Tag Archives: Minería

Los vividores

14 Dic

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Año: 1971.

Director: Robert Altman.

Reparto: Warren Beatty, Julie ChristieRene Auberjonois, John Schuck, Shelley Duvall, Bert Remsen, Keith Carradine, Michael Murphy, Antony Holland, Hugh Millais, Manfred Schulz, Jace Van Der Veen, William Devane.

Tráiler

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         Hay dos grandes factores que tradicionalmente ejercen de elemento civilizador del salvaje Oeste: el ferrocarril y el telégrafo. Pero hay un tercero que no desmerece a los anteriores: la mujer. El western, de hecho, es un género eminentemente masculino. La presencia sedentaria de una dama es la que, en cierta manera simbólica, desbrava el territorio de frontera, sometido a la ley del más fuerte, para convertirlo en hogar ordenado. En Los vividores, que es un western propio de un periodo de revisión transgresora del género y de la historia asociada a él, es en efecto la llegada de un grupo de mujeres la que da consistencia de pueblo digno de tal nombre al cochambroso asentamiento de Presbiterian Church, situado en un agujero minero de lo que, andando el tiempo, será el estado de Washington. Solo que estas mujeres que aportan urbanidad al lugar son, curiosamente, prostitutas.

         Hasta Presbiterian Church había llegado un presunto dandy con la intención de montar un productivo lupanar que remedie la atroz soledad de los pioneros. Pero es en realidad la llegada de una meretriz inglesa, capaz de oler literalmente la pose del anterior, la que establece en el poblacho los valores fundacionales de los Estados Unidos, los de la libre empresa organizada que proporciona un servicio esencial para la comunidad. Los vividores plantea así una especie de relación de rivalidad, colaboración y atracción entre dos auténticas beldades como Warren Beatty y Julie Christie, respectivamente. De ahí surge también cierta lectura crítica acerca de unos vínculos siempre dominados por el dólar, y que en su desigualdad y frustración se emparejarán luego con la irrupción maléfica del gran capital, la verdadera inmoralidad -y el definitivo agente civilizador-.

Es cine de los escépticos años setenta, que muestra paralelamente sus señas de identidad en la presencia de la droga en el relato.

         Acorde a la época, la realización de Robert Altman dibuja un Oeste ajeno a los estereotipos del género y de rasgos naturalistas, que no repara en remilgos para adentrarse en el fango, la sexualidad o la violencia. Pero sus imágenes no son crudas. Los fotogramas, que parecen empañados por la humedad del entorno, se dejan cautivar asimismo por el bucolismo que puede entregar el paisaje. El montaje está igualmente trabajado -o descuidado- en su ruptura con el clasicismo, si bien en ciertos momentos sus cortes resultan más confusos que dinámicos, lo que refuerza la sensación de desconcierto que a veces acompaña a una narración orquestada de manera bastante libre -análoga a la composición de personajes secundarios, abandonada al impulso creativo de sus actores-.

El sonido sí que es verdaderamente áspero, en abierta contradicción con la banda sonora de Leonard Cohen, en la que aparece esa mezcla de western y música pop contemporánea que había avanzado Dos hombres y un destino y que contará con otros grandes ejemplos como Pat Garrett y Billy the Kid, donde actúa y canta Bob Dylan -quien precisamente había rechazado interpretar el luego célebre Raindrops keep fallin’ on my head de la cinta de George Roy Hill-.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

La quimera del oro

24 Sep

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Año: 1925.

Director: Charles Chaplin.

Reparto: Charles ChaplinMack Swain, Georgia Hale, Tom Murray, Malcom Waite, Henry Bergman.

Filme

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         Durante un tramo de La quimera del oro, un minero enfebrecido por el hambre persigue con un hacha a Charlot para devorarlo. El humor de Charles Chaplin, que no había tenido una vida fácil, nace de la consciencia de la crueldad de la existencia humana. Aparte de la irreparable condición penosa y marginal del propio Charlot, su sentido cómico puede apuntar al abandono infantil, al asesinato en serie, a la guerra, al nazismoY, a partir de estos horrores, extrae ternura. Depura los sentimientos más limpios y cristalinos que también puede albergar el alma humana para, con ellos, redimir a la especie.

