Tag Archives: Bosque

El bosque del lobo

1 Mar

El lobo son los otros. El bosque del lobo, la España negra reconcentrada en la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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El manantial de la doncella

12 Abr

“El arte debe hacer preguntas y no avanzar respuestas, que siempre me parecen sospechosas, incluso peligrosas.”

Michael Haneke

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El manantial de la doncella

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El manantial de la doncella

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Año: 1960.

Director: Ingmar Bergman.

Reparto: Max von Sydow, Birgitta Valberg, Gunnel Lindblom, Birgitta Peterson, Axel Düberg, Tor Isedal, Ova Porath, Allan Edwall, Axel Slangus.

Tráiler

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            Es curioso cómo los caminos del cine conducen a que un cineasta intelectual como Ingmar Bergman sea considerado una suerte de precursor de una vertiente del cine de explotación como es el ‘rape and revenge’ –es decir, las cintas de violación y venganza sangrienta-, cuyos cánones quedarán delimitados a grandes rasgos con el estreno en 1972 de La última casa a la izquierda, cinta directamente influida por la presente. No obstante, aunque en El manantial de la doncella comparecen los mimbres argumentales de este subgénero, el filme es en realidad un nuevo paso en la búsqueda del sueco en torno a la existencia y la naturaleza de Dios.

            Tomada la historia de una canción folclórica sueca del siglo XIII, Töres döttrar i Wänge, los personajes de El manantial de la doncella se debaten en pasiones humanas que, a la postre, les hacen cuestionarse la existencia de la divinidad, inmersos además como están en un universo donde el paganismo y el cristianismo se encuentran todavía violentamente mezclados en otra lucha antagónica –las plegarias a Odín y el hombre tuerto de la cabaña; la visión necesariamente martirológica del sentimiento religioso, el repudio a poner la otra mejilla iniciado con una especie de ancestral rito de purificación-.

La envidia, la bondad, el amor, la lujuria, la avaricia, la generosidad, la ira, la compasión. Dilemas y contradicciones. Impulsos y remordimientos.

A través de sus emociones y sus acciones, Bergman inunda a estos frágiles y desconcertados individuos de interrogantes religiosos y existenciales, que son por supuesto los suyos propios. ¿Acaso puede haber un Dios en un mundo donde se permite el ultraje absoluto de la inocencia? ¿Responde la divinidad a las atronadoras preguntas de sus criaturas? ¿Aporta consuelo? ¿Acaso debería hacerlo? Como había evidenciado en El séptimo sello, para el autor sueco las preocupaciones profundas de la humanidad son las mismas en el medievo que en la actualidad postcontemporánea.

            Bergman rueda la controvertida escena de la violación con un temple y una crudeza inusual para la época, pero su contraste con la cuidada estética que domina sus planos no es tampoco excesiva. Todo es parte de una misma unidad, de potente expresividad. El desenlace, si bien contundente en su simbolismo, no deja tras de sí unas conclusiones tan cristalinas como aparenta. Así, es significativo que en los tres años siguientes a El manantial de la doncella -y solo intermediada por la también religiosa El ojo del diablo se agrupe la conocida como Trilogía del silencio de Dios, conformada por Como en un espejo, Los comulgantes y El silencio.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7,5.

El renacido (The Revenant)

8 Feb

“Unas veces te comes al oso, y otras veces el oso te come a ti.”

El forastero (El gran Lebowski)

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El renacido (The Revenant)

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El renacido (The Revenant)

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Año: 2015.

Director: Alejandro González Iñárritu.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Duane Howard, Chesley WilsonMelaw Nakehk’o, Fabrice Adde, Grace Dove.

Tráiler

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            Alejandro González Iñárritu persigue su segundo Óscar consecutivo como mejor director, una marca que por ahora solo ostentan John Ford y Joseph L. Mankiewickz; casi nada. Y lo codicia sin disimulo, desplegando en el empeño su arsenal al completo. Sería válido decir, pues, que Iñárritu quiere ser John Ford. Y quiere serlo jugando además en un territorio, el western –sección de aventuras-, que John Ford alumbró, condujo a su madurez, guio a través de su turbulento crepúsculo y redactó su acta de defunción. Pero, para llevar a cabo su hercúlea empresa, Iñárritu se apoya en un arquetipo que, si bien aquí está inspirado en una biografía –de hecho ya llevada al cine en El hombre de una tierra salvaje-, es patrimonio a priori del western menor.

