Tag Archives: Marruecos

Casablanca

2 Ago

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Año: 1942.

Director: Michael Curtiz.

Reparto: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains, Paul Henreid, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, S.Z. Sakall, Joy Page, Peter Lorre, Doodley Wilson.

Tráiler

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          Probablemente no haya película más socorrida que Casablanca cuando se pretende exponer un ejemplo del cine del Hollywood clásico. Casablanca es un pedazo aún vibrante del glamour del séptimo arte, de su capacidad para esculpir relatos, sentimientos y frases en la memoria colectiva, aunque sea para citarlas mal -ya saben, el célebre “tócala otra vez, Sam” que nunca se dijo-. Casablanca es el epítome del romanticismo de la fábrica de sueños, entendido tanto en su acepción amorosa, como en la estética, como en la idealista; valores absolutos, inspiradores e imperecederos, que perviven a través del paso del tiempo y de las generaciones. De hecho, su historia es la de un idealista descreído que recupera los rescoldos de la ilusión, de la esperanza en la humanidad y especialmente en sí mismo, gracias al amor. Cualquiera, en alguna fase de su existencia, ha compartido esa especie de autoexilio doliente que el cine localiza aquí en un escenario exótico el cual se convierte mágicamente en un purgatorio donde se reproduce el mundo en miniatura, encajonado entre la espada cada vez más próxima del nazismo y la promesa de libertad cada vez más lejana y más cara de los Estados Unidos, visado a Lisboa mediante. Un purgatorio dotado además de un oasis neutral en el que el placer se entremezcla sin solución de continuidad con la temible tensión del momento: el café de Rick.

Las casbas magrebíes habían demostrado su enorme potencial como refugio para marginales románticos en Pépé le Moko y su remake Argel -la relación de amistad y enfrentamiento entre el ladrón protagonista y el detective Slimane, sibilino e inteligente, es muy semejante a la que aquí desarrollan Rick Blaine y el prefecto de policía Renault-. Asimismo, un año antes del estreno del filme, esta ciudad del protectorado francés de Marruecos había sido el punto de desembarco de los aliados para enfrentarse al legendario general Erwin Rommel en el norte de África y punto de encuentro entre Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt para analizar la evolución de la guerra. Campo abonado, pues, para alimentar la apetencia de fantasía y aventura entre el público.

          Casablanca adaptaba una obra de teatro que había sido rechazada por Broadway y que, bajo el mando del productor de la Warner Brothers Hal B. Wallis, había sido trabajada por los guionistas Julius y Philip Epstein -luego reclamados por Frank Capra para participar con él en documentales de propaganda bélica-, y luego por Howard Koch, quien potenciaría el factor moral del conflicto, situado en un periodo en el que la vida humana está en venta, si es que acaso tiene algún valor. Se pueden trazar numerosos paralelismos entre la actitud individualista de Blaine y la tradicional tendencia aislacionista en asuntos internacionales de su país de origen, los Estados Unidos -en la realidad exterior ya traumáticamente volatilizada por el ataque a Pearl Harbor, pero aún vigente en el tiempo de la acción dramática, 1941-. “Yo no arriesgo el cuello por nadie”, insiste en espetar el antiguo luchador de causas perdidas reconvertido en agrio hostelero. “Es una inteligente política exterior”, le replica Renault con su habitual ironía, evidenciando el guiño.

A pesar de las numerosas manos que trataron el texto, modificado en buena medida sobre la marcha del rodaje -gran parte del mérito de componer una función coherente e intrigante se le atribuye al montador Owen Marks-, el guion de Casablanca enriquece una historia de dilemas emocionales y morales con unos diálogos punzantes, de colosal ingenio y capacidad expresiva, donde el cinismo de las sentencias lapidarias insufla la astucia viperina, la sensibilidad extenuada y el profundo desencanto que embarga, esencialmente, a los personajes que dominan el relato, Blaine y Renault, ensalzados por Humphrey Bogart y Claude Rains, respectivamente.

