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Sucesos en la cuarta fase

4 May

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Año: 1974.

Director: Saul Bass.

Reparto: Michael Murphy, Nigel Davenport, Lynne Frederick.

Tráiler

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          Saul Bass, el diseñador gráfico con mayúsculas del séptimo arte, autor de una revolución de forma y fondo en la cartelería y los títulos de créditos del cine, también se atrevería a dirigir él mismo un único largometraje. Una cinta que se inscribiría en el cine de género pero que apostaría por desarrollar una estética propia, vanguardista e innovadora aun a pesar de jugar con cánones y tópicos de dicha circunscripción, imbricados a través de un sencillo esquema argumental -tan minimalista como sus creaciones publicitarias, centradas en el poder expresivo de lo visual-.

Sucesos en la cuarta fase es un ecoterror protagonizado por hormigas, pariente por tanto de La humanidad en peligro, Cuando ruge la marabunta o El imperio de las hormigas, producciones que en algunos casos se inscriben en el cine de terror propio de la Guerra Fría, donde los insectos -desindividualizados, jerarquizados y disciplinados- constituyen una visión alegórica del potencial invasor comunista. No es este el terreno en el que se moverá el filme de Bass, que establece un potente duelo físico y mental entre humanos y hormigas, dentro del cual las caracterizaciones a priori se diluyen y las tornas se intercambian a medida que avanza el contacto entre ambas partes. La visión del hombre científico -frío, arrogante, obcecado, sin empatía… -¿que lo encarne el inglés Nigel Davenport es otra alegoría política, en este caso acerca del Imperio británico y la descolonización?- se contrapone con unas criaturas que parecen mostrar clemencia e incluso llorar a sus muertos.

          Bass dota a las imágenes de una textura onírica, que refuerza las resonancias sobrenaturales e incluso esotéricas del relato. Los segmentos de narración objetiva, la banda sonora, el punto de vista de las hormigas, el paisaje desolado y opresivo, la ondulación de una fotografía sometida a las inclemencias del entorno… Los protagonistas de Sucesos en la cuarta fase permanecen aislados en una instalación científica que se asemeja a una nave espacial aterrizada en un planeta extraño que son los eriales de Arizona. Del mismo modo, la introducción se detenía a retratar con cuidado a las hormigas, dotándolas de personalidad y relevancia, casi como si se tratase de unas entidades inteligentes llegadas -o descubiertas en este caso- a la Tierra. La apuesta del artista neoyorkino, pues, no es por el terror epidérmico, sino psicológico. La reclusión, la incomunicación, la deshumanización, el sometimiento, la insignificancia, la desesperación.

          En este sentido, uno diría entrever reminiscencias de 2001: Una odisea del espacio. Los monolitos en la nada, la tecnología, los interrogantes y el cuestionamiento de la humanidad, el desenlace en forma de experiencia extrasensorial. Este aparece como descerrajado a bocajarro. Pero es la consecuencia de la ciega tijera de los productores. El remate original de Bass son cinco minutos de fascinante delirio formal y conceptual que hubieran supuesto un memorabilísimo colofón a la obra. Lástima.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

El profesor chiflado

23 Oct

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Año: 1963.

Director: Jerry Lewis.

Reparto: Jerry Lewis, Stella Stevens, Del Moore, Kathleen Freeman, Med Flory, Howard Morris, Elvia Allman, Buddy Lester.

Tráiler

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         El profesor chiflado es la síntesis del deseo del nerd, del inadaptado, del perdedor. Esto es, la realización romántica en un mundo en el que el atractivo físico se encuentre relegado como un factor secundario respecto de otras virtudes y habilidades -a no ser que seas mujer, claro: aquí Stella Stevens, que había sido portada de Playboy-. La fórmula mágica que destila el protagonista ejerce sobre el fracasado común una transformación semejante a la de Clark Kent: no hay más que desprenderse de las gafas, lucir un peinado arrogante, mudar de vestuario y corregir el lenguaje corporal para pasar de ser un don nadie a un, a priori, auténtico superhéroe. Por encima de cualquier consideración, el genio intelectual también busca completar su vida a través de la conquista sexual.

