Tag Archives: Agricultura

Soy Cuba

19 Abr

La potencia estética es la potencia de la Revolución cubana. Soy Cuba, una obra monumental incluso en su malditismo, donde la belleza cinematográfica expresa la belleza de las ideas; un atronador rayo propagandístico en medio de la asepsia del mensaje político contemporáneo. Para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

.

Sigue leyendo

Nada personal

1 Dic

GUIA NOTHING PERSONAL

.

Año: 2009.

Directora: Urszula Antoniak.

Reparto: Lotte Vorbeek, Stephen Rea.

Tráiler

.

           El proceso de duelo romántico y regeneración sentimental alcanzan en Nada personal una categoría casi literal, puesto que la película, como si adoptase en cierto modo la estructura de El curioso caso de Benjamin Button –o mejor, la de experimentos literarios como La flecha del tiempo-, reconstruye este camino íntimo por medio de un esquema en el que el comienzo y el final se confunden o, más bien, parecen intercambiables.

           El filme narra el encuentro fortuito entre dos almas derribadas por la soledad: una joven desengañada, sumida en un profundo vacío existencial, y un viudo dolorido que deja pasar sus penas cuidando de una isla -qué otro espacio geográfico podía ser-. Cada uno por sus razones y con mayor o menor grado de radicalidad, ha renunciado a la sociedad, a sus convenciones y a sus intercambios personales.

Así, ella (Lotte Vorbeek) se lanza a la carretera en un viaje que, con acierto, la realizadora y guionista Urszula Antoniak expone que no tiene nada de romanticismo beatnik y sí mucho de necesidad, por más que el sobrecogedor paisaje irlandés invite a rebuscar apuntes de espiritualidad por el contacto con la belleza, la inmortalidad y la trascendencia de la naturaleza desbordante. No es tanto una búsqueda como una desaparición. Por su parte, él (Stephen Rea) cultiva en solitario, haciendo aflorar la vida mientras se marchita a espaldas del mundo.

           La cineasta polaco-holandesa dibuja el encuentro con sensibilidad, sin traicionar el espíritu de la obra y de los personajes –son como son, no son así para disfrute del espectador- durante este inevitable proceso de contaminación y envolviéndolos en una puesta en escena de cuidada estética, de íntima calidez en su atmósfera y ávida de buscar la hermosura de lo cotidiano.

El amor y la pérdida, la esperanza y el desaliento, brotan y se entreveran en los fotogramas ante el transcurrir de este contacto insólito e imprescindible, donde paradójicamente el desarrollo del futuro ilumina las sombras del pasado.

.

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Arroz amargo

22 Oct

arroz-amargo

.

Año: 1949.

Director: Giuseppe de Santis.

Reparto: Doris Dowling, Silvana Mangano, Vittorio Gassman, Raf Vallone, Checco Rissone, Nico Pepe, Adriana Sivieri, Lia Corelli, Maria Grazia Francia, Dedi Ristori, Anna Maestri, Mariemma Bardi, Maria Capuzzo.

Tráiler

.

           El Neorrealismo italiano -una corriente de firmes convicciones morales y artísticas afincada en la búsqueda del realismo para sembrar en la realidad exterior un mensaje de regeneración económica y social- comenzaría su decadencia a partir de producciones que introducían en sus fotogramas historias de corte más escapista y comercial, en las que el drama comprometido se veía hibridado por otros géneros populares, principalmente la comedia –el Neorrealismo rosa- o, en este caso, la intriga criminal, paradójicamente al estilo de una de las obras consideradas como fundacionales del movimiento: Obsesión (Ossessione).

           Al igual que en el hito de Luchino Visconti, que era una apropiación italianizante de El cartero siempre llama dos veces, en Arroz amargo confluyen una estética verista con influencias del documental –el retrato fidedigno de la cosecha en los arrozales del valle del Po, la selección de tipos humanos para los personajes secundarios-, con un decidido mensaje sociopolítico –la unión y la solidaridad como baluartes de la depauperada clase proletaria- y, como punto de inflexión, una trama delictiva, aunque sobre todo moral, que es la que enhebra el argumento de la película, imbuyéndola además de una sudorosa atmósfera de dilemas psicológicos y erotismo palpitante. No en vano, el director Giuseppe de Santis había participado como guionista y ayudante de realización en aquella.

