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En legítima defensa

19 Abr

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Año: 1947.

Director: Henri-Georges Clouzot.

Reparto: Louis Jouvet, Bernard Blier, Suzy Delair, Simone Renant, Charles Dullin, Jean Daurand.

Tráiler

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           La penitencia de dos años alejado de la dirección a causa de las acusaciones de colaboracionista nazi por su trabajo en la Continental Films no haría, precisamente, que Henri-Georges Clouzot cambiase su negrísima concepción de esa sociedad francesa roída por la hipocresía y la absoluta abyección moral que había mostrado en la opresiva El cuervo. Su regreso tras las cámaras, En legítima defensa, estaría cargado de todo ese vitriolo que había acumulado durante los cuatro largos años que separan a la una película de la otra.

           El retrato social y humano que arroja En legítima defensa es tan rico y minucioso como despiadado. Las líneas de diálogo con las que adapta, más o menos de memoria, la novela original de Stanislas-André Steeman están minadas con un humor tremendamente negro, que es el que domina, hasta congelar la sonrisa en un pasmo, la investigación que emprende el inspector adjunto Antoine contra una pareja de cabareteros enzarzados en un matrimonio tóxico y aparentemente relacionados con el homicidio de un rijoso potentado.

Los atentados con fotogramas que Clouzot realizaba contra la burguesía en El cuervo continúan también aquí, expandidos asimismo hacia las élites dominantes que poco menos que prostituyen al resto de clases que no disfrutan de su poderío económico. Los protagonistas de esta atípica trama criminal, pues, están retratados desde una mala baba que podría anteceder a la de los hermanos Joel y Ethan Coen, tal es su incompetencia a la hora de ejecutar los mezquinos planes que traman -arribistas, coléricos- con el prójimo como víctima.

El pobre policía -un cascarrabias que sobrevive en un cuartucho junto a su querido hijo mestizo- se encuentra tullido como pago por su servicio en las colonias. El plutócrata depravado gasta joroba y camina torcido. Pero el hijo de familia acomodada metido a pianista de acompañamiento y la hija del lumpen encumbrada a estrella del espectáculo erótico no son menos deformes, a pesar de su apariencia corriente.

           Esta sátira sanguinaria, que no hace prisioneros con nada ni con nadie, actúa como conservante de un argumento y un dibujo de caracteres que parece adelantado a su tiempo, insólito en la agudeza, la crudeza, la mordacidad y el arrojo con el que se adentra en las rendijas de la sociedad francesa, de su estilo de vida, su paisaje psicológico y sus instituciones, para mostrar los mecanismos que la accionan. Los procedimientos del inspector Antoine -feo, contrahecho y con el cinismo del desencanto de quien está de vuelta de todo, pero también hostil al romanticismo lírico y melancólico del detective privado estadounidense- son tan desmitificadores como lógicos y pragmáticos, incluso en su vertiente indisimuladamente ilegal, lo que refuerza un realismo que exacerba la acidez de la farsa a la que se somete -o que desarrollan- los personajes.

Este filtro no es óbice para que Clouzot muestre hallazgos expresivos como el empleo de la música diegética para alentar la tensión de la escena, de nuevo a medio camino entre lo policíaco y lo sarcástico. Quizás pueda igualmente encuadrarse dentro ese tono el inesperado desenlace de esta historia de crueldad.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 10.

El ángel azul

15 Dic

El Ángel Azul me creó y me destruyó. A la hora de hacer los repartos me daban siempre papeles de cortesana de lujo, de femme fatale. Suplicaba que me dieran otro tipo de papeles, alguno más humano y más divertido, pero los productores contestaban que el público quería verme solamente como la mujer que vuelve locos a los hombres.”

Marlene Dietrich

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El ángel azul

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El ángel azul.

Año: 1930.

Director: Josef von Sternberg.

