Tag Archives: Guerra de Irak

La última bandera

5 Mar

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Año: 2017.

Director: Richard Linklater.

Reparto: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Yul Vazquez.

Tráiler

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          “Cada generación tiene su guerra”, sentencia uno de los protagonistas de La última bandera. Viendo la reciente The Punisher, en la que un veterano de Afganistán trata de saldar los pecados que lo atormentan aniquilando tramas mafiosas, me dio la impresión de que la serie parecía sacada de los años setenta. Tiene esa decepción, esa paranoia alimentada por el fin de la inocencia que trajeron consigo los magnicidios de la década anterior, la constatación del fracaso de la integración en un país de aluvión, la inseguridad social y la tumoración mortal de la Guerra de Vietnam. La posguerra de Afganistán e Irak -dos conflictos que uno no termina de saber si están sellados o continúan abiertos-, sumada a la presunta estrategia de lucha contra el terrorismo global, atomizado e indetectable -la cual abarca también un notorio y puede que premeditado asalto a las libertades civiles que encuentra su máxima expresión en la Patriot Act-; amén de la devastadora impronta de la crisis económica de 2008 y la decadencia industrial, laboral y neoimperialista asociadas, deja tras de sí una impronta análoga que el cine reproduce cada vez con mayor frecuencia.

En este sentido, La última bandera se mimetiza con El último deber, película de 1973 firmada por Hal Ashby, un auténtico francotirador especializado en operar desde los márgenes de todo. El esquema de road movie, la terrible contienda de fondo, la composición de sus tres personajes principales e incluso su estética; la reflexión desencantada sobre los Estados Unidos entre gotas de indagación existencialista. Quizás La última bandera incida en mayor medida en este último aspecto desde su punto de partida, que siguiendo con la comparativa constituiría una especie de continuación de la anterior. Un reencuentro de sus personajes, que son treinta años más viejos y, por tanto, portan nuevas cargas a sus espaldas, fruto de las complejidades de la vida. De hecho, la película de Richard Linklater se inspira en la secuela de la novela de la que partió aquel primer largometraje.

          Hay muchas deudas en estos tres tipos crepusculares, numerosas cicatrices que aún supuran y que cada cual trata de sanar a tientas, con su propia medicina improvisada -el alcohol, la religión, el recuerdo-. Cuentas sin saldar que proceden de la hoja de servicio castrense, aunque solo en la misma medida que de las elecciones vitales, por lo que estas aflicciones trascienden las implicaciones bélicas para equipararse a las del individuo cualquiera, y que es de donde surgen los momentos más humanos de la función; los más luminosos, los más taciturnos, los más conmovedores de un filme que avanza por la fuerza del diálogo, de la convivencia, de las interpretaciones de un reparto muy bien dirigido.

Pero, en cualquier caso, el hilo narrativo de este viaje pretende pone rostro a un soldado muerto que, literalmente, no tiene rostro. El caído anónimo, que llega a brazos de su padre.

          La última bandera posee un discurso crítico, decíamos. Con doloroso sarcasmo, se cuestiona la dialéctica del sacrificio patriótico y del homenaje heroico; se arremete contra el daño que produce toda guerra con indiferencia del bando en el que uno se encuentre; se explora en la necesidad del perdón y la redención; se explora la naturaleza del consuelo, distinta como distinta es la manera en la que cada persona asimila y gestiona el sufrimiento.

          Y el discurso es crítico, pero sus conclusiones apuntan hacia la reconciliación íntima y colectiva, expresada por medio de símbolos y valores -el uniforme, la bandera, la camaradería del ‘semper fi’-. Ambas vertientes constan, además, de su respectiva escena enfática que Linklater se podría haber ahorrado -la procaz transmisión de órdenes al escolta y la lectura de la carta-. Desde luego, esta reconciliación regeneradora no se refiere a las élites dirigentes, quienes personalizan los vituperios del mensaje -el tradicional reduccionismo del ‘mal del político’ que puede traerse a la conversación en cualquier lugar del mundo-. En consecuencia, el sistema en sí mismo queda más salvaguardado.