Las miserias del ser humano, no obstante, operan asimismo a menor escala. Georgia, el objetivo romántico del pequeño vagabundo en esta película, demuestra ser una harpía poco recomendable que usa a Charlot bien para dar celos a su recio galán, bien para divertirse a su costa. Hasta entonces, de hecho, el recién llegado era literalmente invisible a sus ojos.

         Encadenada a esta premisa de redención última, una noción kármica domina La quimera del oro, si bien desde la perspectiva de una diosa Fortuna que goza igualmente manipulando a sus títeres, como en un teatrillo de pueblo. La lucha de Charlot es contra el universo. Todo está dispuesto en su contra, todos los personajes están por encima suyo: el buscador Big Jack, el forajido Black Larsen, el seductor Jack… Machos alfa contra los que Charlot, síntesis de las virtudes y defectos del hombre corriente, se enfrenta solo con el arrojo de su dignidad y de sus pasiones, alimento de un optimismo casi inconsciente, que por esa bendita ignorancia es capaz de obviar los peligros de su odisea -la desolación del desierto de nieve, el oso a su espalda…-.

Puro sentido romántico y puro heroísmo en acción, sometidos al absurdo a causa de la sordidez y la roñosidad -física y moral- del mundo que lo rodea. Un juego de contrastes que Chaplin emplea como material humorístico. Como poner civilizadamente la mesa para zamparse una bota.

         Probablemente esta sea una de las cintas donde el personaje demuestra menos dobleces, donde su sombra de mezquindad, también tan reconocible, está menos presente. En La quimera del oro, Charlot es casi exclusivamente un soñador que sueña con enriquecerse en la fiebre del oro, pero sobre todo con conquistar la verdadera riqueza que en el mundo hay. Los sueños, en este sentido, ofrecen en cierta escena la única posibilidad de realización que parece darse, la fantasiosa válvula de escape donde conseguir el éxito amoroso frente a una realidad que lo muestra triste y solo, en comparación con una eufórica celebración de Año Nuevo.

En La quimera del oro, todo golpe de humor tiene su reverso trágico: uno sabe que el entrañable baile de los panecillos es simple fábula, los vaivenes de una casa en vilo al borde del precipicio oprimen con el angustioso sello de la muerte. El equilibrio entre contrarios, la exacta medición de la risa y de la lágrima, son el secreto de la mina de Chaplin.

         El propio autor proclamaría en cierta ocasión que La quimera del oro era la obra por la que quería ser recordado. La película fue reestrenada en 1942 con una reedición del montaje y una narración en off escrita y locutada por Chaplin. Sin embargo, esta voz no hace sino constatar la capacidad expresiva de las imágenes del cine mundo, lo prescindible -e incluso molesto- que puede llegar a ser la palabra en el séptimo arte.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 8.

El árbol del ahorcado

20 Feb

“El Oeste –palabras que van directas a ese lugar del corazón donde los americanos sienten el orgullo de su herencia del espíritu del Oeste- significa el triunfo de la voluntad personal sobre cualquier obstáculo, natural o humano.”

John Wayne

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El árbol del ahorcado

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El árbol del ahorcado

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Año: 1959.

Director: Delmer Daves.

Reparto: Gary Cooper, Maria Schell, Ben Piazza, Karl Malden, George C. Scott, Karl Swenson, Virginia Gregg.

Tráiler

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             “Parece que llegamos a la civilización”, espetaba ante la visión de un ahorcamiento Clarke Gable, abriendo así Los implacables. En el western, la justicia y sus símbolos cobran una tajante radicalidad, que expresa de este modo las condiciones que gobiernan el escenario. La reacción impulsiva de uno de los mineros del yacimiento de oro recién abierto en la Montana indómita donde transcurre la acción de El árbol del ahorcado, disparando con su rifle a un ladrón de pepitas, no es más que una prolongación de este concepto de justicia directa e implacable, propia de unos tiempos forjados por el hombre a tumba abierta, sin la intermediación de instituciones colectivas que configuren un marco regulativo común, frío y razonado, capaz de imponerse sobre las apetencias de la víscera.

