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El nadador

19 Ago

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Año: 1968.

Director: Frank Perry.

Reparto: Burt Lancaster, Janice Rule, Janet Landgard, Tony Bickley, Marge Champion, Bill Fiore, Kim Hunter, Nancy Cushman, Joan Rivers.

Tráiler

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         “¡Qué maravilloso día!”, se regocija el señor Merril, acariciado por el sol de verano, refrescado por las aguas límpidas, deslumbrado por el colorido de una vida festiva, mientras alumbra la fantasía de regresar a casa atravesando el condado de piscina y piscina. El cuerpo atlético, magnífico; la sonrisa de porcelana coronando una mandíbula orgullosa.

El nadador es una alegoría sugerida desde la atmósfera, donde el escenario es en realidad una traslación del estado interior del personaje principal. Esta idea pletórica de un satisfecho habitante de los suburbios estadounidenses es la que predomina durante la mayor parte del metraje, pero contrasta abruptamente con la introducción que se deslizaba durante los títulos de créditos. Porque, ¿de dónde demonios viene este hombre en bañador? Los fotogramas se abren en una naturaleza otoñal y enmarañada, donde la paz se rompe al paso de este individuo enigmático, al que se oculta en este primer instante. Las notas iniciales de la banda sonora suenan incluso siniestras, y pasan a ser melancólicas hasta que prorrumpe el primer chapuzón, que da pie a música de cóctel y a un amistoso martini al final del largo.

         El nadador es un viaje sobriamente delirante en una época donde el cine muestra a un país que, atormentado por las dudas acerca de sus valores idiosincráticos, emprendía su propio viaje existencialista en busca de su esencia, de su destino, de su alma. En este sentido, el río que simboliza la línea de la vida queda encofrado en forma de piscinas. La artificialidad de este American Way of Life y sus nociones fundamentales -el éxito por el materialismo, el clasismo, la egolatría…- es uno de los ejes centrales de El nadador, que emplea el misterio del protagonista, dosificado a través de encuentros, encontronazos, confesiones y gestos, como ariete con el que arremeter contra las idílicas vallas de estas ostentosas residencias donde se atrinchera, sepultada tras un estupor etílico, una miríada de criaturas frívolas. Un autoproclamado explorador que redescubre una nación deformada hasta lo irreconocible; una existencia desarraigada, alienada y frustrada hasta el absurdo, el vacío, el terror. El sueño y la pesadilla.

El presunto realismo con el que se retrata este ambiente social está tiznado no obstante de un inquietante surrealismo que nace desde esa extraña introducción y que, visualmente, queda de manifiesto en la textura onírica que impregna algunos tramos del camino del señor Merril, en especial el que comparte en compañía de una joven que sirve para trazar la metáfora del lacerante y desesperado final de su juventud. La alegoría de El nadador no es sutil en muchas ocasiones, pero, en cualquier caso, el sentido del patetismo con el que la expresa posee una fuerza aniquiladora.

         El pasado del señor Merril se filtra y gotea a través de fragmentos del pasado y de alusiones veladas a su presente. Su acumulación va trazando un crescendo amenazador. Los primeros planos sobre las emociones que encarna Burt Lancaster, idóneo para el papel, son insistentes -como lo será especialmente una última escena excesiva en su regodeo con las conclusiones- para mostrar su progresivo desconcierto, así como los interrogantes que embargan su carácter, esa tragedia que acecha. Su transitar entre propiedades y piscinas se refleja en imágenes cada vez más frías, con más sombras, que dejan al personaje lejano en el plano; solo, cojitranco, desorientado.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Día de fiesta

27 May

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Año: 1949.

Director: Jacques Tati.

Reparto: Jacques Tati, Guy Decomble, Paul Frankeur, Santa Relli, Maine Vallée, Delcassan, Roger Rafal, Jacques Beauvais.

Tráiler

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         Después de entregar un par de cortos, Jacques Tati decidiría dar el salto al largometraje con Día de Fiesta, que en parte es una ampliación de uno de estos primeros ensayos cómicos, Escuela de carteros. Así pues, el torpe y bonachón cartero François -interpretado por el propio director- ejercerá de figura central e improvisado -y cariñosamente ridiculizado- pilar de la comunidad concentrada en torno a un pueblecito francés, Sainte-Sévère-sur-Indre, que es donde el cineasta en ciernes había capeado la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el grueso del reparto lo conformarán sus lugareños.