         El profesor chiflado es también la quintaesencia del cine de Jerry Lewis en su papel de niño-hombre y agente involuntario del caos que, milagrosamente, supera sus trabas amorosas innatas para llevarse a la chica tradicionalmente destinada al héroe impecable. El argumento del filme se percibe no tan episódico como en obras precedentes -en las que parecía dirigir una serie de sketches más o menos encadenados- y un tanto más desarrollado y coherente en lo narrativo. A través de una relectura del clásico El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde -máximo exponente de la dualidad que anida el ser humano-, Lewis satiriza los tópicos del cortejo humano y las imposiciones del machismo idealizado que están presentes en la sociedad, encarnadas aquí por el despreciable Buddy Love, el macho alfa absoluto que se esconde detrás del pusilánime -y enamoradizamente salaz, tampoco hay que olvidarlo- profesor Julius Kelp.

La transformación en monstruo puede producirse bajo múltiples formas.

         El contraste entre ambas figuras, mamada entre la asunción de su propio tópico y de la observación de sus contrapartidas artísticas de antaño –Dean Martin, por ejemplo- le sirve a Lewis para desplegar su característico festival de humor físico, que se combina además con otros gags que juegan con el lenguaje cinematográfico y un inesperado, elaborado y surrealista sentido del absurdo, demostración del conocimiento y la creatividad del cómico en sus funciones de director.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

El romance de Murphy

8 Feb

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Año: 1985.

Director: Martin Ritt.

Reparto: Sally Field, James Garner, Brian Kerwin, Corey Haim.

Tráiler

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            Si el concepto de sueño americano posee la misma mecánica que la lotería -la falaz ilusión de que a cualquiera de nosotros puede tocarnos-, las películas de segundas oportunidades en el país de las oportunidades equivaldría entonces a jugar el reintegro. Martin Ritt, cineasta del compromiso, aplicará esta premisa en sus dos últimas películas románticas, El romance de Murphy y Cartas a Iris, las cuales adquieren por tanto un cariz un tanto más convencional y conformista que los triunfos de otros personajes de su obra, caso del presunto pirómano Ben Quick de El largo y cálido verano o de la intrépida trabajadora del algodón Norma Rae, ambos erigidos contra las imposiciones de lo establecido.

            La historia de una mujer hecha a sí misma -otra más dentro de la feminista filmografía de Ritt- que trata de labrarse un nuevo porvenir en un decrépito rancho de caballos ofrece de este modo un filme amable, que pese a los aguijonazos concienciados del director neoyorkino -respaldado por sus habituales guionistas Harriet Frank Jr. e Irving Ravetch-, tampoco desea buscar líos, de igual forma que Murphy Jones se descalará el sombrero vaquero de su posición agresiva para acomodarlo en cambio a una más satisfecha y apacible. Su objetivo, en definitiva, es narrar con calidez y simpatía este potencial amor maduro entre solitarios -el viudo y la forastera- que se desarrolla a la par de la reconquista laboral de la protagonista.

            El romance de Murphy no es una cinta en absoluto sorprendente -como mucho cuando se detecta el micrófono de pértiga sobrevolando las cabezas de los actores en un par de escenas, quizás un símbolo apropiado de la falta de fuerza del cineasta-, ni muestra demasiada mordiente en la exposición de conflictos sociales y personales, pero sí resulta bastante agradable.

Le ayuda a ello el equilibrio entre comedia costumbrista y drama sentimental, la cuidadosa construcción de caracteres -presentada con gran conocimiento de la narración de cine- y la buena química establecida en el reparto, encabezado por el galán otoñal James Garner –nominado al Óscar al mejor actor principal por este papel- y Sally Field -que precisamente había conseguido su primera estatuilla como mejor actriz protagonista por Norma Rae-.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

Hasta que llegó su hora

25 Nov

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Año: 1968.

Director: Sergio Leone.

Reparto: Charles Bronson, Claudia Cardinale, Henry Fonda, Jason Robards, Gabriele Ferzetti, Frank Wolff, Jack Elam, Woody Strode, Al Mulock.

