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La lengua de las mariposas

2 Ago

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Año: 1999.

Director: José Luis Cuerda.

Reparto: Manuel Lozano, Fernando Fernán Gómez, Uxía Blanco, Gonzalo Uriarte, Alexis de los Santos, Jesús Castejón, Guillermo Toledo, Elena Fernández, Tamar Novas, Tatán, Lara López, Celso Bugallo, Xosé Manuel Olveira ‘Pico’, Antonio Lagares, Milagros Jiménez, Eduardo Gómez.

Tráiler

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         Hablando sobre La lengua de las mariposas, se sorprendía su director, José Luis Cuerda, de que escenas como la del pasillo de los presos republicanos despertaban todavía una gran emoción entre los mayores de Allariz, el pueblo ourensano donde rodó esta adaptación de una serie de cuentos del coruñés Manuel Rivas. El cineasta lo interpretaba como una prueba de que la Guerra Civil española no era un conflicto adecuadamente sanado en Galicia. No es, por supuesto, una situación exclusiva de esta comunidad, pero en octubre de 2018 se produjo una nueva evidencia de este cierre en falso de la guerra fratricida y los posteriores cuarenta años de dictadura nacionalcatólica. Fue en la inauguración de la muestra en la que se exhibía por primera vez en España el óleo de Castelao A derradeira leición do mestre, “La última (o definitiva, tal es el sentido del término) lección del maestro”, considerado el Guernika gallego por su simbolismo furibundo y doliente en denuncia de la represión del nacionalismo galleguista y las libertades republicanas promovida por el alzamiento militar de 1936 y el régimen franquista. En su interpretación de la obra durante el discurso de apertura, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, loó los valores democráticos en oposición a unos fanatismos ideológicos que conduce al totalitarismo, “presentes en el mundo actual bajo diferentes etiquetas”, si bien su advertencia contra la polarización política internacional, que atribuyó a lo que entiende como corrientes políticas populistas -pese a que su partido es capaz de avalar a un alcalde como Senén Pousa en Beade, cerca de Allariz-, también incluyó una invitación a pasar página mientras se contempla un cuadro ante el que “los más viejos sentirán los ecos de aquella barbarie, y los más nuevos se preguntarán asombrados si realmente fue aquí en Galicia donde sucedió”.

Con estas palabras, y tal como le reprocharon posteriormente, entre otros, los grupos de la oposición parlamentaria, el dirigente del PP se cuidó de condenar expresamente a los golpistas que fueron directamente responsables de la ejecución el 17 de agosto de 1936 de Alexandre Bóveda, el intelectual y político galleguista a quien Castelao, que entrega su rostro al del maestro que yace fusilado ante sus alumnos, rinde homenaje en esta pintura creada en el exilio y que amplía una de las estampas de su libro Galicia mártir. Ante estas medias tintas de Feijóo, una constante en el discurso y la acción política de la formación conservadora, fundada por un ministro de Francisco Franco, las declaraciones del resto de partidos incidieron en la necesidad de completar adecuadamente la labor de la memoria histórica para saldar definitivamente las cuentas con un pasado negrísimo y aún reciente y palpable, incluida la exhumación e identificación de los cuerpos de los ajusticiados, la reparación de su recuerdo y su dignidad y la supresión de los privilegios que todavía detentan los herederos del dictador como, sin salir de Galicia, ocurre por ejemplo con el expolio de bienes patrimoniales como el pazo de Meirás o las esculturas de Abraham e Isaac del Pórtico de la Gloria. 

         A derradeira leición do mestre era además la joya de la corona de una exposición en la que se profundizaba en la labor de Castelao como maestro de escuela y en la que se reflejaba el papel de la educación pública para, a pesar de la precariedad rampante, erigirse en una herramienta esencial contra la intolerancia y en favor de la igualdad y de la libertad moral e intelectual del individuo, dentro de un proyecto cercenado a sangre y fuego por una rebelión militar de filiaciones fascistas que tuvo precisamente en los docentes una de sus presas predilectas, como recordaba la abultada lista de ajusticiamientos recogidos por la muestra.