Reparto: Emil Jannings, Marlene Dietrich, Kurt Gerron, Rosa Valetti, Rolf Müller, Roland Varno, Carl Balhaus, Robert Klein-Lörk.

Tráiler

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           La realidad, en sí misma, es neutra. Es la mirada particular del individuo, intermediada por las pasiones, las quimeras y los desconsuelos, la que puede convertir a la realidad en un instrumento mortal. El sueño que se desgarra en pesadillas, el deseo que se desvanece entre desengaños, son los que, en su devastador contraste, permiten apreciar la indiferente crueldad que ostenta esa realidad impasible hacia las emociones de quien la vive. El cine, fiel espejo de las ilusiones y los desvelos del ser humano, pocas veces ha tenido la oportunidad de reflejar esta brutal contradicción como en El ángel azul.

            De la mano de un digno y atildado profesor de lengua inglesa, el espectador experimenta en su propia piel todo el abanico de sentimientos que van desde la euforia a la desesperación. Y todas ellas, causadas por un fascinante rostro de salvación y perdición, el de Marlene Dietrich, resabiada estrella de un sórdido cabaret itinerante. Lo que comienza disfrutándose con perpetua sonrisa como una comedia de situaciones repleta de ternura e ironía –la cual se extiende plano formal, con esas expresionistas sombras previas a la azotaina del empollón por ejemplo- se va transformando paulatinamente en una ópera trágica capaz de partir el alma, un esperpento bañado de un patetismo descorazonador, de una violencia psicológica sin parangón.

           Josef von Sternberg, un cineasta con tendencia a la negrura, que liga felicidad y decadencia como partes indisociables de un mismo conjunto, no engaña a nadie. Tan solo se limita a dibujar con rotundidad un contexto dramático dominado por las pulsiones sexuales –la mujer que se compara con el anuncio, los adolescentes asiduos al cabaret, el policía que no duda en husmear el cuarto de la diva,…- y su contención hipócrita, a plasmar en los fotogramas las emociones contenidas en el argumento con una expresividad y precisión tan admirable como impactante y absolutamente despiadada.

           El ángel azul, antro en el que la exótica bailarina regala su cuerpo al público, conformaba ya un engañoso y ofensivo paraíso de cartón piedra por medio de su hortera decoración de lejanas intenciones bucólicas y sus romances de plástico subastados al coste de una botella de champán. Como en la Cenicienta, será el toque de las campanas, esta vez al mediodía, el que transforme la carroza de fantasía en triste calabaza y devuelvan al viejo maestro a la cruda realidad que acecha en el exterior del dormitorio de esta insospechada musa y femme fatale.

           Lo más doloroso del filme es que este camino de espinas se encara desde el conocimiento anticipado –observen el leve halo admonitorio que desprende la mirada amarga del payaso o el carácter premonitorio que el plano del profesor solo en el aula tras su dimisión forzada ofrece respecto a la imagen final de la película-. Es posible que esa intuición resida hasta en el interior del mismo protagonista, atrapado por las cadenas autoimpuestas de un amor ciego, vital y mortífero, excelso y grotesco, a cada paso más y más degradante –la evolución física en la caracterización y las variaciones de comportamiento y expresividad en la actuación de Emil Jannings, coloso del cine silente alemán, sirve aquí de poderosísima guía del descenso a los infiernos-.

Los personajes, poliédricos, trazados con las afiladas aristas propias del género humano, guardan respeto en todo momento a su naturaleza. No cambian de piel falsariamente, su maldad no es pretendida, ni sus vicios impostados y repentinos. Por supuesto, tampoco lo habían sido anteriormente sus evidentes virtudes. El admirable trabajo del reparto apuntala estas construcciones con pasmosa credibilidad: la devoción y la humillación condensadas en el azorado manierismo de Jannings, la incitante gelidez de Dietrich en el papel que la encumbraría en el estrellato, la zafiedad y la misericordia de Gerron.

Feroz obra maestra.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 10.

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