El señor de los anillos: La comunidad del anillo

14 Ago

.

Año: 2001.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen, Sean Astin, Sean Bean, John Rhys-Davies, Orlando Bloom, Dominic Monaghan, Billy Boyd, Cate Blanchett, Hugo Weaving, Liv Tyler, Ian Holm, Christopher Lee, Lawrence Makoare, Andy Serkis, Marton Csokas, Sala Baker.

Tráiler

.

         Recordada desde dos décadas más tarde, quizás podría decirse que El señor de los anillos: La comunidad del anillo inauguraba ese planteamiento del cine como evento, como experiencia, que algunas corrientes comerciales han ofrecido posteriormente para volver a atraer al espectador de forma masiva, con la añadidura de extras diseñados para explotar el fenómeno fan. Porque pocas sagas -probablemente solo quedaría por encima esa Guerra de las galaxias perpetuada mediante innumerables secuelas, precuelas y spin offs- paralizaron a la sociedad, volcándola a las salas, como esta trilogía impulsada por Peter Jackson, que representa esa categoría de cineasta que dirige la película en calidad de devoto iniciado en un mundo misterioso del que quiere hacer partícipes a quienes se acerquen a compartir este relato alrededor del fuego -esa faceta de entusiasta contador de historias, para lo cual ni siquiera es necesario efecto especial alguno, que será en lo que más destaque aquí-.

         En aquel momento, como adolescente contestatario, tenía un gran problema para aceptar el maniqueismo -solo un personaje duda, lo que lo arrastra además a una rápida tragedia- de una fantasía que, a pesar de crear prolijamente su propio microcosmos, no dejaba de fundarse sobre un viaje épico de corte clásico en el que convencional tapado -el hobbit, la criatura menos poderosa de toda la Tierra Media- se revelaba como protagonista y héroe inesperado. Hoy acepto mejor ese espíritu de novela juvenil que me había convencido más en los libros que en el cine -aunque siempre preferí El hobbit a El señor de los anillos– y me irrita menos la inocencia que representan Frodo y sus amigos, si bien ese humor previsible a cargo de secundarios cómicos me resulta todavía demasiado infantil.

En cambio, después de esta evolución personal y social, me chirría más ese molesto etnocentrismo bastante conservador típico de las fantasías anglosajonas, que suelen metamorfizar un canto a los valores de la Britania tradicional frente a los peligros de un exterior exótico y malvado -en muchos casos ese Oriente bárbaro contra el que ya se batallaba en la Grecia clásica-. Como es sabido, esta cosmovisión de J.R.R. Tolkien procede del trauma del mundo al borde del abismo de la Primera Guerra Mundial y la amenaza de los pilares de la civilización europea modelada a partir de las culturas grecolatina y judeocristiana. Una noción apocalíptica e incluso sacrílega que impregna esta lucha entre la luz -la amistad, la fidelidad, el compañerismo, la ecología…- y la oscuridad -la tiranía, el belicismo, la depredación industrial…-, que Jackson traduce por medio de una ambientación donde la megalomanía es producto directo de su pasión como profundo aficionado y conocedor a la obra original. Eso no quita que abuse de esos movimientos de cámara a vista de pájaro o que la recreación digital haya envejecido bastante -los efectos prácticos del cine prechroma también envejecen, desde luego, pero lo hacen mucho más encanto y mantienen una fisicidad que los hace tangibles, les otorga presencia y entidad, haciéndolos ‘reales’-.

         Desde ese entusiasmo de ser tanto el realizador como el primer y privilegiado espectador, Jackson expresa con fuerza la escala épica de la historia. La excitación de la aventura excepcional frente a la vida cotidiana, el peligro constante, la esperanza por un mundo mejor en el que cada individuo tiene su papel. El neozelandés, que encuentra en su país el perfecto decorado natural para plasmar este escenario sobrecogedor, transmite el miedo que producen los nazgûl, los lóbregos pasillos de la mina de Moria o la estentórea voz de Christopher Lee. Y despliega un notable pulso narrativo a lo largo de tres horas en las que el relato avanza con fluidez, encadenando acciones y aprietos sin cesar, empujados asimimo por la poderosa banda sonora de Howard Shore. Pero también dibuja con cariño e intimidad las relaciones entre los personajes, principalmente Frodo, Sam, Aragorn y Gandalf. Ayuda, claro, el saber dramático de un actor como Ian McKellen, experto en moverse en grandes producciones sin perder matices interpretativos. Pero son bosquejos que en lo posterior irán quedando aplastados por la aparatosidad del pixel, por la grandilocuencia facturada al peso.

         El fenómeno quedaría consagrado por la rendición absoluta de la taquilla y por una miríada de nominaciones a los Óscar.

.

Nota IMDB: 8,8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: