Tag Archives: Abuelo

Red Hook Summer

7 May

“Solo el tiempo trae consuelo.”

Roman Polanski

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Red Hook Summer

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Red Hook Summer

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Año: 2012.

Director: Spike Lee.

Reparto: Jules Brown, Clarke Peters, Toni Lysaith, Heather Simms, Thomas Jefferson Byrd, Kimberly Hebert Gregory, Nate Parker, Colman Domingo.

Tráiler

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            Parece apagarse la estela de Spike Lee, heredero de Charles Burnett en su cine de combativo compromiso hacia la comunidad negra de los Estados Unidos y convertido con el tiempo casi en una marca propia -según definición del propio Burnett-, capaz de generar atención incluso aunque sea para recibir ataques indiscriminados.

Con su cima de popularidad y prestigio alcanzada curiosamente a través de películas alejadas de su tradicional mirada hacia las tensiones étnicas del país –la magistral La última noche, la entretenida Plan oculto-, y en los últimos tiempos más citado por polémicas fuera del set de rodaje que por sus obras artísticas –sus encontronazos públicos con Clint Eastwood por la ausencia de soldados de color en Banderas de nuestros padres o con Quentin Tarantino por frivolizar con el tema de la esclavitud en Django desencadenado; su rechazo a acudir a la ceremonia de los Óscar tras acusar de racismo a la Academia norteamericana-, poco impacto han tenido sus películas personales más recientes, Red Hook Summer y The Sweet Blood of Jesus, al igual que escasa fortuna crítica cosechó su remake a sueldo de la icónica Oldboy.

            Es posible que Red Hook Summer emerja como un deseo de retornar los orígenes, de reencontrarse con uno mismo, puesto que supone el sexto capítulo de la serie de crónicas de Brooklyn del cineasta y, además, reaparecen en forma de cameos personajes de cintas previas, caso del pizzero Mookie, procedente de una de sus obras más reverenciadas, Haz lo que debas, e interpretado por él mismo.

En la película tiene lugar una triple confluencia argumental. La base del guion la conforma el paradigmático verano de maduración adolescente y reencuentro con las raíces –lo que en otros relatos comporta un viaje al campo y su estilo de vida auténtico, aquí se resuelve paradójicamente con un chaval de Atlanta que va a pasar las vacaciones a casa de su abuelo predicador en el mencionado barrio neoyorkino-. Y, paulatinamente, a ella se suma el sustrato crítico acerca de la situación minoría afroamericana, característico de Lee, y una nueva muesca en la querencia del cineasta por los temas controvertidos, que esta vez son los abusos pedófilos perpetrados por sacerdotes cristianos. Ninguna de las tres alcanza la deseable relevancia.

            Lastra a Red Hook Summer una mezcla de sensación historia sobada y de superficialidad en el abordaje de sus aspectos más espinosos, amén de decisiones estéticas cuestionables entre las que se encuentran esas declamaciones actorales no sé si pretendidamente artificiosas, como de representación escolar, o la confección de un hilo musical constante que aparece defectuosamente acoplado a la narración.

La toma de conciencia del joven burgués ‘Flik’ no posee gran interés, con un protagonista sin excesivo carisma –en realidad, ninguno de los personajes funciona con naturalidad o credibilidad- y un entorno dramático, el que proporciona su abuelo obispo (el gran Clarke Peters), que, especialmente si uno es espectador escéptico, resulta bastante fatigante entre tanto sermón exaltado y tanta invocación a Jesús –o “Yisas”, en esa pronunciación tan irritante que muestran los devotos iluminados por la luz de Dios en la nación del materialismo, el pragmatismo y la adoración de la decencia como virtud esencial-.

Por más que termine cuestionándose esta figura religiosa, incluso con la inserción con calzador de un calvario de denuncia y redención que no se sabe bien a santo de qué viene, agota este escenario tan localista y, sobre todo, insulso.

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Nota IMDB: 5.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 4.

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Corn Island

1 Ago

“No hay nada que pueda superar al diseño de la naturaleza, nada. Verla en su forma más pura, en esos lugares que no han sido tocados, que están tal y como eran hace miles y miles de años… Eso es algo muy poderoso. Yo paso mucho tiempo montando a caballo y hay algo muy especial al estar en la naturaleza en su estado puro, algo que tiene un efecto muy profundo en uno mismo: te pone la vida en perspectiva.”

