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Llegaron a Cordura

3 Abr

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Año: 1959.

Director: Robert Rossen.

Reparto: Gary Cooper, Rita Hayworth, Tab Hunter, Van Heflin, Richard Conte, Dick York, Michael Callan, Robert Keith.

Tráiler

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         Llegaron a Cordura es una de esas películas con un prólogo explicativo que avanza que se trata de una obra armada con un manifiesto. En esta ocasión, el mensaje indagará en una de las obsesiones del cine tensionado por el maccarthismo en general y del western psicológico -uno de sus principales ramales- en particular: la destrucción del arquetipo de ficción, en este caso del héroe de la conquista del territorio prometido, uno de los mitos fundacionales de la nación, bajo el peso de las circunstancias que lo superan.

Es decir, que Llegaron a Cordura es otra de las numerosas variaciones que se ensayaron sobre el modelo paradigmático de Solo ante el peligro. De hecho, Gary Cooper, enfermo, frágil y de hombros cansados, vuelve a ser aquí el protagonista azorado por la huella de la cobardía, de la mano igualmente de otro cineasta de las listas negras, Robert Rossen, marcado luego por sus delaciones de compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Si el protagonista ha de expiar la culpa que lo atormenta, Rossen también.

         Esta ascendencia personal, perceptible en sus meditaciones acerca del valor y de la presión que impone el colectivo para dar cumplimiento a estos ideales artificiosos, convierte a Llegaron a Cordura en un filme discursivo en el que los personajes están al servicio de la disertación que se expone. Y muchas veces, como en el prólogo, esta se manifestará mediante la verbalización literal, lo que le resta vivacidad narrativa, intensidad emocional y, por tanto, empatía que invite a reflexionar. 

Así, a través de estos ejemplos preconcebidos y materializados en la galería de secundarios que rodean al protagonista e impulsan su particular via crucis, Llegaron a Cordura pretende mostrar la fina línea que separa el acto heroico de la reacción de supervivencia, del golpe de buena suerte, de la banalidad de una acción que puede responder simplemente a reflejos inconscientes e incluso a crueles instintos homicidas. El héroe, pues, bien puede ser un capullo irreflexivo y violento que opera movido por una voluntad brutal o predatoria. La banda sonora es la que, de principio, hace reconocible su arrojo sobrehumano, en contraste con el resto de desafortunados soldados que caen como podían haber caído ellos mismos.

Frente a ellos se contrapone otro modelo, encarnado esta vez por una mujer de dudosa relación con el enemigo y que cuenta con la interesante presencia de una Rita Hayworth desgastada, trágica, digna.

         Rossen escenifica el drama en un escenario fronterizo y de geografía hostil, y en el marco de un cuerpo de caballería ya caduco, que además levanta su historia sobre leyendas épicas burdamente maquilladas como el descalabro del general Custer en Little Bighorn.

Pero, más aún, las alusiones a la necesidad de crear héroes reconocibles para alentar el espíritu de combate del país por medio de la concesión de medallas de honor abren asimismo una veta metalingüística acerca del papel del cine como el mayor monumento posible -el aludido empleo de la música, que diferencia claramente al triunfador del fracasado, daba pistas en este sentido-. Son abundantes los ejemplos en los que el glamour y la capacidad enardecedora del séptimo arte ha servido de eficaz vehículo propagandístico e incluso, directamente, para engrosar las listas de reclutamiento del ejército norteamericano o justificar socialmente determinadas operaciones -bien puede atestiguarlo Cooper con El sargento York, oscarizada en mitad del debate público sobre la intervención norteamericana en la Segunda Guerra Mundial-.

