Tag Archives: Doble/Doppelgänger

Enemy

24 Ene

“En el mundo del cine, seguramente no hay nadie que resulte tan superfluo como el autor del libro original en el rodaje de la película basada en su texto.”

John le Carré

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Enemy

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enemy.

Año: 2013.

Director: Denis Villeneuve.

Reparto: Jake Gyllenhaal, Mélanie Laurent, Sarah Gadon, Isabella Rossellini.

Tráiler

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           Adaptar una novela-ensayo de José Saramago es una tarea que roza lo suicida. ¿Cómo plasmar en fotogramas esa permanente búsqueda existencial, lingüística, social, cultural e incluso política?

Los ejemplos precedentes –La balsa de piedra, A ciegas-, no salieron precisamente airosos de tan dificultoso lance, limitados a la extraña y alegórica epidermis argumental del ensayo sin apenas conseguir penetrar en la complejidad subyacente en su fondo. Enemy, aproximación a El hombre duplicado, una reflexión acerca de la naturaleza de la identidad del individuo, tampoco consigue profundizar más allá de ella.

           La película de Denis Villeneuve encuentra serios problemas para trascender la arquitectura superficial de su insólita trama –un apocado profesor de historia con problemas para establecer relaciones personales duraderas encuentra su doble en un actor de tercera categoría, crápula y a la espera de un hijo-, por mucho que así lo pretenda la gravedad de su banda sonora, el desolado filtro amarillento de la fotografía o los tics recurrentes de Jake Gyllenhaal.

           El guion del español Javier Gullón escarba sin fuerza el tema original del yo como fundamento del sujeto, sometido aquí a la amenaza de una disolución absoluta que, en consecuencia, se correspondería ineludiblemente con la disolución absoluta de la existencia de los protagonistas. Un proceso alienante incentivado además por las servidumbres que la sociedad contemporánea impone al hombre y donde la sobreinformación y la egolatría imperantes contribuyen paradójicamente a la sumisión y licuación de la identidad personal.

Más allá de las peligrosas fracturas abiertas por una hiperburocracia kafkiana, no hay más que observar los fenómenos virales que se imponen en las costumbres sociales, la evidente similitud de un muro de Facebook a otro o los fingimientos de la personalidad y el estado emocional que por lo general se manifiestan en ellos.

           La escasa incidencia metafísica de un filme anclado en la anécdota y no en el contenido provoca que Gyllenhaal, en su doble papel, quede reducido a un pelele paranoico que corre de un lado para otro porque hay un tipo que se le asemeja sospechosamente. La narración de Vileneuve remite, con menor intensidad, a la premisa del enemigo interior estelarizada por la filmografía del también canadiense David Cronenberg –aquel que despierta repentinamente en la vida del protagonista para ejercer sobre él una transformación traumática y decisiva-.

En este sentido, su desarrollo tiende a la composición de un tibio cuento moral sobre el combate íntimo entre el Bien y el Mal aparejado a la fantasía del cambio radical de vida que uno podría disfrutar con mayor fortuna en cintas como Una historia de violencia -la discusión y conciliación entre un despreciable yo pasado y un parcialmente impostado pero respetable yo presente-, aderezado en esta ocasión con pálidos simbolismos –las arañas- a propósito de esas redes tiránicas que la sociedad contemporánea tiende sobre la persona.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5.

El otro señor Klein

14 Dic

“Desconfío de la gente tibia que no se mete en líos.”

Maribel Verdú

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El otro señor Klein

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El otro señor Klein.

Año: 1976.

Director: Joseph Losey.

Reparto: Alain Delon, Michael Lonsdale, Jeanne Moreau, Juliet Berto, Francine Bergé, Massimo Girotti.

Tráiler

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            Las circunstancias políticas y sociales forman parte indisociable del cine de Joseph Losey, cineasta norteamericano afincado en Europa a causa de la caza de brujas en Hollywood. A pesar de que el guion lo firma un escritor de firme compromiso político como Franco Solinas –auxiliado además por Fernando Morandi y Constantin Costa-Gavras-, a buen seguro que esta paranoia persecutoria de los años cincuenta sufrida por Losey en su propia persona posee una notable influencia sobre El otro señor Klein.

