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El hidalgo de los mares (El capitán Horatio Hornblower)

23 Ene

Cine Archivo rinde homenaje a la figura referencial del crítico José María Latorre, fallecido recientemente. Un servidor escribe acerca de El hidalgo de los mares, también conocida como El capitán Horatio Hornblower: una cinta de aventuras marinas a todo color que, curiosamente, aportaba uno de sus fotogramas a la portada de una de las obras más preciadas de Latorre, La vuelta al mundo en 80 aventuras.

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Sammy, huida hacia el sur

7 Mar

“Todo es explicable en los términos de la conducta de un niño pequeño.”

Stanislaw Lem

 

 

Sammy, huida hacia el sur

 

Sammy, huida hacia el sur

Año: 1963.

Director: Alexander Mackendrik.

Reparto: Fergus MacClelland, Edward G. Robinson, Zia Mohyeddin, Constance Cummings, Paul Stassino, Orlando Martins, Harry H. Corbett, Zena Walker.

 

 

             Según Alexander Mackendrick, el cine de aventuras infantil no es un espacio luminoso, ni un escenario apropiado para hazañas exóticas e inmaculadas, ni el protagonista del relato superará las pruebas de la vida, alcanzando con ello la madurez, gracias a la inmarcesible pureza que, en teoría, caracteriza a su condición de niño.

Aunque divertidas e imaginativas, las aventuras infantiles que propone Alexander Mackendrick se desarrollan más bien en ambientes que, bajo su espectacularidad, esconden abundantes parajes umbríos y sucios, mientras que el niño no es ni por asomo un dechado de virtudes sin corromper, el buen salvaje de intacta ingenuidad que presume la tradición popular.

             Si bien esta concepción particular, honesta y apasionante alcanzará su cima con Viento en las velas, la precedente Sammy, huida hacia el sur, ofrece ya un estimable ensayo, aunque aún imperfecto, sobre sus principales claves.

La aventura del pequeño Sammy, hijo de la caída del Imperio británico afincado con su familia en el Port Said rebelde de mediados de la centuria pasada, se inicia en un ambiente hostil y extraño, entre alambres de espino y altavoces que escupen lenguas incomprensibles y amenazadoras; una experiencia que nace de la más atroz tragedia: la muerte de sus padres durante uno de los bombardeos ingleses sobre el estratégico enclave egipcio.

Así, a pesar de tratarse de un viaje iniciático, Sammy, tal y como refleja un primer plano sobre su mirada, ha perdido ya la inocencia en la primera secuencia.

             Imagen paralela de toda una nación en decadencia, el antiguo rey del mundo se encuentra ahora confuso y desamparado –de la misma manera que más tarde puede pasar a ejemplificar la integración británica en un nuevo panorama multicultural o, al mismo tiempo, la preeminencia racial capaz de conquistar, aun de niño, un territorio remoto e inhóspito-.

Una situación desesperada que conduce al protagonista la decisión de realizar un descabellado viaje a la lejana Durban, Sudáfrica, lugar de residencia de una tía desconocida; diáfano rito de paso necesario hasta lo obsesivo para la madurez del joven, y, a su vez, auténtico acto catárquico y de expiación personal –significativo en este recorrido circular redentor serían el parecido físico entre los adultos que aparecen en el inicio y el final del filme-.

             Conviene mantener cierta distancia frente los pasajes de la fantasiosa e improbable epopeya que lleva a un crío de apenas diez años a atravesar el continente africano en solitario, perteneciente al cine de aventuras más clásico y envejecido, con diferencia la parte menos entusiasmante del filme por ello, pese lo solvente de su narración. Una actitud condescendiente hacia los códigos del género que servirá para disfrutar en mayor medida de la deslumbrante clarividencia y finura de Mackendrick a la hora de exponer la parte más turbia y perturbadora de la obra.

