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Matrix

13 Ago

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Año: 1999.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Joe Pantoliano, Gloria Foster, Marcus Chong, Matt Doran, Belinda McClory, Julian Arahanga, Anthony Ray Parker, Paul Goddard, Robert Taylor.

Tráiler

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         Para convertirse en un auténtico fenómeno cinematográfico y sociológico, impreso a fuego en la cultura colectiva, Matrix supo rastrear y pulsar las fibras sensibles del cambio de siglo. La democratización y universalización de la tecnología; la expansión de la world wide web, las plataformas y videojuegos virtuales y el alumbramiento de una vida alternativa digital; el efecto 2000 y la amenaza del hacker en la sombra; el milenarismo, la fusión cultural en un mundo globalizado, las coreografías hongkonesas de artes marciales llevadas a un nivel poco o nunca visto anteriormente, la estética de discoteca techno que dominaba el periodo… Todo ello sobre la base de el tradicional y siempre efectivo esquema del aparente marginal -el tipo corriente de aburrida e incluso desazonadora existencia, en resumen- a quien se le revela su razón de ser como mesías providencial, lo cual entremezcla por tanto existencialismo con referencias bíblicas, filosofías orientales, clásicos literarios…

         Dos décadas después, Matrix sobrevive perfectamente como cuestionamiento del homo tecnologicus y de su experiencia de la realidad. Aunque aboga por la distopía tortuosa en lugar de por esa distopía de progreso ilusorio que parece ser la predominante –la sumisión mediante el placer superficial y no mediante la opresión brutal, como pronosticaba Aldous Huxley en Un mundo feliz-, su vigencia argumental puede considerarse reforzada incluso por el desarrollo y ampliación de la vida paralela y simulada por la vía de las redes sociales como nuevo opio en el que hasta se puede cuantificar objetivamente la gratificación obtenida -likes, matches, corazones…-; la ultraexposición de la privacidad también por el big data y los sistemas de espionaje disimulados o hasta relativamente voluntarios; la hiperconectividad y la hiperinformación como herramientas de control y confusión…

Peor fortuna corren todas las escenas que encajarían en un anuncio de batalla de djs, caso de la entrada en Matrix de la tripulación del Nabucodonosor o el imitado y parodiadísimo asalto del recibidor del rascacielos. Con todo, es imposible negar la influencia posterior de esos equilibrios coreográficos, ralentíes de cámara y trucajes visuales como el ‘efecto bala’. El catálogo de horrorosas gafas de sol no se mencionará porque volverán a estar de moda en algún momento de la próxima década.

         En definitiva, en mitad de este universo confuso e inaprensible que conspira contra él, Thomas Anderson, un perdedor cualquiera, se pregunta quién es y qué hace aquí, en un cuchitril nauseabundo, sin amigos y con cara pasmada de estar esperando no se sabe qué. Hasta que, de la nada, el conejo blanco otorga carta de validez a su alter ego Neo y le guía hasta su destino manifiesto, con una épica entre apocalíptica y salvífica a la altura de las más elevadas expectativas de su ego desencantado y doliente con la insulsa vida de todo hijo de vecino. Una alucinación en tonos verdosos o azules, según se esté a uno u otro lado de la ilusión.

Vista desde esta distancia de 20 años -y del paso de la adolescencia a la edad adulta-, se percibe con claridad, en la escena de presentación del protagonista, la construcción trascendental que configuran alrededor de él las hermanas Wachowski -por entonces eran los hermanos Wachowski, como es sabido; un conflicto de identidad que ahora puede añadir un elemento más desde el que interpretar esta temática acerca de personalidades ocultas bajo la piel impuesta a priori por la naturaleza o la sociedad, y acerca de la capacidad de decisión del individuo para conquistar su propio y espectacular sino-. “Eres mi Jesucristo personal”, “necesitas desconectarte”, “no distingo sueño de realidad”… Las claves en la primera conversación.

El fondo es menos intrincado de lo que asemeja, y es probable que las propias directoras y guionistas fueran bien conscientes de ello, porque en esta entrega inaugural de Matrix se hallan infiltrados pequeños detalles de humor y un agradecido regusto de serie B en parte de su imaginería -las torres chisporroteantes del criadero, el gancho de rescate, los enormes enchufes cerebrales, el kung fu, los guiños cinéfagos…-. Son rasgos que casan con ese espíritu de novela juvenil de ‘elige tu propia aventura’ que domina la trama del neófito Neo -arrastrado de improviso a una epopeya inesperada en la que debe ir dilucidando qué pastilla escoge o no, qué camino sigue o no, qué debe creer o no…- y que, en cierto modo, invita a participar al espectador y que resulta bastante entretenido.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7,5.

