilemas de la humanidad es que está destinada a luchar.”

Clint Eastwood

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Mi hija, mi hermana

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Mi hija, mi hermana

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Año: 2015.

Director: Thomas Bidegain.

Reparto: François Damiens, Finnegan Oldfield, Ellora Torchia, Agathe Dronne, Djemel Barek, John C. Reilly, Mounir Margoum, Iliana Zabeth.

Tráiler

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          Ethan Edwards era hijo de la guerra, transformado en una fiera aberrante después de tres años consumiendo los últimos resquicios de su humanidad en un limbo obsesivo de odio y muerte. Pero Ethan Edwards no era hijo de la Guerra de Secesión estadounidense –o al menos no exclusivamente-, sino de una guerra eterna: la del Nosotros contra el Otro. Aquella que continúa indeleble en este presente donde los periódicos atentados terroristas recuerdan por la fuerza que la sociedad occidental no atraviesa tiempos de paz. Que permanece sumida en una tensión bélica y de amenaza latente que conforma un perfecto caldo de cultivo para individuos que, por pura convicción o a causa de experiencias lacerantes, mantienen vivo el fuego de la separación o del enfrentamiento entre el Nosotros y el Otro.

Mi hija, mi hermana dedica un exagerado –y un poco absurdo- esfuerzo a explicitar su filiación con el territorio del western, donde Centauros del desierto surge como un paralelismo más que obvio. El protagonista también atraviesa un limbo, condensado en una poderosa elipsis, en el que se resuelve, fuera de campo, la transición en la que este padre francés, cuya hija se ha fugado con un joven fundamentalista musulmán, se transforma en una alimaña herida que se embarca en una búsqueda demencial como quien arremete contra el enemigo. También, dirá el guion en un momento determinado -aunque en referencia a su hijo y sucesor, que replica al sobrino Martin de la enseña de John Ford-, es uno de esos hombres que ocupan demasiado espacio como para rehacer su vida en el calor cotidiano del hogar –esa idea que hacía que la puerta se cerrara a la espalda del tío Ethan, mientras éste regresaba a la nada de donde había surgido-.

          En su curso, Mi hija, mi hermana habla de heridas abiertas que nunca sanan, sino que supuran y reabren –Nueva York, Madrid, Londres-; de traumas generacionales que se enquistan y se perpetúan por herencia dentro de una Europa donde se confunden la multiculturalidad y el gueto, donde convive un prejuicio de superioridad moral –la reacción del padre con la familia del chaval- con una ingenuidad pasiva –la confianza de la madre en su hija- frente a quien es vecino y extraño al mismo tiempo. Y, a través de una escena introducida un tanto con calzador, incardina estas cuestiones dentro de una estructura circular, cíclica, sobre la que se reflejan, corresponden y contraponen una historia de obsesión y muerte –el padre- y una historia de redención y vida –el hermano, que desarrolla una búsqueda que adquiere tintes más existencialistas-.

          Debut como director del guionista galo Thomas Bidegain –que recientemente trazaba, en calidad de coautor, otro relato de tormentos internos, regeneraciones familiares y ecos westernianos en Dheepan-, el filme goza de una notable intensidad durante este primer tramo, sostenido sobre los hombros de un colosal François Damiens, que realiza un derroche de presencia en pantalla y expresa con sutiles matices el mar de angustias y paradojas de su personaje. Su segunda mitad, donde Finnegand Oldfield desempeña asimismo un buen papel, se antoja en ocasiones algo más convencional, aunque está filmada con elegancia visual, mantiene el interés y solventa el argumento con coherencia narrativa y densidad emocional.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

La noche más oscura (Zero Dark Thirty)

27 Jul

“El americano es un personaje esencialmente demócrata. Incluso cuando comete errores, los hace creyendo defender la democracia.”

Jules Dassin

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La noche más oscura (Zero Dark Thirty)

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La noche más oscura

Año: 2012.

Director: Kathryn Bigelow.

Reparto: Jessica Chastain, Jason Clarke, Kyle Chandler, Edgar Ramírez, Jennifer Ehle, Joel Edgerton, Fares Fares, Mark Strong, James Gandolfini.

Tráiler

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            El cine es una emanación de la sociedad. En el recién estrenado nuevo milenio, películas como La red social, El capital o La noche más oscura bien podrían diagnosticar esa misma sociedad contemporánea o, cuanto menos, exponer los hechos que construyen y dan sentido a su contexto particular.

