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Fuera de juego (Fever Pitch)

14 Nov

“Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho, mucho más importante que eso.”

Bill Shankly

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Fuera de juego (Fever Pitch)

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Fuera de juego (Fever Pitch)

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Año: 1997.

Director: David Evans.

Reparto: Colin Firth, Ruth Gemmell, Luke Aikman, Mark Strong, Neil Pearson, Richard Claxton, Ken Stott, Holly Aird.

Tráiler

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            Fiebre en las gradas no es exactamente un libro feliz. O, mejor expresado, es un relato que termina dejando cierto poso de felicidad… pero a pesar de todo. En palabras del propio Nick Hornby, un obseso no es feliz con sus obsesiones. No le hacen sonreír, sino padecer. Y el retrato que Hornby hace de su relación con el Arsenal –ni siquiera con el fútbol-, es el retrato de una obsesión omnipresente y omnímoda.

Con el eje vertebral de su filiación con el equipo londinense, el escritor vuelca sus vísceras sobre el blanco y negro y, en consecuencia, de las páginas brota una colección de claroscuros en los que, en el mejor de los casos, el Arsenal ejerce de argamasa que repara las grietas de una familia desmoronada y que, a duras penas, recompone los fragmentos de un temperamento taciturno y proclive a la melancolía, rayano en la depresión constante. A su vez, el Arsenal de Hornby aparece como un agente envuelto en alargadas sombras, que construye una personalidad muy definida solo que, por decirlo así, a partir de su proyección en negativo, con filias y fobias desbocadas y asfixiantes, frustración inane y aislamiento generacional y social; traidor hacia los afectos profundos e incondicionales, catalizador de una descomposición moral, social y quizás hasta cultural experimentada desde la absorbente y aturdidora masa humana.

Pero, de ahí el regusto final tenuemente optimista, hasta sus proyecciones negativas pueden tornarse luminosas si se encuadran en el contexto apropiado. Ahí surgen el espíritu grupal, la capacidad de sobreponerse a la adversidad y volver a intentar lo imposible, el aprecio hacia la propia identidad, la conexión con el prójimo más elemental, el idealismo, la enriquecedora pasión de unas emociones exaltadas por la sorpresa y el júbilo.

            Un lustro después de su publicación en papel, Hornby, encargado de componer el libreto del filme Fuera de juego, lima las lacerantes asperezas y dulcifica el acre regusto de su relato autobiográfico para amoldarlo a las formas de la comedia romántica y, de esta manera, hacerlo más amigable hacia el espectador medio, que no tiene por qué compartir su monomanía y ni siquiera una afición comedida por el Arsenal –o como poco, por el fútbol-. Por fortuna, el cambio de tono no traiciona negligentemente el espíritu del original –el propio espíritu de Hornby, en definitiva- y, aunque con una carga íntima menos amarga y más humorística, plasma con rigor esos claroscuros que convierten al protagonista -aquí Paul (acertado Colin Firth)-, y a su equipo -por supuesto el Arsenal-, en todo uno, sin destartalarlos en una burda caricatura.

            Casi más que adaptar el libro, esta película inspirada en Fiebre en las gradas sabe asimilar el encuentro entre Paul y Sarah (Ruth Gemmell) al ritmo de un partido de fútbol, con sus ataques y sus contraataques, sus goleadas vergonzosas y sus arranques de épica inconsciente, sus variaciones en función del estado de ánimo y de forma física de los jugadores, sus rivalidades de amor y odio, y sus triunfos y derrotas. Es decir, al ciclotímico compás de la temporada 1988-89 en la que el Arsenal, en el último minuto del último partido, volvería a conquistar la First Division tras dieciocho largos años de travesía por el desierto.

La dirección de David Evans se limita a ser funcional, trufando la cinta de una banda sonora repleta de música, como cabría pensar en una obra surgida de la sensibilidad de Hornby –autor en este campo de la melanomanía de otro libro también llevado al cine, Alta fidelidad-, pero que deja una sensación de molesta convencionalidad en sus elecciones. No obstante, el encanto de la obra aguanta el tipo y ofrece un entretenimiento simpático, con genuino sabor futbolero.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Dolls

16 Mar

“Reivindico que el cine sea tratado como la poesía, como la literatura, como arte. Que sea cultura y no industria.”