            De atmósfera kafkiana, ambientada en el horror desapercibido aunque tangible y nauseabundo del París de 1942 bajo ocupación alemana, El otro señor Klein desarrolla una turbia mezcla de intriga y denuncia a partir de la surrealista y obsesiva investigación del Robert Klein epónimo (Alain Delon, protagonista amén de productor del filme), marchante de arte enriquecido por la desesperación de los judíos que abandonan el país, en su búsqueda de un presunto doble que le ha traspasado sus propios problemas raciales con las fuerzas del orden.

            Losey plantea un juego de espejos en el que aparecen rasgos de la disolución/contaminación entre personalidades socialmente antitéticas ya explorados en El sirviente. Asimismo, el desolador contexto histórico -la víspera de las deportaciones de judíos a los campos de concentración nazis-, aporta aquí un matiz de concienciación por medio del arbitrario proceso de criminalización del individuo común, ante cual que ninguna persona es invulnerable.

Si el pantagruélico estado austrohúngaro convertía al Gregor Samsa de La metamorfosis en un simple insecto, el fascismo imperante de Vichy y el Reich convierte a Klein -como podría haber convertido a cualquier otro, judío o no-, en una víctima propiciatoria destinada al sacrificio.

            De este modo, aparte del opresivo suspense psicológico, emerge en paralelo una áspera censura de la deshumanización de la sociedad del momento, evidente en su indiferencia acerca de las atrocidades que acontecen a su alrededor –el desasosegante examen médico que abre el filme, la insensibilidad originaria de Klein, un carroñero también capaz de traicionar románticamente a sus amigos; la ciudadanía que atiende al mercado de espaldas a los autobuses de la muerte- y más solapada en puntuales e inconexos destellos del montaje, no obstante inquietantes y amenazadores por lo que sugieren y alertan al espectador –el férreo control de la burocracia, los gélidos preparativos estatales-.

            La brusca narración alimenta el desamparo del protagonista a costa de que la exposición y el desarrollo de la trama resulten en ocasiones un tanto confusas, con giros algo forzados en el devenir de los acontecimientos y en la evolución del protagonista.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Twin Peaks: fuego camina conmigo

11 Abr

“Echo de menos al agente Cooper.”

Kyle MacLachlan

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Twin Peaks:

fuego camina conmigo

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Twin Peaks, fuego camina conmigo.

Año: 1992.

Director: David Lynch.

Reparto: Sheryl Lee, Robert Wise, Moira Kelly, Chris Isaak, Kiefer Sutherland, Pamela Gidley, Kyle MacLachlan, Frank Silva.

Tráiler

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            A comienzos de los noventa, antes de la reverenciada Edad de Oro de la televisión representada por Los Soprano, The Wire, Breaking Bad o Juego de Tronos, David Lynch y Twin Peaks anticipaban la ficción televisiva de autor entendida también como fenómeno sociológico a nivel planetario.

            Creada junto a Mark Frost, aunque en perfecta coherencia con su particularísima sensibilidad, en Twin Peaks Lynch se servía del misterioso asesinato de Laura Palmer para ensayar una indagación acerca de la naturaleza dual del ser humano, una confrontación entre la realidad cotidiana y la fantasía del sueño y la muerte, un ataque frontal contra la idealizada idiosincrasia del entorno rural norteamericano, una subversión esotérica e irónica del thriller, una apropiación entusiasta de la mitología y el folklore americano y una sátira sobre el melodrama y del culebrón televisivo (entre muchas otras cosas).

Debido en parte al desinterés de Lynch, embarcado en el rodaje de Corazón salvaje, y del lógico agotamiento de la trama tras la resolución del caso, Twin Peaks cerraba su segunda y dilatada temporada -22 capítulos- con un ‘cliffhanger’ en toda regla, cálculo de sus artífices para alentar la muy improbable renovación de la serie.

            Un año después de su cancelación, Frost y Lynch -que también se arrogaría funciones de director-, producirían un filme basado en la extinta serie, Twin Peaks: fuego camina conmigo. Preludio, revisión y en cierta manera conclusión de la anterior, Twin Peaks: fuego camina conmigo recrea la investigación del homicidio de Teresa Banks –profusamente citado en la serie como precedente de similares circunstancias- y los últimos días de vida de la icónica Laura Palmer (Sheryl Lee).