En los Estados Unidos, donde el puritanismo idiosincrásico de su cultura también cala en la obediencia de la corrección política, los espíritus disidentes suelen respetar unas líneas rojas bien delimitadas. Una especie de discrepancia desde la fidelidad de raíz. En este tema concreto, que gravita alrededor de las contradicciones propias de un país que se autoproclama defensor de a libertad y que sin embargo es una nación guerrera y en la que la batalla se ha tornado hasta cuestión comercial, se reproduce una paradoja que ya se percibía antaño en cineastas como John Ford, esquinados pero con inquebrantable fe en los valores nacionales -e incluso con una nostálgica también presente en la obra de Linklater, si bien de forma más modulada-, perceptible así en producciones de ambientación militar como Fort Apache. El saludo solemne se le niega al coronel, pero se le regala con honor al soldado raso, al ciudadano de a pie, que a fin de cuentas es, fundamentalmente, sobre quien se habla y a quien se habla en La última bandera.

En este sentido, la amargura y la rabia del ácrata Ashby era más firme y profunda.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota de blog: 7,5.

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El francotirador

27 Feb

“El cine es aquello que deslumbra la conciencia colectiva hasta el punto de considerar héroes a los más mortales.”

Javier Bardem

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El francotirador

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El francotirador

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Año: 2014.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Bradley Cooper, Sienna Miller, Jake McDorman, Luke Grimes, Cory Hardrict, Sammy Sheik, Mido Hamada.

Tráiler

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           En el prólogo de El francotirador, Chris Kyle, todavía niño, recibe el sermón de su padre, cristiano ferviente, acerca de las diferencias que dividen a las personas entre corderos –aquellos que sufren abusos y no son capaces de reaccionar ante ellos-, lobos –los abusadores- y perros guardianes –la especie excepcional que tiene los arrestos morales y las agallas suficientes para enfrentarse a los lobos y proteger a los corderos-. En paralelo, Eastwood sintetiza la lección mostrando cómo Kyle derriba y vence al matón del colegio que le estaba propinando una paliza a su hermano pequeño. Al ver por televisión los atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, Kyle acelera la respiración y decide servir a su país alistándose en las fuerzas de operaciones especiales. Minutos más tarde, la escena se repite, esta vez con el World Trade Center desplomándose ante sus ojos inyectados en sangre y rabia, deseosos de acudir a la primera línea de batalla.

           El francotirador rinde homenaje a un héroe americano. Aquel que, por puro coraje y nobleza, está dispuesto a sacrificarse por su prójimo desvalido, acosado por las mil y una amenazas que acechan al hombre bueno en los valles tenebrosos del Señor. Como Tom Doniphon cuando obligaba al pérfido Liberty Valance a recoger el filete que se le había caído al suelo a Ramson Stoddard, un romántico abogado que había peregrinado al otro lado de la frontera con el fin de predicar la ley y que, por entonces, solo había conseguido ser un camarero torpe. El asunto es que, después de Doniphon -un héroe definitorio de una era hostil y que se perdía en los refinados entresijos de la civilización moderna-, el camino restante hacia el presente debía ser y era andado por el idealista Stoddard, dueño de una decisión exactamente igual de poderosa que Doniphon y al que, en comparación, solo le faltaba su atronadora presencia física, si bien compensada por su ímpetu intelectual y por el respaldo objetivo e inapelable de sus libros de legislación. El certificado de defunción del Salvaje Oeste, en definitiva, y la confirmación del país de la Justicia y la Libertad.

El francotirador dictamina que los tiempos de Chris Kyle son los mismos que los del esplendor de Tom Doniphon, como si el mundo no hubiese avanzado en absoluto o hubiese experimentado una regresión a la anomia propia de los territorios indómitos del siglo XIX. Los tiempos del hombre fuerte que se mantiene firme mientras el resto, pese a sus buenas intenciones, termina por convertirse en corderos, intimidados por la violencia implacable de un Mal que no admite cuestionamiento alguno. Y es que la resistencia mental de Kyle proviene de la consciencia inalterable de que su obligación existencial es combatir al Mal, dentro de un mundo de blancos, negros y otros colores a punto de caer de parte de uno de los dos, sea de forma voluntaria o sea impuesta. Su determinación monomaníaca es, por tanto, la de un superhombre o la de un psicópata. De hecho, el filme sería prácticamente igual si estuviese protagonizado por el francotirador de la guerrilla iraquí con el que se bate en un duelo que, a la postre, llega a rayar lo obsesivo –fijación que tampoco será explotada con demasiada contundencia crítica, no obstante-. En este sentido, cabe decir que Kyle, a quien un marine califica de “ángel de la guarda” en cierta escena, era conocido por los iraquíes con el nada celestial apodo de ‘el demonio de Ramadi’.  

           Eastwood, un cineasta siempre interesado en la dimensión íntima de sus personajes, demuestra una inusual falta de garra en la disección psicológica del personaje, que posee el historial suficiente para poder encarnar a una versión juvenil y libre de humor del sargento de artillería Highway de El sargento de hierro, dada su condición de leyenda militar a la que las campañas van sustituyendo la sangre por queroseno y desactivando su vida civil a golpe de movilizaciones inoportunas. Así, El francotirador resulta una película bastante plana donde los esfuerzos por conferir aristas a la necesaria huella traumática que imprime semejante tarea, heroica o no, resultan superficiales en su proyección personal y familiar. Fuera del par de reacciones de Kyle ante ruidos inquietantes, las alusiones al síndrome del ex combatiente son sobre todo verbales, lo cual suele ser mala señal. Parte de la culpa recae asimismo en la escasa entidad como actor de Bradley Cooper, ese extra que miraba con arrobo a Clint durante una entrevista concedida para Inside Actor’s Studio. La vertiente afectiva no pasa por tanto de una consistencia mínima para, más tarde, acabar diluyéndose del todo en el desenlace.

           Pero volviendo a asuntos estrictamente bélicos, Eastwood no plantea un filme inocente que escarbe en los posibles conflictos que pueda arrastrar su protagonista. De acuerdo con su visión, el discurso de El francotirador escoge una posición concreta. En sus sucesivos retornos al frente, Kyle se encuentra con compañeros desmoralizados que comienzan a realizarse la pregunta esencial de toda guerra: por qué combatimos. El guion ofrece la réplica por boca del propio el enemigo, sublimado en una figura, ‘El carnicero’, que no duda en taladrar el cráneo a un pobre crío si es menester para sus propósitos rebeldes. O también mediante un local de reunión de las milicias insurgentes donde, detrás de un cadáver torturado al que sostienen terribles cadenas y ganchos, yace congelada una copiosa colección de cabezas humanas.

La opción de que, de tanto matar, Kyle se esté transformando en lobo, se desvanece. Y con ella el conflicto dramático del filme.

Hay preguntas en El francotirador, como hay respuestas rotundas –que no irrefutables, puesto que se asientan y exponen su argumento sobre la emoción más tribal, primaria y manipuladora y no sobre la razón lógica, que es la que se extraería de observar el conflicto desde una altura mayor, ubicándolo en un contexto que en la película será obviado-. Pero uno echa en falta otros cuantos interrogantes, principalmente el de qué serie de circunstancias, justificadas o no –no entro en ello, puesto que es una cuestión compleja y en parte muy privada-, llevan a una sociedad contemporánea a considerar como un inmaculado héroe nacional al autor de 160 muertes confirmadas -hombres, mujeres y niños-, guadañadas con la relativa sangre fría que impone el disparo lejano y solitario.

           Sea como fuere, Eastwood alega que aún faltan veinte, treinta o cuarenta años para que alguien escriba correctamente la crónica de estos tiempos confusos. Es decir, el lapso indispensable para tomar la debida distancia respecto del calor y la ofuscación del momento. Aquella distancia que, acaso, permitiría a Kyle adquirir el desengaño con el que el sargento Highway contemplaba una guerra solo anhelada por los altos mandos borrachos de cruces de hierro e incluso el desencanto con el que el curtido veterano paladea la inesperada primera victoria. Esa que, por muy gloriosa que fuese, seguía sabiendo a mierda de trinchera.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5.

Redacted

12 May

“Los paralelismos entre lo que hicimos en Vietnam y lo que hacemos en Irak son asombrosos.”

George Lucas

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Redacted

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Redacted

Año: 2007.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Izzy Díaz, Rob Devaney, Patrick Carroll, Daniel Stewart Sherman, Kel O’Neill.