La lengua de las mariposas es una aproximación primero literaria y después cinematográfica a estos hechos, a cómo este aprendizaje humanista queda truncado literalmente a pedradas y espumarajos, símbolo de una generación que ha de vender su alma para sobrevivir en medio de la ignorancia, el clasismo y la brutalidad. Cuerda, encargado tanto de la realización como de ayudar a Rafael Azcona a traducir a libreto los textos de Rivas, establece esta escisión desde la mirada infantil, aterrada en su sensiblidad por la violencia que se adivina en el mundo adulto -“la letra que con sangre entra” y la Guerra del Rif como figuras equivalentes-. Y, en contraposición, sitúa a un mentor luminoso, que a través de las lecciones y de la amistad abre sus ojos a la vida pese a las nubes tormentosas que van oscureciendo el escenario. Las enseñanzas del maestro versan sobre las maravillas que el mundo alberga, pero asimismo sobre el infierno que pueden ser los otros.

         La película consigue manifestar con hermosura, lirismo y crudeza esa colisión entre las miradas soñadoras de dos iguales, el pequeño Gorrión y el veterano don Gregorio, frente a una realidad enferma y enajenada que conspira contra ellos, amenazando los valores que definen las esencias más elevadas del ser humano -el entusiasmo, la solidaridad, la comprensión, la lealtad, la libertad, el amor-. Hay una notable delicadeza y precisión para construir, plasmar y entrecruzar ese retrato de la ilusión del niño que descubre la vida con el espíritu curtido aunque irreductible contra desencantos del anciano profesor. Ayuda el emotivo contraste entre la frescura de Manuel Lozano y la rotundidad -sutil rotundidad- de un tótem viviente como Fernando Fernán Gómez. Al mismo tiempo, no se regodea en subrayar la sinrazón presente y la muerte que se avecina, intermediada por personajes que compone de un par de pinceladas para dar cuerpo con ellas a una atmósfera de fondo inquietante y cada vez más tangible. No se abusa por tanto de personajes monolíticos como el del cacique, que funcionan prácticamente como estereotipos.

         Azcona ensambla con naturalidad los tres relatos cortos de los que se compone el filme, apoyado fundamentalmente en la veracidad y la emoción de ese registro humano e histórico, de lo que obtiene pasajes conmovedores como el clímax final, donde se condensa esta lucha insoportable y eterna entre la libertad y la barbarie, el odio y el amor, entre un hermano y otro.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Incierta gloria

20 Mar

Incierta gloria

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Año: 2017.

Director: Agustí Villaronga.

Reparto: Marcel Borrás, Núria Prims, Oriol Pla, Burna Cusi, Luisa Gavasa, Fernando Esteso, Terele Pávez, Juan Diego.

Tráiler

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          Aunque ambientada en la Guerra Civil española, no hay (casi) disparos en Incierta gloria, si bien abundan en ella los frentes abiertos y volátiles. Son trincheras íntimas, que atruenan en las entrañas de personajes en conflicto, divididos entre el elemental sentido de la humanidad y un instinto de supervivencia contra el horror que, en realidad, parece más orientado hacia las generaciones futuras -sus hijos- que hacia la propia, ya arrasada y dada por perdida sin remedio. Desgarros viscerales que arrecian dentro de un escenario exterior reducido al absurdo por la supresión de la razón y la moral, y que en conclusión podría ser España como cualquier otro lugar desertificado por el odio y la furia.

          Basada en la extensa y compleja novela de Joan Sales, él mismo combatiente en Aragón, y que ha sido también llevada a la radio y el teatro, Incierta gloria se constituye en un filme descompensado e irregular, con una introducción excesivamente dilatada o lánguida en comparación con el atropellado desenlace y en el que, cuando el relato amenaza con estancarse en cierta indolencia, el pulso dramático y narrativo se recupera con un crescendo de intensidad que camina a la par del descubrimiento de las cicatrices del pasado en las que se siembra el presente. Por desgracia, las revoluciones vuelven a decaer a partir de la reunión familiar en el frente de Teruel y solo se recuperarán, con chispazos fogosos e incluso conmovedores, en el momento de saldar definitivamente las cuentas.

Al respecto, se le puede imputar que los hechos comienzan a encadenarse a empellones y de manera un tanto forzada, expuestos con diálogos a los que en momentos clave parece faltarles por pulir su ascendencia literaria. Pero la principal causa es que, dentro de esta encrucijada de dramas, los desorientados vaivenes sentimentales del último moralista (Marcel Borràs) no poseen tanto magnetismo como las historias de personajes más ambiguos o problemáticos como la Carlana (Núria Prims, la fuerza de la mirada), condenada por propios y extraños a ejercer de trágica femme fatale, y Juli (Oriol Pla), el soñador que, hastiado de la vida envenenada de los hombres, ha abrazado un absurdo donde las únicas verdades tangibles que subsisten -y por tanto el único posicionamiento personal ineludible- proceden de las emociones puras -en todos los sentidos del término- y no del intelecto, tanto o más cuando éste se halla enajenado por la desesperación de las circunstancias.

