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Los indeseables

2 Jul

“A los grandes actores no se les dirige, se les mira.”

Michel Simon

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Los indeseables

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Los indeseables

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Año: 1972.

Director: Stuart Rosenberg.

Reparto: Paul Newman, Lee Marvin, Strother Martin, Wayne Rogers, Héctor Elizondo, Gregory Sierra, Christine Belford, Kelly Jean Peters, Fred Graham, Matt Clark.

Filme

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            Un duelo colosal entre Paul Newman y Lee Marvin. Un western contemporáneo en el que los tiznes de crepuscularidad, que arrojan contra la cuneta del mal llamando progreso al vaquero encadenado a su palabra, las primeras impresiones y unos principios inquebrantables, se tornan en una comedia de corte vitalista, entregada al viaje ininterrumpido como expresión de la existencia. Hay que seguir en movimiento para rebelarse y superar las adversidades porque, en realidad, sin sueños ni dinero, tampoco hay nada más que hacer, canta la dulce Carole King en la apertura del filme.

            Los indeseables es una película con mimbres indudablemente atractivos y un potencial romántico y melancólico en absoluto desdeñable. Pero, después de verla, a uno le queda la sensación de que, a pesar de ello, la película no consigue explosionar y hacer buena esa ascendencia lírica y existencialista que, en cambio, permanecerá latente en el apacible y entrañable transcurso del metraje.

Se puede paladear su genuino sabor en los diálogos de camaradería anacrónica entre Jim Kane (Newman), un cowboy chapado a la antigua y sin un duro en el bolsillo, embarcado por ello en la compra de unos novillos para rodeo que huele a estafa a kilómetros, y Leonard (Marvin), su agente comercial e incitador a la parranda en las cálidas, decadentes y ladinas tierras mexicanas. Pero el ambiente general, liviano e indolente, no termina de recibir la dosis de tensión que exigía el filme para cristalizar su pasión intrínseca y erigirse como gran obra.

            A lo largo del camino de los dos amigos por las fincas polvorientas al otro lado de la frontera y entre las torres de cristal y acero en el propio, la libertad proscrita del viejo Oeste se funde con su renovación cinematográfica, la road movie, para subirse a los anchos hombros de unos Newman y Marvin poco o nada dirigidos, tan sueltos y anárquicos como los insertos jazzísticos de la banda sonora. Las mayores chispas de energía brotan de la colisión entre estos monstruos de la escena, sobreactuados y alborozados, en especial si se compara con un transcurso del relato marcado por un ritmo parsimonioso hasta la languidez ocasional, que deja fluir los acontecimientos mientras parece observarlos recostado en el porche, con los pies en alto y el sombrero calado sobre los ojos.

En Los indeseables, el protagonista ya no dispone una vía Chisholm que abrir, como en la mitológica e impetuosa Río Rojo, sino que su mayor reconocimiento recae en un apodo de mofa, ‘el expreso de Chihuahua’. Es la resignación por la muerte de la épica ganadera, que no se decanta ni por la furia elegíaca, ni por el desencanto, ni por la pesadumbre agónica, ni por la revisión crítica presente en el western coetáneo. Jim Kane prefiere continuar sin un duro en el bolsillo, siempre en movimiento, siempre tratando de romper con su suerte acabada.

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Nota IMDB: 5,4.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6.

Cuarenta pistolas

9 Jun

“Cuando uno se encuentra ante una película de Fuller, uno se encuentra ante la esencia del cine. La película como emoción. Las obras de Fuller conmueven de forma compulsiva, violenta. Justo como la existencia cuando es vivida con pasión.”

Martin Scorsese

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Cuarenta pistolas

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Cuarenta pistolas

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Año: 1957.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Barry Sullivan, Barbara Stanwyck, Dean Jagger, John Ericson, Gene Barry, Robert Dix, Eve BrentHank Worden.