         Y, como con Solo ante el peligro, John Wayne manifestaría su desagrado hacia la cinta, al considerarla un atentado contra el espíritu de la Medalla de Honor y lo que representa para el país.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

Solo ante el peligro

1 Feb

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Año: 1952.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Gary Cooper, Grace Kelly, Katy Jurado, Thomas Mitchell, Lloyd Bridges, Lon Chaney Jr., Otto Kruger, Henry Morgan, Howland Chamberlain, Larry J. Blake, Robert J. Wilke, Sheb Wooley, Lee Van Cleef, Ian MacDonald.

Tráiler

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          Solo ante el peligro es la cosa más antiamericana que he visto en mi vida”, declararía John Wayne, indignado con que el protagonista de la película, sheriff de un poblacho dejado de la mano de Dios, se pasase todo el metraje caminando apurado de un lado a otro en busca de ayuda contra el malvado que llegará en el tren del mediodía a Hadleyville. Irritado por el simbólico cierre del filme, añadiría que incluso no sentía remordimiento alguno por que el guionista, Carl Foreman, hubiera tenido que irse de los Estados Unidos bajo el peso de las persecuciones anticomunistas lideradas por el senador Joseph McCarthy.

En la década de los cincuenta, sobre todo en su primera mitad, los Estados Unidos se miraban en el espejo y no les gustaba el reflejo que veían. La oscuridad política y moral de la caza de brujas, envuelta en el insoportable e insostenible Temor rojo, sembraba dudas en la identidad nacional del presunto adalid del mundo libre. Ese conflicto en la propicepción se trasladaba irremisiblemente hacia la mitología fundacional del país, hacia el relato épico de su construcción por medio de la voluntad del individuo honesto y sacrificado, que se impone frente a la hostilidad de la naturaleza salvaje y de sus moradores incivilizados. El western quedaba así herido de gravedad, atravesado por una corriente psicológica que explotaba los dilemas interiores de los personajes, las rugosidades de su motivación o la fragilidad de sus arquetipos, desde el más honorable al más despiadado.

          El sheriff Will Kane deambula azorado por las calles del pueblo, con el rostro cada vez más sudoroso y envejecido y el aliento más entrecortado, mientras el tic tac de los relojes, presentes en cada pared como una sentencia de muerte inapelable, apremian su desesperación. Solo ante el peligro es la enseña absoluta de este periodo en el que el ciudadano podía quedar desguarnecido de todo derecho ante una simple acusación infundada que lo condenase al escarnio y el ostracismo. Doliente y pesimista, su alegórico discurso se apoya en la cita histórica, propia y ajena, para examinar el comportamiento de la persona corriente cuando le acecha la responsabilidad moral de actuar en un contexto adverso y, además, cuando queda cobijado en la masa informe que da cabida a sus instintos de supervivencia más primarios, disfrazados bajo coartadas de cualquier tipo. El duelo en el que se bate el sheriff Kane, que ni siquiera es oficialmente el dueño de la placa que respalda su autoridad, es contra sus convecinos, que esgrimen como arma el interés egoísta, el pavor cerval, el resentimiento enquistado, la mezquindad pura, la insidia desacreditadora…

          Este tratado acerca del comportamiento colectivo de una comunidad humana se conserva vigente, pues como señalan sus referencias históricas se trata de una moneda común en tiempos de crisis moral y social, como puede ser este terminar de la segunda década del siglo, marcado por la reconcentración nacionalista bajo el ala de la extrema derecha más clasista, racista y xenófoba. Pero también arroja otro aliciente para el análisis contemporáneo, por su igual permanencia en el debate público, como es la perniciosa influencia que los tópicos machistas, consolidados por la tradición cultural común, tienen igualmente sobre el hombre. “Sí, quizás tenga miedo”, admite el sheriff Kane en una confesión aún insólita en un personaje de semejante naturaleza. El líder que siente el peso de las circunstancias y que puede verse doblegado ante ellas, que ha de apoyarse en el otro, en la empatía del prójimo. El héroe que no es imperturbable, ni siempre puede ponerse por encima de los acontecimientos que arrasan a los cualquiera. La continuidad de esta idea será literal en ese Tony Soprano que se desmorona en un ataque de ansiedad frente al inexorable agotarse del tiempo y de la vida, simbolizado por los patos que emigran, mientras se pregunta dónde ha quedado el tipo fuerte y silencioso que asumía sus problemas sin exteriorizarlos, como los vaqueros de Gary Cooper, decía precisamente.

