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La academia de las musas

10 Ene

“La palabra más común, cuando se pone en su lugar, de repente adquiere brillo. Ésa es la brillantez con la que tus imágenes deben brillar.”

Robert Bresson

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La academia de las musas

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La academia de las musas

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Año: 2015.

Director: José Luis Guerín.

Reparto: Raffaele Pinto, Mireia Iniesta, Rosa Delor Muns, Emanuela Forgetta, Patricia Gil, Carolina Llacher.

Tráiler

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           “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”, comienza el evangelio de San Juan. Cuando uno se enfrenta a La academia de las musas –se enfrenta, porque es imposible solo verla o escucharla- lo hace contra la palabra en todas sus dimensiones. Contra la palabra como herramienta para describir la realidad sensitiva y como herramienta de clasificación con la cual intentar infundir orden en el caos. Pero, sobre todo, contra la palabra como agente con entidad propia capaz de influir sobre la vida del ser humano y, más aún, como agente demiúrgico dentro de este complejo universo intelectual, emocional y espiritual del hombre. Incluso por medio de malinterpretaciones subjetivas, engaños, sofismas o mentiras flagrantes.

           La academia de las musas se abre como un experimento de realidad pura, en el cual se filma a Raffaele Pinto, profesor de filología italiana en la Universitat de Barcelona, durante su diálogo platónico con sus alumnos a partir de los versos de la Divina comedia de Dante Aligheri. Una serie de encuentros intermediados por los fonemas del catalán, el español y el italiano que, no obstante, se conforman sin problemas como un vehículo común de entendimiento e intercambio de ideas. La poesía como idioma en sí mismo, a través del cual indagar en los rincones ocultos o ya transitados del arte, del sexo o del amor; término este último al que parecen dirigirse en su exploración como la suma de todo ello; el Santo Grial –la comparación es justa por su envergadura mística y por la esencia quimérica del objeto-.

Sin embargo, aunada por la imagen minimalista de José Luis Guerín –cámara casera, sin director de fotografía, ni eléctricos ni sonidista-, la fuerza de las palabras va desquiciando los marcos de la estructura documental para derribarlos definitivamente y transformar la película en una obra de ficción dotada de un argumento y hasta una intriga cotidiana pero penetrante, desapercibida y trascendente, que convierte a las personas reales que departen sobre la naturaleza de la semántica, de la belleza, de lo humano y de lo romántico en personajes de una fantasía donde, paradójicamente, se llevan a la práctica estos conceptos inaprensibles, íntimos, metafísicos y quién sabe si siquiera existentes, desarrollando entre ellos, como en una fábula renacentista, estrechas relaciones de aproximación y deseo, de alejamiento y rechazo. En consecuencia, los fotogramas invocan en su transcurso a hitos cinematográficos como Te querré siempre –el cine: otra forma de arte y de lírica, si bien donde el verbo debería reservarse un papel secundario-.

           Los medios de producción, decíamos, son de supervivencia artesanal. Los planos no por ello son neutrales, sino que también, incorporados al debate del conjunto, hablan –sobre los personajes, sobre su discurso, sobre sus circunstancias-. Y lo hacen además con enorme elocuencia, gracias al extraordinario talento del cineasta barcelonés como observador y, por extensión, como narrador.

En cualquier caso, no se trata de un ejercicio desarrollado desde el engolamiento académico o grandilocuente, más allá de la elevación cultural del tema o la erudición de los participantes –se diría que otro asunto recurrente de la cinta es el del placer de construir y dar vida a sensaciones y razonamientos o, más pedestremente, el placer de oír y oírse hablar-. La escuela de las musas continúa la senda de proyectos previos de Guerín como En construcción, crudamente veristas y apegados al suelo pero a la vez complejos, reflexivos y sorprendentes. Esto es, sin alejarse de la implicación hacia unos seres vívidos que aquí, en ocasiones con gran frustración –las dudas románticas y existenciales que encarna Mireia Iniesta-, tratan de encontrar en las palabras la respuesta a lo que experimentan sus entrañas; al mismo tiempo que viven cautivos de esas mismas palabras que arrojan explicaciones inciertas y hasta falaces, tal y como señala la esposa del catedrático, quien conserva su lucidez debido al desapego desengañado hacia esas fórmulas prefabricadas y filtradas por siglos de églogas y sonetos –aunque, a fin de cuentas, solo para revelarse luego como el único personaje inmerso a tumba abierta, con innegociable honestidad, en ese poderoso sentimiento de amor al que canta la lírica-.

