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Underground

29 May

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Año: 1995.

Director: Emir Kusturika.

Reparto: Miki ManojlovicLazar Ristovski, Mirjana Jokovic, Slavko Stimac, Ernst Stötzner, Srdjan Todorovic, Mirjana Karanovic, Mirena Pavlovic, Danilo Stojkovic, Bora Todorovic, Davor Dujmovic.

Tráiler

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           “El juego de las fronteras es tal en mi país que todas las generaciones que me siguen, han nacido en un país y muerto en otro sin cambiar de lugar. Somos el lugar donde mueren todos los imperios. La Roma antigua, el Imperio Otomano, el Imperio Austro-Húngaro se han estrellado en los Balcanes. Es por lo que no creo que nadie en Occidente pueda comprender verdaderamente lo que pasa allí abajo”, explicaba Emir Kusturika en una entrevista. Creador fascinado por la problemática existencia y la idiosincrasia de Yugoslavia, a la que reivindica como su auténtica patria, Kusturica se adentraba con Underground, siempre desde su irrenunciable prisma particular, en las cloacas de la historia reciente del extinto país balcánico, cuyos turbulentos episodios aportaban el fondo de escenario de ¿Te acuerdas de Dolly Bell? y en mayor medida Papá está en viaje de negocios -ambientadas en la Sarajevo de los sesenta y en el cisma con la Unión Soviética de Iósif Stalin a finales de los cuarenta, respectivamente-, y que de nuevo cobrarán protagonismo en La vida es un milagro -recreación privada de las Guerras yugoslavas-.

           En Underground, el tono de la narración lo delimitará el primer intertítulo, que abre el metraje con un explícito “Érase una vez…” La ternura ambigua del cuento tradicional como forma de aproximación a una realidad atroz y violenta. La fantasía como filtro intermediario del contexto hostil. El juego con la dualidad compone uno de los rasgos definitorios del cosmos autoral de Kusturica, cuyas películas suelen caminar sobre una tenue frontera que separa el costumbrismo del surrealismo y en la que el símbolo desempeña un papel primordial para la exposición del discurso. Una ambivalencia que, por extensión, el realizador aplica a su Yugoslavia doliente, admirable y despreciable, hermosa y caótica. Enclavada entre Oriente y Occidente, entre Rusia y el Mediterráneo, perteneciente a todas ellas y a ninguna, la geografía parece en sí misma un factor determinante en este irresoluble y desgarrado dilema balcánico, al que incluso insignes estadistas como Otto von Bismarck renunciaron a comprender no sin antes advertir acerca de la peligrosidad que semejante polvorín entrañaba para la estabilidad del continente.

           Distribuida en tres capítulos más un epílogo que abarcan desde 1941 hasta 1994 –Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría y Guerras yugoslavas-, Underground se vertebra a través del duelo entre dos camaradas, Marko (Miki Manojlovic) y Negro (Lazar Ristovski), y del conflicto entre dos mundos paralelos: la Yugoslavia bajo la dictadura de Josip Broz ‘Tito’, héroe de la resistencia partisana contra el invasor nazi, y el sótano de Marko donde, mediante engaños, permanecen recluidos Negro y su gente, ignorantes de que la lucha ha terminado. Por supuesto, también existen bisagras y rendijas entre ellos, como Natalija (Mirjana Jokovic), la actriz de teatro que, como cierre del triángulo amoroso entre ambos amigos, ejerce de espita para el estallido del argumento, o hasta el propio Tito, férreo pater patriae que todo lo controla. Underground es así un relato de amor que se entrelaza y aparea con un relato de guerra en el seno de una historia que, proclamará la conclusión, “no tiene fin”.