Tráiler

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            La sensación de un círculo irrompible. Brian de Palma, adscrito al ideario de izquierdas desde su irrupción en los años sesenta, experimentaba en sus carnes la sensación de que la realidad supera la ficción. En medio de otro bache de su irregular historial, este posicionamiento político comprometido y esta decepcionante sensación de déjà vu fructifican en una “nueva” película. Y conviene entrecomillar “nueva” porque Redacted pasaría por un auténtico remake de la anterior Corazones de hierro, la primera incursión pura del realizador en el cine bélico –descontando por tanto las reivindicativas Greetings y Hola, mamá, en las que la guerra conformaba tan solo un elemento de fondo-. Intercambiables hasta en el subtítulo “aun en la guerra, el asesinato es el asesinato” y “la verdad es la primera víctima de la guerra”.

Es por tanto una película que repite un argumento ya tratado con anterioridad porque reproduce un execrable hecho que, a su vez, repite casi paso por paso otro acontecimiento precedente. En Corazones de hierro y Redacted, la Guerra de Vietnam y la Guerra de Irak se miran en el espejo, y se encuentran reflejadas la una en la otra.

            De este modo, el eje vertebrador vuelve a ser la terrible violación y asesinato de una joven nativa por un grupo de soldados americanos. Los participantes del crimen también podrían pasar por los descendientes de aquellos combatientes del sureste asiático: un instigador con el miedo de toda una vida de desgracias exudado en forma de zafiedad y violencia inconsciente e incontenible, un acólito palurdo que se deja llevar, el observador neutral que en su confusión acaba tomando parte más o menos activa del suceso y un antagonista con los ideales aún intactos pero impotente o incapaz de impedir la perpetración de una monstruosidad que lo horroriza y reconcome.

Jóvenes desorientados y abandonados en medio de un ambiente hostil, con una primaria solidaridad grupal como único y frágil asidero de humanidad.

            Como nota de distinción, de Palma se deja llevar en Redacted por su pasión formalista. A modo de continuación de una trayectoria sustentada en buena medida sobre el estudio, apropiación, reformulación y homenaje de estilos y expresiones de narrativa visual ajenos, Redacted supone la inmersión del veterano director en el análisis de diversos formatos de rabiosa actualidad: la cámara digital con el video-diario de uno de los militares, el documental, los noticiarios, las websites islamistas y occidentales, las cámaras de seguridad,…

Diferentes modos de registrar hechos y que sirven para introducir una reflexión sobre el acercamiento a la verdad en unos tiempos contemporáneos ultratecnologizados y de cómo, a pesar o a causa de esa sobreinformación reinante, aún prevalece la censura como medio de control del pensamiento colectivo e individual.

Porque a pesar del punto de vista distanciado y en teoría objetivo del documental, del énfasis dramático y espectacularizado de los informativos de televisión, de la cruda inmediatez de la videocámara o la frialdad mecánica de las cámaras de vigilancia, lo que Redacted sostiene en sus conclusiones es la preeminencia de la mentira, la ocultación y la desinformación al servicio de unos intereses o, lo que es peor, la banalización de la verdad como entretenimiento intrascendente.

            Aunque apropiada a la hora de confeccionar el mensaje del filme, esa mirada caleidoscópica y metalingüística no logra aportar sensación de realismo y además falla ampliamente en lo emocional, superada por varios cuerpos por el efectivo estilo documental al servicio de historias de ficción con mensaje explotado por otros realizadores como Paul Greengrass.

            Así las cosas, Redacted, dentro del interés de su propuesta, está lejos de despertar la reacción que pretende.

 

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

19 Feb

“Inteligencia militar es una contradicción de términos.”

Groucho Marx

 

 

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

 

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

Año: 2009.

Director: Grant Heslov.

Reparto: Ewan McGregor, George Clooney, Jeff Bridges, Kevin Spacey, Stephen Lang.

Tráiler

 

 

           Cuando la realidad supera a la ficción es difícil que la ficción funcione adecuadamente como tal.

Los descabellados experimentos llevados a cabo por el ejército de los Estados Unidos, encabezados por la Darpa (Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa), son uno de estos signos inequívocos de que el hombre está aún lejos de poder considerarse a sí mismo un ser racional.

