Tag Archives: Ecoterror

Megalodón

30 Ene

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Año: 2018.

Director: Jon Turteltaub.

Reparto: Jason Statham, Li Bingbing, Rainn Wilson, Ruby Rose, Winston Chao, Shuya Sophia Cai, Cliff Curtis, Jessica McNamee, Robert Taylor, Page Kennedy, Ólafur Darri Ólafsson, Masi Oka.

Tráiler

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         Megalodón bien podría servir como ejemplo sobre cómo Hollywood lleva más de un lustro volcado hacia el mercado cinematográfico chino y viceversa. Los constantes guiños a través de actores y escenarios, además de la autocensura para adaptar las películas a las apetencias de la dictadura, son concesiones orientadas a la búsqueda del triunfo en unas taquillas que se mantienen fieles y provechosas frente a la concatenación de crisis económicas y decadencia de las salas occidentales registrada desde el comienzo del milenio. Y, dentro de esta carrera, la competencia es despiadada debido a las restricciones que pesan en el país asiático sobre las producciones extranjeras, fuertemente limitadas. Una sucesión de pasos que han ido fructificando incluso en costosas superproducciones como La gran muralla. Anhelo de estrellas, de blockbusters, que les hablen directamente a ellos, en lugar de mirarlos por encima del hombro como público -como ciudadanos- de segunda. El dinero proporciona dignidad.

Así pues, Megalodón es un buen ejemplo de ello porque, además de contar con fondos de compañías chinas, fijar localizaciones en el país -la popular playa de Sanya- y de incorporar a celebridades nativas a la cabeza del cartel -Li Bingbing-, también simboliza las pretensiones de este tipo de filmes: más grande todavía, aún más espectacular. O, como diría el jefe de policía Martin Brody en Tiburón, “vamos a necesitar un barco más grande”, frase homenajeada en cualquier cinta que emule el referencial éxito de Steven Spielberg. Porque si el especimen de aquella ya era monstruoso, en Megalodón, como su propio título indica, se resucita a un extinto pariente prehistórico cuyos mayores especímenes, según estima la ciencia -es decir, excluyendo las fantasiosas licencias de la ficción-, podían alcanzar entre los 16 y los 20 metros de longitud.

         Siguiendo estas premisas, Megalodón se ajusta a las convenciones del género desde una realización, a cargo de Jon Turteltaub, que es pura funcionalidad sin huella, intercambiable prácticamente con la de cualquier producción análoga y tan solo interesada en mantener la historia en movimiento. Pura cadena de montaje.

Para la coartada dramática, el argumento se organiza a través de un típico arco de redención con tintes de venganza personal en la que el héroe atormentado ha de hacer las paces consigo mismo derrotando al mal que lo había dejado profundamente herido. Y, para reforzarlo, se añaden postizos tan tópicos como improbables -la presencia de la exmujer de uno y de la hija de otra-, así como otros clichés tan sobados -el empresario ambicioso hasta lo criminal- que sorprende la falta de esa ironía autoconsciente, como disculpatoria, con la que se rebozan muchos de los blockbusters actuales. Mientras, por su parte, la criatura surge con ecos de El mundo perdido para devolver al ser humano a un estado de vulnerabilidad ante lo desconocido, lo salvaje y primigenio -la sugerencia de la neblina de la fosa-.

         Se trata, por tanto, de mimbres de serie z -el megalodón es de hecho un villano recurrente en el infracine del SciFi Channel y similares- para servir la excusa del duelo entre el monstruo y un rival a su altura, Jason Statham, probablemente el único actor de acción contemporánea del que, con su apariencia granítica, su voz cazallera de rufián cockney y en definitiva su carisma rocoso, nos creemos que podría derrotar a semejante bicho tan solo raspándolo con la lija que, en vez de barba, le brota en la quijada.

         En China, Megalodón recaudó más de 50 millones de dólares en su primer fin de semana, logrando el tercer puesto en la taquilla. Lo suficiente para que se anunciara poco después la intención de rodar una secuela. Misión cumplida.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 4,5.

Nota del blog: 4,5.

Sucesos en la cuarta fase

4 May

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Año: 1974.

Director: Saul Bass.

Reparto: Michael Murphy, Nigel Davenport, Lynne Frederick.

Tráiler

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          Saul Bass, el diseñador gráfico con mayúsculas del séptimo arte, autor de una revolución de forma y fondo en la cartelería y los títulos de créditos del cine, también se atrevería a dirigir él mismo un único largometraje. Una cinta que se inscribiría en el cine de género pero que apostaría por desarrollar una estética propia, vanguardista e innovadora aun a pesar de jugar con cánones y tópicos de dicha circunscripción, imbricados a través de un sencillo esquema argumental -tan minimalista como sus creaciones publicitarias, centradas en el poder expresivo de lo visual-.

Sucesos en la cuarta fase es un ecoterror protagonizado por hormigas, pariente por tanto de La humanidad en peligro, Cuando ruge la marabunta o El imperio de las hormigas, producciones que en algunos casos se inscriben en el cine de terror propio de la Guerra Fría, donde los insectos -desindividualizados, jerarquizados y disciplinados- constituyen una visión alegórica del potencial invasor comunista. No es este el terreno en el que se moverá el filme de Bass, que establece un potente duelo físico y mental entre humanos y hormigas, dentro del cual las caracterizaciones a priori se diluyen y las tornas se intercambian a medida que avanza el contacto entre ambas partes. La visión del hombre científico -frío, arrogante, obcecado, sin empatía… -¿que lo encarne el inglés Nigel Davenport es otra alegoría política, en este caso acerca del Imperio británico y la descolonización?- se contrapone con unas criaturas que parecen mostrar clemencia e incluso llorar a sus muertos.

          Bass dota a las imágenes de una textura onírica, que refuerza las resonancias sobrenaturales e incluso esotéricas del relato. Los segmentos de narración objetiva, la banda sonora, el punto de vista de las hormigas, el paisaje desolado y opresivo, la ondulación de una fotografía sometida a las inclemencias del entorno… Los protagonistas de Sucesos en la cuarta fase permanecen aislados en una instalación científica que se asemeja a una nave espacial aterrizada en un planeta extraño que son los eriales de Arizona. Del mismo modo, la introducción se detenía a retratar con cuidado a las hormigas, dotándolas de personalidad y relevancia, casi como si se tratase de unas entidades inteligentes llegadas -o descubiertas en este caso- a la Tierra. La apuesta del artista neoyorkino, pues, no es por el terror epidérmico, sino psicológico. La reclusión, la incomunicación, la deshumanización, el sometimiento, la insignificancia, la desesperación.

          En este sentido, uno diría entrever reminiscencias de 2001: Una odisea del espacio. Los monolitos en la nada, la tecnología, los interrogantes y el cuestionamiento de la humanidad, el desenlace en forma de experiencia extrasensorial. Este aparece como descerrajado a bocajarro. Pero es la consecuencia de la ciega tijera de los productores. El remate original de Bass son cinco minutos de fascinante delirio formal y conceptual que hubieran supuesto un memorabilísimo colofón a la obra. Lástima.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Tiburón

27 Ene

tiburon

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Año: 1975.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Murray Hamilton, Lorraine Gray.

Tráiler

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           Guardo sentimientos ambiguos hacia Tiburón. Es una película que me encanta, un thriller de terror en toda regla realizado con una potencia aún vigente. Pero también es uno de los empujones de taquilla que, sumado al éxito de filmes como el primer capítulo de La guerra de las galaxias y al fracaso de otros como La puerta del cielo, contribuiría al derribo del Nuevo Hollywood, una de las más fascinantes corrientes de la Historia del cine, para dejar paso a la era de los blockbusters. Aparte, claro, de cuestiones privadas como que desde entonces tenga serios reparos en bañarme en aguas donde no hago pie -recelo que perdura hasta en la piscina- y, con mayor gravedad, por toda la leyenda negra que su popularidad ha suscitado injustificadamente en contra de los tiburones. Recordemos la sentencia que, con intencionado doble sentido, se pronunciaba en Yo, Daniel Blake: los paradisíacos cocoteros son responsables de un mayor número de muertes humanas al año que los terribles escualos.