Open Windows

8 Jul

“Si hay algo que le falta al cine español es regularidad.”

Alejandro Amenábar

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Open Windows

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Open Windows.

Año: 2014.

Director: Nacho Vigalondo.

Reparto: Elijah Wood, Sasha Grey, Neil Maskell, Adam Quintero.

Tráiler

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             En formato pirata con sonido reverberante y pixel grueso, ante una pantalla de ordenador portátil de alrededor de 15 pulgadas en medio del salón o sobre el escritorio del cuarto, con una conversación de WhatsApp abierta, otorgando un ‘like’ facilón a la nueva foto de perfil en Facebook del chaval o chavala que le hace tilín, controlando el ‘timeline’ de Twitter y repasando los mejores comentarios de los usuarios de Marca sobre el artículo del último mordisco de Luis Suárez.

Las innovaciones técnicas han creado nuevos hábitos de consumo en el espectador medio. Nacho Vigalondo, observador atento y fiel usuario de las últimas tecnologías visuales y de la información, lo sabe. Quizás de ahí el estilo visual y narrativo que impera en Open Windows, thriller cibernético con ‘psycokiller’ que tiene mucho de innovador pero que a la vez acumula una cuantiosa parte de influencias pretéritas.

             La representación del argumento a través de cuatro o cinco pantallas simultáneas dentro de un portátil –más adelante también aparecerán planos subjetivos intermediados por una cámara de video-, es una manera excepcionalmente fidedigna de capturar este modelo de visionado contemporáneo en el que prima la saturación de información que distraiga la mente del usuario aburrido, situado en contraposición con la tradicional (y ya en desuso) concentración monotemática hacia la trama de la película.

Así, la atención del protagonista (Elijah Wood) salta constantemente de una ventana a otra de su ordenador, de un estímulo a otro nuevo, mientras la intriga transcurre muchas veces relegada a un segundo plano desde el que solo se aprecia lo esencial para no perderse en su evolución o, al menos, seguir su hilo malamente mientras se atiende a otra cosa más importante.

             Vigalondo desarrolla así un relato muy hábil en el uso del lenguaje; fresco, reflexivo, que luce cierta influencia tanto del cómic como, de forma más pronunciada, del videojuego, en concreto de las aventuras gráficas ‘point-and-click’. A tenor de este interesante planteamiento, tampoco se penaliza demasiado que el protagonista deje atrás el arquetipo del pardillo para adoptar el razonamiento de un auténtico botarate, o que al guion peque de falta de lógica o verisimilitud. Lo justifica con creces la sagacidad de la propuesta, que aborda asimismo subtextos candentes como el fetichismo a distancia y el voyeurismo que incentiva la pavorosa ultraexposición de la propia intimidad en Internet.

Pero cuando los minutos avanzan y la reflexión se hace reiterativa o, siendo precisos, se diluye, uno recuerda que sobre estos asuntos la estupenda serie Black Mirror ha conjeturado en mayor profundidad, con mayor intensidad y con idéntica originalidad. Entonces, los defectos comienzan a apoderarse de Open Windows.

             En el libreto, las herencias del cine de intriga, que van desde La ventana indiscreta hasta Última llamada, pasando por el giallo italiano -evidente en la construcción del villano en la sombra: misterioso, enfundado en máscaras digitales y literales, amante del arma blanca, homicida de mujeres guapas de dudosa moralidad-, tratan de exhibir su colorido atractivo, si bien lo que predominará serán sus execrables vicios. En sus creaciones anteriores, el cineasta cántabro ya había demostrado su propensión a jugar al ‘no todo es lo que parece’, de manera extraordinariamente mordaz en su célebre corto 7:35 de la mañana y de forma arriesgada y cautivadora en Los cronocrímenes, título que, a pesar de las contradicciones inherentes a las historias sobre viajes en el tiempo, conservaba satisfactoriamente el tipo en su conjunto.

Sin embargo, en Open Windows el recurso a las posibilidades de la altísima tecnología como fantástico desfacedor de entuertos de guion, como herramienta para introducir sorpresas-bomba en trama y personajes y, en definitiva, como motor para conducir a la función hasta derroteros increíbles y enajenados se realiza de modo tan flagrantemente abusiva, subrayada además verbalmente, que uno se pregunta qué intenciones tiene o qué pretende manifestar con ello Vigalondo, un tipo dotado de talento y con cosas que decir.

Por lástima, aparte de los temas anteriormente citados, un servidor no acierta a adivinarlo, lo reconozco.

