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Las zapatillas rojas

28 Feb

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Año: 1948.

Directores: Michael Powell, Emerich Pressburger.

Reparto: Anton Walbrook, Moira Shearer, Marius Goring, Léonide Massine, Albert Bassermann, Esmond Knight, Robert Helpmann, Ludmila Tchérina, Eric Berry.

Tráiler

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         Origen no ha inventado nada con sus estratos de realidad múltiples y convergentes. Las zapatillas rojas es un ballet cinematográfico-operístico que, a su vez, reproduce sobre las tablas figurada y literalmente el ballet de idéntico nombre, inspirado en el cuento homónimo de Hans Christian Andersen, el cual, en una tercera profundización, traspasa los límites del escenario y se transforma, durante un acto de cuarto de hora de pura magia visual, en un ballet en sí mismo, desligado del espacio y el tiempo de la narración.

A través de estos tres niveles de representación, Michael Powell y Emerich Pressburger -este último también firmante del guion-, encadenan sendos juegos con la ambición y la maldición del talento; con el enfrentamiento en contradicciones internas entre las ambiciones y los deseos; con el poder y el amor -que, en cierta manera, es otra forma de poder-.

         Intermediados por Jack Cardiff en la dirección de fotografía, The Archers despliegan su torrencial sentido del color para insuflar un aliento de cuento tradicional, cercano a lo fantástico, a este triángulo amoroso -un motivo muy presente en su filmografía- que se dirime al son de la música, impelido por los pasos de la danza. Una tragedia romántica y artística más grande que la propia vida que estalla en Technicolor de tres tiras.

         Este relato sencillo, que conduce a una conclusión demasiado brusca, queda así ensalzado por la imaginación y el talento visual de los cineastas. Powell y Pressburger exaltan las revoluciones fabulosas, oníricas y pesadillescas de la historia, las cuales trascienden plasmadas a través de una percepción por momentos alterada, que transgrede lo posible y se adentra en lo misterioso, lo sobrenatural.

De ahí extraen la verdadera potencia del filme; la esencia de la disyuntiva y del hechizo mítico y trágico al que se enfrentan sus personajes, condenados a vagar en las soledades de una sombra sin amor, a escoger entre la rutilante luz del éxito escénico y la realización sentimental. Un conflicto desesperado, prácticamente irracional, planteado desde un prisma puramente sensorial, y por tanto mucho más sugerente que sus cuitas y resoluciones terrenales.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota de blog: 7,5.

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Chicago años 30

13 Dic

Cineasta frágil, de descomunal sensibilidad y romanticismo, Nicholas Ray buscaría refugio en las majors tras una mala racha artística. A pesar de que, para su infortunio, solo encuentra un guion ya cerrado, Chicago años 30 conecta directamente con su alma desencantada aunque henchida de pasión, en perpetua huida de una sociedad hostil y violenta. Para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Danzad, danzad, malditos

17 Abr

“Hubo un tiempo, en los años treinta, en que no había guerra: la guerra consistía en sobrevivir a una economía horrible en una época en la que no existía un Estado de bienestar, no recibías nada. Cuando te arruinabas, te arruinabas.”

Clint Eastwood

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Danzad, danzad, malditos

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Danzad, danzad, malditos

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Año: 1969.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Jane Fonda, Michael Sarrazin, Susannah York, Gig Young, Red Buttons, Bonnie Bedelia, Bruce Dern, Michael Conrad, Robert Fields, Allyn Ann McLerie, Al Lewis.

Tráiler

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           Brazos en alto, con el rostro desfigurado por el dolor, de cara frente a una avalancha humana que se le viene encima, el protagonista de Y el mundo marcha, película de 1928 firmada por King Vidor, imploraba al mundo que se detuviera para poder bajarse de él, arrollado como estaba por la masa y por el sueño americano. En Danzad, danzad, malditos, el joven y aparentemente ingenuo Robert (Michael Sarrazin), se sube en movimiento a este tiovivo incesante, alimentado con hombres, sueños e ideales, sellando su participación en un colosal maratón de baile que promete alcanzar varios meses de duración –con descansos de diez minutos cada dos horas- a cambio de una irresistible recompensa.

           Adaptación de la novela ¿Acaso no matan a los caballos? de Horace McCoy, en Danzad, danzad, malditos la vida misma –en concreto la vida en los Estados Unidos postrados por la Gran Depresión– se hace alegoría en esta competición demencial, delirante y paroxística donde la dignidad, la humanidad y la salud física y mental se prostituyen por la promesa de un premio de 1.500 dólares. Descarnada y certera como un gancho a la mandíbula, la película disecciona la podredumbre que, después del Crack de 1929, había dejado al descubierto la raída alfombra americana de las falsas promesas de enriquecimiento universal y las oportunidades para quien se las trabaja.

           Sydney Pollack exhibe garra desde la dirección para encerrar al espectador en una espiral obsesiva que se cierne sobre esta malsana, frenética claustrofóbica pista de baile de la que solo parece poder salirse con los pies por delante, si bien aligerada con la dosificación de escenas en flash forward que van sumando dosis de intriga y fatalismo al desarrollo argumental. A la par que la imagen de los actores, el filme se torna cada vez más agresivo, más pegajoso, más incómodo.

En su progresiva y desesperanzada enajenación, ni siquiera queda a salvo el romanticismo terminal que el séptimo arte suele reservar para los perdedores. Los contendientes en este concurso amañando por odiosos titiriteros –cínicos intermediarios del supuesto público soberano, en realidad legitimadores del juego trucado por el poder competente-, son seres desgarradoramente patéticos. Sin embargo, su patetismo quizás no proceda de su naturaleza, sino que ha sido impuesto por el yugo de un colectivo entregado al egoísmo, a la depredación del semejante y a la conquista del bien privado en detrimento del bien común, como en realidad promulga la lógica turbocapitalista de estos Estados Unidos donde los sueños de prosperidad van a morir a la costa del Pacífico; a un vertedero de charlatanes falaces, luminarias brillantes, shows espectaculares y aberrante ostentación que, como no puede ser de otra manera, encuentra en Hollywood su Meca particular.

           Una exaltación del espíritu americano puesta en negativo –las bombillas rojas, blancas y azules que coronan el terrible desenlace como punto culminante- que, además, sirve para conectar este cine, esta otra crisis, con otra depresión económica, con otro cine presente: el de cintas como Mátalos suavemente o Dolor y dinero.

No es el único aspecto gracias al cual Danzad, danzad, malditos adquiere una vigencia absoluta. La misma esencia del concurso se emparenta con el espectáculo de la miseria –“un derecho para los ciudadanos, que la quieren ver para sentirse mejor”- que cualquiera observará al encender la televisión, incluso hábilmente sufragada y promovida por el poder público. La civilización siempre necesitó grotescos bufones para ignorar sus propias deformidades. Podríamos estar peor, susurran al oído.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

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