Tag Archives: Informática

Matrix Revolutions

17 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Harry Lennix, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss, Anthony Zerbe, Mary Alice, Helmut Bakaitis, Collin Chou, Tanveer K. Atwal, Bernard White, Tharini Mudaliar, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Bruce Spence.

Tráiler

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         Todo lo que tiene un principio tiene un final -mientras no lancen una nueva secuela o un reboot-, y el de la trilogía Matrix fue de ruido y furia. Lanzada apenas seis meses después de Matrix Reloaded, Matrix Revolutions se estrenó simultáneamente en más de 20.000 salas de 50 países, entre ellos, por primera vez en un evento semejante, China. Aparte de suscitar una espectación de por sí desaforada, el objetivo era evitar el pirateo informático de la película, una auténtica curiosidad para un relato protagonizado por un hacker devenido en salvador de la humanidad.

         A partir de lo sembrado en la anterior entrega, Matrix Revolutions se ve obligada a saldar la saga en un enfrentamiento épico que, a la postre, reduce su apelotonado repaso filosófico-espiritual a un duelo entre el mesías y su némesis, entre el yin y el yang, entre el bien y el mal. Un cuello de botella que, con no pocas contradicciones, filtra el conflicto entre la máquina y el ser humano acercando las posturas entre ambos -los sentimientos compartidos, como el amor, la solidaridad o la esperanza-.

Si algo destaca en el discurso de Matrix Revolutions como elemento esencial de la existencia humana es la fe. Depositar ciegamente toda esperanza de futuro en algo ajeno a uno de lo que no hay prueba empírica. A golpe de pura insistencia, el concepto alcanza su cima en este desenlace, con cotas de verdadero anuncio religioso. Como en Matrix Reloaded, Neo sigue vistiendo negra sotana mientras sus acólitos le profesan reverencia. Brazos en cruz, el Elegido, que ya encarnaba el universal anhelo del tipo corriente de descubrir que en realidad es un ser providencial llamado a grandes hazañas, inspira definitivamente a los habitantes de Zion para que cumplar su destino legendario -al que llegan paradójicamente por su elección particular, si atendemos al mensaje del filme-. Venida la hora, todos pueden ser héroes. Todos somos Neo, una vez más.

         Matrix Revolutions es una película narrativamente poco consistente y, sobre todo, escasamente imaginativa -cabría rescatar acaso la estación de metro o detalles como la lluvia sobre fondo verde que remite al código de la simulación-. La mitología de la serie, que a fin de cuentas es bastante sencilla, no da para más. Su argumento es el preámbulo, desarrollo y resolución de la batalla definitiva -mil veces vista-, la cual se libra desde lo cósmico -Neo contra Smith- hasta lo común y colectivo -Zion contra la invasión de las máquinas-. No es de extrañar que el relato continuase a través del videojuego, que después de esta conclusión semejaba su prolongación natural. Como si la hubiese contaminado el agente Smith, Matrix era ya mero espectáculo visual. Una pantalla en verde, vacía realmente de sustancia alguna.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

Matrix Reloaded

15 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Anthony Zerbe, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Adrian Rayment, Neil Rayment, Harry Lennix, Helmut Bakaitis, Gloria Foster, Collin Chou, Randall Duk Kim, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss.

Tráiler

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          El boom de Matrix había sacudido inesperadamente a todo el globo, dejando una profunda huella en la manera de abordar y entender la relación entre los ciudadanos e incluso las entidades colectivas con el proceso de expansión de las tecnologias de la comunicación y la información, que colonizaban la vida privada y los espacios públicos. El fenómeno se había plasmado asimismo en los más de 450 millones de dólares de recaudación cosechados en todo el mundo. De ahí que, cuatro años después de la primera entrega, el estreno de Matrix Reloaded supusiera un auténtico acontecimiento internacional, además de una enorme presión para las hermanas Wachowski y su decisión sobre hacia dónde conducir una saga tan influyente en lo cinematográfico y lo sociológico.

