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Utoya. 22 de julio

28 Jul

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Año: 2018.

Director: Erik Poppe.

Reparto: Andrea Berntzen, Elli Rhiannon Müller Osbourne, Aleksander Holmen, Brede Fristad, Solveig Koløen Birkeland, Jenny Svennevig.

Tráiler

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          Tras las elecciones de septiembre de 2013, las primeras celebradas desde que Anders Behring Breivik asesinase a 77 personas en un doble ataque con explosivos ante edificios gubernamentales en el centro de Oslo y luego a tiros en un campamento de las juventudes del Partido Laborista en la isla de Utoya, en las afueras de la capital, el Partido del Progreso noruego, en el que militó en su día el autor confeso de los atentados y con el que comparte tesis antiinmigración y sobre la presunta islamización del país, consiguió entrar en el Ejecutivo de la mano de una coalición con el Partido Conservador. La alianza se reeditó después de los comicios de 2017, lo que le ha permitido trabajar en su agenda de tintes xenófobos, dentro de una corriente política que avanza en Europa.

Utoya. 22 de julio surge como un ejercicio de memoria que pretende hacer reaccionar al espectador frente a lo que ocurre en la actualidad fuera de la sala de cine. Para ello, su objetivo es convertir en víctima a quien simplemente observa arrellanado en la butaca del cine. Meterle en la piel de quienes tuvieron que huir del rifle del neonazi, de quien sufrió ante sus ojos la muerte de sus amigos, de quien quedó reducido a mera presa de la furia homicida de un individuo trastornado por un odio irracional hacia el otro. Una experiencia inmersiva. Terror en tiempo real. Así pues, escoge un único recurso: el plano secuencia, que es una herramienta de realismo porque renuncia a uno de los elementos esenciales de la ficción cinematográfica -el montaje- y porque establece con rotundidad un punto de vista análogo al de los personajes a  los que sigue. Aunque, cabe decir, Erik Poppe emplea este plano secuencia de forma un tanto irregular, ya que a veces es una toma fija puramente cinematográfica, y a veces literalmente actúa, agazapándose del atacante o levantándose para escudriñar el horizonte y comprobar si está despejado.

          Es una posición antitética, por tanto, a la que planteaba el documental Reconstruyendo Utoya, que, con evidente inspiración en Dogville, renuncia por completo a una representación realista para recrear lo sucedido. Este plano secuencia también guarda obvias diferencias con el que Gus van Sant aplicaba ya para reconstruir otra masacre, la de Columbine, en Elephant, donde está pensado para anular cualquier énfasis, introduciendo al público en una especie de cotidianeidad de intrascendencia sin filtrar, y que el propio realizador comparaba con la mirada de los videojuegos en primera persona, similar de hecho al que, momentos antes de la matanza, juega uno de los asesinos.

Esta cuestión del realismo cobra además una nueva dimensión ante el hecho de que, el pasado marzo, los autores de los atentados islamófobos de Nueva Zelanda utilizaron una cámara GoPro para retransmitir en directo por las redes sociales cómo perpetraban sus fusilamientos. Y, más aún, el propio Breivik sostuvo en su momento que había grabado en vídeo la masacre de Utoya. ¿Qué sentido tienen entonces unas imágenes totalmente verosímiles pero compuestas y diseñadas cuando la realidad absoluta, sin rebajar en su crudeza, se encuentra expuesta? Parte de esta reflexión podía interpretarse con Demasiado cerca (Tesnota), donde se mostraba una filmación auténtica en la que las guerrillas islámicas del Daguestán pasaban a cuchillo a varios soldados rusos, lo que trastoca por completo el voltaje del drama que hasta entonces se estaba contemplando.