En consecuencia, las trabajadas coreografías de las recolectoras -que convierten la emigración a los campos y la recogida del grano en un auténtico espectáculo visual-, conviven en el filme con detalles cinematográficamente más convencionales –el estilo de actuación de los protagonistas, sus rasgos físicos y su maquillaje permanente en comparación con la autenticidad inmediata de los extras-.

           En este contexto surge la encrucijada existencial a la que se enfrentan Francesca (Doris Dowling, estrella invitada) y Silvana (Silvana Mangano), dos mujeres antagónicas cuyos caminos de futuro quedan personalizados por dos hombres también antitéticos: el seductor ladrón Walter (Vittorio Gassman) y el desengañado sargento Marco (Raf Vallone). La perdición y la redención, condicionadas no obstante por las circunstancias que marcan la vida de cada una de ellas, determinadas en ambos casos por el hambre de la pobreza de posguerra y la carencia de oportunidades para conquistar sus anhelos profundos –la riqueza, la aventura-.

           No es éste un planteamiento sutil –con todo es menos obvio que el mensaje político que el libreto articula en segundo plano de forma discursiva-, pero sí resulta tremendamente poderoso en su expresión, conducido con firmeza mediante un destacable empleo del montaje y ensamblado con rotundidad en esta ambientación tórrida y tormentosa en la que bullen deseos y peligros, tanto de orden material como sexual. La electricidad que mana de los fotogramas es prodigiosa, intensísima por momentos. Mangano exhibe una desaforada carnalidad a través de la cual se exudan también las desatadas ambiciones de su personaje, que no obstante acierta todavía a filtrar un matiz de candor bastante conseguido.

A medida que avanza el metraje, el aliento religioso que anunciaba la apertura radiada y didáctica del filme –cuarenta días y cuarenta noches de sacrificio- se exacerba hasta alcanzar un clímax violento y desesperado que encuentra en su camino escenas de alto voltaje, como la atronadora y enloquecedora recolecta bajo la lluvia, inundada de chaparrones bíblicos, vírgenes extáticas, cantos en trance y registros sonoros ensordecedores.

           Auspiciado por el emergente productor Dino de Laurentiis, que comenzaba entonces a dar los primeros pasos en la construcción de su ambicioso imperio cinematográfico –de la misma manera que Mangano, Gassman y Vallone fundarán a partir de aquí una exitosa carrera-, De Santis continuaría profundizado en los dramas rurales de posguerra, traumáticos y de color noir, con No hay paz bajo los olivos.

.

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Corn Island

1 Ago

“No hay nada que pueda superar al diseño de la naturaleza, nada. Verla en su forma más pura, en esos lugares que no han sido tocados, que están tal y como eran hace miles y miles de años… Eso es algo muy poderoso. Yo paso mucho tiempo montando a caballo y hay algo muy especial al estar en la naturaleza en su estado puro, algo que tiene un efecto muy profundo en uno mismo: te pone la vida en perspectiva.”

Robert Redford

.

.

Corn Island

.

Corn Island

.

Año: 2014.

Director: George Ovashvili.

Reparto: Ilyas Salman, Mariam ButurishviliIrakli Samushia, Tamer Levent.

Tráiler

.

            Curiosidades de la cartelera española, han coincidido en las salas del país, casi simultáneamente, Mandarinas y Corn Island, dos coproducciones de esencia georgiana y enclavadas en la Guerra de Abjasia de 1992 y 1993, herida abierta tras el desmoronamiento del coloso soviético. Además, ambas películas proceden a desarmar con profunda humanidad la sinrazón de un conflicto perdido en un lugar recóndito el cual manifiesta su trascendencia y su eternidad a través de esa misma tierra generosa en frutos -como indican ya los propios títulos de las obras-. Un territorio donde la propiedad, si tal cosa existe, solo puede definirse a través de la creación, del trabajo. “Esta tierra pertenece a su creador”, zanja el hombre protagonista de Corn Island cuando su nieta le interroga si la fértil isla donde cultivan maíz se encuentra en los límites de Georgia o de la Abjasia.

