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La muerte de Stalin

25 Mar

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Año: 2017.

Director: Armando Ianucci.

Reparto: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Jeffrey Tambor, Michael Palin, Andrea Riseborough, Jason Isaacs, Dermot Crowley, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Rupert Friend, Olga Kurylenko, Paddy Considine, Adrian McLoughlin.

Tráiler

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         La epopeya gloriosa la escriben los vencedores; la épica lírica y romántica, los perdedores. La comedia, los bufones, que somos todos. Es decir, aquellos que no protagonizamos las mentiras anteriores. Hacen falta redaños y un frustrante ejercicio de madurez para asimilar que lo más probable es que nuestra existencia no sea suficiente para que los aedos canten los milagros de nuestros días, ni que miles de espectadores se conmuevan o inspiren contemplando la película de nuestra vida, como en cambio sí puede ocurrirles a quienes detentaron o detentan el poder y los privilegios, ya que son quienes se encargan -o al menos tratan- de escribir la Historia. Frente a ellos -que en su mayoría están hechos de la misma carne, los mismos huesos y la misma mierda que nosotros-, la sátira y parodia es nuestra primera línea de defensa y la principal arma de contraataque.

         El escocés Armando Ianucci lo tiene bien asumido, pues lleva años trabajando en un campo de batalla que ha tenido en la política su trinchera prioritaria. Ahí se encuadran el falso documental Clinton: His Struggle with Dirt, las series The Thick of It y Veep, y el largometraje In the Loop, una especie de prolongación del universo de The Thick of It. Así, después de someter a escarnio a las altas esferas británicas y estadounidenses, se lanza ahora a devorar a la Unión Soviética.

La diferencia salta a la vista respecto a las anteriores: este es un cadáver putrefacto y las detonaciones explosivas de su material cómico se oyen desde lejanos ecos del pasado. Resulta cómodo y sencillo ridiculizar a un leviatán al que se le conoce fundamentalmente por los tópicos, sean estos propagandísticos, verídicos o ambas cosas a la vez. La mordiente de la parodia, en consecuencia, es menor. E incluso no demasiado original, puesto que la esencia humorística de La muerte de Stalin puede equipararse a otras numerosas parodias acerca del totalitarismo. Del nazismo, por ejemplo, son legión, e incluso han contribuido a frivolizar a Adolf Hitler, las SS o la Whermacht hasta convertirlos en una especie de arquetipo de la cultura popular. En España puede citarse como muestra el perfil de twitter Norcoreano, ya fuera del cine, obviamente, pero emparentado con esta veta humorística -y puede que aquí con el mérito de su coexistencia con su caricaturizado, si bien queda el factor de la tremenda lejanía, que impone todavía una evidente barrera de fantasía exótica-.

En resumen, no es complicado revertir regímenes tan excesivos. En este sentido, a través del hilo narrativo -un tanto deslavazado-, un buen puñado de los chistes de La muerte de Stalin son bastante previsibles. Por ello, algunos de ellos se quedan sin punch y otros son hasta repetitivos. Aunque, con todo y ello, muchos otros no dejan de ser medianamente resultones.

         Lo que sí es más complicado, y este es uno de los méritos de la obra de Ianucci -arropado además por notables actores de comedia-, es conseguir desvelar que el terrible mago es, en realidad, un tipo corriente astutamente oculto detrás de una cortina. Que el torturador y el dictador son funcionarios y no monstruos extraordinarios; burócratas armados que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea, tal y como los describía, con tono bastante más pesaroso, Eduardo Galeano. La muerte de Stalin logra, pues, que se perciba la esencia humana, miserable y cainita en base a sus impulsos primarios -la supervivencia, la avaricia, la maldad retorcida en ciertos casos-, pero también carismática, de este esperpéntico politburó soviético, aun y cuando se le enfrenta puntualmente, pero sin paños calientes y dejando congelada toda sonrisa, contra las consecuencias del desaconsejable poder que acumulan en sus manos. Que son manos como las de cualquier hijo de vecino.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

La última bandera

5 Mar

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Año: 2017.

Director: Richard Linklater.

Reparto: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Yul Vazquez.

