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Tess

15 Feb

“Natassja es una chica muy fuerte e inteligente, aunque también se deja manipular con mucha facilidad. Yo siempre le digo que tiene una cara tan mágica y sensual que por eso no necesita mostrar el cuerpo para nada, que millones de chicas pueden tener cuerpos muy bonitos, pero nunca un rostro con esa expresividad y ese encanto sombrío. Si no tuviera ese encanto y esa elegancia, estaría acabada.”

Ruth Brigitte Tocki

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Tess

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Tess.

Año: 1979.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Natassja Kinski, Peter Firth, Leigh Lawson, John Collin, Rosemary Martin.

Tráiler

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            Una historia que comienza con una puesta de sol y concluye con un amanecer. Así se entiende la desdichada vida de Tess Durbeyfield, también conocida como Teresa D’Uberville; una joven marcada por dos estigmas: su belleza natural y su descubierto e inesperado linaje aristocrático.

            Inspirado por una recomendación de su mujer Sharon Tate -asesinada por La Familia diez años atrás-, Roman Polanski adapta la novela Tess, la de los d’Uberville, de Thomas Hardy, para componer la biografía de una muchacha atrapada en la infelicidad a causa de las cadenas impuestas por la sociedad británica de finales del siglo XIX.

            Tess dibuja el fresco de una Inglaterra decadente e inmersa en un continuo cambio –los ecos y réplicas de las revoluciones industriales-, donde los antiguos apellidos nobiliarios del país, recalcitrante baluarte del clasismo social, yacen sepultos bajo tierra, en posesión de míseros braceros o subastados a los nuevos ricos del lugar.

Tess, ni aristócrata ni campesina o ambas cosas al mismo tiempo –significativo el cruce de caminos donde comienza el filme-, es una mujer desplazada en lo social, lo económico y lo sentimental, zarandeada por la voluntad caprichosa de los hombres que caen en el hechizo involuntario de su hermosura, los cuales aunque antitéticos –señorito venido a más uno, comunista de buena familia otro-, se amparan por igual en los seculares mecanismos de la civilización patriarcal para dar satisfacción a sus tropelías amorosas.

            Polanski desarrolla un relato en el que el preciosismo de su puesta en escena –cuidada recreación histórica, impresionantes escenarios boscosos y rurales, detallista composición en los interiores, espléndida fotografía de Ghislain Cloquet y Geoffrey Unsworth-, tan solo a la par de la refulgente belleza de Natassja Kinski, se establece en contraste directo con la amargura que predomina en su argumento.

El cineasta polaco aligera el voluminoso metraje de la película por medio de un montaje ágil y el empleo de extensas y elegantes elipsis, a través de las que engarza el desarrollo de la narración. Aun así, el peso de los minutos, causa y efecto de la ocasional sensación de agotamiento que produce el permanente e interminable calvario de Tess, es el principal escollo de este intenso melodrama.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

El capital

13 Jul

Costa-Gavras contra el turbocapitalismo, originalmente en CINEARCHIVO.
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Arcadia

6 Jul

“En cada tragedia existe una parte de comedia, que es la que permite que aún haya hueco para la esperanza.”

Constantin Costa-Gavras

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Arcadia

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Arcadia

Año: 2005.

Director: Constantin Costa-Gavras.

Reparto: José García, Karin Viard, Geordy Monfils, Christa Theret, Ulrich Tukur, Olivier Gourmet.

Tráiler

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            Se barruntaba la deriva. Concursante, Los lunes al sol, cualquier película de Ken Loach,… El ultracapitalismo y la maquiavélica cultura del éxito económico, promulgada poco más de una década antes por despreciable profetas como Gordon Gekko, estaba aquí para hacernos pagar la libra de carne. La nuestra propia o la del vecino, según quién sobreviviese a la selección natural del mercado. Películas como Glengarry Glen Rose, El método, American Psycho y Arcadia ya nos lo advirtieron, con mayor o menor delicadeza. En el caso de estas dos últimas, la competitividad a ultranza favorecida por el sistema económico imperante equivale al asesinato en serie. Para el triunfo de uno mismo, no debe quedar ningún otro en pie.

            Aunque herido por la crítica durante sus últimas escaramuzas, Constantin Costa-Gavras retornaba al frente de batalla con Arcadia para denunciar el sometimiento de los valores y los sentimientos humanos a los crueles e inflexibles dictados del capitalismo extremo –discurso que terminará de rematar siete años después en su reciente El capital-.

