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Hannibal: El origen del mal

1 Nov

“Las cicatrices nos recuerdan que el pasado es real. “

Hannibal Lecter (El dragón rojo)

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Hannibal: El origen del mal

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Hannibal, el origen del mal

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Año: 2007.

Director: Peter Weber.

Reparto: Gaspar Ulliel, Dominic West, Gong Li, Rhys Ifans, Kevin McKidd, Stephen Walters, Richard Brake, Goran Kostic, Ivan Marevich, Charles Maquignon, Aaran Thomas, Helena-Lia Tachovská.

Tráiler

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            Por lo visto, poco se podía avanzar en la historia del doctor Lecter una vez concluido su duelo con la agente Clarice Starling en Hannibal. De tal modo que el capítulo que consumará la tetralogía literaria y cinematográfica –si excluimos la precursora Hunter– es una mirada al pasado. Una precuela. La exploración del momento exacto en el que un hombre deja de ser un hombre para transformarse en monstruo. En este caso, Hannibal: El origen del mal sintetiza la idea ambientando esta génesis aberrante en un periodo histórico, la Segunda Guerra Mundial, donde la máxima de Thomas Hobbes del hombre como lobo para el hombre se hace literal, carne y metralla.

            La producción -casi una manera residual de intentar repetir el éxito en taquilla de sus predecesoras-, ahonda en unas explicaciones psicologistas de la naturaleza humana de Lecter (el francés Gaspar Ulliel, componiendo por imitación) las cuales, en realidad, son por completo innecesarias e incluso improcedentes. Tanto o más cuando se fundan en premisas tan básicas como las que expone, semejantes en su tendencia al tópico de diván a las que daban forma al Francis Dolarhyde de El dragón rojo, y que se aderezan más tarde con un entrenamiento de héroe de acción, sección samurái letal, bastante ridículo, como si fuese un Kill Bill de saldo.

De ahí la necesidad de subrayar el acierto de la serie de televisión Hannibal al sublimar el personaje hasta tornarlo, con el inestimable apoyo del rostro de Mads Mikkelsen, en prácticamente abstracto, puramente conceptual: la tentación, el doble, el diablo, el Mal.

            El problema de Hannibal: El origen del mal seguramente proceda de la materia prima. Prosiguiendo el trasnochado camino que emprendía en su anterior novela, Hannibal, Thomas Harris -por primera vez también autor del libreto- cae bajo el hechizo seductor de Lecter y accede a convertirle en un antihéroe, justificando todas y cada una de sus masacres, hasta de la forma más artera.

Así, tan solo vigilado por el inspector Popil (Dominic West), un antagonista reducido a simple monigote carente de peso que apenas sirve para establecer una nueva confrontación al otro lado del espejo –dos individuos antitéticos equiparados por las pérdidas de la guerra-, Lecter se convierte, a lo largo de una trama elemental, en un cazador de nazis y gánsteres en busca de venganza y redención. Perfectamente digno por tanto de compasión y aliento por parte del espectador, siempre proclive a jalear a sus iconos, por censurables que sean; protegido moralmente por las barreras de la ficción.

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Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

El dragón rojo

31 Oct

“Lo trágico no es morir, sino echarse a perder.”

Hannibal Lecter (Hannibal)

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El dragón rojo

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El dragón rojo

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Año: 2002.

Director: Brett Ratner.

Reparto: Edward Norton, Anthony Hopkins, Ralph Fiennes, Emily Watson, Philip Seymour Hoffman, Harvey Keitel, Mary-Louise Parker, Anthony Heald, Frankie Fayson.

Tráiler

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            La esperada confirmación del doctor Lecter como revienta-taquillas con Hannibal dejaría el camino expedito para nuevas entregas de cinematográficas de sus macabras aventuras. Tanto así que el productor Dino de Laurentiis ni siquiera quiso esperar a que la mente de Thomas Harris diseñase una nueva trama, sino que prefirieron revisitar esa primera novela donde aparecía el sofisticado psiquiatra caníbal, El dragón rojo, que dos décadas atrás tantos disgustos le había proporcionado en su traslación al cine con Hunter, una cinta interesante saldada con un fracaso de público. 

De esta manera, Will Graham, el agente especial del FBI con una fidelísima empatía por los psicópatas, retornaba del olvido, ahora con el rostro de Edward Norton, para descender a los infiernos de la perversión humana guiado de la mano de Hannibal Lecter (el sempiterno Anthony Hopkins), su némesis cautiva. Bajo su tutela didáctica y corruptora Graham se empeña así en una obsesiva persecución de El Dragón Rojo (Ralph Fiennes), el asesino en serie inspirado por las pinturas de William Blake y víctima de una tormentosa lucha ínterna entre el monstruo que brota de sus entrañas y sus fragmentos todavía humanos, alentados por la inocencia de Reba (Emily Watson).