Robert Redford

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Corn Island

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Corn Island

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Año: 2014.

Director: George Ovashvili.

Reparto: Ilyas Salman, Mariam ButurishviliIrakli Samushia, Tamer Levent.

Tráiler

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            Curiosidades de la cartelera española, han coincidido en las salas del país, casi simultáneamente, Mandarinas y Corn Island, dos coproducciones de esencia georgiana y enclavadas en la Guerra de Abjasia de 1992 y 1993, herida abierta tras el desmoronamiento del coloso soviético. Además, ambas películas proceden a desarmar con profunda humanidad la sinrazón de un conflicto perdido en un lugar recóndito el cual manifiesta su trascendencia y su eternidad a través de esa misma tierra generosa en frutos -como indican ya los propios títulos de las obras-. Un territorio donde la propiedad, si tal cosa existe, solo puede definirse a través de la creación, del trabajo. “Esta tierra pertenece a su creador”, zanja el hombre protagonista de Corn Island cuando su nieta le interroga si la fértil isla donde cultivan maíz se encuentra en los límites de Georgia o de la Abjasia.

            Es este uno de los escasos diálogos que se testimoniarán a lo largo de una obra que no por ello habla con voz menos clara y estentórea. Corn Island expone su discurso por medio de elementos capaces de reducir al ser humano y sus conflictos a su justa dimensión. Siguiendo esta idea, el desarrollo del filme se acompasa al ciclo de la vida, manifestado en los ritmos de una cosecha de maíz que emerge de la Naturaleza, de una isla afortunada en mitad del río Enguri, en su curso desde el Cáucaso al Mar Negro, como uno más de sus magnánimos milagros, tan solo parejo a sus correspondientes e inexorables caprichos de destrucción.

Portentos, en definitiva, ante los que el hombre solo puede ejercer de espectador impotente o amoldar su breve circunstancia a aquello que le es concedido –el hogar, en definitiva, que puede ser representado por apenas un par de líneas de sombra sobre el suelo-.

            En comparación con los puntuales e innecesarios movimientos de cámara, acometidos con menor elegancia, la realización de George Ovashvili alcanza su mayor grado de finura cuando se pliega al poderoso entorno que compone el escenario y se apresta a capturar con delicadeza estos pequeños y expresivos detalles que equivalen a conceptos absolutos.

Heredando el mitologema presente en la cosmovisión del ser humano –el mito de Osiris, por poner uno de sus primeros y más conocidos ejemplos-, la siembra, maduración y siega de los vegetales se transforman en Corn Island en una metáfora de la existencia universal. Una proyección simbólica que amplía con sutileza la perspectiva del relato, donde la perturbación producto de la terrible acción bélica, sita en una frontera puramente ilusoria y descabellada, queda enmarcada casi como un detalle anecdótico. Un ciclo que, además, también se hace carne en el crecimiento de la muchacha que ayuda al viejo en su tarea –la pérdida de la infancia, el descubrimiento de la sexualidad-, y que, en conjunto, desprende a su paso acentuadas sensaciones de melancolía y fugacidad, así como de una leve épica muy humana, poética y perecedera.

Con el majestuoso paisaje caucásico transformado en un personaje más, sobrecogedor, hermoso, lírico y omnipotente, la diosa naturaleza y la trascendencia metafísica reclaman pues su protagonismo en la cinta trazando poco a poco el círculo cósmico del eterno retorno; de la vida, la muerte y la resurrección.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Loreak (Flores)

23 May

Un hombre y un montón de ramos de flores sirven para unificar la necesidad de afecto y esperanza de tres mujeres laceradas por una existencia hostil. Loreak, en novedades DVD de Cine Archivo.

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Cronos

23 Feb

“Soy un romántico y un tipo al que le interesa lo clásico, aunque admito que de manera bizarra.”

Guillermo del Toro

 

 

Cronos

 

Cronos

Año: 1993.

Director: Guillermo del Toro.

