Tag Archives: Hong Kong

Contagio

17 Jun

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Año: 2011.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: Matt Damon, Laurence Fishburne, Gwyneth Paltrow, Kate Winslet, Jude Law, Jennifer Ehle, Bryan Cranston, Marion Cotillard, Chin Han, Elliott Gould, Anna Jacoby-Heron, John Hawkes, Armin Rohde, Brian J. O’Donnell, Larry Clarke, Sanaa Lathan, Enrico Colantoni, Demetri Martin, Monique Gabriela Curnen.

Tráiler

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         Contagio no es tanto cine espectacular de catástrofes, sección pandemias, como una película policíaca. En este sentido, es curioso que en una conversación se cite a Tiburón -posterior guiño incluido en la mezquindad de la dirigente local que se niega a anular el día grande del lugar por un quítame allá esas pajas mortal-, pues el clásico de Steven Spielberg también puede leerse como una trama en la que se trata de desenmascarar y dar caza a un asesino en serie.

Estrenada en tiempos de alarma de unos Estados Unidos que se sienten el blanco de amenazas globales -la gripe A, el terrorismo yihadista-, Steven Soderbergh expresa sin embargo determinadas escenas climáticas -la muerte de la esposa, el pánico ciudadano- con una falta de énfasis contradictoria con los usos del subgénero y que, en cierto modo, podría considerarse como una mirada objetiva hacia unos hechos que se manifiestan desde una exposición poliédrica, basada en puntos de vista y escenarios múltiples, semejante a la que ya había aplicado en Traffic respecto del narcotráfico y el consumo de drogas.

Esta transgresión se extiende asimismo al empleo que se hace del estelar y coral reparto que, una vez más, logra juntar el cineasta norteamericano. Soderbergh les asigna personajes de escaso potencial de lucimiento -dramas personales basados en el desconcierto y la reacción apenas instintiva; ausencia de soliloquios épicos o dignificantes- y, además, los iguala el resto de actores supernumerarios al no concederles el don de que sean milagrosamente ajenos a los efectos del virus.

         Aun así, la realización consigue inocular sensaciones que transmiten la paranoia que va adueñándose de una atmósfera en detrimento de la humanidad -la solidaridad hacia el prójimo, la confianza-. La atención a los contactos físicos, la creciente apariencia de insalubridad, la saturación de síntomas de malestar, los filtros cromáticos de una fotografía que puede ser bien agobiantes, bien mortecinos…

El rechazo de efectismos -estilísticos o de guion- le sienta bien a la intriga y al retrato de los actores implicados en el asunto, si bien algunos de estos últimos, como los agentes de inteligencia o el histriónico bloguero de Jude Law, están perjudicados por una construcción caricaturesca que desluce ese realismo crítico del que hace gala el argumento.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 7,5.

Happy Together

11 Nov

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Año: 1997.

Director: Wong Kar-wai.

Reparto: Tony Leung, Leslie Cheung, Chen Chang.

Tráiler

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           Curiosamente, sobre una relación tabú –el amor entre dos hongkoneses afincados en Buenos Aires-, Wong Kar-wai filmará el romance más crudo y físico de su filmografía, Happy Together, que se abre no por casualidad con una escena de sexo directo y sin ambages que es inusual en el resto de sus largometrajes, en los que el amor –o la imposibilidad de la realización amorosa- acostumbra a plasmarse entre cadencias etéreas, miradas de soslayo y deseos que atruenan en el silencio, dentro de una tendencia a la abstracción absoluta y el conflicto irresoluble entre la fugacidad y la eternidad.

En Happy Together, los sentimientos de los protagonistas están expuestos con naturalidad, se exteriorizan y se palpan en pantalla con una intensidad más ardiente y menos lírica.

           Inmerso en la Argentina de la milonga y Manuel Puig, del apasionamiento latino y su correspondiente tragedia del desengaño, Wong narra los tormentos de una pareja de amantes tóxicos que avanzan juntos en una espiral autodestructiva.