         Día de fiesta prefigura la comedia de Tati. Hay una fuerte raigambre en el slapstick del cine mudo, donde el dominio de la habilidad física, el tempo del gag y el trasfondo absurdo conspiran para hacer reventar la carcajada. Es un humor propiciado por un personaje que nunca parece saber bien dónde se encuentra, estampa que Tati perfeccionará, incluso con una sorprendente utilización del espacio arquitectónico, con el señor Hulot.

Son ambos prototipos característicos de un mundo en extinción, que amenaza con sucumbir bajo el empuje de una átona, insensible y deshumanizada modernidad. Frente a los tiempos propios del rural -el paso de la anciana, las ocas del camino, el cliclo de las estaciones y de la fiesta anual del pueblo- se contrapone el parisino motorizado o, en último término, la delirante proyección sobre el correo postal estadounidense que, a la postre, motivará una desternillante apoteosis final en su apropiación a la francesa. Hay un leve tono de melancolía crepuscular en la mirada de Tati. Pero este surge sin perjuicio de un poderoso vitalismo, de una joie de vivre contra viento y marea que resulta tremendamente contagiosa.

         Parte de las ocurrencias de Tati, probablemente las más creativas, bien podrían emparentarse con esta alegría eufórica, con este esplendor que proviene de un verano luminoso, de una cosecha generosa, de un día de fiesta. Los relinchos de los caballos de madera anticipan que esta no es una jornada cualquiera, que todo puede pasar en ella, que hay un halo mágico que envuelve el ambiente. Siguiendo con este empleo surrealista del sonido, la conversación entre los amantes, elevada por los diálogos de película que se solapan, confirman esta sensación única. La vida sublimada.

         Filmada en color más una copia de seguridad en blanco y negro, los problemas en la postproducción obligaron a estrenar esta última versión. En los noventa, Día de Fiesta sería restaurada con el cromatismo que Tati la había concebido.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Supersalidos

28 Jun

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Año: 2007.

Director: Greg Mottola.

Reparto: Jonah Hill, Michael Cera, Christopher Mintz-Plasse, Seth Rogen, Bill Hader, Emma Stone, Martha MacIsaac, Aviva Baumann, Joe Lo Truglio, Kevin Corrigan, Carla Gallo, Clement Blake.

Tráiler

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         No se dejen engañar por los títulos de crédito de aires setenteros que remiten a la nueva comedia americana, ni por las constantes de perdedores con obsesión sexual, de iniciaciones alcohólicas, de jerarquías de instituto y de coprolalia desatada que parecen confirmar las premisas de esta popular corriente humorística. Supersalidos, estandarte del bromance, es una canción triste de Nino Bravo. Un te quiero, una caricia y un adiós. Es la última ronda antes del lunes. La última mirada atrás al malecón de la playa antes del regreso de las vacaciones. El partido de homenaje del ídolo de tu infancia.

         La subversión de tópicos y paradigmas es evidente en el clímax: sacar al ser amado en brazos; la confesión de amor. La constatación de que siempre estamos fuera de hora, de que aunque por una vez venzamos a nuestra naturaleza desorientada y a nuestros impulsos reprimidos por toneladas y toneladas de códigos sociales, siempre vamos a destiempo. Hay una melancolía casi fordiana en ese desenlace, en esa manera de expresar la constatación de que un triunfo nunca es pleno, de que esconde tras de sí un fracaso del que, por desgracia, nos volvemos a percatar demasiado tarde, cuando es irreparable -aunque la funcional realización de Greg Mottola no exprime las evocaciones líricas y sentimentales del asunto más allá de lo que sucede ante la cámara-.

Por encima de la denuncia de que toda relación dentro de una sociedad estrictamente jerarquizada se construye desde una frustrante injusticia y crueldad -el “¡podemos ser ese error!” como significativa y demoledora declaración de esperanza-, Supersalidos manifiesta una lección existencial sobre que toda evolución, todo cambio personal, toda fase de maduración, implica una renuncia personal. Una despedida inexorable que, en realidad, es una traición a uno mismo. Detrás de las soluciones convencionales que aconseja el manual solo aguardan nuevos y peores problemas.