             El árbol del ahorcado plantea una situación esencial en el género, como es la confrontación entre esta corriente salvaje y las tendencias civilizadoras, encarnadas aquí por otro ejemplo ordenador, el médico, que se contrapone a la ley de la horca y, directamente, a la influencia supersticiosa y atávica del curandero. Un conflicto desarrollado en paralelo a otro traumático proceso de civilización alegórica que, en este caso, compete al interior del protagonista –la conquista de sus remordimientos, el dominio de la violencia que brota en él a causa de sus pecados pretéritos-.

A medida que avanza el metraje se impone esta segunda vertiente más psicológica y melodramática, encauzada a través de la tortuosa relación de sanación y dominio que se establece entre el enigmático Joseph Frail (Gary Cooper, protagonizando su último western) y la cándida forastera Elizabeth Mahler (la austríaca Maria Schell), quizás en ligero detrimento de ese violento contexto social que enmarca la obra, tan prometedor en su contundencia y brutalidad –aunque, para ser justos, no menos brutal que la intrigante ambigüedad que embarga la figura del personaje principal-.

             Delmer Daves –que debido a una enfermedad tuvo que ser temporalmente reemplazado en la silla de director por Karl Malden- consigue que ambos dramas convivan equilibrando el interés de la cinta hasta que, por las chispas de ese roce, el argumento se inflame en un incendio de enorme simbolismo.

El árbol del ahorcado es una película narrada con eficiencia y bien interpretada por un reparto donde el clasicismo y la elegancia de Cooper y Schell confluyen y chocan asimismo con la intensidad de Malden o del debutante George C. Scott. Por su parte, el cineasta sabe aprovechar la opresión soterrada que crea ese pueblecito accidental y encerrado en sí mismo -a pesar de enclavarse en un espectacular escenario natural- y capturar en los fotogramas los pavorosos fantasmas que acompañan en su deriva al atormentado doctor.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Tiempo de revancha

18 Feb

“Lo más importante a la hora de realizar un filme es no mentirse, hacerlo con honestidad, con todo lo que sabés y no trampearte. Si vos hacés una película con toda tu capacidad, te podés equivocar, pero no importa. Lo peor es que hagas conscientemente una chantada para ganar guita. Lo importante es mirarte al espejo y mantener tu orgullo.”

Adolfo Aristaráin

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Tiempo de revancha

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Tiempo de revancha.

Año: 1981.

Director: Adolfo Aristaráin.

Reparto: Federico Luppi, Haydée Padilla, Julio de Grazia, Ulises Dumont, Alberto Benegas, Aldo Barbero, Enrique Liporace, Arturo Maly, Jorge Hacker.

Filme

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           Cineasta humanista, inquieto y comprometido respecto al contexto histórico-social del momento, Adolfo Aristaráin recuperaría en Tiempo de revancha la senda iniciada con su opera prima, La parte del león, y después truncada por La playa del amor y La discoteca del amor, más complacientes con la taquilla y los gustos populares.

           A partir del litigio emprendido por un terco dinamitero contra la empresa que explota sin reservas la supuesta riqueza minera del interior argentino, Tiempos de revancha configura una osada y aguerrida metáfora acerca de la dictadura militar, su opresión contra el ciudadano y su homicida metodología de poder –atrevimiento que se completa con el protagonismo del exiliado Federico Luppi, repudiado por el régimen a causa de su participación en la combativa La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera, aquí productor-.

Se trata así de un trasfondo alegórico pero que, desde su apariencia externa y evidente, sirve además para fusionar una firme denuncia de los atropellos del capitalismo y las oligarquías dominantes.