           Guerín muestra calidez a sus personajes, aunque también los cuestiona y duda de ellos –lo cual les hace más humanos-, de igual manera que se puede cuestionar y dudar de las palabras. ¿Tanta disquisición filosófica es una mera artimaña del profesor para encamarse con sus alumnas? ¿La percepción o las reacciones de cada una de ellas por qué está motivada? ¿Cuánto hay de sinceridad o de fingimiento en cada uno de ellos? ¿Son conscientes acaso de las fronteras entre una y otra cosa? ¿Sus estudios avanzan o son simples pajas mentales fruto de un contexto retorcido a conveniencia y comodidad? ¿Acaso es auténtico el paso del tiempo que señala el director en sus intertítulos? Y, por supuesto, ante la avalancha de ideas, sugerencias, interrogantes, hallazgos, incógnitas y misterios que desbordan las conversaciones, nace asimismo en el espectador ese deseo de unirse al intercambio, de sumarse a la audaz exploración que emprenden personas y personajes. El deseo de la palabra. Empero, a él le corresponde entonces continuarlo o llevarlo a cabo a la salida de la sala, no hay más remedio.

Un pequeño gran milagro.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8,5.

La profesora de parvulario

8 Ene

“Si no fuese por la poesía, que es la que nos salva, seríamos muerte ambulante.”

Raffaele Pinto (La academia de las musas)

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La profesora de parvulario

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La profesora de parvulario

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Año: 2014.

Director: Nadav Lapid.

Reparto: Sarit Larry, Avi Shnaidman, Lior Raz, Jil Ben David, Ester Rada, Guy Oren, Yehezkel Lazarov, Dan Toren.

Tráiler

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            Corren malos tiempos para el virtuosismo artístico, sometido a la gélida tiranía del número, el balance de beneficios y la marca personal o colectiva. Al ultraliberalismo dominante, y por extensión al sistema sociocultural aparejado, le cuesta trabajo apreciar los valores que trascienden lo material. De ahí, por ejemplo, el arrinconamiento de las humanidades en los programas lectivos, o el sometimiento de la creación cultural a términos de producción y rentabilidad. La búsqueda de la belleza o de respuestas a conceptos inmateriales queda así fuera de la ecuación, como por extensión queda el desarrollo de pensamiento crítico, siempre incómodo para el status quo.

Este contexto hostil hacia la cultura –“un mundo que odia a los poetas”- es el que marca la atmósfera de La profesora de parvulario y determina la desesperación de la protagonista cuando descubre inesperadamente que el último genio en un universo que rinde culto a la mediocridad -si no a la estupidez-, es un niño de cinco años, capaz de desarticular con sus versos el dolor del amor no correspondido, la violenta naturaleza humana o la esencia de la vida.

            El cineasta israelí Nadav Lapid captura el escenario con un estilo de apariencia pedestre, de planos detalle desubicados y un tanto caóticos que ni siquiera son naturalistas, puesto que nunca esconderá la cámara y, más todavía, revelará sin problemas el artificio del filme –el objetivo se lleva un indisimulado golpe en la primera escena; los niños interactúan con el objeto indiscreto y extraño que les graba-. Sin embargo, de entre esta maraña de feísmo, nacen asimismo planos de cierta hermosura en los que, puntualmente, se vislumbra ese lirismo perdido que persigue obsesivamente la maestra.

