Tag Archives: Erotismo

Nuestro hombre de Milán

24 Feb

“Milán. Un lugar precioso para morir.”

John Carradine

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Nuestro hombre de Milán

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Nuestro hombre en Milán

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Año: 1972.

Director: Fernando Di Leo.

Reparto: Mario Adorf, Henry Silva, Woody Stroode, Adolfo Celi, Luciana Palucci, Femi Benussi, Francesca Romana Coluzzi, Sylvia Koscina, Peter Berling, Franco Fabrizi, Giuseppe Castellano, Cyril Cusack.

Tráiler

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             Si Jean-Luc Godard aseguraba que para hacer una película solo hace falta una chica y una pistola, Fernando Di Leo redobla la ‘boutade’ en su conocida como Trilogía del milieu poniendo en pelota picada a la mujer y añadiendo a la fórmula trajes horteras, luces de colores y litros de whiskey J&B.

No contento con la brutalidad zafia de Milán, calibre 9 –una de esas películas que reivindica Quentin Tarantino con su mitología fetichista-, el realizador retorna a la capital de la Lombardía para ensayar otro thriller cafre en Nuestro hombre de Milán, título que si en España aprovecha las reminiscencias de Graham Greene, en el mundo anglosajón heredará por su lado la influencia recientísima de The French Connection, contra el imperio de la droga gracias al explícito epígrafe de The Italian Connection.

             Sea como fuere, Di Leo, a su aire, vacía de nuevo la tradición del pulp más correoso para adaptarla a los gustos (es un decir) de la Italia de la época, antecesores directos y setenteros del Mediaset de las Mama Chicho y fauna asociada. Así, dos gánsteres prototípicos arribados del otro lado del Atlántico –Henry Silva y Woody Stroode, de vacaciones pagadas- se encuentran con los tejemanejes locales de una mafia indígena nada romántica y sí muy terrenal –más real por tanto de lo que sugeriría su involuntaria caricatura-.

Y, entre medias de ellos, atrapado en una pinza mortal que a priori excede en mucho sus capacidades, aparece el protagonista: un amantísimo padre de familia y esforzado emprendedor de la industria del cariño –esto es, proxeneta de tres al cuarto-, sintetizado en su primitiva honestidad por el carisma gañán del suizocalabrés Mario Adorf, ya presente en la anteriormente citada -como también lo estaba parte de la galería de rostros desgarbados que dibujan con sus simples facciones a un puñado de personajes secundarios y arquetípicos, caso de Giuseppe Castellano, que un servidor siempre se le ha dado un cierto aire a Alberto Núñez Feijóo, versión rubicunda y (más) lumpen-.

             Con extrañas decisiones como el empleo de la perspectiva de la narración –desde la primera aproximación al argumento a través de los americanos, quizás como gancho para el público, hasta la posterior identificación y asunción por parte del protagonista-; crápula y violenta cual ‘exploit’ en su forma y fondo, y desinhibida hasta el delirio épico –el abusivo ‘product placement’, los recursos visuales sacados de un manual de Valerio Lazarov, la exageradamente extensa persecución-, Nuestro hombre de Milán desarrolla un enfebrecido filme criminal basado en la premisa del hombre solo contra el mundo, embarcado en una lucha a muerte y sin cuartel en la que emociona el uso primario que hace Adorf de su cabeza como arma de combate, así como la desesperación y el reconocido miedo que le confiere una resiliencia fuera de lo común.

             Locuras del eurocrimen, Nuestro hombre de Milán plantea por así decirlo un paradigma hitchcockiano que choca contra dos sicarios hemingwayanos –aquellos de Forajidos y luego remozados a todo color en Código del hampa, más cercana a la aquí comentada- bajo los dominios de una organización delictiva estratificada y absurda sacada de una novela de Donald Westlake, todo ello en mitad de un videoclip de Raffaela Carrá.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

Pola X

5 Feb

“Tras cada hombre viviente hay treinta fantasmas, pues esa es la razón en la que los muertos superan a los vivos” 

Arthur C. Clarke

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Pola X

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Pola X

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Año: 1999.

Director: Leos Carax.

Reparto: Guillaume Depardieu, Yekaterina Golubeva, Catherine Deneuve, Delphine Chuillot, Laurent Lucas, Patachou.

Tráiler

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             No es un autor contenido Leos Carax. Sus películas navegan encadenadas al albur de sus criaturas, sometidos a feroces heridas existenciales y emocionales que, además, el cineasta propulsa desencadenando sobre los mismos fotogramas, con arrolladora fuerza expresiva, estas inquietudes íntimas. Equilibrios sobre el alambre, que el director francés acostumbra a salvar por la potencia de su convicción artística, por la honestidad sin fisuras con las que aborda sus relatos, innegociablemente personales. Quizás sea indicativo esto de las taras que, a mi juicio, lastran y condenan a Pola X.

             La cinta, basada en una novela maldita de Herman Melville, nace con un estilo narrativo con una apariencia inusualmente clásica, dentro de lo que cabe, al menos hasta pasada la mitad del metraje. Como si el espíritu indomable de Carax se diluyese en un relato que costó diez borradores alumbrar, de ahí la X que corona el título –otro dato significativo acerca del tortuoso y dubitativo proceso que conllevó elaborar esta obra que, precisamente, basa su conflicto en los desgarradores dilemas del protagonista-.

             Da la impresión de que, después de esa engañosa ‘convencionalidad’ del comienzo, Carax libera su sensibilidad torrencial sobre el desarrollo del filme, tratando por fin de echar el lazo a las imágenes y cabalgar sobre los lomos desbocados de este argumento excesivo y definitivamente encabritado por la mente alterada del protagonista, un joven escritor que destruye su próspero futuro por la obsesión de redimir unos presuntos fantasmas familiares, ocultos en un armario sellado –y vacío- y manifestados a través de una pesadillesca (e hipnótica) declamación en las tinieblas del bosque.

De esta manera, los tonos dorados que gobernaban ese arranque ilusoriamente paradisíaco –aunque infestado por una presencia perturbadora que se ramifica en traumas y complejos privados y colectivos, así como en relaciones brumosas de incesto, poligamia y homosexualidad sugeridos-, entran en contraste con la grisura, el frío y la suciedad del tour de force emprendido al asumir esta perturbación irresistible, que en su crudeza surreal incluye escenas de sexo explícito –mera anécdota sin relevancia, aunque en su día bastante comentadas-. ¿Es pura alucinación esta segunda mitad que transcurre en una especie de arca de Noé sectaria, acomodada así al despertar de Carax y su delirio compositivo? ¿Es una trasposición de la imaginación del artista durante su proceso creativo, a través de la cual se fuga de una realidad anodina que aborrece? ¿O esto lo era ya, por completo, toda la historia?

             Supongo que cualquiera de las tres opciones resulta válida. Como es igualmente válido señalar el insuperable desequilibrio que produce este cúmulo de desbarres simbólicos-conceptuales e incontinencias formales, el cual termina por asemejar a Pola X a un desvaído David Cronenberg; abotargada, descompuesta y sobrepasada por su fallida megalomanía.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 3.

El desconocido del lago

30 Dic

“En el fondo, deseamos las cosas más misteriosas.”

Alain Guiraudie

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El desconocido del lago

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El desconocido del lago.

Año: 2013.

Director: Alain Guiraudie.

Reparto: Pierre Deladonchamps, Christophe Paou, Patrick d’Assumçao, Jéromme Chappatte, Mathieu Vervisch, Gilbert Traina.

Tráiler

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             Coincidieron en el cuadro de honor del festival de Cannes de 2013 dos magníficas películas en las que el sexo homosexual era un recurso temático y visual del todo explícito pero que, en el fondo, no abordaban la homosexualidad como principio y fin de su discurso, sino que trascendían en su mirada las fronteras del tabú para convertirse en obras universales acerca de las complejas e inagotables relaciones amorosas y sexuales del ser humano.

La vida de Adèle constituía así una conmovedora cinta sobre el descubrimiento romántico y el crecimiento emocional de una joven corriente donde, de hecho, se afirmaba con conocimiento de causa que “el amor no conoce géneros”. Por su parte, El desconocido del lago, el filme que nos ocupa en el presente texto, bucea en el naufragio sentimental de un joven que, erradamente, busca realizarse amorosamente en un hedonista enclave de cruising –una actividad de encuentro público entre gays que desean desfogarse sexualmente, sin mayores ataduras-.