           El filme clama por el despertar de la conciencia política y social del individuo, ejemplificado por la evolución dramática de Pedro Bengoa (Luppi), un exsindicalista de la izquierda que ha borrado su pasado y, desde el desencanto, el conformismo y las inanes ambiciones materiales burguesas, ha renunciado a la lucha en el presente. Es esta la principal fuerza del capitalismo: la capacidad para convertir a todo el mundo en mercenario o, si se prefiere, asalariado. De hecho, es esclarecedor que la intención primera del testarudo Bengoa sea conseguir dinero fácil gracias a una indemnización fraudulenta.

De estilo narrativo clásico, con su aspecto formal sometido a la exposición funcional pero elegante y precisa del relato, Tiempo de revancha maneja con habilidad los códigos del cine de intriga para revestir con un atractivo suspense a su discurso político, económico y social, repleto por su parte de crudas e incisivas sentencias también dignas del mejor noir. Una inteligente combinación que, por otro lado, permitiría a la película cosechar unos excelentes números en las salas.

           En contraposición con el inspirador desarrollo de su protagonista, la épica reivindicación de su dignidad como trabajador, como argentino y como ser humano, y con el significativo desenlace, cargado de desgarradora potencia simbólica, el discurso pierde parte de su fuerza y efectividad debido a la lineal composición de los antagonistas, si bien es cierto que basta con leer un periódico para constatar el escaso relieve que, en la vida real, acostumbra a exhibir esta canalla sin escrúpulos.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

El jinete pálido

16 Jun

“¡¡¡Shane!!! ¡¡¡Vuelve!!!”

Joey Starrett (Raíces profundas)

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El jinete pálido

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El jinete pálido

Año: 1985.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Michael Moriarty, Sydney Penny, Carrie Snodgress, Chris Penn, Richard Dysart, John Russell.

Tráiler

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            No solo de Leone y Siegel bebía Clint. El cineasta californiano retornaba al western seis años después de la magnífica El fuera de la ley para realizar El jinete pálido, la película con la cual el californiano iniciaría por fin la que unánimemente se consideraría su etapa de madurez como director, a dos pasos de ser confirmado como autor de prestigio a nivel internacional –esto es, desde la exigente crítica francesa- por medio de Bird.

En unos tiempos en los que el género norteamericano y cinematográfico por excelencia languidecía sin remedio -irreparable sobre todo a partir del legendario descalabro de La puerta del cielo, a pesar de sentidos homenajes como el de la coetánea Silverado-, Eastwood volvía la vista atrás para apropiarse de la silueta de uno de los grandes clásicos, la magistral Raíces profundas, y avanzar en su estudio del western desde una óptica y sensibilidad del todo particular, sin aspiraciones de imitar o recuperar un estilo pretérito y olvidado, ni ínfulas de abanderar la renovación universal del género.

            Nos encontramos por tanto ante una base tradicional, en la que el enemigo del pistolero no es el villano sanguinario sino el destino inexorable de soledad y violencia, y a la que de nuevo Eastwood agrega notas del spaghetti y el western sucio procedente de sus maestros de cabecera, haciendo aflorar con ello las pulsiones sexuales y agresivas del original y rebajando en parte los tormentos psicológicos de un protagonista sin redención posible. Porque el predicador de El jinete pálido, el forastero encerrado en un círculo irrompible de polvo y sangre con comienzo y final en la bruma de lo desconocido, adquiere una vez más las cualidades fantasmagóricas de sus personajes también anónimos de la Trilogía del dólar y de los vengadores implacables, al límite de lo sobrenatural, de sus dos primeras incursiones en el Oeste desde la silla de realizador, Infierno de cobardes y El fuera de la ley.

Rasgos que se acentúan en esta ocasión, dado que Eastwood aparece directamente invocado por una oración apocalíptica, a modo de milagro salvador o mortífera plaga divina, y alrededor del cual la referencia a la muerte –las pavorosas marcas de su espalda, sus apariciones fugaces y providenciales, las reacciones incrédulas de vestigios de su pasado- serán constante durante todo el metraje.