            Es este uno de los escasos diálogos que se testimoniarán a lo largo de una obra que no por ello habla con voz menos clara y estentórea. Corn Island expone su discurso por medio de elementos capaces de reducir al ser humano y sus conflictos a su justa dimensión. Siguiendo esta idea, el desarrollo del filme se acompasa al ciclo de la vida, manifestado en los ritmos de una cosecha de maíz que emerge de la Naturaleza, de una isla afortunada en mitad del río Enguri, en su curso desde el Cáucaso al Mar Negro, como uno más de sus magnánimos milagros, tan solo parejo a sus correspondientes e inexorables caprichos de destrucción.

Portentos, en definitiva, ante los que el hombre solo puede ejercer de espectador impotente o amoldar su breve circunstancia a aquello que le es concedido –el hogar, en definitiva, que puede ser representado por apenas un par de líneas de sombra sobre el suelo-.

            En comparación con los puntuales e innecesarios movimientos de cámara, acometidos con menor elegancia, la realización de George Ovashvili alcanza su mayor grado de finura cuando se pliega al poderoso entorno que compone el escenario y se apresta a capturar con delicadeza estos pequeños y expresivos detalles que equivalen a conceptos absolutos.

Heredando el mitologema presente en la cosmovisión del ser humano –el mito de Osiris, por poner uno de sus primeros y más conocidos ejemplos-, la siembra, maduración y siega de los vegetales se transforman en Corn Island en una metáfora de la existencia universal. Una proyección simbólica que amplía con sutileza la perspectiva del relato, donde la perturbación producto de la terrible acción bélica, sita en una frontera puramente ilusoria y descabellada, queda enmarcada casi como un detalle anecdótico. Un ciclo que, además, también se hace carne en el crecimiento de la muchacha que ayuda al viejo en su tarea –la pérdida de la infancia, el descubrimiento de la sexualidad-, y que, en conjunto, desprende a su paso acentuadas sensaciones de melancolía y fugacidad, así como de una leve épica muy humana, poética y perecedera.

Con el majestuoso paisaje caucásico transformado en un personaje más, sobrecogedor, hermoso, lírico y omnipotente, la diosa naturaleza y la trascendencia metafísica reclaman pues su protagonismo en la cinta trazando poco a poco el círculo cósmico del eterno retorno; de la vida, la muerte y la resurrección.

.

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Días del cielo

25 May

“La tierra a la cual pasáis para poseerla, es tierra de montes y de vegas; de la lluvia del cielo ha de beber las aguas; tierra de la cual Jehová tu Dios cuida: siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin de él. Y será que, si obedeciereis cuidadosamente mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a Jehová vuestro Dios, y sirviéndolo con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma, yo daré la lluvia de vuestra tierra en su tiempo, la temprana y la tardía; y cogerás tu grano, y tu vino, y tu aceite. Daré también hierba en tu campo para tus bestias; y comerás, y te hartarás. Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe, y os apartéis, y sirváis a dioses ajenos, y os inclinéis a ellos; y así se encienda el furor de Jehová sobre vosotros, y cierre los cielos, y no haya lluvia, ni la tierra dé su fruto, y perezcáis presto de la buena tierra que os da Jehová. Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis por señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas, ora sentado en tu casa, o andando por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes: Y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus portadas: Para que sean aumentados vuestros días, y los días de vuestros hijos, sobre la tierra que juró Jehová a vuestros padres que les había de dar, como los días de los cielos sobre la Tierra.”

Deuteronomio 11:11-21

 

 

Días del cielo

 

Año: 1978.

Director: Terrence Malick.

Reparto: Linda Manz, Richard Gere, Brooke Adams, Sam Shepard.