             Reconocía Alain Guiraudie, director y guionista de El desconocido del lago, que en un principio tanteó componer la historia a partir de una relación heterosexual pero que, finalmente, la acabaría descartando. Aunque sin duda es un relato extensible al ámbito de las relaciones más ‘tradicionales’, el cruising facilitaba a todas luces la creación de este territorio límbico y anónimo, una suerte de espacio irreal colonizado por la pura y desenfrenada sexualidad y en el cual derribar las certezas sentimentales que, un tanto desorientado, persigue el protagonista.

De este modo, El desconocido del lago traza el mapa emocional de Franck (excelente Pierre Deladonchamps), un hombre que, progresivamente, se encadena a una relación desequilibrada respecto a la entrega mutua -y por tanto perniciosa- con otro atractivo y enigmático veraneante del lugar, Michel (Christophe Paou).

             Guiraudie establece un escenario reconcentrado en las costas del lago, el bosque adyacente a éste y el aparcamiento que servirá para trazar las marcadas elipsis que distinguen cada uno de los diez días en los que se desarrolla la trama. Traslación del conflicto entre deseo y peligro, los encuentros sexuales en el bosque juegan con el contraste entre el deje bucólico y onírico del escenario, donde transitan figuras pictóricas y fantasmagóricas de individuos sin apenas entidad propia, y el contraste con la pedestre sexualidad que tiene lugar en él, donde el espectador queda encerrado en el rol de voyeur.

En consecuencia, las coreografías sexuales son poco o nada románticas, ausentes de cualquier tipo de subrayado lírico e incluso musical y envuelto en una atmósfera sofocante que se puntea con el sonido de las moscas y las cigarras –el sonido será una notable herramienta dramática, luego repetida por la vibración de un helicóptero o el violento oleaje del lago-. Los abundantes restos de condones y basura persisten como única e insalubre huella de unos actos que se reducen a un plano estrictamente fisiológico y plasmado de forma muy gráfica –para doblar las dos escenas hardcore se acudirá incluso a profesionales del porno-.

             La conexión afectiva queda fuera de este emplazamiento concreto. Será significativo que la primera y anhelada consumación del idilio de Frank y Michel se produzca fuera de los límites del bosque y que la única relación completa y sana del metraje se mantenga en los márgenes externos del lago y esté desligada de cualquier atracción física: la entrañable amistad entre Franck y Henri (Patrick d’Assumçao), un divorciado abatido emocionalmente y que se limita a contemplar la tranquilidad de la naturaleza en su papel de testigo neutral, confesor, consejero e incondicional apoyo emocional.

             A medida que la intensidad se cierne sobre los dilemas románticos del protagonista y que se acrecientan sensaciones adversas como la soledad, la insatisfacción, el sometimiento personal y la fragilidad, El desconocido del lago va adoptando rasgos propios de otros géneros hasta transformarse en una intriga criminal que, intermediada por un turbio asesinato, exterioriza esta malsana deriva íntima a la que, en su juego de dudas, sospechas y autoengaños, no le faltan estilemas propios del fantástico y el terror, ni ecos de El carnicero de Claude Chabrol.

A través de la calculada puesta en escena, la expresión del amor queda entonces emparentada con la expresión de la muerte, siniestramente confundida la una con la otra. Si bien la inmersión en el thriller no me termina de encajar a la perfección –o quizás simplemente me parece menos interesante-, desempeña con perfecta elocuencia su papel dentro del contexto y la evolución emocional del personaje.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 8.

La venus de las pieles

28 Dic

“En mi opinión, el secreto del cine son las mujeres fuertes.”

David O. Russell

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La venus de las pieles

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La venus de las pieles.

Año: 2013.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Emmanuelle Seigner, Mathieu Amalric.

Tráiler

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           No es extraño que Roman Polanski eche mano de una pieza dramatúrgica para construir uno de sus proyectos. Ahí quedan los ejemplos de Macbeth, La muerte y la doncella y Un dios salvaje. Quizás se deba a que el formato primigenio de la obra de teatro le permite concentrar toda la turbulencia interior de los personajes en un espacio generalmente escueto, su hábitat predilecto, como se demuestra a través de otras historias originales e incluso adaptaciones literarias de su filmografía.