         La pareja de policías canallas tratan de advertírselo a McLovin durante su gran noche iniciática, en la que ejercen de chamanes chapuceros. Es un diálogo que -también tarde- los integra emocionalmente en una película a la que no parecían pertenecer. Sus herramientas humorísticas eran las mismas -incontención lingüística, escatología, fetichismos de la cultura popular…-, puesto que además uno de ellos está interpretado por Seth Rogen, que junto con Evan Goldberg es una de las almas creadoras de una obra que bebe en buena medida de sus recuerdos de amistad del instituto -y en la que incluso ceden sus nombres a los protagonistas-.

Pasados de extravagancia dentro de este retrato caricaturesco pero delicado, cariñoso y fiel de los profundos terrores y deseos de la adolescencia -esa época tan trágica como bochornosa, según desde el lado que se la mire-, hasta este último tramo habían operado como un cuerpo extraño, encajados entre la condición de subtrama de descanso y apuntalamiento del metraje, y el elemento exterior destinado a impulsar determinados giros de la historia. De la verdadera historia, que son las aventuras de Seth y Evan, desastres ambulantes y aliados contra el caos que conspira en su contra, en su búsqueda de la llave -el alcohol contrabandeado con un carné falso- que a priori les concede el acceso al tesoro final -el sexo con la chica de los sueños-.

         Aunque, como decíamos, esta historia, organizada desde los postulados de la odisea homérica, relato de los relatos, ni siquiera trata de eso. Dentro de su apariencia gamberra, de ritmos ágiles y ocurrencias delirantes, los diálogos y las situaciones van dando forma, poco a poco, a un cuidadoso perfilado de personajes -con el inestimable soporte de Jonah Hill y Michael Cera, amén del carismático Christopher Mintz-Plasse– y a una precisa, sentida e inusual indagación en la sensibilidad juvenil masculina. Un te quiero, una caricia y un adiós. Ligero equipaje para tan largo viaje.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 8.

A esmorga

12 Sep

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Año: 2014.

Director: Ignacio Vilar.

Reparto: Miguel de Lira, Karra Elejalde, Antonio Durán ‘Morris’, Melania Cruz, Covadonga Verdiñas, Patxi Bisquert, Alfonso Agra, Ledicia Sola, Mela Casal, Mónica García, Sabela Arán.

Tráiler

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         Obra fundamental de la literatura gallega contemporánea, ya llevada a la gran pantalla -aunque trasladada fuera de sus fronteras originales- por Gonzalo Suárez en Parranda, la recuperación de A esmorga era un hito casi obligado en la floreciente producción cinematográfica gallega actual, reverenciada por la crítica por la audacia formal de unas propuestas que acostumbran a cabalgar entre el documental y la ficción, pero también poseedora de otros largometrajes de narrativa más clásica, entre los que Ignacio Vilar se revela como uno de los realizadores más activos.

         Rodada en gallego y ubicada en la ruta por donde transcurre la novela de Eduardo Blanco Amor, una odisea etílica que abarca alrededor de una jornada y que se convierte en un tremendista descenso a los infiernos en un país opresivamente tormentoso, A esmorga escarba entre los restos de esta herencia idiosincrásica y ubica al Castizo, el Bocas y el Milhomes en un régimen franquista que es todo miseria, frío, crueldad, sabañones y desesperación.

En ocasiones comparada con El extranjero de Albert Camusque también consta de su propia adaptación al cine-, A esmorga muestra a unos seres abandonados en la nada, sometidos a la opresión de las circunstancias que simbólicamente pueden reflejarse en el azote de la lluvia, el cual, de hecho, condiciona en parte el arranque de la aventura de Cibrán ‘O Castizo’: un tour de force de marcados tintes fatalistas del que el protagonista no logra -o subconscientemente no quiere- despegarse. Cabeza de un buen cásting, al personaje lo interpreta Miguel de Lira, actor de probada popularidad en Galicia al igual que Antonio Durán ‘Morris’, mientras que cierra el terceto un agente foráneo, Karra Elejalde, que puede ejercer de llave para la venta exterior de la cinta.

