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Hombres intrépidos

7 Jun

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Año: 1940.

Director: John Ford.

Reparto: Thomas Mitchell, John Wayne, Ian Hunter, Ward Bond, Barry Fitzgerald, Wilfrid Lawson, John Qualen, Joe Sawyer, Jack Pennick, Arthur Shields, Mildred Natwick, Carmen Morales.

Tráiler

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           Suele agruparse como una trilogía de temática social tres largometrajes que John Ford presenta en 1940 y 1941: Las uvas de la ira, La ruta del tabaco y ¡Qué verde era mi valle!. Son plasmaciones de los ideales humanistas de un cineasta declarado partidario del New Deal de Franklin Delano Roosevelt y que se posiciona del lado del pueblo llano y en contra de los poderes que tratan de reducirlo a una simple bestia de carga despojada de toda dignidad; que llama a la conciencia de clase y que canta al valor de la asociación para plantarle cara a los patrones que, avalados por su capital, tienen la sartén por el mango. No por nada, Ford será uno de los impulsores del sindicato de directores de Hollywood.

Aunque se encuadra en el contexto bélico de la Segunda Guerra Mundial -en la que Ford estaba convencido de que Estados Unidos estaba condenado a participar, como quedaría de manifiesto en diciembre de 1941 con el ataque japonés sobre Pearl Harbour-, Hombres intrépidos, que precisamente se estrenaría entre Las uvas de la ira y La ruta del tabaco, bien puede integrarse asimismo en este grupo de obras. La razón es que, a pesar del terrible trasfondo que ofrece el conflicto armado -el principal hilo argumental es el transporte de un cargamento de munición hasta Reino Unido por parte de un barco mercante-, el filme es un sentido homenaje a otra cuadrilla de trabajadores precarios, aquí marineros entre los que su heterogeneidad étnica queda diluida en su hermandad corporativa -hasta John Wayne interpreta con acento a un sencillo sueco-. Un contingente que trata de mantener a flote su vitalismo en mitad de una labor penosa y una dudosa civilización que amenaza con estallar en mil pedazos -desde la impura y enfermiza tierra firme, obviamente-.

De hecho, la guerra termina componiéndose como un elemento bastante abstracto, lo que traslada al relato a una dimensión prácticamente atemporal, en consonancia con el influjo de los hados en las desventuras de los protagonistas de esta historia coral y colectiva, así como con los mismos ecos que imprimen los textos del prólogo y el epílogo.

           Por momentos, Ford -un apasionado de la Marina, en la que había intentado entrar en el pasado y en la que ambientará buena parte de su cine bélico- envuelve a la tripulación en imágenes casi pictóricas, donde la quietud y la sombra arrojan un velo melancólico y fatalista que tendrá su confirmación en el libreto, en el que Dudley Nichols adapta varias piezas del Nobel Eugene O’Neill.

Potenciada por la extraordinaria fotografía de Gregg Toland -de resabios noir en ese peso del destino manifestado en brumas-, hay lirismo y romanticismo en su mirada, los cuales se combinan, sin cambiar el sentido del discurso, con otras escenas donde el autor vuelca su pasión por la camaradería de borrachera, bronca y estereotipos pintorescos, interpretados por característicos clásicos de la troupe fordiana y aquí capitaneados por un irlandés pícaro y nobletón que ejerce de líder improvisado del camarote, el cual ha de afrontar unido, y con la moral alta, las amenazas de un mundo que conspira contra ellos, tanto en forma de bombardeos alemanes como de tormentas apocalípticas o de negreros que se aprovechan de su infortunio recurriendo hasta a los más sucios cantos de sirena. No es casual que tanto el carguero como el marinero queden enrolados en sus respectivos caminos poco menos que a la fuerza.

El ensamblado de las obras de O’Neill no queda del todo afinado y equilibrado, no obstante, y a la película puede achacársele igualmente un abuso del humor anacrónico marca de la casa que perjudica su envejecimiento.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

No eran imprescindibles

12 Dic

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Año: 1945.

Director: John Ford.

Reparto: Robert Montgomery, John Wayne, Donna Reed, Ward Bond, Murray Alper, Harry Tenbrook, Charles Trowbridge, Jack Holt, Marshall Thompson, Paul Langton, Cameron Mitchell, Louis Jean Heydt, Russell Simpson, Robert Barrat.