            De igual modo que en su anterior En tierra hostil (The Hurt Locker), producida durante el punto álgido de la Guerra de Irak, Kathryn Bigelow, primera mujer galardonada con el premio Oscar a la mejor dirección, se aferra una vez más en la actualidad más rabiosa y candente para dar forma a su obra, de nuevo con el apoyo de Mark Boal en el guion.

El trasfondo no es otro que la caza, captura y homicidio de Osama Bin Laden, enemigo público número uno, ideólogo y alma espiritual de uno de los hechos más decisivos de la Historia reciente: los atentados del 11 de septiembre contra el World Trade Center de Nueva York, corazón mismo de los Estados Unidos, saldados con cerca de 3.000 muertes.

Dada su fecha de estreno, próxima a los comicios presidenciales en el país norteamericano, tal coincidencia no se libraría de acusaciones de oportunismo, electoralismo y asesoramiento improcedente desde el ámbito gubernamental, toda vez que dicho acontecimiento sería una de las banderas de éxito izadas por la administración Obama, quien por cierto disfruta en el filme de una imagen a grandes rasgos favorable.

            La negra cicatriz arrancada en el mismísimo rostro de América es la que, precisamente, compone el génesis duro y conmovedor que desencadena la acción de la película, de inmediato respondido con frías escenas de tortura en uno de los centros de detención secretos de la CIA. Causa-efecto.

No obstante, el saldo de la ecuación queda por ver, tanto en la cinta como en la realidad.

            El discurso de La noche más oscura es en general no tanto argumentativo como expositivo. En principio no se juzgan los métodos, sino que se presentan en crudo dentro de los capítulos atravesados durante el proceso de búsqueda, procedimientos en paralelo los efectos de los cambios de política, legitimados –la infame tesis de las armas de destrucción masiva, la cuestión moral de la tortura- y al mismo tiempo contrapesados –la responsabilidad por la inacción, la posibilidad de obtener un triunfo decisivo-.

Corresponde entonces al espectador cuestionarse sobre si el resultado final encuentra justificación.

            La narración, profusamente documentada, se ajusta a la verosimilitud como objetivo prioritario, lo que da lugar a un estilo riguroso, próximo en ocasiones a la recreación documental –hasta el punto de que desafinan situaciones más peliculeras, como la zafia presentación de la protagonista ante la plana mayor de la CIA-, con escasa presencia incluso de la minimalista banda sonora de Alexandre Desplat -muy semejante a su por otro lado magnífica partitura de Syriana, de temática pareja a ésta-.

            Es así un relato casi notarial que adopta el punto de vista de la agente Maya (Jessica Chastain, toda convicción). Maya aparece entonces como un samurái criado específicamente para dicha tarea por medio del trauma –como la nación al completo- y el exhaustivo entrenamiento, sin más motivaciones y dimensión afectiva o emocional que todo aquello que concierna a su obsesiva persecución –aparte de la obstinación, la ambición y una contenida desesperación ante los reveses, en última instancia el principal resorte que la inspira es el de la venganza personal-. Maya es la caza.

Fallidos y obsoletos los métodos de la Guerra Fría –la corrupción mediante el dólar, el gran arma del capitalismo-, queda otro de los rasgos americanos por excelencia, la iniciativa particular, como camino hacia una victoria dudosa, difusa, parcial pero en todo caso simbólica. A fin de cuentas, la ardua y cruenta investigación se resuelve casi en un metafórico cuerpo a cuerpo entre la pertinaz agente -fiel devoradora de hamburguesas y Coca Cola, pelirroja, pálida, frágil y terca- y el monstruo indetectable e inexpugnable –barbado, de execrables costumbres, oculto en un fortín entre mujeres cubiertas de velos-.

Un recurso argumental de tendencia bastante más populista y en cierto modo contradictorio con el atinado estilo y tono mantenido hasta entonces.

            En todo caso, a pesar de esa premisa de distanciamiento narrativo que domina la mayor parte del filme, La noche más oscura sabe mantener vivo el interés a lo largo de esa minuciosa cacería y extraer de su relato una lograda tensión, patente en especial en ese fibroso clímax de la Operación Gerónimo escrito mediante cámaras de visión nocturna y negrura, todo nervios, expectativa, chapuza y, por fin, un maremágnum de emociones encontradas entre la confusión, el vacío, el alivio y la euforia.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

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