Tag Archives: Linchamiento

M, el vampiro de Düsseldorf

7 Mar

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Año: 1931.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Peter Lorre, Otto Wernicke, Theodor LoosGustaf Gründgens, Friedrich Gnass, Fritz Odemar, Paul Kemp, Georg JohnRudolf Blümner, Franz Stein.

Filme

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         Por desgracia, el trabajo me lleva en ocasiones a buscar información sobre hechos atroces y personas aberrantes. Una de las últimas es José Enrique Abuín Gey ‘El Chicle’, autor confeso de la muerte de la joven Diana Quer. Parte de la recopilación de datos me condujo a sus redes sociales, ahora de dominio público. Cada foto suya, cada post, está infestado de los más terribles insultos y maldiciones, de deseos de una punición vengativa tan crueles como los propios actos del reconocido homicida. Y leyéndolos, sobre todo en las imágenes que aparece con su familia -sobre todo con su hija, menor de edad-, la sensación que predominaba en mí era la de lástima. Me aterran los linchamientos públicos, por más que los puedan sufrir sujetos de probada maldad; incluso -o en especial- cuando simplemente se reducen a una lapidación frívola con el tuit como arma.

Es un sentimiento que intuyo en varios tramos de la obra de Fritz Lang, como en Furia, Solo se vive una vez, Mientras Nueva York Duerme o, en su ejemplo paradigmático, M, el vampiro de Düsseldorf.

         Uno no sabe decidir si el juicio sumario a cargo de los bajos fondos de la ciudad, pendiente de decidir sobre la vida o la muerte de un asesino de niñas, es una manera de disimular el impacto de las acusaciones contra la sociedad que contiene del relato o una manera de acentuar este retrato monstruoso, tanto o más cuando se refuerza con unos cáusticos montajes paralelos que hermanan al sindicato del crimen con las autoridades civiles -analogía que inevitablemente conduce a pensar en la Alemania herida, desestructurada, volátil y paranoica del periodo de Entreguerras, caldo de cultivo del entonces inminente auge del nacionalsocialismo, cuyo régimen prohibiría precisamente la obra en 1934-.

Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, parece exclamar este proceso literalmente ‘underground’, en el que el investigado se revela, en cierta forma, como un producto involuntario de unas circunstancias propias y ajenas. Una trágica víctima de una naturaleza innata tampoco demasiado distante de la criatura de Frankenstein que aquel mismo año también era cazada sin cuartel con horcas y antorchas a través de los estudios de Hollywood.

Por otro lado, esta conexión funda la primera vinculación estética entre las turbias y retorcidas sombras del expresionismo que había cultivado Lang y su transferencia al otro lado del charco, que se canalizará con el cine de terror pero que, además, será igualmente asimilada por el cine negro estadounidense, aunque en este caso acondicionada sobre una paradójica crudeza realista. En este sentido, M, el vampiro de Düsseldorf es considerada una de las primeras muestras del cine de asesinos en serie. Sea esto estrictamente cierto o no, reivindica de nuevo el papel de Lang como pionero de los géneros cinematográficos, atributo que se le asigna asimismo por El doctor Mabuse con el cine policíaco y Los espías con los filmes de espionaje.

         El autor vienés se embarca aquí en su primera película sonora, y lo hará sin plegarse a las  comodidades del sonido, que utiliza como un recurso expresivo más y no como una solución universal. Los créditos silentes y misteriosos que se cierran con un severo golpe de percusión. La canción infantil como factor inquietante que revela la amenaza latente y el morbo por lo escabroso que siente la conciencia colectiva -una innovación fundacional en la época, al igual que el leitmotiv del silbido de En la gruta del rey de la montaña o el uso de la voz en off para exponer los procedimientos policiales que también asumirá el cine de gángsters norteamericano-.