Tráiler

 

 

              La irrupción de Terrence Malick en el panorama cinematográfico se enmarca dentro de la segunda generación de directores del Nuevo Hollywood, creadores más jóvenes, académicos y de profunda cinefilia como Martin Scorsese, Brian de Palma, William Friedkin o Steven Spielberg. Sin embargo, su particular forma de entender el Séptimo Arte, las características de su intermitente pero homogénea obra y su actitud independiente respecto de los medios de comunicación, la industria, y el mundo del cine en general, le convierten en una figura única, especial e irrepetible.

Profesor de filosofía, explorador de la condición humana, Malick buscará siempre, desde su labor compartida de director y guionista de sus películas, la confrontación del ser humano con lo trascendente: Dios, la Naturaleza, la muerte.

Su debut como director propone ya un indicio significativo: la reinterpretación de la mitología de la pareja de forajidos-amantes, uno de los elementos fundacionales y de mayor popularidad de ese Nuevo Hollywood tras el Bonnie & Clyde de Arthur Penn por el surgimiento de una nueva espectacularización de la violencia y el sexo.

El realizador tejano traducirá el desafío del rebelde en un relato en clave lírica sobre el desarraigo de una generación perdida y la pérdida de la inocencia.

            Su segunda obra, Días del cielo, muestra aún con mayor claridad estas constantes. De nuevo, la narración queda fijada por la mirada pura, inocente y, por tanto, limpia y lúcida de una niña. Un arquetipo que conforma el principal centro gravitatorio de los filmes de Malick, donde tampoco está de más señalar incluso el sorprendente pero nada casual parecido físico entre la joven Linda Manz en esta, Jim Caviezel en La delgada línea roja y el niño Hunter McCraken en El árbol de la vida. Personajes que son sabedores, desde esa ingenuidad y “desconocimiento” de la realidad equiparable al del buen salvaje, de lo verdaderamente valioso de la vida: el juego como modo de relación con el mundo, el sentimiento comunicado, la intimidad compartida.

Individuos que se mantienen positivos, símbolos de la esperanza futura pese a los embates de esa realidad emponzoñada por el hombre adulto, de moral deteriorada, incapaces de comprender la maldad, aptos para sobreponerse a ella.

Es ante sus ojos, ante su mente en perpetua reflexión, aprendizaje y duda –esa voz en off empleada de forma magistral como uno de los signos estilísticos distintivos de su obra- donde aparece lo prosaico de la existencia del hombre, el engaño, los celos, la decepción, la desigualdad, la injusticia, la traición, la muerte: la ambigua relación de su hermano Bill (Richard Gere) con su pareja (Brooke Adams), un romance disfrazado casi de incesto por egoísmo; la utilización de ella como amante del moribundo patrón de la vasta granja (Sam Shepard) para sobrevivir a un mundo feroz y unos tiempos desesperados por medio de un viciado y obligatoriamente trágico triángulo amoroso.

            Una corrupción que no parece consustancial a la Naturaleza, siempre presente en unos campos infinitos, bullentes de vida y belleza a modo de Edén redivivo donde se concitan mil lenguas y razas –opuesto a la ciudad, sucia y enferma, que condena al hombre a un trabajo industrial contaminante e ingrato-, o a un Dios al que se puede sentir en el crecimiento de las fértiles cosechas, en el castigo con la plaga de langostas como respuesta al mal producido por el ser humano.

Es el hombre el que, con sus pecados, desencadena el flameante Infierno en el Paraíso.

            Días del cielo es una historia narrada con suma delicadeza a través de conversaciones y escenas intimistas y sustanciosas –Malick sobresale además como excelente director de actores, capaz de sacar jugo y sentimiento a intérpretes tan sosos como Gere o Brooke Adams- y un ritmo lindante con lo contemplativo, dispuesto a saborear el milagro imperceptible y cotidiano, con la atención al detalle como fuente de poesía y a lo majestuoso del bucólico escenario natural como imagen de magnificencia, captado en todo su esplendor por la sublime fotografía de Néstor Almendros, acompañado de la buena partitura de un Morricone contenido, clásico.

Otra gran obra de un cineasta incomparable.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 9.