Son los asideros terminales de la humanidad contra el avance inexorable del nihilismo que trae consigo la absoluta destrucción -material y metafísica- de la guerra.

          Y ante estos lazos y motivaciones viscerales tampoco encuentran sentido las posturas maniqueas -solo se le podría imputar a Agustí Villaronga el empleo de clichés en el barbarismo de los anarquistas, la presentación del sargento fascista o la caracterización del alcalde nacional-; aunque, de nuevo, conducen a otra trinchera, en este caso ocupada por dos amigos que parecen compartir intereses románticos, tal y como remitiría entonces el título, tomado de Los dos hidalgos de Verona.

Una cita literaria a William Shakespeare que también fue empleada en su día en su epígrafe anglosajón -si bien con un sentido bastante alejado del aquí expuesto- por Tres días de gloria, por su parte ambientada en la Segunda Guerra Mundial, otra catástrofe que asomaba asimismo sus garras en la Guerra Civil, tajando sus primeras heridas. Una piedra más, pues, que se sumaría -desde fuera de la película- a ese subtexto acerca del engendramiento del pecado y la herencia de la desgracia.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

Sierra de Teruel

21 May

“El arte y la cultura forman otro frente de lucha; escritores y artistas son sus soldados.”

León Trotsky

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Sierra de Teruel

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Sierra de Teruel

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Año: 1939.

Director: André Malraux.

Reparto: Andrés Mejuto, Nicolás Rodríguez, José Sempere, Julio Peña, Pedro Codina, José María Lado, Serafín Ferro, Miguel del Castillo.

Filme 

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           Rodaje de guerra literal, donde cae herida por del fascismo contra el que arremetían sus fotogramas. Obra coherentemente inconclusa. Conocida también por el título francés, Espoir (esperanza), que es casi el de la novela de la que parte, L’Espoir, Sierra de Teruel es la primera y última incursión en el séptimo arte del literato, intelectual y político francés André Malraux. Y, como en su versión en papel, el filme es la recreación de sus memorias bélicas en los violentos inicios de la Guerra Civil española.

Pero Sierra de Teruel es recuerdo y es presente combativo al mismo tiempo, establecido como arma propagandística financiada por el gobierno de la República con el objetivo militar de expandir la conciencia de lucha entre las fuerzas internacionales que, a diferencia de las potencias fascistas, que atisbaron su condición de ensayo para el conflicto mundial venidero, delegaron en cambio en contingentes voluntarios el deber de enfrentarse al monstruo que, voraz, se desperezaba.

           El rodaje de Sierra de Teruel, de hecho, es puro rodaje de guerrilla, emprendido a caballo entre Cataluña y Francia con una mezcla de convicción, carestía material y penurias técnicas, empleando recursos de la tierra –las letras de Max Aub en la adaptación del libro, los payeses de la región como fondo actoral amateur en anticipo del Neorrealismo italiano– y obstaculizada por las explosiones de bombas y la amenaza cotidiana del avance nacional. Precisamente la caída de Barcelona atropellaría la producción, cercenando su relato cinematográfico. Se estrenaría en algunos pases al otro lado de los Pirineos ese mismo 1939, recompuesta a duras penas en la sala de montaje. Las injerencias diplomáticas franquistas y la ocupación nazi del país galo convertirían la supervivencia de la cinta en otra aventura extraordinaria –destrucción de negativos, copias salvadas en Estados Unidos en plena Segunda Guerra Mundial, composición de diversas versiones amoldadas a la realidad de posguerra del momento,…-, la cual culminaría con una nueva restauración a comienzos del siglo XXI.

           Pese a las mutilaciones, la coherencia de sus apenas 68 minutos de metraje es asombrosa, en absoluto embargada por las elipsis obligadas por las circunstancias. Completa en su fragmentariedad capitular, que deja episodios –el asturiano, la dinamita y el desfiladero- al albur del pensamiento del espectador, en la actualidad condicionado por el conocimiento cierto del desenlace último de la conflagración.