Filme 

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             Una tranquila carreta entra en escena y atraviesa el inmenso y solitario paisaje. Avanza aletargada en dirección a un pueblo cuando de improviso, interrumpiendo su vagar, irrumpe el estrépito, la tierra tiembla y los caballos se alborotan, anticipados por la imagen retumbante de una miríada de cascos que galopan. Como una aparición mitológica, surge un caballo blanco; y a lomos del caballo blanco, una mujer. Tras ella, la estela monstruosa de cuarenta jinetes desbocados, que atraviesan el páramo dejando en a su paso el polvo airado, los ecos de su furia y la mirada incrédula de los recién llegados. Una vez en el pueblo de destino, y ante una multitud de hombres que cavilan obnubilados y en silencio, un tipo canta una tonada acerca de “la mujer del látigo”, dueña y señora de estos parajes dejados de la mano de Dios. “Quién pudiera domarla”, se pregunta, insinuando que, en el fondo, la mujer del látigo guarda en secreto redentores sentimientos femeninos.

             Samuel Fuller, director y guionista de la obra, retorna al western con Cuarenta pistolas para descerrajar una película visceral y poderosa que retrata el encuentro entre un hombre y una mujer pertenecientes al terreno de la leyenda y cautivos en un universo que se desmorona a su alrededor, arrastrándolos con ellos en su condición de hijos de unos tiempos agonizantes en los que el mismísimo John Chisum (aquí el peculiar Hank Worden) es ya pasto de la ceguera y presa de la irreverencia inconsciente de la juventud. Así, la carta de presentación –es decir, la síntesis visual de esta mitología que les antecede y define- había sido esta demencial cabalgada en el caso de la cacique objeto de canciones fascinadas (Barbara Stanwyck). Ahora, la de él (Barry Sullivan), un hombre que es su trabajo –cazador de peligrosos forajidos según unos, asesino en nómina del Estado según otros-, consiste en un pausado desfile: su duelo contra el joven y bravucón pistolero del lugar, a quien derrota simplemente con la fuerza de su mirada y el aplomo de su zancada hasta derribarlo de un puñetazo, sin necesidad siquiera de desenfundar.

             Cuarenta pistolas plantea un intenso y estimulante relato elegíaco sobre la construcción del territorio, además de una sentida loa al arma, herramienta de la que Fuller era declarado admirador. El arma, pues, se convierte en imagen de la muerte y de la vida, del sexo y del amor, impregnada en el simbolismo de unos diálogos de atrevidas resonancias sensuales, en las sombras que cubren ciertos planos, en la adopción de la mirilla de un rifle como marco para apuntar contra un objetivo amoroso. También es, por añadidura, un elemento detonante y conductor de la intriga y el conflicto que se desarrolla a la par que la trama romántica entre Jessica Drummond y Griff Bonnell, antagonistas en el argumento pero idénticos en su ser; dioses ancestrales a punto de caer en el olvido de los ingratos mortales; individuos frágiles, atormentados por sus actos pasados y por la incertidumbre de su porvenir.

             La frugalidad de la producción no condena la elegancia de la puesta en escena, beneficiada por una hermosa fotografía nocturna y, principalmente, por el impetuoso sentido narrativo del cineasta, ajeno a convencionalismos –sorprendente el irremisible y destemplado tiroteo final-, entregado a las emociones de unos personajes vivos, palpitantes.

Fuller muestra mayor resolución en la tarea de impregnar en la atmósfera la irreparable decadencia de este ambiguo matriarcado, independiente y a conquistar, determinante en la forja de la nación, que en la captura de la crepuscularidad consciente de este pistolero con reminiscencias de Wyatt Earp, civilizador del territorio salvaje por la fuerza de su voluntad, y en esta ocasión más dependiente de lo que digan las líneas de guion que de las sugerencias de los fotogramas, quizás en correspondencia con el insuficiente peso en pantalla de Sullivan y, en cambio, las excelentes prestaciones de una otoñal y melancólica Stanwyck.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7,5.

Arizona Baby

5 Jun

“De mayor quiero ser uno de los hermanos Coen.”

Bonnie Williams

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Arizona Baby

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Arizona Baby

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Año: 1987.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Nicolas Cage, Holly Hunter, Trey Wilson, John Goodman, William Forsythe, Sam McMurray, Frances McDormand, Randall ‘Tex’ Cobb, T.J. Kuhn.

Tráiler

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            Después de sorprender con Sangre fácil, su debut en el séptimo arte, Joel y Ethan Coen viraban el rumbo de su filmografía hasta la comedia, un territorio donde no acostumbran a mostrar lo mejor de sí mismos –a excepción de la gloriosa El gran Lebowski– a pesar de que el irónico tono de cuento y el humor cándido en apariencia pero iconoclasta en el fondo que acostumbra a barnizar la inmensa mayoría de sus proyectos, constituyendo de hecho uno de los rasgos definitorios de su estilo.