A partir de un texto del estadounidense Donald E. Westlake, referente contemporáneo de la novela negra, Costa-Gavras plantea la descomposición moral del ciudadano común en el contexto de una organización económica global desprovista de frenos legales, éticos o culturales –los medios de comunicación, parte del problema, dirigidos a la exportación de sexo, lujo y violencia como forma de vida- y que demanda egoísmo fanático e individualismo radical como ineludible principio de supervivencia en una guerra sin cuartel contra el prójimo.

            Bruno Davert (José García, hijo de emigrantes españoles), exempleado de la agonizante industria papelera, deduce con brillantez que su camino al éxito no se encuentra en enviar currículums originales recitados por nuestros abuelos o elaborar videopresentaciones cantando en el metro de Barcelona, sino en eliminar físicamente a sus enemigos por el puesto vacante. La clase media, insultada y minusvalorada, sola ante el peligro en una sociedad de voraces caníbales.

            Honesto hasta la médula con sus ideales, el veterano cineasta greco-francés se enfunda sus guantes de humor negro –los que sacan al contrincante medias sonrisas amargas en vez de carcajadas-, y pega duro y con rabia. El atribulado protagonista nunca deja de ser, en su torpeza de asesino novel y su postura teleológica en su camino hacia la prosperidad y felicidad de su familia, un tipo corriente en el que identificarse y hacia el que sentir compasión.

No obstante, a Arcadia le faltan unos gramos de contundencia y le sobran unos cuantos minutos, lo que hace que se resienta su agilidad como comedia. Demasiados currículums por destruir en su descenso al infierno, itinerario paralelo y equivalente a su ascenso laboral.

            En todo caso, aprovechable mirada hacia la rampante miseria económica y moral de Occidente.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

Margin Call

5 Jul

“La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de evolución. La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amor, de dinero; es lo que ha marcado la vida de la humanidad.”

Gordon Gekko (Wall Street)

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Margin Call

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Margin Call

Año: 2011.

Director: J.C. Chandor.

Reparto: Zachary Quinto, Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Demi Moore, Simon Baker, Penn Badgley, Stanley Tucci.

Tráiler

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            Es curioso: en Hollywood es el cine independiente, gracias a su tradicional libertad, quien ha abierto la veda para la narración de la presente crisis económica, de resultados globales pero de orígenes inequívocamente estadounidenses.

Dado que la mayoría de producciones indie no son más que derivaciones de los grandes estudios, dueños de su distribución, cabe mencionar aquí el impulso realizado desde los sectores comprometidos de la izquierda de la industria, punto de apoyo para la obra personal de cineastas con poca experiencia –John Wells, realizador de televisión casi en exclusiva, en The Company Men; J.C. Chandor, debutante en el largometraje, aquí- pero con ganas de radiografiar la situación legada por el cataclismo económico.

             Si The Company Men, precedente por algunos meses, retrataba las consecuencias, Margin Call opta en cambio por filmar la crónica del apocalipsis. Un trauma que tiene una fecha de comienzo cierta: la noche en la que a un currante supernumerario de una superempresa de compraventa de acciones –un Goldman Sachs, diríamos-, el destino se le revela en forma de gráficos llenos de amenazadores números rojos y acentuadas líneas descendentes. La música que cesa de sonar.

            Desde un comienzo frío, sobre todo a causa de su poco elegante tendencia a lo discursivo, Margin Call va sumando capas a su análisis a medida que escala pisos y jerarquías dentro del mastodóntico rascacielos del conglomerado de especulación, orgulloso titán de acero que desde las alturas mira con desprecio al mismo Nueva York, megalópolis imperturbable e indiferente (o ignorante) en la que, a su vez, se encuentra integrado.

La atmósfera del filme se hiela según cae la noche, destilada por una música grave que otorga al filme un permanente tono luctuoso –a veces afectado en exceso- a juego con el aterrador anuncio que describe.

            Chandor, que conoce el universo de las empresas de inversión gracias a que su padre trabajó durante más de tres décadas en Merril Lynch, apunta como principal responsable del colapso a la ausencia de cualquier tipo de código ético, externo o interno; a los altos ejecutivos aferrados en su mediocridad a burdos timos de la estampita, y a la sociedad en general, educada en la posesión y el consumo como medio y fin de la felicidad.