Más adelante se halla una clara muestra de esta combinación de narrativa visual y contrapunto sonoro. Es el único asesinato que acontece en el metraje. Después de una soberbia introducción que empuja la tensión subyacente por medio de un montaje paralelo entre los peligros urbanos y el refugio doméstico, entre la certeza de la amenaza y el cada vez más desasosegante vacío en el hogar, la consumación del crimen queda expresada a través de tres planos fijos -una silla desocupada, una pelota que cae, un globo que escapa-, demoledores en su sencillez y su significado. Tras el tempo y aliento contenido, que certifica un breve fundido a negro, ese nerviosismo contenido estalla en la alarma social que gritan los vendedores de periódicos y su proclama de una edición extraordinaria. La correspondencia con estas imágenes fijas vendrá posteriormente con los destrozos materiales, humanos y morales que explican la captura del fugitivo en un edificio de oficinas.

         El montaje paralelo es una herramienta especialmente presente en M, el vampiro de Düsseldorf, y Lang no la emplea solo para espolear la angustia creciente de la platea, sino también con intereses críticos -como se aludía con la homologación de delincuentes y policías- y hasta humorísticos -la alusión durante el interrogatorio al fallecimiento de un vigilante de seguridad-. Porque M, el vampiro de Düsseldorf es una obra cargada de una tremebunda y rabiosa mala baba -la acusación literalmente ciega, el derecho a la defensa reducido a un vagabundo alcoholizado-, análoga a la que le empujaba al director austríaco a despeñar incontables veces por las escaleras a Peter Lorre en aras de la perfección de la escena. 

Lorre, que era un actor fundamentalmente ligado a la comedia, posee unos rasgos particularmente adecuados para las intenciones de la obra: de ojos bulbosos, expresión infantil y aspecto inocente, bobalicón, obsesivo, azorado o patético, según las exigencias de la historia. Una figura digna de, al menos, una empatía mínima y esencial, que es el punto de apoyo desde el que Lang enfrenta a la sociedad con su reflejo. Cuando Lorre presenta su desesperado alegato lo hace mirando directamente a la cámara, prácticamente rompiendo la cuarta pared. Es el cliché vuelto del revés, convertido en bumerán que se revuelve contra aquel que lo arroja, impulsado por la comodidad moral de la fantasía y sus códigos; una reversión que todavía en el cine de hoy es motivo de innovación y de impacto.

En M, el vampiro de Düseldorf, el ente criminal sobre el que Lang pone el foco no anda escondiéndose por las esquinas de la ciudad. Originalmente, el título de la cinta era Los asesinos están entre nosotros.

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Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 9,5.

La mujer que volvió

22 Nov

Los sueños de una sociedad paranoica crean monstruos. Crítica de La mujer que volvió para los packs especiales de Atelier 13 de CineArchivo.

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La caza

8 Ene

“Una patrulla de linchadores no está formada por hombres. He estado algunas veces junto a ellos y otras frente a ellos; y sé de qué hablo. Una patrulla de linchamiento es un animal, que actúa como un animal y piensa como un animal.”

Johnny Guitar (Johnny Guitar)

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La caza

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La caza.

Año: 2012.

Director: Thomas Vinterberg.

Reparto: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Annika Wedderkopp, Lasse Fogelstrøm, Susse Wold, Anne Louise Hassing, Lars Ranthe, Alexandra Rappaport.

Tráiler

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            Thomas Vinterberg tiene el honor de ser el inaugurador oficial del movimiento Dogma ’95 -el cual había regulado en conjunto con el cineasta Lars von Trier-, por medio de Celebración, un filme que a la postre se convertiría en uno de los más memorables, si no el que más, dentro de dicha denominación de origen.

Corrosiva crítica contra la institución familiar burguesa de Dinamarca, Celebración convertía un ostentoso banquete de cumpleaños en una farsa cruel a través de la progresiva revelación de una serie de abusos sexuales cometidos por el festejado patriarca. Un tema provocador y polémico al que los tintes satíricos y surrealistas del tratamiento le conferían un tono particularmente cáustico al asunto.

En cierto modo, La caza procede a poner patas arriba a Celebración para, desde el extremo contrario, alcanzar una conclusión muy similar. Narrada desde el realismo crudo y áspero, La caza parece preguntarse qué sucedería si aquellas graves confesiones no fueran sino un testimonio ficticio y malintencionado.

