Tag Archives: Adopción

Ema

22 Nov

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Año: 2019.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal, Paola Giannini, Santiago Cabrera, Giannina Fruttero, Paula Luchsinger, Paula Hofmann, Antonia Giesen, Josefina Fiebelkorn, Mariana Loyola, Susana Hidalgo, Catalina Saavedra.

Tráiler

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          Un semáforo en llamas solo puede significar el fin del orden establecido, la destrucción de los caminos marcados.

          Caderas cimbreantes, lanzallamas en mano, la Ema de Ema se arroja a una triple rebelión: de género, de clase y de cultura. Contra las imposiciones del macho acomplejado, frente al sistema que arrincona a los de su extracción y naturaleza, ante el elitismo ignorante y prejuicioso que mira por encima del hombro las manifestaciones del arte popular.

En una odisea excesiva, delirante y genial, Ema se lanza a corromper las representaciones de estas barreras -la pareja tóxica, el privilegiado, la danza de prestigio- mediante una subversión -la independencia sin cortapisas, la devastación de los códigos tradicionales, el reggaetón descarado- que, a causa de su potencia irrefrenable, se lleva por delante los tabúes y las constricciones de instituciones como la familiar.

          De la mano de estos principios iconoclastas, la insurrección de Ema se alza paralelamente en el plano cinematográfico. Porque revoluciona el tema clásico de la madre coraje. Arranca como una película nocturna y desordenada y se cierra como una película diurna y extrañamente armónica. Entremedias, precipita imágenes hipnóticas y vibrantes, que se fusionan por el magnetismo y el carisma de Mariana di Girolamo. Es una obra fotogénica y audaz, hábil para sumergirse con tanta intrepidez como naturalidad en unos videoclips que tienen tanto sentido estético como discursivo.

          Es verdad que hay veces que Ema parece que impacta por el puro placer de impactar y que, de igual forma, los retratos masculinos -esos varones minimizados por su esterilidad o su sumisión económica e intelectual- bordean la caricatura, quizás en demasía. Pero, en último término, todo ello queda sometido a la fuerza arrolladora de una mujer y su lanzallamas, determinada a hacer que el mundo arda hasta las cenizas para reconstruirlo como pide el cuerpo. Y el alma.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Oro Negro

16 Jul

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Año: 1947.

Director: Phil Karlson.

Reparto: Anthony Quinn, ‘Ducky’ Louie, Katherine DeMille, Raymond Hatton, Elyse Knox, Thurston Hall, Moroni Olsen.

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          El prólogo de Oro Negro le pone a uno incondicionalmente a favor del filme. La voz en off informa al espectador de que el filme es una historia sobre purasangres para, a continuación, señalar como protagonistas a un chinoamericano y a un indio hermanados por la voluntad homicida del hombre blanco, autor del asesinato de los padres de ambos. El del primero, acribillado por la espalda ante la pantalla, en una plasmación de una ferocidad atroz.

Posteriormente se irá matizando esta imagen tremebundamente crítica del estadounidense anglosajón, concediéndole el perdón en su condición de garante de la justicia y de aliado amigable. Al fin y al cabo, son los años cuarenta y aún restan un par de décadas para que Hollywood comience a desacreditar sistemáticamente las idealizaciones del pasado de conquista del territorio. De hecho, este maquillaje no es óbice para perseverar en la idea de que lo que mueve a Charlie Eagle y al joven Davey en pos de la victoria es, respectivamente, una reivindicación de la dignidad del auténtico nativo y de la venganza contra el sustrato racista y xenófobo que anida en una sociedad que lo margina sin reparo.

          A pesar de que su construcción termina siendo excesivamente caricaturesca, con interpretación a juego de Anthony Quinn, Charley Eagle también ostenta otra mirada crítica hacia las convenciones culturales e ideológicas de la nación. Su manifiesta indiferencia hacia el dinero y hacia los bienes materiales es un atentado directo contra los principios socioeconómicos del país, y se expone en contraste con la estima que obtiene dentro de la comunidad a raíz de la explotación del petróleo en su exigua propiedad, perdida en la frontera entre Texas y México. No en vano, también hay una noción de muerte -que llega a ser literal- en la instalación de la torre de perforación, símbolo de un progreso que atropella a un hombre que vive y siente de acuerdo con las viejas y perdidas constumbres del indio. Porque qué importan en definitiva un millón de dólares en comparación con el poderoso galope de un hermoso caballo, con poder compartir ilusiones y sentimientos con aquellos a quien se quiere.