            Al igual que en Raíces profundas, el predicador errante de Eastwood, hierático, adusto y enigmático, ejerce, como parte de su trayecto determinado por los hados, a modo de decisivo intermediario entre los litigios de un poderoso cacique minero y una pequeña colonia de esforzados extractores de oro, liderados por un obstinado pero impotente aldeano (Michael Moriarty).

A su vez, el lacónico sacerdote-pistolero surge como foco de fascinación para la mujer de éste (Carrie Snodgress), quien parece ver en su porte independiente una sombra de un pasado que debiera olvidar –expresado con menos sutileza, más brusquedad y mayor fisicidad que en la película de George Stevens-, y la hija adolescente de ella (la bellísima Sydney Penny), quien a causa de su sobrehumana autosuficiencia lo idealiza hasta el estatus de padre ausente o marido necesario y deseable.

            Eastwood continúa con su aprendizaje, refinando su estilo, cada vez más próximo a la lírica prosa invisible y elegante de Ford, férreo desde el raudo uso del montaje paralelo en el ataque inicial, impregnando toda la obra de esas tonalidades oscuras y atmósfera tenebrosa que más tarde envolverán el crepúsculo definitivo de su arquetipo en Sin perdón.

La intensidad de este western de interiores –las inexpugnables montañas parecen constituir otra pared que encierra al pueblo en sí mismo- se combina con placer con la violencia seca a lo largo de un crescendo que conduce al estallido del clímax: una redención mezclada con la venganza personal frente a un despiadado asesino a sueldo y su banda de ayudantes (John Russell, el Lee van Cleef que no pudo ser a causa del alcoholismo del veterano actor) y, por supuesto, la confirmación del fatalismo inherente al cosmos dramático de su protagonista.

Un nuevo paso adelante de Clint.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

El tesoro de Sierra Madre

5 Mar

“Todas las preguntas y las respuestas de la vida se encuentran contenidas en El tesoro de Sierra Madre.”

Paul Thomas Anderson

 

 

El tesoro de Sierra Madre

 

Año: 1948.

Director: John Huston.

Reparto: Humphrey Bogart, Tim Holt, Walter Huston.

Tráiler

 

 

            John Huston, hombre vital, inquieto, bohemio errante en busca eterna de la penetrante emoción de lo inexperimentado, lo desconocido y lo superlativo, supo plasmar el espíritu con el que desarrollaba su propia existencia en sus mejores películas de aventuras (“Huston vive y por eso filma…, o filma y por eso vive”).

Después de su debut en el género con A través del Pacífico, una cinta en la que se entremezclan a su vez elementos bélicos en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, Huston volvía a contar con Humphrey Bogart, su actor fetiche, para acometer la que se convertirá en uno de los clásicos inmortales de este cine: El tesoro de Sierra Madre.

            Dos norteamericanos desheredados, huérfanos de la Fortuna y abandonados de la mano de Dios que se encuentran en Tampico, en las profundidades del turbio y caluroso México. Un pacto y una promesa para quebrar el infortunado e irreversible sino en un mundo tramposo, caníbal, propiciados por la falsa y cruel condescendencia de la suerte burlona y su última estratagema. Un viaje por tierras extrañas en busca de un tesoro escondido en el corazón de la Tierra, un metal con la capacidad de transformar con su brillo el alma del hombre más virtuoso.

            Huston compone una epopeya que explora el corazón de tres hombres que aspiran a cambiar un Destino que juega con las cartas marcadas. Un viaje pesimista y amargo, que se va tornando cada vez más obsesivo y malsano a través de la mirada de ese Fred Dobbs (Bogart en todo su esplendor, taciturno y duro, vulnerable y herido) al que la rabia de una vida de sinsabores y pesares logra vencer, vil metal mediante, a su espíritu noble, en oposición a la testaruda bondad de su sempiterno compañero de fatigas, un Curtin (un Tim Holt en el punto álgido de su trayectoria, perfecto acompasamiento de la estrella) que ha aceptado su mala suerte irreparable, o a la resignada sabiduría del viejo Howard (Walter Huston, clásico actor de carácter, padre del director), de vuelta de todo, escarmentado por el cansancio de una vida igual de intensa, turbulenta y frustrante que la que se le promete a los anteriores.