Porque cómo puede aspirar a tal calificativo algo que permite la existencia de un aparato militar que pretende crear armas como la bomba gay –capaz de abocar a sus víctimas a una homosexualidad desenfrenada- o que, como cualquier estrato social, está tan embadurnado y alucinado por la cultura popular como para emplear La Guerra de las Galaxias como inspiración para desarrollar un desopilante dispositivo táctico antimisiles.

No en vano, Barack Obama rechazó hace escaso tiempo la propuesta ciudadana, elevada mediante miles de firmas a la Casa Blanca, de construir la Estrella de la Muerte.

             Esta aterradora estupidez, enquistada en uno de los más poderosos y letales organismos del mundo, es el punto de partida –y una vez vista, también de final- de Los hombres que miraban fijamente a las cabras, película centrada en los avatares pasados y presentes de una división de parapsicología del ejército estadounidense -más real de lo que uno podría pensar, tal y como advierte el filme- caída en desgracia por el propio peso de su antibelicismo y con sus escasos e idealistas popes relegados a la marginalidad e incomprensión o a trabajos degradantes en ese lado oscuro de la fuerza –se incide con insistencia en esa risible terminología de La Guerra de las Galaxias, lo que se extiende al irónico protagonismo de Ewan McGregor, encarnación en su día de Obi-Wan Kenobi-, el mismo que precisamente pretendían derrotar.

             Se trata pues de una comedia que coquetea con el absurdo y el surrealismo y que desprende un aroma similar al de los productos de Joel y Ethan Coen -quienes cabe decir que no se manejan especialmente bien en la comedia pura, a excepción de la gloriosa El gran Lebowski-, compartiendo incluso insignes colaboradores de los hermanos como George Clooney o Jeff Bridges, quien, como con su legendario Nota, se encarga de dar vida a un hippie fuera de su elemento.

Aunque, como decíamos en la entradilla, la absoluta marcianada que supone su material de base influye de manera decisiva en el fracaso de una cinta que acusa la falta de todo sentido del delirio, a la que un inconveniente pudor conduce a intentar ser simplemente simpática y ocurrente pero que, sin embargo, no hace sino que resulte en cambio fláccida, gris y bobalicona.

            Grant Heslov, actor de segunda fila y director más que ocasional, parece haber descubierto un rico filón en el libro de Jon Roston -recopilación de las investigaciones del autor sobre personalidades y experimentos reales del ejército-, pero no dispone de las herramientas ni de la habilidad adecuada para explotarlo en condiciones, aparte de un lujoso y talentudo reparto.

El romo guion de Peter Straughan no consigue sacar punta a ese mencionado absurdo que impregna toda la cuestión, limitándose a ofrecer unas cuantas gracias blanditas, carentes de acidez, mordiente o carisma, muchas de ellas ya implícitas en el tema y con tendencia por ello a caer en la redundancia.

Al mismo tiempo, también es incapaz de exprimir la dolorosa seriedad del trasfondo: ese mencionado lado oscuro –las cobayas humanas, la tortura sádica, inventiva y sistemática con fines más que cuestionables-, la instrumentalización perversa de cualquier iniciativa de bondad, el inapelable destino de decepción del idealista en un mundo cruel en el que no tiene cabida y, en un plano más terrenal, la dificultad de toda persona para encontrar o llevar a cabo el camino de su propia vida.

            Es revelador el hecho de que el que suscribe no recordase haberla visto ya y que cayese en la cuenta de ello solo a causa de un par de imágenes del todo intrascendentes.

Desaprovechada, decepcionante.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 4,5.

Nothing But the Truth

31 Ene

“El periodismo es la protección entre la gente y cualquier clase de regla totalitaria. Es por eso que mi héroe, obviamente dañado, es periodista.”

Andrew Vachss

 

 

Nothing But the Truth

 

Año: 2008.

Director: Rod Lurie.

Reparto: Kate Beckinsale, Matt Dillon, Alan Alda, Vera Farmiga, David Schwimmer, Noah Wyle, Angela Bassett.

Tráiler

 

 

           Sostenía Habermas que el periodismo debía ser el instrumento de reacción social en contra de la colonización que la política ejercía sobre la vida.

La profesión que surgió para informar sobre cuestiones comerciales acabó por convertirse en perro guardián, en cuarto poder al servicio del común en constante vigilancia del resto de poderes, en un pilar del sistema democrático como salvaguarda, a través de la garantía del acceso a una información independiente, de la libre participación del ciudadano en la vida social.