          Pero Oro Negro, inspirado en las aventuras del corcel del mismo nombre, campeón del derby de Kentucky de 1924, también contiene un puñado de efectismos que buscan la lágrima de forma demasiado sentimentalista, lo que echa a perder otros momentos donde la emotividad se logra desde maneras más elegantes y honestas, como las pacientes enseñanzas del padre adoptivo.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: -.

Nota del blog: 6,5.

Keoma

1 May

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Año: 1976.

Director: Enzo G. Castellari.

Reparto: Franco Nero, Olga Karlatos, William Berger, Woody Strode, Orso Maria Guerrini, Joshua Sinclair, Antonio Marsina, Donald O´Brien, Leonardo Scavino, Gabriella Giacobbe.

Tráiler

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          Keoma es un western, pero podría estar ambientada indistintamente en un poblado europeo del año 1348 o en una comunidad de un mundo posapocalíptico. Su escenario, dominado por las ruinas y la desolación -material y moral-, se encuentra envuelto en una permanente nube de polvo donde las sombras del pasado se extienden hasta el presente y, más aún, marcan la ruta que se ha de seguir hacia un destino inapelable.

Una bruja shakesperiana lanza admoniciones al protagonista basándose en su turbulenta naturaleza, en el conflicto que cabalga siempre junto a él, tanto en su interior -la necesidad de encontrar un sentido a su existencia, las vías del amor y de la redención que se le insinúan- como en el exterior -su condición errante y marginal, manifestada en último término en el desprecio que le profesan sus tres hermanastros a causa de su origen mestizo-. La banda sonora, como si de un coro griego se tratase, comenta los avatares del héroe revelando su psicología.

          Keoma es un spaghetti western con notas de una trascendencia bíblica y alucinada, fronteriza incluso con el surrealismo en su empleo de los símbolos en contraste con la sordidez terrenal. Un Cristo que, tras llamar a revelarse contra el codicioso poder temporal, termina su calvario crucificado en una rueda de carromato -reminiscencias cristianas que, sumadas al protagonismo de Franco Nero, podrían trazar puntos de conexión con el célebre Django-.

Enclavando la acción en un escenario terminal, donde un cacique terrible somete al territorio mediante una muerte enfermiza que de nuevo es tanto física como moral, Enzo G. Castellari desarrolla un relato áspero en el que, no obstante, irrumpen sonoros detalles visuales propios de esta libertina apropiación mediterránea del género -la comunión con el padre mediante balazos que descubren su figura, el emparejamiento de proyectiles y objetivos antes del duelo a muerte-, que se suman a otros sorprendentes recursos estilísticos como las elipsis que funden el ayer con el hoy sin solución de continuidad o un montaje que, en algunos momentos, es delirante hasta lo irreal.

          Inevitablemente irregular, a través de todo ello Keoma dibuja un círculo irrompible y viciado; un eterno retorno marcado por la ignominia y la masacre del débil que comprende tanto al mestizo en sí -la repetición de su historia particular, su envejecimiento aparente debido a la polvareda- como a una visión extremadamente agria de la historia de los Estados Unidos.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Un asunto de familia

12 Nov

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Año: 2018.

Director: Hirokazu Koreeda.

Reparto: Jyo Kairi, Sakura Andô, Lily Franky, Kirin Kiki, Mayu Matsuoka, Miyu Sasaki.

Tráiler

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         Hirokazu Koreeda comienza a transitar entre la autoría especializada, que se manifiesta en variaciones que ofrecen distintos matices sobre un mismo tema que le obsesiona -en este caso la manera en la que se fundan y perpetúan los lazos familiares-, y el apoltronamiento en una zona de confort -la redundancia en una materia que le es grata y rentable como cineasta-.

Como su propio título avanza, Un asunto de familia reincide en esta exploración de las filiaciones y fidelidades que componen la argamasa de este núcleo de cálido y afectuoso que, al menos en teoría, es el hogar; un marco reflexivo en la que el realizador se mueve también por un confeso interés personal. Y, en su filmografía, apenas hay espacio para la familia convencional. En este caso, es un auténtico puzle cuyas heterogéneas piezas se han encajado entre ellas de forma prácticamente voluntaria, si bien a partir de un denominador común marcado por una condición marginal que les viene impuesta por las circunstancias, pero sobre todo por la naturaleza de la sociedad.