El forastero

21 Abr

“Han sido juzgados por doce hombres honestos y buenos, no semejantes a ustedes, sino tan superiores como el cielo lo está del infierno, y los han declarado culpables. El tiempo seguirá su curso y las estaciones se sucederán una tras otra. La primavera, meciendo la verde hierba, con montones de dulces y olorosas flores sobre cada colina y cada valle. Luego el sofocante verano, con sus tenues olas de calor en el tostado horizonte. Y el otoño, con el estruendo de la cosecha y las colinas tiñéndose de ocres y dorados bajo un sol que se apaga. Y por último el invierno, con sus vientos lacerantes y lastimeros, dejando toda la tierra cubierta por un manto de nieve. Pero ustedes no estarán aquí verlo, maldita sea, porque esta Corte ordena que sean llevados al árbol más cercano y colgados por el cuello hasta la muerte, sucios hijos de una cabra montesa.”

Roy Bean 

 

 

El forastero

 

Año: 1940.

Director: Wiliam Wyler.

Reparto: Gary Cooper, Walter Brennan, Doris Davenport.

Tráiler

 

 

           El territorio del Salvaje Oeste tiene algo de escenario bíblico. Es la génesis de la construcción de un país, a sangre y fuego, atravesando desde la nada diferentes estadios de civilización, partiendo de la anomia hasta llegar, una vez asumido y desterrado el reino de la ley del más fuerte, a la razón y la justicia.

Es en estos parajes donde surgen figuras patriarcales, como las solía calificar el crítico y erudito Ángel Fernández Santos, que van dando forma a la nación a partir de unas concepciones particulares que graban a fuego sobre el territorio en el cual ejercen su influencia, muchas veces basada en la coacción.

Es este el caso de Roy Bean, “el juez de la horca”, autoproclamado magistrado de las recién adquiridas regiones del sur de Texas. Encarnación de una ley unipersonal y árbitro de vida y muerte de un área en disputa entre ganaderos y agricultores, derramamiento de sangre que sucede en esta lógica creadora al del hostigamiento, persecución y caza del indio y del mexicano.

            En El forastero, William Wyler dirige el primer acercamiento a la figura de Bean, juez y cantinero, con un revolver por mazo para dictar sentencias. El alsaciano describe al estrafalario líder judicial y moral de Vinergaroon -luego rebautizada Langtrey, en honor a la actriz británica Lillie Langtrey, idolatrada por Bean-, cochambroso villorrio al Oeste del río Pecos, oculto tras un recubrimiento cómico, próximo a la farsa, en principio cuestionable dado el controvertido carácter del hombre tras los fotogramas.

Se echa quizás en falta, pese a la cierta negrura que hará acto de presencia hacia el final de la función, una visión más descarnada, ácida y turbia, menos amable o complaciente.

Es este un universo particular, aislado del resto del mundo conocido, en el que el crimen más grave es el de matar a un novillo. De poco vale emplear en defensa propia que se apuntaba al hombre. Mala suerte, si se erró el tiro. La irrupción seca y cortante de la horca apunta el primer paso a la tragedia.

            A pesar de la presencia irresistible de Bean (Walter Brennan), la película fija no obstante su atención en ese forastero epónimo encarnado por Gary Cooper, pistolero errante, figura desarraigada que intenta mediar entre colonos y ganaderos mientras trata al mismo tiempo de burlar al terrible y mitómano juez y conseguir el amor de una bella agricultora.

            Esas notas de comedia, con sus personajes extravagantes y su música festiva, se transmutan progresivamente en agridulces y finalmente amargas, puede que tras un cambio de tercio demasiado raudo. Un despertar abrupto a la conciencia del carácter temible y reprobable de ese pintoresco Bean.

