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Tal como éramos

20 May

“La palabra amor va cambiando con la edad.”

David Trueba

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Tal como éramos

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Tal como éramos

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Año: 1973.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Barbara Streisand, Robert Redford, Bradford Dillman, Lois Chiles, Patrick O’Neill, Murray Hamilton, Allyn Ann McLerie, Viveca Lindfords, James Woods.

Tráiler

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           Es una situación paradójica, porque el amor –o ese estado de enajenación mental transitoria conocido como tal- no deja de ser, como reza la tradición, ciego, sordo e incluso gilipollas. Pero el asunto es que, en el cine romántico, hay una fina línea que separa la adhesión emocional del espectador de turno hacia el idilio que ve en pantalla de, por el contrario, el aborrecimiento y el rechazo de ese mismo amorío. Y se trata de una fina línea que muchas veces se corresponde con la credibilidad que le produce el romance en cuestión; eventualidad, por otro lado, que puede estar muy ceñida a una sensibilidad particular o a aquello que la experiencia de toda una vida le ha enseñado que es probablemente cierto –dentro de lo que cabe en esta ciencia por definición inexacta y alocada-. O, mejor dicho, con una idea de verosimilitud que debe ser respetada.

           Construida a partir de un extenso flashback que parte del encuentro entre la guionista radiofónica Katie Morosky (Barbra Streisand), comunista y batalladora, y su ex compañero de universidad, Hubbell Gardiner (Robert Redford), reclutado por la Marina y de servicio en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, la presentación de Tal como éramos se desarrolla a partir de la oposición y el posterior encuentro entre las personalidades antitéticas de los dos protagonistas. Ella -como reflejaba el comienzo del metraje-, abanderada del activismo político reivindicativo de los valores sociales y de la justicia internacional, de orígenes semíticos y humildes, y con los rasgos, digamos, peculiares de la Streisand. Él, representante de la élite deportiva y del ocio frívolo de alta sociedad, un espécimen típicamente americano por su talante franco, afable, sencillo y a priori ajeno a complicaciones políticas, y dueño de la sonrisa galante y el cabello rubio, ario, de Redford.

Las dos Américas, en resumen. La del compromiso en defensa de la libertad y la justicia y la de la inmaculada imagen propagandística de bondad, cada una de ellas tratada de mejor o peor manera por el contexto histórico del cual se realiza una crónica paralela al transcurso del romance, entremezclándose y contaminándose ambas.

           Quizás por este empeño en representar simbólicamente el antagonismo teórico y la complementariedad práctica de los dos amantes, las consecuencias de ello derivan hacia un romance que a uno, a título particular, le cuesta un enorme esfuerzo creerse, por forzado y calculado –si bien todavía es mucho más creíble que el hecho de que el mejor amigo de Redford, bon vivant acaudalado, le guarde simpatía a una mujer que se pasa las dos horas de película regalándole feísimos desplantes y agresivas escenitas-. No es una cuestión, ni mucho menos, del contraste entre el bellezón clásico que es Redford y el atractivo picassiano y siempre objeto de debate de Streisand. Es que no se alcanza a comprender dónde y cómo ha saltado la chispa incendiaria de este amor entre una mujer obsesiva hasta la fatiga en su activismo y este hombre encantador aunque un tanto indolente.

Sí, en Tal como éramos se aprecian los nobles esfuerzos con los que Katie y Hubbell tratan de equilibrar su dificultosa relación, así como, de manera fidedigna, los pequeños secretos, decepciones quedas, silencios ignorados a la fuerza y contradicciones insostenibles que, poco a poco, debilitan el armazón que sostiene esta vida en común, y con los que muchos espectadores podrán trazar puntos de encuentro y empatizar con el melodrama que se les ofrece. Pero insertos en este conjunto frío y alegórico, son detalles a mi parecer desprovistos de alma. Como, en consecuencia, no terminará de explotar el interés intrínseco que posee el drama historicopolítico que compone el telón de fondo y que a buen seguro conocería de primera mano Sydney Pollack, surgido de la denominada Generación de la televisión o Generación del compromiso que logró sobreponerse al terror del McCarthismo.