         Koreeda ya había indagado en cintas como Nadie sabe en la desestructuración del Japón contemporáneo, que acostumbra a encontrar sus principales víctimas en los colectivos más débiles: los niños. Este espíritu de denuncia se recupera aquí con la ‘adopción’ de la hija de un matrimonio que convive en el maltrato y el desamor, aunque se extiende a todo el grupo de trileros que comparten techo bajo los auspicios de una anciana viuda poco menos que repudiada por los suyos, amenazada además por la presión urbanística del barrio, que da un impulso literal a esta idea de desplazamiento forzoso. Desde este enfoque, pues, el discurso dramático invita también a cuestionar los modelos y los prejuicios socioeconómicos.

         El tokiota es un autor que siente aprecio hacia sus criaturas, y no duda en mostrarlo para tratar de que el espectador se contagie de él. Su mirada es cariñosa, comprensiva y cercana a los personajes, dotada de una ternura tiznada ocasionalmente de simpático humor blanco que contrasta, un poco a lo Chaplin, con las posibilidades trágicas del argumento en el que viven.

Es cierto que, desde la dirección y el guion, por lo general suele contener con relativa solvencia el potencial tremendista de estas premisas melodramáticas, pero también es verdad que, en el último tramo de su obra, la finura en el retrato sociológico cae en detrimento de la apuesta emocional. En sus textos recientes puede apreciarse una tendencia a la simplificación y al efectismo que, a veces, deriva en chantajes y trampas, como ocurría de forma flagrante en De tal padre, tal hijo con el desequilibrio entre las dos familias antagonistas en su aproximación al dilema moral que compartían por igual. En Un asunto de familia, esto ocurre en que, a pesar de que Koreeda deja asomar una sombra verdaderamente truculenta en el pasado de los protagonistas, en el relato solo los enfrenta a las consecuencias que podrían considerarse moralmente positivas de sus actos, con una entonación justificatoria de discutible aceptabilidad.

         Palma de oro en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 6,5.

Verano 1993

1 Jul

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Año: 2017.

Directora: Carla Simón.

Reparto: Laia Artigas, Bruna Cusí, Paula Robles, David Verdaguer, Isabel Rocatti, Fermí Reixach, Montse Sanz, Berta Pipó.

Tráiler

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           Es encomiable cuando un cineasta apuesta por la sensibilidad sincera y no por el sentimentalismo para intentar transmitir emociones al espectador. Verano 1993 escoge esta primera opción para que las experiencias que vive la niña protagonista se comuniquen con la empatía del público que la contempla. El filme se acerca así a un episodio existencial traumático y lo relata, fundamentalmente, a partir de la relación entre la actuación y las imágenes, no de la palabra.

           Sin condescendencia, sin paternalismos y sin autoindulgencia, con el conocimiento de causa que implica este pedazo de exorcismo particular, en el que ficciona pedazos de su propia biografía, la catalana Carla Simón, que aborda su primer largometraje, compone los fotogramas con pericia estética y madurez sentimental para plasmar un dificultoso y conflictivo proceso de duelo, para componer un complejo retrato psicológico de una chiquilla que sufre, que desea, que vive.

Acompañadas de un gran trabajo de dirección de actores, tanto adultos como especialmente infantiles, las imágenes, asentadas sobre un naturalismo tratado con gusto pero no edulcorado o convertido en recuerdo romántico, contienen la pérdida sin digerir de Frida, el temor atenazador ante la muerte que embarga a la pequeña, la ausencia y el deseo de llenar de nuevo ese vacío de la orfandad recién impuesto; la culpabilidad, la rabia, el amor. Emociones en constante colisión que desembocan en reacciones instintivas y turbulentas, producto del caos y la confusión que la niña -que cualquier persona- padece ante el arduo trance del fallecimiento del ser amado, tanto o más cuando quien lo atraviesa no posee aún los mecanismos de supervivencia psicológica que se adquieren a través del mero hecho de vivir. Las lágrimas que no brotan.

