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Carne

1 Oct

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Año: 1932.

Director: John Ford.

Reparto: Wallace Beery, Karen Morley, Ricardo Cortez, Jean Hersholt, John Miljan, Herman Bing, Vince Barnett, Greta Meyer, Edward Brophy, Ward Bond.

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         En Barton Fink, el prestigioso novelista W.P. Mayhew, guionista a sueldo de las majors de Hollywood, ofrece (disperso) consejo al atribulado protagonista, bloqueado en su misión de redactar un libreto para una película de lucha libre protagonizada por Wallace Beery, mientras a su vez él mismo naufraga en un alcoholismo con el que mata el hastío y la infertilidad que le produce su cambio de arte. Los hermanos Joel y Ethan Coen, grandes aficionados a la referencia posmoderna, semejan hacer aquí una caricatura -con licencias- del nobel William Faulkner y su trabajo en la industria del cine, dado el parecido físico que con él guarda el actor John Mahoney y la coincidencia con su participación en Carne, una cinta ambientada en el mundillo del wrestling, dirigida por John Ford y protagonizada precisamente por Wallace Beery.

         En cierta manera -como también ocurre en otros casos como El delator-, y a pesar de su condición de encargo -del que incluso terminaría por suprimir su nombre en los créditos de realización- en Carne se diría que Ford le ha entregado el papel principal a uno de esos personajes secundarios tan habituales en su filmografía: sencillos y robustos tabernícolas propensos a la cogorza y a la pelea multitudinaria, que, con el humor de su perspectiva rudimentariamente vitalista, relajan las congojas heroicas o románticas de los líderes tradicionales de la función.

En su presentación ante el público, el gigante Polokai destroza con facilidad a su no menos gargantuesco rival de lucha libre ante el fervor de la concurrencia de un biergärten alemán, para después sumergirse jocosamente en el barril que emplea a modo de tina de baño mientras despacha de un par de tragos una jarra de cinco litros de cerveza y, a continuación, regresar a su trabajo como camarero en esa misma cantina, que atiende con similares modos de Hércules de pueblo.

         Pero Carne no es una comedia, sino un melodrama. Por así decirlo, está a medio camino de El ángel azul -quizás influye esa ascendencia germana- y King Kong, puesto que, al igual que en ambas, la caída y humillación del coloso amable la precipita una rubia, aquí una pícara estadounidense enredada en un tumultuoso romance con un truhán de su misma nacionalidad que camina constantemente entre el presidio y la estafa.

Cariñoso hacia sus criaturas, Ford matiza por tanto esta condición de femme fatale para retratar con elegante desgarro la personalidad confusa de una mujer atrapada en una trampa idéntica a la que ella tiende sobre el noble Polokai, un individuo al que Beery -que venía de ganar un Óscar por El campeón– sabe imprimir un carisma tremendamente entrañable, si bien su honestidad ejemplar termina por acusar esa naturaleza exageradamente ingenua y simplona.

         El triángulo no es solo amoroso, sino moral -y de tormento-. Correlacionado con una mirada crítica a esos Estados Unidos corrompidos por la avidez material del capitalismo -puede que haya un eco capriano en esa rebelión del tipo común frente al putrefacto sistema amañado que trata de someterlo-, este rasgo añade un leve punto de distinción a un relato que, a causa de la estereotipación formulística de sus mecanismos y la abundancia del diálogo propia del periodo e impropia de las mejores obras del cineasta, resulta inevitablemente previsible, por más que Ford aplique una textura de triste lirismo a las imágenes y dote de dinamismo a la narración y de nervio a la acción.

Con todo, Carne le serviría al autor para continuar madurando su talento para dotar al drama de ternura y de pinceladas de ese humor extemporáneo, tan blanco en su concepción como hondo en su sentido humano.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

Foxcatcher

13 Jul

“Vivimos en una sociedad sombría. Tener éxito, ésta es la enseñanza que, gota a gota, cae de la corrupción a plomo sobre nosotros. Dicho sea de paso, el éxito es una cosa bastante fea; su falso parecido con el mérito engaña a los hombres.”

Víctor Hugo

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Foxcatcher

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Foxcatcher

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Año: 2014.

Director: Bennett Miller.

Reparto: Channing Tatum, Steve Carell, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Vanessa Redgrave.

Tráiler

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            En su obra inmediatamente precedente, la fascinante Moneyball: Rompiendo las reglas, Bennett Miller realizaba un elogio del segundón y el desclasado, el perdedor habitualmente despreciado por los focos: en aquel caso, los desastrosos Oakland Athletics reflotados a golpe de estadística por el mánager Billy Beane. Sin embargo, Moneyball era asimismo, cierto modo, la historia de un triunfo: un reconocimiento del trabajo, del esfuerzo y del talento. Por más que no estuviera premiado con un título mundial de béisbol, las lágrimas finales de Beane tocaban una gloria mucho más trascendente y reconfortante. Además, quedaba el triunfo de su credo, luego materializado por los Red Sox de Boston.

            Foxcatcher, por su parte, describe otra búsqueda del éxito, tan azarosa y conflictiva como la de Beane, por más que su protagonista, Mark Schultz (sorprendente Channing Tatum), comience el metraje como defensor de una medalla de oro olímpica de lucha libre. Su presentación es, de hecho, la de un perdedor en toda regla: solitario y obsesivo, acomplejado por la presencia de su hermano, también campeón olímpico, incapaz de responder con naturalidad al amor sincero que éste le profesa, con la lucha como único medio de contacto físico con su entorno. Su arco dramático es, de igual manera, el de un aspirante sediento de victoria, acunado por la cultura del éxito característica de los Estados Unidos, que no reconoce a los débiles, a los perdedores, a los incapaces de imponerse individualmente frente a su competencia –laboral, económica, política, nacional, deportiva- y que no duda incluso en firmar pactos mefistofélicos para conquistar su meta de ser el mejor del mundo.

Un tipo, en definitiva, que además de heredar la esencia arquetípica de protagonista de cine de boxeo o de lucha –quien a la vez que se bate el cobre sobre la lona, combate paralelamente entre el Bien y el Mal sobre el ring de la vida-, pasa por ser idéntico a otros aspirantes a triunfadores coetáneos, como el postulante a Buddy Rich de Whiplash.

            Pero Foxcatcher no padece la interesada y tramposa ambigüedad de la cinta de Damien Chazelle. Su mirada a la cultura y el imperativo del éxito es turbia, inmersa en una atmósfera desangelada y desapacible que se expresa con una elogiable rotundidad estética, con el certero empleo –y en especial ausencia- de la banda sonora y con la participación incluso de un ritmo casi contemplativo, desafiante –hasta, quizás, ser un tanto moroso en ciertas fases-. El discurso y la reflexión de Foxcatcher sobre el éxito –y yendo más allá, sobre la excepcionalidad americana-, es honesto. Y, por tanto desolador.

En la encrucijada de Schultz, de hecho, se abren dos mentores y dos caminos de realización personal, ambos muy americanos y representativos de la idea que el país posee de sí mismo. El primero, su hermano David (Mark Ruffalo), vencedor en el deporte y en el arte de la supervivencia, hombre de familia arraigado en el regazo de su guapa esposa (Sienna Miller) y sus dos chiquillos revoltosos. El segundo, John E. Du Pont (Steve Carell), heredero de una de las más prosperas familias de los Estados Unidos, forjadora de la nación, y metido a entrenador de lucha libre por una supuesta convicción patriótica que parece concordar con aquel “Estados Unidos es el país más cachas del planeta” que pronunciaba el culturista reciclado en secuestrador e interpretado por Mark Wahlberg en la satírica Dolor y dinero.

Du Pont, en este caso, es la encarnación de ese país-producto capitalista que trata de convencerse a sí mismo y al universo entero de que es exactamente, ni más ni menos, que aquello que vende su imagen. Una valla publicitaria acerca del paraíso del individuo de bien, un neón luminoso con el símbolo del dólar con los brazos abiertos a todos. Una teletienda en vivo que necesita constantemente autopromocionarse para mantener ardiente la llama de su mito –la adopción del águila como animal tutelar compartido con su patria; el discurso escrito para Mark Schultz y sus peroratas morales; el documental que producirá durante los entrenamientos, legitimación pública de una ‘realidad’ amoldada a su antojo-.

No obstante, el concepto de éxito que viene a encarnar Du Pont -bajo el exceso de prostéticos y poses sobreestudiadas de Carell-, es vano, grisáceo, polvoriento, muerto. Detrás de la valla publicitaria del sueño americano, hay cartón, herrumbre y meados. Y un país oculto por una sombra que no deja crecer la hierba, hasta la supuestamente más verde y vigorosa –como, en un ejemplo similar al de Du Pont, la de la familia de Robert Durst, devuelto al foco mediático por la curiosísima serie The Jinx (El gafe)-. Du Pont cree en el triunfo de América, el país más cachas del planeta, como quien colecciona aves, carros de combate, amistades, romances, trofeos y sueños ajenos, cada uno con un precio pendiendo de su etiqueta, listos para amueblar una mansión de anuncio, de película, de libro de Historia.