           El mensaje es meridiano: la ignorancia como herramienta de sometimiento, común a cualquier nación y periodo. La falaz construcción de los mitos nacionales, los muertos ocultos en el armario y la corrupción subterránea que transcurre bajo la piel de un Occidente ahíto de autocomplacencia. Concebido a partir de una idea de Dusan Kovacevic -otro de los integrantes del denominado Grupo de Praga yugoslavo y partícipe de la incipiente corriente crítica hacia el titoísmo agonizante en los ochenta merced a la comedia El espía de los Balcanes-, el guion no ahorra golpes contra el régimen comunista local, respetado en el Primer Mundo por su orgullosa independencia frente al ogro soviético. La equivalencia entre afiliarse al Partido e ingresar en el prostíbulo, la correspondencia entre partisanos y gánsteres, la canción Lili Marlene emparentando las imágenes de archivo de la ocupación nazi y los funerales del Mariscal.

           Furibundo y desencantado, Kusturica combate la rabia que le provoca la revisión de pasado y presente por medio de su dionisíaco sentido de la épica. Los fotogramas, engarzados al arrollador compás que marca el folk romaní de Goran Bregovic, hacen equilibrios a un solo paso del delirio. Kusturica -y con él Underground, sus personajes y Yugoslavia-, danza y danza febrilmente en un sinsentido que, por desgracia, es por completo real. El cuidador del zoológico llora incrédulo en su retorno a la superficie porque, por arte de brujería, su Yugoslavia ya no existe. “Putos fascistas y putos comunistas”, concluye el atormentado Negro, modificando su mantra político para adaptarlo a un horror inhumano, ininteligible y eterno donde, a causa de su desolador abandono nacional y afectivo, decidirá servirse únicamente a sí mismo, su patria individual.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7.

Un día perfecto

1 Sep

“Una de las consecuencias de la guerra es que priva al hombre de su propio combate individual.” 

François Truffaut

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Un día perfecto

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Un día perfecto

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Año: 2015.

Director: Fernando León de Aranoa.

Reparto: Benicio del Toro, Tim Robbins, Olga Kurylenko, Mélanie Thierry, Fedja Stukan, Eldar Residovic, Sergi López.

Tráiler

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           Fernando León de Aranoa, firme defensor en contra la opinión popular de que no sobran sino que faltan películas sobre la Guerra Civil Española, conoce el valor de la anécdota para esclarecer el descomunal y catastrófico absurdo que esconde toda guerra fratricida, esté ambientada en las dos Españas de los años treinta o en los mil y un Balcanes de los noventa. Un absurdo que el cine -que no puede transportar por completo a la sala la histeria de la desesperación más atroz ni el penetrante hedor de la muerte-, incluso permite que pase por humorístico, regodeándose en la esencia patética de la cuestión. Pongamos por caso La vaquilla –y no es casual: en la presente los bovinos protagonizarán su también gag particular-.

           Estandarte del realismo social español, tan concentrado en su voluntad de denuncia que le supuso perder de vista la verosimilitud esencial en sus panegíricos acerca del marginal superviviente contra las injusticias de la sociedad, León de Aranoa ensaya con Un día perfecto un salto internacional que atañe tanto al argumento –las aventuras de un grupo de cooperantes de fontanería en el polvorín de las Guerras Yugoslavascomo en la producción, encabezada en el reparto por estrellas de elevado caché como Benicio del Toro, Tim Robbins y Olga Kurylenko.

Y, a partir de una anécdota –la imposibilidad de extraer un cadáver de un pozo de agua en un pueblo montañoso durante las postrimerías del conflicto, el periodo más propicio para la afloración del sinsentido-, se propone realizar un fresco cercano y humano de la última conflagración sangrienta en el territorio de la civilizada Europa. Un escenario ajeno a cualquier tipo de lógica y en el que la tarea más sencilla y sensata se convierte en una piedra de Sísifo que, a causa de su peso inclemente, potenciado por la mala sangre de la masa humana, la estulticia de una burocracia que hasta dista de ser bienintencionada en su ingenuidad –o ignorancia-, y, en definitiva, de la idiotez del mundo contemporáneo, es capaz de arrasar sin miramientos el aguante de cualquier idealista que se precie.

