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Alarma en el expreso

26 Jul

“Seamos lógicos, si lo analizamos todo en términos de plausibilidad o credibilidad no hay guion de ficción que resista la prueba y acabas haciendo un documental.”

Alfred Hitchcock

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Alarma en el expreso

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Alarma en el expreso

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Año: 1938.

Director: Alfred Hitchcock.

Reparto: Margaret Lockwood, Michael Redgrave, Paul Lukas, Dame May Whitty, Cecil Parker, Linden Travers, Naunton Wayne, Basil Radford, Philip Leaver, Catherine Lacey, Mary Clare, Emile Boreo.

Tráiler

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             Alarma en el expreso es uno de los escalones finales que Alfred Hitchcock escalaría antes de ser reclutado finalmente por el coloso de Hollywood, desembarco que acontecería dos años y una película entre medias más tarde, de la mano del productor David O. Selznick y de Rebeca –que, no obstante, todavía parece una película con denominación de origen británica-.

             Alarma en el expreso representa, sin duda, la quintaesencia del cine de Hitchcock, amén de suponer su mayor éxito de taquilla en esta etapa británica de su filmografía. Se trata de un grato divertimento en el que dos personas comunes –una mujer aventurera que vuelve a casa para formalizar un indeseable matrimonio de conveniencia y un entusiasta investigador del folclore centroeuropeo-, se ven envueltos, por azares del destino y de la Historia –el crispado clima prebélico de la Europa de 1938- en una arrolladora trama de misterio, peligro y emoción –la inexplicable e incluso cuestionada desaparición de una anciana a bordo de un tren que viaja a Londres desde un país ficticio bajo el yugo de un régimen fascista-, que además se encuentra aderezada con un malicioso y particular sentido del humor: en un principio, las supuestas actividades de espionaje provienen de una pareja de ciudadanos ingleses que, en realidad, solo están empeñados en conocer el estado de un partido de cricket en ciernes –Naunton Wayne y Basil Radford, que gracias a su excelente química repetirían dúo en cintas como Tren nocturno a Munich, Millones como nosotros y en el episodio cómico de Al morir la noche-.

Desde su costumbrista presentación en el hotel –menos interesante-, los personajes secundarios, bien tratados, aportan un elemento providencial con sus mezquindades y egoísmos particulares para dar forma a un entramado en el que la intriga parte de un juego con la mente alterada de la protagonista (Margaret Lockwood) para luego matizarse y enraizarse en un contexto más tangible, inminente y por desgracia aterrador –la insoportable tensión política del momento-, el cual revela que, en efecto, es difícil saber con certeza qué ocurre a nuestro alrededor.

             Ligera y divertida, respaldada por el excelente trabajo del elenco y la firme dirección de Hitchcock, Alarma en el expreso transcurre con una notable dosificación del suspense y el acertado empleo de la inquietante atmósfera internacional, razón por la que incluso desliza un claro posicionamiento a favor de no hacer oídos sordos a la situación, ni dejarse llevar por un falaz y timorato pacifismo que solo esconde desinterés y cobardía.

No es óbice por tanto que el guion someta el absorbente aspecto psicológico del enigma –el convencimiento de la mujer acerca de una realidad que el resto de personajes le desmiente con vehemencia- a la explotación del nerviosismo y la sensación de amenaza que por entonces recorría, como un fantasma agorero, el territorio de una Europa que, pese al bucolismo del decorado, es percibida ya como inminente campo de batalla.

             Su remake de 1979, La dama del expreso, hundiría definitivamente los legendarios estudios Hammer, que no volverían a producir un filme hasta 2008.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Barton Fink

24 Jun

“Hollywood me gusta tal y como está. Especialmente, me gusta el hecho de que esté a casi 5.000 kilómetros del lugar donde vivo.”

Joel Coen

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Barton Fink

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Barton Fink

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Año: 1991.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: John Turturro, John Goodman, Judy Davis, John Mahoney, Jack Lipnick, Jon Polito, Tony Shalhoub, Steve Buscemi, Richard Portnow, Christopher Murney.