Al respecto, Utoya. 22 de julio apuesta por el realismo como arma de denuncia. La conseguida angustia que domina numerosos pasajes es el mecanismo con el que pretende despertar o reactivar conciencias. Una vivencia sensorial armada sobre un esquema donde apenas es posible bosquejar a los personajes, más allá de una protagonista suficientemente construida, y con un trabajo actoral a la altura, para que se pueda empatizar con ella. Las muestras de humanidad que se desprenden de su huida desesperada -la búsqueda de la hermana, el esfuerzo por el desvalido, la piedad hacia la víctima, el apunte de esperanza incluso romántica, la desorientación de una resistencia mental al límite- aparecen como recursos bastante elementales para puntear esta identificación, así como para aportar variedad a las situaciones de peligro. La tensión es efectiva y, desde luego, consigue absorber totalmente la atención.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Los vikingos

26 Sep

“El cine es sangre, lágrimas, violencia, odio, muerte y amor.”

Douglas Sirk

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Los vikingos

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Los vikingos.

Año: 1958.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: Kirk Douglas, Tony Curtis, Ernest Borgnine, Janet Leigh, James Donald, Alexander Knox, Frank Thring.

Tráiler

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            Ahora que la entretenida serie Vikingos (Vikings) ha devuelto al Valhala audiovisual a los feroces hombres del norte, formidables guerreros, expeditivos comerciantes y ávidos exploradores, tan denostados por los tópicos y la apropiación ilegítima desde execrables tribus urbanas, conviene rescatar una vez más el clásico de aventuras Los vikingos, de Richard Fleischer.

De hecho, ambos comparten inspiración: el caudillo semilegendario Ragnar Lodbrok, más parcial y fabulada en el caso del largometraje, donde pasa a ser un personaje secundario aunque determinante en el drama, ya que en su mismo inicio siembra el Destino en el presente mediante un asesinato y una violación. Por supuesto, encarnado por el físico contundente y expansivo de Ernest Borgnine, está lejos de la apariencia punky-apolínea de su nueva y contemporánea reencarnación, con cuerpo de Travis Fimmel.

            Rayana en lo operístico en su síntesis argumental y por la hermosura de sus imágenes como las valkirias añoradas por Richard Wagner, violenta y furibunda en su ejecución como demandaría cualquier vikingo que se precie, el filme de Fleischer -quien había probado su valía para el género (y para dirigir a Kirk Douglas) en 20.000 leguas de viaje submarino, contiene todos los elementos posibles para dar lugar a la acción, la aventura y el ensoñamiento romántico: expediciones de saqueo, duelos de hachas contra espadas, estéticos drekkar, sana camaradería bárbara, pozos infestados de perros hambrientos de sangre humana, intrigas palaciegas, tuertos que hierven en ansias de venganza, reivindicaciones morales del héroe marginal, sacrificios de pasión, triángulos amorosos marcados por los hados y enfrentamientos a muerte entre hermanos antitéticos.

            A pesar de que al cine de aventuras históricas suele pesarle en demasía la modernización de las reconstrucciones, donde el píxel otorga una cota de realismo inalcanzable para el cartón piedra, Los vikingos permanece fresca porque es tan festiva y embriagadora como esos banquetes en los que lúbricas doncellas no cesan de escanciar agria cerveza y que parece prolongar su espíritu arrollador en la manera en el que los rubicundos guerreros escandinavos abrazan la muerte. En efecto, esa manera desgarrada de invocar a Odín es una de los iconos que asocio a los comienzos de mi vida cinéfila y de historiador –de hecho, nunca la he querido ver sin doblar-.

En paralelo a su desatada orgía pagana, la cuidada construcción de caracteres consigue dotar de calado y carisma a los protagonistas. Ese Einar terriblemente mutilado, invadido por la furia, el desprecio y el coraje, es una de las mejores interpretaciones que uno recuerda a Douglas. Por supuesto, su calidad de productor le garantizaba el personaje más jugoso, complejo y atractivo de la función, ideal para lucirse. Y así lo hace. Su potencia llena la pantalla incluso en la última instancia: un magnífico desenlace en forma de duelo que exhibe la capacidad del guion para matizar con retazos de humanidad a unos individuos que no aparecen de un solo trazo.