Tráiler

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          “Cada generación tiene su guerra”, sentencia uno de los protagonistas de La última bandera. Viendo la reciente The Punisher, en la que un veterano de Afganistán trata de saldar los pecados que lo atormentan aniquilando tramas mafiosas, me dio la impresión de que la serie parecía sacada de los años setenta. Tiene esa decepción, esa paranoia alimentada por el fin de la inocencia que trajeron consigo los magnicidios de la década anterior, la constatación del fracaso de la integración en un país de aluvión, la inseguridad social y la tumoración mortal de la Guerra de Vietnam. La posguerra de Afganistán e Irak -dos conflictos que uno no termina de saber si están sellados o continúan abiertos-, sumada a la presunta estrategia de lucha contra el terrorismo global, atomizado e indetectable -la cual abarca también un notorio y puede que premeditado asalto a las libertades civiles que encuentra su máxima expresión en la Patriot Act-; amén de la devastadora impronta de la crisis económica de 2008 y la decadencia industrial, laboral y neoimperialista asociadas, deja tras de sí una impronta análoga que el cine reproduce cada vez con mayor frecuencia.

En este sentido, La última bandera se mimetiza con El último deber, película de 1973 firmada por Hal Ashby, un auténtico francotirador especializado en operar desde los márgenes de todo. El esquema de road movie, la terrible contienda de fondo, la composición de sus tres personajes principales e incluso su estética; la reflexión desencantada sobre los Estados Unidos entre gotas de indagación existencialista. Quizás La última bandera incida en mayor medida en este último aspecto desde su punto de partida, que siguiendo con la comparativa constituiría una especie de continuación de la anterior. Un reencuentro de sus personajes, que son treinta años más viejos y, por tanto, portan nuevas cargas a sus espaldas, fruto de las complejidades de la vida. De hecho, la película de Richard Linklater se inspira en la secuela de la novela de la que partió aquel primer largometraje.

          Hay muchas deudas en estos tres tipos crepusculares, numerosas cicatrices que aún supuran y que cada cual trata de sanar a tientas, con su propia medicina improvisada -el alcohol, la religión, el recuerdo-. Cuentas sin saldar que proceden de la hoja de servicio castrense, aunque solo en la misma medida que de las elecciones vitales, por lo que estas aflicciones trascienden las implicaciones bélicas para equipararse a las del individuo cualquiera, y que es de donde surgen los momentos más humanos de la función; los más luminosos, los más taciturnos, los más conmovedores de un filme que avanza por la fuerza del diálogo, de la convivencia, de las interpretaciones de un reparto muy bien dirigido.

Pero, en cualquier caso, el hilo narrativo de este viaje pretende pone rostro a un soldado muerto que, literalmente, no tiene rostro. El caído anónimo, que llega a brazos de su padre.

          La última bandera posee un discurso crítico, decíamos. Con doloroso sarcasmo, se cuestiona la dialéctica del sacrificio patriótico y del homenaje heroico; se arremete contra el daño que produce toda guerra con indiferencia del bando en el que uno se encuentre; se explora en la necesidad del perdón y la redención; se explora la naturaleza del consuelo, distinta como distinta es la manera en la que cada persona asimila y gestiona el sufrimiento.

          Y el discurso es crítico, pero sus conclusiones apuntan hacia la reconciliación íntima y colectiva, expresada por medio de símbolos y valores -el uniforme, la bandera, la camaradería del ‘semper fi’-. Ambas vertientes constan, además, de su respectiva escena enfática que Linklater se podría haber ahorrado -la procaz transmisión de órdenes al escolta y la lectura de la carta-. Desde luego, esta reconciliación regeneradora no se refiere a las élites dirigentes, quienes personalizan los vituperios del mensaje -el tradicional reduccionismo del ‘mal del político’ que puede traerse a la conversación en cualquier lugar del mundo-. En consecuencia, el sistema en sí mismo queda más salvaguardado.

En los Estados Unidos, donde el puritanismo idiosincrásico de su cultura también cala en la obediencia de la corrección política, los espíritus disidentes suelen respetar unas líneas rojas bien delimitadas. Una especie de discrepancia desde la fidelidad de raíz. En este tema concreto, que gravita alrededor de las contradicciones propias de un país que se autoproclama defensor de a libertad y que sin embargo es una nación guerrera y en la que la batalla se ha tornado hasta cuestión comercial, se reproduce una paradoja que ya se percibía antaño en cineastas como John Ford, esquinados pero con inquebrantable fe en los valores nacionales -e incluso con una nostálgica también presente en la obra de Linklater, si bien de forma más modulada-, perceptible así en producciones de ambientación militar como Fort Apache. El saludo solemne se le niega al coronel, pero se le regala con honor al soldado raso, al ciudadano de a pie, que a fin de cuentas es, fundamentalmente, sobre quien se habla y a quien se habla en La última bandera.