            El punto de vista es semejante: observar neutralmente el infierno que se cierne sobre aquel que atenta contra el orden establecido, sobre el cuerpo extraño o la aberración –el Otro, en definitiva- que trata de ser purgado a la fuerza por parte de una comunidad cerrada, hostil y cejijunta que, durante el proceso, saca a la luz así mismo su propia podredumbre interna.

Si en el primer ejemplo, partiendo de una premisa especialmente hiriente por su desquiciada vuelta de tuerca, este monstruo al que se perseguía antorcha en mano era el sujeto martirizado por la incestuosa pederastia, en el presente filme, prosiguiendo con ese citado verismo, pasa a ser el presunto agresor sexual, falso culpable, individuo indefenso y víctima propiciatoria encarnada sensacionalmente por Mads Mikkelsen –premio al mejor actor en el festival de Cannes-.

            La película indaga en las miserias de la condición humana, reducida a una masa impulsiva, irracional y despiadada, dispuesta a librarse de sus ligaduras éticas y saciar su intrínseca sed de sangre mediante cualquier justificación moral ramplona y peregrina: en este caso la incuestionable inocencia infantil, sintetizada por medio del falaz axioma de que “los niños nunca mienten”. Como alegoriza el perro que reacciona con exasperados ladridos ante la simple mención de su antigua dueña, la turbamulta llena su boca de espumarajos, arremete y embiste ante la sola alusión del hipotético crimen pedófilo.

            Incómoda y asfixiante hasta alcanzar escenas de insoportable tensión, La caza replantea, convulsiona y dinamita los valores morales –la justicia, el perdón, la piedad, la caridad, la empatía- y los tabúes censurados –la violencia, la perversión sexual- de la cínicamente llamada civilización, cuya naturaleza, tal y como ejemplifica la dulce niña acusadora, tiende a inclinarse hacia un mal caprichoso, banal, egoísta, hipócrita y, cabe decir, aquí en buena medida inconsciente y contaminado.

El desenlace, en el que la apariencia mansa y bucólica de sus escenas contrasta con el espíritu malicioso, frío y desasosegante que impregna los fotogramas –es significativo que el ritual de integración en la sociedad sea poseer un brutal rifle-, asesta de manera certera y rotunda el descabello a esta vitriólica, dura e impactante función.

 

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Johnny Guitar

2 Jun

“El western es el encuentro de una mitología con un medio de expresión.”

Andre Bazin

 

 

Johnny Guitar

 

Año: 1954.

Director: Nicholas Ray.

Reparto: Joan Crawford, Sterling Hayden, Mercedes McCambridge, Ward Bond, Scott Brady, Ernest Borgnine, Ben Cooper, John Carradine.

 

 

 

            Con el paso del tiempo, las extensas llanuras vírgenes y los infatigables centauros de la conquista del Oeste fueron chocando con esas fronteras en apariencia inalcanzables, replegándose sobre sí mismos, tornándose parajes enrarecidos, estériles, opresivos; individuos decepcionados, taciturnos, con la violencia de la frustración y resentimiento de unos sueños prometidos y no materializados.

Nicholas Ray, experto conocedor de la amargura del fracaso y el futuro negado, procedía a convertir una novela ínfima del western en una obra capital del cine.

            Johnny Guitar es el reencuentro de dos antiguos amantes. Él, el Johnny epónimo (Sterling Hayden), un tipo que renuncia a su nombre y a sus señas, las armas, con un pasado tenebroso aún latente en sus remordimientos y su alma de contenida fiera homicida. Ella, Vienna (Joan Crawford), verdadera dueña del filme, una mujer fuerte, con un presente labrado con la fuerza de una agallas que cualquier hombre jamás soñaría siquiera con poseer. Ambos, seres acorralados en un mundo yermo y polvoriento que se convulsiona, en eterno estallido de furia.