           Quizás el cambio al inglés ha permitido que el director y guionista recupere el pulso, la naturalidad y hasta el filo ocasional de sus diálogos, sin pretender alcanzar esas sentencias y parábolas ampulosas y excesivamente elaboradas marca de la casa que tanto pecaban de impostura –hay puntuales recaídas pero, eso sí, son menos pomposas- . El calzador se aplicará aquí a algunas piezas de la banda sonora del viaje, en especial al uso que se le da al Sweet Dreams de Marilyn Manson. La situación en sí misma es lo suficientemente elocuente como para no requerir subrayador, por lo que León de Aranoa se concentra en el desarrollo de las relaciones entre personajes, ensilladas en la estructura de road movie de la obra y de tibios hálitos westernianos de la mano sus dos llaneros solitarios de vuelta de todo, ejemplo de esa camaradería característica providencial en la filmografía del madrileño.

Esta dimensión humana y personal se erige así en el discurso clamoroso de la obra contra la deshumanización de la guerra y, asimismo, en lo más destacable de la función, a pesar de la coja construcción del personaje de Kurylenko, que tiene como efecto secundario el desfondamiento de algunas escenas en las que cobra papel principal. Por fortuna, la presencia de Del Toro y su buena química con Robbins ejerce de adecuado contrapeso.

           El cóctel de comedia irónica y drama bélico combina con sabor y sin demasiadas estridencias. Esto es, sin dejarse seducir por los cantos de sirena del tremendismo sentimental o de la bufonada fuera de tono. Pero asimismo, en oposición, Un día perfecto tampoco resulta una cinta especialmente incisiva en el aspecto político-bélico y le queda un retrato de la coyuntura a vuelapluma, bosquejado con loables intenciones pero poco más que eso. Entre los tópicos manidos –la inoperancia o la necedad de la ONU, principalmente-, sobrevuelan hallazgos que, al menos, dejan cierta huella propia, como la diferenciación entre los tipos de humor regionales.

Por su parte, las emociones, con ese citado autocontrol del cineasta, no chirrían, cosa que siempre es de agradecer, pero tampoco estallan y su rabia visceral permanece inusualmente contenida. Es así que, entonces, la película, aunque estimable, disfrutable y querible, permanece pequeña, temerosa -probablemente porque León de Aranoa ha chocado contra paredes de granito en sus últimos intentos-, a la hora de tirar la puerta debajo de una patada. Al contrario que La vaquilla.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

La vida es un milagro

8 May

“La región de los Balcanes tiene la tendencia de producir más historia de la que puede consumir.” 

Winston Churchill 

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La vida es un milagro

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La vida es un milagro

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Año: 2004.

Director: Emir Kusturica.

Reparto: Slavko Stimac, Natasha Solak, Vuk Kostic, Vesna Trivalic, Aleksandar Bercek, Stribor Kusturica, Nikola Kojo, Branislav Lalevic, Mirjana Karanovic, Davor Janjic.

Filme

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            En cierta manera, Emir Kusturica recoge en La vida es un milagro el tema y la sensibilidad, respectivamente, de sus dos largometrajes anteriores: Underground y Gato negro, gato blanco. Como la primera, el cineasta retorna a la Guerra de los Balcanes donde tanta polémica política encontraría a causa de su particular visión del conflicto y de la agonizante Yugoslavia. Y como la segunda, apostará por la felicidad y la búsqueda de los sueños como vía para escapar del horror circundante.

Porque, a pesar de los bombardeos que asedian su estación de tren en las montañas de la frontera serbobosnia, Luka Djukic (Slavko Stimac), el ingeniero procedente de Belgrado pero naturalizado en el lugar, mide su existencia a partir de su empeño en concluir la línea férrea entre ambas regiones y a partir del naciente romance con la joven musulmana Samaha (Natasha Solak), capturada para su intercambio con el hijo de Luka, Milos (Vuk Kostic), a quien el reclutamiento militar ha interrumpido su fichaje por el Partizán de Belgrado.