Reparto: Federico Luppi, Tamara Shanath, Ron Perlman, Margarita Isabel, Claudio Brook.

Filme

 

 

            La renovación venía de fuera. Alrededor del cambio de milenio, el anquilosado cine de terror de Hollywood salía de su improductivo marasmo por medio de inyecciones foráneas o marginales, tales como el nuevo horror japonés, las pírricas pero innovadoras producciones indies y la financiación o atracción de los más destacados autores de cine de terror hispanoamericanos y su sinfín de fórmulas imaginativas y triunfadoras, apropiadas también muchas de ellas en forma de remake.

Entre estos últimos, uno de los pioneros en el uso de la industria española como plataforma de lanzamiento hacia las rebosantes arcas de La Meca del cine –en segundo intento, todo sea dicho, tras el fiasco de Mimic– no será un director español, sino un mexicano, Guillermo del Toro, a su vez destacado intermediario de importaciones hispanohablantes gracias a su faceta de productor, complemento a su actividad compulsiva y entusiasta en el Séptimo Arte como director y guionista ya contrastado.

             Cineasta de vocación y apasionado narrador de historias, el universo de Guillermo del Toro concilia toda una variopinta tradición gótica –tanto en su aspecto literario como en su revisión cinematográfica por parte del Hollywood clásico, de la británica Hammer y de maestros italianos como Bava y Argentodepurados por un prisma y una imaginería propia que convierte a ese terror en un elemento más de la realidad cotidiana, oculto o desapercibido al ojo común y ante el que, en cambio, los personajes infantil suele actuar como revelador de su auténtica esencia gracias a su mirada pura, inocente y lúcida.

             Desde su opera prima, del Toro exponía a las claras sus cartas. Cronos (o La invención de Cronos) propone la combinación de ese sustrato gótico como telón de fondo, gobernado por la mitología del vampiro, al que se suma el trasfondo literario de El retrato de Dorian Gray –no por nada el protagonista también se apellida Gris, Jesús Gris- y la tragedia griega, además de exhibir aromas característicos del cine de horror del Hollywood clásico, procedente en especial de un icono inmortal como Frankenstein.

El filme, pues, relata los avatares y dilemas de un anciano anticuario (Federico Luppi, impecable para variar) al que la casualidad o el destino pone en sus manos la tentación de un pacto con el diablo: un mecanismo que proporciona a su usuario la inmortalidad, si bien bajo estrictas e inexcusables reglas de empleo; una maldición pareja a sus dones que incluye el ansia desmedida de sangre humana.

             La frescura inconfundible del debut de un tipo diferente y con talento se combina con algunos fallos aún sin pulir propios de un realizador novel.

Frente a un ritmo todavía algo irregular y un guion que no termina de resultar del todo sólido –cierto que en partes menos trascendentes, pero sin embargo necesarias para la continuidad del relato-, destaca la notable composición de atmósfera, la meritoria provocación de inquietud con el contraste de elementos dulces y terroríficos dentro de una misma secuencia, el creativo desparpajo de la puesta en escena y la introducción de saludables toques de ironía con parentesco con el cómic y el cartoon, como sucede con la figura de ese villano de nombre Ángel de la Guarda y encarnado por Ron Perlman, actor fetiche del director azteca.

             Y, sobre todo, según avanza el metraje, se va confirmando que la gran virtud de del Toro en cuanto a la narración: el terror más puro queda desplazado como principal foco de atención en favor de la tierna relación entre ese atormentado abuelo y su callada y adorable nieta, transposición idealizada de ese niño grande, tímido e ilusionado que sonríe tras la cámara, que ha hecho realidad sus sueños de crear por sí mismo sus juguetes favoritos para, a su vez, poder compartirlos con todo el mundo.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

El diablo dijo no

11 Feb

“Durante veinte años todos nosotros intentamos encontrar el secreto del ‘toque Lubitsch’. De vez en cuando, con un poco de suerte, lográbamos algún que otro metro de película que brillaba momentáneamente como si fuera de Lubitsch, pero no era realmente suyo.”

Billy Wilder

 

 

El diablo dijo no

 

El diablo dijo no

Año: 1943.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Don Ameche, Gene Tierney, Charles Coburn, Allyn Joslyn, Spring Byinton, Eugene Pallette.