             En cualquier caso, este manifiesto exceso convierte a los personajes en burdas marionetas tiradas por hilos y termina por dinamitar esa credibilidad que ya advertíamos que, de antemano, exigía voluntad de inocencia y un par de actos de fe a la platea. De nuevo solo cabe pensar, ¿es esta retahíla de giros inverosímiles una advertencia del cineasta acerca de la necesidad del cine de echar mano de despreciables, superficiales y estridentes estímulos para que el reproductor con el filme recupere el primer plano en la pantalla del portátil del público medio? No lo creo, no lo sé y, francamente, no me importa. En la inmensidad de la sala de cine, Open Windows tan solo arroja una estimable apuesta formal jalonada progresivamente con una festiva colección de lagunas, trucos, trampas e incoherencias que, al final, se traducen en no demasiada sustancia.

En consecuencia, el espectador acaba mirando la película completamente desde afuera, ajeno a todo, ya advirtiendo la pantalla, el telón a los lados, las butacas de adelante, el señor mayor que bosteza detrás,… Como quien mira la peli en el portátil, consulta la pantalla del móvil y escribe en las redes sociales al mismo tiempo.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 4,5.

TRON

6 Dic

“El software es como el sexo. Es mejor cuando es libre.”

Linus Torvalds

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TRON

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Año: 1982.

Director: Steven Lisberger.

Reparto: Jeff Bridges, Bruce Boxleitner, David Warner, Cindy Morgan.

Tráiler

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           La tendencia cíclica del ser humano ha resultado en que en estos tiempos se mire e imite aquello que se hacía hace treinta años. Hoy nos gustan los 80’, una época de efervescencia creativa y rupturismo pero, en mi opinión, de dudoso gusto artístico por lo general. La innovación desinhibida es lo que tiene. De ahí que un punto de coincidencia entre hoy y los 80´ sea la reivindicación de lo diferente, lo presuntamente hortera y bizarro e, incluso, lo grotesco. El orgullo friki. Una defensa de “los raros” ejemplificada por la coronación de Lady Gaga como nueva reina del pop y la trasgresión o por la reversión del galán cinematográfico, tipificada en el triunfo del nerd como figura romántica en las producciones de la factoría Apatow. También por la revisión de éxitos de la época y demás remakes nostálgicos más o menos necesarios: El Equipo A, Los Mercenarios, Wall Street, Karate Kid,… y TRON, película que recoge la parte de innovación friki, temática rupturista e innovadora –casi premonitoria-, gusto artístico cuestionable y una tendencia que conforma casi un subgénero en el cine de los 80’: la alerta contra la revolución tecnológico-informática –entonces ya casi en plena ebullición- y sus posibles efectos deshumanizadores y otros muchos peligros, de la que surgirán clásicos como Blade Runner, Terminator, Runaway: Brigada especial,…  

           TRON representa el sueño de todo informático nerd: la programación informática personificada literalmente y traducida a lenguaje épico y romántico. El argumento relata la lucha mesiánica entre TRON (Bruce Boxleitner), un sistema de seguridad que defiende la parte “humana” y libre de la informática, contra el malvado y tiránico Control Central de Programas, imagen de lo alienante y amenazador de la informática, un sistema que con aspiraciones de controlar el mundo frente a los inútiles seres humanos. Contra él, TRON contará con la ayuda de Kevin Flynn (el siempre efectivo Jeff Bridges), un joven hacker en busca de justicia contra el ex jefe que le despidió tras robarle sus creaciones de videojuegos y que ha quedado atrapado dentro de ese sistema informático.

De este modo, TRON supone la primera unión de cine y videojuegos, una trama absolutamente novedosa, al igual que su aspecto visual, tan recordado y referenciado, en el que la gran mayoría consiste en animación hecha a ordenador y que, incluso, alguna universidad californiana tuvo que ayudar a renderizar. Ese regusto kitsch también se extiende a la banda sonora del film, a mi juicio introducida bastante torpemente e irritante por momentos.

           En definitiva, TRON es un buen ejemplo de una concepción innovadora –lo que siempre tiene mucho mérito- pero mal realizada (quién sabe si fruto de su tiempo), ya que como película en sí es enormemente limitada, con unos parámetros cinematográficos muy insuficientes como una épica de chiste, un dramatismo bobalicón, diálogos chapuceros, ausencia de emoción,… Una idea curiosa que fructifica en una película mala.

           Lo de cualquier tiempo pasado siempre fue mejor no es más que una ilusión mental, dicen los expertos. Creo que me ahorraré la secuela.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 3,5.

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