Su constante duelo psicológico, entre dobles sentidos, amenazas veladas y respeto manifiesto, es la sal que adereza -por lo general de una manera que supera lo simplemente complementario- el argumento romántico de Casablanca, punto de inflexión que dinamita el limbo en el que Blaine expía los demonios de su pasado, siempre ocultos, siempre misteriosos, siempre intuidos y comprensibles. De ahí que, en comparación, el flashback parisino que describe un amor entre cañonazos, arrasado por la inhumana vorágine del momento, sea menos convincente y parezca más acartonado. Igualmente, pese a lo recordado de su belleza triste, perfectamente contextualizada con el drama, uno encuentra a Ingrid Bergman un tanto fría, o quizás solo un poco desorientada por el atropellado devenir de la filmación.

        Rasgo fundamental del cine estadounidense, la mirada es un elemento expresivo de primer orden, perfectamente enmarcada por la labor de dirección de Michael Curtiz, amoldada a la narración aunque con sensibilidad en su composición, densa en atmósfera y visualmente elocuente, ejemplo del artesano talentoso al servicio de los estudios. Por medio de la mirada de los personajes, la representación de la esperanza -el avión que parte- es prácticamente equivalente a la representación de otro deseo desesperado -la presentación de Ilsa Lund-. De igual manera, tras la lengua ágil y venenosa de Blaine, los ojos llorosos de Bogart revelan una ternura que anhela aflorar de nuevo. Porque el relato moral de Casablanca apunta a un concepto de redención y dignidad al que se pretende llegar desde posiciones de una tremenda mezquindad, a veces tan humana -la negativa del antihéroe Blaine a proporcionar un pasaporte al heroico Victor Lazlo, la satrapía sexual que tiene montada Renault en el protectorado-, atravesando un deshielo que se potencia con notas musicales -el As Times Goes By, una de las canciones más conocidas de la historia del cine; la conmovedora Marsellesa que se impone al alarido marcial de los alemanes-, filantrópicas -el amaño del casino- y afectivas -la ‘reconquista’ de París-.

        “Debajo de ese caparazón de cinismo se esconde un sentimental”, concluye Renault, experto observador del alma humana -y acaso por ello feroz oportunista adaptado al signo de los tiempos-, antes del comienzo de una hermosa amistad.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 9.

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Mimosas

9 Ene

mimosas

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Año: 2016.

Director: Óliver Laxe.

Reparto: Ahmed Hammoud, Shakib Ben Omar, Saïd Aagli, Ikram Anzouli, Ahmed el Othemani, Hamid Fardjad.

Tráiler

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          Surgido de la pujante nueva ola de cine gallego, avalado por dos reconocimientos consecutivos en el festival de Cannes, ávido de imbuirse de una autenticidad que encuentra en los márgenes de la sociedad -el resilente rural gallego, el indómito Marruecos interior- y del arte -la vanguardia, la ruptura genérica, narrativa y conceptual-, Óliver Laxe se erige en uno de los nombres propios de la creación cinematográfica actual.

Mimosas es su primer largometraje íntegramente de ficción, en el cual, no obstante, retoma los escenarios magrebíes de su galardonada Todos vosotros sois capitanes e incluso algún habitante de ella, como Shakib Ben Omar. Con todo, quedan puertas abiertas a la realidad -la coincidencia en el nombre entre actores y personajes- dentro de este viaje a lo largo de un laberinto con numerosas salidas y entradas y en el que se comunican, como parte de un único conjunto, espacios presentes y espacios atemporales, vidas prosaicas y anhelos fabulosos, verismo e ilusión, caminos terrenales y recorridos espirituales, personajes humanos y personajes alegóricos.

          Embarcado sobre un armazón que podría ser herzogiano en su naturaleza irracional, obsesiva y tendente a la abstracción -un hombre descreído que se compromete a devolver el cuerpo de un jeque a su aldea en una aventura suicida por montañas de sobrecogedora y trascendental inexpugnabilidad-, Laxe despliega un western espiritual donde confluyen ecos de Monte Hellman mestizados con el sentir antisistema con el que Pier Paolo Pasolini miraba la belleza física, la Historia y sus huellas; así como con resonancias de la fatua Jauja de Lisandro Alonso.