Dos personajes entregados que se juegan la vida al todo o nada mediante la única posibilidad de porvenir arañada a una tierra olvidada por la Fortuna, incapaz de dar más que malas hierbas y odio: el posible establecimiento de una estación de paso del ferrocarril.

            Desentrañado por la penetrante mirada de Ray, el Destino va urdiendo su red desde un comienzo ya lacerante que desemboca en una espiral obsesiva, en asfixiante crescendo dramático, zarandeando en su camino a unos seres complejos, carcomidos por un fuego interior de pasiones y sentimientos, arrastrados con el juicio turbado por unas vísceras podridas y desgarradas por fracasos y ambiciones desbocados -el amor frustrado, la codicia, la envidia, el rencor hacia el otro-.

La justicia se reduce a un concepto arbitrario sometido a los designios de la avaricia del cacique o la hiel que corroe el corazón de una amante despechada.

Sujetos sometidos los hilos del hado, que conducen inevitablemente a la tragedia.

            Es Johnny Guitar un relato de intensidad exacerbada, en la que unos personajes llenos de requiebros interiores exudan emociones arrebatadas, y al que Ray imprime una fuerza irresistible por medio de una puesta en escena tan estilizada como inflamada de pasión, reproducción en sí misma de sensaciones y estados de ánimo tanto de los personajes como del espectador que los contempla; a su vez firmemente apoyado en un guion, firmado por Phillip Yordan, repleto de profundidad y romanticismo, en el que cada palabra conjuga el sentimiento de cien frases, así como en la expresiva banda sonora de Victor Young y el impecable trabajo de un elenco impagable en el que refulge por mérito propio Joan Crawford, estrella a punto de adentrarse en la decadencia de su carrera.

            Ray compone una película que trasciende el polvo de las desoladas llanuras del western para convertirse en un drama universal.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 10.

El Intruso (The Intruder)

15 Abr

“Supongo que siempre hay una corriente política soterrada en mis películas. A excepción de El Intruso, procuro no hacerla salir a la superficie.”

Roger Corman

 

 

El Intruso (The Intruder)

 

Año: 1962.

Director: Roger Corman.

Reparto: William Shatner, Frank Maxwell, Charles Barnes, Robert Emhardt, Beverly Lunsford, Leo Gordon.

Tráiler

 

 

            Toda una rareza dentro del currículum de Roger Corman, quintaesencia de la serie B norteamericana, del cine barato y evasivo -pese a destacar también como adaptador de la obra de Edgar Allan Poe-, El Intruso aparece como la única película de contenido puramente político del realizador. Paradójicamente, Corman aprovechará incluso, puede que a modo de guiño, ese epígrafe de reminiscencias extraterrestres, recurso frecuente en las alegorías políticas del cine de ciencia ficción estadounidense de Guerra Fría.

            Al contrario de lo que se podía suponer, El Intruso arroja una mirada atinada y madura sobre el racismo del Deep South, extensión misma de una sociedad americana inmersa en unos tiempos de traumáticos y decisivos cambios en su configuración social, inflamada por conflictos étnicos, reivindicaciones a favor de los derechos civiles y transformaciones políticas y culturales de primer orden.

Menos de una década había transcurrido desde el boicot de autobuses de Montgomery, cinco años desde la crisis de Little Rock, Arkansas, por la integración racial en el sistema educativo –de la que El Intruso toma numerosas referencias de base-, uno faltaba aún para la marcha sobre Washington orquestada por Martin Luther King.

            Corman apoya su proverbial manejo del ritmo y la intensidad sobre un guion bien construido, reflexivo, sopesado y coherente en todo momento, si acaso con apenas un par de detalles que tienden al subrayado, en el que se presentan las maquinaciones de un alborotador foráneo disfrazado de impoluto caballero de traje blanco y suaves y educadas maneras que recala en la ficticia Caxton con el único propósito de agitar a unas masas enconadamente segregacionistas, ávidas de volcar toda su ira sobre aquellos a quien cualquiera capaz de alzarse sobre el rebaño, producto de la vida estéril y sin futuro, la terca y orgullosa incultura, la brutalidad aletargada, el rencor acumulado por eternas insatisfacciones personales o la aborregada voluntad de naturalizarse entre la mediocridad común.

