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Alien: Resurrección

14 Sep

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Año: 1997.

Director: Jean-Pierre Jeunet.

Reparto: Sigourney Weaver, Winona Ryder, Ron Perlman, Dominique Pinon, Gary Dourdan, J.E. Freeman, Brad Dourif, Dan Hedaya, Michael Wincott, Kim Flowers, Leland Orser, Raymond Cruz.

Tráiler

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         Alien³ había sido una producción calamitosa, pero la película que había salido de ella -una buena idea que degeneraba en collage caótico resuelto a trancas y barrancas- dio lo suficiente de sí en taquilla como para arriesgarse a una cuarta entrega que, en cualquier caso, debía apostar por un truco espectacular para romper el círculo que se había cerrado con un plano que regresaba, con lejana voz en off y en una doliente oscuridad, a la sala de estasis donde amanecían las recurrentes pesadillas de Ellen Ripley, enredada en un juego de ataques y contraataques con su antagonista, el monstruo, hasta quedar fundidos ambos -tanto en sentido orgánico como industrial- en un solo ser, en una dualidad.

Así pues, Alien: Resurrección parte de este concepto final para, en un nuevo salto temporal y tecnológico, recuperar a la sufrida teniente por medio de una clonación que, entre otros frutos, deja fusionadas la genética de la mujer con la del xenomorfo. Esa lectura temática acerca de la sexualidad y el parto que rondaba Alien, el octavo pasajero y se prolongaba en Alien³ se encuentra aquí materializada de forma explícita, desde el cordón umbilical de la cría y la placenta que envuelve a la protagonista resurrecta, hasta el alumbramiento intercambiable -el nacimiento vivíparo de la definitiva criatura híbrida, de aspecto y funcionamiento bastante grotesco, a decir verdad-. Del hijo de Kane, como lo llamaba el androide Ash, al hijo de Ripley, integrada ya en el linaje de los monstruos que combate para defender a la humanidad y, de hecho, metamorfizada en el arma definitiva contra ellos. Asimismo, se reedita la maternidad adoptiva que en Aliens: El regreso se enfocaba hacia esa pequeña cuya salvación significaba la salvación de la especie, aquí enfocada, paradójicamente, sobre una joven sintética que, citando a Blade Runner, es “más humana que los humanos”.

         En este sentido, Ripley vuelve a fundirse con el xenomorfo, aunque esta vez no en una cuba de plomo incandescente, sino succionada por una masa palpitante de aliens, donde se deja tragar con los ojos cerrados, relajada, con cierta sensualidad. En un vistazo general, el planteamiento es coherente con el arco total del personaje, si bien mirándolo más de cerca durante el camino, por momentos parece desquiciarlo, sin saber muy bien cómo darlo continuidad de manera natural, más allá de dejándose llevar por el delirio en el que se sume todo.

Aunque lo cierto es que, en cada secuela, Ripley nunca es la Ripley del Nostromo. En Aliens: El regreso despertaba del hipersueño 57 años después del trauma, lejos de su tiempo y de su vida, reservando además cierto margen para el campo de lo onírico que podría renovarse en Alien³ como una nueva pesadilla a la que despierta de golpe, en un nuevo círculo del infierno. En un acto de sinceridad, Alien: Resurrección reconoce verbalmente esta situación: que esta Ellen Ripley ya no es Ellen Ripley, sino otra cosa. No es una oficial de un carguero comercial -es decir, un camión con ínfulas-, sino una entidad sobrehumana que viaja por el tiempo y el espacio. Superheroica, podría decirse, puesto que, al igual que muchos de los superhéroes, es una mutación.

         Con guion de Joss Whedon -que andando el tiempo se convertiría en el gran revisor y actualizador del relato superheroico con su trabajo en la división cinematográfica de Marvel-, Alien: Resurrección marca un abrupto cambio de tono respecto a la degradada y terminal Alien³ y, de paso, frente al resto de la serie. De tan alocada, es festiva. El humor posmoderno y la violencia frívola del dibujo animado -así como un abuso de la permisividad lógica vinculado a esta esencia comiquera medianamente irreverente- vibran en las imágenes que entrega Jean-Pierre Jeunet, quien ya había creado mundos fantasticos tan tétricos como farsescos en Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos. En esta, las sombras deforman los rostros no para acentuar su dualidad y su conflicto, sino para volverlas máscaras cómicas, bizcas, ridículas. También induce a ello la selección de actores, en los que el francés recupera rostros tan peculiares como los de Ron Perlman y Dominique Pinon para interpretar personajes más bien estrafalarios.

         Dando la espalda a buena parte de la mitología de la saga -en especial la siniestra compañía Weyland-Yutani-, Alien: Resurrección da de sí el círculo hasta cerrarlo en un punto que ni siquiera aparecía en el original: el regreso a la Tierra. Por ahora, tras dos precuelas para asentar los orígenes del ciclo –Prometheus y Alien: Covenan– y con otra nueva secuela estancada en el rumor, ahí queda la historia.

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Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6.

Moon

6 Mar

“There is no dark side of the Moon really. As a matter of fact it’s all dark.” /
“En realidad, no existe el lado oscuro de la Luna. De hecho, todo es oscuridad.”

Pink Floyd (Dark Side of the Moon)

Moon

Moon

Año: 2009.

Director: Duncan Jones.

Reparto: Sam Rockwell, Kevin Spacey, Dominique McElligott, Kaya Scodelario.

Tráiler

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             Configurando una imagen esclarecedora, el epicentro de la utopía que abre Moon se encuentra en el lado oscuro de la Luna, receptáculo de la energía solar destinada a paliar las necesidades -y con ello las tensiones socioeconómicas- de tres cuartas partes de la sobrepoblada e insaciable Tierra.

             En su debut en el largometraje, Duncan Jones escoge un marco sideral –cosa que hubiera hecho las delicias de alguna de las encarnaciones de su célebre progenitor, David Bowie– para ambientar una reflexión sobre el estatus contemporáneo del hombre, reducido a simple pieza intercambiable en el engranaje del gran capitalismo -aquel que conmemora a diario suntuosos sacrificios cruentos a los insaciables dioses del beneficio-, y, en menor medida, sobre la incomunicación en la era de las comunicaciones –en este sentido, el único interlocutor inicial del protagonista será una máquina con una pequeña pantalla para mostrar emoticonos, dadas las inconexas, descontextualizadas y frustrantes comunicaciones que realiza con su hogar y con los directivos de su empresa-.

             Así pues, Moon, en vez de revelar una engañosa utopía desde la grandilocuencia, a nivel planetario, opta por descubrir el lado oscuro que oculta la quimera desde la óptica intimista y personal del solitario operario encargado de materializar esta realidad ideal desde su remota base, sita en el invisible envés del satélite.

Incluso su aparición, esprintando sobre una cinta de correr, parece querer componer una metáfora de cómo él solo, con su esfuerzo, es el que proporciona la energía de manera directa. Una imagen simbólica a la que habría que añadir para otro mensaje más relevante en lo posterior: el que aparece en logo de su camiseta, “Wake Me Up”, una necesidad de despertar, de abrir los ojos a su verdadera y descorazonadora condición, de atreverse a mirar a ese reverso tenebroso indisociable de la realidad.

              De nuevo, el futuro ofrece la lupa con la que observar de cerca al presente –necesidad acentuada ante la aterradora y prácticamente unánime imposición de mensajes neoconservadores y ultraliberales- y los problemas existenciales del hombre.

Un paso más, por tanto, en la indagación del proceso de deshumanización de la sociedad contemporánea, de la pérdida del derecho a sentir y experimentar emociones como fin existencial, por parte de una película que sabe recoger el testigo de algunos presupuestos ya tratados con mayor o menor detenimiento en otras cintas precedentes, con Tiempos modernos a la cabeza y con la mención especial, dado el argumento del filme, de Blade Runner y sus tan sentimentales replicantes.

             Beneficiado por el buen hacer de Sam Rockwell -solista de la película, a excepción del acompañamiento mecanizado de ese entrañable ayudante mecánico con la voz, en versión original, de Kevin Spacey- y el oficio de Clint Mansell a los mandos de la partitura, Jones da muestras de un prometedor talento en la realización con la construcción de una atinada y rotunda alegoría en la que sostiene con admirable pulso -y no era tarea sencilla- la mezcla de drama e intriga, perfectamente hibridados con las formas de ciencia ficción del relato.

Su labor de dirección, contenida, firme, reconfortantemente clásica pese a las carencias presupuestarias y a tratarse de una opera prima, queda apoyada sobre un guion, también firmado por él mismo, que resulta inteligente e imaginativo, sin estridencias innecesarias o facilonas pese a su contexto futurístico y dramático; una combinación gracias a la cual Moon consigue presentarse como una obra fresca y original, dotada de un contenido sorprendente, sustancioso y atinado.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

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