           En el nacimiento de su estrellato y del acuñamiento de su apodo de Rey Midas, Steven Spielberg ponía en práctica lo aprendido en sus largometrajes de televisión El diablo sobre ruedas y Algo diabólico, en los que ya demostraba su talento para la narración de un terror que podía surgir de un evento cotidiano -la persecución de un camionero, aunque en realidad desempeña un rol abstracto- como de un aspecto sobrenatural -una casa encantada-. Tiburón emplea el esquema del slasher de una manera muy semejante a la de otras cintas icónicas del periodo, como La noche de Halloween, tres años posterior, e incluso en su primer ataque parece castigar moralísticamente a unos adolescentes fumados y salidos que son la tradicional carne de cañón del género.

Aquí, el asesino en serie es otro monstruo de siete metros y medio de longitud y con varias hileras de dientes afilados a modo de armas homicidas. Además, también viene precedido de una música estridente, punzante, que traza un crescendo y acelera el ritmo, enfocando la imagen desde un punto de vista subjetivo como si fuese el Norman Bates de Psicosis. La ejecución de la caza es impecable, como impecable es su transición posterior a un contraste de calma que refuerza la sensación de que uno se ha quedado en rígida posición de sentado, pero dos palmos por delante de la butaca. El hostigamiento de la banda sonora de John Williams se acompaña de la inquietante velocidad del montaje y, a su vez, del frenesí en el movimiento interno del plano con la multitud de víctimas potenciales que se agitan inconscientes -al contrario que el espectador- de que el peligro se cierne sobre ellos -o, mejor dicho, bajo ellos-. La cadencia aumenta hasta límites insostenibles, se detiene en el momento preciso, justo cuando la víctima y el público, que comparten perspectiva a ras de agua, son sabedores de un destino espeluznante ante el que son imponentes, y la pantalla explota en sangre.

           Más allá de la deslumbrante electricidad de los clímax de tensión y la creación de sustos, Spielberg consolida el filme mediante esos citados juegos de contraste que no solo se refieren a la terrible tranquilidad que siguen al horror, sino a las transiciones narrativas de la función, que lo revelan como un superdotado contador de historias. La ternura que desprende la secuencia del abatido jefe Brody junto a su hijo pequeño que imita sus gestos, la crítica costumbrista hacia el egoísmo del ciudadano común -uno de los numerosos clichés que instaura la cinta para sucedáneos posteriores, intermediado por la figura del alcalde-; la rotundidad con la que ubica a Quint en la obra, la rivalidad territorial y posterior hermanamiento entre el biólogo Hooper y este ser anacrónico que recoge la obsesiva y blasfema lucha del capitán Ahab de Moby Dick contra las fuerzas naturales y divinas superiores al hombre; las vivaces pinceladas de cine de aventuras que dominan la salida de pesca a bordo del Orca, la introducción de detalles que bordean la fantasía -los sobrecogedores atardeceres, el cielo que se desploma en estrellas fugaces- durante las treguas en el titánico duelo con la criatura.

Y, brillando entre ellas, el penetrante hipnotismo que genera el monólogo del U.S.S. Indianapolis a través de una atmósfera construida paulatinamente, dos planos fijos contrapuestos, la presencia interpretativa de Robert Shaw y el texto de un aedo de tiempos remotos como John Milius, según la leyenda dictado por teléfono al director y luego reajustado en parte por el actor británico en uno de sus escasos momentos de sobriedad.