Un cobarde de pecho henchido que apela a las agallas, siempre confundidas con la capacidad de proferir el alarido más estridente, de acometer la mayor y menos meditada barbaridad, de dejarse arrastrar por el instinto gregario y salvaje, no por la racionalidad, la humanidad y la reflexión que hace al hombre ser hombre.

Frente a ello, el verdadero valor de pensar, de asumir responsabilidades y de ver más allá de donde alcanza el brazo propio. La osadía de preguntarse por qué.

             Un buen hacer desde la dirección incentivado por la sencillez y efectividad de la puesta en escena, que agradece esta vez no requerir golpes de efecto en forma de monstruos o elementos fantásticos y sobrenaturales, sino por actitudes y personajes creíbles, identificables y aterradoramente veraces. Incluso la mirada aviesa y el retorcimiento habitual en la interpretación de William Shatner, nefasto actor, confabulan para crear un personaje tan extraño y magnético como repulsivo.

             El arrojo de Corman se vería recompensado con un notable fracaso en taquilla. De hecho, sería una de las escasísimas películas del de Detroit que no lograron recuperar la inversión inicial. Él culparía a Shatner.

Muy interesante.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 8.

Incidente en Ox-Bow

31 Mar

“La masa no piensa. Carece de mente propia.”

Joe Wilson (Furia)

 

 

Incidente en Ox-Bow

 

Año: 1943.

Director: William A. Wellman.

Reparto: Henry Fonda, Dana Andrews, Harry Morgan, Marc Lawrence, Frank Conroy, William Eythe, Harry Davenport, Paul Hurst, Jane Darwell, Leigh Whipper, Anthony Quinn.

Tráiler

 

 

            La noche, un claro perdido en una garganta recóndita, tres acusados, veintiocho jueces furiosos y tres sogas pendiendo de un árbol.

El western se hacía adulto, y no precisamente con buen humor. El homenaje a los pioneros y la epopeya de la génesis de un país dejaba paso a complejos y oscuros valles en los que se ocultan dramas, dilemas y tragedias humanas universales.

Un taciturno proceso de cambio que encontrará en Incidente en Ox-Bow una de sus piedras angulares. En una tierra sin ley, ruda y colérica, que, como sostenía Ángel Fernández Santos en su imprescindible Más allá del Oeste, entraba a tientas en una titubeante civilización y en la que la cotidiana ritualización de la muerte había dejado a esta vacía de significado, se desvelaba por primera vez una de las cartas más negras de esta cosmogonía: la ciega justicia de la masa, el linchamiento, primer y primitivo bosquejo de ley colectiva en el Salvaje Oeste.

La caza del hombre por el hombre.

            William A. Wellman procedía a trasladar a la pantalla la novela homónima de Walter Van Tilburg Clark, confeso objeto de su admiración, para filmar un western que contradice su habitual querencia por los grandes espacios abiertos. Incidente en Ox-Bow es una cinta turbia, nocturna, claustrofóbica y gélida, de tensión contenida pero penetrante.

Fonda –quien ya se había visto, en un papel más activo, frente a turbamultas ávidas de linchamiento en El joven Lincoln, como esta, también escrita por Lamar Trotti– llega a su villorrio natal sin nada en mente, tan solo con el sueño tenue de recuperar a su amor de juventud. En mal momento. La tensión acumulada por los constantes robos de reses se desborda ante el rumor del asesinato de un ganadero local. El populacho se organiza para dar rienda suelta a sus ansias de justicia. Una justicia homicida en la que las endebles instituciones poco pueden decir frente al poder del revolver y la soga.

Una ley impulsada por el valor de la masa, el deseo impotente de venganza, la insatisfacción y el traspaso de pecados de cobardía. La muerte como solución a sus problemas. Y para la muerte cualquier excusa es buena, cualquier desconocido es sospechoso.