Porque aparte de la muerte, decisiva y omnipresente en todas las fases del argumento, Sammy, huida hacia el sur no duda en arrojar a la cara del espectador cuestiones tan abrasivas como las insinuaciones sexuales del mercader sirio –en su mayoría cercenadas en el guion y la sala de montaje por la productora-, la mentira como parte indisociable y obligatoria del hombre –compartida en la narración de su vida tanto por el joven como por un ídolo casi mitológico, que en realidad no lo es tanto-, la irreparable y duradera parte oscura que conlleva toda gloria efímera –la caza del leopardo-, la mirada dura y sin brillo de Sammy ante muchas de las maravillas que se despliegan ante él, o la difusa ética de la infancia, ejemplificada en su utilización de otros individuos como simple herramienta para su propósito –los americanos, el santón musulmán- o en la aceptación de la violencia como de un hecho perfectamente risible –el referencia a la terrible huida de casa del viejo cazador, tratada como una anécdota cómica-.

             De este modo, como en la citada Viento en las velas, lo mejor del filme procede de la insólita relación entre el niño y su objeto de idolatría, en este caso un crepuscular Edward G. Robinson de profesión cazador furtivo de diamantes, desde luego un ejemplo de vida alejado de cualquier canon civilizado. Padre, hermano, amigo, posible visión de futuro y, como el capitán Chávez de aquella, un héroe a imitar que hace acto de presencia ascendiendo por una cuerda, con el mismo efecto de instantánea revelación divina ejercido tanto sobre el muchacho como sobre el espectador, emparentados en la experiencia a su vez por una cámara que siempre se sitúa a la misma altura que su protagonista.

Mackendrick explota su habilidad para la dirección de actores, en especial infantiles, para establecer una relación de profunda complicidad entre un hombre de vuelta de todo y un niño que necesita encontrar el rumbo de su propia vida, entre un viejo bribón criado por las implacables circunstancias y un ser humano aún por moldear, con todas las incertidumbres y peligros que ello supone.

             Y, a lo largo de ese agridulce proceso de iniciación y aprendizaje, Sammy, huida hacia el sur compone, por tanto, un cine de aventuras tan desapacible como notable.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Las montañas de la luna

20 Ene

“Los viajeros son como los poetas: se trata, en su mayoría, de una raza airada.”

Richard Francis Burton

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Las montañas de la luna

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Las montañas de la luna

Año: 1990.

Director: Bob Rafelson.

Reparto: Patrick Bergin, Ian Glen, Paul Onsongo, Delroy Lindo, Fiona Shaw, Richard E. Grant.

Tráiler

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             Acaso en un proceso paralelo al western, el cine de aventuras atravesaba momentos difíciles a finales de los ochenta, perdido en una década ruinosa para numerosas productoras, en el encarecimiento exponencial de las películas destinadas al gran público, los albores del auge del indie norteamericano producto del inesperado éxito de Sexo, mentiras y cintas de video y el fracaso de crítica y público de productos nostálgicos como Piratas, de Roman Polanski.

             Carolco, una de las firmas independientes más pujantes del momento gracias a sus fundadores Mario Kassar y Andrew Vajna, productores ejecutivos de taquillazos como Acorralado, Terminator o Desafío total, apostaban entonces por recuperar el espíritu más clásico del género con Las montañas de la luna, recreación de la búsqueda de las legendarias fuentes del río Nilo por los exploradores Richard Burton y John Speke a mediados del siglo XIX.

Es decir, un material de base excelente en el que reproducir la epopeya de aquellos arrojados hombres lanzados a pecho descubierto a la revelación de los sobrecogedores misterios ocultos en vastos continentes desconocidos y, además, en la mejor línea de la aventura tradicional, explorar a su vez las complejidades íntimas de aquellos fascinantes personajes, todo vitalismo, pasión y coraje.

              Es por esta razón por la que no se comprende cómo Bob Rafelson entrega entonces un producto que se queda en el envoltorio, muy bien presentado, con notables caracterizaciones y ambientación y preciosos escenarios naturales, pero carente de alma.

La odisea en sí, introducida después de una aletargante presentación con demasiado celuloide localizado en la Inglaterra victoriana y posteriormente desarrollada como una simple relación de desdichas a superar, carece de épica y de entusiasmo aventurero.