En cuanto al argumento, este diálogo entre el pasado inmediatola batalla de Teruel de 1937y el presente de la filmación –la progresiva derrota republicana- queda extraña y conmovedoramente hibridado en los fotogramas de Malraux, en los que convive la crudeza de la guerra y el lirismo de la naturaleza, al igual que trata de componerse un mensaje de esperanza en la causa frente a una noción palpable del fracaso bélico, de consciencia irremediablemente trágica. El documental vívido, apegado a la tierra y permanentemente martilleado por la artillería, contra el lirismo romántico, manado de los ideales y portado en el rostro de los personajes.

Sierra de Teruel ofrece planos de extraordinaria carga poética, de los que a buen seguro tomaría nota Terrence Malick para componer su obra maestra, La delgada línea roja. La naturaleza eterna, inmutable y hermosa que colisiona violentamente con la muerte de los hombres, entre fuego y barro. Una hormiga que deambula indiferente por el visor de la vetusta ametralladora de un avión leal. La bandada de pájaros que alzan el vuelo como escapa el alma orgullosa de quien se arroja a pecho descubierto contra el cañón enemigo. Las aves que emigran como cada año en una peregrinación sagrada, los girasoles que mantienen inmutables su ciclo eterno, irrompible. Imágenes simbólicas que se disponen estratégicamente, insertadas entre los clímax de dolor -y quién sabe si heroísmo- un tanto al estilo de las escenas-almohada del japonés Yasujirô Ozu, otro poeta con cámara en lugar de pluma.

           La atmósfera que dominan las acciones republicanas es más elegíaca que épica, donde el valor del pueblo llano –los municipios que se revelan ante la llegada del opresor-, el compromiso innegociable –el comandante que retorna al frente- y el valor indestructible –el soldado que se lamenta no haber salido antes a pelear-, apenas logran suplir las privaciones militares y logísticas –desde los aviones y el armamento hasta el teléfono y las raciones- que condenan a la ardorosa resistencia. De aquí surge la esencia de sus pretensiones inspiradoras, exaltada en esas conclusiones que se alcanzan después de atravesar tensas y vibrantes secuencias de incursiones aéreas, meritorias en su formulación teniendo en cuenta la inexperiencia de Malraux –quizás habría que conceder crédito al documentalista Boris Peskine, que lo auxiliaría en la dirección-.

Una obra insólita, en definitiva.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 8,5.

Ispansi (¡Españoles!)

21 Oct

“Ser buen director es conseguir que se entienda tu idea a la perfección.”

Álex de la Iglesia

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Ispansi (¡Españoles!)

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Ispansi (¡Españoles!)

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Año: 2010.

Director: Carlos Iglesias.

Reparto: Carlos Iglesias, Esther Regina, Iñaki Guevara, Isabel Blanco, Bruto Pomeroy, Isabelle Stoffel, Dorin Dragos, Eloísa Vargas.

Tráiler

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             Carlos Iglesias ha encontrado un filón de inspiración en los relatos de emigración y desplazamiento. Aparte de que, azares de los tiempos, estos son de nuevo acordes al contexto presente español, se trata de historias donde las emociones son fácilmente palpables e identificables, y que rescatan además episodios nacionales atractivos y desaconsejablemente olvidados. Situado entre las dos miradas atrás que proponen las parcialmente autobiográficas Un franco, 14 pesetas y 2 francos, 40 pesetas, Iglesias prolonga el díptico sobre emigrantes españoles en una trilogía para recordar las tragedias y heroísmos sordos de los republicanos refugiados en la Unión Soviética, atrapados por la enajenación de un mundo entre dos guerras sucesivas que, en realidad, son una sola: la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial.

             Iglesias, en resumen, tiene entre manos una buena historia. La labor de investigación y el interés por lo que cuenta es manifiesto, extendido al cariño con el que enarbola una visión humanista de unos personajes ante los que la Historia y la política solo pueden resultar injustos y absurdos, desnaturalizándolos de su bondad y empatía.

De nuevo es en la recuperación de esa memoria afectiva del país y de sus gentes donde el realizador, guionista y actor se muestra más ducho, sobre todo en comparación con la impericia, fruto de la inexperiencia, con la que rueda escenas de violencia y agitación bélica como, por ejemplo, los ametrallamientos aéreos. Unos defectos semejantes a los que se pueden achacar al dibujo de unas personalidades individuales que resultan un tanto planas –perjudicadas además por una desacertada dirección del reparto- en comparación con el tremendo escenario que los embarga y al que se enfrentan física, moral y sentimentalmente.