          Matrix Reloaded aboga por el camino de la circunspección y la trascendencia -esto es, la pretenciosidad-, y amplía además el escenario mitológico de la serie mostrando los decorados y el funcionamiento de Zion -liderada, entre otros, por un consejero al que presta rostro Anthony Zerbe, quien ya había combatido con fuego a las máquinas en El último hombre… vivo-. Se insiste por tanto en ese existencialismo esencial que se planteaba en Matrix -el sentido de la propia vida, la discusión entre determinismo y libre albedrío, la naturaleza de la realidad-, al mismo tiempo que se consolida la configuración dual del conflicto místico -el Mesías y su Némesis; la eterna lucha entre el Bien y el Mal-, todo ello enredado en una maraña de referencias filosóficas que parecen aglomeradas de una forma un tanto difusa o arbitraria, dentro de un envoltorio de empalagosa espiritualidad cercana al new age -esa estética de la ciudad humana, la unión ecuménica de sus variopintas gentes, sus cuevas de estalactitas y estalagmitas y sus moradores vestidos con prendas de tejido orgánico y aficionados a la batukada-. Es paradigmática la conversación con el Arquitecto, donde el engolamiento y la sobreelaboración del diálogo trata de disimular la sencillez conceptual del asunto.

          En cualquier caso, este fondo trascendental aparece debidamente ribeteado, por supuesto, de un nuevo salto en la espectacularidad de una acción sustentada en buena medida en el impacto de los efectos especiales, que es la otra marca característica de la saga, a la misma altura que lo anterior y con un nivel de influencia idéntico.

Hay una evidente paradoja en la trilogía Matrix que ahora se extrema: su reflexión acerca de la progresiva virtualización de la experiencia colisiona con la intensiva digitalización de las escenas de acción y la dependencia del chroma y del ordenador para componer el fotograma. El efecto bala se redobla, las artes marciales tienen cada vez más vuelo, la persecución de la autovía sacrifica fisicidad artesanal en aras del más difícil todavía, sentando un precedente de referencia para los blockbusters de la década. Pero, ¿qué es una mierda de sicario incorpóreo al lado de la tangible rotundidad de Monica Bellucci? Ya no vale con un agente Smith, han de ser cientos. El espíritu de novelilla de ‘elige tu propia aventura’, que es lo que daba gracia al original, queda por el trayecto.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5,5.

Matrix

13 Ago

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Año: 1999.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Joe Pantoliano, Gloria Foster, Marcus Chong, Matt Doran, Belinda McClory, Julian Arahanga, Anthony Ray Parker, Paul Goddard, Robert Taylor.

Tráiler

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         Para convertirse en un auténtico fenómeno cinematográfico y sociológico, impreso a fuego en la cultura colectiva, Matrix supo rastrear y pulsar las fibras sensibles del cambio de siglo. La democratización y universalización de la tecnología; la expansión de la world wide web, las plataformas y videojuegos virtuales y el alumbramiento de una vida alternativa digital; el efecto 2000 y la amenaza del hacker en la sombra; el milenarismo, la fusión cultural en un mundo globalizado, las coreografías hongkonesas de artes marciales llevadas a un nivel poco o nunca visto anteriormente, la estética de discoteca techno que dominaba el periodo… Todo ello sobre la base de el tradicional y siempre efectivo esquema del aparente marginal -el tipo corriente de aburrida e incluso desazonadora existencia, en resumen- a quien se le revela su razón de ser como mesías providencial, lo cual entremezcla por tanto existencialismo con referencias bíblicas, filosofías orientales, clásicos literarios…

         Dos décadas después, Matrix sobrevive perfectamente como cuestionamiento del homo tecnologicus y de su experiencia de la realidad. Aunque aboga por la distopía tortuosa en lugar de por esa distopía de progreso ilusorio que parece ser la predominante –la sumisión mediante el placer superficial y no mediante la opresión brutal, como pronosticaba Aldous Huxley en Un mundo feliz-, su vigencia argumental puede considerarse reforzada incluso por el desarrollo y ampliación de la vida paralela y simulada por la vía de las redes sociales como nuevo opio en el que hasta se puede cuantificar objetivamente la gratificación obtenida -likes, matches, corazones…-; la ultraexposición de la privacidad también por el big data y los sistemas de espionaje disimulados o hasta relativamente voluntarios; la hiperconectividad y la hiperinformación como herramientas de control y confusión…

Peor fortuna corren todas las escenas que encajarían en un anuncio de batalla de djs, caso de la entrada en Matrix de la tripulación del Nabucodonosor o el imitado y parodiadísimo asalto del recibidor del rascacielos. Con todo, es imposible negar la influencia posterior de esos equilibrios coreográficos, ralentíes de cámara y trucajes visuales como el ‘efecto bala’. El catálogo de horrorosas gafas de sol no se mencionará porque volverán a estar de moda en algún momento de la próxima década.

         En definitiva, en mitad de este universo confuso e inaprensible que conspira contra él, Thomas Anderson, un perdedor cualquiera, se pregunta quién es y qué hace aquí, en un cuchitril nauseabundo, sin amigos y con cara pasmada de estar esperando no se sabe qué. Hasta que, de la nada, el conejo blanco otorga carta de validez a su alter ego Neo y le guía hasta su destino manifiesto, con una épica entre apocalíptica y salvífica a la altura de las más elevadas expectativas de su ego desencantado y doliente con la insulsa vida de todo hijo de vecino. Una alucinación en tonos verdosos o azules, según se esté a uno u otro lado de la ilusión.

Vista desde esta distancia de 20 años -y del paso de la adolescencia a la edad adulta-, se percibe con claridad, en la escena de presentación del protagonista, la construcción trascendental que configuran alrededor de él las hermanas Wachowski -por entonces eran los hermanos Wachowski, como es sabido; un conflicto de identidad que ahora puede añadir un elemento más desde el que interpretar esta temática acerca de personalidades ocultas bajo la piel impuesta a priori por la naturaleza o la sociedad, y acerca de la capacidad de decisión del individuo para conquistar su propio y espectacular sino-. “Eres mi Jesucristo personal”, “necesitas desconectarte”, “no distingo sueño de realidad”… Las claves en la primera conversación.

El fondo es menos intrincado de lo que asemeja, y es probable que las propias directoras y guionistas fueran bien conscientes de ello, porque en esta entrega inaugural de Matrix se hallan infiltrados pequeños detalles de humor y un agradecido regusto de serie B en parte de su imaginería -las torres chisporroteantes del criadero, el gancho de rescate, los enormes enchufes cerebrales, el kung fu, los guiños cinéfagos…-. Son rasgos que casan con ese espíritu de novela juvenil de ‘elige tu propia aventura’ que domina la trama del neófito Neo -arrastrado de improviso a una epopeya inesperada en la que debe ir dilucidando qué pastilla escoge o no, qué camino sigue o no, qué debe creer o no…- y que, en cierto modo, invita a participar al espectador y que resulta bastante entretenido.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7,5.

Steve Jobs

5 Ene

steve-jobs

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Año: 2015.

Director: Danny Boyle.

Reparto: Michael Fassbender, Kate Winslet, Seth Rogen, Jeff Daniels, Michael Stuhlbarg, Katherine Waterston, Perla Haney-Jardine, Ripley Sobo, Makenzie Moss.

Tráiler

            “El biopic es un género sin interés cinematográfico”, sostenía el director Manuel Menchón en una entrevista reciente a propósito del estreno de La isla del viento, que paradójicamente recrea un pasaje de la biografía de Miguel de Unamuno. Sin ser tan tajante, es cierto que se trata de un subgénero usualmente encadenado a una plúmbea estructura que se ciñe a la simple relación cronológica de hechos capitales en la trayectoria existencial del retratado. Es decir, a la acumulación de información sin vida, en una nueva paradoja.

Es, en definitiva, la dificultad de que una biografía real se convierta en cinematográfica, con todos los ingredientes habituales de la ficción que eso conlleva, destinados a sublimar cuestiones que, por lo general -aunque no necesariamente-, ocurren de una forma más prosaica.

            Así las cosas, es interesante el enfoque que escoge Steve Jobs para sintetizar la vida y obra del empresario de la informática, sobre todo, en un plano personal, teniendo en cuenta lo sorprendente que me resulta la idolatría que genera este hombre, por lo visto merecedora de dos películas -la presente y jOBS– y un buen puñado de documentales. El fetichismo por la marca, supongo.