Este pero queda sin embargo compensado por la buena factura técnica, en especial con la bella fotografía del maestro Gregg Toland, además de por un guion poblado de soberbias frases y diálogos lapidarios y la excelente complicidad entre dos viejos camaradas, compañeros de reparto en un par de películas precedentes, en otra, El sargento York, ese mismo año y más tarde en unas cuantas posteriores: un Cooper que aplica las contradicciones en el tono del argumento a su propia interpretación, mutando su gesto de amable y pícaro a grave y tenso, y un impagable Walter Brennan, tierno y terrible a la vez, que devora la pantalla en cada aparición, hecho que le valdría su tercera estatuilla como mejor actor de reparto.

Título fundamental del western.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

La ruta del tabaco

29 Dic

“El director ha de cumplir ciertas reglas comerciales. En esta profesión, un fracaso artístico no supone nada, en cambio un fallo comercial es una condena. El secreto es hacer películas que complazcan al público y en las que a la vez el director pueda revelar su personalidad.”

John Ford

 

 

La ruta del tabaco

 

Año: 1941.

Director: John Ford.

Reparto: Charley Grapewin, Elizabeth Patterson, Gene Tierney, William Tracy, Marjorie Rambeau, Ward Bond, Dana Andrews.

 

 

 

            Después de firmar Las uvas de la ira el año anterior, y ¡Qué verde era mi valle! ese mismo año, John Ford clausuraba su trilogía de cine social con La ruta del tabaco, que diverge respecto a los anteriores por su carácter de cuentecillo esperpéntico-satírico con vocación populista sobre la decadencia y el desarraigo forzoso –elementos centrales también de las anteriores- del Deep South norteamericano.

            Basado en la exitosa obra teatral de Jack Kirkland –ocho años ininterrumpidos sobre las tablas-, a su vez traslación de la novela homónima de Erskine Caldwell, La ruta del tabaco fija de nuevo el punto de vista en una familia, símbolo de permanencia frente a un mundo cambiante e irreconocible, en el que solo cabe lugar para un futuro insensible dominado por entidades asépticas, casi etéreas –la compañía en Las uvas de la ira, el patrón en ¡Qué verde era mi valle!, el banco aquí- que suponen el factor de alejamiento entre el individuo y la tierra de la que proviene, a la que pertenece y de la que sobrevive. Problemas todavía actuales, como recuerda la simpática y aguda alegoría del cortometraje The accountant, ganador del Oscar en su categoría en 2002.

            La familia de Jeeter Lester, al contrario de las anteriores, vive feliz y al día en la miseria de su presente –siempre que puedan conservar su cochambrosa finca- mediante pequeños hurtos, pequeños trueques y escamoteos a roñosos y grotescos compañeros de penurias. Seres mezquinos y zarrapastrosos pero con gran vis cómica que representan los tópicos de la América agrícola, atrasada, supersticiosa y paupérrima –ejemplo que también se reflejará en la poco posterior Canción del sur– para el entretenimiento del urbanita neoyorkino con palco preferente en un teatro de Broadway, donde se alternan gags de puro slapstick y ocurrencias de la confrontación entre lo rural orgulloso y la civilización con otros quizás no tan inocentes, que esconden en su fondo cierta pesadumbre melancólica por el ocaso de unas formas de vida anacrónicas pero bellas a su manera, de las que Ford aún se encarga de rescatar una cierta sombra de lirismo bucólico, por mucho que la recalcitrante familia de costrosos rednecks se empeñe en perpetuar, frente a cualquier inmerecida segunda oportunidad, la versión más lastimosa de los estereotipos de esa indomable Norteamérica meridional, de los cuales se erigirán como paradigma en la cultura popular del país.

            La ruta del tabaco no ha envejecido del todo bien. Parte de su humor y mucho de su narración se perciben obsoletos, ausente también la profundidad dramática de sus precedentes en la trilogía, cuyo espacio se cede a la comedia pura. Sin embargo, aún permanecen unos personajes adorables, algún chiste todavía rescatable, un encomiable trabajo actoral –Charles Grapewyn es todo desparpajo en su sempiterno papel de viejo desdentado, Gene Tierney sale guapa hasta bañada de mugre y el hiperactivo William Tracy tiene un don especial para recibir tundas- y las acostumbradas buenas maneras de Ford tras el objetivo.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

A %d blogueros les gusta esto: