Tag Archives: Agente secreto

Alphaville (Lemmy contra Alphaville)

26 Jun

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Año: 1965.

Director: Jean-Luc Godard.

Reparto: Eddie Constantine, Anna Karina, Akim Tamiroff, László Szabó, Howard Vernon.

Tráiler

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         Alphaville es la idea que tenía Jean-Luc Godard, autoproclamado rompedor de cadenas cinematográficas, de hacer cine de ciencia ficción en la cresta de la Nouvelle vague, esa corriente tan cinéfila como iconoclasta. Es decir, sintetizar las pulsiones del género -entremezcladas además con las del cine negro, territorio donde debutaba con Al final de la escapada, a partir del empleo del personaje pulp de ese Lemmy Caution con el sempiterno rostro ajado de Eddie Constantine y que además se enfrenta de nuevo contra su primer enemigo en el cine, Howard Vernon- para después deconstruirlas formalmente, contaminándolas de metaficción y fetichismo, y acabar finalmente poniéndolo todo al servicio de su egomanía.

         Las andanzas de un agente secreto en la capital de una galaxia lejana y deshumanizada, que curiosamente se asemeja mucho en su urbanismo y sus objetos al París de los años sesenta, se enfocan hacia la investigación de un caso existencialista. En lo profundo de la noche, en lo inhóspito de los interminables pasillos llenos de puertas, en las lóbregas calles donde tanto hace sol como nieva según el desvío que se tome, Lemmy Caution trata de escapar de los tentáculos de la máquina definitiva: Alpha 60, el paso inexorable de la evolución de la especie hacia un futuro regido por la lógica pura de la tecnología. Matemático, aséptico, libre de la intromisión de los humores, las apetencias, las emociones. Libre del sentimiento y de la ternura. Del amor.

         Hay cierto hipnotismo onírico en los escenarios que crea Godard, quien, arropado por la poderosa fotografía en blanco y negro de Raoul Coutard, consigue dotar al mundo contemporáneo de una sugerente evocación futurística por medio un montaje que traza amplios planos secuencia y extrañas y repentinas fugas; de una iluminación que ataca directamente a los ojos del espectador y de sonido que agrede sus oídos -la voz de laringófono del superordenador-.

         En esta atmósfera distópica, en esta indagación aparentemente pulp, va deslizando interrogantes filosóficos acerca de las opresiones de la vida en la sociedad coetánea, situada en mitad de la lucha entre los grandes poderes de la Guerra Fría; a propósito de la delimitación de la naturaleza humana; sobre el tiempo a la vez fijo en el presente y mortalmente inexorable en su transcurso.

Pero, en su recalcitrante insistencia en la vanguardia formal, Godard termina por ahogar todas estas cuestiones en un festival a mayor gloria de su ingenio rupturista, un asunto especialmente grave cuando, precisamente, se denuncia la carestía de emociones. El caos del cineasta francés -que también puede entenderse como una reacción propia dentro de esa denuncia contra la existencia planificada que imponen los totalitarismos de todo cuño- es un caos medido a la perfección, intelectualoide, falsamente cinéfilo, egoísta, sin empatía. Aunque tal vez sí logre apreciarse verdaderamente ese resplandor cegador del amor cuando Godard filma el rostro de su pareja, Anna Karina.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 6.

Munich

10 Jul

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Año: 2005.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Ayelet Zurer, Geoffrey Rush, Mathieu Amalric, Michael Lonsdale, Valeria Bruni Tedeschi, Marie-Josée Croze.

Tráiler

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         Sería interesante una sesión doble con La lista de Schindler y Munich, dos películas pertenecientes a la versión ‘seria’ y ‘adulta’ de un autor que en su conciencia cinematográfica siente el peso del apodo de Rey Midas de Hollywood y trata de subvertirlo a partir de un cierto compromiso social que le lleva a sumergirse en capítulos problemáticos de la historia contemporánea. En este caso, bien valdría enfrentar su relato del Holocausto, en el que homenajea su ascendencia judía, con su revisión de las consecuencias que aparejan las decisiones del joven Estado de Israel, que, al mismo tiempo, son en buena medida fruto del hecho anterior. “Otra vez judíos perseguidos y asesinados en Alemania”, lamenta el personaje que representa a la primera ministra israelí, Golda Meir, cuando analiza el secuestro y asesinato de los atletas de la delegación hebrea en la olimpiadas de 1972 en Munich.