            Arizona Baby demuestra que los Coen son una banda aparte y que su cine no pertenece a este mundo de Hollywood.

A través del caso de secuestro de un bebé por parte de un desastroso ex presidiario (Nicolas Cage) y su pequeña y testaruda mujer, ex agente de policía (Holly Hunter), los hermanos llevan a cabo uno de sus ejercicios de voladura de los Estados Unidos de anuncio propagandístico y el sueño americano empleando como bola de demolición, al estilo de los luchadores de kárate, las armas del propio enemigo. Es decir, esa imagen idealizada y naif de la América rural y familiar que conserva los colores sólidos y la estética publicitaria.

Un amigable decorado tras el que, en realidad, se esconde un mundo mezquino y cutre donde habita una caterva de entrañables botarates, chiflados y miserables los cuales, pese a su inclinación al egoísmo cerril o el delito -única opción para alcanzar los anhelos prometidos por el país de las oportunidades dentro de un mundo real que les rechaza sin piedad-, son más peligrosos para ellos mismos que para la sociedad.

De ahí que sus actos criminales acaben reducidos al ‘slapstick‘ de dibujos animados, enredados en una espiral desenfrenada repleta de personajes disparatados y extravagantes, puro Looney Tunes. Un terreno a la medida del histrionismo de Cage, apropiado protagonista del entuerto.

            Aunque irregular y en ocasiones pasada de vueltas, Arizona Baby, comedia simpática y carismática, derrocha frescura e imaginación, además de manifestar con rotundidad la particular personalidad del cine de los Coen.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Ruta suicida

5 Sep

“Yo solo hago las películas y luego funcionan como funcionan. Si a la gente le gustan es bonito y si no les gusta, pues mala suerte”

Clint Eastwood

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Ruta suicida

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Ruta suicida.

Año: 1977.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Sondra Locke, Pat Hingle, William Prince, Michael Cavanaugh.

Tráiler

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            Clint también tenía que pagar facturas. Embarcado en su aprendizaje como cineasta, aun sin el reconocimiento unánime de la crítica pese contar en su haber con producciones tan recomendables como Infierno de cobardes o El fuera de la ley, Eastwood alternará proyectos personales y arriesgados junto con otros destinados a cosechar buenos números en taquilla, amparado en su prestigio como héroe de acción.

Si en el western tendía a reciclar su personaje característico del fantasmagórico hombre sin nombre leoniano, en el presente género recurrirá a experimentar con diversas metamorfosis del no menos icónico Harry Callahan. El hombre de justicia todopoderoso, implacable y marginal.

            En Ruta suicida -obvio miembro del segundo de los citados grupos-, Eastwood queda a cargo de trasladar a la única testigo disponible contra la mafia (Sondra Locke, su lánguida musa y amante) en una carrera mortal contra los despiadados gángsters de Las Vegas y, además, un estamento policial reducido a la condición de despersonalizada arma ejecutora en manos de un putrefacto laberinto de dirigentes corruptos.

            Cinta alimenticia y ramplona donde las haya, Ruta suicida sustenta su apuesta sobre la acción de aguerrida violencia de los setenta, aderezada en este caso con variaciones tonales típicas de las ‘road movies’ románticas y las ‘screwball commedies’. Notas de humor que se plasmarán incluso en el póster promocional del filme, firmado por el ilustrador Frank Franzetta -leyenda de la espada y brujería-, y en especial al carácter de las escenas de tiroteo, hiperbólicas hasta la parodia –alguna interpretación cogida por los pelos apuntará a ellas como representación alegórica de la Guerra de Vietnam-.

El libreto se transforma entonces en un simple vehículo de lucimiento de la estrella protagonista, destinado a satisfacer por la vía rápida y sin miramientos las servidumbres populares derivadas de su imagen de tipo duro, al mismo tiempo que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, le garantiza un legitimado y confortable punto de encuentro con Locke. No se encuentra otra explicación aparte de esta mera excusa, porque por mucho que se emperre el bueno de Clint, la actriz carece del magnetismo suficiente como para subyugar en esos papeles de mujeres fascinantes por su vulnerabilidad o su inopinada fortaleza que el californiano solía regalarle.