            Habida cuenta de que el universo de Lynch posee sus propias normas, no resulta descabellado pensar que a la película se le puede conceder un visionado autónomo, desligado de su matriz. La turbulenta relación de Laura Palmer con su entorno queda expresada además con una notable capacidad de síntesis, si bien algunos personajes en particular –la mujer del tronco, el hombre manco, Annie Blackburn- quedarían entonces reducidos a mero ejemplo del extravagante y a veces arbitrario surrealismo del autor.

Concentrado sobre todo en ese cruce de dimensiones antitéticas de realidad y moralidad, Twin Peaks: fuego camina conmigo mantiene las constantes vitales de su original en capítulos: el reverso oscuro de una postal idílica, la manifestación mística del doppelgänger, la perturbación provocada desde la vista por medio del color y desde el oído por medio del ruido y la música –la extensa escena en el bar-, etcétera.

            No obstante, para ser más exactos, el filme apenas aporta elementos de interés a lo ya visto y conocido. Como si se tratase de un extra primero descartado y luego añadido a una serie que, por otro lado, finalizaba un poco pasada de rosca. En cambio, se echa mucho de menos la intriga, el humor y en especial la descomunal capacidad de fascinación que se había exhibido en la pequeña pantalla; así como, en lo que respecta al visitante repetidor, a alguno de sus pintorescos lugareños (oh, Audrey Horne…).

            El relato de la consabida destrucción de Laura Palmer, desnuda por tanto de su enigma esencial, no consigue justificar un metraje superior a las dos horas, por lo que la propuesta acaba por estancarse y aburrir. A menos que uno sea un nostálgico irredento de la serie.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 4,5.

Persona

31 Mar

“Yo no soy un hombre, soy un campo de batalla.”

Friedrich Nietzsche

 

 

Persona

 

Persona

Año: 1966.

Director: Ingmar Bergman.

Reparto: Bibi Andersson, Liv Ullman.

Filme  

 

 

 

            Somos uno y somos muchos. De cara a la familia, en el trabajo, con los amigos, ante uno mismo. Cambios en la personalidad ligeros, pronunciados, insignificantes o reveladores que nos permiten adaptarnos a un entorno también mutante, construido con reglas y convenciones que acotan y definen el comportamiento necesario para encajar. Para adaptarnos a ese caos irracional y monstruoso que es la ‘normalidad’.

            A Ingmar Bergman, uno de los principales exégetas del ser humano del Séptimo Arte, tales contradicciones íntimas no le eran ajenas, sino que constituían el fondo de un opresivo drama existencial que, en muchas ocasiones, rozaría en su tratamiento unas formas más propias del cine de terror, caso de La hora del lobo –promocionada como la única película de dicho género del sueco- o, retrocediendo dos años, de Persona, cuyo título, de evidente significación, reza también así, en español, en el original.

           En una de sus películas estilísticamente más vanguardistas, Bergman expone un caso de duplicación de personalidad –si no de auténtico vampirismo de identidad- entre dos mujeres: una afamada actriz que ha decidido quedarse muda (Liv Ullman) y la joven enfermera a cargo de ella (Bibi Andersson), aisladas ambas en una remota casa costera. Un mismo espíritu escindido metafórica y visualmente en dos cuerpos o dos individuos que, producto del contacto, de la adaptación social contaminante, fusionan su personalidad en una sola.

            Persona revela una vez más las constantes que abrumaban al realizador sueco, que esgrime la mudez de su protagonista como respuesta lógica y natural ante un mundo que ha perdido el norte, su aislamiento voluntario -un suicidio en vida- como contestación a la insoportable hipocresía de la sociedad, al absurdo teatro de la vida.

            Frente a un argumento mínimo, centrado en el análisis metafísico más que en desarrollar un relato de esquema aristotélico, el ritmo queda sostenido por el arrollador poder visual que Bergman despliega en la pantalla, sin desmerecer por supuesto al intenso magnetismo de Andersson, encargada de cargar casi en solitario con los diálogos y la evolución dramática de ambos personajes, progresivamente intercambiados gracias a la hábil construcción de las líneas de diálogo y la soberbia puesta en escena, llena de simbolismo en el empleo de elementos físicos como el minimalista escenario, el encuadre de las intérpretes o el complejo uso de primeros planos de sus rostros.