Tráiler

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           Más colosal, más barroca, con más estrellas, con (parte del) rodaje en pleno corazón del Oeste norteamericano. Con el western enterrado junto a Tom Doniphon en Shinbone, Sergio Leone posa sus abultadas maletas en Monument Valley, levanta la vista y contempla la casa de John Ford ultrajada por raíles de ferrocarril, signo inequívoco del fin de una época. Sin embargo, en la primera secuencia de Hasta que llegó su hora, un cuatrero malencarado declara la rebeldía anacrónica del filme arrancando de un tirón el cable del telégrafo, otro de los elementos que se emplean habitualmente para delimitar el crepúsculo del género… aunque, tal y como se verá a continuación, solo simboliza un acto postrero -el que, en paralelo, pretende cerrar una etapa personal para el creador de este microcosmos-.

           Contratado por la Paramount para rodar otro spaghetti western a la estela de su Trilogía del dólar antes de embarcarse en su anhelado proyecto Érase una vez en América, Leone despliega a gran escala a sus vaqueros mugrientos, barbados y pobretones. El cineasta, de tendencia natural a la megalomanía, extrema la patentada idiosincrasia de esta reinterpretación, mezcla de homenaje y caricatura, de un universo popular al que, entreverada con la épica y la ironía puntual, agrega asimismo una generosa dosis de melancolía, representada especialmente por el forajido Cheyenne, perteneciente a una raza antiquísima, el hombre, que se extingue. Los tiroteos, que se percibían cada vez más elaborados a lo largo de sus cintas previas, se enmarcan ahora dentro de una ópera desaforada en la que poderosos detalles como el uso de la armónica a modo de presentación del protagonista solo tienen sentido dentro de este contexto excesivo y fascinante, al igual que las frases lapidarias de resonancias bíblicas. De otra forma resultarían ridículas.

Todo es contraste. Chirridos de óxido como banda sonora de una epopeya grandilocuente.

           Hasta que llegó su hora repite numerosas constantes, de hecho, de la Trilogía del dólar. Precisamente, el sonido de la armónica es preludio de muerte, tanto en el sentido de que anuncia la venida de un vengador fantasmagórico, anónimo y parco en palabras, semejante al personaje de Clint Eastwood sobre todo en Por un puñado de dólares –una figura que a su vez el actor californiano se apropiará como director en Infierno de cobardes, El fuera de la ley y El jinete pálido-, como, por supuesto, por el reguero de cuerpos que el pistolero deja a su paso. De igual manera, la participación de este personaje en la trama plantea un misterio que se debe resolver mediante una catarsis sangrienta, a la manera del coronel Mortimer de La muerte tenía un precio. Y, como en El bueno, el feo y el malo, convergen sobre el relato tres protagonistas que encarnan arquetipos muy parecidos, aunque con la añadidura de una mujer (¡y qué mujer!): la superviviente interpretada por Claudia Cardinale. Ella es la ruptura frente al entorno exclusivamente masculino de la terna precedente, y aporta un contrapunto interesante con un personaje sólido y atractivo, de influencia arrolladora y determinante.

El correspondiente villano queda aquí en propiedad de Henry Fonda: el comprometido de izquierdas, los ojos azules del idealismo, el pensativo Wyatt Earp de Pasión de los fuertes que, no obstante, en la década anterior ya había ensayado amoldar a sus andares felinos a algún tirador turbio, como el del western psicológico El hombre de las pistolas de oro, o, en ese mismo 1968, el de Los malvados de Firecreek –aparte del ambiguo coronel Thursday de Fort Apache, trasunto del coronel Custer-. Sin contemplaciones hacia el astro ni hacia los espectadores desprevenidos, Leone, que hubiera sido capaz de prohibir que John Wayne se calzase su peluquín para rodar sus escenas, enfanga la imagen inmaculada de Fonda para transmutarla en psicópata despiadado e incluso osa exhibir la vulgar pelambrera de su espalda, acorde a los principios estéticos de este nuevo Oeste. Su irrupción es sobrenatural y terrible, un rayo que restalla entre el polvo y el silencio, para asentarlo igualdad de condiciones respecto de su antagonista, y a continuación fulmina de un disparo a un crío inocente mientras blande una sonrisa de perfección mitológica, para fijar sin lugar a dudas su esencia malvada.