Esta última es su faceta menos interesante, con su parábola de deliberado cripticismo abandonado a interpretaciones y donde uno nunca termina de saber si esa manera abierta de saldar el filme es la adecuada -dejando de lado la abrupta e irregular manera en la que aquí se alcanza- o solo formula esa sobada petición a la participación del espectador como sujeto activo en la obra para, en verdad, enmascarar arteramente una incapacidad de rematar de forma satisfactoria lo comenzado -como, precisamente, se le critica al desorientado protagonista de Mimosas-. La iluminación del autor.

          Antes de ello, se percibe en Mimosas un poderoso talento visual para la narración de cine, con un rotundo empleo de la orografía del Atlas y de los rostros del reparto -paisajes fascinantes ambos- que resulta más efectivo en su exposición de este camino de fe; de la inspiración y autorrealización desde la fantasía de una oveja descarriada por la fuerza destructiva de una realidad capaz de desconchar, al igual que sucede los murales con los que se inicia el filme, hasta las más bellas ensoñaciones.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

Misión imposible: Nación secreta

9 Ago

“El concepto de representar el Mal para luego destruirlo es popular, pero también está muy desgastado. Es desesperanzadora la idea de que cada vez que ocurra algo malo una persona en particular puede ser acusada y condenada por ello en la política o en la vida.”

Hayao Miyazaki

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Misión imposible: Nación secreta

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Misión imposible. Nación secreta

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Año: 2015.

Director: Christopher McQuarrie.

Reparto: Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Simon Pegg, Jeremy Renner, Ving Rhames, Sean Harris, Alec Baldwin.

Tráiler

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           Se vanagloriaba Tom Cruise, Christopher McQuarrie o en definitiva alguien del equipo de Misión Imposible: Nación secreta de que esta quinta entrega de Misión imposible continuaba la senda de acción física, austera en efectos especiales y muy trabajada visual y coreográficamente, por medio de la cual cintas recientes como Mad Max: Furia en la carretera habían revertido los delirios de CGI nacidos, entre otros, de escenas como las persecuciones automovilísticas de Matrix Reloaded. Además, con el merecido aplauso de crítica y público.

Hasta ahí, bien. Probablemente, los principales añadidos digitales de Nación secreta se destinan a colorear el iris de Rebecca Ferguson y a reducir la flaccidez muscular del actor neoyorkino, natural a sus ya 53 primaveras, para evitar que se pase sus escenas con el torso al aire metiendo tripa en plan De Juana Chaos. Así, Cruise demuestra que está en forma cabalgando un avión de transporte militar ruso sin dobles –o eso dice-, se rompen multitud de ventanas como dios manda, los puñetazos suenan contundentes y hay sensación de velocidad en las persecuciones de McQuarrie, a quien la estrella, también productor del filme, recupera de Jack Reacher, uno de los más bien escasos éxitos de este asentado periodo de decadencia de su carrera.

           Los efectos especiales de la función, por desgracia, se encuentran en el libreto. No en los grandes giros de guion, que en cualquier caso son patrimonio de la serie desde su primer capítulo y su tramposo juego con las máscaras hiperrealistas, y que asimismo adoran crear desconcierto en el espectador a través de una trama muy embrollada pero que se construye sobre una base indignantemente elemental y pueril: los honestos muchachos de una organización de espionaje más secreta, justiciera y parafascista que la CIA –aquí en el papel de sulfurado defensor de los valores cívicos, que tiene narices, protestando sobre modus operandi que en la realidad componen el pan de cada día de la agencia-, luchan en el bando del Bien contra una recua de agentes especiales dados por muertos, con cara de villanos y amalgamados en un malvado ente de contraespionaje y pseudoterrorismo que se halla detrás de cada acto que daña los intereses de Occidente y sus aliados.

No procede sumergirse en profundidad en el discurso político que sustenta el argumento de un espectáculo de acción de estas características, secundario pero no necesariamente inocente. Sin embargo, semejante manierismo, inanemente matizado por un par de insinuaciones sobre el papel de la perspectiva y sobre la ambigua naturaleza misma del espionaje, supone un factor especialmente desgastado en estos años de catastróficas políticas internacionales y, en el cine, con cierto regreso del cine de espionaje desencantado El topo, El hombre más buscado-; solo inmutable, a duras penas, en la fantasiosa realidad paralela de James Bond, con cuya última película, Skyfall, Nación secreta comparte esa alusión al desmoronamiento de los antiguos mamotretos de espionaje, herencia de la Guerra Fría, por causa de un contexto político más atomizado e inestable.