         Arropado por la pictórica fotografía, Vilar encuadra la travesía de los tres amigos bajo cielos siempre encapotados, en una perpetua humedad que cala hasta los huesos, subrayada en sus sensaciones por una banda sonora demasiado obvia. Los espectaculares escenarios naturales y urbanos conducen sus pasos, que se resuelven en un basural de aspecto apocalíptico, hacia una dimensión casi fabulosa o legendaria, lo que refuerza ese sentido de destino irreparable y lo dota además de un halo atemporal. 

Bajo estas condiciones se expone un relato de angustiosas pulsiones autodestructivas en el que, en un caldo violento, se recuecen trastornos sociales, económicas y sentimentales. Sin embargo, se echa en falta sentido de la embriaguez, de la alucinación dipsómana, para que A esmoga bulla definitivamente y la espiral de este impío via crucis, de esta huida hacia delante, arrastre con todo.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Coco

11 Jun

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Año: 2017.

Directores: Lee Unkrich, Adrián Molina.

Reparto (V.O.): Anthony González, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Renee Victor, Jaime Camil, Alfonso Arau, Herbert Sigüenza, Selene Luna, Sofía Espinosa, Edward James Olmos, Natalia Cordova-Buckley, Cheech Marin, Ana Ofelia Murguía.

Tráiler

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         Parece darse una tendencia contemporánea en el cine de animación, de público mayoritariamente infantil, que lidia con la aceptación de la pérdida y de la muerte, temas siempre presentes en el género pero quizás abordados ahora con mayor atención y con una interesante madurez psicológica. Del revés (Inside Out) y Kubo y las dos cuerdas mágicas son grandes ejemplos.

Así, tras el dilema que se le plantea al niño protagonista de Coco -la entrega a la pasión vocacional frente al respeto hacia la pertenencia familiar, confrontación desarrollada a través de una narración un tanto trillada y previsible- subyace una oda a la memoria -tanto íntima como colectiva- de los seres queridos que nos han dejado, pues estos ancestros forman, literalmente, parte de uno mismo. Porque ¿quién no se ha sorprendido tomando decisiones idénticas a las que hubiese optado su padre?

         La herencia familiar, pues, es el gran tema de Coco, si bien imbricado en un hermoso canto a la música como elemento primordial de la existencia y, decíamos en el párrafo anterior, como monumento histórico para la trasmisión y pervivencia oral del pasado. Una apología, en cualquier caso, que es extensible a todo arte. A la denostada búsqueda de la belleza, en definitiva; propósito intrínseco a la naturaleza humana y acaso cada vez más sepultado por la cortedad de miras y la interesada necedad del materialismo, que es un erial repleto de espejismos que no contiene respuestas de nada.

         En el pueblo de Santa Cecilia, patrona de los músicos, el pequeño Miguel persigue su camino por la pragmática realidad física y por su fantasioso reflejo en negativo, el inframundo, merced al Día de Muertos -una festividad que también centralizaba recientemente, y con similitudes en la premisa argumental, otra cinta de animación: El libro de la vida-. Coco despliega un fastuoso y colorista decorado que se fundamenta en la imaginería del fascinante folclore mexicano, dentro del cual, fruto de un persistente sustrato mesoamericano y su sincretismo con las costumbres católicas, la muerte posee una dimensión diferente. Más cercana, más tangible, más presente; equivalente a la vida. El Mictlán, con su propio Dante que lo acompaña y guía en el viaje por el más allá.

Pero, a pesar de las abigarradas miniaturas, los simbolismos mitológicos y las referencias culturales -en ocasiones dotados de un arriesgado toque lisérgico que, junto a otros detalles, ayuda a que el filme trascienda el apropiacionismo acomodado al paladar globalizado-, pocas imágenes hay más bellas y cálidas, más palpables y amorosas, que el rostro arrugado de la bisabuela Coco.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

La dolce vita

18 Oct

Un descenso a los infiernos de fiesta en fiesta, de amanecer en amanecer bailando la conga al son de Pérez Prado. La dolce vita, Los inútiles también pueden camuflarse en la metrópolis, entre ambientes de pretendido glamour.

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La kermesse heroica

18 May

“Quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista.”

Edgar Watson Howe

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La kermesse heroica

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La kermesse heroica

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Año: 1935.

Director: Jacques Feyder.

Reparto: Françoise Rosay, André Alerme, Micheline Cheirel, Bernard Lancret, Jean Murat, Louis Jouvet, Lyne Clevers, Ginette Gaubert, Alfred Adam, Pierre Labry, Arthur Devère, Delphin.