Tráiler

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         Siempre me ha parecido sumamente simbólico, casi propio de una parábola mitológica, que John Ford entregase un ojo durante la lucha en la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como oficial de los servicios cinematográficos de la Armada de los Estados Unidos. ¿Puede haber acaso una ofrenda mayor por parte de un cineasta? Ford, que en su juventud había intentado ingresar en la Marina, había mostrado su predilección por el combate en el mar ya en su filmografía previa al conflicto, como ejemplifican Tragedia submarina, Mar de fondo y Submarine patrol. Y, durante él, sus principales documentales –el más célebre premiado con un Óscar– se centraron en la batalla de Midway, que es precisamente donde había resultado herido. También firma el docudrama El 7 de diciembre, acerca del ataque japonés a la base de Pearl Harbour.

En No eran imprescindibles -también retitulada como Nosotros fuimos los sacrificados-, Ford hace acopio de toda esta experiencia vital, bélica y cinematográfica, amén de toda su convicción patriótica y militarista, para realizar un homenaje filmado al cuerpo de lanchas torpederas, el cual materializa dos constantes presentes en las obras del autor vinculadas a la vida castrense: la importancia que hasta el último hombre, hasta el eslabón presuntamente más insignificante, tiene para la victoria, y, también ligada a la anterior, el retrato del Ejército como una familia heterogénea que encarna en sí misma los valores y la unión de un país de aluvión como son los Estados Unidos, donde por consiguiente el sentido del equipo y de la comunidad resulta indispensable.

Aquí, cada individuo aporta su óptica personal -el cocinero que añora los fogones del Alabama, los muchachos que tiemblan de inexperiencia, el irlandés cazurro y follonero que ejerce de piedra angular del grupo; el humorista que levanta los ánimos, el teniente impetuoso, el dirigente reflexivo y calmado; el alto mando sagaz, el general inspirador y providencial…- para enriquecer al colectivo. Hasta el final del mundo, hasta el final de la batalla, cantan en la apertura.

         La producción, rodada en las postrimerías de la guerra aún en marcha pero estrenada un par de meses después de la rendición de Japón, contó con la colaboración material de la Marina, posee un guion basado en oficiales condecorados y muestra acciones verosímiles, además de estar presidida por una elegía a los caídos del general Douglas MacArthur -representado luego con honores en los fotogramas-. Como si de otra misión guerrera se tratase, Ford -acreditado como capitán- se partiría la pierna hacia el final de la filmación y Robert Montgomery -acreditado como comodoro-, protagonista de la obra junto a John Wayne -a quien el director reprocharía constantemente que no hubiese combatido fuera del plató-, debería de reemplazarlo durante el tiempo de baja para rematar unas cuantas secuencias bélicas. Su confianza en él estaría fundada, sin duda, porque el actor había comandado naves de este tipo en Normandía y Guadalcanal.

Este tono ardoroso y eufórico se reflejará especialmente en el machacón empleo de los himnos de batalla en la banda sonora -a los que el realizador, que no tomó parte en la posproducción, pondría ciertas objeciones, no así aun montaje que consideró adecuado-; en la reverencia a la bandera y, sobre todo, en el reflejo del espíritu del sacrificio y el templado valor que muestran los marinos y que tanto había impresionado a Ford en Midway en 1942, hasta el punto de convencerlo de que la victoria era segura. Son rasgos que se combinan con ese citado costumbrismo fordiano que ensalza la camaradería de la tropa por medio del chascarrillo de taberna, el contacto viril a través de la gresca amistosa y la confianza disfrazada de pulla, tal y como se demostrará en la unidad sin fisuras y su determinación cuando llega la hora de defender el bien común y de la entrega a la nación, por supuesto ajena a premios individuales. Aquí nadie busca su cruz de hierro.

De hecho, una cosa es indisociable de la otra, y Ford las sitúa en el mismo plano en escenas como aquella en la que el homenaje al veterano que se retira se solapa con la llamada a filas por la declaración de guerra. En el mismo sentido, los rostros asiáticos también forman parte del contingente, de este núcleo familiar, y arrojan idénticas pruebas de sentimiento -la automática entonación del himno, la preocupación en el rostro de la esposa cuando el marido marcha al incierto frente-. Aunque la exhaustiva descripción de las tareas y las vivencias del soldado corriente afectarán de forma negativa al pulso de la narración, dilatada en exceso en ciertos tramos -buena parte de los intermedios entre batallas con la relación romántica y la reparación de las barcas-.