           Ni los años ni las imitaciones hacen mella en su fuerza.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 9.

Open Water

18 Nov

“Si hubiera sabido entonces todo lo que sé ahora sobre los tiburones, no hubiera sido capaz de escribir Tiburón.”

Peter Benchley

 

 

Open Water

 

Año: 2003.

Director: Chris Kentis.

Reparto: Blanchard Ryan, Daniel Travis.

Tráiler

 

 

            Alentados por el auténtico fenómeno social que supuso la (relativamente) original pero insustancial El proyecto de la bruja de Blair, las productoras de Hollywood aguzaron el oído a la caza del sleeper –éxito inesperado de taquilla- de la temporada, centrando su rastreo en una nueva ola de productos minimalistas, restringidos en su mayoría al género del terror.

Siguiendo esta línea de acción, Lionsgate trataría de emular el fructífero hallazgo rescatando la cinta Open Water del festival de cine indie de Sundance –auténtico semillero de tendencias y nuevos y frescos rostros para la pantagruélica industria hollywoodiense, dueña absoluta de la posterior distribución global del cine-, donde había recibido prometedoras críticas.

             Aunque no directamente, sí se podría emparentar Open Water con El proyecto de la bruja de Blair, dada su construcción pírrica -rodada con imagen digital, sin efectos especiales, con actores desconocidos y con etiqueta de ‘basada en hechos reales’-, si bien sustituye el formato de falso documental por una realización de aspecto improvisado que, más que heredar la verosimilitud por esa promocionada ambigüedad entre ficción y realidad, es simplemente más propia de un video casero.

Un hecho que, aunque se revela bastante cutre en la presentación de personajes y situación, no supone del todo un obstáculo para impregnar cierta veracidad al desamparo de sus protagonistas, abandonados por una creíble chapuza en mitad del Mar Caribe, pasto para tiburones.

             Posiblemente, más que a causa de esta realización espartana y de la agradecida ausencia de un exhibicionismo gore gratuito –los tiburones del filme, ejemplares vivos, se comportan como verdaderos escualos, y no como el celebérrimo Bruce, todo goma, chapa, pistones y sed de sangre de auténtico de asesino en serie-, el contagio de la inquietud y la tensión psicológica de los personajes se deba a que, si bien un servidor es totalmente inmune a cuentos de brujas y apariciones sobrenaturales, en cambio no se atreve a meterse en aguas donde no hace pie desde que, de pequeño, visionaba sin falta cada junio el Tiburón de Steven Spielberg.

Esa subjetividad intransferible a la hora de implicarse en el juego que propone Open Water cuenta, por supuesto; como en todas las cintas de terror habidas y por haber.

             Sin embargo, ahondando en la idea del aspecto formal minimalista como lograda fuente de desasosiego, sí es cierto que la intrusión de ornamentos clásicos como los insertos de banda sonora de aires polinesios, el alejamiento del foco de atención hacia acciones paralelas o esteticismos alejados del tono de la cinta como el reflejo de la belleza de las corrientes de agua, disminuyen y mucho la sensación de inquietud que sí consigue generar el filme cuando tan solo se centra en la experiencia en crudo de su infortunada pareja protagonista.

Elementos que otro filme como el australiano The Reef –el mismo argumento trasladado a distintas aguas- sí logrará pulir.

 

Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6.

Ovejas asesinas

20 Dic

“No la quiero buena, pero la quiero para el martes.”

Jack Warner

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Ovejas asesinas

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Año: 2006.

Director: Jonathan King.

Reparto: Nathan Meister, Peter Feeney, Danielle Mason, Tammy Davis

Tráiler

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           Todavía un año antes del festival nostálgico, entregado y, en ocasiones, naftalínico del tándem TarantinoRodríguez con Planet Terror y Death Proof en sesión doble, la productora Manga Films organizaba de manera visionaria su propia sesión grindhouse emparentando en pantalla a dos productos como la británica Desmembrados y Ovejas asesinas, revisión actual de la exploitation más trasnochada y (literalmente) visceral desde un punto de vista refrescantemente humorístico.

