Tag Archives: Ley seca

Cotton Club

24 Jul

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Año: 1984.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Richard Gere, Diane Lane, Gregory Hines, Lonette McKee, James Remar, Bob Hoskins, Fred Gwynne, Nicolas Cage, Maurice Hines, Laurence Fishburne, Tom Waits.

Tráiler

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          Renqueante tras el descalabro de Corazonada y alternando ya con Rebeldes y La ley de la calle el encargo de supervivencia con la resistencia de su espíritu autoral -en el cual la grandilocuencia de Hollywood se da la mano con la experimentación europea-, Francis Ford Coppola asumía de la mano del productor Robert Evans una producción lujosa en la que se pretende revivir el oasis del Cotton Club de Harlem durante la década de los veinte y los treinta de la Ley seca, la debacle económica de 1929, los mafiosos armados con una ‘tommy gun’ y la conformación de una identidad musical popular norteamericana. Un material con el que Coppola trascenderá la recuperación verista de este pedazo insólito de historia para adentrarse en un ensueño cinéfilo donde convergen multitud de relatos, de géneros, de recursos cinematográficos y de tonalidades.

          Cotton Club presenta un juego coqueto e inevitablemente irregular, dominado por la fantasía del cine. Desde los créditos iniciales, Coppola juega con la representación, recuperando la grafía, la iluminación y los encadenados propios de las películas de la época, en especial del emergente cine de gángsteres que, en paralelo, aflora asimismo dentro del argumento del filme, donde comparecen igualmente melodramas románticos, dramas sociales y relatos de ascenso y superación personal; todos ellos enmarcados dentro del entorno del musical, el artificio por definición. A ello se añade el homenaje explícito a personalidades artísticas y criminales del periodo, que resucitan en pantalla –Duke Ellington, Gloria Swanson, Charles Chaplin, James Cagney, Owney Madden, Big Frenchy Demange, Dutch Schultz…- o parecen transmutarse en alguno de los protagonistas -el papel de Richard Gere, que cumple con la planta del galán clásico, parece parcialmente inspirado en la biografía de George Raft-.

          Cotton Club equivale a ver una película en la que se acumulan y de la que nacen otras múltiples películas, que se comunican y enfrentan, como parte de un universo donde todo realismo ha sido sustituido por la esencia romántica del séptimo arte; por sus convenciones, sus códigos, sus arquetipos y su glamour. Una idea que quedará definitivamente sintetizada en un desenlace muy trabajado y ocurrente donde el escenario del cabaret y el supuesto escenario ‘real’ de la obra -la estación de Grand Central- quedan unificados en un laberinto de entradas, pasillos y bambalinas por donde confluyen y se entremezcla el nutrido coro de personajes principales.

En cierta manera, por permanecer en el ámbito de los cineastas del Nuevo Hollywood y del universo de los clubes nocturnos como reflejo de la construcción de los Estados Unidos, también recuerda al sainete que tenía lugar dentro de ese recuerdo nostálgico de la libertad del teatro del burlesque que era La noche del escándalo Minsky’s de William Friedkin.

          Este juego de malabares implica la descompensación del conjunto, donde unas cuantas líneas del relato se desarrollan atropelladamente o parecen no explotar, el aparato formal cae en ocasiones en el amaneramiento y donde la confusión de narraciones y tonalidades genera un notable desconcierto e incluso, a veces, no se termina de adivinar donde termina la teatralización y comienza la parodia, quizás provocada de forma involuntaria. Sobresalen ramas como la protagonizada por Bob Hoskins y Fred Gwynne -con una gran química y calado cómico que se aprecia en escenas como la del reloj-, el embrujo de Diane Lane y un buen puñado de secuencias de gran fuerza visual y creativa, puro cine.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

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Sin ley (Lawless)

28 Abr

“El cine es tanto el arte de buscar un hermoso rostro para poner en el celuloide como el de encontrar el dinero para la compra del celuloide.”

Jean-Luc Godard

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Sin ley (Lawless)

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Sin ley (Lawless)

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Año: 2012.

Director: John Hillcoat.

Reparto: Shia LaBeouf, Tom Hardy, Jason Clarke, Jessica Chastain, Guy Pearce, Mia Wasikowska, Dane DeHaan, Bill Camp, Gary Oldman.

Tráiler

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            Difícil interpretar el devenir de la cartelera española –sobre la cartelera de Ávila en particular, mejor ya ni referirse-. Tres años, y con distribución reducida, ha tardado en estrenarse Sin ley (Lawless) en España, una película que a priori goza del gancho popular que se le suele exigir al cine comercial: un reparto repleto de nombres conocidos –Shia LaBeouf, Tom Hardy, Jessica Chastain, Mia Wasikowska, Guy Pearce, Gary Oldman-, un guionista y un director interesantes –Nick Cave y John Hillcoat- y una temática de ambientación mafiosa, en concreto de gángsters de la Ley seca y los deprimidos años treinta, que parecía experimentar en tiempos recientes una leve resurrección –Enemigos públicos, Gángster Squad (Brigada de élite), la miniserie Bonnie and Clyde y, sobre todo, la monumental serie Boardwalk Empire-. Hasta fue proyectada en el festival de Cannes.

            Sin ley recupera la figura de los contrabandistas de licor del Sur profundo norteamericano, encarnados aquí por tres hermanos complementarios entre los que el benjamín (LaBoeuf), ensombrecido por sus antecesores, trata de abrirse camino a contracorriente, ‘alla Michael Corleone’. Es decir, a raíz del circunstancial vacío de poder dejado por la ausencia, producto de los efectos de esta época de incertidumbre y violencia, del primogénito (Hardy), hombre de ambiciones más moderadas pero rodeado de un aura de admiración y temor a causa de las leyendas acerca de su inmortalidad.

Es éste uno de los rasgos que aproximan la película hacia una cierta sensibilidad del cómic y que de inicio dotan de una particular atmósfera al filme, a los que se unen, entre otros, el caricaturesco dibujo y caracterización del antagonista -un esperpéntico agente federal encarnado con sus habituales limitaciones por Guy Pearce-, el cual también deja tras de sí un reguero westerniano por medio de la colisión entre criminal y ley, entre héroe y villano, entre la moralidad (o como poco un código de dignidad) y la amoralidad, que conduce sin remedio a un encarnizado duelo a muerte.

            Precisamente cuando el argumento demanda mugre y rudeza, brotan en la película los típicos e inadecuados dejes scorsesianos –la narración en off que, describiendo y opinando acerca de una serie de escenas conectadas, y acompañada de música popular, resume la situación de la época desde la perspectiva personal y orgullosa del delincuente- y otros déjà vus formales y temáticos que provocan que, a medida que avanza el metraje, la obra vaya dejando a su paso sensaciones más rutinarias que se metastatizan en un desenlace condescendiente y poco lucido.

Pero, en cualquier caso, la película resulta cuanto menos entretenida, apoyada en la presencia de actores como Chastain o Hardy –a pesar de que tampoco es su trabajo más inspirado-, así como en el buen pulso que luce Hillcoat, por desgracia menos abstracto y menos oscuro respectivamente –y por tanto más impersonal- que en sus precedentes colaboraciones con el singular Nick Cave: La propuesta y La carretera (The Road).

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Los violentos años veinte

10 Jul

“La época que sigue a la Primera Guerra Mundial y los locos años veinte era exactamente igual que la actualidad. Cada uno trabajaba y salía adelante como podía, tratando de hacer las cosas lo mejor posible. Era una lucha sin cuartel.”

James Cagney

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Los violentos años veinte

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Los violentos años veinte

Año: 1939.

Director: Raoul Walsh.

Reparto: James Cagney, Humphrey Bogart, Priscilla Lane, Gladys George, Jeffrey Lynn, Frank McHugh.

Tráiler

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            Raoul Walsh desembarcaba en el cine criminal cuando éste se encontraba ya inmerso en su etapa tardía, a punto de iniciar su deriva última hacia las sórdidas y sombrías callejuelas del noir en vez de esculpir nuevos ídolos de barro, forrados de oro y plomo, que estallen violentamente desde la cima del mundo.

Los violentos años veinte exploraba de nuevo la figura del gángster de la Ley seca como hombre de éxito hecho a sí mismo, expresión malformada del sueño americano y del sistema capitalista que lo hacía posible. Walsh recupera la lectura socioeconómica de los bajos fondos a través de ese realismo próximo al documental que predominaba en los primeros acercamientos al submundo. Con ello, parece pronosticarse incluso un posible carácter cíclico dado el paralelismo de las situaciones de guerra mundial entre el periodo recreado en el filme y la realidad presente en tiempos del estreno.

Así pues, Eddie Bartlett (James Cagney, otrora sólido paradigma del criminal psicótico), no es más que la desgraciada víctima de la ruina moral y económica de la América de posguerra, pesimista acusación también apuntada anteriormente desde otros géneros como el carcelario, con la fundacional Soy un fugitivo al frente. En la mayoría de casos, son las circunstancias y no su naturaleza malvada –patrón tradicional, el de sociópata ambicioso y sanguinario, al que se ajustaría más un personaje aquí secundario como el interpretado por Humphrey Bogart-, las que empujan al individuo común a la criminalidad. No olvidemos que aun en la cúspide de su carrera en el hampa, Bartlett es todavía un optimista dialogante, generoso, amigable y bebedor de leche.

             Con una presentación de contexto y personajes en exceso ingenua, contrarrestada por la agria aportación documental de la narración en off, Los violentos años veinte ofrece de este modo un ascenso en el azaroso negocio del contrabando de licor que plantea un desarrollo casi más empresarial que criminal. Progresión meteórica no obstante encaminada, como no podía ser de otra manera a causa de su carácter aberrante, hacia un destino funesto –purgación social ineludible según las exigencias de la oficina presidencial de Franklin Delano Roosevelt, figura casi reverenciada en el filme-, si bien, como nota de distinción aquí, dignificado con la posibilidad de una redención postrera.

             Esta mirada verista, taciturna y escéptica hacia el delincuente, embarcado en un final que suplanta con pesimismo y amargura la recurrente furia terminal de cintas como Scarface, el terror del hampa, hace notar su influencia en el cine posterior, sobre todo la obra de cineastas como Martin Scorsese.

Una vertiente desmitificadora que destaca sobre sus coetáneas por su madurez y entereza. Un paso más, diferente, áspero y por ello especialmente poderoso, en la defunción definitiva de un arquetipo que Walsh, adoptando una línea más clásica, rematará, esta vez a sangre y fuego, en películas como El último refugio y Al rojo vivo, turbulentos registros crepusculares del género y culminación la trilogía criminal del director neoyorkino.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

La matanza del día de San Valentín

23 Dic

“Puedes llegar lejos con una sonrisa. Puedes llegar mucho más lejos con una sonrisa y una pistola.”

Al Capone

La matanza del día de San Valentín

Año: 1967.

Director: Roger Corman.

Reparto: Jason Robards, Ralph Meeker, George Segal, Clint Ritchie, David Canary.

Tráiler

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            Pese a que su reconocimiento, sobre todo en su faceta de esforzado e hiperactivo exprimidor de dólares, proviene de la serie B fantástica y las adaptaciones, bastante libres, de los cuentos de terror gótico de Edgar Allan Poe, Roger Corman exploró a lo largo de su casi inabarcable filmografía toda variedad de géneros.