John Tuld (Jeremy Irons), rey en las alturas y hombre tras la cortina que contribuye a la prosperidad sin límites de la nación, no deja de ser una versión aún más exitosa de aquel infame Gordon Gekko que nació como personificación de la codicia y como crítica a los desmanes de Wall Street, y terminó convirtiéndose en icono e inspiración de varias generaciones de financieros. Como señala él mismo, no es más que la orgullosa e inmutable cima de un ciclo eterno, consabido e hipócritamente asumido. El ciclo irrompible del dinero, un invento artificial elevado a deidad que ni se crea, ni se destruye.

            La necesidad de explicar tecnicismos resta poder a una denuncia que resulta más interesante cuando trata de desentrañar los mecanismos económicos y humanos que componen un entramado leviatánico, absurdo e inmoral. Y aquí, la mayor virtud de Margin Call son esos momentos en los que, apoyada en la labor de en un selecto elenco, logra hacer creíbles a sus personajes. Es decir, cuando pone a ras de suelo a esos semidioses sobrerremunerados, los aísla del Mercado, ese ente abstracto en constante exigencia de sacrificios cruentos, habitualmente empleado a modo de superficial cortapisa –imposible no recordar la vigencia aquella escena de Las uvas de la ira, rodada en 1940-, y revela su vulgar contenido de corrupción, cultivada durante largos años de desregularización legal y deontológica.

            No siempre tiene fortuna en su intento, pero cuanto menos sí apunta lucidez y credibilidad en su mirada a ese burdo casino en el que se decide la suerte económica del planeta.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Golpe de efecto

24 Mar

“—No me llames ‘jefe’, no soy tu jefe, así que deja de llamarme así.

—Si dejo de llamarle jefe, ¿me enseñará?

—No.

—Pues entonces seguiré llamándole ‘jefe’.”

Frankie Dunn y Maggie Fitzgerald (Million Dollar Baby)

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Golpe de efecto

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Golpe de efecto

Año: 2012.

Director: Robert Lorenz.

Reparto: Clint Eastwood, Amy Adams, Justin Timberlake, John Goodman, Matthew Lillard, Joe Massingill, Robert Patrick.

Tráiler

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              Le habíamos dado ya por perdido para la actuación después del testamentario Walt Kowalski de la magnífica Gran Torino, pero el viejo Clint regresaba del más allá interpretativo por motivos generosos, para dar la alternativa a su fiel ayudante de dirección Robert Lorenz, partícipe en hasta ocho proyectos del californiano, el último de ellos Million Dollar Baby.

Razones no le faltaban a Eastwood para impulsar el proyecto de su pupilo, porque ¿acaso Golpe de efecto habría tenido igual repercusión o merecería siquiera el visionado si no fuera por la presencia de este poderoso tótem viviente? Probablemente no.

             Golpe de efecto es una cinta acomodaticia y almibarada, un filme de riesgo cero –lo que constituye un riesgo en sí mismo- amoldado, por excesivo respeto o por incapacidad de volar más lejos, a las enormes hechuras de su estrella protagonista, hasta el punto de componer un vehículo de lucimiento para un Clint que, efectivamente, se luce, ya que con los años, en contra de las múltiples acusaciones que arrastró en su día sobre su talento, ha ganado sabiduría interpretativa a manos llenas.

Conoce a la perfección sus registros, sus puntos fuertes, sus debilidades y sabe explotar todas las virtudes que, maestro del aprendizaje, ha sabido aunar a lo largo de su dilatada experiencia, con el añadido además de contar a su favor con personajes fabricados a la medida, en el presente caso su más reciente molde de tipo duro al final del camino, lacónico e imponente, con el rostro y el alma revestido de insondables arrugas y cicatrices.

             Es decir, que el veterano actor ofrece en Golpe de efecto una nueva muestra de postrera y crepuscular destrucción de sus arquetipos de éxito; una repetición del William Munny de Sin perdón en última, reivindicativa y redentora misión, del Harry Callahan postjubilación de Gran Torino, del padre postizo, reacio de sacar a la luz sus emociones más profundas y, por ello, con deudas de afecto que saldar de Million Dollar Baby.

