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No eran imprescindibles

12 Dic

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Año: 1945.

Director: John Ford.

Reparto: Robert Montgomery, John Wayne, Donna Reed, Ward Bond, Murray Alper, Harry Tenbrook, Charles Trowbridge, Jack Holt, Marshall Thompson, Paul Langton, Cameron Mitchell, Louis Jean Heydt, Russell Simpson, Robert Barrat.

Tráiler

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         Siempre me ha parecido sumamente simbólico, casi propio de una parábola mitológica, que John Ford entregase un ojo durante la lucha en la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como oficial de los servicios cinematográficos de la Armada de los Estados Unidos. ¿Puede haber acaso una ofrenda mayor por parte de un cineasta? Ford, que en su juventud había intentado ingresar en la Marina, había mostrado su predilección por el combate en el mar ya en su filmografía previa al conflicto, como ejemplifican Tragedia submarina, Mar de fondo y Submarine patrol. Y, durante él, sus principales documentales –el más célebre premiado con un Óscar– se centraron en la batalla de Midway, que es precisamente donde había resultado herido. También firma el docudrama El 7 de diciembre, acerca del ataque japonés a la base de Pearl Harbour.

En No eran imprescindibles -también retitulada como Nosotros fuimos los sacrificados-, Ford hace acopio de toda esta experiencia vital, bélica y cinematográfica, amén de toda su convicción patriótica y militarista, para realizar un homenaje filmado al cuerpo de lanchas torpederas, el cual materializa dos constantes presentes en las obras del autor vinculadas a la vida castrense: la importancia que hasta el último hombre, hasta el eslabón presuntamente más insignificante, tiene para la victoria, y, también ligada a la anterior, el retrato del Ejército como una familia heterogénea que encarna en sí misma los valores y la unión de un país de aluvión como son los Estados Unidos, donde por consiguiente el sentido del equipo y de la comunidad resulta indispensable.

Aquí, cada individuo aporta su óptica personal -el cocinero que añora los fogones del Alabama, los muchachos que tiemblan de inexperiencia, el irlandés cazurro y follonero que ejerce de piedra angular del grupo; el humorista que levanta los ánimos, el teniente impetuoso, el dirigente reflexivo y calmado; el alto mando sagaz, el general inspirador y providencial…- para enriquecer al colectivo. Hasta el final del mundo, hasta el final de la batalla, cantan en la apertura.

         La producción, rodada en las postrimerías de la guerra aún en marcha pero estrenada un par de meses después de la rendición de Japón, contó con la colaboración material de la Marina, posee un guion basado en oficiales condecorados y muestra acciones verosímiles, además de estar presidida por una elegía a los caídos del general Douglas MacArthur -representado luego con honores en los fotogramas-. Como si de otra misión guerrera se tratase, Ford -acreditado como capitán- se partiría la pierna hacia el final de la filmación y Robert Montgomery -acreditado como comodoro-, protagonista de la obra junto a John Wayne -a quien el director reprocharía constantemente que no hubiese combatido fuera del plató-, debería de reemplazarlo durante el tiempo de baja para rematar unas cuantas secuencias bélicas. Su confianza en él estaría fundada, sin duda, porque el actor había comandado naves de este tipo en Normandía y Guadalcanal.

Este tono ardoroso y eufórico se reflejará especialmente en el machacón empleo de los himnos de batalla en la banda sonora -a los que el realizador, que no tomó parte en la posproducción, pondría ciertas objeciones, no así aun montaje que consideró adecuado-; en la reverencia a la bandera y, sobre todo, en el reflejo del espíritu del sacrificio y el templado valor que muestran los marinos y que tanto había impresionado a Ford en Midway en 1942, hasta el punto de convencerlo de que la victoria era segura. Son rasgos que se combinan con ese citado costumbrismo fordiano que ensalza la camaradería de la tropa por medio del chascarrillo de taberna, el contacto viril a través de la gresca amistosa y la confianza disfrazada de pulla, tal y como se demostrará en la unidad sin fisuras y su determinación cuando llega la hora de defender el bien común y de la entrega a la nación, por supuesto ajena a premios individuales. Aquí nadie busca su cruz de hierro.