            Esta nueva versión de El dragón rojo es una producción menos ambiciosa y más centrada en satisfacer el paladar de los seguidores, por lo que la indagación estética y operística que afrontaba la ostentosa Hannibal se diluye aquí en una factura desprovista de personalidad donde solo el peso específico del elenco y la firma de Harris justificarían una posible vitola de blockbuster de calidad. En este sentido, es sintomática la confianza en Brett Ratner –se tantearía incluso al inefable Michael Bay– para asumir la dirección, un cineasta curtido en proyectos comerciales con escasas pretensiones y que si bien no imprime un sello artístico interesante a la obra, cuanto menos sí sabe dotarla de un ritmo absorbente que la haga entretenida y le permita superar con holgura los problemas de pulso que habían lastrado a su inmediata antecesora.

            La película, pues, busca más la espectacularidad que la introspección y el choque de caracteres entre Graham y Lecter, piedra angular del relato, permanecerá citado de forma superficial para dar testimonio del mismo pero sin abundar más de lo debido en estos terrenos psicológicos privados y retorcidos. Decisiones evidentes asimismo en el retrato más duro y agresivo de Dolarhyde que afronta Fiennes, un actor clásico en la interpretación de personajes inquietantes o perturbados y que da cuerpo con rotunda contundencia a un personaje menos ambiguo que la atípica y más matizada encarnación ofrecida por Tom Noonan en Hunter.

            Dando por bueno el original de Harris, el libreto mantiene textualmente una notable cantidad de líneas de diálogo que ya aparecían en la obra de Michael Mann y reproduce un esquema argumental muy semejante al de El silencio de los corderos, lo cual subraya esa mencionada querencia por reproducir las bases del éxito de la saga.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Hannibal

30 Oct

“¿Han dejado ya de llorar los corderos, Clarice?”

Hannibal Lecter (El silencio de los corderos)

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Hannibal

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Hannibal

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Año: 2001.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Julianne Moore, Anthony Hopkins, Gary Oldman, Ray Liotta, Giancarlo Giannini, Zeljko Ivanek, Ivano Marescotti, Francesca Neri, Frankie Fayson.

Tráiler

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            Al productor Dino de Laurentiis no le había gustado Hunter -la primera inmersión cinematográfica en el universo del doctor Hannibal Lecter-, principalmente porque se había saldado con un claro fracaso de taquilla. Dueño de los derechos del personaje junto a su esposa Martha, cedería altruistamente su posesión a la productora Orion Pictures y su proyecto El silencio de los corderos, que pretendía adaptar la segunda novela del psiquiatra caníbal, publicada en 1988, dos años después del estreno de la cinta de Michael Mann. Empero, una vez comprobado el clamoroso éxito de público y crítica de El silencio de los corderos, los De Laurentiis se encontraron entre manos con un filón que explotar, a la espera de que Thomas Harris, el padre literario del personaje, escribiera una nueva entrega de la saga, la tercera -y a la postre, la última de la tetralogía, desde el punto de vista cronológico de la narración-. Llegaría en 1999, con el título de Hannibal. Entonces, Dino de Laurentiis adquiriría sus derechos por una cantidad récord de 10 millones de dólares.

No se ahorrarían esfuerzos para la secuela, con un presupuesto de lujo y elevadas pretensiones artísticas. No obstante, el director Jonathan Demme, pieza determinante en El silencio de los corderos, rechazaría repetir tras considerar el texto extremadamente violento. El guionista Ted Tally seguiría sus pasos. Les sustituirían dos nombres de altura: Ridley Scott, que en ese momento estaba rodando Gladiator, y David Mamet, que pergeñó una versión preliminar del libreto. Al final, sería Steven Zaillian, prestigioso guionista de La lista de Schindler, quien reescribiera el guion en buena medida. Sin embargo, toda la estructura se tambalearía después de que Jodie Foster descartara volver a ponerse en la piel de la agente Clarice Starling, desconcertada por los cambios que experimenta el personaje en el transcurso de una obra a otra, lo que consideraba una traición a su naturaleza. Las dudas de Anthony Hopkins para encarnar a Lecter sembrarían el terror. Sin él no habría película. Finalmente, el actor británico confirmaría su presencia y, más aún, recomendaría personalmente a la sustituta de Foster: Julianne Moore, con quien había trabajado en el biopic Sobrevivir a Picasso.

