Tag Archives: Fantasmas y espíritus

Lúa vermella

15 Nov

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Año: 2020.

Director: Lois Patiño.

Reparto: Rubio de Camelle, Ana Marra, Carmen Martínez, Pilar Rodlos.

Tráiler

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         En Costa da Morte, la leyenda, la creencia local, vibraba en los entresijos de un documental que exploraba el territorio y sus habitantes. Lúa vermella supone, en cierta manera, el viaje contrario. De nuevo, Lois Patiño recorre este enclave, otrora confín del mundo conocido, pero esta vez para adentrarse de forma más decidida en un relato fantástico que, sin embargo, arraiga en la realidad. El paradigma de ello es Manuel Tajes, ‘El Rubio de Camelle’, personaje central de la obra; un hombre que en vida ha rescatado cuatro decenas de cuerpos del fondo de las aguas y que en este desdoblamiento cinematográfico ha de salvar un pueblo entero. Es decir, que el cineasta trasciende esa realidad de origen para representarla en una dimensión mitológica.

         Lúa vermella es narración sensorial, no literaria. Su historia se cuenta, empapa, a través de la fuerza de la imagen, combinada además con un magnífico trabajo de sonido. Patiño, especializado en capturar las texturas y resonancias del paisaje, desarrolla planos poderosos y subyugantes. Trabajadas composiciones que contemplan una aldea hechizada, atrapada bajo la opresión de un monstruo etéreo hasta la abstracción, cuyo influjo, aparejado a la Luna roja que da nombre al filme, tiñe los fotogramas en el último tramo del metraje. Los vecinos comparecen transidos, atrapados en sus adentros, que se sienten intermediados por la voz en off. Al igual que ellos, la cámara suele estar fija, apenas se desplaza. Solo se concede movimiento a los elementos naturales, eternos y sobrecogedores; así como a las tres meigas -parte de esa vertiente mágica al otro lado del espejo- y, en último término, al Rubio, que erra como alma en pena manifestándose tan solo a través del foley, a la caza del monstruo esquivo. ¿Es el mar, que se cobra insaciable un tributo en vidas humanas? ¿Es la presa, que violenta la armonía natural?

         El emergente cine gallego, de marcada personalidad, parece desarrollar una querencia por escarbar en esta aura fabulosa de la tierra de la que nace. En la magnífica apertura de O que arde, otros monstruos perturbaban la paz de un bosque milenario. En Trinta lumes, el rural abandonado parecía desgajarse del tiempo para entrar en el terreno de la ensoñación. Con un ligero desvío, en Dead Slow Ahead, la cotidianeidad a bordo del carguero Fair Lady se desquiciaba hasta convertirse en un viaje fantasmagórico. En Lúa vermella, es este poder de las imágenes y del sonido el que induce la hipnosis que permite transformar este escenario natural, incluso constumbrista, en un universo fascinantemente fantástico.

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Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 8.

El bosque animado

25 Sep

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Año: 1987.

Director: José Luis Cuerda.

Reparto: Alfredo Landa, Tito Valverde, Alejandra Grepi, Miguel Rellán, Fernando Rey, Encarna Paso, Laura Cisneros, José Esteban Alenda, Luma Gómez, Amparo Baró, Alicia Hermida, María Isbert, Paca Gabaldón, Manuel Alexandre, Luis Ciges, Antonio Gamero.

Tráiler

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          Galicia es probablemente una de las regiones españolas que más se presta a la proximidad a cierto realismo mágico, el cual conectaría con unas raíces paganas fuertemente vinculadas a una naturaleza exhuberante y a unos modos de vida rurales vinculados a ella; a una concepción de ‘terra meiga’ apreciada como elemento definidor del “sitio distinto”, como identidad propia en un mundo globalizado; pero también explotada desde el tópico amable e inocuo o incluso paternalista.

Sea como fuere, es una huella que puede apreciarse en la obra literaria de autores como Álvaro Cunqueiro o Wenceslao Fernández Flórez. En El bosque animado, este último plasmaba con sentido lírico, profunda ternura y melancólico humor ese sentimiento de un mundo que se agota, acorralado por el predatorio avance de la sociedad moderna. Las fragas de Cecebre se transformaban así en un microcosmos donde un grupo de personajes ponen en común sus quehaceres, preocupaciones y esperanzas cotidianos, participantes de un ciclo eterno donde la vida y la muerte se encuentran en fluida comunicación, con la naturaleza como hilo conductor.