         La acción bélica, que se beneficia de la participación de expertos de la Armada, está expuesta con un destacable vigor, muy elogiado en su momento. Pero No eran imprescindibles también deja escenas de poderoso lirismo donde el uso de la iluminación desempeña un papel notorio, caso de la primera entrevista entre el teniente y el almirante -un auténtico confesionario desbordado de frustración y contención-; del baile de despedida que comienza con imágenes de gran intimidad y donde el amor queda literalmente oscurecido por la perspectiva del enfrentamiento que se aproxima, o de la sala de operaciones de campaña, envuelta en un denso silencio y una atmósfera de tremenda tensión en la que hay que destacar asimismo la actuación de Donna Reed.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

Jasón y los argonautas

6 Jul

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Año: 1963.

Director: Don Chaffey.

Reparto: Todd Armstrong, Nancy Kovack, Gary Raymond, Douglas Wilmer, Honor Blackman, Niall MacGinnis, Michael Gwynn, Jack Gwillim, Laurence Naismith, Andrew Faulds, Nigel Green, John Cairney, Patrick Troughton.

Tráiler

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         Ray Harryhausen, mago de los magos, la consideraba su mejor obra. Ciertamente, Jasón y los argonautas, coproducción angloestadounidense basada en el mito griego de Jasón y el vellocino de oro, es una de sus películas más populares, cinta de culto para niños y mayores de muy distintas generaciones. Además, era de una de las primeras en superar la categorización de serie B, un punto más de distinción frente a un peplum que, por aquel 1963, era un subgénero de enorme tirón popular, muchas veces ligado a producciones europeas, fundamentalmente italianas, que sabían jugar bien con la espectacularidad de la construcción y destrucción de decorados. De hecho, la fundacional Hércules ya empleaba como excusa argumental la búsqueda del vellocino de oro. En cualquier caso, Jasón y los argonautas prolonga la senda aventurera y fantasiosa marcada por el creador angelino en Simbad y la princesa, campo abonado para imaginar monstruos y prodigios de todo orden. Descomunales autómatas de bronce, harpías, hidras, esqueletos vivientes, dioses caprichosos.

         Jasón y los argonautas sigue a grandes rasgos el relato legendario, lo que no le exime de tomarse notables licencias para realzar su fastuosidad visual aun a costa de los aspectos dramáticos más intensos del original. A medida que el filme aumenta el foco en los obstáculos colosales del héroe, se reduce la figura de Medea, auténtica llave maestra que aporta la salida a los aprietos imposibles y que, al mismo tiempo, desencadena muchos de los hechos más conflictivos o violentos del mito -los dilemas trágicos, su resolución expeditiva-. A ella se acercarán más tarde cineastas de prestigio como Pier Paolo Pasolini y Lars von Trier.

         La narración que desarrolla el asalariado Don Chaffey -un realizador esencialmente televisivo que había firmado capítulos de series referenciales como El prisionero o Los vengadoreses apresurada, casi torpe en su ansia de conducir la acción hasta las escenas con el sello de Harryhausen. Es notable la premura que muestran las primeras -incluido el repentino desenlace- en contraste con la mayor elaboración de las segundas, donde algunas, como la célebre lucha contra los esqueléticos espartos, podían implicar hasta cuatro meses de trabajo de animación. A igual nivel lucen las interpretaciones, donde la dejadez del grueso de los argonautas contrasta con la convicción de villano tronante que arroja Jack Gwillim con su rey Eetes o incluso el heterodoxo Hércules de Nigel Green.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

Rebelión a bordo

8 Jun

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Año: 1962.

Directores: Lewis Milestone, Carol Reed.

Reparto: Marlon Brando, Trevor Howard, Richard Harris, Tarita, Hugh Griffith, Richard Haydn, Percy Herbert, Duncan Lamont, Gordon Jackson, Chips Rafferty, Noel Purcell, Eddie Byrne, Frank Silvera.

Tráiler

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         Contratar a una superestrella no es una apuesta segura, bien es sabido. Y más cuando su carisma proviene del Método, con sus procedimientos obsesivos y sus tics aparentemente naturalistas pero siempre plegados a reforzar el lucimiento del actor.

Marlon Brando, consciente de su poder en el set de rodaje, no era una persona a la que se podía dirigir. Su comportamiento en Rebelión a bordo es uno de los ejemplos de ello, ya que, con sus caprichos, convertiría la producción en un infierno para los directores -primero Carol Reed, al que se enfrentó hasta su despido; luego al veterano Lewis Milestone, a quien ninguneaba y se imponía-; para el reparto -desde profesionales como Trevor Howard, ante quien se tapaba los oídos para no escuchar sus réplicas, hasta a admiradores suyos como Richard Harris-, y para el equipo en general -que debía someterse a sus designios, que iban desde cortar la escena cuando a él le apetecía hasta fletar aviones a Tahití para abastecer de lujos y alcohol sus parrandas polinesias-. Milestone, que jamás volvería a ponerse al frente de otro largometraje, calculó que el mito viviente generaría un coste de unos seis millones de dólares a la producción.