El melodrama queda establecido a través de un recorrido esteticista un tanto recargado, sobre todo en el arranque del filme, que fagocita en buena medida la trama bosquejada en el guion. Este primer tercio de metraje nace en un blanco y negro que recuerda a la Nouvelle Vague –filtrado, claro, por la particular sensibilidad autoral del cineasta- para adentrarse paulatinamente en el característico y reconocible universo del director asiático, marcado por los embriagadores colores antagónicos, la lánguida iluminación artificial, los espacios decadentes pero paradójicamente hermosos, la populosa urbe en contraste con la alienación del individuo y el juego con la imagen como herramienta para expresar el tiempo –la ralentización, la aceleración-. Recursos estéticos y simbólicos que conducen al enfrentamiento entre la ilusión y la melancolía, el encuentro explosivo y la soledad devastadora.

           Reaparece así la noción circular del amor, aunque quizás aquí solo se trate de una invocación simplemente nominal que, cuando le conviene, esgrime con astucia uno de estos dos amantes desiguales: “empezar otra vez”. En este sentido, el camino de su enamorado es un intento de romper este encadenamiento aparentemente atemporal y universal de arrebato y pérdida, extático y destructivo en sus efectos sobre las emociones humanas.

           Con Happy Together, Wong se alzaría con el premio al mejor director en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Fallen Angels (Ángeles caídos)

16 Oct

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Año: 1995.

Director: Wong Kar-Wai.

Reparto: Leon Lai, Michelle Reis, Takeshi Kaneshiro, Charlie Yeung, Karen Mok, Chang Fai-hung, Chan Man-lei.

Tráiler

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           Su origen se encuentra en el carácter tripartito con el que Wong Kar-wai planteaba inicialmente el proyecto que daría lugar a Chungking Express, con la que mantiene todavía referencias, reflejos y variaciones –sobre todo el personaje del japonés Takeshi Kaneshiro, que es una especie de reverso del que encarnaba en esta-. Pero, a decir verdad, Fallen Angels (Ángeles caídos) parece pertenecer más al universo por el que el autor se movía en su debut en el largometraje: El fluir de las lágrimas. En cierto sentido, podría describirse la película como un perfeccionamiento de las constantes argumentales, artísticas y existenciales de la anterior.

           Fallen Angels hibrida en sus fotogramas un cine criminal con el (des)encuentro romántico que caracteriza las pulsiones cinematográficas de Wong, abundando además en la influencia estética de la realización videoclipera que aparecía en aquella y que aquí se manifiesta de forma más evidente en los abundantes movimientos de cámara, la brevedad de los planos en el montaje y los enfoques raudos y de aspecto inmediato, señas de identidad del director. Pero en su interior permanecen intactas inquietudes como el tempus fugit: el terror hacia el tiempo que todo lo devora y que se manifiesta en la voluntad de perdurar de estos frágiles seres –un espacio donde, además, el cineasta asiático se concede un triunfo exponiendo que el vídeo es más efectivo en este propósito que, por ejemplo, teñirse el cabello de rubio platino o dejar un mordisco impreso en el brazo del hombre amado y perdido-.

           A lo largo de las misiones de un sicario que transita indolente por la vida, sin importarle siquiera el fatalismo que impera en el género al que pertenece, la trama establece de este modo una serie de relaciones de aproximación y distanciamiento, cruce y separación, que entretejen los caminos de los tres personajes principales, quienes además de este asesino son su socia encargada de planificar los asaltos, con quien posee una relación marcada por la incomunicación, y un joven mudo que se dedica a explorar negocios ajenos; todos ellos siempre inmersos en una noche poblada de criaturas extrañas y truncadas.

Wong conecta a los dos primeros a través de una serie de rimas visuales e incluso sonoras –el traqueteo del tren con la percusión de una versión exótica del Karmacoma de Massive Attack; la canción Forget Him de Shirley Kwan de manera más explícita-, las cuales bosquejan una especie de conexión predestinada, pareja a los amores quasiplatónicos que comparecen en obras como Deseando amar (In the Mood for Love) o, precisamente, Chungking Express.