Pero donde Clint hacía rebosar taciturna, viril, seca y tristona mala leche, así como una demoledora capacidad para conmover por la grandeza fordiana de su pequeñez, la película de Lorenz se muestra convencional e incluso cursi, como una tímida imitación del maestro.

Mientras Eastwood porta en solitario, sobre sus anchas espaldas, con la carga, cada vez más pesada, del alma de una película hecha con plantilla, estos defectos se irán incrementando progresivamente hasta un desenlace sonrojante a causa del guion del también novel Randy Brown. El libreto sabe sacar partido puntual a los dobles sentidos de sus diálogos –con tendencia, todo sea dicho, a abusar del recurso- pero, por contra, evidencia una manifiesta torpeza a la hora de componer y reflejar los resortes emocionales del relato y su resolución, así como en el dibujo de algún personaje secundario, con el ejemplo claro de ese perdedor encarnado por Justin Timberlake, más empalagoso que encantador.

             Lorenz, que al menos hereda el agradecido estilo sobrio de su mentor –salvando las distancias, puesto que su clasicismo se transforma en academicismo por momentos-, propone en definitiva un melifluo melodrama paternofilial ambientado en las ligas regionales del béisbol –submundo pobre pero honrado en su día, defenestrado ahora por los delirios de la fama televisiva de quince minutos-, territorio en el que un anciano ojeador con problemas oculares (Eastwood) comparte carretera, sacrificios y reencuentros con su hija (Amy Adams, sólida réplica para la leyenda).

De la mano del protagonista, un recalcitrante anacronismo, el drama familiar se combina con la defensa a gritos de la experiencia y el factor humano, acosado por ordenadores con mucha memoria y poco cerebro, asépticas estadísticas en papel y conversaciones mediadas por blackberrys y manos libres. Es decir, que Golpe de efecto se sitúa como el reverso romántico –deportivamente hablando- de la fascinante Moneyball, aunque, paradojas del cine, la comunión que uno experimenta con el mensaje de cada cinta es diametralmente opuesta a la calidad de la película como tal.

             Así, variando la pregunta formulada en el encabezamiento, ¿alcanzaría Golpe de efecto el aprobado en este blog de no ser por el carisma del viejo Clint, héroe personal? Lo dudo mucho.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

En la ciudad sin límites

2 Dic

“No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos.”

Friedrich Schiller

 

 

En la ciudad sin límites

 

En la ciudad sin límites

Año: 2002.

Director: Antonio Hernández.

Reparto: Leonardo Sbaraglia, Fernando Fernán Gómez, Ana Fernández, Geraldine Chaplin, Roberto Álvarez, Adriana Ozores, Àlex CasanovasLeticia Brédice, Alfredo Alcón.

Tráiler

 

 

            Surgida a partir de un sentimiento de deuda contraído hacia su padre, Antonio Hernández, solvente artesano de cine y televisión y, en demasiadas ocasiones, al servicio de naderías o proyectos fallidos en la gran pantalla, entregaba con En la ciudad sin límites su obra más personal y más lograda.

            En la ciudad sin límite es una película que, bajo sus formas de thriller, esconde un intenso drama de corte familiar articulado entorno a la agonía por cáncer del patriarca, próspero dueño de unos laboratorios farmacéuticos (Fernando Fernán Gómez), que sirve como punto de encuentro en París para una familia disfuncional compuesta por la ambiciosa y rígida esposa (Geraldine Chaplin), el hijo pusilánime (Roberto Álvarez), el heredero arribista (Àlex Casanovas) y el benjamín ausente (Leonardo Sbaraglia).

Una familia sobre la que se ciernen fantasmas pasados y presentes en forma de engaños, insatisfacciones, rencores, infidelidades, envidias, gélidas pugnas económicas y ardientes y profundas desafecciones.

            Pero en el fondo, sobre todas las cosas, prima la relación de complicidad entre Sbaraglia, sugerida prolongación del propio director, y Fernán Gómez. Una complicidad obligada por ese sentimiento de deuda filial pero a la vez honesta y entregada, y que lleva a recorrer los misterios de la capital francesa siguiendo la estela dictada por la mente senil, enajenada y llena de remordimientos de un anciano con la perentoria necesidad de cerrar las heridas mal curadas de su pasado, de agotar su vida en paz consigo mismo, siendo fiel, aunque sea en el último suspiro, a su propio corazón.

