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Sicario: El día del soldado

3 Jul

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Año: 2018.

Director: Stefano Sollima.

Reparto: Benicio del Toro, Josh Brolin, Isabela Moner, Elijah Rodriguez, Jeffrey Donovan, Catherine Keener, Matthew Modine, Daniel Castañeda, Manuel García-Rulfo, Bruno Bichir, Shea Whigham, Raoul Max Trujillo.

Tráiler

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         Sicario ya planteaba un relato moral en el que la buena agente se ponía a prueba -y solo para quedar reducida a la impotencia- a la guerra sucia, de mierda y sangre, contra los cárteles de la droga mexicanos. Si de aquel relato se derivaban ciertas conclusiones ambiguas, en esta Sicario: El día del soldado los claroscuros se volatilizan, hasta el punto de que el especialista/mercenario amoral termina por ser el encargado no solo de cumplir con la necesidad de eliminar por lo civil o lo criminal el mal que acecha en el horizonte, sino de restaurar igualmente un sistema contaminado de elementos inmorales. El antihéroe heroico.

Taylor Sheridan, guionista y director que muestra querencia por las reminiscencias del Oeste, y que acaba de estrenar precisamente una visión épica de la guerra contra el terror, 12 valientes, enfrenta a su grupo salvaje contra una hidra maléfica a las puertas de la nación, la cual cuenta incluso con miríadas de células dudosas en su interior, capaces de convertirse en muyahidines, integrarse en cruentas organizaciones mafiosas, sobornar a individuos vulnerables o, como poco, escandalizarse por actuaciones controvertidas fuera del territorio estatal. Asimismo, intenta trazar un drama de redención dotado de esos aromas westernianos, merced a su pistolero errante que se encuentra con la inocencia salvadora de una niña a la que, no obstante, hacen hablar y actuar como si tuviera 30 años. Este cliché, unido a lo anteriormente aludido, elimina finalmente unas asperezas que le hubieran sentado bien a la narración.

         Volviendo a Sicario, sobrevolaban sobre ella ecos además de La noche más oscura (Zero Dark Thirty), los cuales, en la presente, parecen materializarse en la presencia de ese factor terrorista, introducido un tanto alegremente por un guion, probablemente inspirado en las acusaciones vertidas por la DEA y el secretario de Estado estadounidense, Rex Tilleson, que conectan con las políticas migratorias propugnadas por la Administración Trump. En conjunto, el libreto adolece de una evidente ración de detalles de lógica cuestionable, no solo la teoría del incremento del control de la frontera como ventaja empresarial perseguida por los cárteles; también de las decisiones de los personajes de distinto escalafón de poder que empujan al relato hacia la catársis -aparte de algunas presentaciones de personajes poco inspiradas y un todavía más chusco epílogo-. En cualquier caso, Sicario: El día del soldado se mantiene como un thriller de frontera contra el narco, un leviatán que todo lo domina, explícita o subrepticiamente.

         La secuela mantiene el pulso férreo de su antecesora, con unas imágenes aceradas en las que, incluso, el italiano Stefano Sollima busca la coherencia estética con el canadiense Denis Villeneuve heredando ciertos recursos formales -el uso de los cenitales o del montaje, por ejemplo-, bañados en una fotografía sombría y nocturna, y alimentados por una banda sonora de resonancias y vibraciones al estilo de la que compusiera el finado Jóhann Jóhannsson -de hecho, queda a cargo de ella su colaboradora Hildur Guðnadóttir-. Benicio del Toro y Josh Brolin aportan una rotunda presencia desde el reparto, acorde a la satisfactoria tensión, la contundencia y la credibilidad con la que se plasma la acción y la violencia.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

Misión imposible: Nación secreta

9 Ago

“El concepto de representar el Mal para luego destruirlo es popular, pero también está muy desgastado. Es desesperanzadora la idea de que cada vez que ocurra algo malo una persona en particular puede ser acusada y condenada por ello en la política o en la vida.”

Hayao Miyazaki

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Misión imposible: Nación secreta

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Misión imposible. Nación secreta

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Año: 2015.