           En fin, los efectos especiales, decíamos, son la constante con la que se enhebran las escenas entre sí y, más aún, la continuidad de la acción dentro de la propia secuencia. La tecnología, cuyas maravillas permiten disponer de un práctico abrecerraduras portátil a pesar de estar desahuciado en mitad de Viena, dejar un gadget colgado en La Habana haciendo ruiditos de respiraciones, preparar un casoplón con fibra óptica y pantallas sensacionales en medio del Marruecos rural, o instalar una caja de plástico irrompible justo en la alcantarilla precisa de Londres; sin ñapas que lo monten chapuceramente, sin manejar una sola llave allen y sin que se te sobren misteriosamente un puñado de piezas incluidas en la caja original. El smartphone como deus ex machina de bolsillo.

La suspensión de incredulidad es imprescindible para ver cualquier Misión imposible, claro, pero uno también debe saber cuándo decir basta. ¿Para qué tanto espía gimnástico/musculoso/sádico/cómico cuando indagando un poco más en esta tecnología globalmente conectada uno puede reventar el mundo libre desde el ordenador de casa, dejando perdido de risketos el teclado y hackeando de paso los iPhones de las famosas?

           Entonces, el encantamiento desaparece y uno se encuentra cara a cara, en pelota picada, con una película de ritmo ágil y acción frenética –solo faltaría-, pero a la que se le ven las vergüenzas recurrentes de este Hollywood sin ideas que ha sabido aprovechar el culto contemporáneo a las series de televisión y su reiterada edad de oro para encadenar, como si de series en pantalla grande se tratase, una multitud de trilogías, sagas, franquicias y sacacuartos del estilo. No obstante, que Misión imposible se afirme como un serial procedimental, repetitivo y con no demasiada personalidad es una tendencia casi lógica, habida cuenta de su pasado como producto de la televisión de los sesenta.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 4,5.

Solo los amantes sobreviven

27 Dic

“La cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo la vida.”

André Malraux

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Solo los amantes sobreviven

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Solo los amantes sobreviven.

Año: 2013.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Tom Hiddleston, Tilda Swinton, Mia Wasikowska, John Hurt, Anton Yelchin, Jeffrey Wright, Slimane Dazi.

Tráiler

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            No cuesta esfuerzo imaginar a Jim Jarmusch emparentado con los vampiros de Solo los amantes sobreviven. Jarmusch, autor dueño de un universo particular y por tanto condenado a la marginalidad, acostumbra a volcar en sus obras, siempre personalísimas, su abundantes filias artísticas y culturales, por lo general tan ancladas en las cunetas de lo convencional como él mismo: literatos malditos franceses y británicos como Baudelaire o Blake, la pintura de Edward Hopper y otros creadores en la escéptica periferia del arte norteamericano como Raymond Carver y Emily Dickinson, músicos underground como John Lurie, Tom Waits, Iggy Pop o Neil Young, la cinematografía de autor europea de Jean-Luc Godard, Robert Bresson, Jean Eustache, Win Wenders o los hermanos Kaurismaki, los experimentadores y francotiradores americanos como John Cassavettes, Sam Fuller o Nicholas Ray,…

Cosmos creativos siempre amenazados por la agonía y la incomprensión que caracteriza sin remedio al desheredado.

            Adam (Tom Hiddleston) y Eve (Tilda Swinton) son una pareja de vampiros inmortales atropellados por el inmisericorde paso del tiempo. Al modo como los ángeles extenuados de El cielo sobre Berlín, Adam y Eve son los cansados cronistas y los garantes de los logros artísticos de una humanidad que, ciertamente, merece su deriva hacia la extinción. Es decir, los verdaderos humanos, racionales y refinados, frente a los ‘zombis’ inconscientes, depredadores insaciables de estímulos inmediatos e insatisfactorios, alienados hasta convertirse en poco más que bestias irracionales en busca de consumir su banal dosis de sangre alegórica.

Pero, atrapados entre dos naturalezas antagónicas a las que no pertenecen, Adam y Eve son también criaturas provenientes de otra era más noble y romántica, como muestra su contraste con la estridente y caóticamente hedonista Ava (Mia Wasikowska), quien apuesta por el retorno caprichoso a las esencias irreflexivas y monstruosas de su especie.

