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Golpe de efecto

24 Mar

“—No me llames ‘jefe’, no soy tu jefe, así que deja de llamarme así.

—Si dejo de llamarle jefe, ¿me enseñará?

—No.

—Pues entonces seguiré llamándole ‘jefe’.”

Frankie Dunn y Maggie Fitzgerald (Million Dollar Baby)

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Golpe de efecto

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Golpe de efecto

Año: 2012.

Director: Robert Lorenz.

Reparto: Clint Eastwood, Amy Adams, Justin Timberlake, John Goodman, Matthew Lillard, Joe Massingill, Robert Patrick.

Tráiler

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              Le habíamos dado ya por perdido para la actuación después del testamentario Walt Kowalski de la magnífica Gran Torino, pero el viejo Clint regresaba del más allá interpretativo por motivos generosos, para dar la alternativa a su fiel ayudante de dirección Robert Lorenz, partícipe en hasta ocho proyectos del californiano, el último de ellos Million Dollar Baby.

Razones no le faltaban a Eastwood para impulsar el proyecto de su pupilo, porque ¿acaso Golpe de efecto habría tenido igual repercusión o merecería siquiera el visionado si no fuera por la presencia de este poderoso tótem viviente? Probablemente no.

             Golpe de efecto es una cinta acomodaticia y almibarada, un filme de riesgo cero –lo que constituye un riesgo en sí mismo- amoldado, por excesivo respeto o por incapacidad de volar más lejos, a las enormes hechuras de su estrella protagonista, hasta el punto de componer un vehículo de lucimiento para un Clint que, efectivamente, se luce, ya que con los años, en contra de las múltiples acusaciones que arrastró en su día sobre su talento, ha ganado sabiduría interpretativa a manos llenas.

Conoce a la perfección sus registros, sus puntos fuertes, sus debilidades y sabe explotar todas las virtudes que, maestro del aprendizaje, ha sabido aunar a lo largo de su dilatada experiencia, con el añadido además de contar a su favor con personajes fabricados a la medida, en el presente caso su más reciente molde de tipo duro al final del camino, lacónico e imponente, con el rostro y el alma revestido de insondables arrugas y cicatrices.

             Es decir, que el veterano actor ofrece en Golpe de efecto una nueva muestra de postrera y crepuscular destrucción de sus arquetipos de éxito; una repetición del William Munny de Sin perdón en última, reivindicativa y redentora misión, del Harry Callahan postjubilación de Gran Torino, del padre postizo, reacio de sacar a la luz sus emociones más profundas y, por ello, con deudas de afecto que saldar de Million Dollar Baby.

Pero donde Clint hacía rebosar taciturna, viril, seca y tristona mala leche, así como una demoledora capacidad para conmover por la grandeza fordiana de su pequeñez, la película de Lorenz se muestra convencional e incluso cursi, como una tímida imitación del maestro.

Mientras Eastwood porta en solitario, sobre sus anchas espaldas, con la carga, cada vez más pesada, del alma de una película hecha con plantilla, estos defectos se irán incrementando progresivamente hasta un desenlace sonrojante a causa del guion del también novel Randy Brown. El libreto sabe sacar partido puntual a los dobles sentidos de sus diálogos –con tendencia, todo sea dicho, a abusar del recurso- pero, por contra, evidencia una manifiesta torpeza a la hora de componer y reflejar los resortes emocionales del relato y su resolución, así como en el dibujo de algún personaje secundario, con el ejemplo claro de ese perdedor encarnado por Justin Timberlake, más empalagoso que encantador.

             Lorenz, que al menos hereda el agradecido estilo sobrio de su mentor –salvando las distancias, puesto que su clasicismo se transforma en academicismo por momentos-, propone en definitiva un melifluo melodrama paternofilial ambientado en las ligas regionales del béisbol –submundo pobre pero honrado en su día, defenestrado ahora por los delirios de la fama televisiva de quince minutos-, territorio en el que un anciano ojeador con problemas oculares (Eastwood) comparte carretera, sacrificios y reencuentros con su hija (Amy Adams, sólida réplica para la leyenda).

De la mano del protagonista, un recalcitrante anacronismo, el drama familiar se combina con la defensa a gritos de la experiencia y el factor humano, acosado por ordenadores con mucha memoria y poco cerebro, asépticas estadísticas en papel y conversaciones mediadas por blackberrys y manos libres. Es decir, que Golpe de efecto se sitúa como el reverso romántico –deportivamente hablando- de la fascinante Moneyball, aunque, paradojas del cine, la comunión que uno experimenta con el mensaje de cada cinta es diametralmente opuesta a la calidad de la película como tal.

             Así, variando la pregunta formulada en el encabezamiento, ¿alcanzaría Golpe de efecto el aprobado en este blog de no ser por el carisma del viejo Clint, héroe personal? Lo dudo mucho.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

Moneyball: Rompiendo las reglas

27 Nov

“Me obsesiona la gente que llega en segundo lugar.”

Brad Pitt

 

 

Moneyball: Rompiendo las reglas

 

Año: 2011.

Director: Bennett Miller.

Reparto: Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Seymour Hoffman, Kerris Dorsey, Chris Pratt, Stephen Bishop, Robin Wright.

Tráiler

 

 

            Las dos primeras escenas de Moneyball en las que la banda sonora señala la épica coinciden con la explicación de un procedimiento matemático-estadístico y con una llamada del manager a desarrollar un estilo de juego que se podría catalogar como la antítesis del virtuosismo y la espectacularidad, mientras que la única arenga que se pronunciará en todo el filme constará tan solo de dos frases tópicas, espetadas con desgana y ante la pasividad de la plantilla.