Ambos, de naturaleza abstracta, trazan con su enfrentamiento una línea divisoria frente a los otros dos vértices del cuadrado principal, de naturaleza terrenal, más humana.

           La ambición le funciona bien a Leone, aunque también, cierto es, algunos pasajes se recargan en demasía y ahogan un tanto el ritmo bajo su peso. El italiano crea escenas tan poderosas como la de la apertura, donde el alargamiento del tempo redunda en el incremento de la tensión dramática a la vez que sienta genialmente el ambiente de este postwestern sobre el fin del western. Gracias a ello, elabora una obra a la que con frecuencia se sitúa en la cumbre de este subgénero que lleva impreso con letras de oro el nombre del director romano.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8,5.

La ley del Talión

15 Jun

“Como cinéfilo, he investigado en la historia de los premios y ha habido películas y cineastas excelentes que jamás han sido designados ni siquiera candidatos.”

Curtis Hanson

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La ley del Talión

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La ley del Talión

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Año: 1956.

Director: Delmer Daves.

Reparto: Richard Widmark, Felicia Farr, Tommy Rettig, Susan Kohner, Stephanie Griffin, Ray Stricklyn, Nick Adams, Carl Benton Reid, Douglas Kennedy, George Mathews, James Drury.

Filme

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            Por momentos, La ley del Talión es como una de esas películas juveniles de piratas con niños inocentes en la que el grupo de muchachos, a través de una salvaje aventura por los límites de la vida y de la moral, aprenden las enseñanzas que les transmite un individuo en los márgenes de lo establecido, repudiado por sus prejuiciosos congéneres, y que, de este modo, les ensancha la mente liberándoles de las barreras impuestas por un sistema cerrado. Y viceversa, claro.

Aquí, ese pirata queda transformado en un forajido acusado de triple asesinato que, por si fuera poco, ha vivido desde la infancia adoptado por una tribu comanche, empapándose de su cultura, asimilándola y haciéndola suya. Es resumen, los perfectos descendientes de los peregrinos del Mayflower que, en una epopeya inolvidable, colisionan y se mestizan con la esencia natural, indómita, libérrima del nuevo continente. La construcción mítica de América.

           No obstante, en el argumento comparecen asimismo mimbres característicos del cine del Oeste, como la idea de segunda oportunidad ligada al terreno sentimental. Es decir, la familia (re)encontrada; un paradigma que –de forma un tanto forzada debido el apego inmediato que disfrutará- experimenta por su parte el protagonista, Comanche Todd (Richard Widmarck). Es este una herida supurante, atormentada por insondables secretos solo insinuados por su encarnizado adversario, y que encuentra en esta caravana de santos, mujeres y niños una oportunidad de redención un tanto al estilo de los sombríos y contradictorios personajes que encarnaba James Stewart en sus colaboraciones westernianas con Anthony Mann.

De igual manera, a pesar de lo que podría sugerir el primer párrafo, el relato de La ley del Talión no es en absoluto edulcorado, ni tampoco complaciente hacia la figura del hombre blanco, conquistador del territorio y forjador glorioso de la nación. El metraje se abre con un homicidio seco, enfundado en una mirada de odio de Widmark, actor ambiguo, que se pierde en los laberintos de un territorio inabarcable y sobrecogedor. En pocos minutos, habrá dado muerte con idéntica rotundidad a otros dos representantes de la presunta justicia, uno de ellos a cuchillada limpia, sin aderezos que atemperen la hosca agresividad de la escena. Y, en correspondencia, el retrato del sheriff perseguidor es rocoso, casi propio del spaghetti western en su ferocidad prosaica y visceral.

La realización de Daves, se entiende, es despiadada y tremendamente elocuente: mientras los forasteros rezan, los nativos, familiarizados con la hostilidad de este lugar donde son solo una mota de polvo en mitad del desierto indomeñable, comen.

           Este es el choque sobre el que se sostiene la relación de intercambio momentáneo, afectivo y existencial entre el cuatrero y los retoños de los iluminados que, confiados en la bondad de un Dios que no parece existir en estas tierras duras, atraviesan un territorio que lleva la muerte sellada en su nombre. Aunque la crudeza inicial se atempera a lo largo de esta contaminación mutua, el relato de supervivencia conserva un notable vigor, en el que confluyen sin perjuicio esta suma de conceptos antibélicos y humanísticos.

En comparación con la potencia de la narración visual anterior, el discursivo epílogo judicial planta un inadecuado colofón a la obra, preparado para verbalizar explícitamente lo que el filme había expuesto ya con sobrada claridad.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Alicia ya no vive aquí

15 May

“Una película sobre una mujer débil, vulnerable, puede ser feminista si se muestra una persona real con la que podamos empatizar.”

Natalie Portman

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Alicia ya no vive aquí

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Alicia ya no vive aquí

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Año: 1974.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Ellen Burstyn, Kris Kristofferson, Alfred Lutter III, Harvey Keitel, Diane Ladd, Vic Tayback, Valerie Curtin, Jodie Foster.

Tráiler

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            En cierta manera, Alicia ya no vive aquí representa una anomalía en la filmografía de Martin Scorsese, probablemente explicada al tratarse de un proyecto de encargo. En él, el neoyorkino, un cineasta habitualmente fascinado por las criaturas extraordinarias, sigue los pasos de una ama de casa desencantada con la vida adulta, que carga por todo el país con un hijo sabelotodo de 11 años mientras intenta sobrevivir, como cualquier otra madre desesperada de los Estados Unidos, entre renuncia y renuncia de los sueños privados, ya sean estos  sentimentales o profesionales.

Claro que Alice tampoco es una chica cualquiera, y el relato que de sus desventuras hace Scorsese tiene puntos de frenesí épico, marcados con adrenalina y coprolalia a partir de un prólogo donde una fea palabrota y un cambio brusco en el ratio de la pantalla dinamitan por los aires unos fotogramas que, desde el mismo título, impreso sobre elegante tela, o desde el cromatismo alla’ technicolor y la ambientación de esta presentación, comenzaban como una evidente imitación de las formas del cine de los años treinta.

            Adecuado a la perturbación cotidiana que sufre la desdichada Alice (Ellen Burstyn, Óscar a la mejor actriz principal), este ímpetu inicial se mantiene espídico en los primeros compases del metraje por medio de una cámara que deambula libre y rauda por el escenario, al compás de un montaje igual de rudo. Progresivamente se va apaciguando a lo largo del recorrido geográfico, laboral y existencial de la protagonista por entre las rendijas de la América que no sale en las postales.

No es, no obstante, un trayecto sórdido, a pesar de que la galería de personajes que le salen a al paso a esta mujer no son exactamente equilibrados -al estilo por tanto de la realización que imprime Scorsese a la obra-. Predomina el sol sobre el escenario y el argumento concilia el melodrama familiar con una visión fresca y vitalista, narrada con energía y entusiasmo, sin recrudecer el dramatismo tradicional que reviste el arquetipo de la madre coraje ni caer en las tentaciones de la política del pensamiento positivo, una de las atrocidades culturales manadas del país-. Al mismo tiempo, disimuladamente, el filme va trazando un círculo que, en el desenlace, parece devolver la función a ese territorio inicial de las películas hollywoodienses –que también asomaba, quizás involuntariamente, en los tópicos ‘peliculeros’ que jalonan algunas situaciones-. Asimismo, cabe decir, domina el guion cierta ligereza general que, en cualquier caso, hace fluir el relato con soltura.