          La adaptación de José Luis Cuerda y Rafael Azcona de El bosque animado comienza dedicándole varios minuto de metraje, en solemne y recogido tributo, al bosque atlántico que encuentra cerca del Cecebre original, en Sobrado dos Monxes. La localización, que ha de esmerarse en hallar un espacio libre de plantaciones de eucaliptos invasores, es en sí una muestra de estos apesadumbrados temores que, bajo la forma de un poste de la luz, expresaba Fernández Flórez, probablemente compartidos por dos cineastas de opuesto prisma político pero fuerte talante crítico contra los atropellos del mundo contemporáneo, algunos de ellos presentes en este rincón apartado en el que, como ocurre en todas partes, chocan los que se aprovechan contra los que solo les queda soñar -con la chica, con convertirse en un temible bandido capaz de asaltar la casa del cura, con dejar atrás el hambre-.

          Centrado el filme en los pasajes protagonizados por humanos, el cariño con el que el literato juntaba a sus personajes -casi nunca ejemplares- comparece aquí intacto, reforzado por el carisma que les imprimen actores como Alfredo Landa o Miguel Rellán. Y pueblan un escenario donde, dentro de esta atmósfera por momentos bucólica -el sol entre las ramas, el perenne canto de los pájaros- y misteriosa -la bruma que se extiende en las noches donde vagan las ánimas en pena-, las imágenes tampoco se recrean en un pintoresquismo de postal, una poesía de nostálgico sentimentalismo o un artificioso esoterismo folclórico, sino que todo está integrado con modesta, delicada y coherente naturalidad.

La escena del entierro, que es terrible pero a la vez dulce e incluso cómica, resume a la perfección el espíritu de esta obra y el complejo equilibrio que consigue el tono narrativo -cuyo camino, no obstante, es menos oscuro que a donde lo conducía el escritor-. No se comparte, por tanto, la mirada ignorante y espantada de las señoras de Madrid que buscan en la recóndita Galicia un remedio a sus problemas de nervios. Y esa misma naturalidad y coherencia se aprecia en la solidez y fluidez con la que Azcona condensa los relatos dentro de esa canción en la que se cantan las alegrías y las miserias de un rincón que es, a la par, particular y universal.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Trinta lumes

29 Abr

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Año: 2017.

Directora: Diana Toucedo.

Reparto: Alba Arias, Samuel Vilariño, Tegra Romeo, Paula Fuentes, Amanda Arza.

Tráiler

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          Eduardo Pondal clamaba por los bardos de la nación celta para que vinieran a rescatar a Galicia de sus siglos oscuros y regresarla a un pasado de grandeza, explica la profesora sobre el poeta del Rexurdimento, clave en un periodo donde, al calor del romanticismo y nacionalismo, se va labrando la imagen mítica del país, al reclamo de un folclore y una identidad que tratan de arraigar en una construcción de tiempos mágicos, paganos, donde los espíritus de la tierra conviven con los hombres que la moran.

Algo de esta ensoñación -o mejor dicho, de la agonía de esta ensoñación- hay en Trinta lumes, donde la imaginativa mirada de una adolescente conduce en buena medida el relato. Y desde este sentimiento de estertor se retrata asimismo un rural en ruinas, que se marchita en el abandono, arrebatada la sangre joven que ha de renovarlo. No son sensaciones muy distantes a las que, en parte, se manifestarán asimismo en la exitosa O que arde. La contemplación de la naturaleza y sus fenómenos -la montaña, la lluvia, la niebla- es semejante en ambas, enclavadas como están en los montes del interior lucense, en el Caurel y los Ancares, respectivamente.

          En este sentido, a través de la realización de Diana Toucedo, Trinta lumes parece deslizarse por tres planos de la realidad. Está el plano cotidiano, capturado con una estética documental que exalta su naturalismo, al igual que ocurre con el patente amateurismo de las interpretaciones. En cambio, la naturaleza aparece portentosa y sublime, con las imponentes montañas y las hermosas fragas. La cámara ensalza el lirismo de los elementos para encontrar en ellos una vena fronteriza con lo fantástico y lo sobrenatural. Pero es en una tercera dimensión donde brota ese plano fabuloso, ese mundo de espíritus oculto y ancestral cuya presencia se revela por medio de efectos visuales y de sonido. En cierta escena, la protagonista parece acceder a ellos casi como Alicia en el país de las maravillas, atravesando una puerta ignota en una casa olvidada.