            La enérgica dirección del combativo realizador crea una obra poderosa, rebosante de fuerza, que retrata unos seres ligados indefectiblemente a una fatalidad contra la que luchan con furia y desesperación, hasta el punto de alejarse de su propia humanidad. Es ahí donde Huston asesta duros e inmisericordes golpes al estómago, sumiendo a sus personajes en la más absoluta negrura –la lectura de la carta del tejano Cody, poco antes simple carne de cañón-, producto de la desesperación de un mundo irreconocible, hostil y degenerado, sin lugar para la esperanza.

            La perdición representada por el fulgor dorado de un oro que promete sueños imposibles. Sueños que se pierden como la arena en el vendaval.

Imprescindible.

 

Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 10.

¡Qué verde era mi valle!

2 Nov

“No hago películas para hacer obras de arte. Ruedo películas para poder pagar las facturas.”

John Ford

 

 

¡Qué verde era mi valle!

 

Año: 1941.

Director: John Ford.

Reparto: Roddy McDowall, Donald Crisp, Sarah Allgood, Maureen O’Hara, John Loder, Walter Pidgeon.

Tráiler

 

 

            Un año después de la sobresaliente Las uvas de la ira, John Ford repetía temática, la crónica de una familia que lucha contra viento y marea por sobrevivir a la adversidad económica y social, esta vez trasladada a una familia de mineros de Gales, adaptación de la exitosa novela ¡Qué verde era mi valle!, de Richard Llewellyn.

De nuevo uno de los grandes temas del cine de Ford, la familia, núcleo indisociable de la vida del individuo, con sus propias normas y jerarquías, siempre por encima de cualquier otra institución social o política, refugio y salvación ante cualquier adversidad o penuria.

            Pese a enmarcarse en los constantes conflictos mineros de Gales, Ford rebaja el contenido social del filme –sin renunciar a él, con su visión humanista más que política, que también la hay, de la problemática- para centrar su atención en el devenir de los Morgan desde el punto de vista del menor de ellos, el niño Huw (un encantador Roddy McDowall), que observa desde su inocencia y progresiva madurez cómo esa unidad subsiste con estoicismo cristiano a todo tipo de dificultades –problemas laborales, huelga, angustia y decepciones sentimentales, hostilidad del entorno, la muerte-, sostenidos por los lazos indestructibles entre el padre a la cabeza, rígido pero honrado y amoroso, la madre, corazón y alma del hogar, terrenal y corajuda, y unos hijos respetuosos, inteligentes y trabajadores, también contrapunto impetuoso del ligero conservadurismo ingenuo del padre, dentro de una sociedad que no siempre es tan idílica como la familia, lo que siempre permanece.

            Una visión nostálgica, con un sentido casi espiritual -gran peso de la religión en los personajes, incluso con imágenes como las mujeres casi a modo de vírgenes de estampita en el final-, aderezada con gotas de sencillo humor costumbrista en un melodrama que en mi opinión, ha sufrido mucho más el paso del tiempo que la mencionada Las uvas de la ira, mucho más áspera, presa de un sentimentalismo que consigue tanto escenas de notable poderío emocional como otras que resultan simplemente ñoñas. Un canto a valores considerados por entonces –y ahora- en decadencia a través de un discurso que, más allá de correcto o equivocado, suena a antiguo –Ford y su pasión por el paraíso perdido- y que cae en muchas ocasiones en la búsqueda forzada de la lágrima fácil con esa familia de recuerdo tan idealizado que parece una naturaleza muerta, lo que dificulta una mayor identificación con ella.

             Suele contar con la defensa de su victoria por el Oscar a mejor película frente a la mítica Ciudadano Kane.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 6.

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