Este compromiso, junto con su indudable atractivo y relevancia, no será desaprovechado por un cine que ha elevado a la categoría de mito popular acontecimientos clave en la historia de la profesión como la firme y valiente oposición del periodista Edward R. Murrow frente a los abusos del mccarthismo en Buenas noches y buena suerte, en defensa de los valores liberales y democráticos, o el destape del escándalo Watergate en Todos los hombres del Presidente, además de otros relatos ficcionalizados a partir de hechos reales, como El dilema o esta que nos ocupa.

            Nothing But the Truth –“nada más que la verdad”- se inspira directamente en la situación de la periodista de The New York Times Judith Miller, que pasó 85 días en prisión por negarse a revelar sus fuentes de información, y el caso de la revelación de la identidad de la espía Valerie Plame –cuyo punto de vista sería llevado a la pantalla en Caza a la espía-, esposa del diplomático Joseph Wilson, quien contradijo públicamente algunos de los argumentos que había empleado la administración Bush para invadir Irak.

Así, sustituyendo el país medioriental por otro del eje del mal como Venezuela y cambiando en parte los motivos de la periodista –mucho se ha dudado y comentado sobre las intenciones de Miller, considerada instrumento del gobierno para desprestigiar a Wilson y justificar la guerra, mientras que aquí se presenta como un caso de cuestionamiento de los métodos del poder-, Rod Lurie, quien ya había indagado en los oscuros callejones de la alta política y su voraz opresión sobre el individuo, también desde una perspectiva femenina, en Candidata al poder, sienta las bases para analizar el conflicto entre la autoridad de un Estado casi policial o marcial y la libertad de información y sus derechos –el de ejercer el secreto profesional, que permite al periodista no desvelar sus fuentes-, secuestrados por dudosas razones de seguridad nacional.

            Lurie compone una trama sólida e inteligente, consigue hacerla pavorosamente verosímil –algo que, curiosamente, tiende a no ocurrir con las historias “basadas en hechos reales”- merced a la ausencia de dramatismos fáciles, golpes bajos emocionales o efectismos de saldo –aunque no termine de funcionar la ultimísima revelación, que de haberla suprimido no hubiera ocurrido nada-, y eso que suficientes motivos tenía para ceder a ellos –el ámbito carcelario, el conflicto familiar, la lucha del ciudadano de a pie contra la injusticia del poder omnímodo-.

Nada cae en clichés o imposturas cinematográficas melodramáticas, los personajes actúan con lógica, interpretados con sobriedad y credibilidad por un reparto entonado en todas sus líneas, desde una sorprendente Kate Beckinsale hasta un tipo soso como David Schwimmer, pasando por un correctísimo Alan Alda o la siempre agradecida presencia de Angela Basset, incluso en aquellos más peliculeros como la espía descubierta encarnada por una espléndida Vera Farmiga, esa soccer mom ideal, vulnerable y terrible al mismo tiempo.

            Incomprensiblemente, ya que es mejor que la mayoría de los estrenos de este u otros géneros, pasó directamente al DVD.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Buried (Enterrado)

30 Ago

“Lo único que deseo para mi entierro es no ser enterrado vivo.”

Felipe Stanhope de Chesterfield

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Buried (Enterrado)

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Año: 2010.

Director: Rodrigo Cortés.

Reparto: Ryan Reynolds, José Luis García Pérez, Robert Paterson.

Tráiler

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           Ser enterrado vivo era una de las obsesiones de uno de los grandes de la literatura de terror como Edgar Allan Poe, presente en muchos de sus relatos. Frank Darabont ya se atrevió en su debut en el largometraje a exhibir tan macabro tema en el thriller de infidelidades y venganzas de ultratumba Sepultado vivo, de escaso presupuesto y destinado a la pequeña pantalla.

Más popular será el capítulo del enterramiento de la sufrida Novia de Kill Bill en la segunda parte del díptico de  sobre su sangrienta venganza, luego autoplagiado por el propio Tarantino en un capítulo especial de la serie CSI: Las Vegas que contaría con su participación tras las cámaras.