            La profesora de parvulario es una película compleja e incómoda, que puede resultar por momentos desconcertante. A pesar de la legítima coartada de la reivindicación artística, los caminos que emprenden sus personajes están alejados de la ética e incluso de la empatía, en especial esa protagonista que carga con el peso del argumento. Esa callada desesperación no responde solo a la defensa del genio redentor –hasta contra su propia voluntad de querer ser un crío despreocupado, como se irá matizando a medida que avanza el metraje hacia un desenlace coherente aunque un tanto menos convincente-; sino que es a la par una perturbadora lucha contra la frustración personal –ella una poeta amateur carente de talento- y en pos del hallazgo en los entresijos de la prodigiosa mente del niño de las respuestas que aporten cierto consuelo al desasosegante vacío de la existencia.

En paralelo a las atormentadas y enfermizas decisiones, la artera hipocresía de las contradicciones de la mujer y el perturbador erotismo que aflora en el contacto físico entre profesora y alumno, devota y maestro -reafirmado con contundencia por la expresiva mirada de Sarit Larry-, Nadav Lapid desarrolla una obra inhóspita y opresiva, donde la intensidad de esta angustia íntima -tensada por el acoso de un entorno ciego, enemigo del arte y la belleza-, se percibe a punto de reventar en mil pedazos.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

La muchacha que sabía demasiado

1 Jun

“Estoy seguro de que a cualquiera le gusta un buen crimen. Siempre que no sea la víctima.”

Alfred Hitchcock

 

 

La muchacha que sabía demasiado

 

Año: 1963.

Director: Mario Bava.

Reparto: Letícia Román, John Saxon, Valentina Cortese, Dante DiPaolo, Giovanni Di Benedetto.

Tráiler

 

 

            A mediados de los años sesenta y durante la década de los setenta, el giallo, en la cima de su popularidad, llenaba las pantallas de cine de Italia de crímenes macabros y sangrientos, de asesinos enmascarados que asesinaban a golpe de arma blanca a jovencitas semidesnudas, de intrigas llenas de giros retorcidos y soluciones impredecibles en ambientes morbosos, viciados y marginales.

Sin embargo, la considerada obra fundacional del género, navegaba por aguas un tanto distintas. La muchacha que sabía demasiado presenta ya desde su título unas cartas bien definidas: una trama que combina intriga y parodia en su carácter de ejercicio de recreación de un suspense hitchcockiano y, al mismo tiempo, trasvase literal, hilarante narrador incluido, de todo ese mundo sórdido y amenazante originario de la literatura gialla -denominada así por las cubiertas de color amarillo, giallo en italiano-, semillero primario de todo este cine posterior.

Aparece como punto de partida un elemento coincidencia entre ambas: el individuo común entremezclado en una intriga criminal, en este caso una inofensiva turista americana en Roma, precisamente obsesionada con la literatura gialla, que presencia el asesinato a cuchilladas de una joven en la escalinata monumental de Piazza di Spagna.

            Mario Bava, un autor cuya extracción underground frecuentemente eclipsa un notable talento visual y una loable valentía a la hora de innovar con diversos géneros –aparte de esta primera tipificación del giallo complementada definitivamente con Seis mujeres para el asesino, suya es también la configuración del terror gótico all’italiana-, compone un filme audaz en la mezcla de categorías dispares como el thriller y la comedia junto con elementos propios del cine de terror -recurrentes a lo largo de toda su trayectoria, independientemente del tipo de película-.

De este modo, surge ante el espectador una Roma gótica en la que se suceden asesinatos misteriosos, premoniciones y llamadas de un fatalismo de recorrido circular, suplantaciones de identidad y de Destino y un cuestionamiento constante de los límites entre ficción y realidad –la obsesión por la literatura criminal de la protagonista, la posibilidad de un percepción alterada, la jocosa presencia de la droga-.

            Pese a la habilidad manifiesta para la creación de tensión y expectación, evidenciada por una cuidada puesta en escena y, sobre todo, una más que sugerente fotografía en blanco y negro, Bava procura no tomarse demasiado en serio la película, trufando este puro divertimento de detalles de inopinada capacidad humorística e irónica que impregnan el argumento, los recursos visuales, un tema principal a cargo de Adriano Celentano -absoluta celebridad e incluso voz autorizada del país transalpino- y las propias interpretaciones de los actores, donde destacan una bellísima Letícia Román y el italoamericano John Saxon, un habitual del cine de género.

Simpático e inquietante entretenimiento.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

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