Pero La venus de las pieles, adaptación de la pieza homónima de David Ives, extraída de la icónica novela de Leopold von Sacher-Masoch, es algo más que una obra de teatro.

           En imitación de esta sucesión de inspiraciones, apropiaciones y reinterpretaciones, La venus de las pieles es un filme que, como una muñeca matrioska, encierra en el interior de su minimalista escenario –las tablas de un teatro, ocupadas por solo dos actores- una insondable multitud de contenidos, tesis y alegorías sobre temas tan diversos como las relaciones de dominación y dependencia entre géneros, el espíritu creativo del artista o la propiedad de la lectura del sentido de una obra.

Un juego de cajas chinas en el que una mujer ejercerá de maestra de ceremonias intercalando constantemente una serie de roles corporeizados en su sola figura. La Wanda del filme es al mismo tiempo objeto de deseo –la cosificación del atractivo físico-, estatua de Pigmalión hecha carne –el anhelo materializado del hombre creador, amoldado sumisamente a cualquiera de sus apetencias-, musa del artista impotente –la fecundación de ideas por su mero contacto- y diosa vengativa –la subversión de la falocracia, manifestada en casi todas las encarnaciones anteriores-.

Desde su aparición repentina, providencial e invasiva, se desencadena una tormenta de alto voltaje sexual que arrastra consigo a su partenaire masculino, amordazado a su torbellino de curvas, cuero, insinuaciones, desafíos, humillaciones y sometimientos, dentro de una correspondencia tortuosa entre hombres y mujeres que recuerda en mayor o menor grado a cintas previas de Polanski como las también enfermizas y angostas El cuchillo en el agua, Callejón sin salida, Repulsión, Lunas de hiel –la destrucción del macho alfa- y La muerte y la doncella –la purgación de los horrores de una dictadura militar en forma de duelo sadomasoquista-.

           De esta manera, los personajes trascienden a su propia concepción literaria para saltar desde el papel a las tablas, transfigurados en un director (Mathieu Amalric) y una actriz (Emmanuelle Seigner) que ensayan improvisadamente La venus de las pieles, todavía en proceso de construcción. Un director y una actriz que, a su vez, en otro salto que alcanza el nivel metalingüístico, conforman un trasunto del propio Polanski y, a buen seguro, del proceso de composición de sus películas. La semejanza física de Amalric es evidente, así como la sonoridad europeo-oriental del apellido de su personaje, mientras que la réplica femenina es nada menos que la esposa en la vida real del cineasta polaco y la ambigua turbiedad sexual del filme, potencial blanco de polémica como ha sido asimismo la biografía y la obra del autor.

           Diálogos declamados y hablados, impostados y escupidos se van entremezclando, confundiendo y fusionando progresivamente a cada golpe de batuta de un Polanski que controla con pulso firme el devenir de la propuesta. El realizador explota la suculenta carnalidad de Seigner para guiar los pasos desconcertados de su alter ego, lo restringe a sinuosos espacios físicos y psicológicos y lo somete a esa eléctrica tiranía de una mujer que amalgama como nadie vulgaridad y divinidad por medio de una simple caída de ojos. El metraje, impulsado por la riqueza de su texto, no desfallece pese a necesitar un par de escenas para entrar en calor definitivamente y al riesgo que supone ese cierto estatismo de espacios, personajes y trama.

Una película de exuberante densidad.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Lunas de hiel

17 Dic

“Siento decir que una emoción tan noble como el amor es responsable de mucha más violencia que la pornografía.”

Milos Forman

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Lunas de hiel

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Lunas de hiel.

Año: 1992.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Peter Coyote, Emmanuelle Seigner, Hugh Grant, Kristin Scott Thomas.

Tráiler

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            Muchos son los literatos –Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald,…- que cita como referencia Oscar (Peter Coyote), escritor que compensa su falta de talento disfrutando de los placeres de París, condensados todos ellos en una mujer, la fascinante Mimi (Emmanuelle Seigner). Muchos para que, al final, sus memorias, relatadas a un pacato británico (Hugh Grant) de crucero con su esposa (Kristin Scott Thomas), terminen asemejándose a un melodrama sureño del atosigante Tennessee Williams festoneado con fuegos artificiales de sadomasoquismo.