            En lo que respecta a la trama, frente a un notable cúmulo de incongruencias y despropósitos lógicos que acechan tanto a detalles nimios como a cuestiones de peso, se puede mirar en cambio con cierta benevolencia a esa figura de macho alfa mucho más vulnerable y patético de lo que trata de aparentar con su pose chulesca y desdeñosa –similar proceso desmitificador se repetirá en la frecuentemente malinterpretada El sargento de hierro-. Asimismo, la amarga visión de la policía como garante de la ley –que no de la justicia-, característica de esta cínica y desilusionada década, deja elementos de reflexión a pesar del imprescindible proceso de redención personal -colectiva, por extensión- emprendido por el protagonista.

             Sumado a ello, el férreo rodaje de la acción, el consistente ritmo y por supuesto el carisma de Clint permite salvar una película que, de otro modo, caería sin remedio en el cajón de los suspensos gordos.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5.

La diligencia

30 Jul

“Me llamo John Ford y hago películas del Oeste.”

John Ford

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La diligencia

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La diligencia

Año: 1939.

Director: John Ford.

Reparto: John Wayne, Claire Trevor, Andy Devine,  John Carradine, Thomas Mitchell, Louise Platt, George Bancroft, Donald Meek, Berton Churchill, Tim Holt, Tom Tyler.

Filme

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            En 1939, año de oro para el cine en general, el western, territorio por definición del séptimo arte, se hacía mayor de edad. Quién si no John Ford, tótem absoluto del género, sería el responsable de iniciarle definitivamente en su etapa adulta.

            La diligencia se erige entonces como hito fundamental en la travesía del cine del Oeste, ciclópeo punto de referencia a partir del cual deja de considerarse una simple atracción de feria, una recreación para el divertimento de un público poco exigente, y comienza a configurarse como un espacio universal en el que dirimir las luces y sombras del ser humano, un horizonte mítico donde exponer y diseccionar los grandes dilemas de la humanidad.

Puro arte, tragedia, filosofía.

            El espectáculo, no obstante, seguía ahí. A lo largo de su metraje, La diligencia mantiene como generador de tensión la amenaza invisible del apache sobre ese carruaje que sirve prácticamente de único escenario. Sin embargo, la verdadera fuerza del filme reside precisamente en el interior del modesto vehículo, donde un memorable conjunto de personajes, dibujados con minuciosidad de genio e interpretados por un reparto mayúsculo, descerrajan sentencias que hacen temblar los cimientos y las convenciones mismas del western, del cine y de la sociedad del momento.

            En este universo revolucionado y convulso que presenta Ford, nos encontramos con que el héroe es un forajido con sed de venganza, la heroína y modelo de virtud es una prostituta expulsada a la fuerza de la ciudad por una turbamulta de inmaculada devoción cristiana, mientras que el filósofo conocedor del alma humana no escruta la realidad por medio de libros y discusiones eruditas, sino a través del cristalino culo de una botella de whiskey a medio vaciar.

Por el contrario, ocupando el asiento de enfrente, los guardianes de la decencia no son más civilizados que el indio salvaje, los impolutos caballeros sureños son torturados rufianes que disparan por la espalda –sorprendente traición de Ford a su tópica Arcadia sureña, tantas veces añorada-, el sheriff navega por un proceloso mar de dudas y los banqueros airados exigen orden público y claman por la libertad de mercado para robar jornales ajenos a manos llenas –contundente avance de la crítica social que el cineasta hibernoestadounidense exprimirá aún con mayor compromiso y virulencia en Las uvas de la ira-.

            La inquietud provocada por el peligroso escenario que atraviesa la diligencia –el sobrecogedor y espectral Monument Valley que acabaría siendo coto privado del director-, la tormentosa y abisal vertiente intimista del relato y ese suspense sostenido que promete un clímax de violencia, romance y redención quedan uncidos por la mano de hierro y el guante de seda de Ford, maestro indiscutible en el arte de la narración.

Abrumadora complejidad expuesta con la máxima sencillez. Una mezcla de acción contenida y desatada confluyente en un crescendo de intensidad progresiva, un cúmulo imponente e inigualable de corrosivo azufre esparcido a puñetazos, delicado lirismo desbordado de sentimiento y combativos e incorruptibles ideales humanos.

            La diligencia, en definitiva, es una colosal piedra angular. Un clásico imperecedero.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9,5.