Tras el innecesario gasto de metraje -que bien se podía haber destinado a una profundización en el periplo en sí y en sus protagonistas- y de entre el acartonamiento general, tan solo se vislumbran chispas cuando la cinta se relaja y, como proclama Burton -figura por cierto retratada desde una total complacencia-, vive y disfruta del viaje y de su relato, tal y como ejemplifican algunas secuencias ubicadas en el exótico reino del soberano Ngola o el encuentro entre Burton y Livingstone.

             Del mismo modo que sucede con la epopeya, la exposición de la amistad entre ambos expedicionarios, su hermanamiento en una pasión común a partir de arquetipos opuestos –el erudito independiente y osado hacia los desafíos y la sociedad, comprensivo con las culturas del mundo, encarnado por un buen Patrick Bergin, y el estirado señorito inglés, representante del Rule Britannia! por la gracia de Dios y la Reina, interpretado por un menos intenso Ian Glen-, resulta también fría y superficial, especialmente patente en un desenlace -el enfrentamiento de los dos amigos en nimias rivalidades de salón de té, de nuevo en suelo inglés-, que acaba por interesar más bien poco cuando debía rebosar tanta emoción como el camino recorrido hasta llegar a él.

             Lamentablemente, la decepción hace que uno añore todavía más a los viejos pícaros Daniel Dravot y Peachy Carnehan, auténtica y diáfana exaltación de la vida como aventura.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 4.

El último mohicano

19 Jun

“¿Por qué iba a querer interpretar a un inglés de mediana edad y clase media?”

Daniel Day-Lewis

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El último mohicano

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Año: 1992.

Director: Michael Mann.

Reparto: Daniel Day-Lewis, Madeleine Stone, Steve Waddington, Rusell Means, Eric Schweig, Jodhi May, Maurice Roëves, Wes Studi.

Tráiler

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             Cineasta tardío, Michael Mann lograría llamar la atención de la crítica especializada con su cortometraje Jaunpuri, galardonado en el Festival de Cannes, y un telefilme, Hombre libre, vencedor de tres Emmys y del premio del Directors Guild of America. Aunque su mayor reconocimiento posterior se deba al thriller, concebido éste como un grandilocuente espectáculo trágico, la primera obra en consagrar a nivel popular a Mann tras cintas inadvertidas como Hunter -primera aproximación a la figura del doctor Hannibal Lecter– y una labor más centrada en los aspectos de producción de la serie televisiva Corrupción en Miami, será la adaptación de un clásico de aventuras del siglo XIX, El último mohicano, de James Fenimore Cooper.

             Una revisión ésta en la que Mann juega sus cartas con inteligencia y habilidad de artesano, introduciendo sustanciosas variaciones a partir de un hilo conductor similar –una epopeya romántica ambientada en las pugnas anglofrancesas en la América colonial del siglo XVIII- para componer un atractivo, aunque epidérmico, entramado de épica bélica y melodrama amoroso.

El cuidado en el tratamiento de los personajes permite que, pese al cierto maniqueísmo en parte matizado, estos resulten vivos –un tanto menos la protagonista femenina que, al igual que la algo acartonada trama amorosa de la que forma parte resulta algo más desdibujada-, enriquecidos por la capacidad interpretativa de un sólido reparto encabezado por el siempre intenso Daniel Day-Lewis quien, en uno de esos alardes de exhibicionismo gratuito e irrelevante tan del Método, tuvo a bien instalarse en lo salvaje durante varios meses sustentándose del terreno para capturar el alma del agreste Ojo de Halcón.

             Narrada con pulso firme, El último mohicano goza de un cuidadísimo acabado artístico en lo que se refiere a una sobrecogedora escenografía natural, un esmerado ejercicio de recreación histórica y una banda sonora, firmada por los compositores Trevor Jones y Randy Edelman, de lo más resultona.

Eficaz en sus pretensiones.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

El nuevo mundo

15 Jun

“Creo que Malick prefiere construir una casa que entrar en el mundo de las inmobiliarias y venderla.”

Brad Pitt

 

 

El nuevo mundo

 

Año: 2005.

Director: Terrence Malick.

Reparto: Q’orianka Kilcher, Colin Farrell, Christian Bale, Christopher Plummer, August Schellenberg, Wes Studi, Yorick van Wageningen.