            Roman Polanski arremete en Lunas de hiel contra el matrimonio tradicional desvelando la crueldad mutua que pueden ejercer, el uno sobre el otro, dos seres que se quieren hasta la desesperación, al mismo tiempo que, de paso, representa lo ridícula que es en realidad la arcaica figura del macho (supuestamente) dominante. El problema es que para tal fin se sirve de una historia bullente de excesos y de personajes de cartón piedra.

El mensaje es palmario, pero dentro de este descenso a los infiernos de la pareja -consumado por degradaciones amorosas, sexuales y morales que dan lugar a un destructivo entramado de traiciones, venganzas y humillaciones-, es difícil creerse a los implicados, comprender qué les pasa y por qué y, en consecuencia, interesarse por ellos o sentir en la propia piel lo que parecen estar sintiendo sobre el escenario.

Tampoco ayuda la pesadez de la estructura, fundamentada sobre recuerdos que se manifiestan en forma de sucesivos flashbacks y la continua voz en off de narrador omnisciente, interrumpidos para mostrar cómo su conocimiento perturba y atrae a partes iguales al oyente de turno que, aquí, ejerce como traslación del propio espectador, ciudadano de a pie de ética corriente y, presumiblemente, sin vicios reseñables. En definitiva, la exposición del mórbido poder de seducción de la oscuridad, de la mujer fatal, de la vampiresa –incluso la succión de sangre es literal en cierta escena-.

            Espesa y excesivamente voluminosa, destaca de Lunas de hiel la enfermiza atmósfera de sus fotogramas, viciada y extenuante, así como el juego sádico con los puntos de vista respecto del reparto de taras y culpabilidades, que concierne tanto en la relación depravada y obsesiva de Oscar y Mimi como al impecable matrimonio británico, que dista de ser idílico bajo su enamorada superficie –los filtreos, los pequeños reproches, la conversación sobre los hijos-.

Virtudes insuficientes, no obstante, para soportar 140 minutos de metraje y para lo que puede exigirse de un autor como Polanski.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 4,5.

Videodrome

2 May

“¡Televisión! Maestra, madre, amante secreta.”

Homer Simpson (Los Simpson)

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Videodrome

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Videodrome.

Año: 1982.

Director: David Cronenberg.

Reparto: James Woods, Debbie Harry, Peter Dvorsky, Sonja Smiths, Leslie Carlson, Lynne Gorman, Jack Creley.

Tráiler

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            Si bien constituye una inquietud extensible a buena parte de su obra, sobre todo durante la primera parte de la misma, sería Videodrome la primera película donde David Cronenberg formulase el concepto la ‘nueva carne’: la evolución y el cambio de identidad del ser humano nacida de la fusión entre cuerpo y materia tecnológica, privilegio o deformación idiosincrático de la sociedad contemporánea.

            Después de su confirmación a nivel popular con Scanners, el cineasta canadiense decidía dar rienda suelta a un proyecto tan ambicioso como arriesgado. Una feroz diatriba que sitúa a la televisión como eje de una sociedad enferma y decrépita, erigida en derecho civil, medio de integración social, instrumento de ocio y excitación, manifestación religiosa, herramienta de control político y creadora única de realidad.

            A través de la figura del productor de televisión especializado en pornografía Max Renn (James Woods, cabeza de un reparto elegido con gran acierto), Cronenberg disecciona los entresijos de una Norteamérica abarrotada y hastiada de placer, en constante búsqueda de nuevos estímulos para su abotargado paladar sexual, ávido de cualquier nueva y más dura parafilia. Más intensa, más cruda, más electrizante. Inserta directamente en el propio cuerpo.

            Incómoda, pegajosa y obsesiva, dotada de una atmósfera tan febril, sórdida y alucinada como la mente y el entorno que rodea al protagonista, Videodrome redacta un diagnóstico complejo y desolador acerca de la mórbida fascinación del ser humano por lo repulsivo, lo violento y lo malsano -concepto subrayado también por la perturbadora nota que aporta la fisicidad de los efectos especiales-. Unas atracciones accesibles universalmente a través del rayo catódico -lo que lleva a imaginar hasta dónde habría llegado la visionaria propuesta de Cronenberg de haber conocido con la explosión de Internet o de haber caído el guion de la reciente Her en sus manos-.