          Toucedo demuestra una notable sensibilidad expresiva para invocar estos tres planos como parte de un todo, igualando el escaldado de una gallina y el culto a los difuntos con los espíritus lares que habitan el corazón del hogar, de la aldea, del bosque. Todos ellos, arrinconados, si no condenados sin remedio, en el mundo contemporáneo. Lo etéreo y eterno junto a lo carnal y lo temporal. Las estaciones que pasan acariciando los montes y las manos de la anciana que tejen recuerdos mientras ve Land Rober en la TVG.

De hecho, semejaba innecesario -o exagerado- invocar de palabra ese deseo de un bardo que recupere la voz de un pueblo. Hasta chirría esa especie de materialización del misterio -de la desaparición también- con la historia que se enrosca en sí misma: la de la chica perdida que acontece mientras, embelesado por la hipnosis atávica del fuego, el chico narra la leyenda de la chica perdida. Con el mal sueño que, a la vez, puede contener todo ello.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

La llorona

17 Nov

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Año: 2019.

Director: Jayro Bustamante.

Reparto: María Mercedes Coroy, Sabrina De La Hoz, Julio Diaz, Margarita Kénefic, María Telón, Ayla-Elea Hurtado, Juan Pablo Olyslager.

Tráiler

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          Como apunta su título, referencia a la leyenda centroamericana sobre el alma en pena de una mujer que arrastra su maldición por un espantoso pecado, La llorona es un relato de terror, con fantasmas y posesiones espectrales. Sin embargo, es una manifestación fantástica y macabra mediante la cual Jayro Bustamante denuncia un terror verdadero, concreto, persistente y, por ello, todavía más estremecedor. La búsqueda de la justicia del espíritu que atormenta la engañosa paz de los vivos se corresponde, por tanto, con la reparación a través de la memoria histórica.

          Bustamante se dio a conocer internacionalmente con su primer largometraje, Ixcanul, primer filme guatemalteco en acceder a la preselección al Óscar a la mejor película de habla no inglesa. En este debut ya comparecía un sentido crítico hacia la realidad del país, en especial en relación al inveterado racismo hacia la población indígena, que se expresaba también con el solapamiento de elementos sobrenaturales. Su segunda cinta, Temblores, en la que se aproxima a la homofobia predominante en su sociedad, prolongaba esta mirada que, ahora, se confirma de nuevo con La llorona.

El punto de partida de la obra -que incluye la simbólica participación de la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchúse inspira en el fallido proceso judicial al general Efraín Ríos Montt, uno de los dictadores latinoamericanos más despiadados del siglo pasado, condenado por genocidio después de que, bajo su corta presidencia de apenas 17 meses, fueran arrasadas unas 400 comunidades indígenas, masacradas hasta 10.000 personas y desplazadas de sus hogares otras 29.000, según calculan organizaciones de derechos humanos. Aun así, un tecnicismo dejó sin efecto los 80 años de reclusión en prisión militar y Ríos Montt -que a la postre no era más que un continuador de una funesta constante en Guatemala, en guerra civil durante más de tres décadas hasta 1996– falleció en abril de de 2018 a causa de un infarto, bajo arresto domiciliario y mientras sus abogados pleiteaban para conseguir sucesivos aplazamientos de nuevos juicios.