          El tiempo es el que imprime una cadencia sostenida e incesante a la intriga, que se construye no solo por la amenaza que se aproxima, sino también por la soga de socorro que se aleja de la mano, cercenada incluso por quienes habrían de sostenerla. Las agujas avanzan prácticamente en tiempo real, la  melodía de Dimitri Tiomkin marca un compás de pesaroso fatalismo y el montaje de Elmo Williams espolea el relato con precisión. La cobardía del sheriff no es completa como la del Lord Jim de Joseph Conrad -uno de los nuestros-, pues se sostiene en pie hasta que le alcance un destino que se presume funesto, ya que un verdadero hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Aunque esta resistencia es más ética que viril, al estilo por ejemplo del Henry Fonda de otro emblema del periodo como Doce hombres sin piedad. Y, de nuevo, la conclusión que encolerizaba a John Wayne advierte de que cualquier redención que pueda leerse de las acciones del desenlace es equívoca o, cuanto menos, dudosa.

          Unos años después, Wayne se uniría a Howard Hawks, otro indignado por Solo ante el peligro, para rodar una especie de versión del argumento desde su propio punto de vista: Río Bravo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9.

Las furias

26 Ene

las-furias

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Año: 1950.

Director: Anthony Mann.

Reparto: Barbara Stanwyck, Walter Huston, Wendell Corey, Judith Anderson, Thomas Gómez, Wallace Ford, Albert Dekker, John Bromfield, Blanche Yurka.

Tráiler

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          Sostienen los tópicos del cine que el western es una actualización de la tragedia griega: un espacio mitológico y atemporal en el que se dirimen con virulencia los dilemas esenciales del ser humano, sus inquietudes vitales y sus conflictos inexorables. Desde su mismo título, Las furias invoca esta solemne trascendencia de los clásicos, y en su argumento conviven tremendos complejos familiares, ambición congénita y anhelos de poder. Ya advierte el texto inicial de que este Nuevo México es un territorio de hombres que crean reinos de tierras y ganado; señores feudales que dominan acres y voluntades.

          El de Las furias es, pues, un Oeste melodramático y grandilocuente, de pasiones exaltadas y excesivas. Demasiado explícito en esas filiaciones trágicas antes citadas, al estilo de memorables obras quasibíblicas como Río Rojo o de desaforado romanticismo como Duelo al sol, que se tomaba con inmoderada seriedad el paso del género a la categoría de arte mayor, que había sido propiciada fundamentalmente por John Ford y La diligencia, amén de su obra posterior -esta sí marcada por una sencillez estructural que, en cambio, servía para acoger complejísimos asuntos existenciales, morales, sociales e históricos-. No por casualidad, Las furias comparte novelista original con la película de King Vidor: Niven Busch, que es además uno de los firmantes del libreto de otro western antiguotestamentario, El forastero, y de otro más de torrencial contenido psicológico, Perseguido, nuevos indicativos de que asumía el género con elevadas pretensiones.

          Con todo, Anthony Mann -que por ejemplo expresará con superior contundencia estás premisas trágicas en la espinosa serie de westerns que filmará junto a James Stewart-, desarrolla el drama con imágenes cargadas de intensidad. La omnipresencia y omnipotencia del patriarca con su posición dominante sobre el escenario, la proximidad incestuosa hacia su hija –el mito de Electra-, los juegos de sustitución entre la figura ausente de la madre, la presente del padre y la novedosa de la amante –el mito de Edipo-; el crepúsculo y la decadencia de este coloso que hasta genera canciones populares… Shakespeare, Freud, la forja de una nación.