En este sentido, la amargura y la rabia del ácrata Ashby era más firme y profunda.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota de blog: 7,5.

Jackie

2 Feb

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Año: 2016.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Natalie Portman, Billy Crudup, Peter Sarsgaard, Greta Gerwig, John Hurt, Richard E. Grant, John Carrol Lynch, Max Casella.

Tráiler

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          De uno de los periodos más fascinantes de la historia de los Estados Unidos, y del Occidente contemporáneo, Jackie escoge como punto de vista el de una de las figuras más de papel cuché del escenario: Jacqueline Kennedy, mujer que, a priori, tiene madera de trágica esposa-florero.

A partir de ella, el chileno Pablo Larraín, que profundiza en su especialización en la reconstrucción de personalidades o episodios históricos, sea de forma frontal –No, Neruda– o de fondo –Tony Manero, Post Mortem-, establece una estructura especular en la que se disecciona el conflicto entre la dimensión pública de la retratada y su dimensión privada. Reduciendo malévolamente la premisa, no deja de ser este un asunto semejante a los problemas íntimos que, precisamente, sufren las princesas de cuento entre las obligaciones de su puesto y su anhelo de encontrar el amor auténtico. Una dicotomía crítica y traumática que también les ocurre, por tanto, a las princesas de verdad: Diana, Grace de Mónaco, la serie The Crown… por poner ejemplos actuales.

          Así pues, en palabras de la propia protagonista, Jackie confronta la persona “real” con el personaje de la “performance” que interpreta la enviudada primera dama. El choque entre una y otra faceta dominará el esquema narrativo de Larraín, a partir del guion de Noah Oppenheim: la entrevista con el reportero y la entrevista con el sacerdote, el off the record y el dictado, la emoción espontánea y la máscara hierática, el individuo común y la leyenda inmortal, las flaquezas humanas y el legado histórico…

Es una discusión sutil, sin subrayados, que aporta rugosidad y complejidad a la obra y que asimismo, en su transcurrir, aborda cuestiones como el peso del cargo -la sombra de Abraham Lincoln en la vida y hasta en la muerte-, la supervivencia al lado de una figura monumental, el destino y la realización existencial.

          Se trata, pues, de una aproximación personal. De una versión privada, de una pequeña y deslumbrante tesela que destaca, a su manera, dentro de un mosaico fascinante del cual, sin embargo, se intuye menos de lo que uno desearía.

El mundo enloquecido entorno a Jackie es más interesante que su drama íntimo o su retrato psicológico. La alabada actuación de Natalie Portman supone una barrera añadida, pues le afecta un rasgo común a las reencarnaciones de los biopic: su porte, sus gestos y su tono de voz transmiten una imitación muy ensayada, en la queda perfectamente patente ese concienzudo trabajo actoral.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7.

Sieranevada

29 Nov

sieranevada

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Año: 2016.

Director: Cristi Puiu.

Reparto: Mimi Branescu, Catalina Moga, Dana Dogaru, Judith StateAna Ciontea, Marin Grigore, Rolando Matsangos, Bogdan Dumitrache, Ilona Brezoianu, Tatiana Iekel, Sorin Medeleni, Simona Ghita, Marian Râlea, Ioana Cracionescu, Valer Dellakeza.

Tráiler

         Parece citar Sieranevada al teatro del absurdo, puesto que, tal y como ocurría con el icónico Godot, estamos ante una comida familiar que se diría no va a llegar nunca, incluso después de cerca de tres horas de metraje. De este modo, a la espera de un buen plato de sarmale, Sieranevada -título coherentemente incoherente- es una película donde la tensión en el seno de la familia reunida se incrementa de forma paralela al hambre que se percibe en los comensales, desquiciados por interrupciones que perturban su comodidad sentados a la mesa, dinamitan la jerarquía de relaciones que existe entre ellos y, al fin, trastornan su propia situación interior.

