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Estoy pensando en dejarlo

9 Oct

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Año: 2020.

Director: Charlie Kaufman.

Reparto: Jesse Plemons, Jessie Buckley, Toni Collette, David Thewlis, Guy Bond.

Tráiler

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          Los sueños acostumbran a tener una lógica que emula la realidad lo más fielmente posible. Introducir al soñador en un espacio demasiado aberrante o confuso puede tener como consecuencia la desactivación de ese estado de suspensión de la consciencia, la autodestrucción del sueño y, por tanto, la ineficacia de su función -sea cual sea esta-.

En Estoy pensando en dejarlo, el viaje de una pareja para visitar a los padres de él parece atenerse a las convenciones de la realidad, por más que determinadas fugas -la voz en off que parece provenir de un hombre mayor asomado a una ventana que es, a la vez, el protagonista de espaldas- van avanzando las grietas por donde se filtra lo onírico. Son apenas detalles que rompen con la sensación de cotidianeidad, que ponen a prueba o perturban la percepción del espectador, ya desafiada por la extensión de ese recorrido por carretera que se diría desgajado del mundo exterior, con el paisaje prácticamente anulado por la ventisca, con una conversación encerrada en un espacio de fotografía cenicienta y luz mortecina donde, en ocasiones, ni siquiera hay cuarta pared y los personajes miran fugazmente a los ojos, como interpelando furtivamente a quien los observa.

          En su debut, Cabeza borradora, David Lynch había plasmado que la tensión que provoca conocer a los suegros, máxime si su hija está secretamente embarazada, puede degenerar en pesadilla sudorosa, de una febrilidad tan supurante como el presunto pollo que ha de trinchar el azorado novio. En un primer instante, algo de ese terror psicológico y surrealista se desliza en Estoy pensando en dejarlo. La invasión de la burbuja de confort se manifiesta en unos pies pútridos, en una risa penetrante, en la inclinación de un cuerpo sobre el otro, en el implosivo nerviosismo de la pareja. Charlie Kaufman construye un agujero negro en el que, a pesar de mudar de repende desde la pátina de colores gélidos a otra más cálida y acogedora, la incomodidad es constante. Hay una violencia soterrada pero que se presiente a punto de estallar, rincones siniestros a donde se nos conduce. Desde la llegada a la granja, lo ha sumergido todo bajo el halo pringoso, fétido y oscuro de la muerte.

          En Estoy pensando en dejarlo se palpan miedos cervales. La soledad, las relaciones posesivas, la inseguridad, la degradación física y psicológica del envejecimiento, la angustia sin consuelo por la corrupción de la vida, las frustraciones de nuestras esperanzas… Todas ellas azuzadas por el inmisericorde paso del tiempo. Las sensaciones son mareantes, puestas a girar por medio del manejo del punto de vista y de la interconexión de una miriada de pistas explícitas o disimuladas por la escena. Porque, ¿a quién corresponde verdaderamente este punto de vista? La mujer ostenta de primeras la voz interior del relato, pero ni siquiera podemos referirnos a ella con certidumbre: Lucy, Lucia, Louisa, Ames… En cierto momento, la cámara parece adoptar su mirada mediante un plano subjetivo, pero sin embargo ella de repente aparece de espaldas, en otra habitación.

En paralelo, hay una contaminación por parte de esos susurros masculinos insistentes, que, como se decía antes, brotan tras la imagen de un tipo de espaldas que puede ser tanto un conserje como el protagonista -un tipo que, como revelarán sus allegados, sujeta su existencia y sus deseos a férreas normas difíciles de cumplir por terceros implicados-. La identificación de ambos hombres se refuerza con el decorado doméstico compartido, con cierto estado emocional, con una inconcreta vinculación hacia la mujer, con esa recopilación de ideales femeninos que podrían conformar precisamente el frankensteiniano retrato en el que encierra a la amada… La ficción -literaria, cinematográfica… artística en definitiva- como vaso comunicante de la realidad, como sibilino -y no pocas veces tóxico- muñidor de expectativas fabulosas en el erial de una vida rutinaria, corriente y acaso desoladora. Al comienzo, se insinúa que él es capaz de conocer qué le pasa a ella por la cabeza.

          Kaufman juega con ambos planos, interconectados a través de manifestaciones mentales -la música en el salón con los bailarines en el profundo pasillo de la escuela, igualmente imperfecto incluso tratándose de un potencial efluvio de la imaginación-, y su relación se vuelve más inestable a medida que avanza el metraje y el arraigo que la película pudiera tener con la realidad se desconcha más y más, decantando la narración hacia la fantasía de una mente torturada. Porque, en verdad, Estoy pensando en dejarlo no semeja tanto un sueño como un viaje inesperado en el tiempo -¿hacia atrás? ¿hacia adelante?- emprendido en una noche de atmósfera tormentosa. Cargada de esa electricidad estática, previa a que revienten los rayos en el cielo encapotado, y que da dolor de cabeza y angustia.

Autor experto en diseccionar los mecanismos y los pliegues de la identidad humana, el de Kaufman es un rompecabezas tan exuberante como enigmático. El diablo está en los detalles. El director y guionista desarrolla una miríada de capas superpuestas, trufadas de inacabables referencias. Un abrumador conglomerado que puede resultan indigesto o absorbente, según los ojos que lo miren y que lo piensen.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 8.

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