De hecho, una cosa es indisociable de la otra, y Ford las sitúa en el mismo plano en escenas como aquella en la que el homenaje al veterano que se retira se solapa con la llamada a filas por la declaración de guerra. En el mismo sentido, los rostros asiáticos también forman parte del contingente, de este núcleo familiar, y arrojan idénticas pruebas de sentimiento -la automática entonación del himno, la preocupación en el rostro de la esposa cuando el marido marcha al incierto frente-. Aunque la exhaustiva descripción de las tareas y las vivencias del soldado corriente afectarán de forma negativa al pulso de la narración, dilatada en exceso en ciertos tramos -buena parte de los intermedios entre batallas con la relación romántica y la reparación de las barcas-.

         La acción bélica, que se beneficia de la participación de expertos de la Armada, está expuesta con un destacable vigor, muy elogiado en su momento. Pero No eran imprescindibles también deja escenas de poderoso lirismo donde el uso de la iluminación desempeña un papel notorio, caso de la primera entrevista entre el teniente y el almirante -un auténtico confesionario desbordado de frustración y contención-; del baile de despedida que comienza con imágenes de gran intimidad y donde el amor queda literalmente oscurecido por la perspectiva del enfrentamiento que se aproxima, o de la sala de operaciones de campaña, envuelta en un denso silencio y una atmósfera de tremenda tensión en la que hay que destacar asimismo la actuación de Donna Reed.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

Días salvajes

13 May

“Una película es (o debería ser) como la música. Debe ser una progresión de ánimos y sentimientos. El tema viene detrás de la emoción; el sentido, después.”

Stanley Kubrick

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Días salvajes

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Días salvajes

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Año: 1990.

Director: Wong Kar-wai.

Reparto: Leslie Cheung, Maggie Cheung, Andy Lau, Carina Lau, Rebecca Pan, Jackie Cheung, Tita Muñoz.

Tráiler

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            El amor y la soledad, las redes que tejen los caprichosos sentimientos atrapando en ellas a una maraña de criaturas confusas, y el inexorable paso del tiempo, que todo lo devora. Días salvajes, la segunda película de Wong Kar-wai, expone a las claras la esencia de su filmografía, sus inquietudes personales y la atmósfera íntima y delicada pero terriblemente cargada de emociones. Exageradamente, como hiciera Francis Ford Coppola en La ley de la calle, los relojes dominan el escenario por el que, a través de finitos lapsos físicos que paradójicamente se extienden durante largos periodos emocionales, transitan entrelazados un grupo de personas frágiles y desorientadas, atormentadas por ausencias, traumas y anhelos sin resolver.

            El autor hongkonés estrecha la trama de confluencias románticas en la que se inscriben un dandy incapaz de concretar sus impulsos emocionales, una dependienta insegura y frágil, una cabaretera caprichosa y un policía solitario y desarraigado. Todos ellos quedan encerrados  entre fragmentos temporales que marcan el encuentro, la pérdida, la recuperación y el olvido. La vida y la muerte, en resumen, tal y como determinan los recorridos circulares que traza el relato, advertidos ya por unos títulos de crédito oníricos que, en realidad, terminan desvelándose como admonitorios –si bien quizás rotos en último término por las evocaciones que deja esa fecha compartida del 26 de abril; al igual que quizás estén condenados a repetirse a raíz de lo que sugiere la escena suelta con Tony Leung que cierra el metraje-.

            A lo largo de este recorrido doliente, de contenido pero palpable y conmovedor apasionamiento, Días salvajes indaga en la casuística amorosa del ser humano. Un universo complejo donde el deseo perturba sin remedio la razón y que no siempre conduce a la realización y a la plenitud –más bien al contrario, ya que a ese maremágnum de sentimientos se suman el engaño, la compraventa material y el interés egoísta-. Tendencias que por tanto, invariablemente, condenan a la melancolía y la soledad, a la frustración y la autodestrucción en el peor de los casos. De la mano de Wong, este cúmulo incontenible de emociones se filtra entre la cadencia lánguida del montaje, la atmósfera pesada por el bochorno y la lluvia tropical, y la sensación terminal que gobierna el drama.