Bergman, decíamos, hace uso de recursos visuales que demuestran lo buen director de terror que hubiera sido. El grave blanco y negro se conjuga con el uso de la luz y la oscuridad –blancura cáustica en ciertos escenarios, turbias y expresivas sombras en escenarios y sobre todo rostros para certificar estados anímicos, angustiosa negrura en otras ocasiones- para recrear con absoluta precisión la atmósfera adecuada a cada fase de la historia, ajustada la visión tormentosa y desquiciada de su protagonista.

Un personaje sobre la que la figura de esa actriz inexpresiva –la frigidez afectiva del artista, el fingimiento constante y cotidiano-, cada vez más fantasmagórica a medida que progresa la cinta, actúa en funciones de temible subconsciente acusador, reflejo de una existencia de continuas insatisfacciones y humillaciones, de alter ego desnudo de filtros sociales.

           Paralelamente, el desasosiego que comienza durante la apertura por el uso de imágenes agresivas e inconexas, engarzadas a empellones por un montaje acelerado y estridente, tiene su continuación en turbadoras escenas que, materialización del tenue pero perceptible hedor malsano que sobrevuela todo el filme, juegan con el suspense y el morbo –Ullman pelando fruta con un cuchillo y al borde del colapso nervioso; la escena de los cristales rotos en el suelo del jardín- para hipnotizar a la fuerza al espectador y encerrarlo ante la pantalla consigo mismo.

El verdadero terror es trascendente, sucede en abstracto.

 

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8.

Gremlins

11 Ene

“Se puede discutir el contenido de una película, su estética (si la tiene), su estilo, su tendencia moral. Pero nunca debe aburrir.”

Luis Buñuel

 

 

Gremlins

 

Gremlins

Año: 1984.

Director: Joe Dante.

Reparto: Zach Galligan, Phoebe Cates, Hoyt Axton, Frances Lee McCain, Dick Miller.

Tráiler

 

 

            ¿Qué niño nacido en los ochenta no ha deseado encontrarse a un mogwai como regalo de Navidad, sin importar las tres nimias reglas para su cuidado (no exponerlo a luces fuertes, no mojarlo, no alimentarlo después de medianoche)? Claro, que si ni siquiera sabemos cuidar de un humilde hámster creyendo que se divierte pilotando un coche teledirigido, lo íbamos a llevar claro.

            Acompañado en la elaboración del libreto por Chris Columbus –artífice de otros clásicos generacionales como Los Goonies, también a la escritura, y Solo en casa en la dirección- y con los auspicios desde la silla del productor del gigante Spielberg -dominante del cine fantástico e infantil/juvenil de le década con su factoría Amblin-, Joe Dante, otro de los numerosos y talentudos protegidos de Roger Corman, presentaba a una de las criaturas más adorables del cine –¿a quién no se le derrite el corazón cuando el suave y peludo Gizmo canta?– para, posteriormente, descerrajar uno de los cuentos de Navidad infantiles –etiqueta cuestionable- más divertidos, sanos y salvajes de las últimas décadas.

Porque el gremlin, el Mr. Hyde reptiliano y tenebroso del dulce mogwai, es malo, pero malo de verdad.

             Gremlins exhibe con subversiva perversidad los ingredientes fundamentales del bienintencionado cine característico de estas señaladas fechas: el jovencito apocado de un pueblecito cualquiera de América (Zach Galligan, soso como él solo), la bonita nuera perfecta (Phoebe Cates, mito erótico juvenil de los ochenta), el señor Scrooge de turno (señora en este caso), la amenaza de la deshumanizada competitividad capitalista frente al idealismo, la moraleja ecologista contra el estilo de vida occidental del individualismo, el egoísmo, el materialismo, la inmediatez y el usar y tirar…

Y, como destructiva contrapartida, unos seres mezquinos, ocurrentes, irreverentes y jaraneros, similares a una jauría de adolescentes alcoholizados, libres a su antojo para emplear la ciudad como patio de juego para sus maldades.

De hecho, si se atreve, remoje en alguna bebida espirituosa –como al mogwai en agua– a un joven tipo pasadas las doce uvas y observará cómo el simpático y afable individuo se transforma en un ser primario y alegremente vandálico.