Afortunadamente, el objetivo de Moneyball no es el béisbol en sí mismo, un deporte localista y no precisamente atractivo al ojo del profano. No es la reivindicación del sudor y la sangre vertida por los esforzados gladiadores en la arena del diamante de juego, de la superación personal de un conjunto de individuos para alcanzar los brillos y oropeles de la gloria. La épica que propone Moneyball es intimista, va por dentro.

             La figura de Billy Beane –encarnado por un Brad Pitt cada vez más selectivo en sus desafíos interpretativos, apoyado para ello en cometidos de producción, y con unos resultados más que interesantes-, manager general de los  Oakland Athletics, guía al espectador por los vericuetos intestinos del béisbol en un alegato por la dignidad del segundón y del hermano pobre que bien podría leerse como una velada crítica contra el sistema liberal ultracapitalista, en el que el pez chico está obligado a servir de alimento al pez grande y en el que el individuo es una mercancía desechable más con la que especular o depredar.

             Aunque no comparto la detallada teoría estadística que sostiene la revolución de los paupérrimos Athletics de la temporada 2002 –no estoy muy familiarizado con el béisbol, pero toda reducción de un deporte, por estático o técnico que sea, a simples cifras y ecuaciones me parece una premisa detestable-, es imposible resistirse al romanticismo del equipo pequeño que se niega a someterse, sumiso, a un juego trucado desde el principio; a la apuesta suicida por el ingenio, el talento y la innovación frente al impersonal y todopoderoso talonario; a la rebeldía genial, digna, idealista y desesperada de unos iluminados que deciden gritar basta; al corte de mangas contra una sociedad aborregada siempre dispuesta a arrodillarse y adorar el signo de la victoria, aunque esté vendido al mejor postor.

              El espléndido libreto de dos seguros como Zaillian y Sorkin consigue arrojar sobre la pantalla más intensidad, emoción y profundidad –no digamos ya credibilidad, a pesar de que la mayoría de estas producciones también agitan la bandera de ‘basado en hechos reales’- que cualquier relato de hazañas atléticas de parias que desafían su naturaleza, impulsado a su vez por la acertada dirección de Miller y el soberbio trabajo del reparto, en el que Pitt, capaz de llenar la pantalla por sí solo, ejerce de columna vertebral.

En Moneyball se palpa la tensión, la bravura, la inquietud, las dudas, la osadía y el esfuerzo ciclópeo del reto personal, desde las sombras del estadio pero a pecho descubierto, de un hombre en perpetua y furiosa reinvención para burlar un destino de perdedor al que no se siente llamado.

Una grata sorpresa.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 9.

Boiling Point

6 May

“La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son.”

Winston Churchill

Boiling Point

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Año: 1990.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Yûrei Yanagi, Dankan, Takeshi Kitano, Gudarukanaru Taka, Tsumami Edamame, Makoto Ashikawa.

Tráiler

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            “Hoy en día los clientes son asquerosos. Te piden dinero y si pasa algo te denuncian”, se queja amargamente el líder de un clan de la yakuza tokiota.

            En su primera historia original, dejando aparte la reescritura del guion primigenio de Violent Cop, la película de su casual debut tras las cámaras, Takeshi Kitano, artista polifacético, cineasta involuntario, se adentra en el mundo que lo hará conocido a nivel internacional, la yakuza, utilizando a modo de machete un estilo propio repleto de ironía corrosiva en una desmitificación la estética y los clichés asociados al oscuro y cruento mundo de la mafia japonesa.

            De este modo, Boiling Point se configura como un ejercicio de iconoclastia total materializado en un mundo extraño, parido y mostrado por la mente de un auténtico perdedor –de ahí el ritmo de la mirada, anestesiado, atontado-, siempre en equilibrio sobre la fina línea que separa realidad y la fantasía –si es que existe-, sin saber bien jamás a qué lado de los dos se encuentra –Pierrot, el loco funciona como referencia fundamental e incluso fuente de homenaje, si bien el tono final podría emparentarse más al del siempre peculiar Jim Jarmusch-.

Un universo paralelo regido por un malicioso karma justiciero que toda macarrada es castigada con el ridículo a través de un duro sistema de reciprocidad, desde la más insignificante a la más explosiva, para lo que emplea como hilarantes armas la secuencia de elipsis e imágenes fijas, o casi –Kitano empieza a desarrollar una plasmación magistral de este recurso-; elementos que se unen a otros rasgos cómicos característicos del autor: un tierno absurdo, el juego como elemento fundamental de la vida, el reflejo de los adultos como niños grandes, por muy contradictorio que resulte respecto a su estatus.

            En este cuento fantasioso sobre sastrecillos valientes que se enfrentan a los brutales matones locales –si bien, como hemos visto, unos currantes puteados cualesquiera que han vendido toda su mística por un puñado de yenes- Kitano se reserva un papel estrambótico pero carismático, el de la sátira más directa: un renegado gángster de la exótica Okinawa, psicótico, pendenciero, misógino y de libidinosas tendencias homoeróticas.

Una definitiva -y quizás algo desbocada- reducción al patetismo tanto de la figura del gángster como del carácter de icono cómico del propio Kitano. Un divertimento feroz que sin embargo resta coherencia al conjunto debido a la excesiva concesión de un protagonismo demasiado autorreferencial.

Una gamberrada bastante simpática.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

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