Francis Ford Coppola

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Dolls

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Dolls

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Año: 2002.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Miho Kanno, Hidetoshi Nishijima, Tatsuya Mihashi, Chieko Matsubara, Kyoko Fukada, Tsutomu Takeshige.

Tráiler

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           Después de recibir críticas dispares por su infravalorada Brother, exportación a los Estados Unidos de su particular universo de estoicos yakuzas, Takeshi Kitano se regalaba a sí mismo y al público una obra intimista y emocional a través de la cual daba salida a sus incontenibles pulsiones artísticas, desarrolladas además con una sensibilidad narrativa que enraíza directamente con la tradición nipona.

           Dolls traduce a fotogramas los temas y arquetipos propios del teatro bunraku y las obras del dramaturgo Chikamatsu Monzaemon, ‘el Shakespeare japonés’, conocido por sus historias acerca de personajes comunes enfrentados a trágicas historias de amor. Precisamente, ese espíritu extremadamente poético y al mismo tiempo doliente que gobierna el filme, vertebrado a través de tres relatos de romance y desesperación, parece conectar también con la noción de fatalismo que regía las vidas de los gángsters de Kitano, reducidos a simples fardos que se desploman ante la violencia del mundo, unidos sin remedio a un destino inexorable que no es otro que la muerte.

Estos yakuzas, al igual que los amantes de Dolls, son títeres a merced de la fortuna caprichosa la cual se sirve en sus propósitos del implacable paso del tiempo, manifestado aquí a través del cambio de estaciones. Una cosmovisión agónica que se convierte en un juego melancólico donde el romanticismo trata de revelarse contra este Hado inapelable, como ya hiciera en vano en la hermosísima Hana Bi (Flores de fuego).

           Sin embargo, el territorio donde acontecen estos tres pequeños dramas románticos -encadenados por el cordón rojo que une a una joven catatónica tras un intento de suicidio y al hombre arrepentido que motivó el suceso tras escoger como prometida a la pudiente esposa de su jefe-, no pertenece al submundo criminal dominado por los relámpagos de agresividad física y directa donde se ambientan las cintas más populares de Kitano. El cineasta tokiota expone a sus viscerales e incompletos personajes por medio del montaje fragmentado, a la vez que los arropa con un delicado manto estético que los transporta a una dimensión lírica y henchida de color, rayana en lo onírico y en la que el recuerdo, el remordimiento, el deseo y la realidad se confunden y fusionan en la abstracción, sin solución de continuidad.

           Afloran en este mar de sentimientos deshilachados numerosos símbolos visuales y alegorías cromáticas –la mariposa, los tonos rojos-, que plasman con desgarro elegíaco –y ocasional aunque disculpable redundancia- la fractura emocional a la que se encuentran sometida esta galería de individuos atrapados por los lazos del amor, en especial esa inocente y frágil protagonista femenina que logra trascender su devastado estado mental para transformarse en una fuente de sensaciones encontradas.

           En este teatro de la existencia, el minimalismo argumental, por tanto, es la semilla a partir de la cual nace un maximalismo expresivo donde Kitano vierte toda su pasión como creador artístico. De la misma manera que las marionetas del bunraku, los personajes de Dolls esconden tras su hieratismo una explosiva tormenta de emociones, mayor que la vida misma.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Open Windows

8 Jul

“Si hay algo que le falta al cine español es regularidad.”

Alejandro Amenábar

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Open Windows

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Open Windows.

Año: 2014.

Director: Nacho Vigalondo.

Reparto: Elijah Wood, Sasha Grey, Neil Maskell, Adam Quintero.

Tráiler

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             En formato pirata con sonido reverberante y pixel grueso, ante una pantalla de ordenador portátil de alrededor de 15 pulgadas en medio del salón o sobre el escritorio del cuarto, con una conversación de WhatsApp abierta, otorgando un ‘like’ facilón a la nueva foto de perfil en Facebook del chaval o chavala que le hace tilín, controlando el ‘timeline’ de Twitter y repasando los mejores comentarios de los usuarios de Marca sobre el artículo del último mordisco de Luis Suárez.