Porque el Hugh Glass de El renacido (The Revenant) no es un Ethan Edwards de tragedia griega, sino el jinete que regresa de entre los muertos para desatar una venganza de ultratumba; uno de los fetiches del spaghetti western, presentado por el pope Sergio Leone con el hombre sin nombre de la Triología del dólar y también en Hasta que llegó su hora, remodelado luego en un buen puñado de filmes de factura italiana y posteriormente retomado por Clint Eastwood a lo largo de su fascinante evolución como realizador de películas del Oeste –Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido, el desenlace de Sin perdón-. Incluso el segundo volumen de Kill Bill contaba también con su comparecencia, naturalmente a raíz de las idolatrías de Quentin Tarantino.

Quizás Eastwood sí haya conseguido pisar los talones del maestro Ford con este fantasma vengador tan pulp y correoso, aunque para ello debió fraguar su técnica durante un exigente proceso de aprendizaje, depurándola y estilizándola con el fin de cargar de electricidad estática los fotogramas al mismo tiempo que, con la honestidad del contador de historias clásico, él se oculta detrás ellos evitando distraer la atención del espectador hechizado, con la cámara invisible y su arte solo perceptible a través de la contundente presencia que deja a su paso. En cambio, lo que hace Iñárritu en El renacido se asemeja más a cocinar la salsa de los espaguetis con jugo de anabolizantes, lo que, una vez ingerido y asimilado su caudal de proteínas, le permite pasearse por la pantalla con el tanga ajustado, el cuerpo untado en aceite bronceador y desarrollando sus mejores poses.

            El renacido es una película con músculo, es indudable. La escaramuza entre arikaras y tramperos con la que se abre el filme surge como una incuestionable pieza de talento visual y potencia narrativa, aparte de servir para delimitar con rotundidad el degradado universo de miseria física y moral donde moran sus personajes. De igual manera, restallan en el metraje numerosas imágenes cargadas de fuerza, crispación y trascendencia, exaltadas por la conveniente luz tenebrosa del ‘Chivo’ Lubezki, así como secuencias elaboradas con un gran sentido de la tensión -el oso, claro-. Hasta ahí, Iñárritu demuestra su capacidad y sus recursos como cineasta, que los tiene. Y lo sabe. El problema es que, embebido de ambición, el mexicano descuida sus excesos y desprecia la siempre aconsejable prudencia.

            La historia del superviviente con más potra desde el protagonista de Apocalypto se hubiera relatado con mucha mayor eficacia con, como poco, una hora menos de función –hipertrofia evidente cuando algunos bretes logísticos de la trama, como el descenso de Glass al río, se solventan con cuestionables elipsis-. Construido con pies de barro, el coloso se desequilibra por su propia desmesura, lastrado asimismo por las cadenas que suponen la necesidad de figurar del realizador –el vaho o la ventisca que nublan el objetivo-, la endeblez de algunos componentes del argumento –los indios, el oficial- o ese forzado misticismo de reminiscencias malickianas, contraproducente por innecesario y porque, en todo caso, cualquier concepción telúrica o metafísica deseada se hubiera podido expresar a la perfección por medio del sobrecogedor paisaje natural –los terribles ríos, las imperturbables montañas, los milenarios bosques, las furibundas avalanchas, el cruel invierno,…-. En este caso, la recurrente sobreactuación de Tom Hardy en su rol de villano neurótico, basado en la terrenal intimidación corpórea, es más acorde al espíritu que subyace bajo estas artificiales capas de megalomanía.

            Uno elucubra sobre que la concisión y sobre todo la abstracción hubieran conseguido transformar a El renacido en un imponente western heredero de la prosa apocalíptica de Cormac McCarthy –cuánto necesita el mundo una adaptación apropiada de Meridiano de sangre…-. Sin embargo, lo que aquí nos queda es una serie B dirigida con la grandilocuencia de Andréi Tarkovski. Quedará para otra ocasión.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6.