El asunto es que, con el prestigioso Aaron Sorkin a los mandos del guion y del británico Danny Boyle de la realización, el filme expone a Jobs en tres actos, todos ellos ambientados en una ópera como expresión de la teatralización que domina sus acciones y con un mismo esquema que se repite en ellos: los diálogos con personajes esenciales -su ayudante Joanna Hoffman, su hija Lisa, su expareja Chrisann Brennan, los ingenieros Steve Wozniak y Andy Hetzfeld, y el empresario John Sculley– que se suceden torrenciales en los momentos previos a la presentación de un nuevo ingenio informático -el Macintosh en 1984, el NeXT en 1988 y el iMac en 1998-. En paralelo, la fotografía evoluciona para ilustrar los cambios en este tiempo, con fotogramas de 16 milímetros, de 35 milímetros y digital.

            Retornando a este punto de vista privado, me satisface la representación de Jobs como un creador de chismes irrelevantes, por más que insista en invocar a su alrededor a genios y artistas -a efectos de la película, presenta ordenadores como podría presentar aspiradoras-. Un creador de cachivaches a través de los que se refleja su personalidad psicológicamente anómala -la obsesión por la tecnología encerrada en sí misma, la frialdad de la máquina con gestos fingidos de emoción, la agresiva inutilidad de alguno de ellos-, casi al mismo nivel que lo hacen las conversaciones, los choques con el resto de personajes y, en especial, la relación paternofilial con Lisa -en este sentido, será revelador que el único artilugio al que parece atribuirsele una utilidad clara y hermosa sea el venidero iPod-.

Tampoco es un filme especialmente complejo en su reconstrucción de la mente de Jobs y de hecho recurre a algún psicologismo -el trauma de la adopción- que, como comentábamos antes, tampoco tiene por qué ser estrictamente falaz en su sencillez conceptual.

            La narración es enérgica y fluida, superando el apriorístico estatismo que se le podría achacar a una configuración tan definida y cuadriculada. El característico ritmo visual de Boyle, acorde a los vertiginosos diálogos de Sorkin, se atempera curiosamente a medida que se desarrolla el crescendo sentimental del filme, que se enhebra, decíamos, por medio de un encuentro entre un padre y una hija.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

10.000 km.

6 Dic

“El cine español, como el francés o el alemán, es un montón de mierda del que, de repente, surgen cosas hermosas.”

Fernando Trueba

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10.000 km.

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10.000 km..

Año: 2014.

Director: Carlos Marques-Marcet.

Reparto: Natalia Tena, David Verdaguer.

Tráiler

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            ¿El mundo es realmente un pañuelo? A causa y a pesar de la globalización, los programas internacionales de intercambio formativo, cultural y laboral, de los vuelos low-cost y de la conexión universal a través de internet, quien más o quien menos ha experimentado -o como poco lo ha visto reflejado en alguien cercano- las dificultades que suscita mantener una relación de pareja desde la distancia. Si el roce hace el cariño, la lejanía cultiva el desapego.

            10.000 km., debut en el largometraje del editor y cortometrajista Carlos Marques-Marcet, escribe la crónica de uno de estos amores marcados por la distancia que brotan en la nómada juventud contemporánea. ¿Puede ser satisfactorio el romance si se le cercena su expresión física?

En cierto modo, la relación planteada en el filme contiene un grado de frustración equivalente al del amor platónico, aquel jamás realizado de esta manera material. Es decir, plasmado en una caricia cómplice, en un cuchicheo al oído, en el olor particular del cuerpo deseado, en un polvo apasionado, en planes de futuro compartido; y amenazado en cambio por prioridades que se reconfiguran y mutan, por la pérdida de estímulos comunes, por el descubrimiento de realidades distintas que se superponen y sustituyen a las anteriormente establecidas, por el surgimiento de desacuerdos en el modo de interpretar y entender la existencia en pareja,…

            A partir de este concepto, el guion del propio Marques-Marcet explora en paralelo la insatisfacción emocional producto de las redes sociales, de utilidad relativa como medio de contacto aséptico; ineficaces, vacías y desilusionantes a poco que se las compare con el vis a vis de toda la vida. De ahí las metáforas nada sutiles que arrojan las fotografías del Silicon Valley abandonado, epicentro de la realidad virtual; más afortunadas por el contrario en la forma en la que los protagonistas muestran y ocultan porciones de su nueva realidad al otro en esas conversaciones intermediadas por el ordenador.