            Nívea como una estatua renacentista, Moore interpreta aquí a una Starling presentada desde la introducción con su renovado carácter, curtido en diez largos años donde ha descubierto que los corderos inocentes nunca dejan de chillar, por más que, de vez en cuando, pueda salvar a uno de ellos. Starling duerme antes de emprender una sangrienta redada antidroga. Es un guerrero que reposa, quizás a la espera del resurgir de su némesis, el antagonista absoluto que da sentido a su vida, como el ying y el yang o el día y la noche.

El tono de Hannibal es operístico y desaforado, oscuro y grandilocuente. El duelo entre Starling y Lecter surge en la distancia para acercarse trecho a trecho a medida que avanzan los acontecimientos, intermediados por otras criaturas deformadas por la mente y la mano del doctor, como el codicioso inspector Pazzi (Giancarlo Giannini) o el magnate pedófilo Mason Verger (Gary Oldman).

            El cazador y la presa se difuminan así en una aparatosa y no demasiado coherente revisión del cuento de la Bella y la Bestia regado de sangre y vísceras, y que se separa gradualmente del material original de Harris, todavía más retorcido –y un tanto trasnochado-; mucho de él luego repescado en la serie homónima con notable fortuna. Pero en su intento de construir un artefacto elevado y solemne, a la altura del sofisticado Lecter –de su Florencia de los Médici cercenada por imágenes de cámara de seguridad y fotogramas de vísceras sanguinolentas-, Scott entrega un filme con graves problemas de ritmo, que a pesar de la elaborada factura visual no consigue igualar el poder de fascinación que, paradójicamente, si obtenía un artesano a priori menos dotado como Demme.

Al monstruo le sobra peso, minutaje, engolamiento, así como carece de un contrincante que ejerza de contrapeso como la compleja Starling de El silencio de los corderos, capaz de fascinar a aquel que ve a los hombres como alimento ocasional. Aquí Starling ha sufrido una metamorfosis, pero parece que solo queda una carcasa con la que Moore, que no es ni mucho menos una mala intérprete, no consigue llegar al listón dejado por su predecesora. Desmesurado, el monstruo no seduce tanto como antaño; le falta esa agudeza proverbial para describir la danza macabra de Starling y Lecter, engarzados al borde del abismo, luchando por sobrevivir a él o caer en sus profundidades.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

El silencio de los corderos

28 Oct

“A mí no me interesan los corderos. Solo me los como.”

Hannibal Lecter (Hannibal)

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El silencio de los corderos

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El silencio de los corderos

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Año: 1991.

Director: Jonathan Demme.

Reparto: Jodie Foster, Anthony Hopkins, Ted Levine, Scott Glenn, Brooke Smith, Anthony Heald.

Tráiler

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            En 1988, dos años después del estreno de Hunter -adaptación de la primera novela de la saga de Hannibal Lecter-, Thomas Harris, consciente del carisma del psiquiatra caníbal, publicaba una segunda entrega, El silencio de los corderos, de la que, en el futuro, será una tetralogía. En 1991, se estrenaría su versión en fotogramas, la cual catapultará definitivamente al personaje hasta convertirle en uno de los iconos del Mal en el séptimo arteen 2003 sería elegido por el American Film Institute como el mejor villano del cine– y sentará las bases junto a Seven del thriller psicopático de la década –no por casualidad, David Fincher será luego uno de los candidatos a dirigir Hannibal, secuela de ésta-, influyendo asimismo en otros relatos del FBI con componente de terror psicológico-esotérico como Expediente X, Copycat, El coleccionista de huesos o Fallen.

Además del descomunal reconocimiento público, la crítica encumbrará una obra que se coronará como la tercera en la historia –después de Sucedió una noche y Alguien voló sobre el nido del cuco– en conquistar el Óscar en las cinco categorías principales del galardón: película, director, actor y actriz principal, y guion adaptado.

            Sin duda, el mérito de la cinta de Jonathan Demme reside en la confluencia del arrollador magnetismo del Mal con mayúsculas –refinado, elegante, seductor, mortal- con un solvente relato policial protagonizado por un personaje perfilado con idéntica atención y presencia, la novata Clarice Starling, espíritu inocente encargado de bailar con el demonio a la luz de la luna y descubrir de su mano las sombras que proyecta su propio interior –la determinación, la ambición, la tentación-.

Anthony Hopkins y Jodie Foster, en definitiva; envueltos en una rotunda atmósfera tétrica –buen trabajo de fotografía y de banda sonora a cargo de Tak Fujimoto y Howard Shore respectivamente- bastante más tradicional que la propuesta por Michael Mann en Hunter aunque desde luego efectiva. El cado idóneo donde cultivar apropiadamente el caso de Buffalo Bill (Ted Levine), un Ed Gein redivivo, esencia del negro reverso de América. No obstante, la tensión apenas estallará de forma explícita, prescindiendo de golpes de efecto fáciles, y en cambio permanece siempre soterrada, aferrada a las entrañas de los personajes, bajo su piel, en los sótanos de su alma, ocultos en esa lectura angustiosa y tenebrosa de la esencia del país y de la especie humana.