Bustamante encierra pues a su general en una suntuosa mansión que, a pesar del cordón policial, es franqueable para las fuerzas que sobrepasan el entendimiento humano. Desde el arranque, el cineasta sumerge la historia en una atmósfera inquietante -los rezos de la familia y la vista judicial, emparejados con un plano idéntico que se va abriendo- en la que deja percibir la presencia de lo sobrenatural por medio de la sugerencia. Pero los fantasmas del más allá invaden igualmente la casa de forma literal: son las cuartillas con los rostros y nombres de los desaparecidos o asesinados que arrojan, como envoltorio de ladrillos y piedras, la masa de manifestantes concentrada ante el lugar -un omnipresente ruido que, desde el fuera de campo y gracias a un notable trabajo en la realización, mantiene siempre viva la cuestión que subyace de fondo-. Esa parcela de realidad cruda se percibía asimismo en la separación que se traza entre los criollos y los indígenas: los rasgos de los actores, el idioma, la creencia, la posición social, en la arquitectura y en el plano…

          No obstante, La llorona es cine de terror hibridado con el drama familiar, que es la dimensión desde la que se aborda el conflicto en último término, pues es la que ofrece el punto de anclaje para trazar equivalencias entre ambos mundos -el marido desaparecido-, ahondar en la comprensión -el ponerse en la piel del otro y experimentar su trauma en primera persona- y, finalmente, aventurar un brote de redención al que Bustamante dota de un evidente peso femenino -y que, por tanto, podría conectar con la sensibilidad de Temblores y su cuestionamiento de los valores tópicos, tóxicos y cerrados de la virilidad-. A ello se llega a través de un clímax algo brusco en comparación con la exposición precedente y tras una narración de ritmo un tanto moroso, quizás equiparable a la languidez de Sabrina de la Hoz como heredera -y potencial víctima- de un monstruo auténtico.

Cabe decir que la Corte de Constitucionalidad de Guatemala vetó el pasado mayo la candidatura presidencial de la hija de Ríos Montt a las elecciones de junio. Aunque fue diputada en el Congreso guatemalteco entre 1996 y 2012 y sí había logrado presentare a los comicios de 2015, en los que obtuvo cerca del 6% de los votos.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

Los cazafantasmas

20 Mar

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Año: 1984.

Director: Ivan Reitman.

Reparto: Dan Aykroyd, Bill Murray, Harold Ramis, Ernie Hudson, Sigourney Weaver, Rick Moranis, Annie Potts, William Atherton, David Margulies, Slavitza Jovan.

Tráiler

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          Tiendo a asociar la explosión definitiva del consumismo en los Estados Unidos con el florecimiento en la década de los ochenta de un cine comercial y de evasión -el de La Guerra de las Galaxias, Tiburón, etcétera- que se replicaría tras el cambio de milenio en una nueva ola de consumo destinada a satisfacer las apetencias y extraer los cuartos de la generación criada bajo esos principios propios del ultraliberalismo, embarcada ahora en una crisis de la mediana edad que los agentes económicos rentabilizan por la vía del fetichismo nostálgico. Tal es así que el revival de los ochenta ha durado casi veinte años -solo para dejar paso, claro, a la recuperación de los noventa, que podría considerarse oficializada por fin por la estética de las equipaciones de fútbol, otro de los símbolos a través de los que se manifiesta el consumo de masas-.

De hecho, Los cazafantasmas es uno más de ese centenar de iconos del cine palomitero del periodo, ya por aquel entonces desarrollado como producto multimediasecuela, serie de dibujos animados, cómics, figuras de acción, videojuegos y juegos de mesa…-, que, más allá de las incontables citas y tributos, se ha repescado para un nuevo impulso recaudatorio, esta vez intermediado por otra poderosa corriente comercial del momento como es la de la monetización del revitalizado movimiento feminista -sin éxito, cabe decir-.

          Los cazafantasmas se convirtió en su día en la comedia más taquillera de la historia. Contaba con dos actores de gran popularidad surgidos de Saturday Night Live como Bill Murray y Dan Aykroyd, este último autor asimismo de la idea de base del filme, rematada junto a Harold Ramis, que también encontrará hueco en el equipo de parapsicólogos que se topa con un inesperado apocalipsis mesopotámico e interdimensional en pleno centro de Nueva York. Dirige además Ivan Reitman, un cineasta que comenzaba a labrar su trayectoria en esta clase de producciones, con películas como Los incorregibles albóndigasEl pelotón chiflado, y que no se mostrará especialmente ducho en el rodaje de este argumento donde las condiciones del género fantástico son primordiales. Se notará particularmente en las secuencias que implican acción.