           Puede que la razón de todo ello se encuentre en la turbulenta redacción del libreto de Tal como éramos, en la que, a partir de la historia de Arthur Laurents, intervendrían hasta otros once guionistas, dejándola irreconocible para horror del escritor, quien luego recuperaría las riendas del texto no sin antes exigir una desproporcionada compensación económica. De hecho, en último término, Pollack admitiría su responsabilidad en estos problemas y se disculparía personalmente con el autor por los resultados. Eso sí, se coronaría con dos Óscar –mejor canción y mejor banda sonora– y otras seis nominaciones, entre las que destaca la de mejor actriz principal para Barbra Streisand.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 5.

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La tapadera

5 Sep

“El principal logro del senador McCarthy ha sido el de confundir a la opinión pública entre las amenazas internas y externas del comunismo. No debemos confundir disenso con deslealtad. Debemos recordar siempre que una acusación no es una prueba y que una condena depende de la evidencia y del debido proceso de la ley. No caminaremos con miedo, el uno del otro. No seremos conducidos por el miedo hacia una era de sinrazón.”

Edward R. Murrow

 

 

La tapadera

 

Año: 1976.

Director: Martin Ritt.

Reparto: Woody Allen, Andrea Marcovicci, Zero Mostel, Michael Murphy, Herschel Bernardi.

 

 

 

            La caza de brujas perpetrada por el senador McCarthy en el mundo del arte y el espectáculo de inicios de la década de los años cincuenta, la del temor a la hegemonía soviética en el mundo, la del terror al holocausto nuclear, la de la paranoia del red scare, se cobró entre sus víctimas a Martin Ritt, primero actor, luego profesor del Actor’s Studio, hombre de marcado compromiso político y social que no pudo acceder a la realización hasta pasada la ignominia.

Es entonces cuando, sin renunciar a esa citada conciencia sociopolítica, integra la denominada Generación de la TV o Generación del Compromiso estadounidense, siempre reflexiva hacia los problemas de la sociedad de su tiempo y de extracción artística del mundo de la boyante pequeña pantalla estadounidense de los cincuenta. Después de acometer problemáticas como las luchas sindicales (Odio en las entrañas) o el racismo sufrido por la comunidad afroamericana (La gran esperanza blanca, Sounder, Conrack), Ritt se decidía a rememorar la vergüenza de sus años de persecución junto con un guionista, Walter Bernstein, y unos actores, Zero Mostel, Herschel Bernardi, Lloyd Gough y Joshua Shelley, con conocimiento de causa, puesto que también habían sufrido el acoso en sus propias carnes.

            Fruto de ello nace La tapadera, película que expone el panorama artístico de tiempos de la caza de brujas desde la piel de un farsante don nadie (Woody Allen) contratado por un amigo, guionista de televisión en la lista negra –imagen del propio Bernstein, como serán también de inspiración real los otros dos escritores que se unen al proyecto-, para que firme por él sus libretos. Un entorno en el que predomina el miedo, la indefensión ante el fanatismo de unos censores guardianes del más rancio y equivocado patriotismo –cómo ha de ser si no-, de pensamiento errático, ilógico, que rinden culto a la presunción de culpabilidad de todo aquello que pueda sonarles remotamente susceptible de estar contagiado del comunismo.

             Tamizada por un fino sentido de la ironía que no rebaja en absoluto lo pavoroso del argumento -como en esa contraposición en los magníficos títulos iniciales entre la felicidad inane y plastificada del American way of life y el terror militarista y atómico de la época-, La tapadera desenmascara cómo la más terrible estupidez queda libre a sus anchas desencadenada por la irracionalidad y el miedo, una situación que no deja fuera a nadie por apolítico, amoral o despreocupadamente hedonista que sea, como ese personaje encarnado por un Woody Allen –quien tampoco ha ocultado nunca su preocupación por temas similares, envueltos siempre en su acidísimo sarcasmo para nada inocente- en una de sus escasísimas participaciones exclusivamente como actor.

Hay cosas que conviene no olvidar.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,1. 

Nota del blog: 7.

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