         El juego con los paralelismos y las oposiciones, de hecho, es una constante en la película de Spielberg. A la relación de nombres de los caídos, se contrapone la relación de nombres de los palestinos convertidos en objetivos de los servicios secretos. Al dolor de la familia de los secuestrados ametrallados, se contrapone el dolor de la familia de los secuestradores abatidos. Al asalto de la villa olímpica muniquesa, todo titubeos e incertidumbre en los terroristas, se contrapone el asalto a los cuarteles de Beirut, todo determinación y eficacia homicida por los soldados israelíes. A los progresos del protagonista en su misión se contrapone el descubrimiento al detalle del incidente que da al lugar a esta gélida y tenebrosa explosión de violencia.

Bañada por el pesimismo y la oscuridad moral del cine de espionaje de los sesenta y setenta -equiparable además al contexto internacional contemporáneo de lucha contra el yihadismo global-, Munich describe la destrucción del presunto héroe anónimo, un individuo cualquiera a quien, en nombre del patriotismo y la sangre, se le entrega la misión de regenerar ojo por ojo el bienestar de una nación sufriente y que busca legitimaciones en su traumático itinerario histórico. Así, desde un enrolamiento convencido en un Israel soleado, en el que forma parte de una comunidad humana sonriente y hermanda al compartir el pan entorno a la mesa, el filme se adentra progresivamente en unos escenarios sombríos, confusos y decepcionantes donde las certezas se diluyen a la par que despiertan los fantasmas morales e incluso las dudas pragmáticas.

         Spielberg narra con habilidad expresiva y con endemoniado sentido del ritmo -porque este thiller de 164 minutos es entretenidísimo- la remontada por sus particulares meandros del Mekong que, como si fuese el capitán Willard de Apocalipse Now, emprende Avner (Eric Bana), con inaudita parada incluida en una hacienda francesa inesperadamente idílica y propicia para la reflexión distanciada sobre la misión, al igual que ocurría en la versión Redux de la obra maestra de Francis Ford Coppola. Aunque aquí ni siquiera hay un totémico Kurtz al final del camino. En ella no hay iluminación lisérgica, ni despertar, ni concienciación. Pero el absurdo y la desesperación son muy parecidos.

         Munich funciona mejor cuanto más cruda e inhóspita es, puesto que los deslices verbalizadores o de desgarrado lirismo simbólico que arroja de tanto en tanto parecen accesorios y obvios. Sintetiza mejor mediante la acción que mediante la reflexión. A medida que corre hacia adelante, Munich va materializando ese alejamiento del concepto de hogar que, en principio, centra la motivación de los personajes. Se revela su artificialidad en su aspecto, en los acentos de sus gentes, en sus personalidades y costumbres heterogéneas, en su ser.

El descorazonador patetismo de los asesinatos -que comienzan con el fusilamiento torpe y lamentable de un intelectual y concluyen con un agresivamente frío y sórdido acribillamiento de una mujer-, la debilidad de las excusas que sustentan la masacre en curso o el desmoronamiento progresivo de cualquier certeza a nivel personal, moral o político son suficientemente demoledoras para dibujar por sí solas este arco hacia la oscuridad que recorre un Avner que comienza su andadura como un atlético y comprometido padre de familia para degradarse progresivamente en un cadáver vaciado física y espiritualmente, semejante al niño Florya Gaishun de Masacre: ven y mira que barría el horror del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial y, aun así, todavía conservaba los redaños de humanidad para diferenciar el bien del mal ante el retrato mismo del enemigo. La precisión con la que se ejecutan los primeros encargos se disuelve igualmente en escenas desconcentradas, donde esta vez la intriga no precede tanto de la tensión del mecano activado, sino de los temores que arrecian durante la tarea letal.

         El filme fue ampliamente repudiado por sectores de opinión de Israel y Estados Unidos por la versión comprensiva que se ofrecía del Septiembre Negro palestino y la desconfianza acerca de los procedimientos de contraterrorismo israelíes, a pesar de que, extrañamente, se excluyen capítulos que a priori concuerdan con exactitud con el tono apesadumbrado de la obra como el asesinato por error de un camarero marroquí en Noruega, confundido con el ambicionado Alí Hassan Salameh.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Encontré al diablo (I Saw the Devil)

18 Feb

“Dime una cosa amigo mío, ¿has bailado con el demonio a la luz de la luna?”

