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Al morir la noche

19 Feb

“En el cine de terror, el público no acude sólo a sufrir, sino que son personas que se atreven a enfrentarse a algo nuevo. El cine de terror es sólo para los más atrevidos.”

Wes Craven

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Al morir la noche

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Al morir la noche

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Año: 1945.

Directores: Alberto Cavalcanti, Basil Dearden, Charles Crichton, Robert Hamer.

Reparto: Mervyn Johns, Roland Culver, Mary Merrall, Googie Withers, Frederick Valk, Anthony Baird, Sally Ann Howes, Judy Kelly, Miles Malleson, Michael Allan, Ralph Michael, Basil Radford, Naunton Wayne, Michael Redgrave, Hartley Power.

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          En torno al salón de una casa de la campiña inglesa, un variopinto grupo de personas –un arquitecto, un psiquiatra, un piloto de carreras, su esposa enfermera, una adolescente, el anfitrión de la finca,…- permanece reunido y expectante encadenando pequeños relatos que tienen como nexo de unión la fascinante presencia de lo sobrenatural.

Al morir la noche asienta sus fundamentos en una estructura primigenia y ancestral que, además, encuentra en el terror su más popular campo de operaciones: la narración de historias hechizantes en comunidad, alrededor de un círculo, como instrumento de cohesión grupal y exorcización de traumas sociales, psicológicos o metafísicos. Un esquema de episodios que, por otro lado, queda plasmado incluso en la producción de la película, donde cuatro directores de la Ealing, Alberto Cavalcanti, Basil Dearden, Charles Crichton y Robert Hamer, capitales en el cine británico de posguerra, traducen respectivamente en imágenes cuatro relatos cortos de los autores británicos H.G. Wells, Angus McPhail, E.F. Benson y John Baines.

          El género de terror se había filtrado poco a poco en el cine escapista de tiempos de guerra, si bien rebajado con gotas procedentes de otras áreas –la comedia, el romance, el thriller- con el objetivo de burlar las severas calificaciones de la censura británica y atraer a un público que, como es natural, convivía a diario con el pánico propio de los bombardeos. No obstante, si en 1944 Dearden ya había experimentado con The Halfway House el regreso al terror puro, de orden fantástico, un año más tarde Al morir la noche -de nuevo con Dearden y McPhail en su plantilla-, ahondaría en esta veta reluciente para configurar una cinta que, como se observa, hunde sus raíces en la tradición británica y, al mismo tiempo, marca un hito influyente que propiciaría la expansión de esta mayor tolerancia hacia el terror en la industria inglesa y que será profusamente referenciado e imitado por generaciones venideras.

          Al morir la noche entremezcla en su desarrollo capítulos acerca de premoniciones de muerte, posesiones espirituales y disoluciones de la personalidad; cuentos de fantasmas y casas encantadas, y turbias pesadillas psicológicas, mientras que su hilo conductor no solo posee entidad particular, sino que, pese al pobre empleo del psiquiatra como voz autorizada del escepticismo, es capaz de mantener una elevada intriga propia que, por añadidura, conduce a los personajes -y al espectador con ellos- hacia un desenlace donde se clama metafóricamente por la muerte de la razón hasta concluir su perverso recorrido en un cierre rotundo y angustioso.

Sin alterar un ápice la coherencia del filme y engrasando a la perfección su ameno ritmo narrativo, el tono y el estilo de Al morir la noche alterna segmentos anecdóticos y de formas directas –las visiones de muerte firmadas por Dearden, quizás el más superado a causa de su mero papel como continuador de la introducción previa-, con otros de ribetes góticos –la fiesta de Navidad, de Cavalcanti- o de alivio cómico para reponer fuerzas –la jocosa disputa entre golfistas, de Crichton-, previo al perturbador y asfixiante episodio del ventrílocuo, también rubricado por el director de origen brasileño. Paradójicamente, aquel que parece más afincado en la realidad termina por ser el más turbulento e inquietante.

          La combinación da lugar a un cóctel equilibrado y muy entretenido en el que el esqueleto esencial de la obra, anclado en la naturaleza social humana como decíamos, promueve la inmersión del público en esta afortunada serie de relatos de terror que tantas veces será emulada en el futuro.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

Lars y una chica de verdad

11 Nov

“¿Acaso los niños no aman a sus osos de peluche?”

Ryan Gosling

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Lars y una chica de verdad

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Año: 2007.

Director: Craig Gillespie.

Reparto: Ryan Gosling, Emily Mortimer, Paul Schneider, Kelli Garner, Nancy Beatty, Patricia Clarkson.

Tráiler

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            Quizás dentro de unos años se acuñe un término específico para las películas indies del cambio de milenio, reconociendo su coherencia estilística y temática de la misma manera que, en su momento, se apercibió para el dispar conjunto de películas que en la crítica francesa vino a denominar cine negro. O eso, o se caerá en la cuenta de que su presunta frescura y originalidad es mucha menos de la que se suele considerar. Así, tanto en el cine como en la música, entre una minoría de productos innovadores e interesantes se oculta un grueso nada desdeñable de productos prefabricados, hechos a medida para un público muy concreto que no es, sino, igual de conformista que los devotos del mainstream.

             Lars y una chica de verdad está protagonizada por el héroe romántico por definición del indie, imaginado con mayor o menor fortuna y más o menos gracia –en ocasiones con algunas auténticas joyas- por los Wes Anderson, Spike Jonze o Michel Gondry como cabezas de cartel de la corriente. Es el solitario sensible, introvertido e inadaptado, con miedo patológico a la vida. Una mariposa que aún no ha salido de su crisálida, aprisionada por una cotidianeidad hostil que no comprende y que lo rechaza. Un adulto que se refugia en una carcasa infantil, donde aún prevalece la inocencia y se cree en el final feliz de los cuentos de la infancia. Cliché en toda regla. A poder ser presentado al gusto de los más recalcitrantes hipsters de escaparate, mezclando un formato de rasgos modernos con el vestuario de nuestros abuelos.

             A través de la historia del frágil Lars (Ryan Gosling) y su idilio con una muñeca de plástico con la connivencia de su remoto, estándar y encantador pueblecito canadiense, Craig Gillespie expone una llamada a la tolerancia y aceptación del diferente frente a las presiones que coartan al individuo en su desarrollo, al cuestionamiento de un concepto difuso y aborrecible como el de ‘normalidad’ como principal arma de esta coacción y a la falta de comunicación y sinceridad sentimental de la sociedad –puede que también al amor platónico como valor sanador de la existencia, que de ser así estaría bastante trasnochada-.

Para ello, sigue unas pautas bien definidas y conocidas, abundando en la sensación de déjà vu del conjunto, tanto desde lo indie como desde fuera de él: aparece aquí el recuerdo de la cáustica Tamaño natural y el de otras, por qué no, como El invisible Harvey por la fantasía positiva como manera de escapar de la realidad y su feliz contagio, o no, a terceros, o Soy un cyborg, otro amor casto y puro en el marco de un dulce y melancólico desequilibrio mental.

             Lars y una chica de verdad, pese a su puntual encanto y las posibilidades de su idea original, impone con poca naturalidad unas intenciones buenistas a costa de tomar excesivas licencias para con la credulidad del espectador a la hora de poner en marcha la comedia y drama del asunto, al mismo tiempo que muestra una total indiferencia a caer en lo ñoño y lo obvio en su desarrollo posterior, lo que hace que sea blanda cuando podría (debería) ser oscura y que, en último término, se entregue a una catársis melodramática más ridícula que tierna o emotiva.

Eso sí, Gosling se esfuerza, y bien, en la defensa de su papel.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 4,5.

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