Tráiler

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           Los hermanos Coen viajan a los infiernos de Hollywood y ascienden a los cielos de Cannes, premios a la mejor película, mejor director y mejor actor mediante.

Un caso agudo de página en blanco experimentado a finales de los ochenta mientras escribían Muerte entre las flores, sumado a la aversión natural que provoca el ogro tiránico de Hollywood en aquellos cineastas independientes a ultranza, fundaron los cimientos para que Joel y Ethan Coen construyeran Barton Fink, visión satírica y apocalíptica acerca de los terrores nacidos de la colosal industria del entretenimiento estadounidense.

           Fink (John Turturro), dramaturgo pretencioso y con aspiraciones de revolucionar la escena para crear un teatro “vivo” y para “el hombre común”, cae en las redes del gigante hollywoodiense, pescado a golpe de dólares por el productor Jack Lipnick (impresionante Michael Lerner), trasunto del legendario Louis B. Mayer.

Como una roca que, solitaria, sufre los embates furibundos del océano, Fink se adentra en un infierno intelectual –la opresión artística y la crisis creativa bajo las órdenes de Hollywood-, que se manifiesta terrenalmente en el sórdido hotel donde naufraga digno competidor del Overlook que sumía a Jack Torrance en la locura– y que, yendo todavía más allá, encuentra su correspondencia con el clima prebélico que azota el país, al borde del sumirse en el horror de la Segunda Guerra Mundial.

           Iconoclastas y libérrimos, los Coen agolpan comedia, terror y drama en la cabeza atormentada de su protagonista, quien se embarca en un relato donde la realidad cruda y la alucinación enajenada se encuentran indistinguibles de forma más evidente que en ningún otro de su particular filmografía. Los símbolos, las referencias cultas y cinematográficas y la metalingüística estallan ora sentenciosas, ora irónicas para reventar sin piedad la perspectiva que ofrece Fink de su turbulenta estancia en Hollywood, donde mezcla su martirio con premios Nobel subastados al alcohol (el W.P. Mayhew encarnado por John Mahoney, sosias de William Faulkner), atractivas y trágicas secretarias (Judy Davis), tramas criminales insospechadas, diabólicos vecinos de puerta (John Goodman) y angustia existencial a raudales.

El propio Fink es una figura en esencia mentirosa: mientras clama por elevar el arte a la altura del hombre de a pie, se niega a escucharle y es incapaz siquiera de comprenderle. Su trabajo, además, consiste en crear embustes que desaten emociones artificiales, sea desde las tablas de Broadway, sea desde el celuloide de Hollywood.

           Vitriólica hasta en su opaco cripticismo, Barton Fink tiene tanto de gamberrada como de alegato. No conviene tomarse en serio el hostigamiento surrealista del filme. Es parte del truco, del engaño mediante el cual los Coen atrapan por igual a artistas presuntuosos como Fink y a productores populacheros y despiadados como Lipnick. Es preferible sentarse a la par de los creadores y disfrutar la descacharrante meticulosidad con la que despliegan visual y sensorialmente este averno real y figurado pero siempre auténtico, desbordante de detalles de enorme talento y originalidad.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Propiedad condenada

23 Abr

Quien tiene un amigo tiene un tesoro. El segundo largometraje como director de Sydney Pollack viene de la mano de su amistad con Robert Redford, quien lo recomendará para el puesto. A su vez, el rubio actor había entrado a formar parte del proyecto gracias a la intermediación de la protagonista escogida, Natalie Wood. Análisis de Propiedad condenada para la primera parte del especial Sydney Pollack en Cine Archivo.

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El silencio del mar

13 Feb

“Hay buena gente en todos los bandos.”

Harrison Ford

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El silencio del mar

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Año: 1949.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Howard Vernon, Nicole Stéphane, Jean-Marie Robain.