          Cristi Puiu se limita a autoinvitarse a esta ceremonia en recuerdo del patriarca fallecido. Aposta el objetivo en un rincón de la estancia y observa el comportamiento de los personajes que hablan, discuten, cocinan y pasean en los pasillos y habitaciones del apartamento. Prácticamente sin cortes dentro de una misma escena, solo con movimientos equivalentes al barrido de una mirada y tolerando con naturalidad las limitaciones visuales que impone la arquitectura y el mobiliario. La cámara -y con ella el espectador- se convierte así en uno de ellos, silencioso aunque atento a como evoluciona el crescendo de incomodidad que aflora por entre las grietas de este colectivo humano que padece las disfuncionalidades propias de cualquier familia común, de cualquier país con una historia reciente problemática, de cualquier sociedad repleta de impunes desequilibrios, de un mundo donde cada vez las certezas son menores y los temores más pronunciados a pesar -o por culpa- de la era de la sobreinformación.

En medio de todas estas criaturas desamparadas y humanas, el protagonista, un médico cuarentón, es consciente del absurdo que le rodea y trata de reírse de él a carcajadas cínicas, casi como forma de autoprotección frente a ese mismo patetismo que también a él le atropella.

          Sieranevada resulta un filme a ratos fascinante en su cruda, cruel y descabellada cotidianeidad, donde, a imitación de la vida, la comedia convive sin solución de continuidad con la tragedia, y la ternura con la repulsión.

La potencia de los trabajados retratos psicológicos y la vivacidad de los diálogos confieren un notable dinamismo a la obra, capaz de engrasar el pulso de la abultada narración. Es un relato caleidoscópico, en el que confluyen las pequeñas historias de cada uno de los personajes y las innumerables combinaciones que surgen de la mezcla de los unos con los otros: la memoria histórica, la memoria personal, los roles impuestos por la comunidad, el fracaso de las convenciones sociales y familiares; la ficción y los rituales sobre la que se sostienen estas estructuras supraindividuales; las fracturas generacionales, las decepciones burguesas, la desidia existencial… La vida y la muerte que transcurren.

          Pero en el mismo plano, cabe decir, se percibe en ella cierta autocomplacencia autoral, porque 173 minutos son muchos minutos para aguardar pacientemente a que le sirvan un plato de comida.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

La teta asustada

10 Feb

“Nuestra vida no es otra cosa que la herencia de nuestro país.” 

Simón Bolívar

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La teta asustada

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La teta asustada

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Año: 2009.

Directora: Claudia Llosa.

Reparto: Magaly Solier, Efraín Solís, Susi Sánchez, Marino Ballón.

Tráiler

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           Las más terribles heridas que puede sufrir un ser humano no dejan horrendas marcas en el cuerpo, ni se manifiestan en cicatrices visibles. Son heridas expuestas a un dolor duplicado: aquel que se padece en la solitaria intimidad y, frecuentemente, aquel que por añadidura provoca la incomprensión ajena hacia ese mal en cuestión, atroz pero impalpable.

           La teta asustada explora el desgarro de un país, Perú, incapaz de enterrar el trauma de su guerra intestina entre el gobierno y las guerrillas terroristas de Sendero Luminoso, de igual modo que Fausta (Magaly Solier), la protagonista del relato, es incapaz de enterrar el cadáver reciente de su madre, torturada y violada por una de las partes de la contienda.

A partir de este conflicto, la cinta describe un viaje introspectivo de sanación –una metafórica carrera contrarreloj entre una boda y un sepelio- por parte de una muchacha retraída, víctima de la afección que da nombre a la película, y la cual solo son capaces de comprender quienes han vivido tan aberrante situación –de ahí el ejemplo del entendimiento imposible con el racionalista médico limeño-.

           Como en Madeinusa, filme debut con el que se trazan ciertas líneas de encuentro, Claudia Llosa inunda de símbolos y alegorías el recorrido de la joven Fausta, que abarcan desde la escatología hasta las reminiscencias mágicas, desde la patata como otra forma de somatización del miedo hasta las palomas como concepto de redención. Las metáforas se extienden también al empleo de delicadas y terribles canciones en quechua como vehículo de comunicación por el cual los personajes exteriorizan con absoluta explicitud su estado personal.

De la misma manera, la película gravita en torno a una protagonista sometida a la tiranía de unos factores externos idiosincráticos de la sociedad peruana –la citada guerra civil, la apropiación elitista de las clases europeas, plasmada en una de las escenas más crueles de la función-, los cuales, sin embargo, le conducen progresivamente a una rebelión plena de valentía y determinación.