Planos que concilian el abundante simbolismo mítico y psicológico del relato con una majestuosa potencia artística, incluso rayana en el esteticismo -el descenso al exilio por una escalera oblicua inundada por la sombra, los rezos previos al ahorcamiento…-. El empleo del paisaje, con unos opresivos cielos nocturnos, de coléricas formaciones nubosas, completan este escenario rimbombante y terrible. La fuerza de la imagen sostiene por tanto la ciclópea -e irregular- arquitectura que propone el texto, acometido por actores arrolladores como Barbara Stanwyck o Walter Huston en el que será su último filme.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

Alicia ya no vive aquí

15 May

“Una película sobre una mujer débil, vulnerable, puede ser feminista si se muestra una persona real con la que podamos empatizar.”

Natalie Portman

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Alicia ya no vive aquí

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Alicia ya no vive aquí

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Año: 1974.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Ellen Burstyn, Kris Kristofferson, Alfred Lutter III, Harvey Keitel, Diane Ladd, Vic Tayback, Valerie Curtin, Jodie Foster.

Tráiler

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            En cierta manera, Alicia ya no vive aquí representa una anomalía en la filmografía de Martin Scorsese, probablemente explicada al tratarse de un proyecto de encargo. En él, el neoyorkino, un cineasta habitualmente fascinado por las criaturas extraordinarias, sigue los pasos de una ama de casa desencantada con la vida adulta, que carga por todo el país con un hijo sabelotodo de 11 años mientras intenta sobrevivir, como cualquier otra madre desesperada de los Estados Unidos, entre renuncia y renuncia de los sueños privados, ya sean estos  sentimentales o profesionales.

Claro que Alice tampoco es una chica cualquiera, y el relato que de sus desventuras hace Scorsese tiene puntos de frenesí épico, marcados con adrenalina y coprolalia a partir de un prólogo donde una fea palabrota y un cambio brusco en el ratio de la pantalla dinamitan por los aires unos fotogramas que, desde el mismo título, impreso sobre elegante tela, o desde el cromatismo alla’ technicolor y la ambientación de esta presentación, comenzaban como una evidente imitación de las formas del cine de los años treinta.

            Adecuado a la perturbación cotidiana que sufre la desdichada Alice (Ellen Burstyn, Óscar a la mejor actriz principal), este ímpetu inicial se mantiene espídico en los primeros compases del metraje por medio de una cámara que deambula libre y rauda por el escenario, al compás de un montaje igual de rudo. Progresivamente se va apaciguando a lo largo del recorrido geográfico, laboral y existencial de la protagonista por entre las rendijas de la América que no sale en las postales.

No es, no obstante, un trayecto sórdido, a pesar de que la galería de personajes que le salen a al paso a esta mujer no son exactamente equilibrados -al estilo por tanto de la realización que imprime Scorsese a la obra-. Predomina el sol sobre el escenario y el argumento concilia el melodrama familiar con una visión fresca y vitalista, narrada con energía y entusiasmo, sin recrudecer el dramatismo tradicional que reviste el arquetipo de la madre coraje ni caer en las tentaciones de la política del pensamiento positivo, una de las atrocidades culturales manadas del país-. Al mismo tiempo, disimuladamente, el filme va trazando un círculo que, en el desenlace, parece devolver la función a ese territorio inicial de las películas hollywoodienses –que también asomaba, quizás involuntariamente, en los tópicos ‘peliculeros’ que jalonan algunas situaciones-. Asimismo, cabe decir, domina el guion cierta ligereza general que, en cualquier caso, hace fluir el relato con soltura.