            En el caso de Ovejas asesinas, fruto de la poco prolífica industria neozelandesa, se trataba de un ecoterror que recupera las claves y esencias más populares de la ozploitation que había conquistado la América del cambio de década entre los sesenta y setenta: el ambiente y los elementos típicamente australes aplicados a la exploitation de molde americano o europeo.

Como no podía ser de otra manera, es aquí la oveja, el animal más abundante y emblemático del país –dejando fuera el más enclenque y esquivo kiwi– el que ofrecerá la excusa de improbable terror apocalíptico. Un animal que, desde el atorreznamiento y el gregarismo de masa, podría funcionar como excelente metáfora del ser humano.

Obviamente, es la mano de este último quien rompe la armonía bucólico-pastoril natural desencadenando la desgracia por medio de maldades cainitas y pecados bíblicos –el vástago envidioso que atenta contra su santurrón hermano ganadero- y la no menos tradicional experimentación científica deshumanizada, en esta ocasión en con la poco ortodoxa búsqueda de la oveja perfecta, la cual resulta, por la torpe intervención de los siempre risibles (en estos filmes) ecologistas abraza-árboles, sanguinaria y carnicera y, en su grado último, una currada especie de bovinántropo.

            Toda la película es una constante de sorna y destrucción desde el absurdo del terror más casposo, bastante irregular, con bastante menor reverencia de lo que harán Tarantino y Rodríguez -lo que no es ni mucho menos malo-, con menores pretensiones, pero también con mucho menos poderío. Si bien Jonathan King, cabeza pensante del producto, trata de llevar la cinta a su terreno, su dirección no pasa de lo académico, demasiado funcional respecto al contexto de la cinta –se aprecia en esa cristalina fotografía digital o, incluso, en una banda sonora que parece compuesta para otros propósitos-, lo que le hace padecer una relativa falta garra a la hora de abordar el slapstick más cruel, que, aunque con cierta (o considerable) gracia, basa su arrojo en el simple chorreo de ketchup.

            Aún así, Ovejas asesinas es un divertimento sangriento, descerebrado y simpaticón.

 

Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 5,5.

Profecía maldita

14 Oct

“Una película buena nunca es demasido larga; una película mala nunca es demasiado corta.”

Roger Ebert

 

 

Profecía maldita

 

Año: 1979.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Robert Foxworth, Talia Shire, Armand Assante, Victoria Racimo, Richard Dysart.

Tráiler

 

 

           John Frankenheimer, surgido de la comprometida y creativa generación de la televisión estadounidense, tránsito entre el anquilosado Hollywood de cartón piedra y un cine de pretensiones más realistas, un cine moderno, apuraba la década de los setenta ya alejado de sus mayores éxitos, de sus películas con más trascendencia argumental, para continuar por el sendero que había comenzado con el remake de The French Connection tres años antes: el paso a una filmografía con un poco menos de enjundia ideológica y política, con filmes realizados con calidad pero con menos pretensiones, más enfocados al entretenimiento masivo. Un ocaso profesional que se acompaña de problemas matrimoniales y con el alcohol (y viceversa).

           La profecía maldita es una cinta de terror bastante convencional en sus planteamientos pero que no renuncia, no obstante, a cierta conciencia. Así, el protagonista es un médico que lidia diariamente con las injusticias sociales de la América del momento, pasando consulta en sus ghettos más marginales. Hastiado, acepta la oferta de mediar en la disputa entre madereros de la industria papelera e indios nativos de los idílicos bosques de Nueva Inglaterra, conflicto en el que se suceden sospechosos acontecimientos naturales como deformaciones, abortos y muertes de neonatos, gigantismo animal, enfermedades,… quizás por culpa de la contaminación por la actividad fabril, junto con extrañas y violentas muertes y desapariciones de las que se culpa a los antiguos pobladores, quien más bien lo relacionan con el despertar de un monstruo legendario.