            Kusturica dibuja la sangrienta fractura yugoslava mediante el símbolo y la caricatura: el tren imposible, las bestias que vienen de Croacia, la correspondencia partidos deportivos y  batallas bélicas; Milos emulando al encolerizado Zvonimir Boban del Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja de mayo de 1990 –“inicio” no oficial de las guerras yugoslavas-, la alusión a Romeo y Julieta con el recuerdo de fondo los jóvenes que morían abrazados bajo el fuego de un francotirador en Sarajevo,… Metáforas siempre contrapuestas a la épica voluntad de unión -con sus idas y venidas-, que personifican Luka y Samaha: superior a razas, identidades nacionales e ideologías políticas.

Con todo, a pesar del tono predominantemente entusiasta del filme –y un tanto ingenuo, dado el punto de vista de Luka-, el director y guionista no prescinde de reflejar las atrocidades del contexto, por mucho en su mayoría estén barnizadas con un amargo humor negro a través del cual, incluso, se avanzan males futuros como esa generación de “patriotas y empresarios” que hará fortuna en el país una vez concluida la debacle, tal y como se veía en Gato negro, gato blanco.

            Se trata, en definitiva, de un retorno al particular universo de Kusturica, donde lo que ocurre se halla a medio camino de la lógica y el surrealismo, de la ternura vigorizante y el dolor decepcionado. Un microcosmos extraño y reconocible que es dueño de una serie de motivos recurrentes –a los que por supuesto afecta el desgaste- y, asimismo, de unos defectos frecuentes como el desprecio de la concisión narrativa y, quizás, la falta de un paso adelante para rematar la construcción de los personajes, casi más acentuada que el complejo e inexplicable entorno cruel que les atrapa -si acaso, por su parte, afectado por una postura neutral que no logran romper ciertos villanos estridentes-.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Gato negro, gato blanco

7 May

“No hay diferencia en el humor en todo el mundo. El humor es humor, la risa es la risa. Si haces que el humor sea divertido, la gente se reirá.”

Jerry Lewis

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Gato negro, gato blanco

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Gato negro, gato blanco

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Año: 1998.

Director: Emir Kusturica.

Reparto: Florijan Ajdini, Branka Katic, Bajram Severdzan, Srdjan Todorovic, Zabit Memedov, Sabri Sulejmani, Jasar Destani, Salija Ibraimova, Ljubica Adzovic, Irfan Jagli, Miki Manojlovic.

Filme

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            Al mal tiempo buena cara. Para Emir Kusturica, nada mejor que una comedia para limpiar el sinsabor de las feroces críticas recibidas, en el aspecto político, por su cinematográficamente celebrada Underground, recibida con animadversión desde cada una de las partes desmembradas de su añorada Yugoslavia. Mientras sopesaba su retirada del séptimo arte, el cineasta fue alentando su creatividad tras volcar su interés sobre la música romaní. Un estudio que, a la postre, decidiría otorgar entidad dramática construyendo a partir de sus sugerencias una trama que, por fin, fructificaría en su película más paroxística y dionisíaca, Gato negro, gato blanco.

             “Life is just a simple game / Between up and down / Life is just a simple game / Makes things go around […] / What is up and what is down / Who will buy and who will sell / Heaven sometimes covers us / But sometimes it is hell”, canta en el tema Upside Down la No Smoking Orchestra, grupo musical del que Kusturica es guitarrista y compositor. Es decir, la constatación de la existencia humana entendida como un juego kármico que se debate entre la belleza y el dolor, el amor y la guerra, la comedia y la tragedia, la vida y la muerte, el Bien y el Mal. Un concepto, por otro lado, muy unido a la concepción histórica que el realizador de Sarajevo posee también de su extinto país.

Esta dualidad presente en su obra se magnifica simbólicamente en Gato negro, gato blanco ya desde su mismo título, alusión a la suerte ambigua que, en todo momento, se cierne sobre los personajes de esta fábula caótica que comprende enredos entre mafiosos paridos por el conflicto balcánico y timadores condenados a la derrota; duelos entre los nobles sentimientos y la mercantilización de las emociones ajenas; amistades que abarcan más allá de la tumba, y la lucha entre matrimonios concertados y amores platónicos –estos últimos, siempre tan damnificados por el fatalismo en la filmografía de Kusturica-.

             La fórmula, elevada a su máximo exponente, reacciona de forma explosiva. No hay un momento de respiro en la película, arrastrada por el galope de su delirante banda sonora, firmada precisamente por los muchachos de la No Smoking Orchestra. Excesiva, barroca y delirante por definición, casi a imitación de los delincuentuchos y estraperlistas horteras que transitan por sus fotogramas para incidir a favor o en contra de la épica amorosa de dos jóvenes amantes, Gato negro, gato blanco hace del kitsch y el estrés virtud y zarandea al espectador como si le hubieran soplado en la cara ese polvo blanco que Dadan (Srdan Todorovic), criminal de guerra reconvertido a gángster bailongo, guarda en el crucifijo enjoyado que cuelga de su pecho.

Enfervorecida en su baile en espiral, el filme posee potencial para irritar al más pintado y/o para transmitirle la inmensa ternura que desprenden los encuentros y desencuentros que depara asimismo el destino burlón.

             Uno, o se sube a cabalgar un gorrino –esa escena reciclada en vídeo viral que ni recordaba que pertenecía a esta cinta– para unirse al desfile de la vida y moverse al son demencial de la Bubamara, o queda arrollado por el ímpetu de Kusturica, decido, siguiendo esa tradición mediterránea que sintetizaría filosóficamente el griego Zorba, a plantarle cara a la adversidad danzando enloquecido.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

El tiempo de los gitanos

6 May

“El cine es un medio arriesgado, imperfecto y emocional, y todo esto debe, de alguna manera, sentirse en una película.”

David Fincher

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El tiempo de los gitanos

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El tiempo de los gitanos

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Año: 1989.

Director: Emir Kusturica.

Reparto: Davor Dujmovic, Bora Todorovic, Ljubica Adzovic, Sinolicka Trpkova, Husnija Hasinovic, Elvira Sali, Zabit Memedov, Suada Karisic.

Tráiler

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            Después de firmar dos tragicomedias costumbristas en las que el tono fabulesco barnizaba el crudo realismo propio del contexto político y social de los personajes, con El tiempo de los gitanos, Emir Kusturica daba un paso adelante y se adentraba en un realismo mágico a la balcánica que, en puridad, se ajusta perfectamente a la cosmovisión de los romaníes que protagonizan este pequeño cuento moral que, contradictoria y desaconsejablemente, se traduce de nuevo en un voluminoso metraje.

El Perhan (Davor Dujmovic) de El tiempo de los gitanos hereda en cierta manera la obsesión por la hipnosis del Dino de ¿Te acuerdas de Dolly Bell? y el sonambulismo del Malik de Papá está en viaje de negocios, prolongado aquí en unas habilidades telequinéticas que, por otro lado, le provienen de su abuela, prestigiosa curandera y encaladora del poblado chabolista donde habitan. En paralelo, Perhan recoge asimismo la incertidumbre característica de su etapa vital, marcada por su sangre bastarda, por el amor frustrado por una vecina (Sinolicka Trpkova), por la grave enfermedad de su hermana pequeña y por la necesidad de labrarse un futuro personal en medio de la miseria. 

            El argumento encadena así una serie de ritos de iniciación universales, envueltos en el drama social de este pueblo marginal y por lo general aparejados al desencanto, dueños además un patetismo existencial también común a cualquier adolescente de cualquier parte del mundo. Enhebrado con la combinación de crueldad y ternura que componen el estilo narrativo de Kusturica, el camino de Perhan, pese a sus nobles sentimientos, comienza a torcerse a medida que se adentra en el curso de las mafias que gestionan la mendicidad de niños y discapacitados en Italia, imagen del éxito y figuras de poder caciquil en el seno de la comunidad gitana. En consecuencia, el cineasta serbobosnio transforma los sueños bucólicos e idealizados del joven –el sueño de amor de la noche de San Jorge– en metáforas y alegorías más oscuras y funestas, encalladas en un paisaje lluvioso y desolado.