Tráiler

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            En su estreno en el séptimo arte, Jean-Pierre Grumbach, adoptado ya el apellido de Melville como homenaje a su ideal de contador de historias, escarbaría en las cenizas todavía ardientes de un hecho capital en la Historia y en su propia biografía, la Segunda Guerra Mundial, aunque escogiendo para ello un ángulo diferente, propio, ajustado a una sensibilidad particular. El silencio del mar, basada en la obra homónima de Vercors, héroe de la Resistencia, es una demostración de confianza, seguridad, talento y personalidad impropia de un primer largometraje.

            El niño que había descubierto la magia del cine gracias al pequeño proyector Pathé-Baby de 8 milímetros se ponía ahora detrás de una cámara profesional para realizar una película doliente y poética acerca de las heridas abiertas en Europa y del fracaso del entendimiento entre los pueblos.

A través del encuentro de un insólito triángulo de personajes –un campesino francés, su sobrina y un oficial alemán-, concentrados esa especie de limbo que es la residencia de los invadidos donde permanece alojado el invasor, El silencio del mar compone un canto al arte, los valores y los ideales regalados por Francia al mundo –la revolución de 1789, la belleza de sus campos y ciudades, la literatura universal de Rabelais, Balzac, Víctor Hugo, Baudelaire,…-.

Pero el filme trasciende el simple chauvinismo galo –no faltan las críticas al descalabro de la política francesa, ni a la venta de sus logros seculares “por un plato de lentejas”-, para describir la amarga derrota del romanticismo paneuropeo; de la alianza entre naciones inspirada por aquello que define a la civilización: el arte, la cultura, la belleza más elevada, tanto artística y geográfica como incluso física –las constantes alusiones al matrimonio entre países, sintetizados en el amor platónico del militar por la sobrina de su hospedador-.

Y es que, en definitiva, El silencio del mar captura el brusco impacto de un amor platónico –por un país, por una muchacha- contra la hostil realidad de la guerra, manifestación en grado máximo de la miseria humana, antitética a la utopía filántropa del ingenuo extranjero.

            Con rotunda habilidad, Melville adapta la atmósfera de la cinta a la evolución de la percepción que del protagonista tienen tanto sus compañeros forzosos como, junto a ellos, el propio espectador. Desde una introducción casi onírica, extraña, fría y aletargada, Werner von Ebrennac emana de la noche como si de una aparición o de un vampiro se tratase, reforzado por los intimidantes atuendos del ejército nazi y el desconcertante rostro de Howard Vernon. Las agudas tinieblas y los penetrantes contrapicados enmarcan los enormes y extraviados ojos del actor, rodeando así de un siniestro misterio su inesperada actitud amistosa y charladora, en contraste directo con unos lugareños que expresan su repudio precisamente renunciando a cualquier tipo de expresión. La conversación, no obstante, se sostiene indirectamente por medio de la voz en off del anciano y de los pequeños y casi involuntarios gestos que se agigantan por las sombras proyectadas en la sala.

Un cuadro fantasmagórico, de figuras muertas y alucinadas, que, de igual manera que la chimenea que preside la estancia donde se reúnen a la caída del sol, va adquiriendo calor, alma, al abrigo del discurso conciliador del entusiasta y amable Von Ebrennac, eternamente hechizado por los milagros de su admirada Francia, y quien, al mismo tiempo, revelará progresivamente su honestidad y su terrible candidez a través de insospechados flashbacks.

          En consecuencia, el contrahecho semblante del personaje -encarnado con extraordinaria precisión por un Vernon que más adelante se abrazaría sin pudor al infracine de la peor calaña-, pasa de infundir temor a dulzura, de dulcificarse a caer en la tragedia más desoladora. En paralelo, El silencio del mar se transforma desde un relato espectral a un delicado cuento lírico para, finalmente, abalanzarse a un negro pesimismo que no puede remediar siquiera unos deslumbrantes ojos grises.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

Sueño de invierno (Winter Sleep)

29 Dic

“Es un error de Dios no haber dado al hombre dos vidas: una para ensayar y la otra para actuar”

Vittorio Gassman

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Sueño de invierno (Winter Sleep)

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Sueño de invierno (Winter Sleep).