Tráiler

 

 

            Después del fracaso de público de la infravalorada Días del cielo mediarán veinte años hasta que Terrence Malick rompa su silencio cinematográfico con La delgada línea roja, extraordinario retrato del hombre enfrentado a la irracionalidad.

Esta vez, empleando un guion escrito tres décadas atrás, Malick tan solo aguardaría un lustro para entregar su nuevo poema en imágenes: la revisión del romance entre el capitán inglés John Smith (Colin Farrell) y la princesa algonquina Pocahontas (la suizo-peruana Q’Orianka Kilcher) en la virgen Norteamérica del siglo XVII. El encuentro entre un mundo enfermo y caduco y el Edén del buen salvaje, la transformación del hombre y la civilización, medidas insignificantes frente al todo de la Naturaleza y el Universo, por el amor y el desamor.

            Como en La delgada línea roja, el cineasta tejano propone el renacimiento de un hombre alienado por el contacto con la pureza e inocencia idílica de una sociedad no maleada por los vicios del mundo moderno, urbano, fabril y destructivo. La vida como un continuo nacer y renacer, un proceso de metamorfosis interior derivado del contacto humano.

Así, destaca el contraste entre ese buen salvaje –los algonquinos aquí, los melanesios en La delgada línea roja, la infancia en Días del cielo y, en cierto modo, Malas tierras-, nacido de la Naturaleza –unas escenas acuáticas que tienen algo de seno uterino-, en comparación con Smith, devuelto a la vida al conmutársele su condena a muerte en el mismo cadalso mugriento.

Un proceso de incesante muerte y resurrección de ilusiones y esperanzas que va enlazando toda la estructura capitular del filme.

            El nuevo mundo de la vieja civilización que nace ya corrupto, presa de unos vicios incardinados en su putrefacto interior. Unos seres extraños y aparatosos, intrusos en un paraíso al que no pertenecen y al que, con su solo contacto, ya contaminan de manera irreparable –premisa que ya aparecía también, aunque más tangencialmente, en La delgada línea roja-. Incluso en un contacto virtuoso como el del amor entre ese Smith en busca de lavar su alma de pecados, ser marginal por su origen humilde y sus loables, incomprendidas y utópicas intenciones de igualdad y hermandad, y la princesa nativa –nunca se llegará a mencionar su nombre, ni falta que hace-, convierte a ésta en un ser desplazado por su propio pueblo, causa de su perversión.

Qué mundo éste en el que el amor es causa de desgracia, objeto utilitario ponderado desde un punto de vista racional, político y económico.

             Malick expone un romance en el que el amor doliente forma parte de una emoción con dos caras entrelazadas, unidas a esa constante de muerte y resurrección.

Su incomparable sensibilidad para traducir en imágenes emociones y sentimientos, amor, dolor, esperanza, melancolía, vida y muerte, vuelve a ponerse de manifiesto en la armónica combinación entre la soberbia dirección de actores -capaz de extraer la máxima capacidad del irregular Farrell, impulsar a su máxima expresión la belleza exótica y cándida de Kilcher y conjugar los esfuerzos de todo el reparto-, la precisa banda sonora de Howard Shore y  una puesta en escena desbordante, que recoge la belleza de lo natural hasta el preciosismo y escribe poesía con los pequeños gestos y milagros cotidianos olvidados o imperceptibles para el ojo distraído, concatenando hombre, naturaleza y divinidad en un solo entre, desde la exuberancia de las costas y los bosques inmaculados de Virginia hasta la cenicienta e infecta Londres, orgullo de lo civilizado donde se ha perdido el contacto con lo primigenio, con lo que define y hace bueno y noble al ser humano, donde la Naturaleza se encuentra domada en pequeños reductos, desnuda de su alma, como el hombre que osa dominarla.

Lírica, hermosa y profunda.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 9.

Motín a bordo

17 Sep

“No hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va.”

Séneca

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Motín a bordo

Año: 1984.

Director: Roger Donaldson.