            El tortuoso pulso mental y emocional de Schultz -con sus deseos impuestos y orgánicos, con sus obligaciones internas y externas, con sus demonios condenatorios y sus ángeles redentores-, se desarrolla sin caer más de lo aconsejable en la complacencia, desde esa amargura destemplada que preside la atmósfera del filme. Sin embargo, los hombres de Foxcatcher no provocan odio y rechazo, sino que son rugosos, suaves, duros, dignos de empatía y compasión. Foxcatcher, más que de competición y épica, está llena de vacío y ausencia. Ausencia de un hijo, de un padre, de un amigo, de un amante. Foxcatcher está llena de fracaso. “¡U-S-A! ¡U-S-A!”, claman los espectadores en el cierre de los fotogramas.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 8.

Noche en la ciudad

2 Oct

“Todo el mundo sabía que ya se estaban entregando citaciones para comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas. También llamaron a la puerta de Jules Dassin. Cuando Jules acudió al productor Darryl Zanuck, éste le contestó «será mejor que te largues de la ciudad».”

Norman Lloyd

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Noche en la ciudad

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Noche en la ciudad.

Año: 1950.

Director: Jules Dassin.

Reparto: Richard Widmark, Gene Tierney, Googie Withers, Francis L. Sullivan, Herbert Lom, Stanislaus Sbyzsko, Hugh Marlowe.

Tráiler

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            La infamia de la caza de brujas en Hollywood se cernía sobre Jules Dassin, delatado como filocomunista por aquellos compañeros de profesión que habían sucumbido a las presiones de la paranoia mccarthista. Cineasta de referencia en la evolución del cine negro, al cual había revestido de argumentos y estilos de corte naturalista sin prescindir de la intensidad y contundencia, Dassin estrenaba su exilio europeo en Londres, megalópolis equivalente a las estadounidenses San Francisco, Los Ángeles, Nueva York y Chicago, urbes canónicas del noir.

            La introducción de Noche en la ciudad justificará la mudanza asimilando el acto criminal a la naturaleza humana, un hecho universal detectable en cualquier ciudad del mundo. Del mismo modo que ocurría en La ciudad desnuda, la delincuencia se integra como un elemento cotidiano más de la vida de la urbe, conformando un sustrato ennegrecido por las desigualdades y la miseria moral, manifestado en mil y una formas audaces, testimonio directo del ingenio y la capacidad adaptativa y de supervivencia de la especie, y recogidas al detalle por la cámara atenta y el afinado oído del realizador.

Es este el contexto en el que sobrevendrán las desventuras de Harry Fabian (Richard Widmark), artista huérfano de arte en el que canalizar sus aptitudes creativas, volcadas entonces en el timo a salto de mata, la estafa al por menor y las efímeras ilusiones de un porvenir de riqueza. Un individuo con sueños de prosperidad atrapado en el lodo de una sociedad organizada en compartimentos estancos e inmutables en los que, indefectiblemente, el pez grande se sienta a la mesa con el pez chico cocinado en su plato.

            La excusa de una nueva ocurrencia de Fabian -el intento de controlar la promoción de la lucha libre en el territorio de la capital británica-, sirve para desvelar un mundo en ruinas, erigido sobre una madeja de engaños entretejida por la codicia sin límites de sus moradores. Un retrato agrio de la condición humana, devenida en un cúmulo de entes de voluntad retorcida, lubricados por el papel de las libras y ligados sin remedio a un futuro de desgracia, desencadenado por maliciosos resortes como la perpetua traición, la ley del más fuerte, el fin como justificación de cualquier medio o la imposibilidad de hallar una válvula de escape para el posible ascenso de clase social y económica.

Repleta de sustanciosos detalles que definen con minuciosidad la atmósfera de estos bajos fondos, pertenecientes a un universo enseñoreado por una noche eterna, sin espacio para la benéfica luz del día, la rigurosa e inteligente puesta en escena de Dassin hace vibrar la tragedia, la cual se desarrolla a un ritmo arrollador determinado por el inmisericorde son de su virulento crescendo dramático. Por su lado, el formidable reparto completa y da sentido a la envilecida geografía humana del filme, desde el rostro nudoso de Widmark, especializado en los inicios de su carrera en personajes turbios o poco recomendables, hasta la inmaculada belleza de Tierney; del amenazador hieratismo de Herbert Lom a la bestial ternura de Stanislaus Sbyszko.

