Tag Archives: Expresidiario

Un oso rojo

28 Mar

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Año: 2002.

Director: Israel Adrián Caetano.

Reparto: Julio Chávez, Soledad Villamil, Agostina Lage, René Lavand, Luís Machín.

Tráiler

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         Uno de los asuntos capitales del western es la dignidad. Con frecuencia, recobrar la dignidad olvidada es la única recompensa posible para el antihéroe westerniano, errante a través de una sociedad presuntamente civilizada en la que ya no tiene cabida. La prosperidad sedentaria o la felicidad del núcleo familiar estable son premios irremediablemente vedados. De ahí que el alejamiento hacia el horizonte o la inmolación altruista sean desenlaces propicios para sus desventuras. Una especie de triunfo dentro del triunfo imposible, pero igualmente de derrota dentro de la victoria. Raíces profundas es la obra que sintetiza el paradigma. El éxito reciente de películas como Drive prueba la vigencia que aún posee su intenso potencial dramático.

         Un oso rojo también asienta su relato sobre estos cánones y estos arquetipos, si bien su protagonista no es un eterno forastero, sino que su viaje proviene de un origen concreto: la cárcel. Aunque cabe reconocer que la mirada con la que Jean Arthur recibía a Alan Ladd en Raíces profundas dejaba flotando la idea de que Shane tampoco era precisamente un extraño, lo que iguala las cosas. Neonoir argentino de los turbulentos tiempos del corralito, Un oso rojo asume los códigos del género para eviscerar la miseria de un país -de hecho el empleo de los símbolos nacionales, aquí el himno, es similar al que hará cierto cine negro americano posterior al 2008, como ocurre en Mátalos suavemente, Dolor y dinero o Comancheríay exponer su influencia condenatoria sobre segmentos vulnerables de la sociedad, en este caso la familia de este asaltador que ha encontrado como pater familias sustitutorio a otro individuo con idéntica falta de futuro a la de él mismo.

Pese a los atisbos de redención que impone el relato, Adrián Caetano, director y guionista, no hace víctimas a los hombres, cuya naturaleza está teñida por el claroscuro, y sí a las mujeres -madre e hija, secuestradas por el infortunio-. Con todo, en este bosquejo de duelo de machos, Caetano enfatiza -probablemente con excesivo celo- la superioridad paternal, viril e incluso moral del expresidiario.

         El filme posee esa cierta melancolía lacónica del polar francés, así como un pesimismo propio del cine criminal de la Gran Depresión, otro instante de desconcierto económico en el que la verdadera violencia no proviene de los individuos que tratan de sobrevivir en el arroyo con todos los medios a su alcance, lícitos o ilícitos, sino del contexto social que los ahoga. La reutilización de preceptos del cine negro se extiende a los símbolos visuales, como las vallas que, desde la puesta en escena, insisten en separar al protagonista de aquellos a los que quiere.

Un oso rojo no es una cinta en absoluto sorprendente, pues. Pero sí es una cinta que asimila bien sus herencias, que está narrada con solvencia y que cuenta con la participación de actores de mucha entidad como Julio Chávez, cuya presencia en el plano es descomunal, o Soledad Villamil, que ofrece un perfecto contrapunto de sentido trágico y también, a su propia manera, de fuerza.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

El hijo

6 Mar

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Año: 2002.

Directores: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne.

Reparto: Olivier Gourmet, Morgan Marinne, Isabella Soupart.

Tráiler

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-¡Nadie haría esto! ¿Pero por qué lo haces?

-No lo sé.

En la novela El periodista deportivo, Frank Bascombe -divorciado, padre en duelo de un hijo fallecido, de apagada vuelta de las ilusiones de la juventud y alter ego del escritor Richard Ford– desarrolla una lúcida reflexión -que comparto en buena medida- a propósito de la imposibilidad de la literatura de ajustarse con fidelidad -o mejor dicho, honestidad- a los procesos psicológicos del ser humano, en el sentido de que los clímax existenciales no se resuelven con una epifanía de sentimientos cristalinos, sino que estos ocurren en medio de un confuso maremágnum de emociones que pugnan por dominar el estado de ánimo, en un desconcierto en el que hasta pueden llevar la voz cantante sensaciones que ni siquiera tienen relación con la situación decisiva que se afronta.

           Que el protagonista de El hijo -un hombre divorciado que parece incapaz de sacudirse un luto aplastante- reconozca no tener claras las razones por las que actúa como lo hace, resulta una muestra de honradez y veracidad incontestable por parte de los hermanos Dardenne. No significa esto que el personaje -interpretado por un Olivier Gourmet inconmensurable en su sutil precisión- carezca de motivaciones humanas y tangibles, pues se comprende que se encuentra a la azarosa búsqueda de un porqué del terrible suceso que ha partido su vida en dos. Simplemente, se mueve por ese impulso instintivo y primario -pura inercia de supervivencia mental- que toma las riendas en contextos de extrema turbación, en los que el juicio lógico ha quedado desvalidado por la perniciosa fuerza de unos acontecimientos inasumibles.

