Tag Archives: Chile

Ema

22 Nov

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Año: 2019.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal, Paola Giannini, Santiago Cabrera, Giannina Fruttero, Paula Luchsinger, Paula Hofmann, Antonia Giesen, Josefina Fiebelkorn, Mariana Loyola, Susana Hidalgo, Catalina Saavedra.

Tráiler

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          Un semáforo en llamas solo puede significar el fin del orden establecido, la destrucción de los caminos marcados.

          Caderas cimbreantes, lanzallamas en mano, la Ema de Ema se arroja a una triple rebelión: de género, de clase y de cultura. Contra las imposiciones del macho acomplejado, frente al sistema que arrincona a los de su extracción y naturaleza, ante el elitismo ignorante y prejuicioso que mira por encima del hombro las manifestaciones del arte popular.

En una odisea excesiva, delirante y genial, Ema se lanza a corromper las representaciones de estas barreras -la pareja tóxica, el privilegiado, la danza de prestigio- mediante una subversión -la independencia sin cortapisas, la devastación de los códigos tradicionales, el reggaetón descarado- que, a causa de su potencia irrefrenable, se lleva por delante los tabúes y las constricciones de instituciones como la familiar.

          De la mano de estos principios iconoclastas, la insurrección de Ema se alza paralelamente en el plano cinematográfico. Porque revoluciona el tema clásico de la madre coraje. Arranca como una película nocturna y desordenada y se cierra como una película diurna y extrañamente armónica. Entremedias, precipita imágenes hipnóticas y vibrantes, que se fusionan por el magnetismo y el carisma de Mariana di Girolamo. Es una obra fotogénica y audaz, hábil para sumergirse con tanta intrepidez como naturalidad en unos videoclips que tienen tanto sentido estético como discursivo.

          Es verdad que hay veces que Ema parece que impacta por el puro placer de impactar y que, de igual forma, los retratos masculinos -esos varones minimizados por su esterilidad o su sumisión económica e intelectual- bordean la caricatura, quizás en demasía. Pero, en último término, todo ello queda sometido a la fuerza arrolladora de una mujer y su lanzallamas, determinada a hacer que el mundo arda hasta las cenizas para reconstruirlo como pide el cuerpo. Y el alma.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

El club

10 Nov

“Un cura es capaz de cualquier cosa.”

Wolfgang Amadeus Mozart

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El club

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El club

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Año: 2015.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Antonia Zegers, Marcelo Alonso, Roberto Farías.

Tráiler

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            La principal batalla de la Iglesia católica contemporánea no es la de conquistar la fe de los escépticos, tarea a estas alturas prácticamente imposible, sino la de conservar la fidelidad de sus adeptos y mantener la credibilidad frente a los embates de las tentaciones materiales, que hacen mella en una casta otrora considerada autoridad infalible por la gracia de Dios y ahora minimizados a su condición de simples mortales, con su terrenalidad desnuda y a la vista en toda su amplia gama de defectos.

            Pablo Larraín selecciona los vicios de la Iglesia católica y, personificados en cuatro sacerdotes y una seglar, los traslada a una casa de retiro sita en la remota La Boca de Chile, vertedero de apestados indeseables que, por la acción del soterrado y vitriólico humor negro del guion, ni siquiera alcanza la pretendida categoría de Purgatorio en la Tierra. Los miembros de este selecto y escondido club son el abuso de menores y la homosexualidad impúdica, el robo de recién nacidos, la conspiración y respaldo de las fuerzas fascistas, y el paternalismo cínico y la hipocresía violenta. Incluso también los pecados sin nombre enterrados en el olvido de un pasado oscurantista.

El análisis de los males del clero que ofrece El club, por tanto, emplea como herramienta una alegoría –recurso de ficción tan caro a las enseñanzas religiosas- que termina deformada en caricatura sórdida, como sórdida será a juego la ambientación escogida por el cineasta chileno para enturbiar el bucólico reducto donde reposan los curas desterrados y que se plasma en imágenes cenicientas y desvaídas, organizadas en planos antiestéticos, con manifiesto abuso del contraluz –en este caso no sé si forma parte del objetivo citado- y donde los primeros planos descubren la fealdad sin paliativos de la fotografía digital.