             Su primera incursión en el cine gangsteril, cuyos tiempos de esplendor se habían situado en los años treinta, luego mutado y evolucionado en diferentes versiones –cine negro, thrillers policíacos,…-, databa ya de pasada la mitad de la centuria, cuando en 1958 dirige La vida de un gángster y La ley de las armas, filmes en los que Corman trata de adaptar esa temática del ascenso y caída del criminal a modelos narrativos y formales más actuales.

No es sino hasta finales de la década posterior cuando Hollywood vive de nuevo la fiebre por el cine de gángsters, inoculada por el éxito de crítica y público de la sangrienta y pop Bonnie & Clyde, una de las películas que da el pistoletazo de salida al Nuevo Hollywood, y, en cierta manera, rematada por la redimensión total que supone El padrino.

Es precisamente en el mismo año del estreno de Bonnie & Clyde cuando Corman decide reconstruir uno de los episodios capitales de la mitología popular del hampa: la matanza de San Valentín de 1929, perpetrada por los secuaces de Al Capone, y ya inmortalizada en películas esenciales del género como Scarface o, tangencialmente, en clásicos como Con faldas y a lo loco.

             Para La matanza del día de San Valentín, Corman opta por la búsqueda de un realismo más crudo, con una recreación histórica cuidada –incluso con una escenografía con regusto a decorado de tiempos clásicos- y un reparto conocido, lo que exige un presupuesto considerablemente más abultado de lo que solía manejar, cubierto con las ganancias de otras cuantas cintas paralelas más ajustadas a los modelos de serie B; austeras, atractivas y con garantía de beneficios. Un realismo que pasa también, además de por el poco remilgo en el uso de la hemoglobina, por una narración concisa, conducida por una voz en off que presenta a los implicados de manera próxima al documental, fría, mecánica.

Es ahí donde aparece Al Capone (Jason Robards, todo carácter), el último de los gángsteres auténticos, que defiende el uso de la violencia radical frente a las propuestas de parlamento de su cúpula de decisión, transformada en adocenados hombres de negocios, para defender su hegemonía frente a la creciente pujanza del irlandés Bugs Moran (Ralph Meeker). Un mundo poblado por seres destinados a arder en su propio fuego, efímeros imperios con pies de barro que a hierro matan y a hierro mueren.

             Una película construida con estructura elíptica mediante el uso virtuoso de un montaje que va desgranando los preparativos de ambos bandos en una progresión que conduce irremediablemente a la masacre en el oscuro almacén del norte de Chicago, incardinando con gran tino los flashbacks a modo de secuencias retrospectivas sobre el cruento desarrollo de la guerra de mafias, de cómo la violencia ha ido engendrando más violencia en una espiral de sangre, plomo y muerte.

Imágenes repletas de fuerza, ritmo trepidante y tramas criminales que confluyen en una cinta con el entretenimiento que el sello Corman procuraba a todas sus producciones, por pequeñas que fueran, y con la calidad de un director capaz de imprimirle pasión y garra a cualquier historia.

Notable recuperación.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Scarface, el terror del hampa

3 Nov

“Este sistema nuestro, el americano, llámesele americanismo, capitalismo o como quiera, nos da a todos y cada uno de nosotros una oportunidad, si es que somos capaces de aferrarnos a ella con las dos manos y aprovecharla al máximo.”

Al Capone

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Scarface, el terror del hampa

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Año: 1932.

Director: Howard Hawks, Richard Rosson.

Reparto: Paul Muni, George Raft, Ann Dvorak, Osgood Perkins, Karen Morley, Boris Karloff.

Tráiler

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            La década de los años treinta amanecía con un país, Estados Unidos, postrado económica, social y moralmente. Una decepción con el sistema, con ese país de las oportunidades que había caído en un profundo fracaso, que será el germen de un nuevo género que presenta a ese sueño americano de una forma torcida, perturbada.