El cineasta desarrolla así una narración fragmentaria y de fuerte sentido lírico, todavía no tan elaborado formalmente como en sus obras posteriores pero dueño de una inconfundible elegancia estética y donde, de igual manera, amanecen señas definitorias como, por ejemplo, la selección de canciones de la banda sonora.

            La cinta, concebida como la primera parte de un proyecto más extenso –de ahí la desconectada secuencia de cierre-, quedaría zanjada aquí por el fracaso comercial que sufrió en su estreno. Sin embargo, deja plantada la semilla que fructificaría una década después en filmes como Deseando amar (In the Mood of Love) y 2046, con las que bien podría conformar una coherente trilogía que navega por el pasado, el presente y el futuro a caballo de las emociones y donde, de nuevo, el tiempo se erige como una variable determinante, trágica e incontrolable, aunque asimismo insospechadamente volátil, puesto que un minuto puede equivaler, debidamente estimulado, a una eternidad. Y viceversa.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota de blog: 8.

Kinatay

26 Sep

“Las imágenes y los sonidos provocan más emociones que los diálogos.”

Nicholas Winding Refn

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Kinatay

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Kinatay.

Año: 2009.

Director: Brillante Mendoza.

Reparto: Coco Martin, John Ragala, María Isabel López, Jhong Hilario, Julio Díaz, Mercedes Cabral.

Tráiler

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            La producción cinematográfica de regiones lejanas como Tailandia o Filipinas y próximas pero desconocidos como Rumanía –por citar algunas-, tiende a llegar cada vez con más frecuencia, aunque todavía de manera minoritaria, a las salas españolas, intermediados por su selección por parte de los festivales especializados al amparo en muchos casos de modas exóticas y elitistas que, sea como fuere, ofrecen la única válvula de escape para la expansión y el reconocimiento –no siempre justificado y frecuentemente cuestionado- de estos otros cines a la espalda de la industria, en ocasiones dueños de una particular sensibilidad y de una mirada fresca y renovadora.

            En el citado caso de Filipinas, destaca la voz de Brillante Mendoza, cabeza visible de una nueva hornada de realizadores Raya Martin, Pepe Diokno y Sherad Anthony Sánchez, señalan expertos autorizados- que comienza a sacar del anonimato la filmografía del país surasiático, en este ejemplo particular gracias a películas como Foster Child, Servicenominada a la Palma de Oro en Cannes-, Lolaa concurso en el festival de Venecia, su primera obra estrenada en España- o Cautivapresentada oficialmente en la Berlinale y también exhibida en nuestro país-.

            Realizada entre estas dos últimas, Kinatay –que significa algo así como descuartizado-, presenta un ejercicio de intriga nocturno y agreste, con la suficiente intuición y talento artístico como para hacer de la pobreza virtud.

El argumento se reduce mínimo para favorecer la abstracción del relato: el bautismo de fuego de un aspirante de policía alistado por sus corruptos superiores para colaborar en el secuestro y extorsión de una prostituta a causa de sus deudas de droga. Es decir, un tremebundo ‘tour de force’ interior del joven, su experiencia directa con la realidad más abominable, su debate entre el bien y el mal, su descenso a los infiernos de los apocalípticos pero tangibles bajos fondos de Manila.

            Mendoza impone un estilo hiperrealista para describir la jungla cotidiana de la ciudad: un hormiguero desquiciado, abrumador e inquietante aun a la luz del día en el que un intento de suicidio es capaz de igualarse con un concierto infantil o una boda colectiva por medio del ensordecedor caos del tráfico. Con el plano a merced de las irregularidades de una cámara en libertad de movimientos, el sonido ambiente procede a invadir la escena, sumergiéndola en un desconcierto a ratos onírico, a ratos desasosegante, acentuado este último a medida que las atroces acciones de sus personajes van derivando la trama hacia una intensa incursión en un terror sordo pero espeluznante en su legítima credibilidad.