           Su particular cadencia y su factura estética –con el característico combate entre luces rojas y verdes- desarrolla un hipnótico juego sensorial -como hipnótica es en sí misma Michelle Reis-, muy sugestivo y durante el que Wong, por otro lado, arriesga a extremar su estilo. Así, al mismo tiempo que entrega imágenes de elaborado lirismo –el blanco y negro enjuagado por las gotas de lluvia-, también puede caer en algún exceso puntual, caso de la dilatada escena del jukebox, a mi juicio un tanto disonante, y que se remata además con una secuencia sexual –aunque sea solitaria en realidad- infrecuente dentro de este cosmos del cineasta habitualmente pudoroso y ajeno a las consumaciones –a excepción de Happy Together-. Un punto este que termina por cumplirse, no obstante.

           En cambio, la parte protagonizada por Kaneshiro no termina de conjugar bien con el conjunto y desequilibra un tanto los resultados del filme, en buena medida por la extravagancia del personaje y la levedad de su historia en comparación con el metraje que se le dedica.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

El fluir de las lágrimas

2 Jun

“Cuando empiezas tienes la ilusión de que puedes hacer cualquier cosa. Tardas un tiempo en darte cuenta de que no, de que en realidad hay cosas que te salen bien y otras que no tan bien.”

Steven Soderbergh

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El fluir de las lágrimas

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El fluir de las lágrimas

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Año: 1988.

Director: Wong Kar-Wai.

Reparto: Andy Lau, Maggie Cheung, Jacky Cheung, Alex Man, Ronald Wong.

Tráiler

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           Curtido por entonces en la escritura de guiones y respaldado por la invitación para participar en el nacimiento de una productora independiente, In-Gear, el debut de Wong Kar-Wai desde la silla de director se produciría dentro de las fronteras del cine de género, por medio de un melodrama criminal un tanto al estilo de los que, en aquella década de los ochenta, facturaba John Woo con gran popularidad en Hong Kong y el resto del mundo -donde la violencia exaltada quedaba a la altura de unas relaciones personales sublimadas hasta cierta idea de amor platónico y guerrero-; si bien comparecerán también en su argumento reminiscencias del Malas calles de Martin Scorsese y, por qué no, del Extraños en el paraíso firmado otro verso suelto: Jim Jarmusch.

           El fluir de las lágrimas ofrece una historia de líneas bastante clásicas en la que un cobrador de deudas de la mafia se debate entre la fidelidad hacia su hermano, que confirma el camino de perdición al que conduce su naturaleza, y la segunda oportunidad con los atractivos rasgos de su prima, que le tiende un inesperado camino de redención. Así, mientras que la vertiente de gánsteres no resulta demasiado interesante –en parte por la presencia de estereotipos excesivos y fatigantes interpretaciones a juego-, en el apartado romántico se apuntan ya ciertos descubrimientos formales que anuncian la irrupción de un autor en ciernes, especializado en retratos de amor, pérdida y anhelo marcados por una melancólica sensación de fugacidad, tremendamente poética.

           Antecediendo a la confirmación que supondrá su profuso empleo en Chungking Express, el recurso del tiempo alto de obturador y la cámara lenta, con imágenes en time-lapse, arroja un sello de estilo que parece querer atar, sin éxito, los clímax amorosos a un instante presente que, líquido e inclemente, no se detiene por nada ni por nadie. Aquí, estas escenas de alto voltaje sentimental quedan encadenadas también a otros momentos climáticos que, por el contrario, se encuentran determinados por la violencia o la muerte.

De esta manera, Wong compone secuencias de refinada potencia visual –la pelea en una cocina, que se puede contraponer a la confusión que domina la realización de la reyerta minutos anterior, también bastante absurda desde un punto de vista lógico-. Y a la vez, gracias a estos paralelismos, evocaciones, elipsis y símbolos –los vasos rotos, repuestos y escondidos; los autobuses que se cruzan,…-, entreteje sobre la obra una extraña, doliente y lírica noción de fatalidad.