Director: Christopher McQuarrie.

Reparto: Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Simon Pegg, Jeremy Renner, Ving Rhames, Sean Harris, Alec Baldwin.

Tráiler

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           Se vanagloriaba Tom Cruise, Christopher McQuarrie o en definitiva alguien del equipo de Misión Imposible: Nación secreta de que esta quinta entrega de Misión imposible continuaba la senda de acción física, austera en efectos especiales y muy trabajada visual y coreográficamente, por medio de la cual cintas recientes como Mad Max: Furia en la carretera habían revertido los delirios de CGI nacidos, entre otros, de escenas como las persecuciones automovilísticas de Matrix Reloaded. Además, con el merecido aplauso de crítica y público.

Hasta ahí, bien. Probablemente, los principales añadidos digitales de Nación secreta se destinan a colorear el iris de Rebecca Ferguson y a reducir la flaccidez muscular del actor neoyorkino, natural a sus ya 53 primaveras, para evitar que se pase sus escenas con el torso al aire metiendo tripa en plan De Juana Chaos. Así, Cruise demuestra que está en forma cabalgando un avión de transporte militar ruso sin dobles –o eso dice-, se rompen multitud de ventanas como dios manda, los puñetazos suenan contundentes y hay sensación de velocidad en las persecuciones de McQuarrie, a quien la estrella, también productor del filme, recupera de Jack Reacher, uno de los más bien escasos éxitos de este asentado periodo de decadencia de su carrera.

           Los efectos especiales de la función, por desgracia, se encuentran en el libreto. No en los grandes giros de guion, que en cualquier caso son patrimonio de la serie desde su primer capítulo y su tramposo juego con las máscaras hiperrealistas, y que asimismo adoran crear desconcierto en el espectador a través de una trama muy embrollada pero que se construye sobre una base indignantemente elemental y pueril: los honestos muchachos de una organización de espionaje más secreta, justiciera y parafascista que la CIA –aquí en el papel de sulfurado defensor de los valores cívicos, que tiene narices, protestando sobre modus operandi que en la realidad componen el pan de cada día de la agencia-, luchan en el bando del Bien contra una recua de agentes especiales dados por muertos, con cara de villanos y amalgamados en un malvado ente de contraespionaje y pseudoterrorismo que se halla detrás de cada acto que daña los intereses de Occidente y sus aliados.

No procede sumergirse en profundidad en el discurso político que sustenta el argumento de un espectáculo de acción de estas características, secundario pero no necesariamente inocente. Sin embargo, semejante manierismo, inanemente matizado por un par de insinuaciones sobre el papel de la perspectiva y sobre la ambigua naturaleza misma del espionaje, supone un factor especialmente desgastado en estos años de catastróficas políticas internacionales y, en el cine, con cierto regreso del cine de espionaje desencantado El topo, El hombre más buscado-; solo inmutable, a duras penas, en la fantasiosa realidad paralela de James Bond, con cuya última película, Skyfall, Nación secreta comparte esa alusión al desmoronamiento de los antiguos mamotretos de espionaje, herencia de la Guerra Fría, por causa de un contexto político más atomizado e inestable.

           En fin, los efectos especiales, decíamos, son la constante con la que se enhebran las escenas entre sí y, más aún, la continuidad de la acción dentro de la propia secuencia. La tecnología, cuyas maravillas permiten disponer de un práctico abrecerraduras portátil a pesar de estar desahuciado en mitad de Viena, dejar un gadget colgado en La Habana haciendo ruiditos de respiraciones, preparar un casoplón con fibra óptica y pantallas sensacionales en medio del Marruecos rural, o instalar una caja de plástico irrompible justo en la alcantarilla precisa de Londres; sin ñapas que lo monten chapuceramente, sin manejar una sola llave allen y sin que se te sobren misteriosamente un puñado de piezas incluidas en la caja original. El smartphone como deus ex machina de bolsillo.

La suspensión de incredulidad es imprescindible para ver cualquier Misión imposible, claro, pero uno también debe saber cuándo decir basta. ¿Para qué tanto espía gimnástico/musculoso/sádico/cómico cuando indagando un poco más en esta tecnología globalmente conectada uno puede reventar el mundo libre desde el ordenador de casa, dejando perdido de risketos el teclado y hackeando de paso los iPhones de las famosas?