            En su segundo filme, Rodrigo Cortés se atrevía a dar un arriesgado paso adelante para realizar una película con un único escenario: el ataúd donde yace un contratista civil secuestrado en Irak. Un ejercicio de suspense total en el que la claustrofobia no contará con el descanso de recursos efectistas como en la coetánea 127 horas que alivien la tensión del espectador, que lo liberen momentáneamente de la minúscula cárcel que comparte con un agobiado –y sorprendente- Ryan Reynolds.

            Así, Cortés hace un alarde de poder narrativo y de habilidad para trasladar la angustia, el desasosiego y la desesperación a la cabeza del espectador, con la mente clavada a dos metros bajo tierra durante la hora y media de la cinta gracias una sumamente efectiva dosificación de la intriga basada en elementos limitadísimos, si bien es cierto que sí habría que reconocer que alguna escena suena un poco forzada para ganar metraje y renovar la tensión –la de la serpiente, en concreto- y retuerce demasiado alguna otra –puede parecer excesiva la llamada del jefe de personal de la empresa del protagonista-, lo que no evita sin embargo que Buried se erija como una notabilísima película de un joven director al que conviene seguir de cerca.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8,5.

En tierra hostil (The Hurt Locker)

17 Jun

Esta guerra de Irak, al principio claro, estás ilusionao los primeros días “¡vengaaa a la guerra!” pero luego pasan los días y la guerra es un poco estomagante.”

Condoleezza Rice (Muchachada Nui)

 

 

En tierra hostil (The Hurt Locker)

 

Año: 2008.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty, Guy Pierce, Ralph Fiennes.

Tráiler

 

 

            Y la Academia premió a la mujer. Por primera vez en la historia de los Oscar, el premio a mejor director recayó en una fémina, Kathryn Bigelow, una autora cuya trayectoria no se ha caracterizado precisamente por películas de contenido y sensibilidad, digamos, femenina, sino más bien reconocida por productos como thrillers de acción (Le llamaban Bodhi, Acero azul), de ciencia ficción (la sugestiva Días extraños) o bélicos (K-19: The Widowmaker, esta En tierra hostil). También fue un acto de contrición por parte de la Academia que, en su buen propósito de ese año, decidió ponerse de parte del más débil –En tierra hostil no contaba con un elevado presupuesto y, además, fue un relativo fracaso de taquilla-, seis Oscar mediante, y dejar con un palmo de narices al galáctico remake de Bailando con lobos del ex marido de Bigelow, favorito en todas las quinielas.

            En tierra hostil centra su historia en un cuerpo de artificieros norteamericanos en la Guerra de Irak, a donde llega el sargento James (Jeremy Renner, acertado en un papel protagonista infrecuente en su carrera), el nuevo jefe de equipo, un hombre que parece haber perdido la motivación por la existencia, lo que le hace jugarse su propia vida para salvar la de los demás de las bombas que se ocultan en las ruinas de un país aniquilado, invadido por la destrucción, la miseria y la basura.

             La película es un drama bélico atípico, con una estructura más próxima al thriller con trazos de terror que a la pura acción militar, en el que se muestra una guerra que no posee un sentido superior, unos ideales que alcanzar, sino que se trata tan solo de sobrevivir en territorio hostil, donde el enemigo son todos y ninguno. Una amenaza latente en la mayoría de las ocasiones, casi únicamente palpable en las bombas enterradas, que es la que propicia el logrado suspense y tensión constante de una obra que, como es norma común en el cine bélico actual, persigue el hiperrealismo a través de la verosimilitud de los personajes, sus acciones y sus diálogos, de unos planos y movimientos rápidos e inestables de cámara casi propios del documental y en la descripción sin cortapisas de la violencia y la sangre, del horror de la guerra –aunque en alguna ocasión confundido con el gore exhibicionista e innecesario, destinado a epatar con poca sutileza-, estirando al máximo las escenas para transmitir, con éxito, la angustia e inquietud de unos soldados que, a excepción del fatalista James, solo esperan sobrevivir.

             Una película interesante, que no del todo apasionante, que adolece, además de alguna escena visceral gratuita ya mencionada, de un metraje excesivo, que opta un tanto por la redundancia en vez de terminar de potenciar la intrincada psicología de su protagonista.  

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,7. 

Nota del blog: 7.

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