            Solo los amantes sobreviven es una película crepuscular, narrada en un permanente e hipnótico tono de melancolía elegíaca e imbuida de la densidad de un sueño lisérgico, abundante, a veces hasta el exceso, de apasionadas citas cultas, públicas y privadas. Adam y Eve recorren sus últimos reductos de bohemia en el mundo, sus últimos placeres de hemoglobina sin contaminar y de sublimes artes nacidas de la imaginación pura, envueltos en un delicado lirismo terminal, lánguido y seductor como su propia estética de estrellas de rock, como el desierto humano y material de la otrora espléndidamente capitalista Detroit, como las callejuelas inmutables y hechizadas en hachís de Tánger. Como el aroma que emanan las páginas de un clásico, como el evocador tañido de una Gibson de 1905, como el trazo tempestuoso de un retablo magistral, como la emanación embriagadora que desprende una idea genial y revolucionaria.

            Jarmusch se adentra con tristeza en la decadencia moral y cultural del hombre, sintetizada por esta pareja de vampiros que ejercen de memoria de las grandes y pequeñas conquistas del ser humano. Un proceso cíclico ya experimentado, estima la más vitalista Eve. Una muerte anunciada e irreparable, sanciona el decepcionado y depresivo Adam. Inserta en el eterno errar de sus personajes, Solo los amantes sobreviven se desliza doliente y derrotada por los callejones vacíos de la nostalgia, abrazado al sic transit gloria mundi contra el que ya no parece quedar fuerza para rebelarse.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 8.

El Niño

5 Sep

“En España solo funcionan las películas de género o las comedias; no hay riesgo.”

Quim Gutiérrez

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El Niño

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El Niño.

Año: 2014.

Director: Daniel Monzón.

Reparto: Jesús Castro, Luis Tosar, Jesús Carroza, Eduard Fernández, Saed Chatiby, Mariam Bachir, Bárbara Lennie, Sergi López, Moussa Maaskri, Ian McShane.

Tráiler

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            Dos corrientes divergentes alternan en el cine español contemporáneo. Por un lado, el bautizado como Nuevo cine español, con obras de autor experimentales y arriesgadas, en las que la creatividad artística y la innovación en los canales de producción y distribución suplen con frecuencia a la ausencia de presupuesto y que, por lo general, persigue objetivos de reconocimiento y prestigio cultural –Blancanieves, La herida, Caníbal, Juan Cavestany, Isaki Lacuesta, Lois Patiño, Eloy Enciso, Albert Serra,…-. Por el otro, los ‘blockbusters’ de cuño nacional que, a fuerza de despojarse de complejos y gracias a una insólita abundancia de medios acompañada de intensivas promociones mediáticas, asaltan el cine de género ‘a la americana’ para alcanzar un diseño de producción muy similar, con unas aspiraciones de taquilla parangonables a las de las cintas hollywoodienses y que, en buena medida, sostienen a la eternamente agonizante industria española –Lo imposible, No habrá paz para los malvados, Grupo 7, Invasor, Celda 211,…-.

En este segundo campo, los resultados de calidad no proceden de plagiar con mejores o peores modos las fórmulas tradicionales y resobadas del cine estadounidense con el fin de crear filmes cuya principal baza consista en “que no parezcan de aquí”. Al contrario. En los ejemplos más afortunados, se produce una apropiación códigos para atraerlos a un terreno español y reconocible sin que, por ello, pierdan el atractivo o esa denominada “magia del cine” asociada a las grandes producciones americanas, a la que usualmente le cuesta sobrevivir el impacto con la cotidianeidad más castiza, cañí, localista, costumbrista o como uno la quiera etiquetar.

            Daniel Monzón, quien precisamente había logrado salvar con creces dicho contraste en Celda 211, se adentra ahora en los entresijos del thriller fronterizo y de narcotráfico con El Niño, la cual, tirón argumental y campaña publicitaria mediante, ya ha conseguido superar las descomunales cifras de recaudación que Ocho apellidos vascos obtuviera en su semana de estreno. E, insistimos, las fases más estimables de esta película que transcurre con interés decreciente son aquellas más verosímiles para el espectador español. Es decir, cuando los dos chavalillos gaditanos metidos a trapichear grifa en el Estrecho de Gibraltar más se parecen a los compadres con los que uno queda a tomar cañas o cuando las charlas y las actitudes de los agentes de la ley más recuerdan a las que se oyen entre los compañeros de curro en los descansos de café y pitillo.

