Tag Archives: Antiguo Egipto

Cleopatra

3 Jul

Cleopatra, la hybris griega y el séptimo arte. Para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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El resucitado

14 Ene

Boris Karloff vuelve a casa… solo para que le entierren una vez más. El resucitado, parte de una nueva entrega doble de Atelier 13 en Cine Archivo.

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Tierra de faraones

8 Oct

Tierra de faraones, de Howard Hawks, es mi película favorita desde que siendo niño la vi por primera vez.”

Martin Scorsese

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Tierra de faraones

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Tierra de faraones.

Año: 1955.

Director: Howard Hawks.

Reparto: Jack Hawkins, Joan Collins, Dewey Martin, Alexis Minotis, James Robertson Justice, Luisella Boni, Sidney Chaplin, James Hayter, Kerima.

Filme

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            A Howard Hawks no le importa la época, ni el lugar. Para él, la humanidad se define por constantes juegos de tensiones, emociones y peligros, que son los que dan lugar a la aventura, a la acción, al romance y al drama. En definitiva, al cine, a la vida.

            En Tierra de faraones, su única incursión en el cine histórico, Hawks mira al Egipto regido por Keops y encuentra las mismas pulsiones vitales que en el Oeste americano o el Chicago de los años veinte: poder, ambición, nobleza, idealismo, rebeldía, egoísmo, razón, brutalidad, sacrificio. En efecto, las implicaciones políticas del convulso término de reinado de Keops, con su ansia desmedida por acumular riquezas y poder, podrían suplantarse incluso a las de Estados y gobernantes contemporáneos, cautivos por sus propios tesoros anhelados y su futura existencia ultraterrena –el petróleo y los recursos naturales, el legado para la Historia-.

La obsesión enajenada de Keops (Jack Hawkins) raya la lujuria en un hombre que, por otro lado, acostumbra a comportarse con juicio, apoyado sobre el báculo de su sumo sacerdote (Alexis Minotis), progresivamente sustituido por una ‘femme fatale’ chipriota que es la que espoleará su perdición (Joan Collins). Estamos pues ante una batalla de equilibrios y fuerzas antitéticas: la voz de la razón y las intrigas mezquinas y violentas, la devoción y la traición, la dignidad del esclavo y la voracidad del monarca, la humanidad y la crueldad.

            El filme cuenta con todo el boato y el colorido de las grandes superproducciones de Hollywood. Sin embargo, el pulso templado de Hawks domina la composición de la escena –la profundidad de campo y el empleo de los movimientos de masas son abrumadores- y la dota a la función de un majestuoso poderío visual y expresivo que, por supuesto, sale especialmente a relucir durante los instantes más íntimos del metraje. La potencia narrativa que imprime al filme impide que éste se ahogue en decorados de cartón piedra, folcklore de mercadillo y extras por doquier, a pesar de que subtramas como la del pueblo esclavizado queden finalmente un tanto descolgadas.

Tierra de faraones no alcanza la redondez de otras cintas de su realizador, pero aparece como una película seductora y vibrante, deslumbrante y sombría, a la que quizás le falte cierto carisma estelar de su reparto para redondear su espectacularidad, aunque uno tiende a pensar que el buen hacer de estos actores de perfil más bajo le favorece, más que le perjudica.

            En su época, se imputaría parte de su notorio fracaso en taquilla a esta ausencia de grandes nombres en el cartel promocional; primer tropiezo serio del hasta entonces imbatible Hawks. En consecuencia, el cineasta se tomaría un tiempo para refrescar su sabiduría como narrador de historias. No retomaría la silla de director hasta cuatro años más tarde, con una de sus obras más recordadas: Río Bravo.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7,5.

Alejandro Magno

23 Ene

“Antes que nada ser verídico para contigo mismo. Y así, tan cierto como que la noche sigue al día, hallarás que no puedes mentir a nadie.”

Hamlet

 

 

Alejandro Magno

 

Alejandro Magno

Año: 2004.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Colin Farrell, Angelina Jolie, Jared Leto, Val Kilmer, Elliot Cowan, Jonathan Rhys Meyers, Rosario Dawson, Anthony Hopkins.