            El instrumental quirúrgico escogido a conciencia por Larraín –firmante del libreto junto a Guillermo Calderón y Daniel Villaloboses tremendamente llamativo por su desagradable oxidación –la descripción deslenguada de los pecados perpetrados, los villanos convencidos de la moralidad de sus actos, la larvada brutalidad de los mismos que sin embargo solo aflora en el desagradable aspecto general del escenario-, aunque no especialmente afilado. Útil para desvestir al cadáver; romo para penetrar en sus putrefactas carnes.

La caricaturización es apropiada para resaltar con acritud y mala baba el objeto de crítica –ejercicio descarnado que puede verse hasta como recomendable en ocasiones como la presente-, pero no tanto así para ahondar en sus raíces y desentrañar sus causas, ocultadas por la hipertrofia del personaje o la problemática. En este caso, la finura de un retrato más humano y reconocible como tal permitiría identificar con mayor precisión –o al menos tratar de hacerlo- las fuentes de esta corrupción. O cuanto menos culpabilizar con todas las de la ley a personas y no a monstruos, que son criaturas aberrantes y culpables por su propia naturaleza, no por convicción consciente.

            No obstante, en el haber del filme, su velado aunque rotundo pesimismo, disfrazado de sátira cáustica, dinamita por los aires cualquier atisbo de relación entre estos hombres malos con Dios –con un Dios, con cualquier rastro de divinidad o misticismo- y, de este modo, los abandona a su suerte, con sus vergüenzas desnudas ante el espectador, con lo que consigue arrojar a la luz una verosímil visión de la nauseabunda condición humana, patética y siniestra con indiferencia de conceptos falaces o como poco hipócritas como los valores religiosos o, si se prefiere, yendo más allá, éticos.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

La muerte y la doncella

26 Dic

“Creo que no se puede ser hombre, y mucho menos artista, sin tener una conciencia política. El arte es política.”

Luchino Visconti

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La muerte y la doncella

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La muerte y la doncella

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Año: 1994.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Sigourney Weaver, Stuart Wilson, Ben Kingsley.

Tráiler

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          A pesar de que considero que no debe ser un ente inamovible y que debe evolucionar orgánicamente al paso de la sociedad que la sostiene, no soy un detractor de la Constitución de 1978. Intuyo que, en unas circunstancias donde el pestilente aliento de las fuerzas armadas y las brasas del fascismo todavía se sentían con nitidez en el cogote, redactar un texto posibilista era quizás la opción más deseable, si no la única posible, para, al menos, despegarse progresivamente de un régimen aberrante como el franquista. Su mayor inconveniente, sin embargo, es la absoluta amnistía para los asesinos, fomentada por los herederos políticos de la dictadura bajo el argumento falaz de no abrir viejas heridas de las que únicamente ellos saldrían perjudicados. Algo de esto se aprecia en las insistentes desautorizaciones de una ley fundamental como la de la memoria histórica o a las invariables negativas a extraditar a Argentina a los cargos y torturadores del sistema reclamados por la Interpol.

En fin, lo que viene a explicar todo este párrafo no son ya los evidentes impedimentos que un país experimenta a la hora de cerrar con dignidad su historia negra de manera que se revitalice la salud moral, política, social y psicológica de su tejido humano, sino la por desgracia frecuente perpetuación de ese mismo núcleo de poder reciclado, higienizado y legitimado por diversas estratagemas legales y políticas con absoluto y aterrador cinismo. Como si nunca hubiese sucedido nada o lo que hubiese ocurrido tuviese una coartada irreprochable en el imperativo histórico, las necesidades nacionales, la enajenación mental transitoria como fenómeno colectivo o sabe Dios qué abyecta justificación.

La táctica de la mierda y la alfombra, en cualquier caso.

          Con La muerte y la doncella, Roman Polanski adapta la pieza teatral homónima del chileno Ariel Dorfman, que se dice ambientada en un lugar inconcreto de Sudamérica aunque en ella se rastrea evidentemente las huellas de la dictadura de Augusto Pinochet  –no obstante, bien podría extenderse a otro lugares del mundo, como se vio antes-.

Acorde al gusto del realizador polaco por los ambientes claustrofóbicos -generalmente hallados en las angosturas de una localización a priori cálida y confortable como el hogar-, la trama encierra en un mismo caserón aislado a una víctima de las violaciones y torturas sistemáticas practicadas por la policía secreta (Sigourney Weaver), junto a su esposo, antiguo activista ahora devenido en prometedor abogado del nuevo estado democrático para investigar dichos abusos de poder (Stuart Wilson), y, como vértice de este triángulo de culpas insondables, deudas atroces, expiaciones violentas y retribuciones imposibles, a un personaje que no se sabe si en su día fue verdugo o se trata de un simple inocente (Ben Kingsley) destinado a convertirse en chivo expiatorio por una mente trastornada por el horror –al contrario que en la obra de teatro, aquí la ambigüedad del personaje sí tendrá una solución definitiva-.

          La película exhibe sin piedad las dificultades que experimenta una sociedad para superar semejante trauma, el solapado descrédito de una víctima siempre incómoda para la conciencia nacional, la imposibilidad de alcanzar una verdad redentora –aquí anulada en parte, insistimos, por el final cerrado-, la hipocresía del conciudadano que no ha sufrido la barbarie en carne propia y por tanto puede escoger el olvido como remedio fácil.

Conflictos desde los que además nace una agresiva relación entre torturado y verdugo y, en el fondo, aunque de manera nada solapada, un acre conflicto genérico: esa vieja y eterna guerra de dominación entre el hombre y la mujer que impregna de malsana sexualidad el ambiente del improvisado juicio –la importancia de rasgos físicos como la palabra, el olor y los mordiscos; el empleo quasifetichista de sogas y lencería; el invasivo contacto entre Weaver y Kingsley-.

          Polanski compone una película tormentosa, crispada e intensa, narrada con tensión y amparada en el concentrado trabajo del elenco, donde destaca los requiebros con los que Kingsley dota a su dudoso personaje.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

La araucana (La conquista de Chile)

27 Ago

“Chile, fértil provincia y señalada / en la región Antártica famosa, / de remotas naciones respetada / por fuerte, principal y poderosa; / la gente que produce es tan granada, / tan soberbia, gallarda y belicosa, / que no ha sido por rey jamás regida / ni a extranjero dominio sometida.”

La araucana, Canto I

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La araucana

(La conquista de Chile)

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La araucana (La conquista de Chile).

Año: 1971.

Director: Julio Coll.

Reparto: Elsa Martinelli, Venancio Venantini, Víctor Alcázar, Julio Peña, Beni Deus, Elisa Montes, Pepe Martín, Eduardo Fajardo.

Filme

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            La araucana (La conquista de Chile), que pretende ser una exaltación de la conquista y fundación moderna del país sudamericano a partir del célebre poema de Alonso de Ercilla, es en realidad toda confusión, fealdad y pobreza.

            Coproducción española, chilena e italiana –se percibe la influencia de los peores vicios de estos tiempos de spaghetti western-, cuesta imaginar una realización más deplorable que la acometida por Julio Coll, quien contaba en su haber con alguna incursión interesante en el cine criminal español de los cincuenta y que aquí se enfrentaría a su último largometraje.

En vez de disimular las evidentísimas carencias materiales de la producción, el director catalán las estimula haciendo notar su presencia, sabe Dios con qué fin, por medio de horrendos zooms y primeros planos, atroces movimientos de cámara y un montaje del todo insensato.

Es decir, decisiones estéticamente aborrecibles pero que, sobre todo, atentan contra el correcto desarrollo del relato. Esta lamentable puesta en escena no solo desarbola la esencia principal del poema en el que se basa, la épica y la lírica –unas batallas bochornosas y un par de obvias y torpes imágenes de pretendida poesía-, sino que se propaga en forma de metástasis a lo largo de todo el metraje, dado que en La aracucana se ignoran los conceptos más elementales de la narrativa visual como el eje o la continuidad.

            Graves defectos que propician que el espectador no logre situarse en la acción, comprender por completo qué ocurre en ese argumento urdido a martillazos o, incluso, qué pintan los personajes en algunas de las secuencias. No entraremos siquiera a valorar la mediocre ambientación, que en el caso de los pobres mapuches se limita a un par de pelucones baratos, disfraces de indios de carnaval y la introducción del seseo en su español hablado.

            Del mismo modo, el guion abunda en este nulo rigor narrativo, poblado por personajes defenestrados en su falta de dibujo, que ni siquiera se logra definir mediante clichés de mayor o menor calado dramático. Venantino Venantini aporta cierta presencia como Pedro de Valdivia, mientras que la bellísima Elsa Martinelli -recordada sobre todo por su participación en la entrañable ¡Hatari!-, le pone empeño y erotismo como la legendaria Inés Suárez, aunque se le nota bastante desorientada en ocasiones. Peor parado sale el inoperante Víctor Alcázar en su irritante encarnación del líder Lautaro.

Justamente relegada al olvido.

 

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 2,5.

No

15 Ene

“La publicidad es el factor y la fuerza moral más grande de nuestra vida pública.”

Joseph Pulitzer

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No

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No.

Año: 2012.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Gael García Bernal, Alfredo Castro, Luis Gnecco, Antonia Zegers, Pascal Montero, Marcial Tagle, Néstor Cantillana, Jaime Vadell.

Tráiler

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            “El amor es una cosa que hemos inventado gente como nosotros para vender medias”, espetaba el icónico Don Draper en la serie Mad Men, arrollador y fidedigno retrato de la sociedad estadounidense de los años cincuenta y sesenta desde la perspectiva de la producción publicitaria, la artífice verdadera de su imagen idealizada, imprescindible herramienta propagandística para la lucha interior y exterior en el contexto de un mundo dominado por la dicotomía ente capitalismo y comunismo propia de la Guerra Fría.

La publicidad, en sus múltiples formas y variedades, sirve tanto como estrategia de marketing para incrementar los beneficios de los productos de lujo (La familia Jones), como para lavar la imagen perniciosa de las todopoderosas compañías tabacaleras (Gracias por fumar), ejecutar una maniobra de distracción que esconda un escándalo político (La cortina de humo), promocionar a los nuevos líderes del mañana (El candidato, Los idus de marzo) o, como en No, para “vender” un proceso ideológico y político decisivo destinado a cambiar el rumbo, para mejor en este caso, de todo un país: el Chile en vísperas de las elecciones para ratificar o revocar la dictadura militar de Augusto Pinochet.

Y es que a fin de cuentas la ficción que emite la publicidad es, o al menos acaba siendo en demasiados ejemplos, la realidad.

            El cine contemporáneo parece haber descubierto un rico filón dramático en la tramoya oculta tras el escenario de la alta política, capaz de entregar obras tan estimables como The Queen, Los idus de marzo o Lincoln, además de otras como Moneyball, perteneciente ya al terreno deportivo.

No se aproxima a un acontecimiento fundamental en la historia contemporánea chilena, el plebiscito nacional de 1988, si bien no tanto desde el punto de vista político -presente con el objetivo de configurar el trascendental contexto de fondo, la atmósfera tensa, represiva y amenazadora del relato y la significación de los personajes, aunque no predominante en el argumento-, sino desde el publicitario.

Dentro de esta reflexión sobre el poder de la imagen –publicitaria, propagandística, documental, cinematográfica-, prima la contienda televisiva entre el Sí, representante del status quo fascista y plutocrático, y el No, proclamación de la libertad política del pueblo soberano, por primera vez representado en los medios de comunicación como gesto de buena voluntad por parte de un régimen anacrónico que barrunta su agonía a causa de la pérdida de apoyos a nivel internacional –los mismos que, dicho sea de paso, lo habían encumbrado al Palacio de la Moneda-.

            En consecuencia, el punto de vista del filme pertenece a la figura del creativo publicitario René Saavedra (perfecto Gael García Bernal), defensor del empleo de códigos de los anuncios comerciales para la expresión del mensaje político; un individuo innovador y visionario como el Billy Beane de la citada Moneyball. Y, al igual que en Moneyball, sucede que, a pesar de que no se comulgue en absoluto con este concepto rupturista –las ideas como productos que vender gracias a su envoltorio y no por su contenido-, uno no puede más que verse seducido por la originalidad y el entusiasmo de la propuesta, perfectamente plasmada por Pablo Larraín a través de una narración repleta de ritmo, fundamentada en el diálogo –lo que le hace aproximarse en puntuales ocasiones a lo discursivo- pero desarrollada con una ágil y dinámica puesta en escena de estética naturalista –fotografía de textura televisiva ochentera, planos desencuadrados de aspecto espontáneo, escasos arreglos de luz o sonido,…-.

            Nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa, caería derrotada en justa lid por una devastadora obra maestra, Amor.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

La casa de los espíritus

9 Jul

“Es una crueldad juzgar una película a partir del libro en el que se basa. Nadie va a ver el Falstaff de Verdi para luego ir a casa y compararlo con Las alegres comadres de Windsor. Nadie acusaría a Verdi de dejar demasiadas partes del argumento fuera de su libreto. Cuando uno adapta una novela al cine, se pierde por el camino alrededor del 60 o el 70% de la misma.”

William Boyd

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La casa de los espíritus

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La casa de los espiritus

Año: 1993.

Director: Bille August.

Reparto: Jeremy Irons, Meryl Streep, Winona Ryder, Glenn Close, Antonio Banderas, Vincent Gallo, Vanessa Redgrave, Armin-Mueller Stahl, María Conchita Alonso.

Filme

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            Partiremos de la premisa no siempre cierta de que el libro es mejor que la película. La novela, es natural, presenta ventajas frente a la película, como una mayor extensión posibilitada por el hábito de consumo –intermitente, prolongado en el tiempo- asociado a ella. Unos límites espaciales más laxos que, junto a la herramienta principal de narración, la palabra escrita y leída combinada con la imaginación del lector, permiten profundizar en la descripción de personajes y el contexto, así como explicitar incontables detalles y matices en los acontecimientos y los sentimientos del relato, acordes o no, según la atmósfera de lo contado, con los cánones físicos y emocionales de la vida real.

El cine, por su parte, ante la mayor necesidad de concisión –extender una película, consumida del tirón, más allá de las dos horas resulta arriesgado- y por la fisicidad misma de su herramienta narrativa –la fotografía con ilusión de movimiento, un espacio en principio más encorsetado a la hora de incentivar la imaginación del espectador-, necesita de un mayor esfuerzo para destilar de manera efectiva esas citadas tonalidades y ligeras variaciones que otorgan profundidad, coherencia y emoción a la historia.

            El desafío se presenta particularmente difícil cuando se acomete una obra como La casa de los espíritus, popularísima lectura de Isabel Allende imbuida de ese hermoso realismo mágico que se asocia indefectiblemente, no siempre de manera justificada, al boom de la literatura hispanoamericana de los sesenta y setenta, en especial a partir de Gabriel García Márquez y sus Cien años de soledad. Un texto que recorre el siglo XX chileno empleando como hilo conductor de tendencia circular los sorprendentes avatares de tres generaciones de una misma familia.

La estructura de la narración, la denominada novela-río, consistente en describir los grandes hechos de la historia a partir de pequeñas vivencias personales, se encuentra presente tanto en literatura (Episodios nacionales, La comedia humana, En busca del tiempo perdido, el citado Cien años de soledad, Los pilares de la tierra,…) como en el cine (Vida y muerte del coronel Blimp, Una vida difícil, Novecento, la trilogía de El padrino, Forrest Gump,…). Y como expone el carácter díptico de la primera, y tríptico de la segunda, la exigencia argumental de esta técnica, derivada de la ingente densidad de personajes y acontecimientos, demanda un metraje difícil de asumir.

            Así pues, ya que no procede exigir la reproducción literal de las andanzas de la saga, qué menos que aspirar a que la adaptación conserve el alma del original. En este sentido, La casa de los espíritus, ambiciosa coproducción europea firmada por Bille August, realizador danés que había conseguido el beneplácito de crítica y público con Pelle el conquistador y Las mejores intenciones, es un meritorio resumen y una película a lo sumo pasable, pero no una buena adaptación.

La mayor parte de los sucesos importantes de la novela se encuentran en el filme, aunque su numerosidad obliga a que sean expuestos a salto de mata, por acumulación. Se suprimen personajes secundarios para centrarse en lo que August, también guionista, considera el eje fundamental del libro: el cumplimiento de su destino vital del irascible y testaduro Esteban Trueba a partir de sus relaciones con su mujer, Clara, y su hija, Blanca, en el marco del Chile caciquil, democrático, socialista y golpista.

            La ambición del proyecto requería una decisión similar, aunque uno tiende a considerar que reducir el peso de Clara, centro de gravedad espiritual del libro como indirecto punto de vista del relato y eje sobre el que basculan las relaciones del resto de personajes, es un error importante.

Consecuencia de ello es que, a pesar del esfuerzo de escenografía y dirección en recrear la tenue fantasía que preside la historia y del trabajo del irregular reparto –bastante bien Irons y Gallo, demasiado prosaica Meryl Streep para un papel tan etéreo, regular Banderas y mal Ryder-, la película carece por fin de esa magnética alma mágica del mismo. Suceden las mismas cosas y sus pobladores calzan el mismo nombre y rasgos que en la novela, pero la película es otra cosa.

            Sin ser caer tampoco en la gelidez absoluta, la acción se ahoga a causa de la ausencia de ese aura intangible y fantástica que sostenía su matriz en papel, la crónica histórica se queda en un deslucido fresco, se diluye buena parte del complejo fondo de los personajes y todo ello queda inserto en un esquema superficial que recuerda a aquellos vídeos de YouTube que, con ironía, aprisionan una película en dos minutos.

Fallida.

 

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5.

Revolución: El cruce de Los Andes

29 Feb

“Al Ejército de los Andes queda la gloria de decir: en 24 días hicimos la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas, concluimos con los tiranos y dimos libertad a Chile.”

José de San Martín

 

 

Revolución: El cruce de Los Andes

 

Año: 2010.

Director: Leandro Ipiña.

Reparto: Rodrigo de la Serna, Juan Ciancio, Matías Marmorato, Víctor Hugo Carrizo, León Dogodny.

Tráiler

 

 

            Con motivo del segundo centenario de la República, la televisión pública argentina, con el respaldo institucional pertinente, escogió conmemorar uno de los episodios clave en el nacimiento del país: el cruce de la cordillera de los Andes por el libertador y padre de la patria argentina, José de San Martín –quien probablemente albergara por lógica histórica, y no lo oculta el filme, unas aspiraciones más panamericanistas que nacionalistas argentinas-.

            Revolución prioriza la epopeya sobre la etopeya, pese a la aparición de tímidos apuntes de retrato psicológico con la expresión de las dudas y temores del líder carismático, rasgos muchos de ellos adornados con tibios tintes oníricos que nunca llegan a despuntar.

De este modo, el filme ofrece una reconstrucción histórica que se pretende fiel –uno no es experto en los detalles de la época-, verosímil y fácil de seguir por el profano de las revoluciones románticas latinoamericanas –tampoco recoge, más bien al contrario, un número excesivo de acontecimientos-, a costa de sacrificar la profundización en los personajes que conducen la acción, divididos entre los actores reales de la Historia –San Martín, O’Higgins, Soler,…- y aquellos destinados a crear la identificación del público en el relato –el niño Manuel Corbalán, prácticamente un observador, como el propio espectador-, hecho que, por otro lado, convierte en relativamente intrascendentes las interpretaciones del elenco encabezado por un voluntarioso Rodrigo de la Serna que de nuevo, tras el Alberto Granado de Diarios de motocicleta, pone cuerpo a un personaje histórico.

             Todo ello es al mismo tiempo causa y efecto de un guion plano, destinado a cubrir los mínimos exigibles de este tipo de producciones y al que, al menos, hay que agradecer un ritmo aceptable que impide que la cinta se haga aburrida, también ayudado por una duración –alrededor de la hora y media- bastante inferior a la habitual en este género de épica histórica, además de algún acierto como las ciertas sombras de desmitificación o pesimismo que se filtran entre la recreación de acontecimientos –el abuso sobre los soldados negros, carne de cañón revolucionaria para la primera línea de combate; la antiépica y creíble participación de Corbalán en la decisiva batalla de Chacabuco-.

Un libreto que, por tanto, se antoja como simple instrumento cohesionador de la lustrosa reconstrucción histórica de la puesta en escena y su alarde de medios, que permite a la cinta superar su configuración telefilmera de clase alta para conseguir, sobre todo gracias a un acertado uso de la luz y la fotografía, un digno aspecto de película.  

             Pasable acercamiento, más sencillo de lo que cabría esperar en un individuo y una financiación de su categoría.

Aceptable.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,5. 

Nota del blog: 5,5.

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