Las innovaciones técnicas han creado nuevos hábitos de consumo en el espectador medio. Nacho Vigalondo, observador atento y fiel usuario de las últimas tecnologías visuales y de la información, lo sabe. Quizás de ahí el estilo visual y narrativo que impera en Open Windows, thriller cibernético con ‘psycokiller’ que tiene mucho de innovador pero que a la vez acumula una cuantiosa parte de influencias pretéritas.

             La representación del argumento a través de cuatro o cinco pantallas simultáneas dentro de un portátil –más adelante también aparecerán planos subjetivos intermediados por una cámara de video-, es una manera excepcionalmente fidedigna de capturar este modelo de visionado contemporáneo en el que prima la saturación de información que distraiga la mente del usuario aburrido, situado en contraposición con la tradicional (y ya en desuso) concentración monotemática hacia la trama de la película.

Así, la atención del protagonista (Elijah Wood) salta constantemente de una ventana a otra de su ordenador, de un estímulo a otro nuevo, mientras la intriga transcurre muchas veces relegada a un segundo plano desde el que solo se aprecia lo esencial para no perderse en su evolución o, al menos, seguir su hilo malamente mientras se atiende a otra cosa más importante.

             Vigalondo desarrolla así un relato muy hábil en el uso del lenguaje; fresco, reflexivo, que luce cierta influencia tanto del cómic como, de forma más pronunciada, del videojuego, en concreto de las aventuras gráficas ‘point-and-click’. A tenor de este interesante planteamiento, tampoco se penaliza demasiado que el protagonista deje atrás el arquetipo del pardillo para adoptar el razonamiento de un auténtico botarate, o que al guion peque de falta de lógica o verisimilitud. Lo justifica con creces la sagacidad de la propuesta, que aborda asimismo subtextos candentes como el fetichismo a distancia y el voyeurismo que incentiva la pavorosa ultraexposición de la propia intimidad en Internet.

Pero cuando los minutos avanzan y la reflexión se hace reiterativa o, siendo precisos, se diluye, uno recuerda que sobre estos asuntos la estupenda serie Black Mirror ha conjeturado en mayor profundidad, con mayor intensidad y con idéntica originalidad. Entonces, los defectos comienzan a apoderarse de Open Windows.

             En el libreto, las herencias del cine de intriga, que van desde La ventana indiscreta hasta Última llamada, pasando por el giallo italiano -evidente en la construcción del villano en la sombra: misterioso, enfundado en máscaras digitales y literales, amante del arma blanca, homicida de mujeres guapas de dudosa moralidad-, tratan de exhibir su colorido atractivo, si bien lo que predominará serán sus execrables vicios. En sus creaciones anteriores, el cineasta cántabro ya había demostrado su propensión a jugar al ‘no todo es lo que parece’, de manera extraordinariamente mordaz en su célebre corto 7:35 de la mañana y de forma arriesgada y cautivadora en Los cronocrímenes, título que, a pesar de las contradicciones inherentes a las historias sobre viajes en el tiempo, conservaba satisfactoriamente el tipo en su conjunto.

Sin embargo, en Open Windows el recurso a las posibilidades de la altísima tecnología como fantástico desfacedor de entuertos de guion, como herramienta para introducir sorpresas-bomba en trama y personajes y, en definitiva, como motor para conducir a la función hasta derroteros increíbles y enajenados se realiza de modo tan flagrantemente abusiva, subrayada además verbalmente, que uno se pregunta qué intenciones tiene o qué pretende manifestar con ello Vigalondo, un tipo dotado de talento y con cosas que decir.

Por lástima, aparte de los temas anteriormente citados, un servidor no acierta a adivinarlo, lo reconozco.