Lecter, por tanto, se erige tan solo en libertador de las inclinaciones innatas, aquellas que ya discutía íntimamente con el agente Will Graham en El dragón rojo, constituido casi en su doble al otro lado del espejo –o del cristal de la celda-.

            Desde la realización, Demme estelariza acertadamente al doctor –la iluminación sombría o deslumbrante, las figuras que se arremolinan atemorizadas en su presencia al contrario que las que se ciernen masculinas y amenazadoras sobre Starling-, ensalzado asimismo por la justamente recordada interpretación de Hopkins.

El pulso narrativo dosifica con precisión la intriga, equilibrando en un espectáculo de grata intensidad y entretenimiento ese ramillete de duelos íntimos –Lecter y Starling; Starling contra sí misma debido a la capacidad de Lecter de desnudar y cuestionar la naturaleza de sus oponentes– y el derivado y por tanto secundario duelo policíaco e ilusoriamente redentor –Starling contra Buffalo Bill, contra su deuda del pasado-.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

Hunter

26 Oct

“Eres un chico extraordinario. Admiro tu valor. Me comeré tu corazón.”

Hannibal Lecter (El dragón rojo)

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Hunter

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Hunter

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Año: 1986.

Director: Michael Mann.

Reparto: William Petersen, Tom Noonan, Dennis Farina, Joan Allen, Brian Cox, Kim Greist, David Seaman, Stephen Lang.

Tráiler

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            Curiosamente, la primera película en llevar al cine las aventuras criminales del doctor Hannibal Lecter, creado por el escritor Thomas Harris, es quizás la que más desapercibida ha pasado en la cultura popular. Y eso que viene con la firma de un director potente, como Michael Mann, y que contiene suficientes elementos de interés para convertirse en una obra apetecible y sugestiva… aunque aquí, por decisiones de la producción, nuestro buen psiquiatra aparezca bajo el nombre de Hannibal Lecktor.

            Hunter recoge la novela El dragón rojo, publicada en 1981 y que supone la primera de las entregas de la tetralogía literaria del doctor Lecter, esteta, gourmet, antropófago y apasionado estudioso de la naturaleza dual del hombre. No obstante, Lecter no es aquí el protagonista, si bien sí una parte sustancial del argumento.

El relato describe la persecución por parte del agente del FBI Will Graham (William Petersen) de un misterioso asesino en serie con afición a aniquilar familias perfectas durante las noches de luna llena, inspirado por las pinturas de William Blake sobre El gran dragón rojo (Tom Noonan). Lecktor-Lecter (Brian Cox), encerrado en una penitenciaría psiquiátrica de blancura fulgurante y arquitectura art-decó, emerge por tanto como un tercer vértice que, armado por su poder de sugestión, estimula el reverso tenebroso de Graham, el cual es al mismo tiempo su principal herramienta de deducción y la flaqueza innata que le hace caminar junto al abismo, observando fascinado la pavorosa profundidad de su negrura.

            Michael Mann compone un thriller de cuidada estética –aunque puntuales e inexplicables fallos de montaje en las escenas de acción-, abierto con una excelente presentación en plano subjetivo alumbrado con linterna y luego envuelto en sus característicos juegos cromáticos con el neón para componer diferentes ambientes psicológicos, donde la disyuntiva mental de Graham –su ambivalencia como defensor de la ley y su potencial como psicópata- queda un tanto sometida al desarrollo de la investigación sobre el caso. La intensa creación de atmósfera se redondea con una acertada banda sonora de tintes electrónicos, eso sí, más estridente cuando aparecen temas vocales.

La atípica interpretación de Noonan provoca también cierto distanciamiento de esta magnética puesta en escena, mientras que la lucha interna de su personaje antagonista, en cierto modo correlativa a la de Graham –con quien se declara una especie de duelo westerniano también muy al estilo de Mann y un tanto pasado de rosca cuando de hecho se verbaliza-, se resuelve con semejante precipitación.

            Se percibe la mano de Mann en la adaptación del texto, patente en estos duelos entre personalidades marginales y agonizantes, inmersas en un conflicto compartido por su supervivencia dentro un mundo melancólico y degradado –la muerte omnipresente, la amistad sometida a intereses, la fragilidad del núcleo familiar, la infidelidad-, expresado además por una ciudad que se amolda, tétrica, deshumanizada e hipnótica, a las emociones de los antihéroes y antivillanos, enzarzados en una competición a muerte.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

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