            La música suena en el interior del coche de Alice, mientras el ruido y el viento azotan desde fuera. La ponderación en el tono –dentro del delirio latente y puntualmente desatado- que consigue Scorsese en este juego sobre el alambre permite que Alicia ya no vive aquí conserve su entereza primigenia y la originalidad de su aproximación al paradigma.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Un lugar donde quedarse

15 Feb

“Si el hombre simplemente se sentara y pensara en su fin inmediato y en su horrible insignificancia y soledad en el cosmos, seguramente se volvería loco, o sucumbiría a un entumecedor o soporífero sentido de inutilidad. Porque, podría preguntarse: ¿por qué debería molestarme en escribir una gran sinfonía o luchar para ganarme la vida, o incluso amar a otro, cuando no soy más que un microbio momentáneo en una mota de polvo dando vueltas por la inmensidad inimaginable del espacio?”

Stanley Kubrick

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Un lugar donde quedarse

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Un lugar donde quedarse

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Año: 2011.

Director: Paolo Sorrentino.

Reparto: Sean Penn, Frances McDormand, Ewe Hewson, Kerry Condon, Olwen Fouere, Judd Hirsch, Sam Keeley, Shea Whigham, Heinz Lieven, David Byrne.

Tráiler

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            Conociéndome como me conozco (poco y mal), lo natural es que no me gustase la interpretación de Sean Penn en Un lugar donde quedarse, donde reluce un copioso esfuerzo de composición gestual, estudio de pose física y aderezos en forma de tics recurrentes. Sin embargo, contradictoriamente, termino por creerme a su rockero en horas bajas, siempre con una maleta de remordimientos y soledad a rastras. Más aún, me da la impresión de que el actor sí desaparece bajo las capas de laca y maquillaje del personaje y le dota de identidad autónoma, independiente de su marcadísimo carácter y su estatus en la industria.

Algo semejante ocurre con el filme, que dentro de su tremenda irregularidad y sus flagrantes imperfecciones y desmesuras –siempre a un paso de hacer descabalgar la obra- logra hacerme partícipe del viaje existencial del protagonista y resultar en conjunto una obra cálida y entrañable. Paolo Sorrentino, entretenido en crear ‘set pieces’ elaboradísimas, articula así el periplo íntimo de una criatura frágil y avergonzada de sí misma, escondida tras su artificiosa parafernalia y, aun así, incapaz de desprenderse de ese simbólico mechón de pelo que le estorba.

            La evidente artificiosidad que aplica a la función el cineasta napolitano no desentona con la naturaleza y las circunstancias vitales de esta estrella angustiada, aislada en su ensimismamiento. Su estilo en la dirección de actores parece también patente en el trabajo de Penn, que construye una máscara análoga a las que Toni Servillo, histrión fetiche de Sorrentino, lucía en L’uomo in più,  Las consecuencias del amor, Il divo premio del Jurado en Cannes, en el que el intérprete estadounidense era precisamente integrante- y La gran belleza.

Por otro lado, el esquema narrativo de esta última, consagración definitiva del realizador con su Óscar a la mejor película de habla no inglesa, tampoco dista demasiado de la que Un lugar para quedarse desarrolla, donde lo relevante no son tanto los individuos y subtramas que descubre el protagonista en su vagar errático –por tanto, sin importar que puedan quedar un tanto descolgadas o inconclusas-, sino lo que expresa cada encuentro insospechado acerca de su convulsa intimidad –con frecuentes y explícitas verbalizaciones, incluso- y, en consecuencia, lo que aportan respecto a su evolución interior.

En este sentido, la puesta en escena surge potente en su juego con el exceso, el desequilibrio y hasta lo onírico para ilustrar esta búsqueda de silenciosa desesperación, sometida a los sempiternos designios judeocristianos de la culpa y la redención, el imperativo espiritual de encontrarle un sentido a la existencia y la necesidad de amor.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

Fort Massacre (El fuerte de la matanza)

4 Mar

“He matado más indios que Custer, Beecher y Chivington juntos.”

John Ford

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Fort Massacre

(El fuerte de la matanza)

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Fort Massacre (El fuerte de la matanza)

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Año: 1958.