          En realidad, Los cazafantasmas puede entenderse con un auténtico canto al pequeño emprendedor que lucha con pasión y tesón por conquistar el sueño americano, por muy extraña que sea su extracción personal y la naturaleza de su negocio, y por muchas que sean las trabas que se encuentre en el camino -la pobreza, la burocracia-. Otro mensaje propio de la época, en definitiva. Sus protagonistas son pillos entrañables y frikis irredimibles, lo que abarca un amplio espectro de sensibilidades entre el público potencial.

El desparpajo de sus fundamentos y ocurrencias, conscientes de la ligereza de la función y de su vocación de entretenimiento, un tanto dispersos por momentos aunque desarrollados con entusiasmo, también imprimen carisma a la cinta, que calará en la cultura colectiva -su concepto fantástico, la canción franquicia de Ray Parker Jr.-. A partir de ello, el metraje fluye siguiendo el sendero tradicional por el que el perdedor se revela como héroe insospechado, otro clásico.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

El león duerme esta noche

30 Abr

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Año: 2017.

Director: Nobuhiro Suwa.

Reparto: Jean-Pierre Léaud, Pauline Etienne, Jules Langlade, Adrien Cuccureddu, Adrien Bianchi, Louis Bianchi, Romain Mathey, Mathis Nicolle, Coline Pichon-Le Maître, Emmanuelle Pichon-Le Maître, Rafaèle Gelblat, Lou-Ann Mazeau-GuéguenMaud WylerArthur Harari, Isabelle Weingarten.

Tráiler

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         A Jean-Pierre Léaud lo quieren muerto. La muerte de Luis XIV y El león duerme esta noche, las dos últimas películas estrenadas en España y protagonizadas por el icono vivo de la Nouvelle Vague, eterno alter ego de François Truffaut al otro lado de la pantalla, gravitan en torno a la muerte que acecha. Pero El león duerme esta noche no es una película angustiada, ni que afronte la proximidad del último suspiro desde una perspectiva de afectado melodramatismo. Por el momento, Léaud no agoniza en ella. Sus actos y sus pensamientos tampoco sugieren temor ni tristeza ni resignación.

La muerte está presente a su lado, pero como está presente a lo largo de toda la existencia, pues no puede haber lo uno sin lo otro, como reflexiona repetidamente el propio actor en su papel de actor que explora sus ruinas y sus fantasmas ciertos.

         Léaud vaga por los escenarios cálidos y floreados de la Costa Azul francesa, henchidos de vida, con su innegociable estampa de hombre desorientado, a quien parece que han soltado de improviso en el set de rodaje y no sabe muy bien dónde se encuentra, qué tiene que hacer y hasta quién es. Al personaje le sienta bien este despiste, este azoramiento. Dado que tampoco podría haber obtenido de él otra cosa, entiendo que esta sería la intención de Nobuhiro Suwa, que declara que el excéntrico Léaud fue lo que le dio fuerza para regresar a la dirección nueve años después del estreno de su último filme y siete desde su último cortometraje.

La premisa se reafirma con las interpretaciones del amplio elenco infantil, una nueva representación de la vitalidad estival que acompaña al protagonista en sus regresiones al encuentro de un pasado -el amor perdido por la muerte- que también puede ser, al mismo tiempo, un sendero que aventure su futuro -el final de su historia-.

Los niños, decíamos, no dan la impresión de estar dirigidos en absoluto, sino abandonados a su juego de hacer películas, con su anárquica creatividad liberada. Su torrencialidad y su búsqueda de la maravilla, de hecho, anulan las posibilidades góticas del caserón donde transcurre la mayor parte del relato, incluso a pesar de que ellos mismos lo reconocen rápidamente como una casa encantada, con sus escaleras rechinantes, sus estatuas estrambóticas y sus telas espectrales. Sus andanzas como cineastas silvestres dejan algún detalle simpático, pero tampoco terminan de consolidarse como un aspecto demasiado interesante, del mismo modo que al drama del huérfano le falta pulido.

Probablemente, El león duerme esta noche trata de esto, de esta mirada intuitiva, desinhibida y natural hacia la vida, hacia la muerte. Una muerte a la que se ha de ver llegar sin dramatismos. Con los ojos abiertos, por tanto, parece decir Suwa.