Se trata de detalles de fantasía que se corresponden con la ascendencia casi mitológica del protagonista –hijo de un encuentro entre una “ninfa” de hermosura legendaria y un soldado esloveno desconocido- y que se une al resto de trazos fabulosos del filme, que alcanzan su culminación a través del influjo de la superstición y la religión sobre las aventuras y desventuras de los personajes –las constantes menciones a Dios y el vano intento de hacer pactos con él, cuando en el prólogo se proclama que, en su descenso a la Tierra, el mismo Altísimo no había conseguido ponerse de acuerdo con los gitanos-. Guiños que se intercalan en la descarnada trama que compone el fondo del relato hasta el punto de introducir una serie de rimas simbólicas que dibujan una sensación de ciclo irrompible, casi una maldición eterna que pesa sobre los cíngaros.

            En comparación con el inflado desgarro y el brusco ascenso, caída y redención hacia el que conduce la historia, quizás los capítulos más sencillos y naturales de El tiempo de los gitanos sean los que más emociones despierten, caso la relación entre Perhan y su pavo –si bien recuerda a la británica Kes con un giro cómico y surrealista-, la ingenuidad y pasión de su anhelo romántico, esa reconocible iniciación a la vida adulta o la vida familiar alterada por el voluble temperamento de su tío, seductor por naturaleza, jugador sin fortuna y añorante de Alemania. Aparte, destaca el excelente empleo de la banda sonora, donde Goran Bregovic, líder del popularísimo grupo Bijelo Dugme y aquí en la primera de sus tres afortunadas colaboraciones con Kusturica, extrae inolvidables resonancias de la canción Ederlezi, versión romaní del Đurđevdan serbio, la citada fiesta de San Jorge, capital momento mágico de la obra.

 

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

Papá está en viaje de negocios

5 May

“La política es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe.” 

Paul Valery

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Papá está en viaje de negocios

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Papá está en viaje de negocios

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Año: 1985.

Director: Emir Kusturica.

Reparto: Moreno D’E Bartolli, Miki Manojlovic, Mirjana Karanovic, Davor Dujmovic, Pavle Vuisic, Mustafa Nadarevic, Mira Furlan, Slobodan Aligrudic, Emir Hadzihafizbegovic, Aco Djorcev, Amer Kapetanovic.

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           Ya desde el comienzo de su carrera, Emir Kusturica se convierte en uno de esos cineastas bendecidos por los festivales. Después de obtener el premio de la Fipresci y como mejor ópera prima en la Mostra de Venecia gracias a ¿Te acuerdas de Dolly Bell?, su primer largometraje para la pantalla grande, con su siguiente Papá está en viaje de negocios el joven realizador serbobosnio iniciaría su idilio con Cannes al coronarse con la Palma de oro del prestigioso certamen, prolongado con el galardón a mejor director por El tiempo de los gitanos y, de nuevo, la Palma de oro por Underground.

           Siempre interesado y comprometido con la conflictiva historia de la que considera su patria, Kusturica se retrotraería en esta ocasión al cambio de década entre los cuarenta y los cincuenta, instante en el que Yugoslavia rompía relaciones con la Unión Soviética de Josif Stalin, para investigar la influencia del régimen del mariscal Tito sobre una familia común de Sarajevo en la que el padre, empresario de clase media y adicto al Partido, caerá en desgracia a causa de un tibio comentario sobre una viñeta política.

           Si en ¿Te acuerdas de Dolly Bell? se analizaba el estado del volátil país desde la Sarajevo de los sesenta y la perspectiva de un adolescente en plena encrucijada existencial, en Papá está en viaje de negocios el punto de vista narrativo pertenece al benjamín de la casa; inocente, curioso y desenfadado por tanto.