Director: Joseph M. Newman.

Reparto: Joel McCrea, John Russell, Forrest Tucker, George N. Neise, Robert Osterloh, Denver Pyle, Anthony Caruso, Francis McDonald, Susan Cabot.

Tráiler

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            Después de una suicida y feroz batalla por conquistar un mísero pozo de agua, el líder de la expedición apache, último hombre vivo de la partida, arroja su rifle al suelo y alza los brazos en señal de rendición. Desde lo alto del promontorio desde donde defendía su posición, el sargento Vinson observa meditabundo al enemigo derrotado, levanta la mira de su arma y le descerraja un tiro certero en el pecho.

            Después de alcanzar la plenitud de su madurez, el western iba a experimentar un envejecimiento hosco y desencantado. En la década de los cincuenta, variantes malencaradas y tortuosas como el western sucio y el western psicológico comenzaban a emerger entre las otrora verdes praderas vírgenes del territorio de la utopía y la épica.

Desapercibida bajo la sombra de producciones más rutilantes y prestigiosas, Fort Massacre (El fuerte de la matanza) guarda en secreto una abrumadora antología de sentencias que atentan violentamente, con idéntica falta de piedad a la del sargento Vinson, contra el espíritu de la conquista y contra bastiones fundamentales del país como el ejército, la religión e incluso las propias estrellas del género cinematográfico.

Cosido a la piel del dudoso Vinson, sorprendente en su atinada creación de matices, Joel McCrea subvierte su imagen heroica y amable dentro de una estrategia muy semejante a la que, en las turbias Winchester ’73, Horizontes lejanos, Colorado Jim, El hombre de Laramie y Tierras lejanas, el director Anthony Mann empleaba con el estereotipo de bonancible americano medio que encarnaba James Stewart, de quien aprovechaba su mirada ensombrecida a causa de su paso por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. John Ford lo sacará partido asimismo en la pesimista Dos cabalgan juntos.

             “Se ha muerto sin pedirle permiso a Washington”, ironiza el recluta irlandés McGurney (Forrest Tucker) como toda deferencia hacia su teniente caído en combate. “Solo cavaré un metro: no era más que medio hombre”, contesta el encargado de vaciar para el muerto una tumba en el desierto. Es manifiesto el desprecio que siente hacia el uniforme militar la horda de desarrapados que componen el pelotón de caballería del filme –más bien lo que queda de él tras ser destrozado por los indios-. Sin embargo, no es éste un desprecio sin fundamento; ni ellos personajes censurables destinados a sufrir un merecido escarmiento por parte de una autoridad superior en mando y moralidad a sus tristes figuras carentes de honor, valor o sentido patriótico. Órdenes tiránicas, misiones absurdas y pulsiones psicóticas. Temblores en la batalla, ineficiencia en su desorientado cometido y crueldad fuera de cualquier justificación.

Fort Massacre desnuda las vergüenzas de la leyenda y las expone ante la pantalla, enfangadas con destemplado e iconoclasta realismo.

             Enraizándose con la tripulación de la tormentosa y colosal aventura marina del Moby Dick de Herman Melville, la patrulla de Fort Massacre, abandonada en la inmensidad salvaje y sobrehumana del desierto, barrunta que Vinson, en su rol de capitán Ahab, heredero del trasunto de Custer que era el coronel Thursday de Fort Apache y antecesor directo del James Lassiter de Río Conchos y el Ethan Edwards de Centauros del desierto, les conduce a la perdición presa de la locura monomaníaca que sangra en su interior malherido.