Y todo ello para que, finalmente, el público y la crítica hicieran mofa de su fingido acento británico, hasta el punto de acusarle poco menos que de sabotear la película. No obstante, Rebelión a bordo obtendría siete nominaciones a los Óscar en una edición que, en cualquier caso, quedaría dominada por Lawrence de Arabia.

         Rebelión a bordo es una superproducción que llevaba a la pantalla por cuarta vez el motín de la tripulación de la Bounty contra el tiránico mandato del capitán William Bligh, ocurrido en 1789 -todavía quedaría una quinta versión, Motín a bordo, dirigida por Roger Donaldson y con Anthony Hopkins y Mel Gibson liderando el elenco-. El boato de la recreación histórica no es óbice para el cuidado de las relaciones íntimas de los personajes y el retrato de la vida en cubierta, que se torna opresiva hasta estallar definitivamente en unas asfixiantes semanas de tormenta en el Cabo de Hornos, contraste abrupto frente a la calidez y la sensualidad que se respirará luego durante la aparente tregua de Tahití.

Aunque esta ambición quizás derive en un metraje excesivamente dilatado y descompensado -probablemente por los citados avatares de la producción-, de este modo se consigue una evocadora ambientación al mismo tiempo que se perfila adecuadamente la distancia entre Bligh (Howard) y la marinería. La cuña que los separa agresivamente proviene un mando cruel que, dentro de una misión antiépica -transportar unos esquejes de árbol del pan a Jamaica para nutrir a una mano de obra esclava que luego se negaría en redondo a comer tal cosa y de hecho también se amotinarían por ello-, parece atender a unas obcecadas razones maquiavélicas, pero razones al fin y al cabo, y cuya presencia perdura incluso cuando desaparece del plano.

En paralelo, divo y etéreo a uno y otro lado de la cámara, los aires que Brando le confiere a este segundo oficial Fletcher Christian componen un retrato ambiguo y equívoco que resulta bastante sugerente en su contraposición con el rocoso e inflexible Bligh. Aunque, en cambio, no termina de funcionar en el desenlace de la obra.

         Al menos, Brando conoció y se casó con su tercera esposa, Tarita, con quien mantendría un también tormentoso matrimonio hasta 1972.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Mar de fondo

6 Sep

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Año: 1931.

Director: John Ford.

Reparto: George O’Brien, Marion Lessing, Steve Pendleton, Henry Victor, John Loder, Walter C. Kelly, Warren Hymer, Walter McGrail, Larry Kent, Mona Maris.

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          John Ford parecía sentir fascinación por los submarinos en el arranque de su andadura en el cine bélico. A comienzos de los años treinta, encadena la dirección de Tragedia submarina, una terrible historia de naufragios, y Mar de fondo, acerca de una misión secreta para hundir un sumergible alemán U-172 frente a las costas canarias en la Primera Guerra Mundial.

          Aunque todavía toscos y demasiado artificiosos, Mar de fondo muestra algunos rasgos dramáticos cercanos al concepto de heroicismo presente en la obra del autor, donde se conjuga el sentido del deber llevado hasta el sacrificio, la comicidad cotidiana del contingente militar tornado en familia -el humor como muestra de humanidad- y cierta pátina de melancolía que aparece incluso en la victoria. Por ejemplo, el Mike Costello que aquí interpreta Walter C. Kelly prefigura los contrapuntos cómicos que, más adelante, encarnará Victor McLaglen en el ocaso de su carrera, repletos de tempestuosidad irlandesa, batallitas fantasiosas, querencias etílicas y entrega tan abnegada como crítica. El patoso marinero Kaufman también pertenece a esta estirpe de bufones entrañables que aportan un toque de color al grueso de la tropa, aunque su desarrollo es tan primario, o el conjunto que le rodea está tan acartonado, que su función no se completa adecuadamente.