            Contextualizada dentro de un esquema sujeto y dependiente de los delirios subjetivos del protagonista -campo abonado por tanto para la trampa, el truco efectista y la siembra de paranoias de todo pelaje-, la conspiración político-patriótica de adoctrinamiento que domina el desenlace resulta por el contrario un tanto más evidente y superficial, bastante menos sugerente y atinada que los poderosos mensajes precedentes.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Shame

5 Nov

“En el cine, las mujeres suelen pasearse desnudas por la pantalla mientas que el hombre siempre conserva sus pantalones convenientemente puestos. Es algo que a mi madre le sacaba de quicio, se quejaba de que las mujeres eran las que siempre tenían que desnudarse. Así que Shame la he hecho por ti, mamá.”

Michael Fassbender

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Shame

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Shame.

Año: 2011.

Director: Steve McQueen.

Reparto: Michael Fassbender, Carey Mulligan, Nicole Beharie, James Badge Dale.

Tráiler

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            Creo que era Klaus Kinski -que del tema sabía un rato-, quien sostenía que los vicios son la medida del hombre. En tal caso, el bueno de Brandon (Michael Fassbender), protagonista de Shame, iba a quedar bastante mal parado en vista del saldo total de su vida.

Si en su celebrada Hunger Steve McQueen describía con un contradictorio refinamiento estético la atroz degradación anatómica de Bobby Sands -recluso del IRA provisional embarcado en una funesta huelga de hambre-, en Shame, a pesar de la gran influencia de lo físico y su elaborado reflejo en pantalla, es en cambio la absoluta degradación moral de un adicto al sexo la que vertebra la función.

            Más que al guion -que también-, el filme pertenece a su atmósfera, a las profundas y turbadoras sensaciones que es capaz de despertar. Ésta es el fruto compartido de la apabullante técnica visual de McQueen -elemento fundamental para trazar e insuflar vida a las líneas maestras que definen a los personajes y su contexto existencial-, y de la imponente presencia de Fassbender, dueño de una interpretación llena de sutiles matices y de soterrada pero vibrante intensidad, hábil a la hora de librar a su difícil y compleja creación de los lugares comunes transitados habitualmente por este tipo de papeles obsesivos y de gran exigencia personal.

             Nos encontramos ante el retrato de un hombre que ha convertido lo que algunos califican como el culmen de la expresión física del amor –el sexo- en una pulsión salvaje y deshumanizadora. Brandon es un tipo con las emociones arrancadas de cuajo, incapaz de expresar o transmitir sentimiento alguno más allá de su lascivia. No digamos ya amar.

Shame no es por tanto un filme que abunde en el estudio psicológico de un sátiro compulsivo, sino una crónica sobre la agonía moral y emocional de un individuo que, desde su apariencia pulcra y exitosa y su interior enfermo y putrefacto, bien podría servir como metáfora del signo de unos tiempos en los que las relaciones afectivas se hallan en todo momento determinadas por el cinismo, la gelidez y artificiosidad –pocos personajes pueden percibirse como esencialmente positivos, a tenor de sus acciones-.

            Autor dotado de una voz propia e intransferible, McQueen invita al espectador a acompañar a su maltrecha criatura a lo largo de su espiral autodestructiva, certificación de una condena inapelable y en la que cualquier intento de redención –la condescendencia hacia su también desamparada hermana, el bienintencionado comienzo de un romance “normal”- está destinado a resultar infructuoso por definición.

            Shame propone un celuloide construido sobre la angustia, donde las relaciones privadas se advierten siempre cargadas de tensión y ambigüedad. A partir de esa sórdida, obsesiva y desolada presentación inicial de Brandon a través de un lóbrego trayecto en metro, McQueen va incrementando la presión sobre el asfixiante escenario a medida que avanza el metraje. La insoportable claustrofobia que impregna una conversación de espaldas, descerrajada ante una televisión sin enfocar, establece un devastador punto de no retorno.

            Película arrolladora, dura y sin concesiones, incluso el cierto arranque melodramático y quizás un tanto moralista del desenlace queda atemperado por medio de esa especie de desasosegante y tenebroso final abierto.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8,5.

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