Destaca asimismo el empleo de la iluminación y el color en planos como el diálogo a las puertas del hotel que, de nuevo, con talentuda expresividad, exudan el interior ardiente e incompleto de sus protagonistas, atrapados por el azar y el corazón, envolviéndoles en un entorno onírico, etéreo. No obstante, hay detalles todavía por perfeccionar, caso del empleo de canciones populares en la banda sonora –en especial la versión de Take My Breath Away– que tiende un tanto a la obviedad y la cursilería, rompiendo con la delicadeza con la que se cultiva este idilio insospechado que se descubre poco a poco, entre rendijas y sombras nocturnas.

           Supondría el mayor taquillazo de Wong en Hong Kong hasta el estreno de su último filme, The Grandmaster, lo que aseguraría su incipiente carrera. Además, permitiría la conquista de prestigio crítico de las populares estrellas Andy Lau, la ex miss local Maggie Cheung y el cantante Jacky Cheung. En cambio, a pesar de concurrir en la Quincena de los realizadores de Cannes, su reconocimiento internacional aún se haría esperar.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Días salvajes

13 May

“Una película es (o debería ser) como la música. Debe ser una progresión de ánimos y sentimientos. El tema viene detrás de la emoción; el sentido, después.”

Stanley Kubrick

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Días salvajes

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Días salvajes

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Año: 1990.

Director: Wong Kar-wai.

Reparto: Leslie Cheung, Maggie Cheung, Andy Lau, Carina Lau, Rebecca Pan, Jackie Cheung, Tita Muñoz.

Tráiler

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            El amor y la soledad, las redes que tejen los caprichosos sentimientos atrapando en ellas a una maraña de criaturas confusas, y el inexorable paso del tiempo, que todo lo devora. Días salvajes, la segunda película de Wong Kar-wai, expone a las claras la esencia de su filmografía, sus inquietudes personales y la atmósfera íntima y delicada pero terriblemente cargada de emociones. Exageradamente, como hiciera Francis Ford Coppola en La ley de la calle, los relojes dominan el escenario por el que, a través de finitos lapsos físicos que paradójicamente se extienden durante largos periodos emocionales, transitan entrelazados un grupo de personas frágiles y desorientadas, atormentadas por ausencias, traumas y anhelos sin resolver.

            El autor hongkonés estrecha la trama de confluencias románticas en la que se inscriben un dandy incapaz de concretar sus impulsos emocionales, una dependienta insegura y frágil, una cabaretera caprichosa y un policía solitario y desarraigado. Todos ellos quedan encerrados  entre fragmentos temporales que marcan el encuentro, la pérdida, la recuperación y el olvido. La vida y la muerte, en resumen, tal y como determinan los recorridos circulares que traza el relato, advertidos ya por unos títulos de crédito oníricos que, en realidad, terminan desvelándose como admonitorios –si bien quizás rotos en último término por las evocaciones que deja esa fecha compartida del 26 de abril; al igual que quizás estén condenados a repetirse a raíz de lo que sugiere la escena suelta con Tony Leung que cierra el metraje-.

            A lo largo de este recorrido doliente, de contenido pero palpable y conmovedor apasionamiento, Días salvajes indaga en la casuística amorosa del ser humano. Un universo complejo donde el deseo perturba sin remedio la razón y que no siempre conduce a la realización y a la plenitud –más bien al contrario, ya que a ese maremágnum de sentimientos se suman el engaño, la compraventa material y el interés egoísta-. Tendencias que por tanto, invariablemente, condenan a la melancolía y la soledad, a la frustración y la autodestrucción en el peor de los casos. De la mano de Wong, este cúmulo incontenible de emociones se filtra entre la cadencia lánguida del montaje, la atmósfera pesada por el bochorno y la lluvia tropical, y la sensación terminal que gobierna el drama.

El cineasta desarrolla así una narración fragmentaria y de fuerte sentido lírico, todavía no tan elaborado formalmente como en sus obras posteriores pero dueño de una inconfundible elegancia estética y donde, de igual manera, amanecen señas definitorias como, por ejemplo, la selección de canciones de la banda sonora.