El Joker (Batman)

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Encontré al diablo (I Saw the Devil)

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Año: 2010.

Director: Kim Ji-woon.

Reparto: Lee Byung-hun, Choi Min-sik, Gook-hwan Jeon, Ho-Jin Jeon, San-ha Oh, Yoon-Seo Kim.

Tráiler

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            La invasión masiva a principios de milenio del anodino cine de terror japonés trajo como contrapartida una mayor apertura del mercado cinematográfico occidental a las películas asiáticas, en especial aquellas relacionadas también con temáticas morbosas o, cuanto menos, con un tratamiento crudo y original de la violencia.

A pesar de las malas perspectivas iniciales que parecían prometer estas premisas, el espectador europeo pudo asistir a una de las formas de hacer y concebir cine más activas, atractivas e innovadoras de la actualidad, la industria de Corea del Sur, donde refulgía, entre otras cintas más propias de circuitos festivaleros, una serie de autores que asumía, remodelaba y renovaba el cine negro en clave asiática.

Es aquí donde surgen verdaderas joyas del thriller contemporáneo como Memories of Murder de Bong Joon-Ho –que precisamente ponía patas arriba muchos de sus paradigmas- o la emblemática trilogía de la venganza de uno de los directores más interesantes de la actualidad, Park Chan-woon, compuesta por Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy y Sympathy for Lady Vengeance.

            El nombre de Kim Ji-woon comienza a sonar, precisamente, dentro de este auge del terror oriental con Dos hermanas, una irregular película de apariciones fantasmagóricas donde se apreciaba un nada desdeñable atrevimiento pero, al mismo tiempo, una tendencia preocupante a la desmesura, como más tarde evidenciaría el exhibicionistamente desinhibido spaghetti western El bueno, el feo y el raro.

En Encontré al diablo, Ji-woon compone un corpulento thriller que entremezcla las claves del cine de venganzas implacables y sangrientas con otras características del enfrentamiento cara a cara -batalla épica y juego del ratón y el gato al mismo tiempo- entre el detective y el serial killer, imagen sobredimensionada del monstruo de obsesiones e irracionalidad que todo hombre oculta en su interior.

            En cierto modo, Encontré al diablo supone otra nueva mirada sobre el arte de la venganza que Chan-woon había explorado en la colosal Oldboy, filme que exhibía una intrincadísima y diabólica doble persecución conducida por el arrollador ritmo en espiral que marcaba, obsesivo, un vals en extasiante crescendo. Curiosamente, es aquí el inolvidable Oh Dae-su de aquella, el genial Choi Min-sik –que parece querer conceder un homenaje inicial a su icónica imagen, prosaico martillo en ristre- quien sufrirá la ira, terrible por antinaturalmente contenida y sistemática, del agente de los servicios de inteligencia (un acertadísimo Lee Byung-hun, actor fetiche de Ji-woon) a cuya mujer ha asesinado y desmembrado con su cruel modus operandi habitual, monstruo entre los monstruos.

El cazador cazado, el hombre corriente al que el dolor inconsolable empuja al abismo, que le conmina a dar rienda suelta a su propio monstruo, incontrolable, maléfico, destructor por vía directa o indirecta de todo lo bueno que hay en uno.

            Ji-woon depura su estilo y evita caer en las redundancias que aparecían en Dos hermanas. Dosifica y explota a su antojo, con pulso de cirujano y mediante la sólida arquitectura de su guion, la tensión que supura ese constante tira y afloja, ese duelo de tortura y liberación que implica un macabro juego de estímulos y frustraciones, así como a su vez una peligrosa condena sisífica. Por su parte, la intensidad progresiva de la película queda garantizada gracias a la soberbia puesta en escena, donde Ji-woon se deja las entrañas siempre desde un control detallista, sin caer en el exceso pero con una potencia y agresividad arrebatada.