            Hernández, también guionista, apuesta por la tesis de la sinceridad sentimental y la capacidad de perdonar como receta imposible pero inexcusable para una existencia realizada, expuesta en un relato bien narrado, que saca buen partido de su arquitectura de filme de intriga, consiguiendo con ella llevar a su terreno al espectador mediante el entretenimiento, siempre sin renunciar a dibujar con gusto, sutileza y creíble emoción las relaciones entre los personajes, para introducirlo finalmente en un drama sentimental igual de convincente en sus pretensiones.

            A ello se añade el encomiable trabajo del reparto en general, en el que brilla con luz propia, con el carisma y el coraje intacto a través del tiempo, el inimitable Fernando Fernán Gómez.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

El bazar de las sorpresas

29 Oct

“Ninguno de nosotros creía que lo que hacíamos fuera más que una efímera forma de entretenimiento. Sólo Ernst Lubitsch sabía que estábamos haciendo arte.”

John Ford

 

 

El bazar de las sorpresas

 

Año: 1940.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: James Stewart, Margaret Sullavan, Frank Morgan, Felix Bressart, Joseph Schildkraut, William Tracy, Sara Haden, Inez Courtney.

Tráiler

 

 

            Parece mentira, visto desde la actualidad, que un género devastado por la cursilería, el conservadurismo, la obviedad, la gratuidad, la prefabricación y la mediocridad, en definitiva, como la comedia romántica pueda haber sido en algún tiempo pasado un prodigio de gusto, sutileza y emociones al mismo tiempo veladas y explosivas. Claro, que hablamos de Ernst Lubitsch, palabras mayores, considerado padre de la comedia sofisticada, firmante de películas con un fondo de una riqueza y complejidad inabarcable, dibujado con pinceladas tan imperceptibles como intensas.

             Poco importa que El bazar de las sorpresas supere los 80 años de edad. El Budapest que trata de sacar la cabeza y recuperar la dignidad tras la crisis de 1929 es un mundo reconocible, especialmente a día de hoy. Es este el marco en el que se encuadra, como una parte más de un conjunto que registra la vida cotidiana y el sentir de la sociedad del momento, el romance entre Alfred Kralik (James Stewart, impecable como siempre) honesto y un tanto estirado jefe de ventas, y la recién llegada Klara Novak (una acertada Margaret Sullavan), una chica atractiva, chispeante y altanera.

             El relato confluyente de amor secreto y odio declarado entre ambos -mil veces imitada y por ello algo predecible, sin que aún así merme su calidad- transcurre pleno de encanto, ternura, sensibilidad y elegancia, sin caer nunca en lo ñoño o en excesos melodramáticos baratos, sin carcajadas pero con una sonrisa perpetua y con unos tiempos perfectamente calibrados por el realizador germano, integrado a la perfección en ese contexto dramático en el que el libreto de Samson Raphaelson (uno de los guionistas de confianza del berlinés, con nueve colaboraciones en total, adaptando la pieza teatral de Miklós László) dosifica con tino, inteligencia y mesura unas dosis de acidez y amargura que aportan una sutil y soterrada complejidad a ese aspecto engañosamente leve y delicado del filme.

Una negra sombra, en este caso, que crea un verdadero impacto subconsciente, oculto en el trasfondo, derivado del reflejo de una sociedad a la que la desesperación económica logra sacar lo peor de sí misma –la hipocresía y el arribismo, personificada en el personaje de Varnas (Joseph Schildkraut); la desconfianza, la deshumanización de personajes esencialmente positivos pero arrollados y confusos por las circunstancias, como el caso del entrañable señor Matuschek (enorme Frank Morgan)-. Una tendencia negativa a la que se ha de combatir con el tesón de una humanidad firme e incólume como la del honrado y paciente hasta lo testarudo Kralik o Pirovitch (Felix Bressart, adorable robaplanos que completa una plana principal que ofrece unas interpretaciones de auténtico lujo).

             Volviendo a tiempos contemporáneos, los insulsos Tom Hanks y Meg Ryan protagonizarán la presunta modernización de El bazar de las sorpresas en Tienes un e-mail. Pero, inevitablemente, es el remake el que parece avejentado en comparación con su precedente.

Un indicativo: para Lubitsch es la película favorita de entre las que dirigió.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9.

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