Tráiler

 

 

             Hay ocasiones en las que un hombre, para poder ser llamado como tal, ha de afrontar su madurez, levantar la vista y asumir sus decisiones. A mí, Alejandro Magno es una película que me gusta. Y bastante, además.

             Casi tres horas de duración, un inadecuado y lastimoso protagonismo de Colin Farrel luciendo una horrenda melena oxigenada como punta del iceberg de una pésima dirección de actores, la presencia del repelente Jared Leto, Val Kilmer con manga ancha y doblado por Jordi Brau, una tremenda irregularidad de la realización y alardes de experimentación estética innecesarios y fallidos como el uso de filtros de color rojo en medio de una batalla, diálogos inflados y acartonados,… Son muchas, y de peso, las razones para denostarla.

Sin embargo, me fascina el personaje histórico, no tanto en su condición de héroe conquistador sino en la de indómito aventurero; me fascina la Mesopotamia antigua y la resonancia épica de nombres como Gaugamela, Ecbatana, Bactria, Sogdiana o Gedrosia; me fascinan los conseguidos movimientos de masas y la creíble e impactante coreografía de las batallas, me fascina la exploración de esos pueblos y regiones ignotas relegadas a los traslúcidos márgenes de la historia, me fascinan los sobrecogedores paisajes que se revelan ante los ojos maravillados de la quimérica, demente y genial expedición del rey macedonio, me fascina Angelina Jolie -sin ser el mayor fan de la diva- en la película donde más guapa aparece y me fascina Rosario Dawson en pelota picada.

              Oliver Stone dibujaba una nueva aproximación a su tema favorito, el poder, por medio de la figura de uno de los personajes más destacados de la Historia, Alejandro Magno. Una vida aún problemática para la historiografía, sujeta a muchos claroscuros, mitos y ambigüedades, que el realizador estadounidense convierte en un drama encadenado a los complejos míticos de la tragedia griega: el peso y la soledad del trono, el conflicto entre ambiciones, ideales y realidad, el lacerante coste que acarrea en igualdad de proporciones toda gloria, la influencia de los antecedentes y su inapelable unión al fatalismo.

Una mirada más comprensiva que complaciente que proporciona un jugoso trasfondo al que, en muchos momentos, un marcado aire discursivo -producto de unos pomposos diálogos, declamados con afectación para mayor daño- amenaza con sepultar y que en su día fue despreciado con tremenda injusticia por las acusaciones de regodeo en el escándalo por el (supuestamente) generoso reflejo la relación homosexual de Alejandro y su lugarteniente Hefestión.

Más allá de que sea así o no, el hecho tampoco merece mayor atención dada su cotidianeidad en el contexto cultural de la Antigua Grecia y el afortunado aunque todavía evidentemente inconcluso proceso de normalización social actual, irrelevante además en comparación con otros elementos más cuestionables de la película, como los citados anteriormente.

              Aparte de un ritmo aceptablemente fluido a mi entender, que deja respirar a la aventura intrínseca a las campañas militares de Alejandro en el Oriente Medio -también culturales y cartográficas según numerosas interpretaciones, incluida la del filme-, destaca la cuidada y sugerente ambientación histórica del relato tanto en el aspecto argumental como en la puesta en escena, con la salvedad de los inevitables ajustes dramáticos -por ejemplo, la exigencia de la princesa persa Estatira de ser respetada como tal y su consiguiente aceptación por parte de Alejandro, hecho que, en realidad, aconteció con el rey indio Poros– y los mínimos errores cronológicos -la exactitud plena es un imposible-, que no evitan que, en este aspecto, sea bastante superior a la media.

Descuartizada por la crítica, estéril en la taquilla.

 

Nota IMDB: 5,4.

Nota FilmAffinity: 5,2.

Nota del blog: 8.

Faraón

25 Nov

“Agradezco no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que son aplastadas por ellas.”

Rabindranath Tagore

 

 

Faraón

 

Año: 1966.

 Director: Jerzy Kawalerowicz.

Reparto: Jerzy Zelnik, Leszek Herdegen, Piotr Pawlowski, Stanislaw Milski, Krystyna Mikolajewska, Barbara Brylska, Emir Buczacki.