             El texto con el que se construye este discurso en favor de la reconciliación emocional de un país –y un planeta- seccionado en dos mitades, es más cálido y tierno que afilado, incluso en ocasiones donde se precisaría una carga de rabia, amargura y dolor que hiciese más explosivo –o mejor dicho, más incisivo- el legítimo idealismo que exhibe la propuesta, puesto que el contexto lo merece.

Hay crítica a la España fascinada por el rumor, la maledicencia y el cainismo, como se percibía en la ópera prima del cineasta, pero también una reivindicación igual de tópica de un pueblo que parece definirse por anteponer las emociones –loables o condenables- al cálculo racional. Quizás consciente de las limitaciones de su estilo, se diría que Iglesias deja por el camino ciertos guiños que suenan a disculpa –los niños imitando con sorna una escena romántica climática-.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 5,5.

Vacas

14 Dic

“No copies nunca a la naturaleza. El artista debe ser como el Creador mismo. Él mismo debe crearlo todo.”

Andrei Tarkovski

 

 

Vacas

 

Año: 1993.

Director: Julio Medem.

Reparto: Emma Suárez, Carmelo Gómez, Txema Blasco, Ana Torrent, Karra Elejalde.

Tráiler

 

 

            A mediados de la década de los noventa, tiempos de cierta renovación generacional pero donde ya se apreciaban males que iban a parecer endémicos en el cine español como las dificultades de financiación, la pobre distribución o los resultados deficitarios, el estudio sobre el cine español confeccionado por EGEDA, organización en defensa de los derechos de los productores cinematográficos, apuntaba como causas del fracaso y la crisis rampante del cine patrio, entre otras razones, a la poca originalidad, la poca variedad de géneros o la incapacidad para provocar la fascinación o la ensoñación del espectador.

Un año antes del informe, el director vasco Julio Medem, con unos cuantos cortos en su haber, demostraba con Vacas, su debut en el largometraje, que estaba por encima de dichos achaques y mucho más; dueño de un mundo propio, con sus códigos y símbolos intransferibles y una especial sensibilidad poética capaz convertir lo cotidiano y prosaico en romántico o trágico, o ambas cosas a la vez.

            Ambientada en el País Vasco rural, profundo, Vacas propone un relato sobre rivalidades familiares a lo largo de cuatro generaciones, envuelto en un realismo mágico, prolijo en lirismo y manifestaciones simbólicas, que hace pensar en la prosa de García Márquez, en una pequeña Cien años de soledad.

Las deudas de sangre del pasado, herencia de una cobardía bélica o un apasionado acto de amor, que van calando y moldeando el presente, entrelazando vidas con lazos imperceptibles anudados por el viento y rompiendo fronteras invisibles y tabúes por medio de la violencia y el amor, y que conforman un destino inexorable, un eterno retorno, un círculo que llama a cerrarse.

           Medem juega con el relato a su manera, rompe la lógica y lo entrega a un fascinante tono onírico en el que se amalgama el tiempo y el espacio, donde todo transcurre con una lógica propia determinada por esa acumulación de hechos pasados que desembocan en un presente y futuro marcado, que concede pistas de sus intenciones por medio de símbolos de vida, de muerte, de amor; en el que esas vida y muerte solo poseen la diferencia de lo accidental y es, precisamente, aquel que ha vadeado por ambas orillas, también por casualidad –un hombre que ha renacido a la vida tras ser un cadáver-, quien es capaz de desentrañar sus claves y ver, desde la considerada locura, el camino, con sus bifurcaciones y con sus líneas muertas, que transitan las gentes de ese mundo endogámico y remoto, casi del todo aislado, individuos inflamados de pasiones encerradas en ese estrecho espacio, de sentimientos atávicos que pasan de una generación a otra impregnados en la sangre.

            Subyugante lirismo en el que la maravillosa y sugerente puesta en escena y la fotografía, la música y el sonido, además de una magnética Emma Suarez, que llena la pantalla con su presencia, se ponen al servicio de una atmósfera que es un personaje más, e importante, de la historia.

Magnífica carta de presentación.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8,5.

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