Es el cine de gángsters, que establece sus fundamentos arquetípicos en Hampa dorada, de Mervyn LeRoy; películas que llevan a la pantalla la vida y leyenda del crimen organizado de la década anterior, la de la puritana, hipócrita e ineficaz Ley seca, también la de la ley del más fuerte en las calles, con elementos históricos y biográficos para retratar a los enemigos número uno de aquellos tiempos como John Dillinger, Bugsy Siegel o Al Capone, artífices de verdaderas estructuras de poder paralelas al Estado, hombres hechos a sí mismos, desde la más absoluta miseria –muchos de ellos serán incluso inmigrantes- hasta la cima del mundo. El sueño americano, en definitiva.

No obstante, el poso de decencia o autocensura obliga al fin trágico de la carrera del criminal, que va a caer desde lo más alto, pero siempre haciendo mucho ruido, cuyo ejemplo más literal, prácticamente testamentario de un género que se extinguía o mutaba en otras formas, será, en toda su gloria y patetismo, el del Cody Jarret de Al rojo vivo, no por casualidad interpretado por la más importante encarnación del gángster implacable, sanguinario y sin escrúpulos en esta época pretérita: James Cagney.

En numerosas ocasiones esto será debido por influencia de un gobierno que no veía con buenos ojos la estelarización de unos modelos de conducta tan amorales e incívicos.

             Howard Hawks, que lo mismo hacía una screwball comedy descacharrante que una trepidante cinta de acción automovilística, que un western clásico, siempre con calidad y atractivo, debutaba en 1931 el cine de gángsters con éxito con The Criminal Code, temática que retoma al año siguiente con Scarface, el terror del hampa, la reconstrucción del ascenso y caída de Tony Camonte, trasunto del verdadero Scarface, Al Capone.

Es esta una película que comienza con el atrevimiento de echar en cara al gobierno su impotencia a la hora de acabar con el crimen organizado, lacra del país. Una denuncia que se acompaña más tarde en el filme con las declaraciones del policía que persigue incansable las organizaciones mafiosas que se suceden violentamente en el poder, pero de manera casi testimonial, contradicha por unas imágenes en las que el gángster vuelve a copar todas las miradas, ejemplo del triunfo personal, de maneras arrogantes y excesivas, vestido con trajes suntuosos, acompañado de bellas mujeres, firme e intocable en la consecución de sus ambiciones, actitud que lo lleva a sangre y fuego de simple guardaespaldas a brazo fuerte del jefe, de mano derecha, a rey absoluto de la ciudad.

Una escalada empedrada por la traición y la desconfianza, con más inconsciencia y ganas de hacer arder el mundo que heroísmo, y ya en la cumbre, donde el cartel luminoso reza con engreimiento el mundo es tuyo, con la perpetua paranoia del que a hierro mata a hierro muere y la única fidelidad de un amigo al que se cruza en el camino la fatalidad vestida de mujer, la hermana de un Camonte al que no se le disimulan unos celos incestuosos, una parte más de la locura, la deformidad moral y la monstruosidad que clama por su fin una vez agotado su furioso estallido.

            Un magnífico guion de un grande de la pluma cinematográfica como Ben Hecht y la mano tras las cámaras de un Howard Hawks en estado de gracia en su búsqueda de la máxima veracidad posible tanto a través de lo espectacular –la acción, con las persecuciones y tiroteos, se mantiene aún poderosa- como de lo sutil, componen una película de gran pegada y pocas flaquezas, quizás un contrapunto cómico que no liga bien con el tono del fin –aunque sí tenga gracia-, cierto manierismo por parte un Paul Muni que emprendía el camino de retorno a Hollywood desde Broadway –una actuación similar pero aún más exagerada si cabe será la de Al Pacino– y un final que posiblemente sobreviene con un poco de precipitación, con menos fuerza respecto al relato del ascenso de Scarface.

            Sí, su remake es la popular, populista, desaforada y de culto Scarface, el precio del poder.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8,5.

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