La aparente parsimonia del tempo narrativo se torna entonces tensión, mientras que la violencia, rodada en su mayor parte mediante el fuera de campo, prescinde con audacia de todo subrayado o énfasis dramático, lo que la confiere una fisicidad que revuelve el estómago, así como una pavorosa y tremendamente perturbadora frialdad.

Lástima que en su último tercio la película pierda enteros a causa de las concesiones al gore que hacen acto de aparición dentro del contexto esa escalada de brutalidad, mucho menos sutiles e infinitamente menos impactantes a pesar de encontrarse también filmadas con osadía, de manera cruelmente desapasionada, a juego con el tono del conjunto.

             Obtendría una nominación a la Palma de Oro y el premio al mejor director en el festival de Cannes. En cambio, sería despachada con nefastas críticas en España.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

Nobi (Fuego en la llanura)

1 Nov

“Yo simplemente hago las películas que me apetecen y las que la productora me encarga.”

Kon Ichikawa

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Nobi (Fuego en la llanura)

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Año: 1959.

Director: Kon Ichikawa.

Reparto: Eiji Funakoshi, Mickey Curtis, Osamu Takizawa, Mantaro Ushirô.

Tráiler

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             El León de Oro y el Oscar de Rashomon en 1951 abrirían las puertas de Occidente al entonces desconocido cine japonés, que a partir de ese momento poblaría de manera recurrente festivales y filmotecas de Europa y América. El mundo conocería la obra de Kurosawa, Mizoguchi y Ozu, los considerados clásicos del país del Sol naciente, pero también la de autores que con el tiempo quedarían injustamente a la sombra de estos. Gente como Mikio Naruse, de películas preciosas pero trágicas, Hiroshi Inagaki, de una espectacularidad que le llevaría a recibir el sobrenombre del David Lean japonés, o Kon Ichikawa, experto en la adaptación literaria y hábil diseccionador de la condición humana que en las décadas de los cuarenta y cincuenta inicia, a la par que otros directores nipones como Kinoshita, Kobayashi o el propio Kurosawa, un cine caracterizado por el humanismo en la representación de los valores éticos y la sociedad, la defensa del carácter individual de la persona y la búsqueda de un realismo de influencia casi neorrealista.

El cine de Ichikawa, caracterizado por la mezcla de negrura y destellos de profunda humanidad, cobrará relevancia internacional con el éxito en el Festival de Venecia y posterior nominación al Oscar de El arpa birmana, película ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Al año siguiente, Ichikawa repite con Nobi (Fuego en la llanura), la temática antibélica en el contexto una nueva derrota japonesa en dicho enfrentamiento.

             La cinta sigue la penosa travesía del soldado Tamura, harapiento y enfermo de tuberculosis, en su intento de escapar con vida de la isla de Leyte, Filipinas, arrasada por la artillería estadounidense ante la impotencia e incapacidad del ejército japonés, razón para que Ichikawa refleje su visión crudísima, desoladora y tremendamente pesimista del descenso a los infiernos de un ser humano perdido en el absurdo más absoluto, el del conflicto bélico. Un viaje que se va adentrando más y más hondo en la degradación moral a través de diferentes etapas, con la muerte, más allá de unos individuos reducidos al escombro, muertos en vida, como única compañera fiel de viaje –en forma de suicidio posible, de ataque del enemigo norteamericano, de venganza de la guerrilla nativa, de depredación por sus antiguos colegas de pelotón, de debilidad extrema- hasta la última frontera, la del canibalismo. Una pesadilla en forma de odisea comparable a la que padecía el niño Florya Gaishun –su condición de inocencia infantil, factor aún si cabe más descorazonador-, en la excepcional Masacre: ven y mira.

El hombre convertido en animal salvaje, deshumanizado por la guerra, en un mundo en el que no hay lugar para la esperanza.

             Un filme sin concesiones en el que el buen hacer de Ichikawa en la factura artística le confiere además una veracidad sobrecogedora y una modernidad sorprendente.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8,5.

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