Sin embargo, si la causticidad de Oldboy, la que lo hacía escalofriantemente espantosa, era de carácter psicológico –la naturaleza de la vendetta, su origen y su final-, la de Encontré al diablo procede en demasiadas ocasiones de su grafismo incontenido, del feroz impacto visual de su desatada violencia, de su visceralidad desaforada, hecho que provoca que, aunque sea una cinta fervientemente recomendable, no consiga alcanzar la categoría de la obra maestra de Park Chan-wook.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

Nikita, dura de matar

23 Nov

“¿Por qué hice En busca de Freddy? ¿Por qué me metí en todas esas locuras submarinas con El gran azul? ¿Por qué me puse en plan negro y desagradable con Nikita? No lo sé. Porque sí. Hago lo que hago porque me apetece, porque quiero explorar, buscar nuevos horizontes.”

Luc Besson

 

 

Nikita, dura de matar

 

Año: 1990.

Director: Luc Besson.

Reparto: Anne Parillaud, Tchéky Karyo, Jean-Hugues Anglade, Jeanne Moreau, Jean Reno.

Tráiler

 

 

            El cambio de década entre los ochenta y los noventa imponía en las pantallas una ola especialmente violenta de cine, una postmodernidad en la que los códigos preestablecidos evolucionaban hacia nuevos horizontes -no siempre acertados-, ahora pocas veces regidos por los dictados de la industria hollywoodiense, donde la aportación de directores foráneos –influidos e influyentes en el cine norteamericano- iba a crear escuela, más tarde directamente importados a golpe de dólar, casos del hongkonés John Woo o el que hoy nos ocupa, el francés Luc Besson.

            Después de captar la atención fuera de su país con El gran azul, ambientada en el mundo del submarinismo, su gran pasión, Besson llamaría definitivamente a las puertas de Hollywood con Nikita, dura de matar. Es, curiosamente, un thriller de sabor muy americano en el que se entremezclan la temática de los secretos cuerpos de élite al servicio del gobierno con el melodrama a lo My fair lady: una joven punky (Anne Parillaud, por entonces esposa de Besson) es, tras ser condenada por el asesinato de un policía, reciclada en asesina al servicio del gobierno por medio de un durísimo entrenamiento –moldeo hacia “lo correcto” que queda simbolizado de manera muy significativa en una sesión de maquillaje, metáfora poco apreciada por el feminismo, imagino-.

Besson exhibe sus armas: montaje frenético, estética agresiva y personajes al límite, con una protagonista que es forzada a ser algo que no desea y, más tarde, a superponer a ese camino no escogido a su propia vida, a su verdadera segunda oportunidad, la que le concede el amor hacia un personaje que sí es, en esencia, genuinamente positivo.

            La cinta no logra convencer en su intento de mostrar un conflicto emocional que queda apuntado con ligereza y poca decisión y que, de hecho, lo que más bien provoca es la sensación de que entorpece y alarga en exceso lo que podía haber sido un ejercicio de acción pura y desinhibida, quizás menos pretencioso, pero más eficaz como vehículo de entretenimiento despreocupado. No hay demasiados lazos que aten al espectador con Nikita, un ser casi sobrenatural en su aguante y habilidad para la violencia, maltratado pero apático, de una sensibilidad surgida de manera poco natural más tarde en un quiero y no puedo de dotar de algo más de fondo a una historia corriente de acción y agentes secretos que el director parisino parece no saber demasiado bien a dónde conducir y que se le acaba por desparramar en el exceso.

            Como mucho, se podría valorar su contribución al perfeccionamiento del hacer de Besson, que fructificaría, ya en suelo norteamericano, en una película notable, Léon, el profesional, donde ya consigue dominar la combinación de manierismo en el rodaje de la acción e intimismo en las relaciones emocionales entre personajes.

Hay remake estadounidense, peor valorado, y serie.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 4.

Traición sin límites

15 Nov

“¿Narcotraficantes mexicanos? Tenemos que bajar allí, matarlos a todos y arrasar el lugar con bulldozers para que cuando despiertes al día siguiente, no quede nada en absoluto. Creo que si se tiene fuerza militar, hay que emplearla.”

John Milius

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Traición sin límites

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Año: 1987.

Director: Walter Hill.

Reparto: Nick Nolte, Powers Boothe, María Conchita Alonso, Michael Ironside, Clancy Brown, Rip Torn.