           Entonces, el encantamiento desaparece y uno se encuentra cara a cara, en pelota picada, con una película de ritmo ágil y acción frenética –solo faltaría-, pero a la que se le ven las vergüenzas recurrentes de este Hollywood sin ideas que ha sabido aprovechar el culto contemporáneo a las series de televisión y su reiterada edad de oro para encadenar, como si de series en pantalla grande se tratase, una multitud de trilogías, sagas, franquicias y sacacuartos del estilo. No obstante, que Misión imposible se afirme como un serial procedimental, repetitivo y con no demasiada personalidad es una tendencia casi lógica, habida cuenta de su pasado como producto de la televisión de los sesenta.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 4,5.

Asalto al poder

10 Oct

El artículo original, en el tercer capítulo de El Piniculista. Digo El Peliculista.

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Los hombres que miraban fijamente a las cabras

19 Feb

“Inteligencia militar es una contradicción de términos.”

Groucho Marx

 

 

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

 

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

Año: 2009.

Director: Grant Heslov.

Reparto: Ewan McGregor, George Clooney, Jeff Bridges, Kevin Spacey, Stephen Lang.

Tráiler

 

 

           Cuando la realidad supera a la ficción es difícil que la ficción funcione adecuadamente como tal.

Los descabellados experimentos llevados a cabo por el ejército de los Estados Unidos, encabezados por la Darpa (Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa), son uno de estos signos inequívocos de que el hombre está aún lejos de poder considerarse a sí mismo un ser racional.

Porque cómo puede aspirar a tal calificativo algo que permite la existencia de un aparato militar que pretende crear armas como la bomba gay –capaz de abocar a sus víctimas a una homosexualidad desenfrenada- o que, como cualquier estrato social, está tan embadurnado y alucinado por la cultura popular como para emplear La Guerra de las Galaxias como inspiración para desarrollar un desopilante dispositivo táctico antimisiles.

No en vano, Barack Obama rechazó hace escaso tiempo la propuesta ciudadana, elevada mediante miles de firmas a la Casa Blanca, de construir la Estrella de la Muerte.

             Esta aterradora estupidez, enquistada en uno de los más poderosos y letales organismos del mundo, es el punto de partida –y una vez vista, también de final- de Los hombres que miraban fijamente a las cabras, película centrada en los avatares pasados y presentes de una división de parapsicología del ejército estadounidense -más real de lo que uno podría pensar, tal y como advierte el filme- caída en desgracia por el propio peso de su antibelicismo y con sus escasos e idealistas popes relegados a la marginalidad e incomprensión o a trabajos degradantes en ese lado oscuro de la fuerza –se incide con insistencia en esa risible terminología de La Guerra de las Galaxias, lo que se extiende al irónico protagonismo de Ewan McGregor, encarnación en su día de Obi-Wan Kenobi-, el mismo que precisamente pretendían derrotar.

             Se trata pues de una comedia que coquetea con el absurdo y el surrealismo y que desprende un aroma similar al de los productos de Joel y Ethan Coen -quienes cabe decir que no se manejan especialmente bien en la comedia pura, a excepción de la gloriosa El gran Lebowski-, compartiendo incluso insignes colaboradores de los hermanos como George Clooney o Jeff Bridges, quien, como con su legendario Nota, se encarga de dar vida a un hippie fuera de su elemento.

Aunque, como decíamos en la entradilla, la absoluta marcianada que supone su material de base influye de manera decisiva en el fracaso de una cinta que acusa la falta de todo sentido del delirio, a la que un inconveniente pudor conduce a intentar ser simplemente simpática y ocurrente pero que, sin embargo, no hace sino que resulte en cambio fláccida, gris y bobalicona.

            Grant Heslov, actor de segunda fila y director más que ocasional, parece haber descubierto un rico filón en el libro de Jon Roston -recopilación de las investigaciones del autor sobre personalidades y experimentos reales del ejército-, pero no dispone de las herramientas ni de la habilidad adecuada para explotarlo en condiciones, aparte de un lujoso y talentudo reparto.