Reparto: Anthony Hopkins, Mel Gibson, Tevaite Vernette, Daniel Day-Lewis, Bernard Hill, Liam Neeson, Laurence Olivier.

Tráiler

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            Hasta en cuatro ocasiones había sido ya llevado al cine el motín del buque armado de su majestad Bounty, acontecido en 1789, desde una versión silente australiana en 1916, pasando por el debut en pantalla de Errol Flynn en In the Wake of the Bounty en 1933, hasta las dos cintas más populares, La tragedia de la Bounty, dirigida en 1935 por Frank Lloyd y protagonizada por Charles Laughton y Clark Gable¡sin bigotito!– como el capitán Blight y el primer oficial Christian respectivamente, y Rebelión a bordo, de 1962, con Lewis Milestone en la dirección -como reemplazo del agotado Carol Reed– y papeles principales para Trevor Howard y Marlon Brando, que convirtió el rodaje en un ejercicio de egomanía.

            Motín a bordo, la versión que nos ocupa, supone el salto a las producciones hollywoodienses de Roger Donaldson, australiano procedente del cine de Nueva Zelanda, donde había sido uno de los miembros fundadores del New Zealand Film Commision, el principal organismo del Séptimo Arte del país.

Con un presupuesto holgado, Donaldson se hace cargo de esta quinta versión con el objetivo de conseguir una película más ajustada a la realidad histórica que las anteriores, lo que se pretende obtener, aparte de superando el cartón piedra, los decorados tropicales de estudio y los actores disfrazados de indígenas, reduciendo la carga maniquea y melodramática del relato a través de suavizar los personajes del capitán Blight, no presentado ya como un auténtico déspota de cubierta, y un primer oficial Christian al que por su parte se lima su carácter de héroe romántico, incluso con relación de amistad en un inicio, personajes entregados al británico Anthony Hopkins y a la principal estrella en ciernes procedente del país austral, Mel Gibson, también debutante en el cine estadounidense.

En cambio, no varía la tensión y lucha psicológica y moral entre ambos, insoportable en un espacio tan febril y claustrofóbico como el de un barco, como se escenifica en otras obras desarrolladas en ambientes marineros como el Billy Budd, marinero de Herman Melville, llevado a la gran pantalla en La fragata infernal. Un enfrentamiento entre el ambicioso e inflexible Bligth y el valeroso y pasional Christian, acaso representantes del choque paralelo entre los corsés de lo civilizado y la libertad del buen salvaje, que despertará con el contacto entre la tripulación y los nativos de Tahití, uno de los puntos clave en su ruta, un encuentro en el que se intercambian saludos de amistad, cuerpos esculturales semidesnudos y flores y frutos tropicales por lujuria y salvas de cañones.

Como en la obra de Melville, con el rencor del reprimido y tiránico suboficial Claggart hacia el libre y bondadoso Billy Budd, la civilización, altanera y rígida, teme y rehuye, escondido tras una eufemística “fuerza de carácter”, la felicidad que se obtiene por los sentimientos, por vivir la vida sin el prejuicio y las ataduras de los valores creados por ella. Porque qué ser humano en sus cabales, en plena posesión de los sentimientos más básicos y naturales al hombre, podría resistirse a esa oferta de Paraíso.

            En mi opinión, Motín a bordo sabe conservar el sabor de los clásicos a través del buen hacer de Donaldson, con un sentido de aventura marinera que explota, para mayor realismo, las posibilidades técnicas alcanzadas ya en aquel entonces y unas hermosísimas localizaciones, y un guion aceptable al que en todo caso se le puede achacar que sus protagonistas, sobre todo Christian, algo desdibujado en ocasiones, hayan cedido parte de su profundidad en esa búsqueda de verosimilitud histórica y huida de lo melodramático, quizás, al mismo tiempo, también de lo cinematográfico.

Destaca un reparto en el que, pese a no ser ni Laughton, ni Brando, el duelo Hopkins-Gibson mantiene un notable nivel.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 8.

Quemada!

11 Ago

“En las revoluciones hay dos clases de personas; las que las hacen y las que se aprovechan de ellas.”

Napoleón Bonaparte

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Quemada!

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Año: 1969.