El espectador, asimilado en su innegociable neutralidad al joven y recién llegado recluta Travis (John Russell) –“que no ve, no oye y no habla”-, se mantiene expectante ante la pavorosa e inescrutable ambigüedad que se cierne entorno a él, distanciado como lo estaba Ismael en la vorágine que gobernaba el ballenero Pequod. Quizás este personaje, detentador del punto de vista del relato, posea un dibujo más rudimentario y una evolución previsible a medida que la narración adopta un tono un tanto más discursivo -que, además, culminará con una conclusión de apariencia algo precipitada-. Pero no por ello deja de resultar una composición interesante. Con ciertos paralelismos también con el Marlow de El corazón de las tinieblas, otra antiepopeya tétrica y terrible, Travis se encuentra enfrentado a sus miedos y odios cervales, amenazado por una oscuridad contagiosa como una peste, capaz de penetrar implacable hasta el tuétano del hombre.

A descubrir.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 8.

Indomable (Haywire)

9 Oct

“No tuve problema en pegarle a Gina Carano, porque no era Michael Fassbender quien lo hacía, sino el personaje que interpretaba. Además, en la vida real Gina podría partirme la cara con los ojos cerrados. Quiero decir, ¿has visto alguna vez videos suyos en YouTube?”

Michael Fassbender

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Indomable (Haywire)

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Indomable (Haywire).

Año: 2011.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: Gina Carano, Antonio BanderasMichael DouglasEwan McGregorChanning TatumMichael Fassbender, Michael Angarano, Mathieu Kassovitz, Bill Paxton.

Tráiler

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            Visionar Indomable (Haywire) me produce una sensación similar a los bares de diseño. Es decir, aquellos en los que la decoración y la elaboración de las bebidas desencadena el impulso irrefrenable de fotografiar con tu mejor filtro de Instagram la copa de balón de ese gin-tonic repleto de verduras y condimentos. Todo pulcro, estilizado, armonioso, que entra bien por los ojos. Perfecto para que uno exhiba su sofisticación y su billetera. Pero se da la circunstancia de que este articulista prefiere los bares de barrio, con tapas de cocina sabrosas y sustanciosas, de las de mojar pan, y con cerveza de grifo asequible para ponerse apasionadamente chuzo en un marco estético acorde al suyo personal: recio, honrado y un poco feo. Lo que en el thriller, de nuevo en el campo cinematográfico, podría equivaler a remontarse a la fisicidad y la contundencia de los descreídos setentas.

            Indomable es un thriller de diseño a cargo de Steven Soderbergh, cineasta clave del indie de los noventa al que, como a otros de su generación –Gus van Sant, Richard Linklater, Spike Lee-, siempre le ha gustado desconcertar a la audiencia y la crítica alternando obras de autor con productos casi prefabricados o de géneros con códigos muy marcados, si bien aproximándolos en mayor o menor medida a su propio terreno de juego. A su aire, con o sin apoyos.

            En esta ocasión, el libreto del filme, bastante esquemático pese a su ágil montaje de saltos temporales, permite que la trama se desarrolle de manera fluida y, sobre todo, quede un holgado margen para el lucimiento estético de Soderbergh, que aquí despunta en la envoltura cromática de los distintos episodios o la inhabitual y atractiva planificación en ciertas escenas de acción, como el uso de planos conjunto de duración más larga de lo frecuente, la eliminación del sonido ambiente en favor de un ritmo determinado por la jazzística banda sonora o la supresión por completo de la banda sonora.

Las secuencias de pelea, como viene siendo habitual tras la irrupción de Jason Bourne –el relato también gravita aquí sobre la premisa del superagente traicionado en busca de respuestas y/o venganza-, arrojan coreografías de primer nivel, limpias y aseadas, a las que el historial como luchadora profesional de Gina Carano contribuye a dotar de veracidad e impacto.

            Como actriz, Carano demuestra por su parte una apreciable soltura y una combinación fotogénica de dulzura y brutalidad que destila un poderoso magnetismo, arropada además por un selecto elenco lleno de rostros conocidos y amigos del director estadounidense. Es decir, que la exgladiadora posee la suficiente presencia como para desear verla prodigarse en un género falto de renovación de estrellas con carisma y credibilidad.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 6.

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