             Gracias a la caótica presencia de los gremlins –excelente trabajo en el diseño de los muñecos, todo un ejemplo de credibilidad y carisma frente a las insulsas creaciones digitales que imperan en la actualidad-, la cinta no ahorra en sarcasmo cruel y jocosa autorreferencialidad –tanto al Séptimo Arte en general como a la factoría Spielberg en particular; las criaturas son cinéfilos empedernidos en ambas fases de su vida- para dar lugar a una aventura divertidísima, favorecida por su saludable espíritu de serie B con generoso presupuesto, y no exactamente apta para los más pequeños de la casa, aunque sí perfecta en su gamberrismo iconoclasta (y nada velado criticismo, no lo olvidemos) para quienes deseen contrarrestar el empacho de azúcar y consumismo que supone la Navidad.

Hito generacional.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Thirst

18 Mar

“Todas mis películas tratan sobre gente que culpabilizan las acciones ajenas porque rechazan culpar las suyas propias.”

Park Chang-wook

 

 

Thirst

 

Año: 2009.

Director: Park Chang-wook.

Reparto: Kang-ho Song, Ok-bin Kim, Hae-suk Kim, Ha-kyun Shin, In-hwan Park, Dal-su Oh, Young-chang Song, Mercedes Cabral.

Tráiler

 

 

           Exponía Albert Pla, con su turbia lucidez habitual, en su tema La dejo o no la dejo, perteneciente a la que es en mi opinión su mejor obra, Veintegenarios en Alburquerque, los dilemas existenciales de un sufrido joven que duda entre la fidelidad a la chica de su vida o su denuncia ante las autoridades  por su condición de sanguinaria terrorista. ¿Qué pesa más? ¿El amor realizador pero egoísta y destructivo o el gratuito bien de la humanidad?

La respuesta a esta cuestión alberga, indefectiblemente, una frustración. Pla abogaba por la estoicamente cobarde inacción que, pura casualidad o injusticias del destino, concluía en un terrible final feliz. En el caso de Sang-hyeon (Kang-ho Song, un imprescindible del pujante y torrencial nuevo cine coreano), sacerdote de hospital, especialista en extremaunciones, la valiente toma de decisiones y la bienintencionada voluntad de acción conducirán una frustración doble. Primero por la sensación de impotencia y esterilidad en sus esfuerzos para mejorar el mundo, incapaz de ofrecer más que una leve e inane cura espiritual en el último y desesperado momento de vida.

Un absurdo que conduce a otro: su sometimiento voluntario a los experimentos sobre una enfermedad que afecta a los varones solteros, es decir, a seres incompletos que no alcanza la realización amorosa en la vida, y que a él, por interacción divina, le rescatará de la muerte transformado en vampiro.

           El monstruo como liberación interior, como destrucción de las ataduras que encadenan la libertad moral individual, de los apetitos del cuerpo y del alma, unos virtuosos, la mayoría con forma de tentaciones pecaminosas.

Tentaciones que dan pie a la segunda frustración, en la que ese vampiro puritano y de buen corazón, el drácula sibarita que bebe en catéter de personas en coma irreversible, trata de redimirse por el amor a una mujer maltratada e incomprendida por el mundo cruel. En su voluntad de Pigmalión creará, en vez de la felicísima perfección, un monstruo despiadado, quizás su misma sombra hecha carne, un dopplegänger que sí acepta su naturaleza destructiva tal y como es –la última barrera-, sin hipocresías.

Y ahí retomamos el dilema que abría la crítica: la dejo, o no la dejo (la mato, o no la mato).

           Si Park Chang-wook, tras hacerse un nombre en el panorama internacional con su trilogía de la venganza –Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy y Sympathy for Lady Vengeance-, ya había reinventado con su habitual imaginación y desparpajo el subgénero de manicomios en la simpática Soy un cyborg, procedía ahora a dar una vuelta de tuerca a la tan manida, popular y maltratada mitología vampírica con Thirst –que de hecho podría calificarse como una antipelícula de vampiros-, en la que sitúa al monstruo en el duro contexto de lo mundano. Cotidianeidad surrealista hasta la alucinación febril, pero cotidianeidad palpable. Nada que ver con el amaneramiento de papel cuché de los ñoños monstruitos teens de Crepúsculo, por supuesto.