El romo guion de Peter Straughan no consigue sacar punta a ese mencionado absurdo que impregna toda la cuestión, limitándose a ofrecer unas cuantas gracias blanditas, carentes de acidez, mordiente o carisma, muchas de ellas ya implícitas en el tema y con tendencia por ello a caer en la redundancia.

Al mismo tiempo, también es incapaz de exprimir la dolorosa seriedad del trasfondo: ese mencionado lado oscuro –las cobayas humanas, la tortura sádica, inventiva y sistemática con fines más que cuestionables-, la instrumentalización perversa de cualquier iniciativa de bondad, el inapelable destino de decepción del idealista en un mundo cruel en el que no tiene cabida y, en un plano más terrenal, la dificultad de toda persona para encontrar o llevar a cabo el camino de su propia vida.

            Es revelador el hecho de que el que suscribe no recordase haberla visto ya y que cayese en la cuenta de ello solo a causa de un par de imágenes del todo intrascendentes.

Desaprovechada, decepcionante.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 4,5.

Le llamaban Bodhi

29 May

“Me sobran cojones para hacer surf en esta playa.”

Teniente coronel Kilgore (Apocalypse Now)

 

 

Le llamaban Bodhi

 

Año: 1991.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Keanu Reeves, Patrick Swayze, Lory Petty, Gary Busey, Jon C. McGinley.

Tráiler

 

 

            A principios de los noventa, el thriller popular no gozaba de buena salud, contagiado por los vicios de un Hollywood con avidez por argumentos trasnochados propicios para chutes baratos de adrenalina bajo formas cada vez más próximas al videoclip. Esta película es ejemplo de ello.

            Le llamaban Bodhi es la recuperación de las viejas cintas de surferos de los setenta –su agotamiento quedaba demostrada en la reinvención y mezcla paródica con la nazisploitation de Los surfistas nazis deben morir, made in Troma– con aspiraciones nostálgicas e icónicas para las nuevas generaciones alejadas de las anteriores, pero con el debido lavado de cara, abultado presupuesto y duelo de asépticos e inexpresivos guapos mediante –el emergente Keanu Reeves y el más consagrado Patrick Swayze-, a fin de satisfacer sus objetivos de espectáculo para todos los públicos.

            Kathryn Bigelow, por entonces pareja de James Cameron, productor del filme, continuaba una carrera de realizadora que había comenzado a tomar cuerpo a través de la modernización de temáticas clásicas como la mitología del vampiro (Los viajeros de la noche) y por guiños a un cine de sensibilidad en principio poco femenina (el policíaco Acero azul, con escenas al ralentí herencia de su admirado Sam Peckinpah).

En esta ocasión, la clave de actualización pasa por transformar el enfrentamiento entre el policía y el ladrón en una competición lindante con la rivalidad/hermandad de patio de colegio con chica entre medias más propia del cine juvenil: el recién llegado Johnny Utah (Reeves), ambicioso agente del FBI con mucho que aprender sobre la vida, contra la temible banda de los ex presidentes, un grupo de joviales y bronceados surfistas californianos dirigidos por el experto jinete de las olas Bodhi (Swayze), todo un gurú new age alzado en firme lucha contra lo establecido desde el hedonismo militante propio de su gremio.

            Intrascendente hasta la médula, con un guion simple, disparatado de partida y tontorrón hasta el sonrojo en no pocas ocasiones –precisamente cuando suelta algún intento de frase reflexiva o, peor aún, reivindicativa e incluso mística-, Le llamaban Bodhi no pasa de ser una cinta convencional y previsible filmada con un buen manejo de los tiempos y un reseñable rodaje de la acción, destinada a mayor gloria del existencialismo del surfer y su consumo despreocupado y poco exigente en las multisalas de toda América y, por extensión, del Universo.

            Cumpliendo con sus pretensiones, conseguiría convertirse en todo un referente generacional –componente fuera del cual pierde casi todo su atractivo-. De hecho, se espera remake.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 4.

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