Tráiler

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            No podía esperarse menos de la colaboración entre Walter Hill y John Milius, guionistas capaces de escribir libretos más que notables –La huida, Límite: 48 horas; Dillinger, Apocalypse Now, Conan, el bárbaro, respectivamente- pero propensos a la irregularidad y a la loa a la fuerza bruta y al militarismo hasta extremos a veces risibles –Aliens: el regreso, Danko: calor rojo; Amanecer rojo, inspirar el personaje paródico de ese Walter Sobchak incapaz de dejar atrás la Guerra del Vietnam inclusive-, que una cinta de tipos duros, justicieros con pistola y militares heroicos y crepusculares.

           Traición sin límites es un batiburrillo con aire de western en el que un incorruptible ranger de Texas (Nick Nolte) ha de lidiar día a día en su feudo con la degradación espiritual y la violencia del tráfico de drogas, dirigido por su amigo de toda la vida (Powers Boothe) desde el lado opuesto de la frontera, de la moral, de la ley y del corazón de su chica (María Conchita Alonso). Por si no fuera suficiente, esta titánica y viril lucha entre camaradas va a pillar por medio a un secreto cuerpo de élite del ejército, émulos del entonces exitoso Equipo-A, que busca recuperar del banco local pruebas incriminatorias del susodicho narco, disimulándolo astutamente con un robo a la luz del día, con explosivos y tecnología puntera (de los ochenta). Casi nada.

            Un guion delirante que da lugar a una historia sin demasiada lógica al servicio de una ensalada de tiros, testosterona mal controlada, mexicanos desaliñados, justicia sumarísima, cocaína, melodrama machista forzado y algún tímido chascarrillo metido con calzador, todo ello aderezado con una de esas deleznables bandas sonoras propias de la década –qué afición por el sonido electrónico y por marcar los tiempos con la batería, señor, señor-, y que, no contento con incluir sin venir a cuento una presentación inicial de personajes que homenajea a un western mayúsculo como Los profesionales, tiene finalmente la desfachatez de dedicarle otro execrable tributo a la gigantesca Grupo salvaje.

            Poco se puede rescatar del naufragio, a excepción de un Nick Nolte que por lo menos le pone empeño al asunto.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 3,5.

Los aristócratas del crimen

26 Ago

“Las artes marciales son parte de una filosofía, no deben ser consideradas un arma. Y por eso, recuerda: no hay nada como un buen revólver.”

Les Luthiers

 

 

Los aristócratas del crimen

 

Año: 1975.

Director: Sam Peckinpah.

Reparto: James Caan, Robert Duvall, Arthur Hill, Bo Hopkins, Burt Young, Mako.

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           El principio de la decadencia en la carrera de Sam Peckinpah, más allá de su éxito o su fracaso comercial, este último bastante habitual en toda su trayectoria, se considera iniciado a partir del rodaje de la que probablemente sea la obra que disfrutó de mayor libertad artística, Quiero la cabeza de Alfredo García, la que además es, con toda justicia, una de las cumbres de su cine.

Tras ella,  Peckinpah rodaría una cinta puramente alimenticia como es esta Los aristócratas del crimen, renunciando al control del guión y la producción para una película que sigue una de las modas de la década, la de las cintas de acción de artes marciales, popularizadas por la factoría hongkonesa de Raymond Chow y el éxito de Bruce Lee, todo un icono tras su entonces reciente desaparición.

           La trama del filme pasa por el manido tema de las traiciones, juegos dobles y venganzas entre agentes secretos -eufemismo para asesinos mercenarios-, ambientado en una oscura empresa privada subcontratada por la CIA para realizar pulcramente parte de su trabajo sucio; incorporando en esta ocasión un par de elementos recurrentes en la obra de Bloody Sam como son el de esos personajes anacrónicos revestidos de un halo de desencanto y el de los antiguos amigos que tornan en rivales -si bien ambos, especialmente el segundo, mucho menos matizados y sin el asomo de la poesía que rezumaban otras de sus películas como Duelo en la Alta Sierra, Grupo Salvaje o Pat Garrett y Billy the Kid, aquí protagonizada por los agentes Mike Locken (James Caan, papel a la medida para uno de los machos alfa del momento) y el renegado George Hansen (Robert Duvall), quien lo dejó fuera de servicio tras la infructuosa última misión, parte ahora de bandos enfrentados que se disputan la vida de un político revolucionario e idealista –cómo no, protegido por guardaespaldas desengañados y amorales- de la República de China, de visita (poco justificada) por un San Francisco que había pasado de ser una de las capitales del noir a una ciudad emblemática del cool cine de acción setentero gracias a producciones como Bullitt y Harry, el sucio.