 

 

            Desde finales de la década de 1950, en plena desestalinización, el cine de Europa de Este bajo la influencia o, directamente, sometida al yugo de la Unión Soviética experimentaba una etapa de renovación y cambio. En el propio cine soviético surgían autores como Tarkovski o Konchalovski, en Checoslovaquia Forman o Menzel, Fábri en el Nuevo Cine Húngaro y jóvenes atrevidos, talentosos y originales como Polanski y Skolimowski en Polonia, emigrados más tarde al extranjero tanto para escapar de las aún férreas restricciones que la censura del régimen imponía a la libertad artística como para despegarse con la máxima figura cinematográfica polaca del momento: Andrzej Wajda. Jerzy Kawalerowicz compartirá época con todos ellos, ensombrecido en un segundo plano, desde el que obtiene una merecida relevancia internacional tan solo a través de dos obras: Madre Juana de los Ángeles, de 1961, reconstrucción histórica sobre el caso de posesión diabólica colectiva de las endemoniadas de Loudun, y Faraón, de 1966.

            Faraón presenta un relato ambientado en el Antiguo Egipto, en una cronología y dinastía ficticias: la transición en el trono entre Ramsés XII y Ramsés XIII, a la sazón protagonista del filme.

Una localización reducida casi a la anécdota –no hay que buscarle un gran rigor histórico, por tanto- pero que sirve a Kawalerowicz para componer una alegoría sobre el poder y sus formas, derivado del enfrentamiento entre el joven, arrogante, concienciado, impetuoso y compasivo príncipe y la casta sacerdotal, verdadero poder de facto del imperio, guardián de las riquezas y de la sabiduría del país representado por el hombre santo Herhor, mano derecha del faraón, una esfinge imperturbable que guía los destinos de Egipto con una mezcla de prudencia, ambición, racionalidad, servicio a las divinidades y defensa de la elite religiosa.

            Es Faraón una película madura, sin maniqueísmos, más próxima, aun con su espectacularidad de superproducción auspiciada por Moscú, a las shakesperianas radiografías del poder en tiempos de samuráis de Kurosawa, con escenarios fastuosos y grandes movimientos de masas que se combinan con reflexiones y diálogos casi intimistas, que a los vacuos colosales hollywoodienses o italianos. Los personajes no son juzgados, sino expuestos en sus causas, justificaciones y contradicciones, unas veces errados en sus decisiones, otras acertados, determinados a ellas por grandes propósitos y egoístas apetencias, ambas parte de lo que supone ser humanos. Todos ellos entremezclados y empequeñecidos por las complejas telarañas que mueven la alta política, hilos interrelacionados, unos manipulables, otros inamovibles y superiores incluso a su privilegiada posición, dependientes de factores como el destino, la casualidad o la difícil conjunción de varias fuerzas capaces de contrarrestarlos.

             La lectura política parece clara, más allá del enfrentamiento entre las corrientes conservadoras y renovadoras políticas que representan el clero y el príncipe, respectivamente. Pese a la condición casi equiparable en legitimidad de ambos contendientes –caso aparte es el de los pueblos fenicios, independientes, intrigantes, comerciantes de alianzas volubles movidas únicamente por el interés materialista, verdaderos representantes del Capital-, es el estamento religioso el que al final tiende más a lo deshonesto, al engaño, mientras que el líder político y militar, el joven faraón, trata de imponerse desde la justicia social y para satisfacer los deseos del pueblo –algunos veces de modo muy desafortunado en cuanto a su verosimilitud, como con la propuesta de dejar un día libre de trabajo de cada siete para los campesinos-, intenciones cuya raíz puede rastrearse en el patrocinio y condicionamiento por parte del Partido Comunista, pero que, no obstante, la ponderación y la lucidez del guion impiden caer en el panfleto.

Quizás en lo negativo cabría apuntar más hacia la fotografía y el maquillaje, un tanto envejecidos, o al empleo intrascendente pero ofensivo, por poco original, de un recurso en parte del desenlace de la trama que es uno de los grandes topicazos del cine histórico.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8,5.

Ágora

2 Jun

“Ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos.”