A pesar del exceso de minutaje que lastra a la obra, el argumento conjuga con equilibrio el relato costumbrista y la exposición del opresivo clima político del periodo -infectado hasta la médula por las delaciones, traiciones, destierros, temores y coerciones-, con el entrañable desarrollo de las vivencias personales del chaval –la importancia de la pelota de fútbol, el primer amor, la pérdida de la inocencia sentimental, casi alegórica a la que experimenta la familia en el plano político-.

           De este modo, confluyen en sus fotogramas emociones contrapuestas, expresadas con veracidad y una notable empatía, a la vez que se intercalan lúcidas sentencias que desnudan el problemático contexto histórico yugoslavo, algunas de ellas dueñas de una estimable capacidad resonancia a través del tiempo y la distancia –“Todo es dinero; con las arcas vacías no existe la democracia”-. Un turbio drama nacional que se compensa así con una desencantada lectura satírica y el delicado empleo del humor, tierno pero en absoluto amable.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

¿Te acuerdas de Dolly Bell?

1 May

“Y eso es el cine. Nada más que una prolongación de la infancia donde todo el mundo quiere ser más libre, todos quieren ser poderosos, todos quieren ser tan irresistiblemente atractivos como uno se pueda aguantar. O todo el mundo quiere tener camaradería y ser comprendido.”

Marlon Brando

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¿Te acuerdas de Dolly Bell?

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Te acuerdas de Dolly Bell

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Año: 1981.

Director: Emir Kusturica.

Reparto: Slavko Stimac, Slobodan Aligrudic, Ljiljiana Blagojevic, Mirsad Zulic, Mira Banjac, Boro Stjepanovic, Pavle Vujisic.

Tráiler

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            No importan la latitud o la altitud. Cualquier adolescente, de cualquier parte del mundo, tiene derecho a experimentar al menos un verano decisivo en su vida. Esta premisa tan cinematográfica es la que auspiciará el primer largometraje para el cine de Emir Kusturica, ¿Te acuerdas de Dolly Bell?. Será una puesta de largo propicia: el filme obtendría el premio de la Fipresci y el de mejor ópera prima en el festival de Venecia.

            Germen de su filmografía venidera, ¿Te acuerdas Dolly Bell? es una película donde conviven a partes iguales el costumbrismo y el surrealismo, el folklore y la fantasía, el humor y el drama, la vida y la muerte. Enclavada por su parte a medio camino entre Oriente y Occidente, la Sarajevo de los años sesenta, intermediada por los ojos de Dino (Slavko Stimac) -un chaval que se debate entre la pequeña delincuencia y la música, entre la ortodoxa doctrina marxista de su padre y las sugerencias metafísicas del hipnotismo, entre la infancia y la edad adulta-, esta Yugoslavia exótica se convierte sin embargo en un espacio tan extraño como reconocible. Aparte de las complejísimas particularidades del territorio balcánico, parece subyacer un sustrato común mediterráneo –felliniano, si se prefiere- que convierte el contexto vital de Dino, sus arquetipos locales y sus conductas existenciales, en un escenario extrapolable incluso a aquí mismo.

            Kusturica, que a buen seguro había rescatado numerosas vivencias privadas para conformar el guion y los personajes, narra con mirada tierna y comprensiva las aventuras y desventuras del adolescente enfrentado al amor y la muerte por primera vez, si bien no renuncia a infiltrar en sus anhelos y desvelos una maliciosa ironía, trazos de parodia político-cultural y hasta destellos de humor negro.

Se trata todavía de una obra algo deslavazada y dispersa, con el uso del montaje y elipsis un tanto brusco, pero ¿Te acuerdas de Dolly Bell? arroja ya una poderosa cosmovisión particular y una vigorosa sensibilidad personal a la hora de abordar los conflictos sociales, históricos y humanos de su tierra y que se irá desarrollando -y exagerando- a medida que avance su trayectoria como cineasta.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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