           Los Dardenne, pues, comprenden que el realismo estético -las imágenes de planificación inmediata, la aparente despreocupación de un plano que se fundamenta en la cercanía física y casi por ende espiritual con los sujetos que retratan, si bien es asimismo esquivo a sus deseos y a su voluntad- de nada sirve si no se acompaña de un realismo emocional -no es infrecuente que arteramente se emplee por extensión el estilo verista como sinónimo de verosimilitud argumental, sobre todo en el cine social-.

El hijo presenta un drama abrumador, que habla acerca de la capacidad para superar un duelo traumático -los canales por los que el protagonista y su expareja tratan de reconstruir la pérdida y los resultados reales que tienen estas decisiones divergentes- y, especialmente, de la posibilidad o incluso del deber humano de perdonar y comprender. Y habla de ello sin artificios, sin concesiones. Con una tensión que se respira y se interioriza; con una potencia conmovedora encomiable en su profunda conciencia moral y en su sinceridad sin cortapisas. 

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

Tarde para la ira

7 Oct

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Año: 2016.

Director: Raúl Arévalo.

Reparto: Antonio de la TorreLuis Callejo, Ruth Díaz, Raúl Jiménez, Manolo Solo, Font García.

Tráiler

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           Actor limitado pero carismático, a Raúl Arévalo no le han faltado arrestos en su debut tras las cámaras. Sin filigranas pero con contundencia, su arrancada en la dirección suma un peldaño más a la fascinante escalada del noir español, que atraviesa unos tiempos propicios en los que la degradación presente y las cada vez más acusadas grietas pasadas abren las puertas a una revisión de la entraña negra y pútrida de un país que, hasta hace dos días, engreído y arrogante, se regodeaba observando su propio ombligo, por aquel entonces repentinamente lustroso.

Tarde para la ira devuelve al espectador a un universo de textura correosa, hecha de fotogramas de grano duro como el cine quinqui de los setenta y ochenta, con un estilo estético que es una declaración argumental en sí misma y que se expande también por una puesta en escena tendente al feísmo -mucha cámara suelta e inmediata, que no agitada; escenarios empobrecidos o marginales que parecen no haber avanzado nada desde aquellas barriadas de extrarradio de El Vaquilla y El Jaro-. Y se propaga esencialmente por una violencia que, de tan seca y descarnada, se aboca incluso al absurdo, siguiendo cierta vertiente de la novela negra como la que surge en obras de Boris Vian, Jim Thompson o Donald Westlake, donde dicha violencia es el trasfondo, el concepto y el final.

          De una fórmula mínima, Arévalo consigue extraer un sabor y una potencia realmente notables, apoyado en la tangible veracidad que exudan los diálogos -firmados por él mismo junto al desconocido David Pulido, psicológo clínico de profesión- y, por supuesto, en el trabajo naturalista del elenco, a juego con realización y ambientación. Virtudes que aportan solidez a los personajes y sus acciones, desde los más abstractos -el protagonista, un hombre común vaciado hasta la ira- hasta los más matizados -espléndido Luis Callejo como compañero forzoso en esta cabalgada irracional-.

           Una ópera prima, pues, que invita a seguir la pista de un cineasta emergente.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Blood Father

6 Oct

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Año: 2016.

Director: Jean-François Richet.

Reparto: Mel Gibson, Erin Moriarty, Diego Luna, Michael Parks, William H. Macy, Miguel Sandoval, Dale Dickey, Raoul Max Trujillo.

Tráiler

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           Dentro del terreno de la gerontoacción –el intento de resurrección de los viejos pero aún musculados héroes del cine de acción de los ochenta y noventa- encuentro que el camino emprendido por Mel Gibson –villano extracinematográfico en busca de redención- es tan honesto como disfrutable. Auténtico. Porque no pretende la rentabilización de la nostalgia por medio de juguetes de imitación para capitalizar el impulso infantil de los niños del ayer, como hace Sylvester Stallone con sus producciones calculadas desde la mercadotecnia, sino que asume su condición extemporánea y, cumpliendo con el curso natural de la industria, traslada su campo de operaciones a la rocosa y contundente serie B a la que a estas alturas pertenece.

Y, así, entrega cintas concisas y virulentas, sencillas y correosas como un cabezazo al tabique nasal, capaces de explotar con extraordinaria efectividad el halo decadente y crepuscular del astro ahora ensombrecido –y, por supuesto, con mucha mayor dignidad que las películas de este pelaje que protagoniza Nicolas Cage-.

           La primera imagen de Gibson en Blood Father es un primerísimo plano de las arrugas que ajan su rostro encanecido. Un mapa de la caída, una geografía del derribo que, reforzada por la presencia rotunda del actor, pretende capturar en la pantalla la naturaleza turbulenta de un hombre alcoholizado, agitado por escándalos de fanatismo religioso y episodios de violencia doméstica. Blood Father incide en ese regodeo en el pecado, la culpa y el perdón a través de la figura de un padre exconvicto, drogadicto en rehabilitación y motero que, cual pistolero del Oeste, debe regresar a las armas para salvar la inocencia –y el pellejo- de su hija.