           Llosa atenúa el exuberante barroquismo de Madeinusa para desarrollar una narración más minimalista y concreta en la que, no obstante, como se insinuaba en la alusión al simbolismo, participan también ciertos elementos fantásticos. Por otro lado, el circunspecto intimismo de la propuesta queda acertadamente dosificado con entrañables momentos cómicos que describen la sincretista cultura de los barrios marginales de la capital y que incluso frisan en su carácter estrambótico con el surrealismo costumbrista de Emir Kusturica –además de ofrecer la oportunidad de disfrutar de la cumbia psicodélica de Los destellos-.

El arduo renacer de Fausta, su florecimiento libre de odiosas imposiciones, paralelo en definitiva al del país andino, posee por tanto calidez, sentimiento y sensibilidad y renueva la confianza en el talento de Llosa como cineasta.

           Galardonada con el Oso de oro en el festival de Berlín y nominada a mejor película de habla no inglesa en los Óscar.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

The Queen (La reina)

11 Mar

“Los reyes no tienen los sentimientos y la ternura en el lugar en donde nosotros los tenemos.”

Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel

 

 

The Queen (La reina)

 

Año: 2006.

Director: Stephen Frears.

Reparto: Helen Mirren, Michael Sheen, James Cromwell, Alex Jennings, Sylvia Syms.

Tráiler

 

 

           En un nuevo capítulo de Practise your listening with the British Royal Family: The Queen (La reina).

           Los ingleses son expertos en películas que se acercan a una de sus figuras más representativas, aparte de los bombines o los hooligans: su monarquía. Son obras que, por lo general, aportan un buen número de premios y unos importantes réditos en la taquilla, desde clásicos como La vida privada de Enrique VIII hasta el triunfador de los premios Oscar 2011, El discurso del rey.

En este caso, el afamado Stephen Frears indaga en la actual reina de los británicos, Isabel II, escogiendo para ello un momento decisivo de su mandato: la polémica muerte de la controvertida Diana Spencer. Esto le sirve al director inglés para trazar un retrato de Isabel II como ser humano, de ingente riqueza, numerosas fincas, lujos y privilegios, pero humano al fin y al cabo. Además, se trata de una persona acosada, en crisis, atada a un cargo que nunca deseó y amordazada por una educación y tradiciones vetustas que la mantienen a la fuerza alejada de la realidad; viviendo en un mundo propio que amenaza con desmoronarse, sobre todo ante el avance de nuevos poderes políticos y sociales modernizadores, dispuestos a dejar fuera de lugar todo aquello en lo que se ha criado y en lo que cree.

           Como es habitual en este tipo de producciones, La reina es una película pulcra y elegante en su factura técnica, con una puesta en escena y guión sobrio, bien calculado, y un elenco compuesto por los tradicionalmente efectivos intérpretes británicos, con la siempre estupenda Helen Mirren a la cabeza y secundada por actores cumplidores como James Cromwell o Michael Sheen. Otro factor frecuente en este tipo de obras es que, por lo general, y esta no es una excepción, ofrecen una visión bastante complaciente y condescendiente con la celebridad protagonista, en este caso una Isabel II, vista como una mujer recta, digna y flemática pero sensible detrás de toda esa anticuada pompa y circunstancia en oposición a una nueva clase política arrivista, oportunista y un poco tontorrona, donde los personajes de radical oposición a la monarca no salen del todo bien parados. Si acaso, se atisba una ligera imagen crítica de otros miembros de la realeza, mostrados un como gente un tanto ridícula y fuera del mundo –lo que permite fugaces detalles de comedia propios de grandes ejemplos de humor británico como Los Roper-, con una Reina Madre que sólo tiene cabeza para pensar en su funeral, un Príncipe Felipe -consorte real, de profesión metepatas y dios de una tribu de Vanuatu-, reflejado como un bon vivant que no ve demasiado interés en otras cosas que no sean disparar a ciervos, o un Príncipe Carlos calzonazos, obsesionado por un posible magnicidio y con un curioso parecido a George W. Bush.

           En definitiva, un técnicamente impecable, suavecito y bienintencionado acercamiento a la humanidad de una de las figuras con mayor historia y tradición. God save the queen.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

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