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            Ante los horrores de la Primera Guerra Mundial, el cine consideró adecuado cuestionar sin pudor el ardor heroico del combate, tan querido históricamente por la ficción épica. Así, cineastas como Charles Chaplin, King Vidor, George Wilhelm Pabst o Lewis Milestone plantarían la semilla de un fructífero subgénero gracias a obras como Armas al hombro, El gran desfile, Cuatro de infantería (Westfront, 1918) o Sin novedad en el frente; el primero de ellos especialmente atrevido además al abordar el asunto desde una perspectiva que no por satírica resultaba menos demoledora gracias a un puñado de escenas en absoluto inocuas y excepcionalmente precisas y expresivas. También en el periodo de entreguerras podría encontrar acomodo dentro de este cine pacifista La kermesse heroica, otra comedia aunque esta vez punteada asimismo con incursiones en el territorio romántico.

            Bajo la apariencia de entremés clásico y ligero, escenificado en los Países Bajos del siglo XVII bajo dominio del rey Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares –el esfuerzo artístico en la ambientación es notorio, con soberbios decorados y abundantes inspiraciones pictóricas de la época-, La kermesse heroica va perfilando su apreciable y actual discurso a través de un juego de oposiciones en el que, el posicionamiento maniqueo que plantea travieso su comienzo –los apacibles flamencos contra los bárbaros españoles-, se revierte de improviso para poner patas arriba estos conceptos prejuiciosos que se fundan sobre la idea del Nosotros y el Otro.

Una revolución conceptual que no solo se aplican al encuentro traumático entre nativos e invasores españoles, sino que también, y con todavía mayor relevancia, se traza en la relación entre el hombre y la mujer. Y, aparte de ello, la dicotomía se desarrolla en paralelo a la oposición entre la cultura y la ignorancia, la presupuesta pesadilla y el sueño real, la vitalidad y la muerte –no es casual por tanto que el cobardón alcalde de Boom considere que fingir su muerte es la solución para sus males, a diferencia de la antagónica alternativa que escogerá su aguerrida esposa-.

            De este modo, en equilibrada complementariedad, el humor contenido en el argumento experimenta una agradable progresión pareja al desarrollo de la lectura moral de la película, que evita con habilidad recargar las líneas del mensaje sin que quede mermada la pertinencia y el coqueto talante subversivo de esta en su apuesta por la comprensión cultural y genérica. No obstante, fue interpretada por muchos en su momento, con razones justificables en vista de las premisas de la trama, como una invitación al colaboracionismo ante la creciente amenaza de la Alemania nazi, lo que siembra una turbia duda sobre ella –especulaciones que, cabe decir, no evitarían que su director, el belga Jacques Feyder, y su esposa y protagonista del filme, Françoise Rosay, tuvieran que exiliarse en Suiza tras la invasión de París en la Segunda Guerra Mundial-.

            Sea como fuere, la inversión absoluta del status quo –la esencia del carnaval que celebra la ciudad, estimulada además por la presencia perturbadora del extranjero exótico-, y que como decimos afecta aquí al desajuste de poderes entre varones y féminas, ofrece en La kermesse heroica una salida para un torrente de gags basados en la guerra de sexos, el intercambio de papeles y los enredos eróticos que consiguen sobrevivir el siempre ingrato paso del tiempo a pesar de su naturaleza tradicionalLisístrata podría erigirse como un referente válido– y la ligera ingenuidad con la que hoy se percibe alguno de ellos –dejando de lado una carnalidad mucho más generosa de la que se tenía acceso al otro lado del Atlántico-.

Igual ocurre con su retrato costumbrista y con el decidido empleo de estereotipos en su formulación dramática, matizados por las variaciones que experimenta sobre ellos el guion, que termina por desmontarlos definitivamente pese al (de nuevo aparente) retorno a la normalidad que, inevitablemente, implica el término de esta festividad extraordinaria.

            Si bien conserva hoy buena parte de su prestigio, quizás su conocimiento popular se deba por otro lado a su elección por François Truffaut, por entonces aún crítico solamente, como la concatenación de ese cine francés que, afirmaba, convenía superar, complaciente en su carácter agradable, artificial en su corrección formal y caduco por todo ello.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

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