El dibujo de los personajes de Mar de fondo es demasiado romo, consecuencia de un guion -firmado por Dudley Nichols, un habitual de Ford y ya coautor del libreto de la citada Tragedia submarina– no exento de importantes lagunas -el incomprensible entierro flotante, la ingenuidad de unos alemanes a los que se les suponía debidamente informados- y con pegotes tan abrumadoramente innecesarios como cursileros -la subtrama romántica inconstante y sin pies ni cabeza, a la que al menos se esconde en un segundo plano-. En cambio, mejor fortuna corre el retrato digno del enemigo, dueño también de sentido de la camaradería y del honor, de sentimientos y motivaciones -¡si hasta preguntan preocupados por su madre!-. La guerra en el mar siempre ha gozado de una reputación de mayor caballerosidad que los cruentos combates en tierra firme.

          En lo relativo al estilo visual del filme, algo semejante ocurre con una puesta en escena por lo general un tanto plana, convencionalidad que se rompe con la crudeza de algunos momentos próximos al verismo documental, en incursiones exóticas como la pintoresca y seductora escena de baile en la taberna y, especialmente, en el dramatismo contenido que se respira durante la resistencia frente al bombardeo, expuesta con una acción bastante elemental pero un gran dominio de la tensión narrativa.

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Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

Master and Commander: Al otro lado del mundo

4 Ago

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Año: 2003.

Director: Peter Weir.

Reparto: Russell Crowe, Paul Bettany, Max Pirkis, James D’Arcy, Robert Pugh, David Threlfall, Lee Ingleby, Max Benitz, Bryan Dick, Chris Larkin, Billy Boyd.

Tráiler

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          La guerra en el mar parece gozar de un aura romántica de la que el combate en tierra firme carece. En ella no comparece el barro de la trinchera, el encontronazo desesperado entre batallones que se masacran entre sangre y mugre. Su lucha se libra en espacios abiertos e infinitos, bajo el limpio empuje de unos elementos que se tragan de inmediato a los que perecen, entre contingentes reducidos que parecen preservar códigos de honor y de reconocimiento mutuo desvanecidos sobre el campo de batalla terrestre, todo histeria y degradación -si acaso, cabría mencionar como excepción justas singulares como la que entablan los francotiradores de Enemigo a las puertas-.

Algo así reflejaban Michael Powell y Emeric Pressburger en La batalla del río de la Plata, un duelo donde sobrevivía una noción de caballerosidad entre combatientes a pesar de estar basada nada menos que en un episodio de la Segunda Guerra Mundial, el horror absoluto. Y algo de ello se percibe también en Master and Commander: Al otro lado del mundo, donde la persecución y huida recíproca entre la fragata británica Surprise y el buque de guerra francés Achelon, enfrentados por los avatares de las Guerras napoleónicas, deja a su paso evidentes paralelismos entre ambos contrincantes -“lucha como tú, Jack”- y cierta sensación de respeto recíproco, casi deportivo, dentro de una lid eterna.

          El filme se inspira en la serie de novelas históricas y náuticas de Patrick O’Brian protagonizadas por el capitán Jack ‘Lucky’ Aubrey y el naturalista y cirujano Stephen Maturin, aquí encarnados por Russell Crowe y Paul Bettany, respectivamente -quienes por cierto venían de triunfar como cabezas de cartel de la oscarizada Una mente maravillosa-. Master and Commander hace gala de abundante documentación para describir la vida cotidiana a bordo del navío con minucioso realismo, aunque insertándola asimismo como parte de la aventura. Esto se debe a que esta faceta a priori accesoria le sirve a Peter Weir para ir dibujando la personalidad, los vínculos y los rituales comunitarios que dan cuerpo a este colectivo en estrecha convivencia.

De este modo, dentro de la acción aventurera -la navegación y la contienda, quizás un tanto confusa en ocasiones-, la psicología de los personajes tampoco queda descuidada -los contrastes de la camaradería, la lealtad, la hostilidad y la volatilidad de la tripulación; el escepticismo racionalista de Maturin, intermediario del espectador para conocer los detalles de la jerga naval y ofrecer un punto de vista más moderno de la odisea; la complejidad de Aubrey, un hombre bajo la sombra del héroe Horatio Nelson, atado al deber con el Almirantazgo y sus hombres, al orgullo propio, a su leyenda afortunada, a la tentación de la hibris…-. Rasgos dramáticos que aportan madurez a la obra, en conclusión.

          No obstante, el verismo de la realización de Weir se combina con elementos propios del fantástico y el terror para crear suspense, en concordancia con el sobrenombre de “fantasma” que recibe el barco enemigo, el cual emerge de improviso desde las profundidades de un banco de niebla o aparece al acecho empleando el punto de vista subjetivo.