Tráiler

 

 

             ¿Cuál es la medida de toda una vida? Está en la naturaleza humana mesurar lo conocido, clasificar mediante listas, encajonar en cantidades; hacer balance de la experiencia con el fin de obtener una tranquilizadora sensación de orden, de haber alcanzado, o no, unos objetivos, da haber satisfecho por más o por menos distancia unas expectativas creadas.

Y, al final del camino, la unidad de medida en esa mirada atrás variará según cada cual.

             Ernst Lubitsch, lúcido analista de la condición humana a través de la risa, diagnostica, con la colaboración indispensable de uno de sus guionistas de cámara, Samson Raphelson, y por boca del impenitente playboy Henry Van Cleve (impecable Don Ameche), compareciente en las atestadas oficinas de Pedro Botero tras su plácida muerte a provecta edad, que son los idilios amorosos la medida de la existencia.

Pícaro, autoinculpándose por un aparentemente dolosa vida de encuentros con el bello sexo, el anciano Van Cleve se refiere en realidad a un romance en concreto: al amor de su vida con la hermosísima Martha (la siempre arrebatadora Gene Tierney, con buena química con Ameche), principal eje vertebrador de su memoria.

             Adaptación de una pieza teatral de Leslie Bush-Fekete, El diablo dijo no propone desde la dulzura, la sensibilidad y el ingenio, una celebración del amor como combustible vital.

Tal vez no es la película que más mala leche exhibe de entre las cintas del cineasta alemán, y alguna situación, sobre todo en la parte inicial, queda ya un tanto envejecida por contexto, lenguaje, ambientación y color –única película completa de Lubitsch en Technicolor, por cierto-, pero las dobles vueltas de tuerca en los gags del genial abuelo interpretado por Charles Coburn son capaces de aportar las gotas de acidez necesaria para evitar cualquier empastelamiento –salvado al mismo tiempo porque la historia nunca se abandona al simple melodrama folletinesco-, mientras que los deslumbrantes diálogos escritos para los encuentros entre los amantes Ameche y Tierney poseen una agudeza difícil de igualar.

Una conversación es capaz de retratar los entresijos de diez años de matrimonio, la complicidad, el carácter y la situación de la pareja; el relato de una inocente anécdota del hijo sirve para exponer por completo un discurso lleno de matices; la fidelidad y la entrega puede quedar perfectamente definida señalando un presunto defecto físico; un aparente reproche se convierte en un elogio de inusitada ternura.

             Lubitsch obra en consonancia desde la dirección a esta sutilez empleando con maestría las elipsis, la sugerencia de la puesta en escena o el fuera de campo; una elegancia y expresividad cristalizada, por ejemplo, en una de las escenas de fallecimiento más delicadas y originales del cine. Es decir, una perfecta recopilación de los paradigmas de aquel famosísimo ‘toque Lubitsch’.

Adorable película.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8.

El viento

16 Sep

“Siempre me gusta observar a las mujeres, no las comprendo y me acerco a ellas para descifrarlas, son más profundas y más serias. Por eso me interesan más.”

Eduardo Mignogna

 

 

El viento

 

Año: 2005.

Director: Eduardo Mignogna.

Reparto: Federico Luppi, Antonella Costa, Pablo Cedrón, Mariana Briski, Esteban Meloni.

Tráiler

 

 

             Por lo general, se llora en silencio. A pesar de lo que nos acostumbra el cine, las procesiones de sentimientos van por dentro, más que declamando a lagrimones ante una puerta, ignorando la lluvia torrencial. En todo caso, las explosiones melodramáticas en el mundo real vienen más por imitación de lo que las grandes tragedias del cine nos han mostrado como reacción natural.

Parece imprescindible, por tanto, el aspaviento para representar en pantalla una emoción, subrayada por una música trágica in crescendo y rubricado con un beso de tres o cuatro minutos o un abrazo con sollozos e hipidos.

Elementos que, a espectadores con poco sentido de la sensibilidad como un servidor (o, quizás, demasiado agudo), le hacen huir de los desaforados y retorcidos dramones clásicos y, por el contrario, le permiten sentirse atrapado por una obra como El viento.