Heinrich Heine

 

 

Ágora

 

Año: 2009.

Director: Alejandro Amenábar.

Reparto: Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac, Ashraf Barhom, Michael Lonsdale.

Tráiler

 

 

            Alejandro Amenábar es de esos afortunados directores que saben aunar en su obra una innegable capacidad artística junto con la habilidad para conseguir el atractivo del público, algo precisamente extraño en una industria cinematográfica en crónica decadencia como la española, en ocasiones sostenida artificialmente por cuotas obligatorias de mercado y subvenciones. Es, además, un realizador innovador e inusual que se aleja de los arquetipos tradicionales del cine español actual, con menos incidencia en la temática social, presente casi en exclusiva en Mar adentro a propósito de la cuestión de la eutanasia, y con mayor peso de géneros considerados más propios del cine foráneo pero abordados con enorme talento desde su primer éxito con Tesis, magnífico thriller sobre las snuff movies, seguido de otro interesantísimo ejercicio de intriga de tono surrealista sobre los límites de la realidad y la mente en Abre los ojos -que consiguió despertar la atención internacional por su cine, como demuestra el posterior remake hollywoodiense Vanilla Sky y más tarde con su confirmación mundial con Los otros, una destacable obra de terror gótico con estrellas internacionales, y su reivindicación propia con un cambio de tercio hacia el drama emotivo y de sueños de libertad de la efectiva pero, para mi gusto, de menor calidad que las anteriores Mar adentro, que no obstante conseguiría también un amplio reconocimiento de crítica y público.

             Demostradas sus cualidades como cineasta, Amenábar se proponía un nuevo reto: una película de recreación histórica, rodada en inglés y con abundancia de medios; una temática por lo general tratada en ámbitos nacionales para rememorar las glorias patrias pasadas y perdidas y con irregulares resultados, más malos que buenos en los últimos tiempos, como bien muestra la deleznable Alatriste, basada en la serie de novelas de Pérez Reverte, y otros episodios de recreación en la última década, la mayoría de enorme regusto televisivo, guiones de saldo y poca imaginación.

Por el contrario, el director de origen chileno apuesta por la Alejandría del crepuscular Imperio Romano del siglo IV para reflexionar sobre un tema que, en cambio, no es sino universal, constante a lo largo de la Historia del hombre: el conflicto entre saber e ignorancia, entre razón y brutalidad. Una indagación en la figura de la filosofa y astrónoma alejandrina Hypatia en un contexto dominado por la lucha entre el entonces cristianismo en violenta expansión y el resto de religiones del lugar.

           De esta manera, confluyen en Ágora varias tramas, con ese conflicto entre lo racional enfrentado al fanatismo religioso, poderoso escudo de la irracionalidad ciega y atrevida, junto con una ligera historia de amor platónico a tres bandas, que acaba por tratarse de manera algo superficial, entre la inalcanzable maestra alejandrina, su esclavo y uno de sus discípulos, posteriormente prefecto de la ciudad, y otra tercera sobre los progresos de Hypatia en sus descubrimientos astronómicos sobre el heliocentrismo y las trayectorias planetarias, un tema que sirve de perfecta contraposición para mostrar, en fondo y forma, con esos planos cenitales desde el espacio, lo insignificante del ser humano y sus luchas sin sentido por supuestos dioses de un universo en realidad vacío, inmutable, frío, indiferente a la suerte de esas criaturas.

           Así pues, Ágora vuelve a ser la demostración del gran dominio técnico de Amenábar, que construye una obra de loables intenciones, con un buen desarrollo de unos personajes vivos y complejos, bien interpretados por un reparto decente con la siempre sugerente Rachel Weisz a la cabeza, y con una espectacular factura que consigue una lograda ambientación, de indiscutible categoría, en una obra que pretende cierta trascendencia pero que, finalmente, acaba por resultar demasiado fría y discursiva y, por qué no, aburrida por momentos; en especial por la irregularidad de las tramas, en especial la referida a los progresos de la  astronomía de Hypatia, puede que necesaria para las intenciones del director pero que se muestra mucho menos interesante que el resto.

Un pequeño paso en falso con una obra interesante pero, en mi opinión, fallida.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

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