            Además de la capacidad para captar con verosimilitud este conflicto actual y componer dos personajes vivos, empatizables y comprensibles, el realizador catalán demuestra también un notable talento en la construcción visual de la obra.

Los fotogramas reflejan la paulatina pérdida de intimidad y el nacimiento de fricciones y frialdades, mientras que su sentido de la narración sostiene con firmeza durante todo el metraje una tensión dramática que, en ausencia de exteriores y personajes secundarios, emana de simples retazos de conversaciones y no conversaciones, de estados de ánimo cambiantes, del juego con la proximidad física y sentimental, del recorrido en la carrera divergente en pos un presente/final feliz de estos dos amantes que encarnan con química y acierto, bien orientados, Natalia Tena y David Verdaguer.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Her

25 Nov

“No hay objetos inocentes. Toda esa tecnología invisible no es natural y, por tanto, una expresión de nuestra voluntad y nuestra sexualidad. Todos esos objetos tienen cosas latentes en ellos.”

David Cronenberg

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Her

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Her.

Año: 2013.

Director: Spike Jonze.

Reparto: Joaquin Phoenix, Scarlett Johansson, Amy Adams, Rooney Mara, Olivia Wilde, Chris Pratt.

Tráiler

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            ¿Sueñan los sistemas operativos con ovejas de bites?

En el cortometraje I’m Here, Spike Jonze, un autor dueño de una reconocible sensibilidad creativa y con un refinado sentido de la composición, desarrollaba una historia de amor imposible entre robots narrada con ese estilo naif marca de la casa, melancólico y romántico a partes iguales, y expresado con una cuidada estética al mismo tiempo retro y moderna, perfectamente acoplada a las tendencias imperantes en la moda. La obra reflejaba un amor imposible, decíamos, porque sus protagonistas se rebelaban contra la imposición de no soñar dictada por su naturaleza mecánica y porque la chica en cuestión sufría una extraña tendencia autodestructiva que él trataba de contrarrestar a duras penas ensamblándole piezas de su propia anatomía.

Her, en la que Jonze también ejerce como guionista y director, guarda unos cuantos puntos de encuentro con I’m Here. Ambientada como aquella en un futuro cercano pero impreciso, de tenues y actuales toques vintage –el vestuario ‘normcore’ que ahora también se asienta en el presente, el deje setentero del mobiliario y la fotografía-, Her recorre el enamoramiento tierno, excéntrico e imposible entre Theodore (Joaquin Phoenix), preso de las garras de la soledad tras un traumático divorcio, y Samantha (Scarlett Johansson), su incorpóreo sistema operativo de asistencia diaria, diseñado para aprender y evolucionar de manera orgánica en aras de prestar un mejor servicio al consumidor.

            No obstante, este romance funciona como hilo conductor de una disimulada distopía que expone, con delicadeza y engañosa ingenuidad, múltiples temas, subtextos y alegorías que atañen a la civilización contemporánea y a la esencia misma de la humanidad. En una de sus tramas más visibles, Her actualiza la premisa del despertar emocional del robot en comparación con una humanidad aletargada por la incomunicación, con reminiscencias de pilares tradicionales de la ciencia ficción filosófica como Blade Runner y 2001: Una odisea del espacio. A raíz de este último ejemplo, una escena concreta, que introduce además un pasajero matiz inquietante a la máquina insomne y observadora, parece equiparar a la adorable Samantha con el agresivo HAL 9000: ambos una redonda lente fija bajo cuyo aspecto frío bullen mil y un enigmáticos sentimientos.