            Contradictoriamente, las relaciones de los personajes afloran con toda su vivacidad ante la muerte, sobre todo en comparación con el sucinto romance principal entre la princesa Morgana (fulgurante Janet Leigh) y el esclavo Erik (su esposo Tony Curtis), otro ser que tampoco puede etiquetarse como un héroe clásico a causa de su ambigüedad, decantada por su orgullo y su evidente rudeza de animal herido –no hay más que observar su deleite cuando azuza el halcón contra su adversario-. Siguiendo esta circunstancia, da la casualidad (o la encomiable intención) de que ambos contendientes sufren por igual taras físicas.

            Desde sus hermosos títulos de crédito, que emulan el tapiz de Bayeux, hasta su apocalíptico desenlace a los pies de un castillo en los confines del mundo -repleto de planos cenitales que remiten al extremo abismal del Mar Venenoso temido por la mitología nórdica-, Los vikingos transportan al espectador a un mundo regido por el placer de la aventura y donde ésta queda expresada con un sentido muy físico e impetuoso. Como parecían apreciarla sus protagonistas.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Oslo, 31 de agosto

9 Sep

“Estamos en el único país del mundo donde está garantizada por escrito la búsqueda de la felicidad. Putos niños mimados.”

Tony Soprano (Los Soprano)

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Oslo, 31 de agosto

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Oslo, 31 de agosto.

Año: 2011.

Director: Joachim Trier.

Reparto: Anders Danielsen Lie, Hans Olav Brenner, Johanne Kjellevik Ledang, Ingrid Olava, Kjærsti Odden Skjeldal.

Tráiler

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            En el cine del nuevo milenio aparece como arquetipo esencial la figura tragicómica del adultescente, ese individuo decepcionado ante un futuro que no era como le habían contado y en el que no encuentra su correspondiente lugar, descarrilado a medio camino entre dos estaciones vitales, la juventud y la edad adulta, a las que no pertenece.

Oslo, 31 de agosto es otra mirada a este tremebundo desaliento generacional, el de los hijos del estado de bienestar, criados para ser dichosos y plenos pero que, sin embargo, naufragan en una infelicidad que adquiere carta de patología. Más oscura, menos condescendiente hacia sus criaturas. Todo su refinamiento estético se contrarresta por medio de su áspera crudeza emocional. De igual manera que el hundimiento definitivo de Anders se enmarca en un Oslo idílico, veraniego, plácido, de exuberante belleza natural. Como ese deseable álbum de fotos y recortes que se rememora en el prólogo.

            La infelicidad de Anders no tiene por qué estar justificada, ni su hálito derrotista resulta romántico. En realidad, Anders, un tipo culto, atractivo, hipersensible e inteligente, educado con amor y respeto por sus progresistas padres, preparado para comerse el mundo, no posee justificación alguna para su depresión autodestructiva, más allá de la torva sombra de un fracaso amoroso que no se sabe si es causa o consecuencia o ambas cosas. De ahí su desoladora tragedia, que es, en distintos grados de intensidad, la de toda su generación: enferma por las miserias y rutinas de la vida, por los sinsabores, los desengaños, la abulia, los defectos congénitos en el terreno sentimental, el vacío existencial.

Joachim Trier no busca la compasión hacia el protagonista, a pesar de que éste grite por ella, desesperado. Aspira a una identificación acre, muy incómoda de empatizar por auténtica, tangible.

En su falta de complacencia hacia el personaje, hacia sí misma y hacia el espectador reside la virtud, la honestidad y la profundidad de la propuesta. Supongo que cualquiera, en mayor o menor medida, será capaz de saborear la amargura de Anders, reconocible en el propio paladar. La frustración y la impotencia que rodea a Anders en su odisea/regresión, provocan comprensión y desprecio a partes equivalentes.