Langosta

18 Nov

“Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina’. Y el doctor responde: ‘¿Pues por qué no le mete en un manicomio?’ Y el tipo le dice: ‘Lo haría, pero necesito los huevos’. Pues eso más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, saben, son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos.”

Alvy Singer (Annie Hall)

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Langosta

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Langosta

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Año: 2015.

Director: Yorgos Lanthimos.

Reparto: Colin Farrel, Rachel Weisz, Léa Seydoux, Ariane Labed, John C. Reilly, Ben Whishaw, Angeliki Papoulia, Michael Smiley, Jessica Barden, EmmaEdel O’Shea, Ashley Jensen, Olivia Colman, Garry Mountaine.

Tráiler 

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            La coexistencia en pareja es uno de los grandes misterios que, dentro de la vida contemporánea en sociedad, ha de –o cuanto menos tiende a- afrontar el ser humano. Y casi siempre por su cuenta y a tientas, con la insuficiente ayuda de los antecedentes familiares, de sus allegados próximos y, desgraciadamente, de la ficción literaria y cinematográfica –dentro de la que se incluye la ficción religiosa y la de los manuales de conducta moral tradicionales, obviamente-.

Este último es el único de entre estos múltiples y frágiles soportes que, sin remedio, resulta por completo contraproducente a la hora de aportar guía y confort íntimo a la persona debido a su falaz síntesis de unos modelos presuntamente ideales que, por costumbre –y aquí nos referimos en especial al género romántico, claro-, dejando de lado la enajenación mental transitoria que constituye el breve periodo de enamoramiento -un estado irracional y alucinado-, poco o nada tiene que ver con la realidad, siempre tan prosaica, complicada, desmitificadora y frustrante ella.

            Pasada por un crudelísimo tamiz de surrealismo, Langosta podría ser considerada como una anticomedia antiromántica, tremendamente satírica y despiadada en su visión de las confusas relaciones humanas, determinadas por las circunstancias privadas y ajenas, la inexorable finitud y, sobre todo, la incertidumbre. La singularidad indómita frente a las estructuras preestablecidas y convencionales, en conclusión. Con ella, Yorgos Lanthimos arroja contra la cara del espectador una brutal y expresiva distopía kafkiana donde el individuo no combate estérilmente contra la alienante maquinaria del Estado omnímodo, sino contra la necesidad de encontrar un compañero sentimental, condición literalmente impuesta por el sistema para vivir en sociedad.

Escogiendo un contradictorio y afortunado tono de fábula humorística para diseñar una narración visceralmente inquietante, dentro de una línea a la que se suma también el empleo paródico de recursos cinematográficos como la banda sonora, el cineasta griego disecciona este conflicto entre la naturaleza humana y este catálogo de relaciones funcionales, tradicionales y artificiales, promovidas mediante un delirante hotel de reeducación para tullidos sentimentales –viudos, separados, solteros, tímidos, acomplejados- en el que, con 45 días de plazo, deben encontrar esta imprescindible media naranja so pena de, en caso contrario, ser transformados en animal. El que desee el huésped, eso sí.

            Langosta expone con fiereza disfrazada de humor negro y absurdo la doble faceta del denominado “amor” –esto es, la pareja-, que puede ser bien castrador y enajenante, bien liberador y realizador, acompañándolas asimismo de una estimulante descripción metafórica y caricaturizante de los respectivos procesos y estadios que atraviesa una relación de semejante calibre. Es cierto que la segunda mitad del filme pierde algo de fuelle y que al conjunto le sobran minutos, pero en cualquier caso no se desvirtúan los valores de esta irreverente y lúcida aproximación al inabarcable universo de las relaciones sentimentales del ser humano, rematada además con un desenlace apropiadamente interrogativo.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

Masacre: ven y mira

31 Ago

“Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira.”

Apocalipsis 6:1

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Masacre: ven y mira

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Masacre, ven y mira

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Año: 1985.

Director: Elem Klimov.

Reparto: Aleksey KravchenkoOlga MironovaLiubomiras Lauciavicius, Vladas BagdonasPyotr MerkuryevViktor Lorents

Filme

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            “El horror… el horror…”, musitaba el coronel Kurtz, adentrándose en las sombras del terror moral que tan necesarias consideraba para el arte de la guerra. Si Francis Ford Coppola proclamaba que la enajenación en celuloide de Apocalypse Now era en realidad el mismísimo Vietnam, Masacre: ven y mira podría pasar perfectamente por la conversión en fotogramas del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, cuesta creer que un filme tan desolador pudiera concebirse en origen como un homenaje a la victoria soviética en la allí conocida como Gran Guerra Patria, efeméride de la que en 1985 se celebraban cuarenta años. No se encuentran en ella fotogramas épicos y enardecedores, como los que componía Sergei Eisenstein en el auge de la propaganda comunista. Ni siquiera, pese a estar protagonizada por un niño, es la rabiosa, lírica y heroica -aunque también desesperanzada- venganza del desdichado Iván a quien el despiadado Alemán había despojado de infancia, familia, sueños, presente y futuro en La infancia de Iván.

Masacre: ven y mira abre el metraje con un viejo que desea que aquellos “hijos de puta” a los que busca con sus ojos fijos en la cámara, sosteniendo la mirada al espectador, salten por los aires en pedazos de una vez por todas. En ocasiones, resuena la música de la marcha militar La guerra sagrada, pero en su despiadada visión de la resistencia bielorrusa, Masacre: ven y mira solo halla barro, frío, mierda y muerte. Muerte que impregna los feraces campos de cultivo, los interminables bosques, las infinitas praderas, los milenarios pueblos, el cielo inalcanzable. Bien lo sabía Ales Adamovich, coguionista de la película junto al director Elem Klimov y que había peleado hombro con hombro junto a los partisanos bielorrusos durante el conflicto. La Bielorrusia de Masacre: ven y mira, al igual que la selva vietnamita de Apocalypse Now, es el infierno de la razón. Aquí, el joven Flyora Gaishun es quien se desliza como un caracol sobre el filo de la navaja de afeitar y, culminando la tenebrosa pesadilla que desvelaba a Kurtz, sobrevive.

            Por su parte, Klimov no le anda a la zaga a su homólogo norteamericano a la hora de capturar la sinrazón de la guerra. Masacre: ven y mira es uno de esos filmes que pertenece al cine-experiencia, tal es su capacidad de hipnotizar los sentidos, encerrar mentalmente en su narración al espectador y zarandearle sin piedad hasta el postrero fundido a negro. Es el espectador, pues, quien se une a Flyora en su odisea a ninguna parte, desatendiendo como él las admoniciones proféticas que le aparecen en el camino –el anciano alcalde, la madre desesperada, los delirios de la ambigua Glasha-. A pesar de que su aventura comienza cuando por fin roba el fusil a uno de los soldados enterrados en la remota campiña, el arma que le permite alistarse en el ejército irregular de resistencia contra el invasor nazi, Flyora no combate. Atrapado en la vorágine de la locura, los acontecimientos le conducen de un lado a otro, como un pelele, para que sus ojos contemplen el horror más inhumano.

En este sentido, su recorrido, además de semejante al del capitán Willard -a quien sus pecados habían concedido una misión-, recuerda al de Johann Moritz en La hora 25, cronista involuntario de cada abominación de la Segunda Guerra Mundial. Flyora se encuentra siempre cara a cara con la Parca, que le salva de su condena solo para sujetarle el cráneo y obligarle a mirar. “Los Nazis quemaron hasta los cimientos 628 pueblos de Bielorrusia, con todos y cada uno de sus habitantes”, resumirá la cinta en su conclusión. En efecto, la estrategia de arrasar poblados y moradores no fue una práctica infrecuente en el frente ruso, sobre todo por criminales de guerra como Oskar Dirlewanger, Bronislav Kaminski y sus tropas de las SS.

            Acorde a su absurdo global, la inmersión de Flyore en el horror no la desencadena el fervor patriótico, sino que parece aproximarse más a un juego, a un teatro, como así se diría que confirmar su toma de contacto con la milicia comandada por el carismático Kosach. Idéntico pasatiempo macabro al que antes desarrollaba con su amigo de la infancia y en el cual no se respetaba a los muertos o, en cualquier caso, poco podían significar estos para un crío al que la guerra había invadido hasta el hogar, donde del padre, reclutado tiempo atrás, no sobrevive más que el recuerdo. Sus ingenuas y ridículas aspiraciones bélicas, parejas a las que tendrá la enfermera adolescente Glasha, merecerán su propia burla una vez constatada y sufrida, cada uno de una manera distinta, la atroz realidad de la guerra, ajena a ilusiones románticas y sueños preconcebidos. No concuerda tanto, entonces, que su despertar de conciencia, que implica una transformación mental y también física –es significativo comparar el rostro del chico en el comienzo del filme, juvenil y con los ojos brillantes de entusiasmo, frente a su cara en el cierre, pálida, trémula, arrugada, desencajada, envejecida ochenta años-, concluya con su reinserción en los partisanos de Kosach. Una coda donde, además, el empleo del Réquiem de Mozart actúa como una base sonora redundante y obvia, en comparación con el magnífico empleo de la banda sonora efectuado hasta entonces. Obligaciones del homenaje, sin duda.

            Sea como fuere, esta banda sonora que parece manar del pavoroso zumbido de los aviones que, como si fuesen dioses indiferentes a la suerte humana o simples pájaros de mal agüero, surcan el cielo sembrando la desgracia, constituye uno de los elementos más importantes en la elaboración de atmósfera en Masacre: ven y mira. En combinación con el sonido diegético y otros extractos alucinados como las grabaciones de discursos de Adolf Hitler, que irrumpen de entre el ensordecedor barullo, la partitura de Oleg Yanchenko compone una capa densa, omnipresente, que impregna el entorno del protagonista sumiéndolo en un viaje marcado por el aturdimiento y la alucinación que engendra el Mal incomprensible e inexplicable que experimenta en su deriva. La amalgama de ruidos y bases polifónicas carentes de toda armonía se erigen como una vibración ensordecedora que, a la par que el vagar de Flyora, transcurre in crescendo en su capacidad de perturbación y su acento enfermizo. Aquí no tendrán cabida los ritmos lisérgicos y apocalípticos de The Doors, demasiado amanerados, demasiado racionales, demasiado humanos en comparación con lo de ha ocurrir en las imágenes. En este sentido, el punto álgido lo marcará en el incendio de la iglesia de Perekhody, donde confluye el griterío de las víctimas sacrificiales, las risas bastas de los bulliciosos soldados alemanes, el estruendo atronador de la maquinaria bélica, las agresivas órdenes de los altavoces, los alegres y extravagantes cantos tiroleses de la megafonía. El invencible ejército del mañana, llamado a compartir los avances de la civilización pura y la técnica moderna con el orbe inferior, reducido a una lamentable horda de bárbaros depravados, borrachos y dementes.

            Es también este episodio de Perekhody, el de la muerte que se alza victoriosa intermediada por un general que acaricia un extraño lémur mientras una atractiva oficial devora langostas con deleite, el punto álgido del surrealismo visual de Klimov, perfecta traslación a imágenes de la sinrazón que domina con yugo cruel el relato y de la violencia que se materializa en él con explicitud progresiva hasta cebarse, con la mayor abyección posible, en la inocencia absoluta. Desde el cálido esperpento del campamento soviético –el hombre enmascarado que posa izando una granada de mano en una extraña foto pictórica- hasta el espanto definitivo, Flyora atraviesa escenarios en la frontera entre la ensoñación de duermevela y la pesadilla. Un paracaidista encaramado a una rama como una marioneta siniestra, la Muerte travestida con uniforme prusiano y cruz de hierro, el vodka que llueve como un proyectil aéreo, el enemigo que se corporeiza desde la niebla, el hombre como lobo para el hombre pero todavía patético como ninguna otra criatura viviente puede ser,…. La naturaleza, ora bucólica por su belleza ancestral, ora sobrecogedora por su inmensidad, ora marciana por su hostilidad y extravagancia, imprime poderosos alientos telúricos y misteriosos a un trasfondo fabulesco que refleja el interior atormentado del muchacho, incapaz de determinar si vela o sueña, si vive en la Tierra o pena en el infierno.