Director: Gillo Pontecorvo.

Reparto: Marlon Brando, Evaristo Márquez, Renato Salvatori, Norman Hill.

Opening

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             Gillo Pontecorvo, cuya filmografía presenta en su mayor parte documentales, ya había dado muestras de su firme compromiso de izquierdas desde su debut con Prisioneros del mar hasta los filmes que le había otorgado reconocimiento internacional: Kapò, sobre los campos de exterminio nazi, y La batalla de Argel, a propósito de la descolonización de la Argelia francesa; siempre con el apoyo en la lituratura de Franco Solinas, sea como guionista, sea como escritor o sea como ambos, como en este caso.

             Con Quemada!, Pontecorvo retomaba precisamente este tema de la descolonización, coincidiendo con una época en la que el proceso de desmembramiento de los grandes y caducos imperios coloniales era ya continuo e inevitable, al mismo tiempo que se sucedían procesos de neocolonialismo, más subrepticios pero sin duda similares, derivados de los movimientos de la política internacional de Guerra Fría (Vietnam, Europa del Este, gobiernos-títere de los norteamericanos en Centroamérica, procesos revolucionarios de inspiración y subvención soviética en África, luego la infructuosa invasión de Afganistán, etcétera).

             Así pues, Pontecorvo usa la figura de William Walker (Marlon Brando), enviado del almirantazgo inglés a la (imaginaria) isla caribeña de Queimada, para volcar en la pantalla su discurso acerca de los procesos revolucionarios auspiciados por las grandes potencias, apoyos que no hacen sino esconder sus propios intereses coloniales; un personaje inspirado, al menos en el nombre, en uno de los llamados filibusteros norteamericanos –aventureros y mercenarios privados destinados a ejecutar el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe estadounidense de manera extraoficial- que participaron en las independencias de varias regiones del continente en el siglo XIX.

Un contenido y más que correcto Marlon Brando envuelve en un halo de decepción y pesimismo la mirada de un personaje que es un cirujano de las revoluciones, un hacedor de independencias al servicio de la corona británica –más tarde de la compañía inglesa de explotación de caña de azúcar, que no es muy distinto-, pragmático y en cierta manera vacío -de lo cual es consciente, de ahí su trasfondo de tristeza-, entregado a su trabajo, empleando a las personas sobre el escenario de las rebeliones y luchas como piezas de ajedrez en el tablero, como es el caso de José Dolores (sorprendente Evaristo Márquez, sin experiencia de actor, elegido por Pontecorvo en el mismo lugar de rodaje), aparentemente un isleño más pero iluminado un aura de carisma especial que servirá a Walker para crear la revolución sobre sus hombros.

            De esta manera, Pontecorvo expone su visión de las revoluciones románticas latinoamericanas del siglo XIX –esta en particular toma algunos rasgos de la independencia de Haití-, siempre con el pueblo inevitablemente oprimido entre el juego de las grandes naciones coloniales y la plutarquía imperante con sus egoístas señores, tiranos y caciques locales; el idealismo romántico e ingenuo aniquilado por los intereses de los mercados internacionales y su propio alejamiento de la realidad del pueblo llano; el empleo y luego vana destrucción de títeres al servicio de intereses ajenos a la causa,… expresado con recursos que hacen patente el origen como documentalista de su autor, evidente en pasajes didácticos como la aparición de personajes –o de voz en off– que explican directa o indirectamente al espectador la situación y las causas y procesos que concurren en ella, sin caer nunca en la machaconería o el simplismo pueril.

             Sería injusto acusar a Pontecorvo de miedo o falta de riesgo en rodar escenas de acción –robo, batallas-, puesto que los desastres de la guerra quedan ya bien representados en esas imágenes de miseria, destrucción y cadáveres, a la vez que la espectacularidad no es el objetivo del autor, sino expresar un mensaje a través de una película que, a pesar de tardar un poco en entrar en calor y poseer cierta tendencia discursiva, desde su claro posicionamiento ideológico, siempre muestra una enorme lucidez, enjundia, precisión, y, aún en la actualidad, una vigencia fuera de toda duda.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8,5.

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