Giro al infierno

28 May

“Jennifer López perjudicó mi carrera.”

Ben Affleck

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Giro al infierno

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Giro al infiernoAño: 1997.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Sean Penn, Jennifer López, Nick Nolte, Powers Boothe, Billy Bob Thornton, Joaquin Phoenix, Claire Danes, Jon Voight.

Tráiler

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            Con frecuencia, el desconcierto producto de la abrupta mezcla de géneros provoca la incomprensión o el repudio de películas atípicas, sobre todo por parte de los devotos del sota, caballo y rey. No me refiero con ello a obras maestras contraculturales o desconocidas cintas de culto, sino a películas apreciables que acaban injustamente relegadas al menosprecio general.

Es posible que Giro al infierno pertenezca a esta clasificación. No es éste un thriller hijo bastarda y malformado de Perdición y Crimen perfecto, sino una farsa alocada más próxima a la revisión de aquella extenuante pesadilla humorística que era ¡Jo, qué noche! con gotas de la ultraviolencia lisérgica y sicótica de la precedente obra de Oliver Stone, Asesinos natos. Y como tal es un filme que, aunque sufre la tremenda irregularidad característica de su autor, también goza de momentos muy divertidos.

            Si en ¡Jo, qué noche! un billete de veinte dólares volando por la ventanilla del taxi acorralaba a Griffin Dunne en una pavorosa odisea a lo largo y ancho del Soho neoyorkino convertido terrenal averno, un manguito sobrecalentado será el instrumento empleado por el karma para atrapar sin remedio a un despreciable ratero de poca monta (Sean Penn) en un remoto pueblo de Arizona, insospechado de escenario de su sádico vía crucis particular.

Subyace en el patético calvario el eterno conflicto entre el urbanita y el entorno rural -deformado éste en el recóndito y decadente sur hostil, palurdo y endogámico-, ambiente inquietante, tórrido y opresivo potenciado además por las proposiciones indecentes, cruzadas y homicidas del mal avenido y contranatural matrimonio de Nick Nolte y Jennifer López y la amenaza cierta de la mafia rusa en busca de recuperar un botín perdido que, por momentos, convierten al protagonista en una víctima con reminiscencias de Solo ante el peligro.

           Son todos ellos hilos que el Destino bufón, titiritero y verdugo de ese individuo cobarde, traidor y pagado de sí mismo, maneja con una cruel mezcla de provocación y frustración que le reduce, a su pesar, a un pelele pasivo e impotente, sometido a una sádica sucesión de coitus interruptus que se materializan incluso de manera literal.

           Stone, decíamos, se aleja de sus estudios sobre el poder, como en la inmediatamente anterior Nixon, y recupera el tono alucinado, febril y violento de la citada Asesinos natos dotando a la cinta de una atmósfera resudada, sofocante y sexualizada, regida por un montaje agresivo y taquicárdico repleto de esos flashes marca de la casa que, complementados con un estridente registro sonoro y la estimable banda sonora de Ennio Morricone, revelan el estado mental o vaticinan el inquebrantable hado de sus personajes.

           Cabezas de un reparto sumamente interesante, Penn y Nolte, prominentes actores de carácter, actúan en consecuencia con el cariz del asunto: histriónicos, cómicos, festivaleros. De Jennifer López sabemos de antemano que no es una gran actriz –y lo demuestra una vez más-, pero hay que reconocer que es capaz de engatusarle a uno más fácilmente para matar a su marido que otras intérpretes más dotadas como Barbara Stanwick, toda vez que, además, Stone se dedica a regalar al espectador masculino generosos planos de sus proverbiales posaderas.

           Aunque en el tramo final la trastornada mixtura de neonoir, western delirante y comedia negra pierde fuelle y empacha por momentos dado su carácter hipertrofiado y burlesco, Giro al infierno se mantiene en conjunto como una propuesta insólita, entretenida y bastante más aprovechable de lo que de ella se dijo en su estreno.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

El bosque petrificado

25 May

“Con Bogart en Mantee o sin Howard en Squier.”

Leslie Howard

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El bosque petrificado

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El bosque petrificado

Año: 1936.

Director: Archie Mayo.

Reparto: Leslie Howard, Bette Davis, Humphrey Bogart, Charley Grapewin, Dick Foran, Genevieve Tobin, Paul Harvey.