Nada tiene sentido. Ni su huida hacia la nada que solo le dirige a nuevas vivencias del horror, ni la brutalidad que observa en su desorientado camino, ni la muerte que lo cerca y acorrala, riendo burlona sabiéndose omnímoda e impune.

            Volviendo a las conclusiones de Masacre: ven y mira, cristalizadas en la faz desolada de Florya -inconmensurable interpretación del debutante Alexei Kravchenko, condensación de la labor de Klimov como director de actores-, el horror que desprende el filme es opuesto al de la célebre e hiperrealista playa de Normandía de Salvar al soldado Ryan, inundada de fluidos, intestinos y cadáveres desfigurados. La repulsión no es meramente sensorial. Se trata de un horror más cerval y profundo. Si acaso, su relación más directa es con el combatiente que rompe en llanto abandonado de toda virtud y humanidad bajo la lluvia de Guadalcanal en La delgada línea roja, después de asaltar un destartalado puesto de defensa japonés y sentir hasta las heces el hedor de la destrucción del mundo. El horror moral, en definitiva, al que aludía Kurtz en su lamento. El horror moral que, no obstante, en la nota de luz y heroísmo auténtico que cierra de manera memorable filme, no cala en el alma de Florya cuando se visualiza disparando contra Hitler y suprimiendo, casi de raíz, la aberrante pesadilla.

             “Pensé que estábamos rodando una película demasiado brutal y que la gente no sería capaz de verla”, confesaba a propósito de Masacre: ven y mira el propio Elem Klimov. “Pero Ales Adamovich, con quien coescribía el guion, me replicó ‘Esta película es una obra que debemos dejar como legado. Como testimonio de la guerra y como alegato por la paz’.”

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 9,5.

The Kings of Summer

21 Ene

“La adolescencia es un viaje en el que nadie debería ser penalizado por ser diferente. Debes encontrar tu lugar. Y eso, para mí, es sinónimo de libertad.” 

Elle Fanning

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The Kings of Summer

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The Kings of Summer.

Año: 2013.

Director: Jordan Vogts-Roberts.

Reparto: Nick Robinson, Gabriel Basso, Moisés Arias, Nick Offerman, Erin Moriarty, Megan Mullally, Marc Evan Jackson, Alison Brie, Eugene Cordero.

Tráiler

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            En estos insoportables tiempos de Crepúsculos, Juegos del hambre, Divergentes y demás sagas taciturnas y enfurruñadas sobre la figura del adolescente erigido en ese mesías providencial, épico y romántico que en su egocéntrico fuero interno cree que es, qué refrescante y divertido es encontrarse en cambio con películas como Supersalidos o The Kings of Summer. Pequeñas obras que, desde la sencillez y sin tomarse demasiado en serio -tal y como mandan los cánones de un periodo existencial particularmente tragicómico-, captan con irresistible encanto la agonía y la duda existencial de la pubertad.

            El debutante en el guion Chris Galletta, habitual productor de late shows, y el debutante en la dirección de largometrajes para la gran pantalla Jordan Vogts-Roberts, habitual de series televisivas de humor, se sumergen con frescura y originalidad en un el tópico del rito iniciático que convierte al niño en hombre, sección “el verano decisivo de nuestras vidas”. Un rito de paso escenificado en esta ocasión en una cabaña en medio del bosque donde tres amigos se proponen independizarse de sus atosigantes progenitores retornando a la rústica, frugal y honesta pureza de la vida en contacto con lo natural –clásico de la idiosincrasia americana donde los haya-.

            The Kings of Summer se suma al espíritu vitalista, imaginativo y gamberro de su protagonista para construir una película que describe la inevitable fractura generacional entre padres e hijos y las inquietudes amorosas que brotan de las hormonas desatadas por el monstruoso crecimiento que se produce en esta fase biológica.