           El duelo nunca puede plantear un escenario cómodo. Simón tampoco ensaya, no obstante, un ejercicio de hostil crudeza o crueldad, puesto que sería igualmente fingido. Por otro lado, escoge -o hereda- un escenario en apariencia contradictorio frente a un argumento en el que se trata de superar una profunda oscuridad interior: ese verano desbordado de luz, calor y colores que, en el cine, es campo abonado para los ritos de paso existenciales. Frida, pues, desarrolla una exploración doble: el constante aprendizaje propio de su edad y otra que, a priori, habría de pertenecer a un mundo más adulto, que aún no debería corresponderle.

           Pero Verano 1993 no descuida en modo alguno el dibujo de los vínculos familiares, ya que los personajes que rodean a Frida también poseen una personalidad trabajada y perfectamente veraz, con sus características propias que en algún caso parecen un tanto más tópicas -la burguesía catalana que encarna la abuela- pero que no por ello resultan plastificadas o irreales -aunque se le repudie, en la mayoría de situaciones con razón, lo cierto es que el cliché está más presente en la realidad que las construcciones intrincadas-.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

Steve Jobs

5 Ene

steve-jobs

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Año: 2015.

Director: Danny Boyle.

Reparto: Michael Fassbender, Kate Winslet, Seth Rogen, Jeff Daniels, Michael Stuhlbarg, Katherine Waterston, Perla Haney-Jardine, Ripley Sobo, Makenzie Moss.

Tráiler

            “El biopic es un género sin interés cinematográfico”, sostenía el director Manuel Menchón en una entrevista reciente a propósito del estreno de La isla del viento, que paradójicamente recrea un pasaje de la biografía de Miguel de Unamuno. Sin ser tan tajante, es cierto que se trata de un subgénero usualmente encadenado a una plúmbea estructura que se ciñe a la simple relación cronológica de hechos capitales en la trayectoria existencial del retratado. Es decir, a la acumulación de información sin vida, en una nueva paradoja.

Es, en definitiva, la dificultad de que una biografía real se convierta en cinematográfica, con todos los ingredientes habituales de la ficción que eso conlleva, destinados a sublimar cuestiones que, por lo general -aunque no necesariamente-, ocurren de una forma más prosaica.

            Así las cosas, es interesante el enfoque que escoge Steve Jobs para sintetizar la vida y obra del empresario de la informática, sobre todo, en un plano personal, teniendo en cuenta lo sorprendente que me resulta la idolatría que genera este hombre, por lo visto merecedora de dos películas -la presente y jOBS– y un buen puñado de documentales. El fetichismo por la marca, supongo.

El asunto es que, con el prestigioso Aaron Sorkin a los mandos del guion y del británico Danny Boyle de la realización, el filme expone a Jobs en tres actos, todos ellos ambientados en una ópera como expresión de la teatralización que domina sus acciones y con un mismo esquema que se repite en ellos: los diálogos con personajes esenciales -su ayudante Joanna Hoffman, su hija Lisa, su expareja Chrisann Brennan, los ingenieros Steve Wozniak y Andy Hetzfeld, y el empresario John Sculley– que se suceden torrenciales en los momentos previos a la presentación de un nuevo ingenio informático -el Macintosh en 1984, el NeXT en 1988 y el iMac en 1998-. En paralelo, la fotografía evoluciona para ilustrar los cambios en este tiempo, con fotogramas de 16 milímetros, de 35 milímetros y digital.

            Retornando a este punto de vista privado, me satisface la representación de Jobs como un creador de chismes irrelevantes, por más que insista en invocar a su alrededor a genios y artistas -a efectos de la película, presenta ordenadores como podría presentar aspiradoras-. Un creador de cachivaches a través de los que se refleja su personalidad psicológicamente anómala -la obsesión por la tecnología encerrada en sí misma, la frialdad de la máquina con gestos fingidos de emoción, la agresiva inutilidad de alguno de ellos-, casi al mismo nivel que lo hacen las conversaciones, los choques con el resto de personajes y, en especial, la relación paternofilial con Lisa -en este sentido, será revelador que el único artilugio al que parece atribuirsele una utilidad clara y hermosa sea el venidero iPod-.