            La cinta, concebida como la primera parte de un proyecto más extenso –de ahí la desconectada secuencia de cierre-, quedaría zanjada aquí por el fracaso comercial que sufrió en su estreno. Sin embargo, deja plantada la semilla que fructificaría una década después en filmes como Deseando amar (In the Mood of Love) y 2046, con las que bien podría conformar una coherente trilogía que navega por el pasado, el presente y el futuro a caballo de las emociones y donde, de nuevo, el tiempo se erige como una variable determinante, trágica e incontrolable, aunque asimismo insospechadamente volátil, puesto que un minuto puede equivaler, debidamente estimulado, a una eternidad. Y viceversa.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota de blog: 8.

The Grandmaster

20 Mar

La vida como crepúsculo. The Grandmaster en OcioÁvila.

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My Blueberry Nights

15 Mar

“No me planteo hacer cine otra vez. Fue estupendo, pero no es lo mío. Hay que levantarse muy temprano, trabajar 14 horas al día… No, gracias. Bueno, si hay un actor muy guapo igual me lo pensaría.”

Norah Jones

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My Blueberry Nights

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My Blueberry Nights.

Año: 2007.

Director: Wong Kar-Wai.

Reparto: Norah Jones, Jude Law, David Strathairn, Rachel Weisz, Natalie Portman.

Tráiler

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            “He tardado un año en llegar aquí”, afirma Lizzie, protagonista de My Blueberry Nights, cuando retorna al café desde donde precisamente había iniciado su improvisada e impulsiva aventura. Esta única frase condensa el significado del viaje, uno de los sintagmas primigenios de la creación mitológica, literaria y cinematográfica. Un camino de iluminación, de autodescubrimiento.

            Con My Blueberry Nights el cineasta chino Wong Kar-Wai daba el salto a los Estados Unidos y a la lengua de Shakespeare para rodar una cinta romántica con estructura de ‘road movie’. En esta ocasión, los corazones rotos y las almas solitarias abandonadas en tierra de nadie que pueblan su filmografía concitan su encuentro a través de la huida sin rumbo de la joven Lizzie (una Norah Jones para enamorarse), quien elige el asfalto de la carretera como herramienta para olvidar el despecho de una relación fallida y traicionada.

El renacimiento sentimental por medio del viaje, decíamos.

            Al igual que ocurre con sus principales líneas argumentales -expuestas de manera más clásica y cronológica de lo que acostumbra Wong-, en la película se reconoce la expresiva caligrafía del autor asiático, pudorosa e íntima –el predominio de la mirada exterior, un tanto distanciada y ligeramente vouyerística a los personajes-, muy trabajada en su manejo del simbolismo visual y conceptual. No obstante, su refinamiento formal parece algo menos afinado que en otras ocasiones, con elementos un tanto estridentes en el caso de ciertas transiciones y encadenados poco lucidos.

Entre detalles de enorme calidad sentimental y sensitiva, permanece, por supuesto, esa habilidad característica de Wong para reflejar el intento infructuoso de los personajes por atrapar o retener sin éxito instantes emocionales predestinados a la desaparición; momentos frágiles de encuentro y desencuentro entre espíritus anhelantes de romance; escenas fugaces, diluidas por el tiempo inexorable.

            Por ello mismo, habida cuenta de la tendencia al amor platónico con matices melancólicos y un tanto pesimistas que suele predominar en el cine del autor, resulta extraño encontrar en My Blueberry Nights los dos sencillos pero conmovedores besos que se producen en momentos clave del metraje, capturados con gran delicadeza y hermosura. Dos amores correspondidos que, por fin, se mezclan y funden, como la tarta y el helado.

Ambos componen los puntos climáticos de un filme organizado en tres capítulos: Nueva York, Memphis y Nevada, dotados de distinta tonalidad cromática para cada uno –colores nocturnos y azulados, rojizos, dorados y diurnos respectivamente- y con desigual bagaje en su aportación al conjunto –no termina de funcionar el melodrama sureño guiado por una desatinada Rachel Weisz-.

            Una de las obras más abiertamente optimistas de Wong Kar-Wai.

 

Nota IMBD: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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