             El viento desentraña cómo dos individuos, una joven urbanita y un anciano orgullosamente campesino, afrontan la muerte de su único nexo de unión, la madre e hija de ambos, respectivamente. Un punto de encuentro entre dos vidas de apariencia antagónica -la nueva y la vieja Argentina; la impersonalidad de la urbe y el trato directo pero en ocasiones también viciado del campo- que ni siquiera aparecerá físicamente, sino en el recuerdo, en el remordimiento, el abandono y la acuciante necesidad de conocerse a uno mismo. La unión inquebrantable de la propia sangre, que permanece a pesar de los embates de los vientos de la vida; una misma historia que se prolonga a través del tiempo y las personas.

             Dos personajes ricos, auténticos, creíbles en sus sentimientos y reacciones, dibujados con cuidado por Mignogna, director y guionista del filme -en esta segunda faceta en colaboración con Graciela Maglie-, que tenía a bien decir que hacer cine era otra forma de cumplir su vocación de escritor.

Silencios más expresivos que las palabras, personajes a lo que se nota cómo les bulle el interior a través de pequeños matices y detalles casi imperceptibles, dudas, flaqueos, requiebros, con esas enormes mezquindades minúsculas y pequeñas grandes virtudes del ser humano.

             Un relato que huye de la grandilocuencia a la hora de expresar cuestiones existenciales mayúsculas y abrumadoras, todo sensibilidad y buen gusto, refrendado por una realización que incide en esa belleza sobria, intimista y respaldado por las impecables actuaciones de Antonella Costa y sobre todo de un inmenso Federico Luppi, un tipo capaz de actuar hasta de espaldas.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Whale Rider

10 Jun

“La sangre joven no obedece un viejo mandato.”

William Shakespeare

 

 

Whale Rider

 

Año: 2002.

Director: Niki Caro.

Reparto: Keisha Castle-Hughes, Rawiri Paratene, Vicky Haughton, Grant Roa, Mana Taumaunu, Cliff Curtis.

Tráiler

 

 

            La devoción es ciega. No sabe ni cree más el que más lo desea, sino el aquel que logra guardar la suficiente distancia como para comprender la perspectiva total del asunto. No hay nada para ello como una mirada nueva, ingenua y joven.

            Whale Rider presenta el desafío vital de una niña maorí en la isla norte de Nueva Zelanda por hacerse un hueco en el mundo, por reivindicarse en su verdadero valor como persona y como mujer a ojos de una sociedad férreamente patriarcal, retrógrada, representada por su abuelo, firme defensor de la ortodoxia de unas tradiciones anacrónicas, obcecado en la búsqueda de un líder mesiánico incluso hasta el punto de, en su frustración, convertir en chivos expiatorios a todo aquel inocente que le rodea.

Así la joven Paikea afronta tres conflictos en uno: el choque inevitable entre tradición y modernidad, la discriminación sexual y los inevitables ritos de paso de la madurez para lograr un papel de líder que siente en su interior como parte de su destino pero que la ciega tradición le niega.

            Niki Caro, aprovechando el cierto relanzamiento internacional del cine neozelandés al abrigo de la trilogía de El señor de los anillos, rodada con el impresionante marco natural del país, explota el exotismo de la cultura maorí al servicio de un cuento de carácter universal.

Con la sencillez como principal instrumento, consigue alejar a la cinta del tópico facilón y el melodrama barato para ofrecer una narración desarrollada con frescura, cuidado, corrección y buen gusto. A esto se añade una gran dirección de intérpretes, donde destaca el convincente trabajo de la debutante Keisha Castle-Hughes, posteriormente nominada al Oscar a mejor actriz principal. Será, con catorce años, la candidata más joven de la historia.

            No obstante, Whale Rider, presa del ritmo sosegado de un argumento de estructura de sobra conocida, tampoco alcanza cotas de gran intensidad, manteniéndose como una pequeña fábula agradable de ver en todo momento que reivindica la necesidad del autoestima de la juventud y su reconocimiento ajeno, en especial de los injustamente marginados. No es poco.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

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