         Quizás con el prejuicio del origen del realizador, esta sensibilidad que no entiende el más allá como un espacio estanco, sino comunicado con la realidad física a través de un juego de espejos, recuerdos, ensoñaciones y presencias, posee un influjo oriental que se impone, o cuanto menos se hibrida, con la voluptuosidad veraniega de la localización. Al respecto de la indagación en el eco del pasado, de la manifestación del pasado como guía seminal del porvenir, en definitiva, esta idea podría asociarse con la ascendencia de la añorada Juliette sobre los fotogramas, pues su aparición, la belleza que impregna a alguno de los planos más cuidados de la obra, es literalmente un acto de iluminación -las velas en la noche, el sol que se filtra por las ventanas, los reflejos cristalinos del lago-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

A Ghost Story

24 Ene

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Año: 2017.

Director: David Lowery.

Reparto: Casey Affleck, Rooney Mara, Kesha, Sonia Acevedo, Will Oldham, Rob Zabrecky.

Tráiler

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         Desde El fantasma y la señora Muir hasta Ghost: Más allá del amor, pasando por otras obras como Fantasma de amor, La historia de Marie y Julien o Contracorriente, el cine ha revisado la figura del alma en pena, atrapada dolorosamente entre la vida y la muerte, desde una perspectiva romántica, acaso como también ha ocurrido con otros seres tenebrosos como, en el ejemplo más evidente, Drácula -desde la encarnación televisiva de Jack Palance de 1973 hasta el Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola, pasando por la saga Crepúsculo y derivados-.

         A Ghost Story acomete una reinterpretación de este paradigma y, en una maniobra loablemente arriesgada, un pelín pretenciosa y no siempre exitosa, se desmarca de premisas y cánones sentados. Por decirlo así, su relato, narrado desde el punto de vista del fantasma, se aproxima más a una inmersión espiritual como la de Enter de Void -inspirada en el Libro tibetano de los muertos– que, desde luego, a la exaltación de la sensiblería de Patrick Swayze y Demi Moore modelando barro, prototipo de fórmula cinematográfica. En paralelo, podría afirmarse que el fantasma atraviesa océanos de tiempo para encontrar a su amada, al igual que la ópera coppoliana sobre el vampiro, si bien su recorrido se aleja asimismo de la épica amorosa.

Siempre extraña y singular -en lo bueno y en lo malo-, A Ghost Story sigue su propio camino, en el que se recurre a la ironía para reflejar sus aspectos potencialmente tétricos -el empleo de una banda sonora propia del cine de terror en situaciones con una atmósfera paradójicamente mundana y sosegada- y en el que los códigos del cine romántico colisionan igualmente con una mirada desconcertante en su falta de complejos -la apariencia tan tradicionalmente naif del fantasma-. Todo ello queda inserto en un conjunto que trasciende la restringida concepción existencial de la vida del individuo, por lo general encadenada a su esencia material y finita.

         Combinado con planos celestes y de la naturaleza, hermosa y neutra, destaca el original empleo de la elipsis para reflejar esta idea temporal y cósmica. David Lowery embotella el filme en una fotografía nebulosa y en sonidos distantes que dotan al relato en una textura de ensoñación. Son recursos con los que el cineasta extrae escenas de maravillosa intimidad, de una delicadeza serena, frágil y misteriosa que se adentra en los sentimientos profundos de los personajes, pero que a la par los pone en distancia al enmarcarlos en un escenario mayor e indiferente a sus vivencias. 

Menos justificación encuentra el ratio del fotograma, que es prácticamente cuadrado y posee las esquinas redondeadas, similar a la de una diapositiva doméstica. Quizás tenga sentido, pero no creo que sea necesariamente adecuado o efectivo. Los experimentos con el formato de la imagen, en cualquier caso, acostumbran a ser los más artificiosos, vanidosamente intrusivos y, en definitiva, difícilmente excusables.

         Porque A Ghost Story también tiene buena parte de ejercicio de estilo. Lowery deja transcurrir algunas secuencias hasta la extenuación un poco gratuitamente y, por otro lado, rellena el argumento romántico -la pérdida, la ausencia, el vacío, la dependencia, el enfrentamiento,  la superación…- con una evolución -la incipiente crónica familiar, las reflexiones acerca de la eternidad y la nada, la despersonalización del futuro- que no termina de funcionar demasiado bien o, al menos, de forma compensada.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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