            Resuenan en la atmósfera los ecos de la Nouvelle Vague, otra generación que trataba de rebelarse contra su desorientación incomprendida, tanto o más cuando el texto se inspira en la novela El fuego fatuo, de Pierre Drieu La Rochelle, también punto de partida para la referencial película homónima de Louis Malle. Oslo, 31 de agosto no juzga, ni abunda en el por qué o la falta de porqués dentro de su indagación acerca de la infelicidad, mientras que su punto de vista suele ser externo, casi frío en ocasiones a pesar de instantes mágicos, como el fin de fiesta en bicicleta. Esa tarea corresponde al espectador –sobre todo treintañero, pero no necesariamente-, enfrentado a un doloroso, lacerante y perturbador reflejo de sí mismo.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 9.

Kon-Tiki

15 Jun

“No he hecho nada por ansia de aventura, todas mis expediciones han tenido un objetivo científico.”

Thor Heyerdahl

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Kon-Tiki

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Kon-Tiki

Año: 2012.

Directores: Joachim Rønning, Espen Sandberg.

Reparto: Pål Sverre Hagen, Anders Baasmo Christiansen, Tobias Santelmann, Gustaf Skarsgård, Odd Magnus Williamson, Jakob Oftebro, Agnes Kittelsen.

Tráiler

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            Uno, que en su día estudió para arqueólogo, sabe un tanto acerca de la abismal distancia  existente entre ser Indiana Jones –figura recurrente en las justificaciones de tan especial materia frente a escépticos extraños, que en mi caso era sustituida por eventuales encuentros con una sosias de Lara Crofty realizar un trabajo de campo real, todo rutina y paciencia excavadora, mundano devaneo cerebral e incontables horas de laboratorio, lectura y moreno de flexo.

Sin embargo, de vez en cuando surgen ejemplos que reconcilian al arqueólogo con su espíritu aventurero. La expedición de la Kon-Tiki, la más célebre muestra de arqueología experimental, es uno de esos casos deslumbrantes.

Con ella, el antropólogo noruego Thor Heyerdahl trataba de probar la posibilidad de que la colonización de la Polinesia hubiera sido efectuada por parte de oriundos de Sudamérica y no de Asia, como sostenían las principales corrientes teóricas del momento. El método de investigación: navegar a la deriva los 8.000 kilómetros que separaban el puerto peruano de El Callao de los atolones coralinos de la PolinesiaRaroia acabaría por ser su destino- a bordo de una balsa de troncos. 

            Arqueología épica, realizada por un equipo de convicción sobrehumana -aparecen entre los tripulantes héroes de la Segunda Guerra Mundial como Torstein Raaby, partícipe en el hundimiento del acorazado Tirpitz, y Knut Haugland, que había saboteado la creación de la bomba atómica alemana en Telemark-, y que necesariamente era carne de Séptimo Arte. Prueba de ello es su conexión con los Oscar por medio de Kon-Tiki, filmación del periplo por sus partícipes y galardonada en 1950 con el premio a mejor largometraje documental, y la nominación de esta segunda Kon-Tiki, ya relato de ficción y parte de la terna seleccionada para la estatuilla a mejor película de habla no inglesa en la última gala de la Academia.

            Todavía pendiente de estreno en las salas españolas, Kon-Tiki recupera con firmeza, estilo, buen pulso y alguna que otra licencia dramática la epopeya marina de estos intrépidos escandinavos.

El apreciable –que no espectacular- sentido aventurero, superviviente del posible acartonamiento derivado de la cuidada atención estética y la aridez propia de su reducido escenario y argumento, convierte al filme en un entretenido acercamiento a esta hazaña científica moderna, en la que se identifica al descubridor con una obstinación y perseverancia privilegiada pero que posee el reverso amargo de la soledad sentimental.

La aventura como pulsión existencial e innata, la vida como búsqueda incesante e insaciable.

           No alcanza toda la trascendencia metafísica que se podría extraer de esta odisea homérica, del conflicto del hombre contra barreras colosales como son los elementos naturales o las convenciones científicas y sociales, mientras que la exploración de personajes queda en el bosquejo superficial, pero ello tampoco es óbice para disfrutar de este interesante y didáctico relato.

           Finalmente, las hipótesis de Heyerdahl sobre la colonización sudamericana de la Polinesia serían refutadas.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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