El patetismo de sus personajes, sumidos en la desesperación mientras tratan de burlar penosamente el peso del fatalismo inherente a sus reprobables actos, contrasta con la turbadora crueldad que la atormentada histeria de la trama depara a los últimos y extraños resquicios de inocencia presentes en el relato: la compasiva esposa de Fabian (Tierney), el anciano campeón de lucha grecorromana empecinado en dignificar su arte (Sbyszko).

            Y es que, aunque el noir haya emigrado a Europa, el destino continúa suponiendo una condena irrompible para un ser humano que persiste obstinado en su degradación más absoluta.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 9.

Mandingo

16 Mar

“Hollywood no sabe una mierda de los negros.”

Spike Lee

 

 

Mandingo

 

Mandingo

Año: 1975.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: Perry King, James Manson, Ken Norton, Susan Georges, Brenda Sykes, Richard Ward, Lillian Hayman, Paul Benedict, Ji-Tu Cumbuka.

Tráiler

 

 

             Leyenda de la cultura popular estadounidense sin verdadera documentación histórica, los combates de mandingos –etnia procedente de las regiones del golfo de Guinea-, componen una más de las innumerables lacras que la esclavitud dejó impresa con letras de sangre en la crónica negra del país norteamericano, autoproclamado paradigma de la libertad.

             Si bien repescada tangencialmente por Quentin Tarantino en su reciente Django desencadenado, el filme por excelencia a propósito de tan bochornoso tema es Mandingo, un título engañosamente explícito que, en realidad, contiene un filme centrado principalmente en los dilemas éticos y sentimentales de un joven y escrupuloso hacendado de la Louisiana profunda.

Un individuo encuadrado dentro de la inmisericorde descripción de la total decadencia de las forma de vida de los recalcitrantes esclavistas del sur profundo; condición de ruina física y moral somatizada en una desvencijada y aislada mansión familiar y en la minusvalía de su anciano señor (un otoñal James Manson, con su tradicional porte atildado y aristocrático del todo envilecido).

             Dispuesto a epatar la atención del espectador, la sociedad sureña aparece así altivamente racista, inculta, supersticiosa, alcoholizada, incestuosa y endogámica, orgullosos dueños de auténticas granjas de humanos para su cría y comercialización; aberraciones reflejadas sin cortapisas por la realización de Richard Fleischer, que equipara a esclavos y ganado animal por medio del verbo y los fotogramas.

La ausencia absoluta de matices queda ligeramente resuelta a través del mencionado protagonista (Perry King), heredero de la cochambrosa propiedad. Un personaje que, con acierto, no representa una revolución copernicana frente al arraigado esclavismo, sino que en él perviven vicios para nada cuestionados al mismo tiempo que otros ciertos principios innatos de básica humanidad –el desprecio del castigo físico, el reconocimiento del amor interracial en la figura de una sirvienta negra- se imponen en sus actos y pensamientos a fuerza de sentido común y empatía con el semejante.

              El esfuerzo no es suficiente, no obstante, para que Mandingo logre superar esas premisas y trucos de artificio propios de una exploitation film de presupuesto venido a más, los cuales, por otro lado, tampoco alcanzan ese frescor morboso y desacomplejado del cinéma bis –un factor de fácil envejecimiento, por otra parte-, sino que más bien acaban ahogándose en la carencia de verdadera densidad turbia en su atmósfera y en la falta de ritmo derivada de un metraje excesivamente abultado para lo que en conjunto se narra.

El balance es más decepcionante aún si cabe teniendo en cuenta lo que Fleischer había logrado en el abrasivo retrato del esquizofrénico y presunto homicida Albert DeSalvo en El estrangulador de Boston, hijo indeseado y no reconocido de la misma América putrefacta avanzando el tiempo.

              Atrapada a medio camino de todo, la película adolece de la madurez necesaria para afrontar con seriedad una exploración, una reflexión o una denuncia sobre la vergüenza histórica de la esclavitud.

Si bien carga las tintas en una sociedad deshumanizada e ignorante, enferma de paleto etnocentrismo, el filme tampoco consigue imprimir el debido carácter o la intensidad necesaria a los personajes negros –con la muy secundaria salvedad del rebelde interpretado por Ji-Tu Cumbuka, dos años antes de hacer precisamente de luchador en la exitosa miniserie Raíces-.

Un defecto que afecta en especial a ese coloso guerrero de nombre mitológico, Ganímedes (Ken Norton, boxeador de profesión), atormentado en su interior por el conflicto entre su triunfante vocación luchadora y el inexcusable deber de dignidad hacia su raza, sin embargo diluido en último término hasta convertirse en otra simple pieza más de un superficial melodrama matrimonial entre hombres blancos.

Enorme potencial, pobres resultados.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5,5.

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