Un paradigma esencial, de raigambre westerniana, que, decimos, no tiene no obstante ni un gramo de nostalgia –aunque sí, merced a un guion seco en todos los sentidos, una visión muy cabrona del presente, la frívola rebeldía burguesa y la mercantilización esterilizada de la subversión marginal-. El escenario que dibuja el filme exhibe miseria en el hoy, el ayer y el mañana, revistiendo de una evidente pátina de patetismo a la trama en la que se ve implicado este anacronismo con tatuajes –excelente caracterización de Gibson-, a quien ya todo le es ajeno, extraño, ridículo –la vida descarriada e insumisa; la vida ordenada y decente-.

           El de Blood Father es pues un argumento al mínimo que avanza sin piedad, con ritmo, dirigida con eficiencia y sin alardes, ateniéndose debidamente a su condición de producción de saldo con agónicas estrellas que dejan sus últimos fogonazos de furia en historias de regeneración improbable y concreción suicida.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 6.

Toro

25 Abr

“El 72,5% del trabajo está hecho una vez escogido el reparto. Buena parte de la tarea de un director es el casting.”

David Cronenberg

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Toro

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Toro

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Año: 2016.

Director: Kike Maíllo.

Reparto: Mario Casas, Luis Tosar, José Sacristán, Claudia Canal, José Manuel Poga, Ingrid García Jonsson, Luichi Macías, Nya de la Rubia, Hovik Keuchkerian.

Tráiler

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           Prolongación del neonoir español –incluso andaluz, por presencia abrumadora de escenarios y sensibilidades-, Toro quiere apuntar alto, enhebrando mimbres tradicionales de este territorio –la noción fatalista del Destino, el laberinto de dilemas entre el deber, la deuda, la sangre y el sacrificio- por medio de un argumento que va escribiendo progresivamente una grandilocuente tragedia griega donde confluye visceralmente el concepto freudiano de la necesaria muerte del padre o, yendo más allá, una rebelión del individuo contra un terrible Dios antiguotestamentario –la amenaza desde el cielo con un cuchillo a modo de rayo, la fortaleza en las alturas análoga al geométrico edificio donde moraba el creador de androides de Blade Runner, ecos visuales de ésta en ciertos fotogramas del desenlace-.

Sin embargo, si se erige como una película plenamente disfrutable, no es gracias a estas pretensiones tan sonoras. Es, casi, a pesar de ellas, ya que cuanto más primario, brutal y calenturiento es en su expresión, mejores son sus resultados.

           El guion de Toro se muestra más entonado en las líneas de diálogo, con puntuales aunque agraciadas sentencias que cargan con el laconismo y el desengaño del cine negro, que en la atribución de solidez a la trama criminal. La efectividad en el intento de dibujar el retrato de un país corrompido y enfermo -otra de las obligaciones esenciales del noir- recae principalmente sobre estas observaciones agrias y punzantes.

Entre tanto, Kike Maíllo hace del saqueo estilo, tomando estéticas y evocaciones que van desde Walter Hill hasta Nicolas Winding Refn, pasando por Michael Mann, Cary Fukunaga o el thriller surcoreano contemporáneo. No siempre le funciona, pues en no pocas ocasiones se aboca a lo abiertamente kitsch, si no directamente a la parodia involuntaria, a la manera de lo que, en su tiempo, podría ser el spaghetti o el correoso criminal italiano de los setenta.

Pero paradójicamente -y reconociendo que aquí reside un difícil equilibrio entre lo potente y lo grotesco que puede echar atrás a muchos espectadores-, esta falta de miedo o esta temeridad sin cortapisas le otorga personalidad y hasta coherencia a la obra, como se manifiesta, por ejemplo, en el desinhibido empleo dramático de elementos costumbristas o castizos como el fervor católico o la música racial –desprejuicio hacia lo localista para componer la banda sonora que quizás se extrañaba precisamente en una de estas intrigas coetáneas, La isla mínima, que bien hubiera admitido algún tema de, pongamos por caso, grupos como Triana-.

           Peor parada sale esta vez la dirección de las secuencias de acción, pobres y desprovistas de la deseable tensión, y que consiguen sostenerse sobre todo por la contundencia de Mario Casas. No es el coruñés el intérprete más dotado verbalmente, pero posee una presencia física muy estimable –a mi juicio, la cualidad fundamental que ha de tener un actor de cine-, y especialmente adecuada para producciones de esta clase. Y cabe destacar que, además, logra aportarle matices y veracidad a su personaje, dando la talla ante compañeros de talento como Luis Tosar o José Sacristán. El elenco, sin duda, es uno de los puntos fuertes del filme, con un acertado uso de la fuerza de los rostros y de la caracterización.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7.

48 horas más

1 Mar

Segunda parte del especial de Walter Hill y segunda parte de Límite: 48 horas, 48 horas más, que es casi un remake. En la época de la ‘buddy movie’, si querías caldo, toma dos tazas.

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Límite: 48 horas

28 Ene

La madre de las buddy movies y uno de los mayores éxitos de su director, que además dispararía al estrellato a Eddie Murphy (tiempos…). Límite: 48 horas para la primera parte del especial Walter Hill de Cinearchivo.

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