            Samantha es, en sentido estricto, una recién llegada al mundo que se maravilla ante los milagros de la vida que le descubre Theodore, lo que dará lugar a un paralelismo exacto al pasado ascenso y caída del matrimonio de éste. Es así un idilio que nace y crece de manera personal en cada uno de ellos y, de paso, también en el público, puesto que Jonze, apoyado en el sorprendente, elogiable y sensual trabajo de voz de Johansson, sabe muy bien cómo seducir y alimentar los deseos y anhelos subconscientes del espectador al igual que, por el contrario, procederá a desbaratarlos con idéntica precisión allí cuando pretenda evidenciar las lagunas absurdas o insostenibles del punto de vista amoroso de Theodore, ya sea revelados por la intervención externa de un tercero, sea por la reflexión del propio personaje.

Así pues, como verbalizará (innecesariamente) el guion, no estamos hablando por tanto del clásico y artificial amor cibernético de telerrealidad –o con simples muñecos: Tamaño natural, Air Doll, Lars y una chica de verdad– en el que un discapacitado emocional encuentra su media naranja en un ‘otro’ inerte, incapaz de discutir sus apetencias egoístas, simple sustitutivo de una realidad hostil y, por ende, complicada y a veces insatisfactoria. Al contrario: Samantha, como programa de secretariado y de reconocimiento de estados de ánimo, posee acceso a todos los secretos y descifra todos los sentimientos que oculta el semblante vaciado de Theodore.

De ahí que la situación de la pareja -que reproduce con fidelidad muchas de las sensaciones típicas del noviazgo tradicional-, sirva como plataforma para explorar la esencia misma del amor –ciego, irracional e incontrolable, indiferente hacia las conveniencias y convenciones, existencialmente realizador-, ya que, además, en cierta manera, la profesión de Theodore –escritor de cartas personales a mano… encargadas por internet y redactadas por ordenador- le sitúa en un plano social muy similar al de Samantha. Y es que, a otra escala, Theodore es también un programa informático de apoyo sentimental para otros individuos incapacitados a la hora de desentrañar y exteriorizar sus emociones particulares.

            De esta última idea se extrae por otro lado la que, probablemente, supone la cuestión fundamental que Jonze examina con su objetivo y que confluye entretejiéndose con todas las anteriores: la mencionada agonía afectiva del ser humano encerrado en su burbuja tecnológica, contrapuesta al entusiasmo, la vivacidad y la insaciable curiosidad material y sentimental del programa informático.

Se diría que la futurística Los Ángeles en la que vive Theodore es un escenario salido precisamente de uno de esos diseños de los sistemas operativos: amigable, informal, agradable, de colores sólidos y optimistas e, invariablemente, aséptico, huérfano de auténtica alma. Hasta que, de improviso, aparecen los reconfortantes rayos de sol a través de una ventana. Un mundo en teoría grato a los sentidos aunque sin la seductora lírica de lo irregular e imperfecto. Una duermevela incómoda. Una bonita caja de regalo hueca, por donde –quizás con demasiada explicitud e insistencia por parte de Jonze- circulan zombis tan solo animados por su conexión a un aparato eléctrico y donde apenas se verá en todo el metraje una conversación al desprotegido aire libre.

Es este el marco en el cual se encuadra la odiada realidad íntima de Theodore y sus ambiguas relaciones personales –su cita, su vecina Amy-. Se trata de un hombre herido y desahuciado en su interior, con el compromiso amoroso cercenado como medida de estricta supervivencia, poseedor de ese halo de desamparo e inocencia infantil en su personalidad característico de los personajes de Jonze. Theodore es, en definitiva, la personalización de una sociedad ficticia que, a su vez, se erige en advertencia de una situación en ciernes a día de hoy. La empatía y la veracidad con la que Jonze consigue capturar en esta vertiente dramática fundamental se antojan como los factores decisivos para el éxito de la inmersión del espectador en la propuesta.

            Cálida y cautivadora a lo largo de su firme desarrollo, sin altibajos ni románticos ni dramáticos pese a la extensión del metraje, Her plantea con una naturalidad nada sencilla sustanciosas y elevadas preguntas existenciales -en buena medida entregadas a la intuición y la interpretación de cada cual-, envolviéndolas de manera armoniosa, atractiva y coherente en una hermosa, sensible y conmovedora historia de amor.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9.

eXistenZ

24 Nov

eXistenZ, Cronenberg en su salsa para el Especial David Cronenberg de Cinearchivo.

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