Tráiler

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            Solía comentar Charlton Heston que su mayor logro en el séptimo arte había consistido en obligar a la Universal a contratar a Orson Welles para dirigir Sed de mal. Algo por el estilo podría asegurar Leslie Howard.

A pesar de una carrera de notable éxito durante los años treinta como encarnación del perfecto caballero británico –el siguiente acontecimiento es muestra de su condición de estrella, obtenida tras Secretos, La plaza de Berkeley y La pimpinela escarlata-, la hazaña más recordada de Howard en el cine acabaría siendo la de presionar al gerifalte Jack Warner para que contratara para El bosque petrificado al desconocido actor que le daba réplica como villano en la versión teatral de la obra.

Un joven achaparrado, de mirada huidiza y húmeda, gesto amenazador que trataba de camuflar con hosquedad la decepción aparejada indefectiblemente a todo idealista; un tipo de porte firme vengan como vengan dadas, voz atiplada y una manera única de sostener moribundo el cigarrillo sobre la mueca escéptica y desdeñosa de sus labios: Humphrey Bogart.

             En efecto, la Warner trataba de repetir el éxito que el drama El bosque petrificado había cosechado sobre las tablas de Broadway, para lo cual repetía antagonistas e incluso añadía al elenco una reputada partenaire femenina, Bette Davis. Como prolongación de esta idea, el director Archie Mayo, de manera voluntaria o involuntaria, mantiene en la realización un aire indudablemente teatral, con escasos escenarios y sin apenas movimientos de cámara. Excesivo estatismo que provoca que El bosque petrificado deba concentrar toda su potencia en la fuerza expresiva de los diálogos y la atmósfera crispada, decepcionada y explosiva extraída de su contenido.

            Una gasolinera aislada en el desierto de Arizona sirve como sede en la que un heterogéneo grupo de personajes se enfrentan y analizan los resortes del amor, la muerte, la violencia y el heroísmo. El poeta vagabundo Alan Squier, fracasado y desmotivado (Howard); la joven camarera de sueños enterrados entre el polvo y la soledad del paraje (Davis), un antiguo pionero de épica reducida a caricatura nostálgica y rémora del progreso (Charley Grapewin), un matrimonio adinerado y la cruenta banda de Duke Mantee, remedo de John Dillinger (Bogart).

Casualidades del cine, el bueno de Bogey se hallaría en la situación opuesta andando las películas merced a Cayo Largo y una vez más como gángster en Horas desesperadas.

            Último bastión previo al hostil desierto, la estación de descanso concita el espíritu residual de la frontera norteamericana. Un lugar en el que se reencuentran, reinventados por el inclemente paso del tiempo y la civilización, el forastero misterioso y marginal, la dama en apuros existenciales y el forajido implacable. No es casual el paralelismo entre el pasado de violencia del Salvaje Oeste, rememorado con fervor por el anciano, y su proyección en la figura de Mantee, el último individualista, parte viva y crepuscular de la sangrienta historia de la nación norteamericana y por ello mismo también objeto de morbosa admiración por parte del antiguo colonizador.

Con tono desengañado a la par que melancólico, el filme arroja a la cara del espectador la triste América de las promesas y los sueños rotos por la descarnada realidad.

            Este crítico análisis de la esencia tempestuosa y contradictoria de la nación estadounidense contrasta ciertos diálogos, en especial  aquellos referentes a la evolución emocional de los protagonistas, que resultan dilatados y artificiales, tan envarados como la puesta en escena del filme. Rasgos de teatro filmado con entorpecen el tempo de la cinta, ahogándolo.

Por su parte, el talentoso reparto contribuye a sostener el peso de la obra. Leslie Howard maneja a la perfección las inflexiones de desencanto que se filtran entre la naturaleza soñadora y romántica de su personaje, bien secundado por Bette Davis, toda una garantía. Bogart, si bien inexperto, sin conocer todavía cómo sacar partido a sus limitaciones como actor, exhibe ya la imponente presencia que le daría fama, gobernando la escena desde lo alto de la sala donde se desarrolla la acción, con una silla y el rifle como basta imitación del trono y el cetro de un rey comprensivo y severo.

            Aún faltarían años, prescindibles papeles secundarios de muerte fácil y una dura disciplina personal que le condujese a la madurez interpretativa para convertirse definitivamente en uno de los más grandes iconos de la historia del cine.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

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