Tampoco es un filme especialmente complejo en su reconstrucción de la mente de Jobs y de hecho recurre a algún psicologismo -el trauma de la adopción- que, como comentábamos antes, tampoco tiene por qué ser estrictamente falaz en su sencillez conceptual.

            La narración es enérgica y fluida, superando el apriorístico estatismo que se le podría achacar a una configuración tan definida y cuadriculada. El característico ritmo visual de Boyle, acorde a los vertiginosos diálogos de Sorkin, se atempera curiosamente a medida que se desarrolla el crescendo sentimental del filme, que se enhebra, decíamos, por medio de un encuentro entre un padre y una hija.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

Días salvajes

13 May

“Una película es (o debería ser) como la música. Debe ser una progresión de ánimos y sentimientos. El tema viene detrás de la emoción; el sentido, después.”

Stanley Kubrick

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Días salvajes

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Días salvajes

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Año: 1990.

Director: Wong Kar-wai.

Reparto: Leslie Cheung, Maggie Cheung, Andy Lau, Carina Lau, Rebecca Pan, Jackie Cheung, Tita Muñoz.

Tráiler

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            El amor y la soledad, las redes que tejen los caprichosos sentimientos atrapando en ellas a una maraña de criaturas confusas, y el inexorable paso del tiempo, que todo lo devora. Días salvajes, la segunda película de Wong Kar-wai, expone a las claras la esencia de su filmografía, sus inquietudes personales y la atmósfera íntima y delicada pero terriblemente cargada de emociones. Exageradamente, como hiciera Francis Ford Coppola en La ley de la calle, los relojes dominan el escenario por el que, a través de finitos lapsos físicos que paradójicamente se extienden durante largos periodos emocionales, transitan entrelazados un grupo de personas frágiles y desorientadas, atormentadas por ausencias, traumas y anhelos sin resolver.

            El autor hongkonés estrecha la trama de confluencias románticas en la que se inscriben un dandy incapaz de concretar sus impulsos emocionales, una dependienta insegura y frágil, una cabaretera caprichosa y un policía solitario y desarraigado. Todos ellos quedan encerrados  entre fragmentos temporales que marcan el encuentro, la pérdida, la recuperación y el olvido. La vida y la muerte, en resumen, tal y como determinan los recorridos circulares que traza el relato, advertidos ya por unos títulos de crédito oníricos que, en realidad, terminan desvelándose como admonitorios –si bien quizás rotos en último término por las evocaciones que deja esa fecha compartida del 26 de abril; al igual que quizás estén condenados a repetirse a raíz de lo que sugiere la escena suelta con Tony Leung que cierra el metraje-.

            A lo largo de este recorrido doliente, de contenido pero palpable y conmovedor apasionamiento, Días salvajes indaga en la casuística amorosa del ser humano. Un universo complejo donde el deseo perturba sin remedio la razón y que no siempre conduce a la realización y a la plenitud –más bien al contrario, ya que a ese maremágnum de sentimientos se suman el engaño, la compraventa material y el interés egoísta-. Tendencias que por tanto, invariablemente, condenan a la melancolía y la soledad, a la frustración y la autodestrucción en el peor de los casos. De la mano de Wong, este cúmulo incontenible de emociones se filtra entre la cadencia lánguida del montaje, la atmósfera pesada por el bochorno y la lluvia tropical, y la sensación terminal que gobierna el drama.

El cineasta desarrolla así una narración fragmentaria y de fuerte sentido lírico, todavía no tan elaborado formalmente como en sus obras posteriores pero dueño de una inconfundible elegancia estética y donde, de igual manera, amanecen señas definitorias como, por ejemplo, la selección de canciones de la banda sonora.

            La cinta, concebida como la primera parte de un proyecto más extenso –de ahí la desconectada secuencia de cierre-, quedaría zanjada aquí por el fracaso comercial que sufrió en su estreno. Sin embargo, deja plantada la semilla que fructificaría una década después en filmes como Deseando amar (In the Mood of Love) y 2046, con las que bien podría conformar una coherente trilogía que navega por el pasado, el presente y el futuro a caballo de las emociones y donde, de nuevo, el tiempo se erige como una variable determinante, trágica e incontrolable, aunque asimismo insospechadamente volátil, puesto que un minuto puede equivaler, debidamente estimulado, a una eternidad. Y viceversa.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota de blog: 8.

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