Año: 2014.

Director: Nuri Bilge Ceylan.

Reparto: Haluk Bilginer, Melisa Sözen, Demet Akbag, Ayberk Pekcan, Serhat Mustafa Kiliç, Nejat Isler, Tamer Levent, Nadir Saribacak, Emirhan Doruktutan.

Tráiler

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            En el invierno de su vida, Aydin (Haluk Bilginer), actor que quedó lejos de saborean las prometidas mieles del éxito, pasa las tardes sentado en su despacho modelando mentalmente un ensayo acerca del teatro turco que, sin embargo, es incapaz de dar a luz.

Los personajes de Sueño de invierno (Winter Sleep), sobre todo en lo que se refiere al crepuscular Aydin, viven encerrados en el teatro en el que se ha convertido su realidad. Absurdo, impostado, lleno de declamaciones huecas donde las palabras y las emociones se han convertido en simple atrezzo. Su hotel en la onírica Capadocia, su matrimonio, la relación de vasallaje con los vecinos que arriendan sus propiedades, las compasivas donaciones en favor de unos pobres que cumplen su propio “papel predestinado” en el mundo,…

Una vulgar tragicomedia como, en definitiva, es la vida de la mayoría de nosotros.

            Sin embargo, para Aydin, una repentina crisis existencial insiste en desmoronar las fingidas certezas personales que gobernaban su proceder vital -de la misma manera que le abandonan los residentes de su albergue y su mujer le desplaza de unas reuniones de beneficencia que siempre ha despreciado-. Así, el escenario se resquebraja y poco a poco asoma la falsa tramoya que se oculta detrás de él, conformada por un agrio andamio de reproches enquistados, cruel frialdad intelectual bergmaniana, hipócrita elitismo económico y moral, dominación psicológica e irreparable frustración.

            Nuri Bilge Ceylan escribe un cuento moral envuelto en una monumental y densa obra –casi 200 desafiantes minutos- construida sobre voluminosos diálogos –una concepción de nuevo muy dramatúrgica-, pero donde lo que de verdad importa, habida cuenta del engolado empleo del lenguaje, brota de lo que no se dice, de cómo afectan internamente esas conversaciones en parte dramatizadas a unos personajes que transitan y evolucionan sobre terreno inestable, a punto de despeñarse.

Desde la sencillez de su apariencia, el cineasta otomano, escéptico aunque comprensivo hacia sus criaturas, se sumerge en las profundidades insondables de la condición humana.

            Invitado a convivir en confianza con los personajes, el espectador observa cómo la demolición del idílico aunque empobrecido escenario de la Capadocia –tan irreal como la mentalidad de las criaturas que lo habitan- revela paulatinamente una profunda fractura social y emocional que atenaza a unos sujetos encarcelados en un microcosmos gélido, desapacible y turbulento que se infiltra incluso en la presunta calidez del hogar a causa del incesante viento, de la lluvia que, de fondo, azota el cristal. Hielo acumulado durante años que presiona y ensancha las grietas formadas entre ellos y su entorno, refugiados en sus cuevas, en el sombrío confort de una ilusión de realidad platónica.

Es significativo pues que los únicos individuos que no transigen con esta representación absurda y que se esfuerzan en desmantelarla echándosela en cara a los actores de turno sean el niño que, con una certera pedrada, despierta la debacle del ensimismado reino de Aydin, y su padre, un borracho marginal enloquecido de cordura.

            El libreto dosifica con paciencia de naturalista el retrato de sus desamparados protagonistas, consumidos por el pavoroso y cotidiano contraste entre el fracaso existencial y la necesidad de perdón que dicta una conciencia vagamente acallada por estas falaces representaciones sociales y familiares. Ceylan, más clasicista que en su precedente https://elcriticoabulico.wordpress.com/2015/08/06/erase-una-vez-en-anatolia/ –un estilo que resulta un tanto anquilosado en el uso del plano-contraplano para las discusiones-, inserta esta crónica de un extravío en un entorno aletargado por la nieve y la decadencia.