El conjunto se completa además con una reconstrucción histórica sobre un tiempo en el que el descubrimiento de la maravilla -el trabajo como biólogo de Maturin, con manifiestos ecos darwinianos; los avances técnicos, aunque sean de aplicación bélica- están aún en conflicto con pulsiones arcaicas -las supersticiones marineras, la defensa del autoritarismo como garantía del orden social-, lo que configura un doble escenario de lucha: el marcial y el científico.

          El resultado es una película muy equilibrada, de agradecido sentido aventurero, fundada sobre principios adultos y elaborados; estimulante en su ambientación y aderezada con detalles reflexivos de interés.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Dunkerque

26 Jul

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Año: 2017.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: Fionn Whitehead, Aneurin Barnard, Mark Rylance, Barry Keoghan, Tom Glynn-Carney, Cillian Murphy, Tom Hardy, Jack Lowden, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles.

Tráiler

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         Como prestigioso director de blockbusters, el estilo narrativo de Christopher Nolan tiende al encadenamiento constante y la acumulación de escenas climáticas, a la construcción de colosales arquitecturas de montaje cuyos ramales colisionan entre sí a ritmo trepidante. El frenesí bélico, por tanto, semeja campo abonado para la aplicación de esta estructura de altas revoluciones, de tensión límite sostenida con tiralíneas.

En este sentido, Dunkerque reconstruye esta batalla y evacuación aliada en la Segunda Guerra Mundial frente al entonces imparable enemigo nazi utilizando como plantilla el esquema que Nolan aplicaba en la operación central de Origen, donde tres capas del subconsciente, desplegadas en diferentes espacios temporales, convergían a contrarreloj en dirección a un mismo objetivo. Y es similar asimismo a la que se desarrollaba a través de distintas dimensiones espaciotemporales en la todavía más ambiciosa Interstellar. Esto es, tres escenarios -el espigón de la ciudad sitiada, la travesía de una embarcación de ocio levada para el rescate del contingente y la misión de un avión de combate de la RAF; tierra, mar y aire- que avanzan de dificultad en dificultad, de peligro en peligro, de imposible en imposible, hasta el desenlace ansiado, mientras desde la banda sonora de Hans Zimmer -traductor musical del torbellino gramatical del cineasta británico- no deja de sonar el tictac del cronómetro.

         Desde el primer momento, Dunkerque apabulla al espectador y lo empuja contra la butaca. El caos, bien organizado visualmente, eleva la adrenalina a la par que el instinto de supervivencia mueve al soldado raso o que el templado aviador persigue, derriba y escapa de los stukas alemanes. El sonido es ensordecedor, los proyectiles parecen caer en la sala y las balas rebotar en sus paredes. El suelo tiembla con los estallidos y también con el ritmo y el volumen creciente de la partitura del compositor alemán. La guerra como espectáculo. Dunkerque es una película tremendamente dinámica. Nolan hace gala de su férreo dominio del tempo y el montaje, que coordina y encaja al milímetro este rompecabezas de tres caras. Su pretensión apunta a sentir la batalla, no tanto a crear un marco reflexivo entorno a ella. Quizás por esta razón, debajo del ruido y la furia -y del entretenimiento-, hay cierta sensación de vacío, de ausencia de alma.

         Si la aparatosidad formal y conceptual de Interstellar servía para exponer un discurso sensiblero, en Dunkerque el apartado humano, más allá de apuntes sobre el salvajismo del hombre reducido a bestia que intenta salvar su pellejo, es más escaso que contenido. O, mejor dicho, cuando aparece es un tanto tópico -la abnegación del piloto Farrier- o directamente pueril -el pequeño George, orgulloso de hacer algo verdaderamente grande, personificación del sacrificio civil británico en el conflicto-.

La obra agradece que, con relativa honestidad, el guion no abunde en exceso en melodramatismos heroicos -dejando de lado el enfático alegato final- y que, por encima de ello, el tercio de la playa consiga arrojar imágenes de inquietante, penetrante y fantasmagórica desesperación -el episodio del amanecer que sigue al torpedeo del barco de rescate-. Protagonizada por Fionn Whitehead -un actor que parece sacado del Free Cinema-, es esta la trama más sugerente y con mayores posibilidades -cinematográficas y filosóficas-, sobre todo en comparación con todo lo que ocurre a bordo del bote de recreo, a pesar de que cuenta aquí con la sólida presencia de Mark Rylance. Pero al compartir metraje con los otros dos segmentos, su potencial se diluye en parte y desaprovecha.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

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