            La música suena en el interior del coche de Alice, mientras el ruido y el viento azotan desde fuera. La ponderación en el tono –dentro del delirio latente y puntualmente desatado- que consigue Scorsese en este juego sobre el alambre permite que Alicia ya no vive aquí conserve su entereza primigenia y la originalidad de su aproximación al paradigma.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Sicario

2 Dic

“Nosotros creemos que el narcotráfico, no la droga, es el peor flagelo que estamos soportando recientemente en América Latina. Y no defendemos ninguna adicción, pero la vía represiva viene fracasando después de muchas décadas. Entonces nosotros decimos ‘hay que tratar de sacarle la razón de ser, que es arrebatarle el mercado’. La regulación por parte del Estado, que sería el encargado, a través de los servicios de salud, de arreglar la forma en que se vende y cómo se consume, de identificar a la gente, darles una mano y atenderlos. Nos parece la mejor manera de enfrentar el asunto. ¿Por qué? Porque no podemos dejar ese mercado que existe en manos de un negocio que está perturbando todo porque ha traído violencia, el sicariato y, como dicen en México, ‘plata o plomo’; que corrompe los aparatos represivos y que en algunos lugares ha nombrado hasta candidaturas.”

José Mujica

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Sicario

.Sicario

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Año: 2015.

Director: Denis Villeneuve.

Reparto: Emily Blunt, Benicio del Toro, Josh Brolin, Daniel Kaluuya, Maximiliano Hernández, Victor Garber, John Bernthal, Jeffrey Donovan, Julio Cedillo.

Tráiler

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             Retumban tambores de guerra en los títulos de crédito. Sicario es más La noche más oscura (Zero Dark Thirty) que Traffic. El contexto que el filme presenta sobre la lucha de los Estados Unidos contra el narcotráfico es puramente bélico. Como en la película de Kathryn Bigelow, a los personajes les impulsa una anacrónica moral westerniana: vengarse contra los tipos que provocan el desastre en una intervención policial; destruir a quienes aniquilaron a los seres queridos. En efecto, la respectiva estrategia de combate es semejante en ambas, basada en la fuerza maquiavélica y no en la diplomacia –soldados y no abogados-, y con un idéntico espacio simbólico –las torturas enmarcadas en emblemas americanos-, marcado por la indeleble sombra de Afganistán e Irak.

             Sin embargo, la mirada de Sicario hacia las cloacas de la siempre dudosa ‘realpolitik’ –para muestra un botón: aquella turbia relación entre la CIA y el Narco que recuperaba recientemente Matar al mensajerose desembaraza de la cínica ambigüedad de La noche más oscura y es decididamente agria y pesimista. Una tonalidad desesperanzada que se personaliza en la diferente naturaleza y, en especial, la diferente determinación de las acciones de la protagonista. Su papel en la trama, de hecho, tiende a ser más pasivo que activo, casi una extrapolación del espectador anonadado por el delirante mecanismo de relojería de esta espiral de droga, dinero y muerte, sin piedad ni justicia.

A efectos prácticos, pues, su protagonismo es meramente simbólico, dado que, en términos estrictamente argumentales, este rol podría corresponderle perfectamente a individuos bastante más dominantes y tenebrosos, aquí con nómina de secundarios en el elenco.

             En el aspecto de la realización esta vez, también muy westerniano es el empleo del paisaje para definir personajes y tragedia; así como en la dimensión física que cobra el duelo entre antagonistas –la rotundidad invasora con la que Benicio del Toro se impone, incluso literalmente, a sus contrincantes o al resto de pobladores del escenario-. En este sentido, la composición del fotograma de Denis Villeneuve, y el uso de otros recursos como el registro sonoro, es extraordinariamente expresivo. Además, posee una atronadora potencia visual que provoca que vibre de tensión, arremeta con furia y atrape la atención sin remedio este relato acerca de una agente táctica del FBI (Emily Blunt) que se sumerge en cuerpo y alma en los callejones oscuros de los operativos contra la tupida red del narcotráfico internacional.

             Sicario no mantiene la abrumadora intensidad de su incursión en La Bestia, la infernal Ciudad Juarez mejicana y su convivencia estrecha e indistinguible entre la vida y la muerte. Pero, a partir de su retorno a territorio estadounidense, el nervio del filme pasa a descansar en las insondables ojeras de Del Toro: un rostro que proporciona en sí mismo un paisaje y una explícita declaración dramática. Su narración se conserva firme, combinando su vigor con imágenes desatadas, caso de los extáticos atardeceres. Logra sobrevivir así la amenaza difusa que gobierna siempre la frontera, territorio incierto en lo geográfico y lo moral. El epicentro de este thriller subyugante por momentos, de enorme músculo y contundencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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