            Es este un filme firmemente posicionado a favor del respeto a los valores humanos -quizás de esta postura decidida y firme surja un cierto exceso de explicitud, mucho más matizada en el libro-, con todo lo que ello implica en este juicio tenebroso parido ya infecto por la atroz justificación de una malentendida racionalidad y que se adentra a machetazos en el infierno denso y viciado de la sinrazón colectiva e individual, alentada por los demonios particulares de cada uno.

Intenso western psicológico.

 

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

Furia

4 Ago

“Cuando el error se hace colectivo adquiere la fuerza de una verdad.”

Gustave Le Bon

Furia

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Año: 1936.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Spencer Tracy, Sylvia Sidney, Walter Abel, Bruce Cabot.

Tráiler

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           El imparable avance nacionalsocialista a partir de 1933 vació los fructíferos estudios cinematográficos alemanes de sus principales artistas, muchos de los cuales emigraron a Hollywood –Ernst Lubistch, Billy Wilder, Otto Preminger, F.W. Murnau,…- para influir decisivamente en la evolución de muchos de sus géneros, especialmente del cine negro, al mismo tiempo de raíces temáticas puramente estadounidenses.

Fritz Lang fue el máximo exponente de esta generación que lavó la cara del Hollywood de los treinta. De origen judío, casado con Thea von Harbou, militante nazi y con la que había colaborado en la creación de Metrópolis, se había fugado de Europa tras rechazar la oferta del ministro de la propaganda Joseph Goebbels para dirigir la industria cinematográfica alemana, avalado por su solidísma trayectoria en la UFA, reconocida hasta el punto de que buena parte de la crítica consideraría decadente su filmografía americana posterior, en modo alguno desdeñable.

           Tras una breve estadía en Francia, Lang se traslada a Hollywood, donde su primera película será Furia. La película recoge un tema que no era nuevo en el director vienés: la opresión y persecución por la sociedad, representada casi como un ente único, del individuo. Podría verse incluso como una vuelta de tuerca de lo que ya había propuesto en la genial M, el vampiro de Dusseldorf, su primera película sonora, donde un asesino de niños era perseguido y juzgado por la muchedumbre.

           En esta ocasión, Furia propone a un inocente, el mecánico Joe Wilson (Spencer Tracy), que, por diversas circunstancias, es confundido con un secuestrador en fuga y linchado por una masa que más que enloquecida, parece festiva con el ajusticiamiento. Una víctima que no tendrá ni voz ni voto tanto para los que le defienden como para los que le acusan.

           Lang indaga de nuevo en el comportamiento humano como parte de la colectividad; muy apropiadamente, en un momento en el que los fascismos eran vitoreados en las plazas públicas. Una masa irracional guiada por líderes demagogos que se sirven de los instintos primarios, como el miedo y el odio al de fuera o al diferente, la presunta justicia social del ojo por ojo, o, directamente, el gregarismo tribal barbárico y el aburrimiento, a lo que se añade el peso de una clase política mezquina, oportunista y corta de miras y unos mass media incipientes pero ya con un marcado gusto por la espectacularización y banalización de los acontecimientos. Por otro lado, como presenta Lang posteriormente, muchos de estos rasgos irracionales de la actuación de la sociedad como grupo, como la sed de venganza implacable, el rencor cruel y la falta de capacidad de perdón y valores humanos, pueden trasladarse también al individuo común como víctima de esa sociedad corrompida moral e institucionalmente.

Planteamientos estos que siembran la semilla de la cercana variante criminal del cine negro.

           Experto en estas lides, Lang juega sus bazas con un montaje muy hábil que le confiere una enorme agilidad al filme, aunque, por otro lado, no evita caer, dentro de la sátira, con mayor peso de detalles de humor en la primera mitad, en alguna metáfora fácil y algún argumento demasiado dirigido, mientras que también aparecen recursos, como alguna elipsis, que resultan entrañablemente anticuados, no obstante sin hacer perder la contundencia en la crítica por un director que bien sabía a qué se refería, por experiencia propia, con aquello del poder de las masas.

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9.

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