Partiendo de este inclasificable planteamiento, a medio camino entre la farsa, el melodrama y el terror, Park compone un filme presidido por la irregularidad y el exceso formal. La primera, producto de una duración excesiva derivada de un libreto pobremente escrito, con una acción mal narrada, con desprecio por la síntesis y con los consiguientes numerosos altibajos de ritmo. La segunda, que también queda marcada por ese primer vicio de la irregularidad, es fruto del abuso de planos, giros y movimientos de cámara imposibles, interesantes en su concepción, demasiado obvios, superfluo y fatigosos por su acumulación. De este modo, Park consigue brillantes imágenes, sagaces, fascinantes, enormemente plásticas y rotundas en su impacto en el espectador, pero que al mismo tiempo se diluyen en un retorcimiento agotador, en un feísmo esteticista y en una incontención absoluta que se aplica, de igual modo, al grafismo en la plasmación de la fisicidad de la historia, innecesariamente agresiva, con una fijación con el sonido de la saliva que roza lo enfermizo.

            Pese al inconmensurable trabajo de sus protagonistas y al indudable talento de su realizador (y desaforado, en este caso), Thirst posiblemente se aproxima más a lo delirante, y no para bien, que a lo genial.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5.

La leyenda de Vandorf (La Medusa)

23 Ene

“¿Quién querría verme como Hamlet? Muy pocos. Pero millones de personas desean verme como Frankenstein, o sea que eso es lo que hago.”

Peter Cushing

 

 

La leyenda de Vandorf (La Medusa)

 

Año: 1964.

Director: Terence Fisher.

Reparto: Peter Cushing, Christopher Lee, Barbara Shelley, Richard Pasco.

Tráiler

 

 

            Pese a que su fundación databa de 1934, la productora británica Hammer, especializada en productos de bajo coste y gran rentabilidad, no adquiriría fama hasta el éxito de la cinta de ciencia ficción El experimento del Dr. Quatermass -por entonces popular serie televisiva-, película que le permitiría especializarse definitivamente, con beneficios y renombre, en el terreno fantástico y, sobre todo,  en un terror gótico, a partir del estreno de La maldición de Frankenstein, que retomaba la figura del monstruo de Mary Shelley -y, en cuanto a cine se refiere, de la Universal-, al que se dotará de mayor rotundidad en lo sangriento y en la cierta carga erótica de sus relatos.

            Ya firmemente adentrado en ese periodo de especialización y estabilidad y luciendo una notable hiperactividad productiva, la Hammer ensanchaba su horizonte de influencias para crear un filme en el que el monstruo desencadenante del terror provendrá de la mitología griega, una gorgona –como Medusa y sus dos hermanas Esteno y Euríale, pero ésta de nombre totalmente ficticio-.

A la cabeza del proyecto, al igual que en la emblemática La maldición de Frankenstein y en otros cuantos clásicos de la productora, los tres buques insignia de la Hammer: el siempre competente artesano Terence Fisher en la dirección y Peter Cushing y Christopher Lee liderando el reparto.

            Localizada en los profundos bosques centroeuropeos, una de las patrias arquetípicas de la narrativa gótica y romántica, La leyenda de Vandorf presenta el conflicto entre el científico forastero y la enigmática amenaza sobrenatural procedente de tiempos inmemoriales, mezclada con el conflicto amoroso contra el representante local de la ciencia, el doctor Namaroff (Peter Cushing), propiciador de un jugoso componente de misterios e indescifrables hermetismos por parte de los nativos –lo que justifica la endeble premisa de las iniciales acusaciones de asesinato- en torno a un enigma y un monstruo principal con derivaciones también paradigmáticas del cuento de terror clásico, como el tópico recurrente del dopplegänger, el Mal como parte intrínseca de la dualidad humana.

             Una gran ambientación por parte de Fisher, hábil en el manejo de la tensión y el suspense, junto con un gran trabajo de un turbio e intrigante Cushing –mucho mejor que el más caricaturesco Lee en un papel relativamente menor- impulsan el interesante sustrato de la historia, convirtiendo a La leyenda de Vandorf en una película muy sabrosa desde su carácter de puro entretenimiento terrorífico; clásica, artesanal, bien narrada y mejor producida.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

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