            Cabe atribuirle el mérito al excelente oído y fiel escritura -casi característica del cine social en su retrato de caracteres y relaciones humanas-, con la que Jorge Guerricaechevarría y el propio Daniel Monzón llenan de viveza los diálogos, ejecutados con espontaneidad por intérpretes talentosos como Luis Tosar, Eduard Fernández, Sergi López, Jesús Carroza y, en menor medida, el debutante Jesús Castro, guapo de turno al que la excepcional intensidad de su mirada y el insistente recurso de apretar mandíbula le sirven para al menos mantener el tipo –lo de Ian McShane, el inmortal Al Swearengen de Deadwood, invitado a dar un par de paseos por el Peñón, no alcanza ni la categoría de cameo-.

Son sentencias y réplicas llanas, chispeantes, cargadas de un humor que, en contra de lo que suele creerse, dota de naturalidad al habla y a las situaciones de los personajes, por tensas que puedan parecer. Una notable faceta de guion que, por desgracia, no se extiende a la composición de la trama. El Niño permanece como un saludable y enérgico thriller mientras opera a baja escala. El contexto dramático y las motivaciones de los protagonistas son creíbles, la narración se desarrolla con pulso firme y frescura, las escenas de acción son poderosas y se dispensan suficientes dosis de intriga para mantener saciada la expectación, incluso a pesar de su episodio romántico, esquemático y poco necesario aunque tampoco hiriente en exceso.

            Pero en el momento en el que El Niño frunce el ceño demasiado y trata de ponerse serio y ampuloso, sus virtudes se desinflan en una perjudicial vorágine de rutina, redundancia, previsibilidad y ‘déjà vu’.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Hanna

24 Sep

“Ser la persona que estoy interpretando. Eso es actuar.”

Saorise Ronan

 

 

Hanna

 

Año: 2011.

Director: Joe Wrigth.

Reparto: Saorise Ronan, Cate Blanchett, Eric Bana, Jessica Barden, Aldo Maland, Tom Hollander, Jason Fleming, Olivia Williams.

Tráiler

 

 

             En un paisaje de helado cuento de hadas, donde conviven plácidamente y en armonía cisnes y cachorros de zorro ártico, una nívea y frágil princesa de dulces rasgos mata y destripa sin mudar el gesto a un bonito y suave reno.

             Corren tiempos turbios para los cuentos. Los adolescentes se han apropiado de ellos dejándose llevar en el proceso por la tendencia al melodrama de victimista autoafirmación propio de su edad. Es un mundo amohinado y circunspecto. Y Hanna, como es natural en un relato de estas características, funciona bastante mejor cuando hace lo que debe, pierde esa inflada pose de solemnidad adolescente y se toma menos en serio, con necesarias y refrescantes concesiones al humor y al absurdo.

Del mismo modo que ocurrirá poco después, en una interpretación más literal, en la reciente Blancanieves y la leyenda del cazador, las princesas ya no son un ente pasivo que aguarda la llegada del príncipe azul.

            Hanna (Saorise Ronan, desde luego efectiva) propone una versión de serie novelesca teen del modelo de heroína bessoniana de mortal inocenciaNikita y toda sus variantes posteriores- o del icónico Jason Bourne, y, al mismo tiempo, una renovada revisión del enfrentamiento de la pureza contra el mal, del buen salvaje contra la tecnologizada y deshumanizada civilización -paradójico, dados los orígenes de la protagonista-. Una princesa, en definitiva, que toma las armas y combate en sangrienta e implacable venganza a la bruja malvada y sus secuaces, en este caso una pérfida y chic agente de la CIA (Cate Blanchett, una garantía tanto para un roto como para un descosido) responsable de una oscura trama de experimentos de eugenesia.