Una trama que presenta tibios trazos ecologistas pero que, en definitiva, no se sale de los esquemas del género, con los forasteros que se encuentran en medio de un territorio semiaislado, amenazado por el misterioso asesino-monstruo del que han de huir formando grupo con lugareños enfrentados.

            El talento de Frankenheimer para contar una historia, por trivial que sea, queda patente en un ritmo que sortea la posibilidad de aburrimiento pese a su predictibilidad y con un aceptable manejo del desarrollo de la acción y la tensión en las escenas, lo que no evita que más de una se le vaya de madre -el exagerado combate hacha-motosierra, alguna muerte, el ensañamiento final-.

En combinación con un reparto bastante conjuntado –qué lastima que Victoria Racimo no llegara más lejos-, hasta logra salvar la película.

 

Nota IMDB: 4,8.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 5.

El territorio de la bestia

1 Sep

“Yo estoy de parte del cocodrilo. ¡Ojalá se trague enteros a tus amigos!”

Mrs. Bickerman (Mandíbulas)

 

 

El territorio de la bestia

 

Año: 2007.

Director: Gregg McLean.

Reparto: Michael Vartan, Radha Mitchell, Sam Worthington, John Jarratt.

Tráiler

 

 

            Es curioso que un animal que se ha prodigado poco (y mal) en el cine coincida en la gran pantalla por dos veces en el mismo año, más aún si es de la misma subespecie y del mismo país, como el cocodrilo marino australiano, que se pondría las botas a merendar domingueros en el año 2007 merced a Black Water y El territorio de la bestia –aparte de la  americana Cocodrilo, un asesino en serie, esta vez en con cocodrilos del Nilo en Burundi-.

Se podría ver a ambas producciones como herederas del ozploitation, la variante de la exploitation que exprimía clichés y sabores típicamente australianos y que situaría de modo definitivo en el mapa el cine de las antípodas allá entre las décadas de los sesenta y los setenta, más aún teniendo en cuenta que el primer éxito del director y guionista de la cinta, Greg McLean, había sido un sangriento horror film del Outback como Wolf Creek.

            De nuevo en la Australia indómita, McLean propone un ejercicio de supervivencia frente a la amenaza natural que supone un cocodrilo dispuesto a arruinar un precioso día de campo a un grupo de turistas guiado por una bella exploradora (Radha Mitchell) y entre los que se encuentra un hastiado escritor de viajes norteamericano (Michael Vartan).

            A diferencia que en la obra de Trauki, McLean parece tener mayores aspiraciones de crear una película con más apariencia de cine “normal”, menos desinhibida y orgullosamente consciente de su condición de serie B de bajos vuelos que la anterior. Es quizás por ello que, además de renunciar al refrescante humor negro del que hacen gala muchas de estas producciones –a excepción de un recurso clásico de las películas de terror como es el de meter una canción contradictoria e irónicamente ingenua en los créditos finales-, tarda más en entrar en calor, molestándose en presentar a unos personajes que, sin embargo, como las situaciones que se desarrollarán posteriormente, tampoco van a salirse más allá de las características clásicas de los arquetipos de todo slasher, survival o película de catástrofes en ciernes, con su clara división entre el héroe, la chica, el antagonista, los dead meat preparados especialmente para que no te importe su muerte sangrienta, etcétera.

            Es decir, nada que se salga de lo habitual en el género, si bien hay que reconocer que McLean consigue una cinta que, a grandes rasgos, se mantiene entretenida durante todo el metraje y en la que destaca un reparto en el que, aparte de la más consagrada Radha Mitchell, se pueden reconocer rostros que ya estaban apunto de dar el salto a los blockbusters hollywoodienses como Sam Worthington y Mia Wasikowska.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5.

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