             En cualquier caso, este manifiesto exceso convierte a los personajes en burdas marionetas tiradas por hilos y termina por dinamitar esa credibilidad que ya advertíamos que, de antemano, exigía voluntad de inocencia y un par de actos de fe a la platea. De nuevo solo cabe pensar, ¿es esta retahíla de giros inverosímiles una advertencia del cineasta acerca de la necesidad del cine de echar mano de despreciables, superficiales y estridentes estímulos para que el reproductor con el filme recupere el primer plano en la pantalla del portátil del público medio? No lo creo, no lo sé y, francamente, no me importa. En la inmensidad de la sala de cine, Open Windows tan solo arroja una estimable apuesta formal jalonada progresivamente con una festiva colección de lagunas, trucos, trampas e incoherencias que, al final, se traducen en no demasiada sustancia.

En consecuencia, el espectador acaba mirando la película completamente desde afuera, ajeno a todo, ya advirtiendo la pantalla, el telón a los lados, las butacas de adelante, el señor mayor que bosteza detrás,… Como quien mira la peli en el portátil, consulta la pantalla del móvil y escribe en las redes sociales al mismo tiempo.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 4,5.

Escalofrío en la noche

16 Nov

“Todo lo que se necesita para dirigir es alguien que te dé el trabajo. Así que me dije: chico, el trabajo es tuyo.”

Clint Eastwood

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Escalofrío en la noche

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Año: 1971.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Jessica Walter, Donna Mills, John Larch, James McEachin.

Tráiler

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            El debut tras las cámaras de Clint Eastwood, aunque él mismo lo sitúa en funciones de segunda unidad sustituyendo a Don Siegel durante el rodaje de Harry, el sucio, en concreto la escena del intento de suicidio, es, de manera oficial, Escalofrío en la noche, una cinta rodada en cinco semanas, sin cobrar y con una total libertad por parte de la productora, comprada a cambio de protagonizar posteriores filmes para la misma, como por ejemplo sería el western Joe Kidd.

De este modo, Clint daba el paso a la dirección, también como modo de reivindicación propia, ya consolidado como estrella en Hollywood con el éxito indiscutible de su detective Callahan, llamado a ser un mito de la pantalla.

            Con Escalofrío en la noche, Eastwood iba a ofrecer la otra cara de la imagen que había cultivado como actor. Aquí, dará vida a un popular diskjockey de Carmel –su lugar de residencia, localidad que más tarde tendría a bien regentar como alcalde-, un triunfador que pese a sus dotes para el galanteo, a las que le es difícil renunciar, aún se lame las heridas de su última relación con la atractiva Tobie (Donna Mills), momento en el que aparece Evelyn (Jessica Walter), fanática de su programa, con la que comienza un escarceo sexual que pretende ser intrascendente pero que no es más que el comienzo de una pesadilla de psicosis obsesiva, disfrazada tras las maneras dulces y cándidas de su admiradora, y que se extiende a sus posibilidades de llevar recuperar el amor de Tobie y a toda su vida en general.

            Como decíamos, la imperturbable figura Clint padece, contra natura, pero como ya le había ocurrido sin embargo en su faceta de actor con El seductor, los misterios insondables y temibles de la sexualidad femenina, sometido y arrastrado, sin capacidad de reacción aparte de fruncir el ceño y escupir blasfemias entre dientes –cosa que estremecería a cualquiera en circunstancias distintas-, por la espiral de violencia impulsiva que la adorable Evelyn desata a su alrededor.

            Para este primer trabajo, la escuela de Siegel, su director habitual y amigo personal, va más allá de su cameo como camarero, conuna dirección que trata de ser concisa la mayor de las veces, ciertos rasgos personales que posteriormente se irán desarrollando y perfeccionando en futuras películas y alguna que otra mala elección de planos y movimientos de cámara,no demasiado relevantes a excepción de unas escenas amorosas increiblemente pastelosas, largas y metidas con calzador, si bien por lo general logra sacar buen partido a un guion que tampoco es ninguna maravilla, quizás con un par de momentos ingeniosos, pero que al menos funciona en la creación de tensión y agobio en torno a la situación protagonista.

En la parte interpretativa, Clint hace creíble su cambio de registro –que no necesariamente va acompañado de un cambio en su gestualidad- y sobresale Jessica Walter haciéndole pasar un mal rato al rey de los tipos duros.

            Un estreno bastante correcto en líneas generales para el denominado último director clásico.

Contaría con su versión porno.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

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