            Por su parte, Joe Wrigth, popular por dramas de época como Orgullo y prejuicio y Expiación, más allá de la pasión, trata de afrontar el encargo poniendo de su parte cierta autoría europeizante de la mano de una tendencia a la estilización, en ocasiones atractiva, en otras pasada de rosca de manera bastante gratuita, con influencias del videojuego –incluso en los sonidos de la banda sonora de The Chemical Brothers– y del estilo tecno-publicitario de otro británico de generación precedente como Danny Boyle, además de sumar alguna que otra metáfora visual un tanto obvia que, de nuevo, con menos seriedad hubiera funcionado mejor.

El conjunto, no obstante, no ofende demasiado y se hace bastante llevadero.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6.

Soldado de fortuna

19 May

“Soy uno de los seres más sensibles de la Tierra.”

Jean-Claude Van Damme

 

 

Soldado de fortuna

 

Año: 1998.

Director: Peter MacDonald.

Reparto: Jean-Claude Van Damme, Adewale Akinnouye-Agbaje, Nicholas Farrell, Steven Berkoff, Daniel Caltagirone, Ana Sofrenovic.

Tráiler 

 

           Finales de milenio. La diarquía de reyes de la acción surgidos de los tiempos de mano dura y ojo por ojo en que Reagan y Tatcher dominaban la Tierra, iniciaban una pronunciada decadencia, a la par que el género en sí. El ubérrimo Arnold Schwarzenegger seguía diversificando su carrera por los terrenos de la autoparodia combinada con su género primordial además de albergar la simiente de una posible participación política y de, quizás, ampliar su familia extramaritalmente. Por su parte, Sly Stallone se empecinaba en continuar con clásicos de acción simple y directa, que lo llevarán a una momentánea decadencia hasta su resurgir por la vía más bruta, reproducir todos sus éxitos aprovechando la nueva capacidad adquisitiva de los melancólicos jóvenes que siguieron sus epopeyas dos décadas atrás.

Tras ellos, Bruce Willis optaba por una incomprensiblemente exitosa reconversión a actor dramático y Wesley Snipes sobrevivía aún con dignidad en una época en la que los vampiros eran gente peligrosa y estaban más cerca de los canis makinetas que de los emos ñoños.

Un escalón aún más abajo, Jean-Claude Van Damme y Steven Seagal se disputaban postreramente las últimas migajas del imperio del mamporro y la patada alta, claudicados héroes similares como Jackie Chan, el supuesto heredero del difunto icono de las artes marciales Bruce Lee, dedicado a la gimnasia humorística aún casi con tanta gloria como pena, y Chuck Norris, concentrado casi en exclusiva en imponer la justicia, patada giratoria mediante, en la turbulenta Texas, o con el rotundo fracaso anterior de los primeros experimentos de la WWE en la gran pantalla, con Hulk Hogan, su gran y marrón figura, al frente.

           Así pues, mientras Seagal agotaba sus trasnochadas películas de justicia ecológica, Van Damme cambiaba de registro desde la pelea y los tiros puros y duros a la aventura colonial de principios de siglo XX con tintes bélicos para lograr el que prácticamente sería su último éxito.

Y es que Soldado de fortuna es casi una cinta con un argumento normal, desde una excusa cualquiera –no importa demasiado, pero es una huida de un mafioso marsellés emparejado con aquella novia que Van Damme plantó en el altar pero que desea llevar a los USA- que le lleva a enrolarse en uno de los ejércitos más duros del planeta: la Legión Extranjera francesa. De esta manera, se dará una historia de exigente formación militar, establecimiento de noble camaradería castrense frente a superiores capullos y resistencia del asedio al estilo de El Álamo, Zulú y obras similares, frente a los terribles guerreros del Rift marroquí en lo que acaba siendo una sucesión de batallas sin descanso.

Como decía, llena de tópicos, situaciones archiconocidas y previsibles pero normal, con un argumento hilado con cierta continuidad lógica, con un ritmo decente, de entretenimiento pasable y con un Van Damme en un papel más “serio” y al que obviamente nunca contrataría para una representación de Shakespeare pero que no es un actor tan, tan terrible como dice su etiqueta.

            Uno de los últimos rugidos del periodo de auge de las películas de los grandes dinosaurios de la acción.

 

Nota IMDB: 4,9.

Nota FilmAffinity: 3,8.

Nota del blog: 4,5.

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