La parsimonia de la narración responde a este decepcionado ritmo íntimo, que apuesta por el desarrollo lógico y resignado de la debacle sentimental de los personajes en detrimento de las facilidades convencionales que se le regalan habitualmente al público general.

            Sueño de invierno fluye delicada, hermosa, melancólica y amarga en su queda y universal desesperación.

 

Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

El gran hotel Budapest

7 Abr

Las llaves, en El Peliculista.

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2046

14 Mar

“Un director solo hace una película en su vida: luego la trocea y la vuelve a reconstruir.”

Jean Renoir

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2046

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2046.

Año: 2004.

Director: Wong Kar-Wai.

Reparto: Tony Chiu Wai Leung, Zhang Ziyi, Faye Wong, Takuya KimuraGong Li, Carina Lau, Chen Chang, Maggie Cheung, Wang Sum, Ping Lam Siu.

Tráiler

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            Un espacio futuro que proyecta las vivencias románticas propias y ajenas de un escritor que, a su vez, es en cierto modo el alter ego del cineasta. Una compleja y sólida arquitectura en la que cada relación sucesiva remite sin poder ocultarlo a un recuerdo del pasado, el cual, por su parte, trata de esconder aun otra dolorosa cicatriz previa, también fruto de la pasión. Una sucesión de evocaciones y reminiscencias solapadas que se retrotraen hasta la herida seminal, el primer y verdadero amor frustrado de manera irreparable. “El final feliz que pudo ser y no fue”.

            Prorrogación de las experiencias de Días salvajes y Deseando amar (In the Mood for Love), 2046 acogía la nueva inmersión de Wong Kar-Wai en los vericuetos de la memoria y los callejones sin salida de la eterna y nunca satisfecha búsqueda romántica. Tres obras que ofrecen variaciones de una misma melodía. Registros anímicos y pulsiones amorosas captadas a través de una cronología adaptada a la sensibilidad de sus protagonistas mediante el ejercicio del recuerdo, todos ellos pues partícipes de un tiempo maleable y líquido aunque irreversible e inasible por naturaleza, que aplica sin piedad la condena al olvido.

            La cámara de Wong reencuentra al periodista Chow Mo-wan (Tony Leung) en el Hong Kong convulsionado por los disturbios de finales de los sesenta, convertido ahora en redactor de novelas eróticas baratas y tratando de curar en cinismo e idilios pasajeros las lacerantes heridas del pasado. Una odisea incierta y volátil que Wong reproduce en tonos verdes y suaves en la realidad presente de la habitación 2046 del hotel -imaginamos que entremezclada, como en Deseando amar, por las ficciones íntimas que implica la reconstrucción subjetiva de todo instante sentimental pretérito-, y en intensos y fluorescentes tonos carmesíes en la recreación del año 2046, un universo estático al que los amantes futuros viajan para recobrar los recuerdos idealizados de un tiempo perdido.

La metáfora de la memoria se torna materia. Ficción y realidad se comunican, confluyen y se entrelazan en un proceso orgánico e impredecible.

            2046 retrata a una galería de personajes descompuestos por la necesidad de recuperar o al menos mantener viva una emoción que amenaza con desvanecerse o, por el contrario –de manera paralela incluso-, que intentan desprenderse de un pasado que les atenaza y atormenta. Son seres incompletos, que se hallan inmersos en la estéril y perpetua espera de ser colmados.

            La sensibilidad lírica y la expresividad plástica del autor asiático prosiguen su desarrollo y evolución, más interesada en despertar sensaciones íntimas y exudar estados afectivos personales que en configurar una trama aristotélica al uso, con la irregularidad de resultados que, por otro lado, ello suele comportar. 

Pieza más extática y grandilocuente de la trilogía, dotada de una milimétrica ampulosidad en la puesta en escena rayana en el esteticismo, 2046 reafirma el talento artístico de su creador y aporta una subyugante y poderosa variación más del leit-motiv de una obra de innegociable coherencia.  

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

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