Una excusa como otra cualquiera para enfrentar en combate a muerte a esos camaradas-contendientes y, además, introducir con calzador el factor oriental de las luchas de artes marciales.

            A pesar de la pobreza argumental de la película y que alarga en exceso la inevitable primera parte de recuperación, entrenamiento y preparación del héroe, Peckinpah logra conferir arrestos a la acción con su inconfundible e inimitable estilo, con su sello personal en forma de baños de plomo y hemoglobina a cámara lenta y montaje intercalado y ágil, además de dedicarse a exhibir su cierto distanciamiento y desenfado a través de su inclasificable sentido de la ironía, unas veces simpática, otras desconcertante, y de la cual no se salva ni siquiera la forzada escena final de kárate y ninjas –¿a quién se le ocurre que Burt Young pueda derrotar a un asesino experto o mínimamente ágil?-.

Por lo menos, se deja ver.

 

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 6.

La isla de los condenados

3 Mar

“La lección de hoy es: mataos los unos a los otros.”

Maestro Kitano (Battle Royale)

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La isla de los condenados

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Año: 2007.

Director: Scott Wiper.

Reparto: Steve Austin, Vinnie Jones, Robert Mammone, Madeleine West.

Tráiler

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           Hombres cazando hombres en una isla dejada de la mano de Dios. Eso es lo que ofrece La isla de los condenados. No es una idea nueva, sino que ya tuvo una aproximación -la mejor, la más original, enfermiza y obsesiva- en el clásico El malvado Zaroff, basado en la novela de Richard Connell, y sus posteriores remakes más o menos modificados, de los que probablemente los más populares -con perseguidor humano- sean Huida hacia el sol y Cazadores de mentes.

Una nueva vuelta de tuerca al tema, mucho más aproximada a lo que es esta película, viene de la mano del cómic japonés y posterior film Battle Royale –ambos mezcla de simpáticos excesos, caricatura, teen exploitation y gore-, que presenta un Japón de un futuro próximo donde, ante el exceso de población joven y su insubordinación generalizada, se organiza anualmente un concurso-reality show en el que se encierra a un grupo de estudiantes en una isla en el que sólo podrá sobrevivir uno, el ganador.

           La isla de los condenados experimenta una vez más en esta idea que mezcla la popularidad de los reality show actual llevada al extremo, llegando casi a la snuff movie a tiempo real. Un grupo de condenados a muerte seleccionados especialmente de entre las cárceles de todo el mundo son llevados a una isla desierta del Pacífico por un exitoso e insensible productor de TV para rodar un nuevo programa en el que sus protagonistas han de destriparse entre sí hasta que uno sobreviva, revolucionando de paso la audiencia mundial vía Internet.

Dentro de lo que cabe, la idea es más interesante que la de las habituales producciones de tiros y mamporros aunque el guión, desarrollado lo justo, tampoco se esfuerza en explotar intelectualmente el argumento mucho más allá de la crítica de base hacia la espectacularización de la realidad de los medios de comunicación unida por el gusto insano pero intrínseco a su naturaleza del ser humano. De esta manera, unos cuantos de los muchos y variados personajes quedan irregulares o casi descolgados, excusas para unas escenas de acción filmadas con decencia, excepto aquellas donde el protagonista, Steve Austin -otro guerrero venido de la WWF– corre, en las que el hiperbólico luchador casi necesita la ayuda de un doble. Obviamente, a un actor que no es capaz de correr con soltura no se le puede pedir tampoco una expresividad de actor de método. Austin se limita a lo que se le pide: ser grande y pegar duro. Aun así, su falta de popularidad, al menos en la piel de toro, no le viene del todo bien a la cinta, que parece exigir a alguien más carismático en el protagonismo más que a un ogro con más pinta de sparring para el lucimiento del héroe –como luego hará en Los mercenarios– que de héroe propiamente dicho.

En el otro rincón, Vinnie Jones, un exfutbolista que ya se dedicaba a rodar acción incluso antes de colgar las botas y al que participar en esta clase de producciones no ha supuesto un gran cambio. Se nota su experiencia y su buen hacer en el oficio de parecer amenazante.

           No optó a mejor guion en su día, pero para echar un rato de entretenimiento evasivo sirve de maravilla.

 

 

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 6.

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