De este modo, acordes al libreto de la obra, las imágenes transmiten el olvidado deseo de aventura sin límites del que aún gozan sus (por desgracia) insólitos personajes mientras que, siguiendo esta idea, hacen gala de un tono abiertamente desenfadado y sarcástico que plasma con la debida exuberancia esa concepción idealizada de la libertad –el soleado esteticismo de las escenas campestres- dentro de un mundo huérfano de romanticismo –las praderas de bisontes transformadas en un Boston Market-. Al mismo tiempo, con loable honradez, el relato nunca pierde de vista el bochornoso patetismo de la condición del adolescente, extensible en este caso a las marcianas criaturas adultas que lo rodean.

            Es cierto que, en ocasiones, la cinta fuerza con brusquedad la irrupción del humor absurdo, por lo general a través del estrambótico Biaggio. No obstante, el entrañable aspecto de Moisés Arias y la calidad de algunas de sus ocurrencias permiten que se consienta con gusto estas puntuales salidas de madre y se incorporen con coherencia al conjunto de una película muy disfrutable en su guasona comicidad sin complejos y su insobornable ánimo soñador y entusiasta.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

Tucker & Dale contra el mal

8 Dic

“La ignorancia es el germen de la ira.”

Richard Gere

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Tucker & Dale contra el mal

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Tucker & Dale contra el mal.

Año: 2010.

Director: Eli Craig.

Reparto: Tyler Labine, Alan Tudyk, Katrina Bowden, Jesse Moss, Philip Granger, Brandon Jay McLaren, Christie Laing, Chelan Simmons, Travis Nelson, Alex Arsenault.

Tráiler

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            La parodia es una de las clases más bajas de humor, ya que consiste en burlarse de creaciones, ideas y aspiraciones ajenas más o menos elevadas dándoles un giro de 180 grados con el cruel objetivo de reducirlas al absurdo. Es facilísima, parasitaria y cobarde, pero, además de ocasionalmente efectiva a causa de su muy asequible juego de contrastes, si está realizada con inteligencia también puede arrojar nuevos ángulos de luz sobre temas del todo desgastados.

            Bajo su apariencia desenfadada, Tucker & Dale contra el mal esconde una parodia sobre el slasher –ya saben, el de jovencitos descocados que, aislados de la civilización, son asesinados brutalmente y uno a uno por un asesino despiadado, improvisado garante de la moral establecida-, la cual, no obstante, se desmarca de chabacanerías inmediatas e insípidas tipo Scary Movie para ofrecer una película más entrañable, divertida e inspirada.

            Tomando como punto de partida el choque de civilizaciones entre el entorno urbano y rural -foco de violento conflicto en películas como Defensa o La presa y, ya pasando al puro gore, en Viernes 13 o Las colinas tienen ojos-, centralizado en la tradicional cabaña perdida en la indómita y paupérrima Virginia Occidental, Tucker & Dale contra el mal juega con los estereotipos cultivados por el subgénero para, aparte de desarrollar un hilarante intercambio de roles fomentados por una serie de desdichados malentendidos, dialogar en paralelo acerca de cómo la ficción en general y el cine en particular modela la percepción y los prejuicios del individuo.

Es decir, que, siguiendo esta idea, el guion avanza a la metalingüística e inteligente La cabaña en el bosque, donde, a lo largo del metraje, los protagonistas acomodaban paulatinamente su comportamiento a los dictámenes que exigían de ellos los arquetipos del slasher y el cine.  La mención a la relevancia de las apariencias es de hecho explícita en alguna escena.

            Así, dos apacibles ‘rednecks’ locales –los simpáticos Tyler Labine y Alan Tudyk- sufren el barbárico asedio de unos universitarios sugestionados por los mitos del séptimo arte y por la violencia salvaje que reprimen con poco éxito sus modales urbanitas. La propuesta combina con acierto el gag físico (y sanguinolento) con el humor verbal y conceptual, virtudes que la permiten resistir con solvencia durante el metraje al completo sin que ni la ocurrencia, ni el cachondeo decaigan o pierdan vuelo.

            El agradecimiento por parte de los fieles de este campo del cine de terror se plasmaría en el reconocimiento de la obra como mejor película en el especializado Festival de Sitges en la sección Panorama -premières en España de títulos de temática fantástica y de horror con vocación independiente-.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

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